Csi 704 – 708: Crónicas entre dinosaurios

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Crónicas entre dinosaurios

«De las crónicas de aquella dimensión temporal
en la que aún existen dinosaurios en la Tierra.»

704. Don Quijote y el dinosaurio

De sus viajes por las lejanas tierras de las Indias Orientales, el conde de Abráldez se trajo uno de aquellos impresionantes lagartos gigantes. Durante el traslado a sus tierras, la comitiva se topó con don Quijote. Cuentan que éste, agradecido por tener la oportunidad de demostrar su arrojo y poder ofrecer tan extraordinario trofeo a su amada Dulcinea, luchó fieramente en singular batalla contra aquel monstruo, y en su frenesí sanguinario el Caballero de la Triste Figura gritó: «¡Muere, maraña de dinosaurio!» De ahí el dicho: «Matar lagartos como a dinosaurios.»

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705. Alicia y los dinosaurios

Alicia entró en una de las habitaciones del segundo piso. Sus abuelos le habían dicho en varias ocasiones que no entrara en ella, pero no pudo resistir la curiosidad. Era una biblioteca llena de libros, con mapas en las paredes y maquetas de dinosaurios en las estanterías. Al fondo había un espejo muy grande, casi tanto como la pared. Se acercó a él y lo tocó con cuidado. Al igual que había sucedido con el espejo del salón, Alicia lo atravesó. Esta vez, sin embargo, fue a parar a una jungla, y lo primero que vio fue la enorme calavera de un tiranosaurio –«esta vez me andaré con mucho cuidado», se dijo–. Algunos pterodáctilos revoloteaban entre los altos árboles; a lo lejos se veían varios brontosaurus.

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706. El Cid y su tiranosaurio rex, Babieca

Cuentan que la batalla de Cabra fue una masacre inevitable. El Cid Campeador del lado del rey de la taifa de Sevilla, Al-Mutamid, luchando contra el rey de la taifa de Granada, Abdallah ibn Buluggin, que tenía el apoyo del conde García Ordoñez. El espectáculo fue dantesco. Las tropas, a lomos de sanguinarios dinosaurios, luchaban espada en ristre; lanzada va, lanzada viene, tanto a ras de suelo como volando a lomos de despiadados pterodáctilos; las ballestas echaban humo. La tierra se tiñó de sangre. Pero lo más tremendo no fueron las armas de los soldados, no, fueron los mordiscos de los tiranosaurios rex, las garras de los velocirraptores, los golpes de cola de los anquilosaurios y los pterodáctilos cayendo en picado en medio de las tropas enemigas. Realmente tremebundo. Ganó el bando de El Cid, por supuesto. Cuentan que, como trofeo por la victoria, El Cid recibió de regalo un espléndido tiranosaurio rex norteafricano, de gran agilidad y velocidad, robusto y pesado, algo especialmente valorado en los dinosaurios de guerra. El Cid lo llamó Babieca.

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707. La batalla de Wad-Ras y los dinosaurios del Congreso

Las crónicas de la época cuentan que el 23 de marzo de 1860 las tropas españolas, dirigidas por los generales Echagüe, Ros de Olano y Prim, vencieron a las fuerzas marroquíes en el valle de Wad-Ras. En una gran llanura junto al río Bu-Seja, los batallones se enfrentaron en sangrienta batalla, bien a lomos de fornidos velocirraptores o incluso sobre tiranosaurios, mientras brontosaurus y triceratops transportaban los cañones más pesados; espada en ristre, con fusil y bayoneta o con espingardas, la lucha fue terrible y los cadáveres se amontonaban unos sobre otros. Las tropas españolas aguantaron el primer asalto del enemigo, y el ataque de los voluntarios catalanes, al mando del general Prim con avances a pecho descubierto, sirvió para consolidar el control del puente sobre el río. Prim y Ros de Olano se adueñaron, por fin, de posiciones que aseguraban el paso del desfiladero de Fonduc. Finalmente, un jinete enemigo, a lomos de un parasaurolofus, apareció por el horizonte: era el emisario del Sultán que proponía a los españoles las tan ansiadas conversaciones de paz.
Cabe señalar que en 1865 los cañones de bronce capturados a los marroquíes en la batalla fueron fundidos y con su metal se construyeron los tiranosaurios rex que hoy presiden el Congreso de los Diputados de España.

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708. Aníbal y sus dinosaurios en la batalla del Tajo

Escribió Tito Livio en su Ab Urbe condita: «A partir de su llegada a Hispania, Aníbal atrajo todas las miradas. “Es Amílcar en su juventud, que nos ha sido devuelto”, se escribían los viejos soldados.» Cuentan que, al paso del ejército de Aníbal, el suelo retemblaba. Por donde pasaban sus brontosaurus, sus triceratops, sus tiranosaurios rex, todo quedaba arrasado. Como en la llamada batalla del Tajo, en el año 220 a.C., en la que se enfrentó a una coalición de tribus meseteñas, formada por carpetanos, vacceros y olcades. Todo sucedió tras llevar a cabo los saqueos de Helmantiké y Arbucala. Fue entonces cuando Aníbal inició el regreso hasta su base en Qart Hadasht. Una vez en el valle del Tajo, se dirigió a uno de los vados del río que le permitiese atravesarlo; allí le aguardaba el ejército carpetano. Entonces Aníbal «levantó una empalizada de forma que los enemigos tuviesen sitio por donde cruzar y decidió atacarlos cuando estuvieran cruzando.» –indica nuevamente Tito Livio en su libro. Y así, los pocos guerreros que conseguían cruzar y alcanzar la otra orilla fueron blanco fácil de los feroces velocirraptores, anquilosaurios, paquicefalosaurios o deinonicus de Aníbal que, situados en la misma, les esperaban acechantes. Fueron victorias como ésta las que agrandaron la fama de gran estratega de Aníbal y las que provocaron la admiración incluso de sus enemigos. De hecho, su mayor enemigo, Roma, adaptó ciertos elementos de sus tácticas militares a su propio acervo estratégico.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Haiku 945 – 949

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Haiku 945 – 949

-945-

El viento arrastra
las semillas, en busca
de tierra fértil.

-946-

Con tanta nieve
sólo se oye al ratón,
pero no al zorro.

-947-

Tras la tormenta
llega la calma. Cantan
los estorninos.

-948-

Lluvia en otoño;
el suelo está repleto
de caracoles.

-949-

No hay quien descanse;
el enjambre de abejas
zumba ruidoso.

Luis J. Goróstegui
#haiku


Un asunto ruso

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[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el #viernesnarrativo44 @M4627C]

Un asunto ruso

―¡Uf!… no se puede imaginar el martirio que ha sido esta última semana… ¡con decirle que acabé muerto!… –bueno, qué le voy a decir a usted, claro–. Y eso que cuando acepté el caso no pensé que fuera para tanto. Era una mujer elegante, rusa según me dijo –Tatiana se llamaba–, un tanto presumida y algo hipócrita y egoísta, la verdad –aunque eso lo supe al final–, demasiado tangencial y peripuesta para mi gusto, si me entiende, pero aquel primer día me pareció sincera. «Mi marido ha desaparecido, detective; ¡encuéntremelo, por favor!; el dinero no es inconveniente», me pidió entre sollozos; y sin más –mis honorarios no eran bajos– puse manos a la obra.
―Cuénteme, ¿qué pasó? –preguntó el psicólogo.
―Ahora lo recuerdo todo un tanto borroso, déjeme que consulte mis notas –sin duda fue un acierto mi costumbre de agendar todo lo ocurrido; o al menos los sucesos más destacados–; aún hoy me cuesta dar crédito a mis recuerdos: El tipo estaba metido en chanchullos con la mafia rusa –¡el muy idiota!–, y una mañana, mientras comía canelones a la carbonara en un barucho, llegaron dos matones armados hasta las cejas y se lo llevaron a rastras en una furgoneta sin matrícula; «eran dos malas bestias: uno, un monstruo grande como un oso; el otro, un zopilote amargado, ya me entiende», me dijo el del bar; «se lo aseguro, detective, lo vi todo de todo», añadió; y lo mismo me dijo la camarera, que ídem de ídem. La camarera… Amparo, se llamaba… estaba cañón… desde la ventana de su habitación se veía la luna… Pero, a lo que iba, disculpe: luego me vi envuelto sin comerlo ni beberlo en una guerra entre dos bandas rivales y llegaron las amenazas, las persecuciones, los tiros –los rusos no se andan con chiquitas… ¡menudos bazucas se gastan los tíos!–… El caso es que el idiota ese había acordado con un tal Sergei –un mandamás de la mafia rusa de gesto adusto– robar del museo arqueológico una importante escultura, una divinidad del período clásico de la cultura maya –fechada entre los años 550 y 950 d.C.– con un valor estimado de unos tres millones de euros, como pago a unos ‘favores’ y, ¿a que no sabe qué quiso hacer el muy fantoche?, ¡pues venderla a otros rusos!… ¡si le digo que era idiota!… o eso intentó el muy… Pero, claro, le pillaron. ¿Y a que no imagina lo mejor?… pues que la ideóloga de todo el embrollo había sido la propia Tatiana esa, que era –agárrese los machos– la mismísima hija del tal Sergei, porque, al parecer –¡y que me aspen si lo entiendo!–, quería desquitarse con su ‘papuchi’ pues éste no veía con buenos ojos su relación con el idiota en cuestión, y por eso se llegaron a casar en secreto y todo; ya ve, todo un melodrama… ruso.
―Y por eso está ahora aquí –dijo el psicólogo.
―Eso es. Entre tantos tiros de un lado y de otro, uno de ellos me dio de lleno; ya le dije antes que acabé muerto.
―Sí, no se preocupe, no es el primero que me llega en las mismas condiciones, tranquilo, este sitio no está nada mal, sólo tendrá que acostumbrarse al cambio, yo le ayudaré… Tendremos tres sesiones a la semana, con eso será suficiente; para dentro de un par de ciclos celestiales estará en condiciones de marcharse del Purgatorio.

Luis J. Goróstegui


Csi 700 – 703: ‘Recogida de desechos’ y otros cuentos sin importancia

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700. Estrategia

Durante la semana era crítico gastronómico y le encantaba su trabajo: su estrategia era recorrer la ciudad, de restaurante en restaurante, fijándose en los modales de los comensales que en ellos cenaban; según su experiencia era el mejor indicador de la calidad de la comida. Luego, las noches de luna llena, aguardaba paciente en una esquina a que salieran y, tras seguirles hasta algún lugar solitario, transformado en licántropo, se les echaba al cuello y se los comía.

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701. Uno de esos días

Desde lo alto del acantilado la pérfida bruja, rodeada de su horda sanguinaria de orcos, prepara el mortal ataque final a la ciudad. En eso eleva la mirada y contempla obnubilada el cielo.
―¡Qué hermosura de amanecer! –exclama la arpía hechicera.
―¿Pero que dice esta mujer? –se pregunta uno de los orcos.
Le responde otro, que está terminando de devorar vivo el desayuno; hoy toca rata.
―Shhhh, ¡que no te oiga!, hoy tiene el día sensible.

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702. Recogida de desechos

Por la noche, los camiones de recogida de desechos van por las calles recogiendo la basura. Yo los he visto. Los trabajadores van y vienen; acercan los contenedores, los enganchan al camión y éste vuelca la basura en sus tripas, y luego lo transportan a vertederos o a centros de tratamiento para su reciclaje. Todo normal. Sin embargo no todos los camiones sirven para eso. No. Porque por la noche no todo lo que hay en las calles debe permanecer en ellas. Y para eso están los otros camiones y sus trabajadores. Se parecen a los trabajadores normales que recogen basura, pero no lo son. Porque por las calles también hay monstruos. Y aquellos trabajadores son los cazamonstruos. Trabajan para una organización secreta. Van por las calles y cuando ven a uno, lo cazan y lo enjaulan en sus camiones y luego lo transportan a sus instalaciones secretas. Yo los he visto. Espero que ellos no me vean a mí.

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703. De compras

Los allí reunidos observaban en silencio el sarcófago; la joven que en él yacía parecía dormir. Inmóvil. Sus ojos cerrados. Su piel blanca y fría como la nieve. En eso llegó su padre con semblante serio.
―Es la hora –dijo pesaroso–. Vamos, date prisa en decidirte, que hay gente esperando.
―¡Pero, papá, déjame que pruebe otro, este tampoco me gusta! –le respondió la joven vampira levantándose del féretro.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Csi 695 – 699: ‘Bram’ y otros cuentos sin importancia

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695. Inusual

Trabajo de mayordomo en la vieja mansión de la familia Riveiro, y debo confesar que todo es muy misterioso, aunque no me puedo quejar: me pagan bien y no tengo demasiado trabajo. De todas maneras es una familia rara. Duermen de día, salen a trabajar de noche y duermen en ataúdes. Sí, ya sé que me diréis que no es que sean raros sino que es que son vampiros, lo sé, pero no es eso lo que me confunde, no. Eso me sorprendió al principio; ahora ya estoy acostumbrado, aunque me sigue molestando que derramen sangre en las alfombras, ¡no sabéis lo difícil que es quitar una mancha de sangre de una alfombra!, ni os lo podéis imaginar. Lo raro es que se llevan bien con los licántropos de viven en el bosque. ¡Eso no puede ser sano, digo yo! De donde yo provengo, los vampiros y los licántropos siempre se han llevado fatal. Es lo normal. Sin embargo, mis señores parecen incluso disfrutar de su compañía, y lo peor es que los licántropos del bosque les aceptan. Desde luego creo que nunca llegaré a acostumbrarme; los habitantes de este extraño país son raros, muy raros. ¡Todo es tan inusual!

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696. El monstruo

En lo profundo del lago habita un monstruo. Un día se asomó a la superficie y una de las crías de esas alimañas que pueblan la tierra le vió y avisó a una horda de individuos adultos de su misma especie que comían cerca. El monstruo pudo huír bajo el agua a través de un pasadizo que conecta el lago con otro más profundo y seguro. Afortunadamente todo el interior del planeta está lleno de galerías que conectan la infinidad de mares subterráneos que lo inundan y él se los conoce todos. El monstruo sabe que esas alimañas no descansarán hasta darle caza así que él tampoco parará hasta encontrar un lugar seguro donde poder vivir en paz. Esas alimañas están por todas partes y el monstruo ya ha perdido la esperanza de poder vivir en la superficie de la Tierra, pero, al menos por ahora, los humanos no le encontrarán ahí abajo.

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697. Árbol

Durante aquel verano pasaba las tardes en el bosque, no muy lejos de casa, jugando junto al lago, subiendo y bajándome de mi árbol favorito; me imaginaba que era mi castillo, o incluso una nave espacial. Allí le conocí. Lo curioso es que al verle no me dio miedo. Mi abuela me había contado que en el bosque vivía un ogro, pero yo no la creí, claro. El caso es que al encontrármelo junto aquel gigantesco árbol que tanto me gustaba me acordé de lo que me contaba mi abuela, y eso que él no era un ogro, técnicamente hablando, al menos.
―Hola –le dije.
Él me miró pero no me dijo nada. Era grande, muy grande, mucho más que un jugador de baloncesto, y mucho más gordo. Lo que me llamó la atención es que estaba unido al árbol. No es que estuviese agarrado a él, no, es que él era parte del árbol; mejor dicho, él era el árbol: sus piernas estaban conectadas a las raíces, eran las raíces, y de ellas surgía el resto de su enorme cuerpo. Entonces dio unos pasos hacia mí. Pensé que no podría hacerlo al estar fusionado con el árbol, pero según se acercaba, las raíces de sus pies se unían y separaban del suelo, como si a cada paso, las raíces subterráneas de los árboles cercanos le fueran ayudando a caminar. Cuando estuvo cerca de mí, se detuvo.
―Hola –me dijo con voz profunda.
Cuando se lo conté a mi abuela, me dijo que era muy afortunado, ya que no todo el mundo puede ver a las criaturas del bosque.
De eso hace ya casi treinta años –yo tenía doce–, y seguimos siendo buenos amigos. Ni siquiera sé cómo se llama; yo le llamo árbol.

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698. Bram

Westminster, 1897.
La sala de prensa estaba a rebosar, expectante ante lo que pudiera decir el escritor Abraham Stoker. Para el evento se había elegido un antiguo castillo; qué mejor para la presentación de su nuevo libro «Drácula».
―¿Por qué una novela de vampiros? –le preguntó un periodista.
―Hace tiempo conocí a un anciano eremita que me introdujo en otro mundo: el de los vampiros. El libro es una deuda de gratitud que le debía desde hace mucho tiempo –respondió Abraham.
Al finalizar la presentación, Stoker se marcho paseando. Poco después, al girar una oscura esquina, se detuvo, y, al comprobar que nadie le seguía, de un salto se aferró a la pared del edificio y reptó por ella –como la araña que corretea hacia su guarida–; al llegar a la azotea, extendió sus alas y emprendió el vuelo.
Y es que el eremita no sólo le enseñó todo lo que sabía sobre los vampiros, sino que le convirtió en uno de ellos, pues aquel anciano era un vampiro, el primero de todos, el más cruel; y desde entonces Abraham no sólo era Bram: él era Bram «el Vampiro» Stoker.

• NOTA:
Microrrelato publicado en la antología «Homenaje» de la revista «El Narratorio». 2018. (pags. 40-41): https://elnarratorio.blogspot.com/p/blog-page_40.html?m=1

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699. Catador
Seleccionaba su lugar de veraneo según la clase de caldo que criaban sus habitantes. Era un experto catador. Este año decidió ir a Briones; sus riojas tenían reconocida fama y hacía tiempo que el vampiro no degustaba sangre española.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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1125. ‘Si quisiera nombrarlo todo’ y otros cuentos sin importancia [Enero-2020]

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[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]

1125.1.- Un apasionante thriller
―¿Qué lees?
―Un apasionante thriller.
―¡Pero… si es un diccionario!
―Sí, pero tras cada etimología se narra una emocionante aventura.

1125.2.- Soy de lo que no hay
Soy de lo que no hay, lo admito. ¡Y yo que antes pensaba que lo había visto ya todo! Pues bien, ayer mismo… veréis, era la primera vez que salía de casa solo, así que me armé de valor, aguardé a que un rayo de sol me impulsara y en ese preciso instante me agarré a un pétalo de mi diente de león preferido y salí volando; la visión del jardín desde lo alto me resultó sobrecogedora.
Nunca volveré a cometer el pecado de pensar que lo sé todo, aunque me vaya la vida en ello.

1125.3.- Diario de un escalador
Día vigésimo tercero. Escribiendo círculos más neciológicos que otra cosa, recorro, circunspecto y una pizca anonadado, el canto inclinado de una cima olvidada que me apremia sine qua non a ladear la testa para mantener el equilibrio; tal es la terca cuestión que me embriaga la sublime percepción de saberme en la cúspide. Para tal ecuánime acontecimiento vital me preparé a conciencia –y a inconsciencia también, todo sea dicho para mayor loa y desagravio del que suscribe la presente– leyendo y olvidando a la par textos insondables de antiquísima cuna que me ofrendó el bibliotecario ciego que me asistió en tal misión imposible. Un tatuaje maorí me sirve de brújula. Y aquí, a vista del horizonte, con nubes a mis pies y el sol en lo alto, hago memoria huidiza de la epopeya sufrida para alcanzar tal gloria. ¿Es aquello que vislumbro a lo lejos una eunice alada, o quizá un legendario trasgo enloquecido a lomos de un dragón escupefuego volador? Lo desconozco. Nunca pensé ver nada igual. Me falta el oxígeno. Me requieren las ninfas. El sueño me invade.

1125.4.- Fiesta de cumpleaños
Cuando no venía ninguno de sus compañeros del cole a la fiesta de su cumpleaños, abría el armario de su habitación e invitaba a los monstruos.

1125.5.- Alien-LEGO2020
Afuera llovía y yo jugaba en mi cuarto y construía un Alien-LEGO2020. En eso un rayo entró por la ventana y le dio de lleno al muñeco. Éste cobró vida y de la reacción en cadena se autorreprodujo en infinidad de individuos. Fue entonces cuando comenzaron la invasión.

1125.6.- La meta
―¿Qué meta debo buscar, maestro?
―No busques la guerra que aniquila, mas tampoco la desidia que idiotiza. ―¿Entonces?
―Busca la paz que enardece.

1125.7.- Despertares
Dicen que hubo un tiempo, hace mucho, cuando los elfos y los ogros habitaban la tierra, en el que los pérfidos ghaa’dyn –criaturas grandes como montañas y mucho más peligrosas aún que los dragones– arrasaban a su paso las aldeas del norte. Afortunadamente un poderoso mago acabó con su reinado de terror convirtiéndoles en enormes figuras de roca.
Desde entonces la humanidad ha olvidado su localización exacta pero en ocasiones, cuando voy de excursión al campo o percibo algún pequeño temblor de tierras, me imagino que son ellos que despiertan y fantaseo con que las montañas se desperezan y se disponen a andar de nuevo.

1125.8.- Mapeando
―¿Qué haces?
―Dibujar un mapa.
―¿Y qué harás con él?
―Imaginar que lo sobrevuelo a lomos de un dragón escupefuego del norte.

1125.9.- 128 cumpleaños
Los elfos existen, y los duendes, las hadas, los hobbits, incluso los ogros y los orcos; los he visto celebrando el 128 cumpleaños de #Tolkien en una bar, entre cervezas y un sabroso menú de la Tierra Media. Iban camuflados como humanos, pero eran ellos, sin duda.

1125.10.- La nada y el todo
Escribo cuentos de hadas, duendes o dragones, de robots o extraterrestres, incluso de fantasmas o monstruos, y parece que son cuentos, pero no, no lo son, porque no escribo de ellos, no, escribo de la vida, el amor, el tiempo y la muerte, de la nada y el todo.

1125.11.- Procesión de doncellas
A la luz nocturna de farolas de piedra, una procesión de doncellas vestidas con velo y kimono de geisha ascienden solemnes las escaleras de roca y musgo, senda milenaria que conduce del valle al santuario; y, mientras, voces dulces susurran alabanzas cadenciosas.

1125.12.- Abatidos
Abatidos de vivir a ras de suelo, bajo capas irrespirables de contaminación y ruido, decidieron construir ciudades en el cielo, entre las nubes y el sol, donde los pájaros volaban libres, para sentir el viento en la cara y volver a recordar lo que es la libertad.

1125.13.- A pesar de la lluvia pertinaz
A pesar de la lluvia pertinaz y del viento que agita la aldea, la mujer de vestido ajado atraviesa la noche fría para asistir a su anciana vecina –lleva una cesta con sopa caliente y dulces blandos–; ésta, enferma y pobre, la aguarda como niña a los Reyes Magos.

1125.14.- Cuestión de principios
―Tiene la palabra, por el Partido Nacional, el señor García.
―Gracias, señora presidenta. Señoras y señores representantes de la soberanía nacional. Dicen que el señor Sánchez no tiene principios. Principios. Del latín principium: ‘Reglas o normas que orientan la acción de un ser humano y que guían su conducta, su percepción de la realidad y su pensamiento’, según el diccionario. Resulta comprometido cumplir con nuestros principios, actuar conforme a ellos, serles fiel. Resulta embarazoso, hoy en día, tener principios, impopular –no es práctico, añadiría yo– actuar conforme a ellos, sin trastocarlos por conveniencia. Pero al señor Sánchez le resulta fácil, ¿verdad, señor Sánchez?; don Pedro, el Grande, le llaman algunos, y no sin razón, pues al señor Sánchez le da igual ocho que ochenta. ¿Ajustarse a los principios morales y éticos?… ¿qué es eso? Don Pedro, el Deshonesto, le denominan otros con cierto tono despectivo, pues, para él, lo que por la mañana es blanco, por la tarde es negro; y si te he visto, no me acuerdo, ¿verdad, señor Sánchez? Dicen que el señor Sánchez no tiene principios, pero se equivocan, créanme, porque el señor Sánchez sí tiene principios, principios Marxistas, sí, Marxistas… pero Marxistas de Groucho, porque, como diría el señor Sánchez, perdón, el señor Marx: «Estos son mis principios pero, si no le gustan, tengo otros»; todo con tal de alcanzar el poder y no soltarlo, ¿verdad, señor Sánchez?

1125.15.- En la noche oscura
En la noche oscura, cuando sufres sin razón aparente, replican en tu alma sueños incesantes que, adheridos al susurro del corazón infame del vagabundo errante en el que te has convertido sin saber ni cómo ni por qué, buscan metas lejanas, mas no inalcanzables, como anhelos de tu pensamiento inquieto que llamaran a la puerta. ¿Quién es?, preguntan desde tu interior vital; ¿qué quiere?, insisten obstinados; y, sin saber qué contestarle, te marchas, te alejas sin más, como perro vagabundo sin dueño, con la esperanza, no obstante, de encontrar un hogar a la vuelta de la esquina. Y así una y otra vez, hasta el final en el que, esta vez sí, te abrirán la puerta.

1125.16.- Conversando en una charca
―Te veo espiritutifláutico, la verdad –le dijo un renacuajo a otro en una charca.
―Gracias, hago lo que puedo para mantener la línea –le respondió el otro con una tímida sonrisa.

1125.17.- Carbón por Reyes
―¿Qué te han traído los Reyes Magos?
―Seis toneladas de carbón.
―¿Y qué haces con tanto?
―Lo prenso y lo convierto en diamantes.
―¿Pero para eso hacen falta millones de años?
―No importa, tengo mi propia máquina del tiempo.

1125.18.- Servotrabajo
Construí un muñeco gigante y le acoplé unos servomecanismos que trasladaban a su cuerpo los movimientos que realizaba yo en la distancia con un factor exponencial de amplificación, tanto de potencia como de precisión. Con él lo mismo talaba árboles como cambiaba de rama los nidos de los pájaros.

1125.19.- No de aquí
Siempre tuve la sensación de que no era de aquí. Por eso no me extrañó cuando un día, visitando el Zoo Acuario, comprendí lo que me decían los delfines.

1125.20.- La nueva vecina
La vieja casa de la colina lleva abandonada muchos años. Hace unos días, sin embargo, la ha comprado una anciana mujer. La casa estaba a muy buen precio, pues, desde que sucedió aquella desgraciada tragedia en la que murieron sus antiguos dueños, nadie había querido vivir en ella; no obstante la casa sigue con su mismo aspecto de antes, como esas mansiones embrujadas de los cuentos de miedo; su nueva dueña, al parecer, tiene unos gustos muy estrafalarios en cuestión de decoración y no ha hecho nada por arreglarla. En eso, un lunes al atardecer, con el cielo gris…
Llaman a la puerta. La dueña de la vieja casa mira por la mirilla y sonríe. «¿Qué queréis, niños?», pregunta con voz aguarrentosa sin abrir la puerta. «Vendemos galletas caseras con las que sacar dinero para nuestro Club del colegio, ¿querría comprarnos algunas, señora?», le responden unos niños vestidos de Boy Scouts. La anciana mujer –vestida de negro, con su nariz aguileña, su pelo greñudo y esas uñas sucias y afiladas como garras– abre y el viejo portalón chirría; ella se asoma, les sonríe mostrando su macabra dentadura y alarga los brazos y trata de acariciar las cabezas de los niños. «Por supuesto, niños, dadme…», les empieza a decir, pero, antes de que pueda terminar la frase, los niños gritan aterrados al verla y salen corriendo. La anciana se pregunta por qué los niños –y muchos adultos también– huyen despavoridos siempre que la ven; no acaba de comprenderlo. Al fin y al cabo la bruja ha dejado de comer carne humana –al menos los lunes y, quizá, los viernes; los fines de semana es otra cosa, claro– y sólo quiere ser una buena vecina.

1125.21.- Entre hadas y ogros
En un bosque de hayas y gominolas
celebran un partido de futbol hadas y ogros, ¡cómo mola!
El árbitro, en vez de un libro de reglas, lleva una espada al cinto, ¡pardiez!,
no sea que los jugadores le saquen un ojo de una patada, ¡rediez!
Al lateral izquierdo se le ha caído un botón de la camisa;
al tuercebotas del ogro número ocho se le ha roto la sisa, ¡qué risa!
Los ogros meten un gol;
las hadas empatan. ¡Gol!
Y así, hadas y ogros celebran, al fin,
un partido de futbol en un bosque de hayas y gominolas. Fin.

• [Nota: Este microcuento, «Entre hadas y ogros», fue leído en el programa de radio 409 de @menudo_castillo. Escuchar a partir de 2:21:00 en: https://www.menudocastillo.com/2020/01/menudo-castillo-409-tres-autoras-y-una.html]

1125.22.- Viajar en ascensor
En un vertedero de chatarra he tenido la fortuna de encontrar un viejo ascensor de esos de estilo Art Nouveau de finales de 1800 –me gusta porque, por sí sólo, ya parece la cabina de un cohete estelar steampunk– y no he podido resistirme y me he puesto manos a la obra. Le he acoplado un acelerador de hadrones y un motor trifásico de plasma, lo he reforzado con un intraesqueleto presurizado de aleación de fibra de vidrio y tungsteno y le he añadido un sistema de seguridad para los tripulantes. Anoche realicé el primer vuelo de prueba. Eran las tres de la madrugada. Veréis, soy ingeniero aeroespacial y vivo en una casa de campo a las afueras, con un laboratorio de techo retráctil lo suficientemente grande. La noche estaba clara y limpia, la luna llena y las estrellas iluminaban el cielo. Las condiciones eran las óptimas. El caso es que en ir y volver a la Luna tardé cinco horas treinta y siete minutos. Todo fue como estaba previsto. La semana que viene iré a Marte. Les dejaré a los de la NASA un mensaje de bienvenida; cuando lleguen y lo vean no se lo van a creer.

1125.23.- Camuflaje
El robot alienígena, enviado para analizar a la humanidad, aterrizó en la Tierra y se camufló para no ser descubierto por los humanos. Mientras recorría las calles de la ciudad, la gente se le quedaba mirando asombrada. «¡Mira, mamá, es C-3PO!», exclamó un niño.

1125.24.- Tréboles
―He descubierto un campo de tréboles precioso, oculto entre dos montes escarpados, junto al río.
―¡Eso es estupendo!, ¿por qué estás triste?
―Porque llevo todo el día buscando y no he encontrado ninguno de tres hojas; todos son de cuatro.

1125.25.- Hubo un tiempo
«Hubo un tiempo», me dice mi madre, «en el que vivíamos en paz, en el que la gente nos saludábamos, nos sonreíamos y charlábamos al cruzarnos por la calle…»:
―Buenos días, Alejandro.
―¿Qué tal vamos, don Antonio?, ¿viene de comprar?
―Tirando, pero vamos…; sí, de comprar el pan y algo de fruta.
―¿La familia bien?, salúdela de mi parte.
―Sí, bien, gracias, de tu parte…;
«…o al entrar en un ascensor»:
―Hola, Ana, ¿al quinto, verdad?
―Hola, Juan, sí, por favor.
―Hoy parece que va a hacer sol.
―Sí, éste será un buen verano.
―Llevas un bonito vestido…
«Pero eso era antes», me dice mi madre con nostalgia, mirándose las arrugas en el espejo y arreglándose el vestido, «ahora la gente ha perdido humanidad; ya casi ni nos miramos», me repite. «Todavía duele el aire… aún se respira tirantez en el ambiente; ¡maldita guerra!», recuerdo que me dijo una mañana gris de invierno como queriendo exorcizar el curso de la vida. Yo la miré en silencio y no supe qué contestarle, así que le di un beso en la mejilla y le sonreí. Luego, en mi cuarto, lloré sin que ella me viera.
Sí, hemos cambiado… a mal. La guerra nos ha hecho mucho daño… ¿Qué nos ha pasado?… Odios, rencillas, venganzas… Los que sobrevivimos a las bombas… es como si hubiéramos perdido algo, el alma… no sé. Y, en la oscuridad de mi habitación, rezo.

1125.26.- Refugios
Los astronautas recogieron datos, rocas, analizaron Marte, su atmósfera tenue, sus hielos polares, sus estratos geológicos, luego regresaron a la Tierra. Definitivamente no existían los marcianos. Cuando se hubieron ido, los marcianos salieron de sus refugios.

1125.27.- Extrañezas
Sobreviviendo en tierras de vampiros, entre armónicos de pianos de cola en Do Mayor, iluminado el cielo nocturno por galaxias exotérmicas, soportando implosiones de supernovas sobresaturadas de gravitones enfurruñados; inocentes extrañezas de originalidad.

1125.28.- Ad hoc
Aldaba en bronce marchito que resuena como olas atizando sobre la superficie de un planeta que diluyera ríos de pintura fluyendo, alocados, entre corrientes de Coriolis aceleradas ad hoc; y un aleteo incesante de un dragón tras un hipogrifo me devuelve la conciencia.

1125.29.- Analogía subsidiaria
Una fila de mariposas anaranjadas-de-bordes-negros enroscadas entre ellas como ochos danzarines creando diagramas Euler-Venn una y otra vez cuales imperios galácticos enfrascados en un dilema-sin-solución-aparente; sí, así, pero solucionable.

1125.30.- Dilema en tres secciones
1.- Extrañezas. Sobreviviendo en tierra de vampiros, entre armónicos de pianos de cola en Do Mayor, iluminado el cielo nocturno por galaxias exotérmicas, soportando implosiones de supernovas sobresaturadas de gravitones enfurruñados; inocentes extrañezas de originalidad.
2.- Ad hoc. Aldaba en bronce marchito que resuena como olas atizando sobre la superficie de un planeta que diluyera ríos de pintura fluyendo, alocados, entre corrientes de Coriolis aceleradas ad hoc; y un aleteo incesante de un dragón tras un hipogrifo me devuelve la conciencia.
3.- Analogía subsidiaria. Una fila de mariposas anaranjadas-de-bordes-negros enroscadas entre ellas como ochos danzarines creando diagramas Euler-Venn una y otra vez cuales imperios galácticos enfrascados en un dilema-sin-solución-aparente; sí, así, pero solucionable.

Todo y nada, quizá.

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[N. del A.: Parafraseando a Joyce, he puesto tantos enigmas y acertijos (o no) que el microcuento mantendrá ocupados a los profesores durante siglos, discutiendo acerca de lo que quise decir. Esa es la única forma de asegurarse la inmortalidad.]

1125.31.- Recovequeando
Recovequeando entre líneas, entre palabras sesteando, bosquejeando a trazos atildados, enjuagados de churretes insidiosos que no dejan contemplar la senda escrita, leída, releída; me pregunto qué quiso decir el autor, si es que acaso quiso decir algo.

1125.32.- Dejo pistas
«Dejo pistas como Hansel y Gretel miguitas de pan por el camino, pues aguardo oculto en mi guarida a que alguien pise por mis huellas y, en un descuido, me permita abalanzarme a su cuello y degustar su carne y su sangre.» ―Del diario de un vampiro.

1125.33.- Una lisonja
En el regazo una lisonja, una sonrisa, un ronroneo cadencioso por una caricia; los ojos profundos, insondables, de mirada alienígena; se estira, se desentumece de la siesta y su mano toca mi mano; «hola», le digo; me mira. Mi gato.

1125.34.- Ilógico y abusivo
Entro en una tienda para comprar unos cuadernos y unas pinturas y le pregunto al dependiente si tienen lápices negros del 6B. El joven me mira con sus ocho ojos y, sin decirme nada, alaga sus arácnidos brazopiernas, alcanza de un salto el techo y avanza boca abajo por él hasta detenerse sobre un estante, y desde el techo, lanzando una ristra de hilos de seda con un movimiento del abdomen, coge unos lápices. «Sí, aún nos quedan estos», me dice al regresar al mostrador. Se los pago y salgo a la calle. En lo que tardo en llegar a mi casa me cruzo con un señor mayor de cuello de jirafa y aletas de foca, con una joven de piernas de canguro y rostro de tigresa malaya y con una mujer de astas de gacela y alas de águila imperial. Me siento como si anduviese entre animales. «La gente está perdiendo la cabeza», me digo mientras llego al portal y unos jóvenes con aspecto de guepardo –que salen a la calle– me miran y cuchichean; se ríen de mí –no es la primera vez que me ocurre– pues soy el único vecino que aún no se ha operado nada para presumir de su aspecto o para mutar sus capacidades físicas. Es lo que tiene abusar de la ingeniería genética que, por una presión mediática que restringe libertades e impone comportamientos ilógicos y abusivos –promovida por otro lado por el Poder–, de tratamiento para curar enfermedades se transforma fácilmente en ideología pseudorreligiosa que todo el mundo idolatra.

1125.35.- De familia
Dicen que nací un sábado de agosto de hace… bueno, eso no importa, de hace mucho, y me lo creo, ¿por qué no debería?, al fin y al cabo así me lo dijeron mis padres; y ellos no me engañarían, lo sé. Además tengo los ojos de mi madre –de ese azul espacio infinito que se extiende por mis cuatro globos oculares– y las manos de mi padre con sus fuertes cuatro brazos tentaculares. Sí, mi aspecto alienígena me viene de familia, pues, aunque nací en la Tierra, toda mi familia procedemos de un lejano planeta, allá en el espacio profundo, del que mis antepasados tuvieron que huir por motivos… bueno, eso tampoco importa.

1125.36.- Peligro ineludible
En una cueva despanzurrada dormitan amodorradas las crías de un titán antediluviano. El refugio está tapiado por una roca descomunal desprendida de la montaña hace eones. Los pequeños –es un decir, claro, pues los dos retoños son inmensamente más grandes que la ballena más enorme que hubiera existido jamás, quizá ciclópeos como rascacielos– están a punto de despertar del letargo; aunque para ellos un instante son mil años. Cuando eso ocurra la humanidad deberá huir, y huir lejos, muy lejos; ojalá para entonces hayan inventado algún tipo de propulsor estelar y puedan atravesar algún agujero de gusano galáctico que les lleve a lugar seguro. Sólo así se salvarán. Tan peligrosas son las crías.

1125.37.- Recorte de prensa
En un papel estucado semimate arrugado –una hoja de una revista de cuando mis padres eran novios, al menos– que envuelve una flor ya seca por el tiempo, la añoranza y el sentimiento más profundos, encuentro la foto –de un río– a colores y, a pie de ella, un texto que reza así: «Orillas del Guadalquivir. Puente de Hierro. Por aquí pasó una y otra vez la adolescencia de Gustavo, repleta de sueños, fantasías, versos y dibujos. En la casa de su amigo Narciso Campillo, quien años más tarde sentiría, ya en Madrid, conmiseración por el Bécquer arruinado y enfermo, guarda cuadernos escritos, en un arcón del desván, pensando en fabulosos editores que le darán por ellos “miles de reales”. En ese río, al que no quiso arrojarse el amigo Esquivel, ciego, casi se ahoga él un día: fue salvado por Narciso.»

1125.38.- Del otro lado
Dicen que al otro lado del puente sólo hay un bosque. Yo sé que no es cierto. Allí hay algo más. Algo innombrable, demencial, diabólico. Algo que atravesó el puente y vino. Vino del otro lado. Algo de lo que es mejor huir. Lo sé. Soy yo. Huye.

1125.39.- Custodio
Le encontré maltrecho en un vertedero de chatarra, me dio pena y me lo llevé a casa. Allí lo curé lo mejor que pude, le nutrí y le dejé dormir. Despertó casi una semana después, ya totalmente recuperado. Me saludó con un «buenos días, ¿en qué puedo ayudarte?» y desde entonces me acompaña. Le llamo Roy porque su nombre reglamentario, según la legislación vigente, es demasiado enrevesado.
Veréis, trabajo en un barrio peligroso como guarda de seguridad nocturno en unas instalaciones de energía y después del último intento de sabotaje, en el que Roy se enfrentó a los terroristas y los redujo sin causar ninguna baja mortal aunque sí algunas heridas de consideración, nadie ha vuelto a intentarlo; se ve que se ha corrido la voz. Desde entonces es mi guardaespaldas personal; sus dos metros treinta de altura y su fuerza física, varias veces superior a la de un gorila macho adulto cabreado, por poner un ejemplo gráfico, desalientan a cualquier ladrón.
Fui muy afortunado al encontrarlo, lo sé, y nunca me estaré demasiado agradecido por haberme sacado aquel Máster en Robótica Avanzada que me permitió repararlo. Sí, Roy es un Robot-IA de asalto clase Custodio, especializado en lucha de guerrillas, de los que se usaban en el ejército antes de que fueran sustituidos por los nuevos prototipos; por eso me he podido quedar con él: oficialmente fueron destruidos; legalmente son un recurso descatalogado.

1125.40.- Paradoja roncealística
¡Equiplasmático, subconfeccionado, piojoso!, me llamaban despectivos los altivos pusilánimes y disolutos, sin comprender –oh, paradoja roncealística– que me importaba un bledo lo que ellos opinaran de mí. Pues una huella arrinconada en algún lugar sin importancia es lo que queda de lo que fui algún día, evidencio sin rubor; un canto olvidado de un ave ahora inexistente clama a mi favor como abogado del diablo que no esperara agradecimiento alguno, admito ecuánime; un murmullo in crescendo, de pretendido desasosiego, nutre incólume mi humilde fama, como si acaso aquello pudiera evitar que, en ese preciso instante, renovara la potencia de mi inquebrantable conciencia de ser humano, tolero como algo inevitable, incluso saludable. Sí, así se presenta el futuro ante mí, y así le respondo gallardo sin temor a que me posterguen, porque yo estaré cuando ellos hayan desaparecido, pues nada hay más sublime que la venganza servida fría.

1125.41.- Si quisiera nombrarlo todo
Una aurora que ilumina la noche, un iceberg a la deriva al amanecer, una mirada somnolienta al despertar, un enjambre de mariposas sobrevolando un desayuno de pan con miel, un diagrama Euler-Venn de posibilidades, la escultura de una sirena en el fondo del mar, una ballena que la circunvala, una taza de té con forma de ogro, un sistema solar lejano una décima de segundo antes del colapso, la risa de un pirata, dos gigantes luchando con el agua del mar por las rodillas, unas patatas friéndose en una sartén, tres ratoncitos ciegos, la Muerte haciendo cola en una panadería, una ventana al acantilado, un brontosaurio comiendo las manzanas de un manzano, el maullido de un gatito hambriento, la entrada a un museo de arte y ensayo, una manada de renos jugando con la nieve, el grito de un hipogrifo imaginado al atardecer, un dragón que le persigue, un recorte de prensa ofreciendo un viaje en el tiempo con todos los gastos pagados, un vampiro del bosque acicalándose sobre una rama de un árbol, una senda con destino a ninguna parte, la guerra mundial, la paz mundial, el odio, el amor, en fin… ¡qué sé yo de qué va la vida! Si quisiera nombrarlo todo no tendría papel suficiente para escribirlo.

1125.42.- Hasta decirte hola
He recorrido millones de silencios hasta decirte hola.

1125.43.- Te conozco
Te conozco, reconozco tus silencios.

1125.44.- El primer suburbano
El tiempo vuela y parece que fue ayer cuando mi abuela me contaba cómo su abuelo estuvo presente en la inauguración del primer suburbano en su ciudad, allí en la Tierra, y ahora soy yo quien asisto a la inauguración del primero en Marte.

1125.45.- Unas mejoras
Necesité unos acopladores fotomagnéticos, tres matrices de plasma ionizada, un modulador de fuerza Enguit’ck subnodal, cuatro nanoimpulsores gravímetros y un esquema Tesla inducido para convertir mi viejo Volswagen Beetle GTI clásico en un turboaerodeslizador.

1125.46.- La noche es tu consuelo
¿Es acaso el sol un devorador de cuerpos? Deambulo sin rumbo, mas no perdido, por las callejuelas de la ciudad olvidada, como vampiro en el desierto en busca de la oscuridad que sana. Dime, aurora, ¿la noche es tu consuelo?

1125.47.- La pequeña tienda de chocolates
Era una pequeña tienda de chocolates y dulces; su entrada, con un elegante escaparate de estilo Art Nouveau, y sus olores a bombones recién hechos, invitaban a entrar. Dentro, la dueña atendía a los clientes con una sonrisa amable. En el sótano la bruja guardaba en la nevera los cadáveres hasta la cena.

1125.48.- Mi refugio
En lo más escarpado de la montaña hay una cueva oculta tras la cascada. Aparenta la cabeza de un tigre dientes de sable, de esos de la prehistoria. En ella me refugio cuando los dragones me persiguen. Las hadas somos sus presas favoritas.

1125.49.- Los juguetes de medusa
Cuenta la mitología griega que Medusa fue, desde muy pequeña, una superdotada, y que, con sólo unas semanas de vida, ya dominaba sus poderes y se divertía convirtiendo pequeños animales en juguetes de piedra, sobre todo sapos y ratoncitos.

1125.50.- Lápices
Aparentaban ser lápices de mina negra. Llevaban siendo fabricados en Japón desde hacía siglos con maderas de cedro, jelutong, pulai y tilo. Su dueño los consideraba un tesoro de incalculable valor. En realidad eran varitas mágicas; y, su dueño, un poderoso mago.

1125.51.- Metáfora de la vida
Los lápices, como metáfora de la vida: ellos, de madera y grafito, nosotros, de carne y sangre y alma; con ellos el pintor dibuja milagros, nosotros, como milagros de Dios; ellos se gastan, nosotros nos desvivimos.

1125.52.- Aquellas cosas
―¿Qué buscas?
―Aquellas cosas inapreciables de incalculable valor: una sonrisa, una caricia, un libro, un «hola», un amanecer, acaso un silencio.

1125.53.- Enclenque es un color
«Enclenque es un color», anuncian los pasquines de los Tiranos, un color del cuerpo transfugado en ceniza digno de un rey, aseguran, pero que nunca lucirán los que ostentan el poder y engañan con subterfugios al pueblo, pues ellos sí cenan sabroso.

1125.54.- La entrañable historia de don Raimundo Villaverde, criador de colibríes
Don Raimundo Villaverde es famoso por su bigote grande y frondoso, es tan grande que en primavera anidan en él dos colibríes. Los polluelos, al nacen, pían y pían sin cesar pidiendo más comida y don Raimundo les da néctar de flores aliñado con acelga picadita, pues dice que es su alimento favorito. Con sus picos y alas agitándose le hacen cosquillas y don Raimundo no puede parar de reír. Empieza con un ja, luego un ja-ja, y así ríe y ríe hasta que es tanta su alegría que parece que va a explotar como una bomba de nitroglicerina.

[Nota: Este microcuento, «La entrañable historia de don Raimundo Villaverde, criador de colibríes», fue leído y elegido ganador en el programa de radio 410 de @menudo_castillo. Escuchar a partir de 2:43:30 en: https://www.menudocastillo.com/2020/01/menudo-castillo-410-un-programa-para.html]

1125.55.- Subversivo
―Últimamente la gente se ha puesto de un subversivo…
―Sí, y lo malo es que quieren quitar lo de hoy para poner mañana lo que ya fracasó ayer.

1125.56.- Dulce por ley
―¿Chocolate amargo?… No, no tenemos, señora, de hecho esta tienda no vende nada amargo, sólo dulce: chocolate dulce, sal dulce, limones dulces… Ya sabe que han prohibido por ley la amargura. Quizá si pasa el chocolate por la licuadora…

1125.57.- Dos en un beso
Dos en un beso, como realimentándose uno del otro; ilusión efímera que dura toda una vida si se cuida, si nos desvivimos por el otro como agua clara que brota poderosa del manantial del amor verdadero y que no se agota, pues cada uno se recompone como perdona, como viento que atravesara una nube y luego otra y luego otra más y en cada travesía aprendiera de nuevo a volar en libertad.

1125.58.- Una librería pequeña de libros raros
Era una librería pequeña, poco más que una habitación. En ella el librero vendía libros raros, tan raros que nadie entraba a comprar ninguno; esa fue la intención del librero: que nadie le molestara para así poder él leer plácidamente.

1125.59.- Delicatesen
Con la exploración espacial, los misioneros tuvieron que ser más precavidos de lo acostumbrado a la hora de evangelizar a algunos alienígenas. En muchos planetas, sobre todo en el cuadrante X31, los humanos son muy apreciados como delicatesen culinarias

1125.60.- Idea alternativa
–¿Chocolate? No, nuestros padres no dejan que lo probemos.
A Hansel y a Gretel no les gustaban los dulces. La bruja se quedó pensativa, tenía que idear otra cosa rápidamente o se quedaría sin cena. Sí, ya lo tenía, rellenos de embutidos también estarían sabrosos.

1125.61.- Le viene de familia
Lucrativo Van Helsing descendía, por rama paterna, del famoso Van Helsing cazavampiros, y, por la materna, de aquella Gretel que, junto a su hermano Hansel, mataban brujas; de ahí su innata habilidad delictiva, preferentemente los días de lluvia.

1125.62.- Unas gafas para ver
Parecen unas simples gafas de esas tipo steampunk, pero na, de simples no tienen nada, con sus cinco filtros radiales transdimensionales, sus catorce sensores láserretroalimentados –con su nanocolisionador de hadrones incorporado– capaces de detectar las criaturas postemporales que habitan el submundo, entre otras. Sí, son unas gafas de alucine; son el complemento imprescindible para todo agente exterminador espacio-temporal, sin ellas estaría como desvalido.

1125.63.- Mensaje
Escribía cuentos de superflua simplicidad e inocencia, de forma pura y contenido anodino, o eso pensaban las autoridades locales, de modo que no le prohibieron publicarlos. Sus lectores, sin embargo, entendieron su mensaje y vencieron en la revolución.

1125.64.- La excelencia
―¿Qué buscas?
―Busco la excelencia, la busco, no la encuentro, claro, ni por lo más remoto, por supuesto, pero la busco.

1125.65.- Palabras
―¿Qué haces?
―Imaginar palabras para vivir en ellas.

1125.66.- Los rod’athi
―Dicen que los rod’athi de alas tornasoladas y garras afiladas de seis dedos no existen.
―¿Qué sabrán esos? –me dijo un amanecer de primavera un rod’athi de alas tornasoladas y garras afiladas de seis dedos.

1125.67.- Han llegado
―¡Llave de gradiente al 47%!… Abran reguladores de tugsteno… ajusten sensores al 97%… matriz asein’w de plasma al 15%… ¡amaramos!… Preparen escudos vitales…
Y la nave estelar alienígena se sumergió en el mar terráqueo como una botella.

1125.68.- Cuento y me descuento
Cuento y me descuento por la rampa que sube y baja a la derecha y gira en oblicuo a la izquierda y se detiene en marcha y marcha a pie enjuto entre abedules en flor en un silencio embarullado que canta un cuento que me descuento.

1125.69.- Cada día
Cada día escribía una línea de un cuento, un poema susurrado por la brisa, quizá una palabra, acaso un cuento entero; cada día borraba algo de lo escrito ayer; cada día la mente le da vueltas y le lleva a mundos que sólo ve él; cada día escribía sobre ello, o no.

1125.70.- Piratas estelares
Cangrejo O’Sulivan mira por los ventanales y ve todo el puerto espacial: sus dominios, en aquella nebulosa de asteroides, donde los piratas estelares hacen sus sucios negocios al margen de la ley. A lo lejos se oye un trueno, se ve un relámpago.

1125.71.- Rayos que iluminan
En lo oscuro del profundo espacio, infinito hasta más allá de donde sale la luz que incide en la niña de mis ojos, observo incontables puntos de luz parpadeante, estrellas aglomeradas como arena de la playa; y de cada uno de ellos, un rayo que ilumina mi imaginación.

1125.72.- Lo que se ve, o no
Sólo describiendo lo que se ve, o lo que no, como un notario con su registro, nada más, nada menos: un libro de viajes a medio encuadernar, algún mapa sobresaliendo, algunas hojas garrapateadas; la caricatura de un gato siamés, sus ojos claros, sus colmillos afilados; una tienda de campaña al anochecer, una luz en su interior, un fantasma circunvalándola; un cuadro de Degas, una impresión descansada, un aroma a pintura; por un sendero nevado caminan en formación una bandada de gansos, parecen cantar, sus huellas; un faro tatuado en el tentáculo de un kraken, un grito, un silencio, sangre; una tortuga de colores; en el desván de una casona abandonada, un armario, las puertas cerradas impiden que se escape el monstruo; un sello de lacre rojo custodiando una carta de amor nunca entregada; cosas, verdades, mentiras, un amanecer.

1125.73.- Una ola de increíbles efectos inesperados
Aquella mañana la avestruz del zoo tenía cabeza de caballo; el elefante, nariz octópoda; la tortuga, orejas de murciélago; al buey, con cuerpo de gorila, le había aumentado tanto la inteligencia que usaba incluso chaqueta y monóculo; el puma negro tenía cola de pavo real; al gato de mi vecina le salieron alas de águila, y así todo… ¡No me lo podía creer!, era como vivir dentro de un anime japonés de esos postapocalípticos tras una destrucción planetaria. Y es que la ola de plasma solar que atravesó la Tierra la noche anterior tuvo increíbles efectos inesperados.

1125.74.- Buscando fantasmas
Desde hace algunos días se ha corrido la voz por la ciudad de que, al parecer, la casa abandonada que hay a las afueras, la de la colina del árbol centenario, está embrujada, pues en ella, dicen, habitan fantasmas, y me he puesto muy contento. Desde entonces todos los días, al anochecer, me acerco a la casa y la observo detenidamente; incluso me he atrevido a entrar en ella, a pasear por sus pasillos y sus habitaciones, pero no veo nada extraño, y, por supuesto, no he logrado ver ningún fantasma. Siempre he querido ver fantasmas. Por eso cada día regreso a mi casa, triste y decepcionado, y me siento en mi sillón favorito y veo la televisión –o mejor dicho, intento sintonizar sus ondas, pues es tan vieja…–, o deambulo cabizbajo por los pasillos y habitaciones, por el sótano o por el desván. Siempre he querido poder ver un fantasma, estar con él, charlar… Porque es muy aburrido ser el único fantasma de mi casa, ¡si acaso pudiera jugar con otros como yo!…

1125.75.- Entre vórtices
Viajando por senderos infructuosos camino del refugio, el automóvil atraviesa un vórtice de ingravidez. Sus turbinas gravitatorias inhiben, en cierta medida, el impacto dentro de auto, pero a su alrededor sorprende ver cómo todo lo que no está anclado al suelo, flota o sale volando hasta perderse entre las nubes. Aquel planeta al que acababan de llegar guardaba aún infinidad de sorpresas.

1125.76.- Vecinos… de esos
Era una mañana soleada de primavera, sábado, creo recordar, y salí a comprar el pan; llamé al ascensor. Bajaba ocupado con un par de vecinos, de esos que se creen de postín, de los serios que les cuesta hasta saludar. Entré, y con una sonrisa sincera, os lo aseguro, les saludé: «hola, buenos días». Quiero creer que murmuraron algo, pero no les entendí bien, lo mismo podía ser un «hola» que un «ahí te pudras», ya me entendéis. Lo cierto es que lo veía venir, así que no le di importancia… ‘peor para ellos’, me dije. Por eso también ignoré, por sabido, lo que les oí comentar cuando nos despedimos… bueno, cuando me despedí yo de ellos… y les escuché lo que se decían cuando estaban ya a unos pasos de distancia: «son gente rara, ¿no?», dijo ella; «sí, todos en esa familia son así… amables», le respondió él con tono hastiado, y sus risas de superioridad se diluyeron entre los motores de los coches. Quiero pensar que no se referían a mi familia y a mí. Les tengo lástima.

1125.77.- Una ardilla salvaje
Resultaba realmente sobrecogedor y eso que no era más grande que una ardilla, de hecho tenía el tamaño y la cola de una ardilla, pero tenía la piel a rayas como la de un tigre de Bengala, y su cabeza era la de un tigre en miniatura; por eso, cuando rugía, sobrecogía.

1125.78.- Entrenamiento
―¡Cesto arriba!… ¡con fuerza!… ¡nooo, cúbrete!… bien… esas piernas… atrás… con la izquierda… bien, remata con la derecha… vale; ahora id a curaros las heridas.
―¿Cuándo lucharemos ante el César, maestro?
―Cuando lo diga la Asociación.

1125.79.- La verdad inmanente
En el silencio de la noche oscura reconocemos la verdad inmanente al pecado original. Es, sin duda, la hora de luchar por los valores que dieron sentido a la vida, a toda existencia. Ya no entraña valor alguno el oráculo de las tres brujas, ¿acaso a Macbeth le sirvió de algo cuando vio avanzar el bosque? Siempre hemos sabido lo que hay que hacer, pero qué pocas veces lo llevamos a cabo; y no es por falta de ejemplos a seguir, no: ahí tenemos a los gigantes agitando sus aspas al viento; ahí, el Monte del Destino donde destruir el anillo; ahí, la cruz donde morir… y resucitar. Pero nuestra cobardía nos amarra sin permitirnos acercarnos. Queremos ser don Quijote, pero nuestra falta de locura nos lo impide; queremos ser Frodo, pero no podemos con el peso de la culpa; queremos ser Emmanuel, pero es demasiado para nuestros hombros. No, no podemos. No podemos ser don Quijote, pero podemos… no, debemos ser Sancho Panza; no podemos ser Frodo, pero debemos ser Sam; no podemos ser el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo… pero debemos ser el cireneo, sí, eso sí, el cireneo sí, y caminar junto a Él.

1125.80.- Mucho más
―Lo recordaba como una obra de arte, pero es mucho más.
―¿El qué?
―Mira, el amanecer.

1125.81.- Un verdecillo
Un verdecillo revolotea entre las ramas de un árbol de hojas rojoanaranjadas; se posa en una rama y picotea distraído y de un salto baja al suelo; el musgo verdeazulado sirve de cobijo a pequeños insectos y el verdecillo lo sabe.

1125.82.- En cada página
En cada página un haiku, arriba en un rincón, o abajo, incluso en medio, luego en oblicuo, en la misma página, un microcuento de ogros y gigantes, por ejemplo, quizá incluso dos, el otro es de una luciérnaga que ilumina la noche y un grillo; y así todas las páginas.

1125.83.- Llaman
Entre unas tejas del tejado de mi casa dormita de día un murciélago, todo negro, boca abajo, abrigado con sus alas, agarrado con sus garras; de noche baja a tierra, llama a mi puerta y me pide permiso para entrar en mi habitación. Drácula tiene los ojos rojos.

1125.84.- En un bosque inalcanzable
En un bosque inalcanzable habitan ogros y hadas, duendes y dragones rojos. Un amanecer de primavera tardía un o’radtin de alas color miel revolotea entre rosas de pitiminí, y al cruzar el río bravo juega con el agua y se refresca.

1125.85.- Aleatoriedades
Desde mi bisabuelo Recaredo, algunos de mi familia hemos salido algo vampiros; ya sabéis, son esas aleatoriedades que tiene la genética. Al parecer, dicen que su tercera esposa era una vampiresa.

1125.86.- Intereses económicos primero
Piedra pómez por doquier. Sí, así lo atestiguan las sondas robotizadas. Piedra pómez en la superficie; mas, bajo tierra, coltán. ¡Este exoplaneta es un filón! ¿La ecosostenibilidad?… ¡bah! Bien, comenzaremos la explotación minera tras la siesta.

1125.87.- Prima conexio
Tuvieran los cielos clamores tremebundos, acaso, dicotomía espectral de enfermedad y esperanza, elegancia primigenia de un ente capaz de encender el alma muerta y transmutarla en fuego vivo, eterno, predicción del oráculo. Pues el mar –sus criaturas– presiente su existencia como cumplimiento de una leyenda que llegara a su consumación. Y cuando así fuera, si fuese menester, una secuencia de sucesos acaece sin pretenderlo: en la noche clara las luciérnagas descampan lloviznas como centelleantes chisporroteos; en la niebla mañanera los ciervos braman profundo, y así, inaugurando la prima conexio que dio principium a todo, se hace todo nuevo.

1125.88.- Un amor entregado
En un rincón de la librería un libro ajado por el tiempo. Entre sus páginas 96 y 97 una flor marchita, testigo de un tiempo pasado, olvidado, de un amor entregado, de un suspiro, de un beso, de un ‘hasta luego’, de un ‘te quiero’; un marcapáginas.

1125.89.- Ceremonia solemne
Y la estación espacial surca los espacios profundos en un éxodo obligado en busca de otro hogar. Y tras la ceremonia solemne, de su interior parte el cadáver de un fallecido, como antaño se tiraban al mar, desde los barcos, navegantes.

1125.90.- Falsas consideraciones
Él se consideraba heredero de los takfūr árabes, sucesor de los tagevor y legatario, por tanto, de la dinastía de los míticos reyes armenios, sucesor del rey León I de Armenia, Señor de las montañas. La verdad es que sólo era un simple tahúr.

1125.91.- Un cartel a la puerta
―No me atrevo a entrar pues hay un cartel a la puerta que advierte que está prohibido, así que me quedo afuera y la miro.
―¿Dónde está?
―Eso no tiene importancia.

1125.92.- Cosas que nunca diré
―¿Qué escribes?
―Cosas que nunca diré.
―Dime una.
―No puedo, son cosas que nunca diré; tendrás que leerlas cuando lo termine de escribir.

1125.93.- Un hobby
Desmonté el jet a reacción y, realizando ciertas modificaciones en la turbina, añadiéndole al propulsor una matriz antigravitatoria, y otras cosas más que no diré, construí un automóvil estelar. Con él viajo entre las estrellas. Ayer estuve en Orión.

1125.94.- Autoría
En una exposición de arte. Delante de un cuadro. Dos personas, un hombre y una mujer, comentan el cuadro.
―¿Es un chimpancé, verdad? –dice él.
―«Un autorretrato» –lee ella el título de la obra.
Ambos se quedan boquiabiertos, dubitativos.

1125.95.- Adiós, hogar
Me acerco a la ventana y miro fuera. Allá, a lo lejos, la Tierra se marcha, marchita, para no volver. La hemos roto, por nuestra incapacidad para amar, por nuestro egoísmo. Viajamos en busca de otro hogar que nos acoja. ¿Esta vez prometemos cuidarlo?

1125.96.- Asignaturas especiales
Historia de la magia.
Transfiguración.
Pociones avanzadas.
Manual del cuidado personal de la escoba.
Herbología.
La varita y sus secretos más profundos.
Venenos y sus efectos.
Adivinación.
Quiromancia avanzada y sus peligros.
Conjuros inquebrantables.
―¿Estudias?
―Sí, en la UNED.

1125.97.- Mañoso
Tras las reformas que hice en la cocina, al abrir el grifo de agua salían bocanadas de fuego, como las de un dragón; a partir de entonces usaba el fogón como ducha. Es que estoy hecho un manitas.

1125.98.- En los tapices
En los tapices distribuidos por las paredes del castillo se narra la leyenda de un caballero de otros tiempos, que, a lomos de su dragón, desfacía entuertos, salvaba vidas inocentes y mataba gigantes; todos ellos, sabiéndolos mirar, conforman, además, un mapa encriptado, un mapa con la localización exacta del valle de los dragones que mi antepasado encontró en uno de sus viajes por aquellas tierras extrañas ahora olvidadas.

1125.99.- Sorpresas de enero
Enero siempre me trae sorpresas: un dragón sobrevolando mi casa, el día 5; la nave alien que aterrizó en mi jardín, el 12; el 25, un cortocircuito en la nevera provocó un agujero negro en mi cocina; cosas asombrosas, ¿imaginadas?, y yo soy feliz.

1125.100.- En las noches de luna llena
En las noches de luna llena es cuando más claramente se ven los monstruos marinos.

1125.101.- Soledad Collingwood
Soledad Collingwood, natural de Northumberland, Inglaterra, esposa del 2º Barón Collingwood –comandante de la Royal Navy, que alcanzó fama y gloria en la batalla de Trafalgar–, fue una gran aventurera; tenía de mascotas un tigre y un chimpancé.

1125.102.- Repasando la historia
―Entonces… la humanidad creó a los robots. Los robots se rebelaron y hubo una guerra. Los robots crearon más robots y estos más robots y estos más robots con mucha más rapidez que los humanos engendraran más humanos que tuvieran la edad suficiente para ir a la guerra, así que…
―Eso es, fue una guerra desigual; mira, el tiempo medio que tarda un robot en crear otro robot es de 17h 35min, si se da prisa, incluso menos; mientras que un humano, bueno, dos, tardan unos 16 años, incluso más, en crear otro soldado humano; así no se puede ganar ninguna guerra.
―¡Claro, ahora lo entiendo!… Por eso pasó lo que tenía que pasar… que ganamos la guerra por abrumadora mayoría y extinguimos a los humanos, ¿verdad, papá?
―Eso es, hijo. ¡Ale, a dormir!, que mañana tienes examen de historia.

[FIN]

‘Si quisiera nombrarlo todo’ y otros cuentos sin importancia [Enero-2020]
©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Haiku 940 – 944

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Haiku 940 – 944

-940-

Ventisca helada;
miro por la ventana
sin sentir frío.

-941-

Bosque nevado;
sólo se ve del ciervo
algunas huellas.

-942-

Un caracol
asciende por el tallo;
sólo si llueve.

-943-

Con tantas flores
en el salón, se llena
todo de abejas.

-944-

En el silencio,
tras la lluvia en verano
se oyen los grillos.

Luis J. Goróstegui
#haiku


En tiempos frágiles

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[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el #viernesnarrativo43 de @M4627C]

En tiempos frágiles

En aquel tiempo ubérrimo –y aún de ignorancia supina que me tocó vivir– comprendí que tenía que hacer algo –y urgente– para que mi frágil convivencia con la humanidad no diera de bruces con su extinción. Busqué consuelo en libros milenarios de escritura en bustrófedon; hallé espejismos, fugaces eso sí, que dieron a mi existencia un quimérico simulacro, pletórico es cierto, pero poco más; la música ya no me hablaba; el silencio parecía huir de mi lado como alma que lleva el diablo, lo reconozco; el otoño lloraba al verme; el invierno… el invierno me gritaba adrede, soez entre tormenta y tormenta, con el frío y la nieve como armas arrojadizas que me traspasaban el corazón como espada legendaria de inverosímil verosimilitud –valga la cruel redundancia de reminiscencias bíblicas–. Busqué con quién debatir verdades incuestionables que lograran encender en mí siquiera aquella ascua remanente que sabía que aún tenía como tesoro de niño escondido en lo más profundo de mi ser inmortal, pero fracasé –no, no fue culpa tuya, amigo mío–, lo reconozco, como náufrago que se percata sin remedio de que sólo tiene agua a su alrededor y monstruos merodeando bajo sus pies desnudos. Puse en la gramola de mi abuelo melodías de aroma navideño, pero na; busqué entre las estanterías de discos alguno de jazz orquestal que me aliviara, pero quia, menos si cabe; inventé, incluso, una gramática propia de memoria aramea-grecolatina que diera algún sentido a mis pensamientos erráticos e inconexos, y aún así vagabundeaba sin rumbo, y aún perdido, entre el maremágnum de incomprensión y el desprecio convulsivo que me acechaba inmisericorde por doquier cada nanosegundo de mi vida. Pero todavía cabía una opción, ilógica si queréis, pero factible en teoría –al menos así lo veía–; y, aunque con un desfasaje impropio de alguien de mi condición estelar, dejé escrito en letra cursiva mi última voluntad, por si a alguien le pudiera servir mi experiencia. «Querido Diego, amigo mío, si acaso llegaran a tus manos estas últimas líneas mías, que sepas que estoy bien, que he logrado alcanzar al final la gloria prometida por mis antepasados…», comenzaba diciendo sincero a quien me socorrió fraterno al toparse conmigo una mañana de ventisca y frío. ¡Ah, si no hubiera sido por él…! Pues mi llegada a la Tierra fue casual pero aún así prevista por mis mayores que me enviaron en peregrinación. Aquí me consideraron un filósofo loco, un místico ilógico, un científico quimérico, acaso, pero todo lo daba por bien gastado con tal de avanzar y abrir camino. Soy consciente de mis limitaciones y de que hice lo que estaba en mi mano y de que logré cierto éxito –no carente de falsa humildad, lo sé–, que computó en mi favor. Fue por ello que, en un último esfuerzo, un amanecer de verano, cuanto mi tiempo llegó a plenitud, alcancé a trenzar un ramillete de rayos de sol y me transporté como estrella fugaz en alejamiento gravitatorio hacia mi hogar entre las estrellas, de donde provine hace eones. ¿La humanidad? La humanidad no depende de mí –y eso que logré para ella una segunda oportunidad–, pero sé que tendrán noticias nuestras de nuevo. Dios quiera que estén preparados para entonces.

Luis J. Goróstegui


Csi 690 – 694: ‘Clases particulares’ y otros cuentos sin importancia

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690. La figura

Es de noche. La figura observa la ciudad desde lo alto de la azotea en una torre de quince pisos de altura. Un paseante solitario anda por la acera. La figura se pone de pie en el borde y se deja caer. Todo sucede en un instante: cae de pie, suavemente, justo a dos centímetros de la espalda del paseante; lo agarra y se eleva con él. En silencio. Durante la subida le desgarra el cuello con un mordisco mortal. Cuando llega a la azotea, el paseante ya está muerto, desangrado. El vampiro acaba la cena y se relame. La figura permanece en silencio, observando la ciudad, acechando.

-0-

691. Otros tiempos

Cuando salgo a pasear de noche, los murciélagos sobrevuelan a mi alrededor. Recuerdan cuando alzaba el vuelo y cazaba humanos. Eran otros tiempos.

-0-

692. Clases particulares

Tiene muy buena presencia –mide más de metro noventa–, ojos de un tono rojo fuego y una dentadura perfecta, pero tenía un defecto: era un vampiro tímido. Le daba vergüenza salir a cazar por las noches; no se atrevía a morder a nadie, así que se alimentaba de gatos y perros callejeros, y de la sangre de las vacas del matadero municipal. Una noche, sin embrgo, no pudiendo aguantar por más tiempo su natural ansia de sangre humana, decidió hacer de tripas corazón y atacar a la primera persona que pasara. ¿Y sabéis a quién le tocó? Sí, a mí. Me vio pasar y se me acercó en silencio por la espalda. Justo en el momento en que fue a morderme, me di la vuelta, pegué un grito a lo kung-fu y le dí un puñetazo que le tiró al suelo –es que soy boxeador profesional, ¿sabes?–. El pobre empezó a sangrar por la nariz y a gimotear. Me dio lástima, la verdad. Bueno, resumiendo, le estoy dando clases particulares de ataque-defensa personal. Llevamos ya tres meses. Ayer mismo mató a su primera víctima. Estoy orgulloso de él.

-0-

693. La joven

La joven paseaba en silencio por la noche, serena; se detuvo en una esquina solitaria aguardando que se acercara alguien. No tenía prisa. Al poco tiempo, un hombre llegó. Iba cargado con regalos que acababa de comprar en el centro comercial. La joven le siguió. Aprovechando que se quedaron solos al girar en una callejuela, la joven se abalanzó sobre el hombre y le desgarró el cuello de un certero mordisco. No se escuchó ni el más mínimo chillido. Cuando terminó, la joven vampira se limpió la boca y, de un salto, desapareció en la noche.

-0-

694. Gigantesco

Llegamos a este planeta y comprobamos que era perfecto para vivir en él, con tantos ríos de agua potable, su idóneo clima y, sobre todo, esas increibles montañas. Todo iba bien hasta que descubrimos que esas montañas no eran montañas, sino construcciones de un gigantesco clan de gigantes: los nativos del planeta. Ahora vivimos ocultos en cuevas, incluso en el interior de los enormes árboles que pueblan los bosques; nos las apañamos como podemos. Afortunadamente los gigantes nos consideran como si fuéramos simples hormigas.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 684 – 689: ‘Morriña’ y otros cuentos sin importancia

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684. ¿Dónde voy de vacaciones?

En verano, el monstruo de Frankenstein siempre tarda en decidirse a dónde quiere ir de vacaciones: sus dos piernas, el bazo, el hígado y los riñones quieren ir a la playa, preferentemente al norte; sus dos brazos, el estómago, el corazón y su maxilar inferior, a la montaña; su cerebro prefiere quedarse tranquilamente en casa, leyendo y descansando sin el ajetreo del viaje. A veces, incluso se pasa una semana entera discutiendo consigo mismo dónde ir, aunque sólo una vez tuvo que llegar a las manos para poder tomar una decisión.

-0-

685. Morriña

En ocasiones, el monstruo de Frankenstein tenía morriña de su casa familiar, allá en su ciudad natal, así que tomaba unos días de vacaciones y se iba a visitar a sus parientes que vivían allí: para ello contrataba un servicio exprés de envío de mercancías y enviaba sus dos piernas, el corazón y el estómago con su tía Helen, que vivía en Asturias, en un precioso pueblecito costero; el hígado, los riñones y el resto del cuerpo –a excepción de la cabeza, que es de Santander, y visitaba al tío Ernesto– viajaban hasta Galicia, a casa de la abuela Úrsula, en las Rías Bajas. Había que reconocer que esos días de descanso le sentaban muy bien: siempre estaba de buen humor cuando volvía a reconstruirse; le encantaba escuchar las historias que contaban cada una de las partes de su cuerpo, y, además, esa manera de viajar por partes le ahorraba tiempo, pues de otra manera tardaría demasiado en visitar a toda la familia.

-0-

686. Discusión

El monstruo de Frankenstein no necesita entrar en Twitter para discutir, ya tiene suficiente con que sus partes del cuerpo se pongan de acuerdo en algo.

-0-

687. Comer sano

El vampiro observaba desde su ático del rascacielos. Esta noche iría al parque, donde la gente practicaba running; hacía tiempo que no la degustaba y ya volvía a tener hambre de sangre fresca de deportista. Su elevado nivel de oxígeno la hacía la más sabrosa y nutritiva; además era sano comer variado.

-0-

688. ¡El muy truhán!

El niño creció, y, el día en que dejó de temer dormir a oscuras, el monstruo que vivía bajo su cama se tomó vacaciones. Ahora que el niño ya es mayor y escribe cuentos, ha vuelto junto a él y disfruta ahuyentando a sus musas, el muy truhán.

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689. Gigantes

689.1.- Del mar surgían rocas puntiagudas, cada vez más altas, hasta confundirse con la montaña. El gigante dormía; su piel rocosa.

689.2.- A lo lejos se oían truenos. El gigante estornudaba.

689.3.- Un terremoto hizo temblar la montaña; el gigante tenía pesadillas.

689.4.- Amanecía. Al gigante le deslumbraban los destellos del sol. Molesto, le dio un manotazo. El sol fue a parar tras las nubes. Se nubló. El gigante se volvió a dormir.

689.5.- Un desprendimiento de rocas cae por las laderas de las montañas: dos gigantes están jugando.

689.6.- Llueve. El gigante llora.

689.7.- Es primavera. Un manto de flores cubre la falda de la montaña. La gigante estrena vestido nuevo.

689.8.- Un tsunami se acerca a la orilla. El gigante se ha zambullido en el mar saltando desde la cima de la montaña.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Haiku 935 – 939

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Haiku 935 – 939

-935-

El viento arrastra
la hojarasca marchita;
bosque otoñal.

-936-

Caen los pétalos
en otoño; renacen
en primavera.

-937-

Aunque en invierno
hiberna el bosque, nunca
muere del todo.

-938-

Se oye a lo lejos
una flauta; la brisa
suena en otoño.

-939-

Sobre unas hojas
cruza el río la hormiga;
nunca se ahoga.

Luis J. Goróstegui
#haiku


Fin de año

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[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el #ViernesNarrativo42 de @M4627C]

Fin de año

Es un anochecer temprano, uno de esos nebulosos que pareciera querer devorar el día ya mortecino y sin fuerzas para defenderse. La luna, en lo alto, cual chamán en vigilante espera, ilumina tenue cual foco de teatro envuelto en una maraña de telarañas de castillo encantado. En la pequeña ciudad, sin embargo, los vecinos se atarean en sus quehaceres cotidianos; aún hay tiempo para hacer las últimas compras. La luz de las tiendas y el murmullo de la gente parecieran templar el frío en las calles céntricas y concurridas. Del mercado se escucha un vozarrón: «¡señoras, señores, cómprenlos, que nos los quitan de las manos!», grita del pescadero anunciando sus «exuberantes langostinos»; y de fondo se entremezcla una canción mandinga de letras procaces y música asaz extravagante. Así es la vida del lugar, como imaginada por un loco que quisiera exorcizar su mente y para ello sólo pudiera escribir cuentos grotescos.
Un hombre vestido de frac negro y capa entra en la peluquería que hay en la plaza. Lleva bastón. Es alto y delgado, casi demacrado, de tez blanquecina, como si su salud no fuera buena. Sus manos, grandes y elegantes, tienen largas y afiladas uñas. Saluda a la concurrencia y aguarda paciente la vez mientras charla amigable con los vecinos; tiene acento extranjero –«quizá de Argentina», murmura un joven de melena; «puede, pero seguro que ha vivido en Japón, se le nota», le responde concluyente un anciano de barba larga y descuidada–. «Sólo retocar las puntas», le dice el recién llegado al peluquero cuando le llega su turno; su voz, sin embargo, es profunda y sobrecogedora, como de ultratumba. El tiempo pasa deprisa y, al terminar, el hombre paga y se marcha no sin antes despedirse cortésmente: «Ha sido un placer, caballeros, volveremos a vernos, sin duda; buenas noches», dice. Todos, apiñados desde la entrada, le miran alejarse llenos de curiosidad. «Debe ser el nuevo dueño del castillo del cerro; sí, parece enfermo; habrá venido a comprar algo para estos días de fiesta», cuchichean al perderle de vista en la oscuridad de un callejón. Ninguno de ellos se ha percatado de que el hombre no se reflejó en los espejos del establecimiento.
El caballero del frac camina despacio apoyándose en su bastón. Hizo bien en comprar el castillo aquí –«sí, volveré, esta gente parece saludable, no como los de mi anterior residencia; allí la gente tenía mala sangre», comenta para sus adentros–. «Sí, este es un buen lugar; será un feliz 2021, sin duda», dice y le sonríe a la luna mostrando sus afilados colmillos mientras se diluye en la nebulosa oscuridad de la noche.

Luis J. Goróstegui


Csi 679 – 683: ‘Para no aburrirse’ y otros cuentos sin importancia

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679. Sangre

Desde que descubrieron cómo fabricar sangre –ahora la venden en todas las farmacias y parafarmacias, incluso sin receta médica– Drácula anda triste por las calles; recuerda con añoranza aquellos tiempos en los que tenía que salir a cazar para poder beberla. «¡Le han quitado toda la gracia!», gruñe. A veces incluso sale de caza sólo por revivir aquellos momentos de sangriento éxtasis.

-0-

680. Para no aburrirse

Existen varias leyendas contradictorias: algunas cuentan cómo Drácula mató a la momia; otras cuentan que la criatura de Frankenstein mató a Drácula en un ataque de ira; otras, que el hombre-lobo y la criatura del lago descuartizaron al monstruo de Frankenstein; algunas que el hombre-lobo se alió con Drácula y mató a Frankenstein, aunque esta leyenda no aclara si fue al doctor o a su criatura, aunque todos apuestan a que fue al monstruo, claro; incluso existe una leyenda que afirma que todos se mataron entre sí en la más sangrienta y espeluznante de las batallas, y además lo cuenta con todo tipo de detalles macabros.
Lo cierto, sin embargo, es que tanto Drácula, como la momia, el hombre-lobo, el monstruo de Frankenstein o la criatura del lago son inmortales, y son ellos mismos los que inventan todas esas leyendas; ya no saben qué idear para distraerse después de tantos años.

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681. Entre monstruos

• El hombre invisible no era invisible, sino que nadie le veía, que no es lo mismo.

• Lo primero que hizo la momia cuando revivió fue pasar unos días de vacaciones en la playa; echaba de menos el mar.

• Lo curioso es que el hombre-lobo, cuando no era lobo, era vegetariano.

• El conde Drácula celebra su cumpleaños con una sangría.

• El monstruo de Frankenstein es pariente del hombre-lobo por parte de pierna derecha.

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682. Una vida tranquila

Tiene una vida tranquila. Duerme por el día y sale a pasear de noche. A los vecinos, en alguna ocasión, les ha comentado que trabaja como guarda de seguridad, aunque no es cierto. Nadie, sin embargo, sospecha. Por la calle toma la apariencia de uno más de esos jóvenes que viste moderno; tampoco nadie se fija en él. A veces, cuando tiene hambre, espera en alguna esquina oscura y solitaria a que pase alguien solo; entonces ataca silencioso. Nadie le oye matar. Cuando necesita dinero, se lo roba a su víctima. Antes de que amanezca, regresa a casa a dormir; sólo entonces se muestra tal cual es. Apaga la luz, cierra los ojos y sueña. Sí, es afortunado, tiene una vida tranquila; pocos vampiros pueden decir lo mismo.

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683. Esos dientes tan grandes

―Abuelita, ¿por qué tienes esos dientes tan grandes y afilados?
―Cariño, es que somos vampiros. Tranquila, a ti te crecerán pronto.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Csi 672 – 678: ‘Trending topics’ y otros cuentos sin importancia

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672. Mi primer trabajo

Cuando terminé el colegio no tenía muy claro qué estudiar ni qué profesión elegiría; por eso me sorprendí cuando tuve mi primer trabajo y comprobé que se me daba tan bien; al fin y al cabo no todo el mundo es capaz de matar vampiros.

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673. Aceptación

No comprendió su naturaleza hasta que se miró al espejo y no se vio en él.

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674. Trending topics

Lo cierto es que echan de menos aquellos tiempos en los que toda la gente hablaba de ellos, cuando les temían; ahora, en estos momentos tan alocados, no llegan a comprender cómo han llegado a esta situación, por qué nadie les hace caso, por qué les ignoran. Tienen que hacer algo para cambiar eso, algo impactante, algo drástico, algo que les vuelva a hacer trending topics, como se dice hoy en día. Por eso, y tras discutirlo largo y tendido –fue sangrienta la lucha para elegir a los líderes provinciales, cuentan las leyendas–, los vampiros, los demonios y los licántropos, superando diferencias hasta ahora irreconciliables, han decidido presentarse a las siguientes elecciones generales. Han creado un partido político: «Los Monstruos»; con un mensaje claro y directo: «Con nosotros no habrá corrupción; nosotros nos comemos a los corruptos».

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675. La primera sangre

En la noche de luna llena el licántropo ruge tras saborear la primera sangre. A la mañana siguiente los periódicos hablan de una sangrienta matanza en los alrededores del concierto de Heavy Metal.

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676. Vampiros y lobos

La enemistad entre vampiros y licántropos se remonta a incontables siglos. En cada época adopta una nueva apariencia; incluso en la actualidad, disfrazada de enfrentamiento político entre la derecha y la izquierda.

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677. De caza

Es noche de luna llena. En la aldea nadie se atreve a salir. En lo profundo del bosque se escucha un rugido. Incluso los lobos tienen miedo. Los licántropos están de caza.

-0-

678. Cosas de familia

―Mi abuelo murió por un rayo.
―¿Intentó protegerse de la tormenta bajo un árbol y le cayó encima?
―No, por un rayo de sol. Era un vampiro.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Haiku 930 – 934

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Haiku 930 – 934

-930-

El viento sopla;
la rosa permanece
quieta en su sitio.

-931-

Está lloviendo;
no sólo la amapola
se está mojando.

-932-

El grillo canta;
parece no cansarse
ni por la noche.

-933-

Frío de nieve;
sólo se escuchan lejos
algunos truenos.

-934-

Afuera nieva;
un pedazo de pan
junto al fogón.

Luis J. Goróstegui
#haiku

Csi 668 – 671: ‘Sirviente personal’ y otros cuentos sin importancia

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668. Sirviente personal

Era una tienda de antigüedades preciosa, y tenían de todo. En un rincón, al fondo del pasillo central, había una espectacular armadura de samurai, con su casco con forma de máscara y su espada reluciente. El de la tienda me contó que la armadura tenía su propia leyenda: al parecer la habitaba el fantasma de un verdadero samurai. Yo no me lo creí, claro, y aunque era algo cara, la compré. Si llego a saber lo que me iba a pasar, la dejo en la tienda con fantasma y todo, porque, hacedme caso, nunca tengáis como compañero de piso a un guerrero samurai del siglo XVI. Sí, la leyenda es cierta; la armadura está habitada por un fantasma: Sakamoto san, un señor feudal, daimio de no sé qué provincia del Japón, que me ha tomado por su sirviente personal. Como siga esto así mucho tiempo estoy por hacerme el harakiri.

-0-

669. Miedo

En aquella mansión abandonada habita un terrible fantasma, dice la gente. Nadie se atreve a entrar en ella, ni mucho menos a comprarla, por el miedo que le tienen.
Observándoles por la ventana, el fantasma permanece en la casa y no se deja ver por el miedo que les tiene.

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670. La pasajera

El tren siempre hace el mismo recorrido. Todos los días. Sólo se detiene en cada estación si algún pasajero así lo solicita previamente para bajar allí. Sin embargo, todos los días, el indicador de solicitud de parada se enciende en aquella solitaria estación, el tren se detiene, pero nadie baja. Eso sucede desde hace ya tres años, desde el día en el que tuvo aquel accidente en aquella misma estación. Sin embargo la muchacha no entiende por qué los pasajeros se extrañan; ella vive allí. Allí vivía, allí continúa viviendo y allí sigue bajándose desde que murió en aquel accidente.

-0-

671. Noticias de la radio

Aquella mañana se levantó, como siempre, temprano, desayunó y tomó el tren de las 07:45h. Durante el trayecto hubo cierto revuelo a causa de un accidente, por lo que llegó algo más de quince minutos tarde a la oficina. No logró comprender por qué todos sus compañeros estaban tan tristes. En las noticias de la radio oyó que había habido un accidente de tren, con una víctima mortal y algunos heridos. «Ha sido en el mismo tren en el que iba yo», se dijo apenado pero a la vez aliviado porque no era uno de los afectados. Justo cuando el locutor de radio decía el nombre del fallecido, un camión tocó el claxon en la calle y le impidió darse cuenta de «su» nombre.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Csi 662 – 667: ‘Mi abuela’ y otros cuentos sin importancia

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662. Interferencias

Ayer hablé con mi abuela. Le pregunté qué tal estaba y me contestó que bien. Me alegré al volver a hablar con ella pues no había tenido ocasión de hacerlo desde que se fue. Le pregunté si quería algo de mí pero no entendí bien su contestación; había interferencias: dijo algo de que alguien no la dejaba marchar, o eso entendí, pero entonces la comunicación se cortó; no sé si fue culpa de ella o de mi ouija.

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663. La casa grande

Es una casa grande con incomparables vistas al mar. Hace tiempo que nadie vive allí pues se dice que está encantada y que en ella habita un fantasma. Lo cierto es que por la noche se oyen pisadas en el desván, y lamentos y gemidos reverberan por las habitaciones vacías, lo cual no tendría importancia si no fuera por el pequeño detalle de que el fantasma soy yo.

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664. Fiesta de cumpleaños

En casa de mis abuelos siempre damos una fiesta en verano: mi abuela Matilde nació el mismo día que mi bisabuelo Alfredo, aunque en distinto año, claro, ¡casualidades de la vida!, así que aprovechamos la ocasión para reunirnos y celebrarlo.
Yo soy el encargado de traer la comida, aunque casi siempre traigo de más y sobra. No creáis, no es tan sencillo comprar sólo lo que se va a comer. Cuando voy al supermercado, con eso de la ilusión por la fiesta, los regalos y todo eso, pienso que voy a comer más de lo que después como realmente. Sí, ya sé que podía aprender de una vez para otra, pero cuando llega la fecha siempre peco de generoso, ¡qué le voy a hacer! De todas maneras la comida que sobra me la llevo a mi casa, así ya la tengo hecha para el resto de la semana, por lo que no se desperdicia nada. Después de todo, soy el único que come de toda la familia: veréis, vivo solo; mis padres se marcharon al más allá por un accidente –pero no, no os entristezcáis, ya lo he superado, estoy bien–, y el resto de mi familia… el resto de mi familia digamos que es demasiado vieja para comer. Ah, claro, no os le he dicho, es que los fantasmas no necesitan comer, ¿sabéis?

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665. Mi abuela

Sentado mientras viajaba en el metro, leía. En eso, a mi lado se sentó mi abuela. La miré en silencio. «Hola, nieto», me dijo. No me salió la voz. El tren llegó a la estación. Se abrieron las puertas. Mi abuela se levantó y salió del vagón. Yo no podía apartar la vista de ella. «Adiós, nieto, sé bueno», me dijo. Las puertas se cerraron. La vi que se despedía de mí agitando la mano. Sonreía. Mi abuela había muerto hacía un año.

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666. El piano

En la habitación de al lado, un piano. La puerta cerrada. Escuché una melodía. Entré en la habitación. El piano sonaba. La habitación estaba vacía. Tuve miedo.

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667. Estrategias de novios

Ayer estuve viendo las fotos antiguas de cuando mis abuelos eran jóvenes, antes de casarse; son realmente increíbles: A veces mi abuelo salía de su foto y se iba de escondidas a ver a mi abuela, otras, era mi abuela la que iba a su foto. Era la única forma de verse; al parecer a mis bisabuelos, al principio, no les hizo mucha ilusión su noviazgo. De eso hace ya más de cien años. Lo curioso es que, hoy en día, siguen haciendo lo mismo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 925 – 929

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Haiku 925 – 929

-925-

Densa nevada;
no deja de asombrar
ese silencio.

-926-

Primeras flores;
todo renace nuevo
tras el invierno.

-927-

Sobre la nieve;
solitario en el bosque
camina un ciervo.

-928-

El sol de mayo
se refleja en el agua;
canta la alondra.

-929-

Nunca hace frío
en invierno; la hoguera
bien calentita.

Luis J. Goróstegui
#haiku