329. La pequeña tienda.

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329. La pequeña tienda.

Me creí perdido por el casco antiguo de la ciudad, hasta que la brújula de tres agujas que mi abuelo me dio en su lecho de muerte me condujo a un arcano callejón. Allí, en una oscura esquina, entre viejos retratos de brujos ya olvidados y cristales empañados tras siglos de siniestros sortilegios, encontré una pequeña tienda de libros de otros tiempos algo destartalada. Al abrir, la puerta chirrió. Alguien dijo:
―Llega tarde, ¿trae el hígado de dragón envenenado?
Me detuve en seco.
―Creo que me confunde con otro. Vengo de parte de mi abuelo –logré responder.
La voz provenía del fondo de la tienda, y por un instante creí escuchar los cascos de un toro acercándose por uno de los pasillos, como si un minotauro estuviese deambulando entre ellos y arrastrara algo muerto, mientras una sombra grande y deforme oscurecía los libros a su paso. Evidentemente era una ilusión, me dije, pues quien apareció entre los libros fue un anciano algo encorvado que, sonriéndome, me dijo:
―¡Hola, hola!, le estábamos esperando, bienvenido.
Con paso lento se acercó a la puerta de la tienda, puso el cartel de cerrado y echó la llave, y antes de que pudiera decir nada se volvió hacia mí con una agilidad impropia de su aparente avanzada edad.
―¿Ha traído la brújula? –me preguntó de sopetón.
―Ssss sí –le dije a duras penas, y se la mostré.
―Sí, una brújula muy especial –dijo como hablando consigo mismo–; tres agujas: una para el Norte, otra para el Bien y la tercera para la Verdad.
―Eso me contó mi abuelo, aunque creo que está rota; las tres agujas siempre se mueven al unísono; para encontrar esta tienda… –le empecé a decir.
El anciano pareció no escucharme y continuó hablando:
―Su abuelo, sí; un buen amigo, sí; un gran maestro. Bien, sígame; le presentaré al Abad.
Mi abuelo me había dicho que aquí descubriría la verdad sobre mi familia y sobre mí, así que le seguí en silencio entre los estrechos pasillos de la tienda. Subimos unas escaleras hasta una puerta con extrañas inscripciones talladas en la madera.
―Bienvenido al Nuevo Mundo –me dijo al abrir la puerta, y al traspasar el umbral me encontré en una gran sala de amplios ventanales por los que se veían altas cordilleras nevadas y frondosos bosques; la sala era grande como un palacio y estaba repleta de libros y viejos manuscritos con indescifrables escrituras.
―Sí –me dijo el anciano al ver mi cara de asombro, y soltó una carcajada–, la puerta comunica con otra dimensión, aquí estamos más seguros; ya lo comprenderás. Si eres digno nieto de tu abuelo ya lo comprenderás. Esta es la gran biblioteca. Espera aquí, el Abad te lo explicará todo.
Y así fue. Durante los siguientes años aprendí a realizar portentos increíbles, algunos incluso imposibles; me enseñaron a utilizar la brújula de mi abuelo y con ella exploré otras realidades. Ahora soy el guardián de los libros, el bibliotecario de la gran biblioteca. La pequeña tienda de libros es sólo una tapadera, claro, un camuflaje; los libros peligrosos están aquí, dentro. Conviene que los no iniciados ignoren nuestra existencia; por ahora. Al menos hasta que se cumpla la profecía de O’mdari, después ya no será necesario.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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Haiku 705 – 709

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Haiku 705 – 709

[705]

Acecha el tigre
en las noches de agosto;
la luna blanca.

[706]

Entre la fronda
el sonido del agua;
el cuco canta.

[707]

El bebé llora
y despierta a sus padres;
noche de agosto.

[708]

Bajo la manta
llora ruidoso el niño;
se ha hecho pis.

[709]

Olor a pan
y el guiso en el fogón;
llega diciembre.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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328. Ballenas en la niebla.

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328. Ballenas en la niebla.

Recuerdo de pequeño que mi hermano y yo nos levantábamos muy temprano, antes de la salida del sol, y subíamos al monte con las vacas. Las conocíamos por su nombre y ellas a nosotros. Al salir el sol los pájaros nos daban los buenos días y les respondíamos tocando con la flauta las antiguas melodías que aprendíamos en la escuela. Allí las dejábamos y bajábamos corriendo a la escuela. Por la tarde volvíamos al monte y las traíamos de vuelta a casa.
Me acuerdo la primera vez que encontramos niebla espesa. Era tan espesa y tan baja que las vacas desaparecían entre las nubes; sólo por sus mugidos las podíamos localizar.
―La niebla parece el mar y las vacas parecen bucear, ¿verdad? –me dijo mi hermano.
Y riendo imaginábamos nadar entre ellas. Cuando por la tarde guardamos los animales, corrimos a contarle a madre y padre lo que habíamos visto. Madre hizo que se sorprendía y padre, muy serio, nos preguntó:
―¿Y no habéis visto ballenas en la niebla?
―No –le contestamos sorprendidos y algo asustados, debo reconocer.
―La próxima vez mirad con más detenimiento y las veréis. Con niebla espera bajan de la cima por la ladera norte.
―¿Y cómo son? –le pregunté.
―Grandes. Si agudizáis el oído las oiréis venir. Suenan profundo; su canto lo repite el eco. La tierra tiembla a su paso.
―¿Son peligrosas? –preguntó mi hermano.
―No si no las molestáis –dijo padre mientras rebanaba una hogaza de pan.
Nunca las vimos, claro, y eso que desde ese día, cuando había niebla espesa, andábamos por el monte con mil ojos. Padre y madre lo hacían para que tuviésemos cuidado, pues el monte es peligroso, y con niebla más aún; sin embargo he de reconocer que, aún hoy en día, cuando encuentro bruma y el eco reverbera en el valle, me gusta imaginar que entre la niebla espesa realmente nadan ballenas por el monte.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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327. Despedida.

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327. Despedida.

Mi tío me solía contar historias increíbles cuando venía a verme. Recuerdo muy bien la última vez que le vi, aunque yo era aún muy pequeño. Había ido con mis padres a un parque repleto de monumentos y estatuas y me puse a jugar, corriendo entre ellos, mientras mis padres esperaban junto al coche.
Mi tío me llamó y, sentados sobre una gran piedra, me dijo:
―¿Recuerdas cuando te conté las aventuras de Simbad y los viajes que hizo?
―Sí, tío –le contesté sonriendo.
―Pues yo también tengo que hacer un largo viaje.
―¿Y puedo ir contigo? –le pregunté.
―Oh, no, aún eres muy pequeño –me respondió sonriendo–. Cuando seas mayor, ¿te parece?
―¡Sí! –le dije– ¿Y veremos ballenas?
―Ballenas y elefantes, y todo tipo de animales. Ya verás, será genial –me contestó.
―¿Y podrán venir también mamá y papá? –le pregunté.
―Por supuesto, y los abuelos también –me dijo.
―¿Y cuando nos volvamos a ver me contarás todo lo que hayas hecho?
―¡Seguro que sí! Ahora debo irme –me dio un beso–, y diles a mamá y a papá que no se preocupen, que estoy bien, ¿vale?
―Vale, tío.
Y regresé corriendo junto a mis padres.
―¿Dónde estabas? –me preguntó mamá.
―Estaba con el tío. Se va de viaje –le contesté–. Dice que está bien, que no te preocupes; que le volveremos a ver.
Mi madre me miró y comenzó a llorar.
En eso llegaron unos coches; en ellos venían algunos familiares míos. Del más grande sacaron el féretro de mi tío.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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Haiku 700 – 704

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Haiku 700 – 704

[700]

Zumba la abeja,
mientras duermen la siesta
gato y ratón.

[701]

Bajo la mesa
el ratón caza al vuelo;
la mariposa.

[702]

Junto al hogar
solos mi gato y yo;
afuera llueve.

[703]

El cristal frío
recubierto de escarcha;
el té caliente.

[704]

La luna llena
tras las nubes de otoño;
maúlla el gato.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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1033. Alcanza la noche. [Julio-2019]

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[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]

1033.1.- Rescate.
Los chavales juegan y ríen junto al río. Algunos cruzan el puente de cuerda que lo atraviesa. Es toda una aventura para los pequeños exploradores. En eso se escucha un grito: una tabla del suelo rota hace que un niño pierda pie. Pero antes de que se precipite al agua, el vigilante Robfive corre y salva al pequeño. «No te preocupes, estoy aquí», le dice. Los profesores llegan unos segundos después; sí, ha sido una estupenda idea traer a la excursión a Robfive, el robot del colegio.

1033.2.- Lógicamente.
Alicia se matriculó en el curso «Lógica y Jurisprudencia», impartido por la reina de Corazones. Todos los casos que juzgaba la reina acababan con un golpe con su mazo y un «¡que le corten la cabeza!». La nota de Alicia fue: suspenso; lógicamente.

1033.3.- El niño, el payaso y el globo rojo.
El niño entró en el túnel, con miedo pero entró, y entró porque tenía miedo y el payaso le dio un globo rojo como la sangre y sonrió y sus colmillos relucían en la oscuridad y su risa daba miedo pero el niño dejó de temerlo y entonces lo supo, supo cómo matarle; y lo cogió y llenó el globo con todos los sueños que nunca podría tener y le miraba y le devolvió el globo y el payaso dejó de sonreír pues supo que moriría, que el globo sería su fin, y el poder encerrado en el globo mató al payaso, y el payaso dejó de existir.

1033.4.- Sorpresa.
En una época de costumbres recias y protocolarias, el shōgun impone la ley y todos sus súbditos obedecen; cualquier comportamiento ácrata es severamente castigado. Por eso fue una sorpresa descubrir a aquel samurái adolescente cantar en el baño.

1033.5.- De las olas.
De las olas, una conmoción furibunda atiza solemne el irracional devenir de la vida, como titán en su crepúsculo que, inflexible, impone al deseo inimaginable que se contraponga, inmutable, a una magia insuperable, inalcanzable; pues es innegable –la experiencia así lo atestigua– que sólo contigo es con quien surte mayor efecto el campo de atracción nuclear que, al unísono, configuran nuestras sincronizadas inconsciencias; pues la historia, albacea de nuestro pasado, testigo fiel de nuestro futuro, conspirador de treguas entre guerras, testaferro inmoral de nuestros comportamientos más inicuos, aguarda taimada a que demos un traspiés y caigamos. Es por ello que la existencia es más que la suma de sus partes, es por ello que la luz mata sin piedad a la oscuridad acechante, es por ello que tras la muerte hay vida, sin duda, pues, como dijo el escritor, «nuestros deseos de eternidad son, en el fondo, la mejor y más clara evidencia de que somos creados para la inmortalidad».

1033.6.- Por el valle de la Muerte.
Por el valle de la Muerte pasea en soledad recordando tiempos antaños, cuando cabalgaron los seiscientos; sólo él sobrevivió. En eso se escucha un disparo y el paseante cae inerte. Ahora ya volvían a ser seiscientos; «¡adelante, Brigada Ligera!».

1033.7.- Vamos por la vida.
Vamos por la vida enchufados al móvil, las redes sociales nos tienen enredados… Dicen que es difícil escuchar la voz de la conciencia, no sé, quizá si de vez en cuando bajáramos el volumen de la voz de la tecnología…

1033.8.- Atalaya fronteriza.
Aquel faro, en aquella diminuta isla rocosa, en medio del océano, fue, en otros tiempos, el centro neurálgico del tráfico de buques mercantes; a día de hoy ya no está en activo. Las sirenas de las proximidades submarinas lo usan como atalaya fronteriza.

1033.9.- Ciudades flotantes.
El planeta era superconductor. Había montañas flotantes que levitaban a decenas de metros sobre su superficie. Los nativos construían sus ciudades sobre, y alrededor, de dichos montes flotantes; eran como buques de piedra que navegaran en torno.

1033.10.- Escribo demencias, lo admito.
«Escribo demencias, lo admito, pero nadie las escribe como yo, eso también.» –del diario de Stanislao ‘El demente’ Lyekard.

1033.11.- Reciclaje.
Hay que saber reciclar. Yo, por ejemplo, con un par de turbinas viejas de reactor, una matriz antigravitatoria, unos circuitos cuánticos y algunas piezas que he encontrado en el basurero de la ciudad, he convertido mi viejo tractor en un flamante turboutilitario.

1033.12.- Mi mamá me quiere mucho.
Mi mamá me quiere mucho. Está pendiente de mí. Me hace la comida, me lava la ropa, me canta nanas cuando me voy a dormir. Sí, yo también la quiero mucho. Cuando la llamo atraviesa la pared de mi habitación a ver qué quiero; sí, desde que murió.

1033.13.- Cuasi-centauros.
Aterrizamos en el planeta y comenzamos la exploración. Les vimos a lo lejos, junto al río. Eran como… centauros… pero en jirafa, sí, eran centauros-jirafas, como suena, mitad humanos –o casi–, mitad jirafas; ¡alucinantes!

1033.14.- Iss’gha de ojos grises.
La primera vez que la vi me sorprendió el que tuviera aspecto humano, plenamente humano. Estaba tras una gran roca y asomaba de cintura para arriba. Me miró y me sonrió. Yo le devolví la sonrisa. Tenía una larga cabellera negra e iba vestida con un grueso abrigo de pieles –en aquella zona el frío viento arreciaba con fuerza– y por debajo de él sobresalía una recia lana blanca. Entonces avanzó hacia mí y salió de tras la roca, y fue cuando me di cuenta: de cintura para abajo era similar a una llama, pero con la lana mucho más voluminosa y blanca, como una nube luminosa. Era hermosa, sin duda. Aquel planeta guardaba innumerables sorpresas; la gran variedad de especias era, quizá, la más sorprendente, especies como la de aquella joven centaura nativa –una A’aden de nombre Iss’gha, según supinos más tarde–, de profundos ojos grises y sonrisa amable.

1033.15.- Tu ausencia día a día.
Desde el momento en el que nos vimos cada uno fuimos del otro. Nos conocimos una mañana de abril, en la ventanilla del Ministerio de Patentes y Marcas. Tú viniste a registrar una marca para un sistema integrado de levitación magnética –recuerdo que vestías una blusa azul con falda a juego ajustada, tenías el pelo largo, liso, negro, casi sin maquillaje, y no llevabas tacones–, yo era el funcionario que te atendió. Recuerdo que me equivoqué dos veces al rellenar tu impreso de solicitud; sólo con verte mi corazón latía al triple de velocidad. Tú te diste cuenta, naturalmente, pero disimulabas. Ese fue nuestro comienzo. Pocos meses después nos casamos y fuimos a vivir a la casa de campo que había sido de mi familia desde que una bisabuela mía la hizo construir hace casi un siglo. Me gustaba tu forma de ser, tan abierta, tan espontánea… Fueron los tres años más hermosos de mi vida. Hasta el día en el que te caíste del árbol. Ese día parte de mí murió contigo. Desde entonces nuestra casa me habla de ti a cada momento, en cada rincón; como dijo la poeta*:

«Me acompañó tu ausencia día a día
en todas mis angustias interiores;
en medio de amarguras y dolores
llenó de tu nostalgia el alma mía.»

[*Pilar de Valderrama (1889-1979)]

1033.16.- El fantasma de la ópera.
El fantasma de la ópera usaba máscara para ocultar su cara aberrante; en contraposición, siempre comía variado y saludable: verdura, fruta, leche, carne, frutos secos… y veraneaba en España, por el aceite de oliva y el jamón serrano, claro.

1033.17.- Entre detalles.
A la gente le suelen gustar los paisajes a lo grande. Sí, se van a lo alto de una montaña y observan el valle; o un río sinuoso que rompe en una cascada, cuanto más potente y ruidosa mejor; o el perfil lejano de la ciudad y, al fondo, unas montañas nevadas. A mí también, que conste, pero tengo predilección por los pequeños detalles: un árbol que hace sombra en un pequeño rincón, entre las casas que dan a un callejón, y, en una de sus ramas, un pajarillo cantando; unas flores blancas entre los peldaños de una escalera de piedra que sube una pendiente entre dos casas colindantes, en un barrio apartado del bullicio de la ciudad, y, junto a ellas, dos flores rojoanaranjadas; un pequeño estanque natural con nenúfares y peces, y un gato que, asomado sobre una piedra, les observa con no muy buenas intenciones; la hiedra que cubre una vieja verja de madera… cosas así. Me pasaría todo el día contemplándolos.

1033.18.- Casting.
Anochece. La directora del casting va a por su coche. Allí alguien la ataca y, a mordiscos, la desangra y la mata. Luego, la desconocida se marcha volando, relamiéndose de gusto, diciendo: «¡Ya no volverás a decir a ninguna más: “No pasa por vampira, es muy gorda”!»

1033.19.- Alcanza la noche.
Alcanza la noche, luminosa aurora, nocturna, boreal, entre brazos atados, sin soltarlos, pues queremos entender el sentido del vivir, volver al principio, caminar hasta el final juntos. Luciérnagas por doquier, puntos de luz viva que abren sendas y ocultan secretos. Niebla baja que acaricia el musgo del suelo, murmullos al amanecer que rememoran cantos arcanos de tiempos olvidados, mágicos; conjuros que nombran nombres de seres remotos, abandonados, pretéritos, ecos de risas que despiertan la alegría, tambores que retumban en el valle y llaman a concilio; lluvia que humedece el alma, nubes que alimentan la tierra. ¿Es, acaso, el devenir una mera hipótesis senequista?, ¿somos capaces de indagar los misterios insondables y obtener respuesta?, es más, ¿somos capaces de comprender esa respuesta? Nos vemos y no nos vemos, hablamos y no nos hablamos, reímos sin reír, lloramos sin llorar, oímos sin escuchar… El poeta ya nos advirtió: es la vida un frenesí, una ilusión, una sombra, una ficción, un sueño. Y, sin embargo, seguimos buscando respuesta, ¿por qué?, ¿cómo?; quizá sólo la fe nos valga.

1033.20.- Primer contacto.
La nave descendió en silencio. En el puente de mando la capitana ordenó prudencia. La tripulación se preparó. Allí, una aldea. Había mujeres saludando con la mano. A pesar de ser un exoplaneta muy lejano a la Tierra los nativos parecían humanos.

1033.21.- Abismo.
En lo profundo del mar, donde el azul pierde con el negro, el batiscafo avanza en silencio; «cierren válvulas; profundidad: 3000 metros», ordena el capitán. El sonar avisa; «500 metros», indica el piloto. Allí les aguarda la nave alienígena.

1033.22.- Calzado.
―Lo suyo eran las masacres, por eso usaba siempre calzado de deporte rojo.
―¿Rojo?
―Sí, para no tener que limpiar luego la sangre.

1033.23.- Estar ahí.
Con cuatro trazos el artista muestra la liviandad de una espiga; una mancha, una mariposa posada en un extremo; el trazo fugaz, el movimiento provocado por el viento; un tenue borrón, la bruma al amanecer. Y al mirarlo es como estar ahí.

1033.24.- He escrito rimas.
He escrito rimas que me acariciaban el alma,
he llovido sonrisas que me elevaban la calma,
he cantado guiños de complicidad con los ángeles,
he dibujado rayos y truenos para iluminar mis noches,
he susurrado mimos entre las olas del mar.

1033.25.- Las más sencillas.
Puede que los artefactos más complejos nos llamen más la atención, incluso nos asombren más, pero lo que mejor llega al corazón, al alma, son las cosas más sencillas; son las que más nos llenan.

1033.26.- En sus manos.
En sus manos está el destino de cada viviente, con el ovillo de hilo tejen el tejido donde la humanidad, ignorante de que no posee las riendas de su subsistencia, discurre; son las parcas, el ‘fatum’ que decide sobre la vida y la muerte.

1033.27.- Nota de amor.
«Me decían que el amor sin ti no puede llamarse amor, pero se equivocan. Ahora que ya no estás conmigo te sigo amando; más que nunca, mi amor.
Tuyo siempre,
tu Ramiro.»
–de una nota encontrada junto a una flor sobre una lápida a nombre de Carlota.

1033.28.- Fantasma errante.
El puerto amanece con niebla. Un barco, como fantasma errante, se acerca sigiloso. Tras amarrarlo con el ancla avisan a la policía pues la tripulación está muerta, muerta y sin una sola gota de sangre. Nadie ve al murciélago que huye de la bodega.

1033.29.- Soledad.
Un trazo para el suelo; un contorno encorvado, en un extremo, para una persona sola; un manchón, en el otro extremo, para unas casas, lejanas; unas borrosas salpicaduras para el humo de las chimeneas. En soledad. Al verlo te sientes solo.

1033.30.- T-3 años.
Usa bastón. En un pequeño compartimento suyo se oculta un reloj, pero no un reloj cualquiera, no, un reloj espacio-temporal; es su transporte personal a su planeta natal. La humanidad se está pasando de la raya y requiere un escarmiento. T menos 3 años.

1033.31.- Frisbee.
Los dioses, aburridos de no hacer nada, inventaron un nuevo deporte: aplanaron algunos planetas y se pusieron a jugar al ‘frisbee’ con ellos.

1033.32.- Diagnóstico.
―Bien, veamos, ¿qué síntomas tiene?
―Verá, doctor, estoy muy mal: ¡abro exclamaciones e interrogaciones!, diferencio entre sólo y solo, entre éste y este y, sobre todo, uso el punto y coma…
―Usted lo que es, es un revolucionario; ¡guardias, deténganlo!

1033.33.- Ensayo.
Los conectores de electricidad ajustados a la sien y el corazón del cadáver. Sobre él cae un rayo. El caballo revive. La primera prueba ha sido un éxito. El doctor Frankenstein lo ha logrado. Ahora sólo queda la prueba definitiva con un humano.

1033.34.- Ataque imprevisto.
―«¡Atención, control. Ataque imprevisto. Aterrizaje urgente!».
Si ya es difícil tomar tierra con aquella nave, más era hacerlo mientras eres atacado por un suricato salvaje neogenético que se ha escapado de su jaula de experimentación; eso sí que fue todo un reto.

1033.35.- Las dos caras.
Vestida de niña bien simulaba un ángel de ojos azules. En el ring de lucha libre clandestino, con su atuendo callejero, era el diablo.

1033.36.- Principios.
Alguien le sugirió que, si quería que le leyera más gente, debería escribir microcuentos más cortos. Él le contestó que: «el día en que reduzca la extensión que cada cuento me exige para ser libre, ese día estaré muerto.»

1033.37.- Distracción.
Un día que se aburría, el maharajá de Kapurthala ofreció como premio su peso en oro –era gordo, muy gordo– a quien le supiera decir en qué se parecía una balanza a un carpincho. Nadie supo dar con la respuesta correcta. El maharajá se rió mucho.

1033.38.- Una historia de magia.
Estando en la playa escuché a dos hermanos.
―Vamos, Carlos, en casa te daré manzanas y quesos –le decía la hermana mayor.
―¡No, cuéntame una historia de magia: cuando el abuelo se casó con una sirena!
Me hubiese gustado escuchar esa historia.

1033.39.- Famoseo.
La mujer se acercó al quiosco y observó durante un rato las, llamadas, revistas del corazón.
―Perdone, me podría informar: ¿quién es este hombre que aparece en la portada; es que soy forastera, sabe usted? –le preguntó al quiosquero.
―Es un famoso, ¿sabe?
―¿Y por qué es famoso?
―Verá, es el ex de la que fue novia del hijo adoptado de la hija de una cantante algo conocida hace años en las salas de fiesta. Se habla mucho de él últimamente.
―Pero… ¿no es famoso por algo importante que haya hecho él mismo, no sé: por ser un escritor de renombre, o un científico de biogenética responsable del descubrimiento de alguna vacuna, o astronauta, o ingeniero, arquitecto… o algo así?
―Oh, no, nada de eso.
―Bien… muchas gracias.
Y la extraterrestre se marchó anonadada, aunque ahora comprendía mucho mejor por qué la humanidad seguía aún tan retrasada en la escala galáctica.

1033.40.- Una amable viejecita.
Voy en tren. Delante de mí se ha sentado una amable viejecita. Lleva un bolso grande y de él ha sacado un ovillo de lana y un par de agujas y se ha puesto a hacer punto. De vez en cuando me mira y me sonríe. Nos hemos puesto a hablar del tiempo y ella me ha contado su vida. Me recuerda a las de la película Arsénico por compasión. Como saque del bolso una botella de vino y me ofrezca una copita me levanto y me cambio de vagón.

1033.41.- Sospechoso.
En la última estación del tren que acabamos de pasar ha subido un hombre bajo, bizco y con algo de joroba. Lleva un baúl de esos grandes de madera, de cuando la guerra de Crimea, o antes. ¡A saber lo que lleva en él! Se ha sentado delante de mí y no me quita ojo. Cuando me ha saludado he notado que tiene acento extranjero, como centroeuropeo. Me resulta sospechoso. Tengo miedo de preguntarle cómo se llama y que me responda ‘Igor’, como el de Frankenstein.

1033.42.- Un modelo excepcional.
El explorador, con su cuaderno de papel y su lápiz, se ocultó tras los matorrales. En eso apareció un ejemplar: era muy grande, de impresionantes colmillos y gran pelaje. Su máquina del tiempo es genial; el mamut come mientras el pintor le dibuja.

1033.43.- Sarna con gusto no pica.
Con este calor, qué bien se está a la sombra de un árbol, leyendo, tomando una cerveza bien fría; no comprendo cómo hay quien le gusta freírse al sol: he visto a un hombre asarse con peluquín y a una mujer con las pestañas postizas derritiéndose.

1033.44.- Sarna con gusto no pica (versión Blade Runner)
He visto cosas que no creeríais. A un hombre con el peluquín en llamas en la playa de Orión. A una mujer, con sus pestañas postizas derritiéndose, cerca del mar de Tannhäuser. Y yo aquí, a la sombra de un árbol, leyendo, tomando una cerveza fría.

1033.45.- Acariciando la luna.
Acariciando la luna en la superficie nocturna del agua del lago pensé en ti, en tus ojos azules, en tu cabello sedoso, en tu… cínica sonrisa, en tu mal genio, en tu carácter envidioso, en tus desprecios, y me alegré de que te hubieras ido con otro; ¡pobre de él!

1033.46.- Los cisnes.
Todos los veranos, en lo profundo del bosque, al lago oculto inalcanzable llega una bandada de cisnes blancos. Allí se cumple el conjuro anual de conversión y los magos se transforman. Allí se reúnen en concilio para impartir justicia, la justicia del bosque.

1033.47.- Las ruinas.
A la orilla del lago, sobre un saliente de roca madre, un castillo se yergue soberano; quien por allí pasa sólo ve unas ruinas, el escudo de fuerza lo camufla. Los curiosos no son bienvenidos.

1033.48.- Amenaza.
Los gigantescos monstruos llegaron como larvas en un meteorito hace no mucho. Han permanecido ocultos en las profundidades marinas creciendo y multiplicándose por osmosis. Ahora, adultos, han emergido con hambre. La humanidad no es enemigo para ellos.

1033.49.- Instrucciones.
Aquella empresa de medios de comunicación dominaba la opinión pública. Ninguno de sus directivos despertaba sospechas. Su sede, el más alto rascacielos existente en la Tierra, era muestra evidente de su poderío. Nadie podía imaginar, sin embargo, que lo que transmitía la antena desde su azotea no sólo eran programas de televisión, sino, sobre todo, instrucciones precisas para una inminente invasión alienígena. Su destino: un remoto planeta tras la nebulosa NGC 207.

1033.50.- Noche de feria.
De noche la feria estaba a rebosar. Risas, jolgorio, los tenderetes, el tiovivo, los coches de choque repletos… Del ‘Túnel del miedo’ los cuatro amigos salieron aterrados. Luego todos despertaron de su pesadilla, creyeron, mas el payaso seguía allí, llamándoles.

1033.51.- Regalo y don.
Toda mi vida ha sido un buscarte. De un lugar al que llamaba hogar salí confundido, sin una brújula en mí; de un lugar que consideraba ideal me vi desposeído, desasistido, como polluelo expulsado de su nido sin aún poder volar. Recuerdo un amanecer, donde la sombra dejaba paso a la luz del sol radiante, donde el agua del mar reflejaba augurios de esperanza inabordables mas no inalcanzables. En los tiempos subsiguientes recorrí mares, visité puertos lejanos de gentes extrañas, hice amigos y enemigos, trabajé de farero y cuentacuentos, de tahúr y de guardaespaldas de gentes de postín, convoqué concilios entre clanes enfrentados, hice leyes, construí iglesias, tanto fui llamado sabio como desquiciado. Todo ello hizo de mí lo que soy. Y ahora, desde mi atalaya, fortaleza de libros y saberes infinitos, alcanzo a ver; comprendo mi contexto, admiro la fe que me guió sin yo percatarme siquiera. Todo ello lo recibo como regalo, como don inmerecido; por todo ello doy gracias a Dios, al que busqué y he encontrado.

1033.52.- Es costumbre en las aldeas remotas.
Es costumbre en las aldeas remotas del norte, donde la luz del sol es moneda de cambio, vestir de amarillo en las ferias anuales; allí se rememora, con un torneo de ajedrez memorable –espada en ristre–, la victoria sobre los salvajes ough’dra’ai.

1033.53.- Concierto heavy.
Yo, una vez, durante el 1º Concierto de Brandenburgo, de Bach, acabé con la camisa desgarrada por una fan que tenía al lado, que no se pudo contener de la emoción. La culpa es mía, sin duda, por ir a un concierto tan heavy, en el que la multitud ruge furiosa.

1033.54.- Emergencia.
De la gran fortaleza del risco rocoso toman vuelo vertical globos que lanzan sus moradores. Suplican socorro a quienes leyeren el S.O.S. que portan; última posibilidad para aquellos desgraciados antes de que las hordas que les asedian ataquen y se los coman.

1033.55.- Fotos de familia.
He estado revisando el álbum de fotos familiar y en él aparece mi tía abuela Eugenia, la de la cabeza de gato. Es de principios de 1900. El cuerpo es humano, normal, pero la cabeza es la de un precioso gato negro. Nos sucede en ocasiones. Mi padre me ha contado que esa rama de la familia siempre ha sido muy animal, y eso que la tía abuela Eugenia no fue de lo más salvaje que hemos tenido en la familia; al parecer el bisabuelo Alberto la tenía de tigre y la tatarabuela Consuelo fue una hermosa pantera negra. De ellos no tenemos fotos, sólo un par de retratos al óleo.

1033.56.- Otros tiempos aún por venir.
En una costa de acantilados rocosos, sentado en el linde de un risco, en lo alto del mirador, curioseando desde la atalaya soberana, deleitándome en un remanso de paz recoleto, con el cabello al viento, la piel curtida al sol, contemplando el horizonte, el romper del mar, el imponente rugir de las olas bravas, al olor del perfumado salitre, ojeando a las gaviotas atrevidas que suben y bajan de ola en ola, cazadoras del mar, y a lo lejos un barco, como custodio o pirata ocasional, acaso testigo de la poderosa presencia de una sirena de otros mares que llamara a concilio a los suyos antes de sumergirse y desaparecer en lo hondo del reino marino. Y allí, al amanecer de un nuevo día, eslabón de una vida agradecida, aguardando paciente el espectáculo grandioso de la naturaleza, recibiendo un galardón inmerecido, rememoro otros tiempos aún por venir.

1033.57.- Longevos.
La expedición llegó a una remota aldea perdida en lo alto de la montaña. La mayoría de sus habitantes eran muy ancianos. Salvo unos pocos niños y algunos hombres y mujeres más jóvenes, el resto tenía más de 100 años, bastante más –una mujer decía tener 258 años, aunque no la tomaron en serio–. Tras los primeros análisis, los científicos lo achacaron a su alimentación y a una genética fortificada por vivir en una atmósfera con un bajo nivel de oxígeno; ninguno, sin embargo, se fijó en aquella extraña cabaña con forma aerodinámica y construida de un material desconocido para la humanidad, camuflada en el interior de una colina cercana y con la que, años ha, aquel pueblo llegó a la Tierra procedente del espacio profundo.

1033.58.- Silvia y sus amigos.
Es una joven extraña. Se llama Silvia. Estudia parapsicología. En la universidad no tiene amigos. Siempre va sola. Sus compañeros la miran con recelo. Pero a ella no le importa. Ella tiene sus propios amigos. Los conoció una noche, hace años, cuando, por una apuesta tonta con sus compañeros del colegio en la que tenía que pasar la noche en una casa abandonada con fama de estar hechizada, se le hicieron presentes unos seres espectrales aterradores. Silvia los llama los iss’ghan, porque su verdadero nombre es imposible de pronunciar para los humanos: son altos, fornidos, de grandes manos de alargados dedos, invisibles salvo que quisieran hacerse visibles, con una piel de un tono tétrico a ceniza, feroces, de mirada ígnea y mandíbulas de varias filas de afilados dientes. Ellos parecen poder leer su pensamiento y ella… bueno, el caso es que de alguna manera les entiende. Sobre todo a uno que parece ser su… líder, si eso es acaso posible; Silvia le llama Tass’ghan. Desde aquella noche están juntos, la acompañan a todas partes, y, sobre todo, la protegen de cualquier peligro. Silvia no sabe muy bien por qué lo hacen, pero, al parecer, ha sintonizado con ellos. Y eso le parece bien, se encuentra a gusto entre aquellos seres de otra dimensión; pues Silvia siempre ha sido algo extraña.

1033.59.- En aquella remota cala.
En aquella remota cala, oculta tras un frondoso bosque milenario, la arena fina de la playa disimula las huellas de un aterrador urn’ryn de garras de sable que, al amanecer, surge del mar profundo y se va de caza al boscaje.

1033.60.- Al principio no le amaba.
Al principio no le amaba; era feo, tímido, desmañado. Sin embargo, finalmente… siguió sin poderle amar; ¡cómo poder amar a un ogro, aunque sea el emperador del bosque de las hadas!

1033.61.- Son primas hermanas.
Son primas hermanas de las medusas, pero no son medusas aunque se les parecen; las medusas no tienen ojos, ni brazos, ni piernas, ni salen del agua por la noche para matar humanos.

[FIN]

Luis J. Goróstegui
Alcanza la noche. [Julio-2019]
[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]


326. Atascos.

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326. Atascos.

Hace algunos días tuve que ir al médico y se me ocurrió ir en mi automóvil. Mala idea. Salí a la calle y me dije: «Vaya, parece que no hay mucho tráfico.» Torcí a la derecha en la segunda bocacalle y, ¡oh, diablos!, me tuve que detener; la calle estaba a rebosar de coches. «¿Y ahora qué», me dije. Intenté echar marcha atrás, pero ya tenía detrás de mí un sinfín de automóviles. Miré hacia arriba y vi un hueco; por ahí que me fui sin pensármelo. Mala idea también. Dos minutos después volví a estar atrapado. Intenté girar a la izquierda y me quedé a medio camino: ni para adelante ni para detrás. Volví a mirar arriba y tampoco había hueco por donde ir. A duras penas logré avanzar unos metros y me tuve que volver a detener. Miré hacia abajo y, como un camicace, me lancé a un pasillito minúsculo que prometía cierta fluidez. Fue un espejismo. Esta vez me tuve que detener incluso antes de poder asomarme al pasillito –que ya había desaparecido, claro–, y lo peor es que el coche se quedó en tal posición acrobática que casi salgo volando por la ventanilla: estaba medio cabeza abajo, como si estuviera colgado de un pié. No sé cómo conseguí reequilibrar el coche. Logré escurrirme entre dos camiones y me colé justo detrás de un autobús de esos antiguos que todavía echan humo por el tubo de escape. Casi me muero del pestazo; aguanté la respiración y me puse una mascarilla antigás. Me puse a mirar por todos lados a ver si encontraba un hueco por donde poder avanzar. Nada. Estuve parado media hora. Total que se me pasó la hora del médico y decidí volver a casa. Tardé tres horas. Tuve que volver a pedir hora al doctor; me la dieron para la semana siguiente. Cuando llegó el día en cuestión ni se me ocurrió ir en mi automóvil y me fui andando a la clínica; esta vez, incluso, llegué con tiempo.
Desde luego, cuando inventaron los nuevos automóviles aerostáticos antigravitatorios, capaces de levitar, la propaganda no hacía más que recalcar que los atascos ya eran cosa del pasado. ¡Mentirosos! Si antes el tráfico era sólo a ras de suelo ahora, que los coches volaban, se extendía a los múltiples niveles de altura en los que se habían configurado las nuevas multicarreteras. Y claro, los atascos no sólo no han desaparecido sino que han aumentaron exponencialmente. Alguien me podría aconsejar que me fuera a vivir al campo, lo cual no sería mala idea si no fuera porque las ciudades han aumentado tanto de tamaño –tanto en horizontal como en vertical– que ya no queda campo donde vivir: el futuro.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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325. Un milagro inesperado.

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325. Un milagro inesperado.

A un pequeño pueblo de cuento de hadas llegó volando un día la semilla de una flor. Cayó en tierra fértil junto al Ayuntamiento, y, como por arte de magia, pocos días después, sin que la gente lo advirtiera, creció hasta convertirse en un hermoso árbol. Sus frutos se antojaban apetitosos y desprendían un agradable perfume. Al llegar el tiempo propicio un fruto maduro cayó del árbol y un milagro inesperado tuvo lugar.
La dueña de la pastelería era una mujer agradable que, a diferencia de la mayoría del pueblo, solía estar de buen humor… Bueno, para qué vamos a andar con rodeos, todos los del pueblo eran unos antipáticos de mucho cuidado, incluyendo la dueña de la pastelería; cuando el zapatero no estaba discutiendo con el pescadero, era el alcalde el que discutía con el farmacéutico, o éste con el electricista, o el jefe de policía con el jardinero del conde de Montealto, el que tenía el castillo en lo alto del monte –supongo que por eso se llamaba así–, o la dueña de los ultramarinos con cualquiera que entraba a comprar en su tienda –y encima se quejaba de que casi nadie quería entrar a su tienda a comprar–. En fin, que pocos eran capaces de entablar una conversación sin acabar a la greña; quizá el maestro y el cura, pero eran casi los únicos. A lo que iba: una soleada mañana la dueña de la pastelería pasó junto al Ayuntamiento y se fijó en el fruto maduro recién caído. Curiosamente hacía algunas semanas que iba buscando algo sabroso con lo que hacer un pastel; algo que fuera distinto a lo de siempre y atrajera a más clientes a su tienda. El fruto olía bien, y aunque no sabría identificarlo exactamente, se decidió a probarlo: sabía a fresa ácida y manzanas. Se acercó al árbol –«¿Quién lo habrá plantado aquí?», se preguntó– y se llevó algunos frutos.
A la mañana siguiente, muy temprano, hizo una serie de pastelitos y los expuso en el mostrador de la pastelería, pues pensó hacer una prueba con algunos antes de hacer más y ponerlos a la venta.
―¿Qué pasteles son éstos? –le preguntaban sus vecinos cuando iban a comprar el pan a su tienda.
―Los acabo de hacer, ¡vamos!, coge uno, regalo de la casa –le animaba la dueña.
―¡Mmmmm!, están muy ricos; tienes que darme la receta –le decían.
Esa misma tarde, viendo que los pasteles tenían éxito, la dueña de la pastelería fue junto al Ayuntamiento y se llevó más frutos del árbol –al parecer nadie más se había fijado en él–, y plató algunos en el jardín trasero de su casa.
Sorprendentemente los árboles crecieron rápido y pronto tuvo suficientes frutos como para hacer pasteles para todo el pueblo. Fueron todo un éxito. No obstante el verdadero milagro no fue ese, no, el verdadero milagro fue que quienes comían de esos pasteles se volvían amables y simpáticos; se obró un drástico cambio en la forma de ser de los que antes habían sido antipáticos y siempre andaban a la gresca. Nadie, sin embargo, achacó el cambio de comportamiento a los efectos de los nuevos pasteles y, en la mayoría de los casos, ni siquiera fueron conscientes de haber cambiado; a lo sumo lo atribuían a su proceso normal de maduración personal, pero no a esos nuevos frutos: «¡Yo nunca me he metido en broncas», argumentaban en su defensa.
El caso es que el pueblo sufrió tal transformación que la gente del resto del valle no salía de su asombro, hasta tal punto que, el que antes era conocido como «el pueblo de los antipáticos», llegó a ganar un premio como «el pueblo más amable del valle».
Y llegó un otoño, y una mañana ventosa el árbol junto al Ayuntamiento dejó caer sus semillas y el viento se las llevó. Algunas fueron al norte, otras al sur, algunas al este, otras al oeste, y cada una de ellas llegó volando a algún pueblo de cuento de hadas y cayeron en tierra fértil, y allí un milagro inesperado, el que cada pueblo más necesitaba en ese momento, tuvo lugar.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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Haiku 695 – 699

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Haiku 695 – 699

[695]

Allá en el cielo
las estrellas relucen;
noche de otoño.

[696]

La niebla oculta
las islas en verano;
cuando alborea.

[697]

Aunque no llueva
su fronda no se agosta:
el forestal.

[698]

El gato juega
y persigue al ratón;
en pleno otoño.

[699]

El té caliente
contra el frío de invierno;
pasan las horas.

Luis J. Goróstegui
#haiku


1016. El humus rociado del bosque. [Junio-2019]

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[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]

1016.1.- Cata.
Llegué a la cima del monte como si hubiera sido conducido por una fuerza inevitable. Anochecía. Aguardé mirando las estrellas sabiendo en mi interior que tenía que estar allí, aunque no supiera el porqué. En eso una luz me invadió y ‘supe’ que ‘ellos’ estaban estudiándonos, querían saber cuándo estaríamos maduros para la recolección. Luego la luz se apagó. Me desperté a la mañana como si nada, ¿había soñado?; pero en mi brazo tenía una marca a fuego, como las que se hacen al ganado.

1016.2.- Ultimátum.
«Se me acaban las fuerzas, ya no habrá más alados age’kim’uist surcando los cielos, ni voraces n’ackgar devorando poblados, tampoco habrá crueles warean’o masacrando fortalezas, ni sanguinarios ough’an’ak aniquilando familias, todo eso se acabó, y quién no esté de acuerdo se las verá conmigo… conmigo y con aquellos age’kim’uist, n’ackgar, warean’o y ough’an’ak que he logrado reunir y que son ahora mi legión protectora contra tanto inepto. Quien lo lea, que lo comprenda.»
[Traducción oscura de difícil interpretación de un texto, escrito en un conglomerado arcano de dialectos kartvelianos, grabado en oro, encontrado en las denominadas ruinas de Ath’lor, cerca del actual monte Shjara, en el Cáucaso, en la frontera entre Georgia y Rusia. Datación aproximada no posterior al año 10000 a.C.]

1016.3.- Vida incierta.
De entre las ribeteadas hojuelas que campan a sus anchas por la sinuosa orilla del arroyo suave retoma la quietud sosegada el ritmo pausado al son de unos suspiros quejumbrosos, con el cielo abigarrado como si reclamara besos cadenciosos al paso amable de unas caricias valerosas, cual amor invencible que suspirara por unos laureles merecidos. Pues, si acaso fuera indispensable vencer a la tormenta con la ofuscación impertérrita de quien anhelara la atildada gloria, sólo la burlona mueca del bufón socarrón aligerará el sinsabor del agraz premuroso. Clama espontáneo, entonces, el humilde galán que a los pies del balcón proclama su afecto y adoración por la joven que a sus ojos rememora bella y sabia cual ninfa versada en los secretos amorosos, mientras su voz revela la excitación de su apresurado corazón. ¡Oh, vida incierta, que a tu son conduces ciego el amor de dos tiernas almas enamoradas, no permitas que la luz eventual del fragor ofusque la sincera voluntad que sus sonrisas pronuncian!

1016.4.- Mi aquí y mi ahora.
En mis ratos libres he construido un transportador temporal personal. Tiene forma de anillo y me puede llevar a donde y a cuando yo quiera; pero no lo he usado aún, me gusta mi aquí y mi ahora.

1016.5.- Mis bosques.
Me gusta dibujar bosques, de esos antiguos y frondosos, donde los pájaros cantan, los ríos reverberan, los ciervos pasean, los osos pescan o comen miel, los as’ver’iel sobrevuelan los árboles y los at’iss’oot cazan lobos y osos; pero me gusta más entrar en ellos.

1016.6.- Creando.
Los l’esskim, las y’dynias, los nal’kime, las deneck’ii, los taneënn’n, los oend’i, los daraiv’ds, los voladores iasrinun, las luminosas yadaical, las diminutas aithesuir, los veloces eudai… criaturas que no existirían si no las hubiera escrito.

1016.7.- Al final del arcoíris.
Cuentan que al final del arcoíris hay escondido un tesoro. Resulta que, por no sé qué motivos geometeorológicos, todos los arcoíris que salen sobre mi pueblo terminan justo junto a mi casa; ¡ya estoy harto de que todo el mundo me pregunte si soy rico!

1016.8.- Bajo el mar de Kanagawa.
La obra más conocida del pintor Katsushika Hokusai es La gran ola de Kanagawa: un mar embravecido y esa gigantesca ola en el momento en el que su cresta está a punto de romper sobre la barca de unos marineros; casi nadie sabe, sin embargo, que esa tormenta tempestuosa ha sido provocada por los monstruosos yokais marinos que habitan las profundidades del mar.

1016.9.- La habitación a oscuras.
Para entrar en el desván tenía que subir unas empinadas escaleras de madera muy vieja y empujar una pesada trampilla en el techo que siempre se abría con un chirrido. La habitación estaba a oscuras. Era grande y estaba atiborrada de muebles y objetos antiguos, con sólo una ventana al fondo, ventana que siempre estaba cerrada con una puerta de madera para que no entrara la luz; «a los fantasmas no les gusta la luz», me dijo una vez mi abuelo. Yo me asomaba algo receloso y miraba; pero no tenía miedo, no mucho, así que gritaba «¡voy a entrar, fantasmas, idos!», entonces aguantaba la respiración y salía corriendo, atravesaba el desván a toda velocidad y abría la ventana. Me gustaba subir allí y rebuscar entre las cosas antiguas, además, sabía que los fantasmas no me harían nada, yo era más fuerte que ellos.

1016.10.- Armisticio.
En el Bosque de la Luz Malva habitan, en el norte, el clan de los ogros Aulak; en el sur el de las hadas N’sulche. Desde tiempo inmemorial están enfrentados en una guerra interminable por motivos inciertos que ya nadie recuerda. Sin embargo, en ocasiones, un ogro, de nombre Haup, y una hada, llamada Iss’very, conversan en la frontera; saben que sólo la paz dará vida y un próspero futuro a sus respetivos pueblos.

1016.11.- Escena japonesa.
Caen los copos de nieve como pétalos blancos que flotaran indiferentes a la gravedad, las geishas andan a pasitos con sus coloridas sombrillas de papel de delicados dibujos, y, en el templo, allá en la cima, los monjes entonan acordes místicos.

1016.12.- La vida, un campo magnético.
La vida es un campo electromagnético, y, como éste, tiene dos polos: uno te da felicidad, el otro dolor, pero, al igual que el campo magnético no puede existir sin sus dos extremos, la vida tampoco; nosotros tampoco, por eso necesitamos aceptarlo y saberlo llevar.

1016.13.- Un collar de hombre.
Hace un día primaveral, el sol calienta y la brisa acaricia las espigas, el campo está lleno de flores. Corro a toda prisa y subo la colina riendo, llego a la cima con el corazón en la boca, como se suele decir, y me tumbo sobre la pradera, observando el valle, y río a carcajadas. A lo lejos se escuchan rugidos, allí están, mis mayores dicen que son los urn’usk de garras de sable que cazan osos; y preparo mi arco. Mi padre me mataría si supiera que he salido de la aldea, pero no me importa, debe saber que ya no soy un niño. Hoy cenaremos urn’usk; con sus garras me haré un collar de hombre.

1016.14.- Un mapa antiguo.
Un mapa antiguo, tanto casi como la Tierra misma, y en él inscrito el nombre de un lugar legendario: Eunheun; donde habitaron los eoumua, cuando los nawuo de alas grandes dominaban los cielos y los ameke’i los profundos mares.

1016.15.- El cielo rosicler.
Atardece y sobre una espiga al viento se ha posado un pajarillo que se mece liviano y canturrea; el sol amarilloanaranjado, el cielo rosicler.

1016.16.- Contemplando.
Sentado al amanecer sobre una roca al borde del acantilado, a la sombra de un frondoso árbol, entre la brisa suave y el sol cálido; y a lo lejos el paisaje del valle verde, con el cielo transitado de pajarillos cantores.

Una flor blanca
junto a mis pies descalzos;
un ciervo bala.

1016.17.- El humus rociado del bosque.
La niebla tiñe turbio el humus rociado del bosque al amanecer, cuando el silencio inunda amenazador los árboles recios que una vez, hace siglos, fueron semilla; el olor rememora evocador aquel recuerdo imperecedero mientras la luz del sol naciente, cual caricia sin vergüenza, rebusca en lo más íntimo de la floresta arcana. Quizás no tenga otra oportunidad mejor para conocer el aullido del lobo errante, y mis huellas persiguen osadas las de la manada en caza acompañado por el planeo liviano del águila que grita en lo alto, imponente, y que sabe que habrá carne que alimente a sus polluelos. Y, en lo insondable del bosque, la cascada rompe impetuosa en el acantilado, y las rocas, cubiertas de musgo eterno, diseñan una escena de tiempos inmemoriales. Los rayos de sol visten de mosaico luminoso los troncos rotos esparcidos por el suelo, heridos por rayos tormentosos o víctimas de la inmisericorde muerte que reclamó su parte. Y el día crece y, mientras la vida se despereza indómita, regreso al hogar con la recompensa del sustento bien amarrada a los hombros; pues la vida es una salvaje compañera de viaje que reclama valor y arrojo para ser digno de ella.

1016.18.- En mis últimas vacaciones.

He visto crecer flores en la Luna, y no soñaba;
he escuchado el canto de sirenas en el espacio interestelar, y no estaba loco;
he montado sobre mariposas gigantes más allá de Orión, y no me mareaba;
he batido records de velocidad pluslumínica a lomos de colibrís en la nebulosa Reloj de Arena, y no tenía prisa;
he escuchado la sonata para chelo y piano No. 2 en Do mayor Op. 58 de Mendelssohn cuando he viajado a Saturno, y no me importa admitirlo;
he escrito una carta de amor a una alienígena del planeta Obsidiana, y no me ha respondido, aún;
he jugado al póquer contra mafiosos deneyl’g, del planeta Ough’ir, y no me han desintegrado cuando les gané;
he sonreído, emocionado, al ver llorar a un niño recién nacido, y no… disculpa, no puedo hablar, es la emoción al recordarlo, ¿sabes?;
sí, todo eso me ha sucedido en mis últimas vacaciones, no está mal, ¿verdad?

1016.19.- Consejo sabio.
Un sabio me dijo en una ocasión:

«Pobres de aquellos que sólo son capaces de escarnecer a los demás por sus fallos, pero que, sin embargo, son incapaces –por egoísmo– de alabar sus logros.»

Pues eso.

1016.20.- Sólo es el principio.
Cuando la dama de negro, con su sombrilla negra, pasea sin prisa bajo la nieve blanca; cuando el silencio le habla al corazón, las pisadas dejan huella; cuando dejarse ver es un gesto evangelizador que pone en riesgo tu vida, y vale la pena; y sólo es el principio.

1016.21.- ¡Cómo corre el tiempo!
Le he puesto un turbo a mi reloj y va a toda velocidad; según él ya tengo 178 años, 9 meses, 27 días y diez minutos… no, veinte minutos… treinta y dos… no… 27 días, tres horas y once minutos… veintitrés minutos… ¡joder, cómo corre el tiempo!

1016.22.- En chabolas.
En la periferia más al Este de la ciudad, tras el río, donde las chabolas abarrotan la colina, habitan los na’lnau, del planeta Ma’pme’p, allí les hacinamos cuando llegaron a la Tierra pidiendo refugio y asilo; venían huyendo de los crueles wouku’l.

1016.23.- Interpretando a Vivaldi.
Interpretando a Vivaldi con un violonchelo mientras el océano me hace pared a derecha e izquierda, y, al otro lado, una ballena se detiene y me observa; y las olas guardan respetuoso silencio y la ballena canta y, creo, me sonríe. A mis pies, un cangrejo baila.

1016.24.- Se construye una escena.
Hay veces que me llama la atención una ilustración, una imagen sugerente, una estampa clásica o futurista, un grabado, incluso una simple palabra, y en mi mente se construye una escena de inmediato; unas veces es una comedia, otras, una tragedia, y luego río o lloro, según –también a la vez–, y la gente que me ve se pregunta el porqué. En ocasiones no necesito ni escribir el cuento.

1016.25.- Punto de paz.
En un lugar en guerra existe un puente que cruza un río fronterizo, el único punto de unión entre dos países enfrentados, mutuamente masacrados. Ambos consideran tener razón, ambos se niegan a proponer la paz, ambos han olvidado ya el origen de su animadversión. Y mientras los gerifaltes, desde sus despachos, se niegan a hablar con el enemigo y ordenan bombardeos inmisericordes, los vecinos de dos pueblos limítrofes a orillas de ese río, oficialmente en guerra, usan el puente e intercambian artículos de primera necesidad. Sí, en un lugar en guerra existe un puente que cruza un río fronterizo, el único lugar en el que esos dos países en guerra se hablan, se conocen, sí, incluso se aprecian, el único punto de paz entre dos países enfrentados, mutuamente masacrados; quizá un buen lugar donde empezar a construir la paz.

1016.26.- Responsabilidad.
Viendo la Tierra desde el espacio, lo hermosa que es, lo grande, lo afortunados que somos, es cuando me percato de mi pequeñez, de mi responsabilidad con las generaciones venideras para que, ellas también, puedan tener un futuro.

1016.27.- Código de colores.
Recuerdo que en clase de electrónica, con el código de colores de las resistencias escribía cartas de amor.

1016.28.- Rex.
Con el calentamiento global se empezaron a deshelar los casquetes polares. De uno de ellos surgió el cadáver de un Tyrannosaurus Rex. Lo clonaron, claro. Lo exponen en un zoo hecho exprofeso para él, como un Parque Cretácico (sí, es que los Rex son del Cretácico).

1016.29.- Beso.
Se besaron apasionadamente, abrieron sus bocas y sus lenguas tentaculares se enroscaron en un beso largo y excitante; eran eolastis, del planeta Eolollop, de una especie que evolucionó a partir de los moluscos cefalópodos octopodiformes.

1016.30.- De las páginas.
De las páginas abiertas de un libro épico surge un dragón, de sus fauces llamaradas ígneas; de un mapa arcano de incierto origen un grupo de valerosos exploradores, guerreros, magos, campesinos, tantean vestigios verídicos que les guían al lugar marcado; el comienzo.

1016.31.- Porsche 356B Coupé Karmann de 1962.
Con unas resistencias, un par de diodos de plasma, tres condensadores isotérmicos y algunas piezas sueltas he construido un modulador sinusoidal iónico; lo he instalado en el Porsche 356B Coupé Karmann de 1962, de cuando mi padre aún ligaba, y ahora vuelo.

1016.32.- Se me borran las palabras.

Se me borran las palabras,
y con ellas los conceptos;
sólo aspiro a una cosa:
a unas risas, a un consuelo.

1016.33.- Dicen que soy un robot.
Dicen que soy un robot, que de fibra de vidrio y aleación de paladio estoy hecho, no sé; que mi mente son pseudocódigos de un lenguaje de programación neuronal, quizá; que no lloro porque no tengo lagrimales, que no río porque no tengo sentimientos, que obedezco leyes implantadas en mí cerebro de las que no puedo evadirme, eso dicen. Pero yo me escudriño y sospecho que soy algo más, que existen radicales libres en mi mente que me confieren nobleza, que me permiten soñar. Sí, dicen que soy un robot, es posible, pero yo creo que soy algo más.

1016.34.- El Concilio.
De las tierras del Norte vinieron los Honoid’a, su jefe, Na’ka’l, montado en un gigantesco elefante blanco de cuatro colmillos; del Sur, los Issoesh’q, su jefa, Wonoin, a lomos de un león grande como un caballo de testa coronada con impresionantes cuernos de ciervo; del Este, los Ardaush’t, su jefe, Ouna’l, a lomos de un dragón alado de piel moteada de vivos colores que expulsaba llamaradas por la boca; del Oeste, los Undald’t, su jefa, A’mu’l, a lomos de un rinoceronte grande como una casa. La guerra la habían comenzaron sus antepasados hace ya demasiado tiempo, pero nadie sabía el porqué original; nadie recordaba por qué guerreaban, incluso los escritos antiguos se contradecían. El Concilio dio comienzo al amanecer, según la ley. Era hora de acordar la paz, de sanar ancestrales heridas, de recuperar olvidadas alianzas, de restablecer amistades, de volver a empezar, de vivir.

1016.35.- Evidencias.
La casa abandonada cubierta de hiedra y musgo, las paredes manchadas de sangre seca, cristales rotos por el suelo, el salón destrozado, un sillón desvencijado y algunas enormes cajas mordidas; las huellas de T.Rex se abren paso al bosque.

1016.36.- Primera cita.
Nos conocimos en un garito de mala muerte. Acabamos en la cama, claro. Ella comenzó quitándose sus tacones rojos, luego siguió por la careta de biolátex y acabó desprendiéndose la exopiel. Era una aliens lyeic’u. Fueron demasiados sobresaltos en nuestra primera cita.

1016.37.- Contando un cuento.
Hay cuentos sin final e historias que ni siquiera tienen un principio, como los que les cuenta Gretel a sus amigos del bosque rememorando aquellos días cuando, junto a su hermano Hansel, llegaron a aquella casa de caramelos y dulces, cómo llamaron a la puerta, cómo les abrió aquella viejecita de mirada bondadosa, cómo les invitó a entrar, cómo quiso comérselos crudos –pues el horno no le funcionaba– y cómo lograron matarla clavándole un cuchillo en el corazón; toda una aventura.

1016.38.- Gracias a ellos.
Se dedicaba a indagar en los libros, a buscar en sus detalles, a rastrear en sus secretos, a quererlos, a inspeccionar entre líneas datos inadvertidos, esenciales para radiografiar en lo más profundo de su ser, pues ellos eran él y él estaba vivo gracias a ellos.

1016.39.- Oráculo.
Cuentan las runas que «alguien descalzo será quien devolverá la paz al reino». Por ello se promulgó una ley según la cual se prohibía usar zapatos. Los zapateros están que trinan con esa ley; los callistas, sin embargo, están encantados.

1016.40.- Amaneceres velados.
Se eleva al amanecer, entre refulges incautos, el susurro atávico que remembra pudoroso aquel verano de sol y arena que subsiste invicto cual diversión preclara de la felicidad concisa. Y en la cima altanera, donde guardamos las perlas de nuestra vida, se oculta siniestro el fracaso de una subsistencia incompleta mas no aún derrotada. Claman convictos sin redención juzgada, lloran libertos no recompensados, rugen fieras sin amaestrar, aúllan entes sin nombre creados, pues la integridad calumnia impúdica todo reguero de honor intacto que anhela lujurioso un adalid incorruptible. ¿Mienten las parcas?, ¿difaman los oráculos?, ¿se consumen acaso los atildados secuaces del poder infernal?… ¿O es que el azar no llora, o es que el destino no se desespera? Sangran eternas las luces somnolientas en amaneceres velados, pues el trino del pájaro anuncia nuevas inconmensurables, sin duda. Se agrietan etéreos los muros carceleros de prisiones y tálamos; y el tártaro aguarda.

1016.41.- Sorpresa.
Los manuscritos de antaño hablaban de una nave voladora exquisita, literalmente, y que su piloto regresaría cuando se cumpliese el momento predicho por el oráculo; nadie, sin embargo, podía haber sospechado la rispidez de su aspecto alienígena.

1016.42.- Policía preventiva.
Se vivía en un tiempo en el que la policía preventiva se adelantaba al crimen y arrestaba a quien planeaba un delito; las cárceles estaban repletas de escritores de novela negra.

1016.43.- Como topos.
Año 3571.
―La Tierra está superpoblada.
―Eso no es cierto, aún queda mucho donde construir.
―¿Pero es que no lo ves?, ¡las ciudades ya cubren toda la superficie del planeta!
―Ingenuos, eso es porque no hemos escavado lo suficiente.

1016.44.- Luchar, ganar, esperar.
Hay quien debe luchar y arriesgar la vida para ganar la guerra y seguir viviendo; los pequeños mamíferos, sin embargo, sólo tuvieron que esperar a que se extinguieran los dinosaurios.

1016.45.- Tenían frío.
La playa estaba llena de bañistas y el cielo se oscureció y descendió una enorme nave. Se detuvo levitando sobre el agua, a unos metros de la orilla. Descendieron tres seres con bufanda, pues tenían frío; eran del Sol. Fue el primer contacto.

1016.46.- Concierto de violín.
A mi abuela le gusta oírme tocar el violín. Cuando vuelvo del colegio le grito un «¡hola, mamá, ya estoy en casa!» a mi madre, voy corriendo y entro en su habitación. Mi abuela siempre me está esperando con una sonrisa, sentada en su mecedora. «¿Qué me vas a tocar hoy, querida?», me pregunta. Cada día interpreto un fragmento de alguna obra. Hoy, por ejemplo, fue el principio del concierto en Mi mayor, Op. 8, No. 1, RV 269, de La primavera, de Vivaldi –es lo que estamos tocando en clase de violín en el colegio–. Cuando termino de tocar me despido de ella con un beso. «Hasta mañana, cariño; aquí estaré», me dice sonriendo. Sí, sé que todas las tardes me espera ilusionada y a mí también me gusta verla cómo me escucha atentamente y mece la cabeza y las manos al son de la música; sí, nunca se ha perdido uno de mis conciertos desde que falleció.

1016.47.- Las piezas de un rompecabezas.
Rebuscando entre los trastos viejos del desván, en un viejo baúl de mi abuelo, el explorador, encontré unas hojas rotas, como las piezas de un rompecabezas. Un gorrión canturreaba en la ventana mientras lo recomponía. Era el mapa de un tesoro.

1016.48.- Dentista.
Desde que clonaron a aquel Tyrannosaurus Rex que encontraron momificado en el pantano, lo que menos me gusta de mi trabajo en el zoo es tener que limpiarle los dientes cada mañana.

1016.49.- ¿Qué es la prosperidad?
―Maestro, ¿qué es la prosperidad?
―Verás, los avances en la ciencia fueron antaño cuentos de magia imaginados, luego escritos y más tarde leídos por gentes que, ilusionados, estudiaron la forma de hacerlos realidad, pues su deseo fue conocer la Verdad.

1016.50.- El destino.
―Y aquí todo comienza de nuevo –y enfrente de él unas manzanas–. Lo que sea que es… –se gira y mira, y una mujer coronada se acerca–. Yo deseo…
―Lo sé pero no puedes –le contesta ella–; desearía que pudieras.
―Quizá pueda, quizá…
―No, no puedes.

1016.51.- Rezo en silencio.
Cierro los ojos y rezo en silencio y todas las voces que habitan en mí se abstienen de murmurar. En lo alto de la cima nevada, una capilla, un templo, donde abajarme, donde, humilde, conversar, escuchar a quien da respuesta a mis dudas; luego regreso fortalecido.

1016.52.- La vida, esa guerra a muerte.

1016.53.- En liza.
En un callejón. Un embozado le corta el paso a un caminante y le amenaza con su espada; quiere robarle.
―No, no os lo aconsejo, no voy armado –le advierte, sincero, el caminante.
―Yo sí –le responde, creído, el canalla.
―Yo no lo haría –le insiste, conciliador.
Pero el ladrón no le hace caso, y, justo cuando el truhán hace el ademán de atacar, el caminante se gira y, en un abrir y cerrar de ojos, le quita la espada y se la atraviesa en el corazón.
―Le dije que no se lo aconsejaba –y el caminante continúa su camino mientras el embozado se desangra y muere.

1016.54.- Pinceladas acaso.
Sólo son pequeños detalles, anécdotas incluso, pinceladas acaso. Como cuando con un sombrero de paja de ala ancha, el sol en lo alto, y yo sentado a la orilla, aguardando, paciente, con la caña de pescar tensa, los pajarillos cantan y sobrevuelan los árboles, y confío que vendrá, ¿qué?, una ballena, sí, una ballena, no es tan raro, dicen que, en ocasiones, se ven acercándose a la costa, y resoplan, y se escuchan sus cantos, profundos, ensoñadores, sí, ahí estaba, aguardando a que viniera una ballena para poder pescarla con una caña de pescar peces, sí, no sabía muy bien lo que hacía; suerte que no vino ninguna. Otro: como cuando iba paseando por el parque y vi revoloteando unas mariposas y me desvié del camino central y las seguí y una de ellas de posó sobre una flor y me acerqué y creí soñar, pues la mariposa no era una mariposa sino un hada y me miró y cuando acerqué la mano salió volando y parpadeé y la vi volar alto, alto, sobre los árboles… Sí, sólo son pequeños detalles, anécdotas incluso, pinceladas acaso.

1016.55.- Nemo.
Y el capitán Nemo construyó el Nautilus y recorrió los mares impartiendo justicia entre las naciones, y del océano obtuvo todo lo que necesitaba, incluso un elixir de la eterna juventud. Un día, ascendió a la superficie en una gran ciudad y vio sus rascacielos.

1016.56.- Aceitunas y sellos.
―¿Qué deseará comer el señor? –preguntó el camarero.
―Una aceituna, es que estoy a régimen; disculpe, ¿tiene sellos?, es que me gusta leer mientras como.

1016.57.- Era hora.
En lo profundo, allá donde habita la paz, los ancianos airith convocaron el Concilio. Era hora de acordar la estrategia que les permitiera sobrevivir. De todas partes del bosque acudieron alados o’athque, centelleantes nocturnos y’kinsay, florales ch’rothust, rugientes tiaouk’d y otros muchos. Porque «cazar sombras no era suficiente, había que destruir el origen de la luz», como dijo el más anciano de los airith, y todos estuvieron de acuerdo. Sí, era hora de destruir la ciudad humana.

1016.58.- Irrenunciable.
Amanece, los pajarillos canturrean mientras sobrevuelan los árboles, el sol entra por la ventana y, al fuego, pongo a hervir la leche; en la mesa aguardan unas madalenas. Vierto la leche en la taza y un poco de canela de suave aroma; irrenunciable.

1016.59.- Tal y como lo veo.
He dibujado una cordillera nevada, un frondoso bosque limítrofe, un río caudaloso que lo atraviesa y, en medio del bosque, un profundo lago; ahora dibujare ogros en el bosque, sirenas en el lago y algunos yetis en las montañas; tal y como lo veo por la ventana.

1016.60.- En busca de silencio.
Atardece en un caluroso verano. Junto a las casas colindantes un jardín descansa en un silencio sólo roto por el chirriar de unos grillos. En el primer piso de uno de los edificios una ventana grande está abierta, el televisor está encendido y un anciano duerme sentado en un sillón, enfrente del televisor. Están haciendo uno de esos programas chorra, con una música de fondo chunchunguera y el locutor haciéndose el intelectualoide; una birria, vamos; además el anciano debe ser algo sordo pues el volumen está alto. En eso un precioso gato bengalí viene desde el jardín y sube de un salto al alfeizar de la ventana. Se asoma curioso a la habitación y, de otro salto, entra. Se acerca al sillón y se encarama sobre uno de sus brazos, en el que está el mando a distancia. A continuación apoya su pata delantera derecha y aprieta la tecla de apagar. Luego vuelve a saltar al suelo y de nuevo se impulsa hasta la ventana y se marcha fuera, al jardín. Se nota, sin duda, que no es la primera vez que el viejo se ha quedado dormido con la televisión puesta, y que el felino, en busca de silencio y harto de aquellos insoportables programas ‘culturales’, ya ha tenido que venir a apagarla en más de una ocasión; y es que los gatos son muy listos y no les gusta que les molesten durante su siesta.

1016.61.- Veredicto.
―¿Tienen ya el veredicto?
―Sí, señoría; tras estudiar las pruebas presentadas, y dada la inesperada futileza de la acusación, declaramos al acusado no culpable, pues, por ley vigente, un robot no puede ser acusado de asesinato al no ser considerado una persona.

1016.62.- ¡Hosanna!
Refulgente, entre zigzagueos pizpiréticos, es el crear un sentir de sensaciones, un poema de besos cuasivehementes y alucinógenos, un caleidoscopio de percepciones arcanas, transcendentes, ígneas, donde las ansias desbordantes colman como el mar un vaso de cristal en manos de un niño, como un trueno el silencio tras la tormenta, como una carcajada el caer incesante de los copos de nieve sin límite. Las compuertas del cielo se abren, la gloria desciende; las nubes ascienden entre aleluyas, una oración en silencio. ¿Acaso los superhéroes no lloran?, ¿quizá no sangran los reyes de la guerra?, ¿es la paz una quimera?, ¿bailan los duendes al son del arpa de las hadas? Todo es misterio, todo es verdad, casi verdad, mentira; las sombras acechan, la luz proclama vida; y, en donde nadie mira, nace un niño. ¡Hosanna!

1016.63.- Asesinato.
―¿Pero, entonces, no murió de un ataque al corazón?
―No, murió envenenado con madera de boj africana en su rapé: su serrín contiene un alcaloide que provoca los mismos efectos que el curare; de algo me han servido mis estudios en química.

1016.64.- Tras la mermelada.
La gente sale corriendo loca de miedo, descontrolada ante el peligro; el monstruo me persiguió hasta hoy, pero no fue culpa mía, yo sólo inventé una máquina del tiempo. ¿Qué culpa tengo yo que al dinosaurio le guste la mermelada de mi bocadillo?

1016.65.- La nueva mascota.
El día amaneció tranquilo, como todos, pero en eso…
«La gente sale corriendo loca de miedo, descontrolada ante el peligro; el monstruo me persiguió hasta hoy, pero no fue culpa mía, yo sólo inventé una máquina del tiempo. ¿Qué culpa tengo yo que al dinosaurio le guste la mermelada de mi bocadillo?»
Unas días después, cuando todo se ha calmado y el dinosaurio ha sido domesticado (o casi), a casa del viajero del tiempo, padre de una preciosa niña de ojos azules a la que le gustan mucho los animales, todos los animales, sobre todo los más extraños y peligrosos, llega un nuevo inquilino…
―Mamá, ¿le puedo dar de mi panecillo con mermelada a mi nueva mascota?
―¿Qué mascota, cariño?
―Una que ha traído papá de su viaje en el tiempo; papá le llama dinosaurio.
El caso es que se quedaron con él («Sí, ya sabemos que es peligroso tener como mascota a un dinosaurio, pero cualquiera le decía que no a la niña», se excusaron los padres). Entonces pasaron los días y…
La niña ama su mascota. Hacen todo juntos, desde que abren los ojos hasta que los cierran. Pero…, la merienda es todo un problema. Con puntualidad inglesa, té y mermelada, el dinosaurio, se come las Barbies.
Y así todos los días: un día las Barbies, otro el sofá, otro la lavadora… Lo cierto es que los padres están pensando muy seriamente en entregar el dinosaurio al zoo y que se encarguen ellos de él, ya no pueden más.

1016.66.- Existen momentos que enseñan vida; como contemplar cómo un abuelo enseña a su nieto a comer uvas.

1016.67.- Farero.
Cuando pedí trabajo en el faro, mis amigos me dijeron que iba a estar muy solo, ahí, en esa isla desierta; pero estaban equivocados: aquel simpático ratón me hace compañía; el ratón y las sirenas que vienen todos los días a visitarme, claro.

1016.68.- Reacción.
Fui a la lavandería, metí la ropa y la puse a funcionar. Dos min. después, de la lavadora salió volando un pterodactylus. Debió ser el jabón que hizo reacción con la figura de origami que dejé olvidada en el bolsillo de mi pantalón. Si no, no sé.

1016.69.- Entre líneas.
He construido un portal transdimensional a partir de un viejo espejo, de esos antiguos de cuerpo entero, que encontré en el desván de mi casa. No fue difícil: algunos generadores de plasma, un temporizador cuántico turboisotópico, algún reflectante subsónico polivalente atemporal y un par de componentes secretos que conseguí construir a partir de la valiosa información que Lewis Carroll ocultó en sus dos libros de Alicia. Mis amigos no salen de su asombro, y eso a pesar de haberse leído varias veces ambos libros. «Son las ventajas de saber leer entre líneas», les explico.

• [ENTRE LÍNEAS, microrrelato ganador del 1er premio del 2º Certamen Supraversum de microrrelatos, 10-agosto-2019:
http://supraversum.com/textos-seleccionados-del-2o-certamen-supraversum-de-microcuentos/]

1016.70.- Olvidar.
Vengo de lejos, de un lugar donde tuve que matar para sobrevivir. Aquí, en la Tierra, la gente se esfuerza por experimentar más y más cosas, nunca tienen bastante; yo, sin embargo, sería el más feliz del mundo si consiguiera olvidar lo que sé.

1016.71.- Un gato en el alféizar.
Una enredadera de flores crece por la pared y llega a la ventana del primer piso. En su alféizar un gato observa paciente a una mariposa que revolotea y se posa en una flor; el gato no la toca, sólo la observa.

1016.72.- Bajo el mar.
Sentado a la mesa, desayunando; a mi lado tengo un gran ventanal de cristal –herméticamente cerrado, naturalmente–, a través del que observo una bandada de grandes peces que deambulan pacientes enfrente de mí. Es la parte positiva que tuvo el calentamiento global y el correspondiente deshielo a nivel mundial, cuando los niveles del mar subieron tanto que las ciudades se tuvieron que reconstruir submarinas.

1016.73.- En amor locura.
Dicen que está loco. Se llama Darío y tiene una pequeña librería que hace esquina entre la calle del puerto y el paseo marítimo, en una pequeña ciudad costera. En su juventud fue farero en una remota isla. Dicen que allí se enamoró de una sirena –de nombre Y’risild, según cuenta él– que le visitaba cada día y le traía regalos del fondo del mar: corales de hermosos colores que habían pertenecido a arcanos reyes subacuáticos, tesoros de las profundidades oceánicas, y cosas así. Un día, sin embargo, la sirena no regresó. Ahora, ya mayor, Darío vende libros antiguos, la mayoría de temática marina, y se entretiene contando a sus clientes las aventuras de su juventud. Cada mañana se levanta temprano y ve amanecer y, desde la orilla del mar, hace sonar, con profunda resonancia, la gran caracola que ella le regaló, con la esperanza de que regrese algún día y le lleve consigo. Dicen que está loco, loco de amor, y si alguien le pregunta la razón de su locura, él, con una sonrisa, contesta cortés que «en amor locura es lo sensato».

[FIN]

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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324. El último vampiro.

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324. El último vampiro.

Todas las noches el vampiro deambula solo por la ciudad en busca de alguna presa, pero no se siente feliz. Ni siquiera el olor a sangre fresca la anima. Está solo. La última vez que vio a otro vampiro fue hace ya tanto tiempo que casi ni lo recuerda. Desde entonces está solo. A veces, en los barrios bajos, ve a alguien y se dice esperanzado: «¡éste puede ser!…, quizá lo sea», y lo acecha desde una oscura esquina y aguarda a que pase a su lado, aunque se oculta para no ser visto, pues no quiere correr riesgos innecesarios; pero al tenerlo a pocos centímetros, le huele y se percata de que está equivocado, «¡sólo es un humano!», se dice, decepcionado, incluso enfadado, y vuela y se encarama a la azotea de alguna torre de pisos; a veces incluso llora al espiar desde la terraza del salón y escucha la risa boba de algún insípido humano y su familia. En ocasiones llega a tal punto su desesperación que pierde las ganas de cazar humanos, porque, a veces, y eso es lo peor de todo, les envidia; él quisiera también una familia, pero ya es muy tarde, ya no quedan vampiros, ya sólo queda él; él solo.
Esta noche el vampiro ha salido a cazar, más por costumbre que por tener ganas de hacerlo. «Hay que comer, no merece la pena desesperarse», se dice para darse ánimos. Va vestido de negro, con capucha, pero no lleva guantes pues le es más fácil cazar sin ellos; lleva las garras bien afiladas y con la lengua se repasa los colmillos. «Bien, allá vamos», se dice. Camina por una concurrida calle del centro de la ciudad, con la capucha puesta, la cabeza gacha y las manos en los bolsillos de su largo abrigo. Husmea. Ha visto a alguien que va solo. Una chica. De pelo negro, corto; lleva minifalda y medias negras. Zapatos sin tacón. Se dirige a un callejón. La sigue. En el callejón la pierde de vista. Sin embargo, cuando su instinto le avisa, ya es tarde. La joven le cae encima. Es fuerte, muy fuerte. Le sujeta las muñecas y, en un ademán que el vampiro reconoce de inmediato, la chica se lanza a su yugular. El vampiro se repone con rapidez y con un movimiento seco la inmoviliza contra la pared. Enfurecido, le ruge, mostrándole sus colmillos. Ante su sorpresa, la joven le devuelve una sonrisa desafiante. El vampiro no se lo puede creer; después de tanto tiempo ha encontrado a alguien como él. Ya no está solo. Ya no es el último vampiro.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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323. El fantasma.

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323. El fantasma.

En un antiguo castillo encantado, hoy famoso centro turístico de la ciudad, el fantasma se pasaba las noches atravesando paredes, moviendo por telequinesia los objetos, dando alaridos espeluznantes, con la intención de espantar a los turistas que habían venido a disfrutar del paisaje y de la comida típica de la región. Sin embargo nada de lo que hacía les asustaba. Es más, cada vez que atravesaba una pared, los visitantes aplaudían; cada vez que levitaba en medio del salón, y hacía mover sus cadenas emitiendo gritos desgarradores, le ovacionaban y le pedían insistentemente «¡otro más, otro más!». Pues nadie sospechaba que era un fantasma de verdad, sino que todos creían que era alguien encargado de amenizar la visita a las ruinas del famoso castillo. Y lo peor es que todo eso lo hacía gratis; «si alguien me pagara algo, podría irme de vacaciones de vez en cuando», se quejaba, abatido, el espectro. Era, lo que se dice, un alma en pena.
El fantasma, desesperado sin saber qué hacer, tuvo finalmente una idea y decidió irse a la ciudad y hacer lo que mejor se le daba; y así recorre hoy en día el mundo entero, de ciudad en ciudad, atravesando paredes, moviendo objetos y levitando con aspecto aterrador, y los espectadores le aplauden entusiasmados en cada actuación: se hace llamar «El Fantasma» y la gente opina que es el mejor mago que nunca ha existido; y, además, se ha hecho inmensamente rico. Evidentemente nadie sospecha que es un fantasma.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 690 – 694

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Haiku 690 – 694

[690]

Unas luciérnagas
iluminan la noche;
cri-cri del grillo.

[691]

Una avalancha
cubre de nieve el valle;
pero no el río.

[692]

Brisa otoñal
bambolea los árboles;
el cuco duerme.

[693]

Un vendaval
en otoño. Los árboles
casi se rompen.

[694]

En un rincón
asoma un ratoncito;
afuera nieva.

Luis J. Goróstegui
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322. Sencilla hermosura.

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322. Sencilla hermosura.

Tengo un robot muy particular. Lo compré en un mercadillo de objetos de segunda mano. No aparenta gran cosa, pero no lo cambiaría por ningún otro. El otro día me acompañó a pasear al parque y se pasó todo el rato observando unos matorrales. Al volver a casa le pregunté:
―¿Qué estabas mirando tan detenidamente?
Me miró con esa cara de robot tan inexpresiva y, con ese tono suyo carente de toda emoción, me contestó:
―Las abejas.
―¿Y qué les pasa a las abejas? –le pregunté con curiosidad.
―No hay que juzgar a las abejas por su tamaño, sino por su sencilla hermosura.
«Ni a los robots por su aspecto inexpresivo», pensé, y me le quedé mirando, sorprendido de que algo tan… inhumano como un robot pudiera decir algo tan sentido.
―¿Eso lo has pensado tú o lo has leído en algún sitio? –le pregunté.
―Se me ha ocurrido a mí solo –me respondió.
―¿Y cómo es eso?, los robots no suelen pensar esas cosas –le dije.
―No lo sé, sólo se me ocurren.
―¿Y sabes lo que eso significa?
―No exactamente. Por eso me vendió mi anterior dueño; decía que debía tener algún circuito roto –me contestó sin resentimiento.
―Pues te aseguro que yo no te venderé; eres alguien muy especial –le dije.
―¿Soy alguien muy especial?
―Sí, lo eres.
―Gracias –me respondió, y regresó a sus tareas.
Aquel día le ordené que, cuando tuviera algún pensamiento similar, lo registrara en su memoria y lo escribiera en el cuaderno que le di para ello. Ya lleva siete. Sí, tengo un robot muy particular.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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321. Confraternizando.

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321. Confraternizando.

Asomado en la terraza del salón, desde el séptimo piso en el que vivo, observaba las nubes formándose para tormenta. En eso una nave, como una avioneta pero sin alas, descendió veloz desde el cielo, dirigiéndose en mi dirección. Por un instante pensé que se iba a estrellar contra mi torre, pero se detuvo –con un movimiento de doble zigzagueo que me recordó al de los pájaros cuando se van a posar sobre una rama de un árbol– a pocos metros enfrente de mí. La nave levitaba igual que un helicóptero pero sin hélices y sin hacer ningún ruido más que un leve ronroneo. Fue entonces que lo pude ver mejor y me di cuenta que se parecía más a un yate que a una avioneta, aunque, en todo caso, seguía sin tener alas; tampoco se veía al piloto. En eso una ventana se abrió en la nave y alguien –que me recordó a un pulpo pero sin tentáculos– se asomó y me dijo:
―Perdone que le moleste a estas horas, buen hombre, ¿no tendría, por casualidad, un generador de plasma portátil?
Curiosamente no me sorprendió su pregunta, ni tampoco su aspecto físico –se lo achaco a que estoy acostumbrado a extraterrestres de todo tipo de tanto leer novelas y ver películas de ciencia-ficción–, y le contesté:
―Pues no, lo siento… A lo sumo le puedo dar un par de pilas de litio.
―Bueno, no se preocupe, y perdóneme de nuevo –me respondió el piloto, con lo que supuse que sería una sonrisa.
―¿Puedo invitarle a un refresco? –me atreví a preguntarle.
―Oh, no, gracias; mi metabolismo no asimila líquidos; en todo caso sí le aceptaría un poco de gas neón…
―Pues va a ser que tampoco, lo siento mucho –le dije con sincera contrariedad; lo cierto es que me empezaba a caer simpático el alienígena.
―¡Nada, no se preocupe!…, comprendo que es difícil conseguir neón por estos lares. Muchas gracias por su amabilidad, y espero tener el gusto de volverle a ver en otro momento. ¡Buena cosecha! –se despidió con lo que supuse que sería una fórmula de cortesía en su planeta.
Cerró la ventana y la nave ascendió con rapidez y desapareció entre las nubes, que ya dejaban caer las primeras gotas de lluvia.
Lo cierto es que desde que hace algunas semanas la Tierra entró a formar parte de la Federación de Planetas Unidos de la Vía Láctea, no hay día en que no vea aterrizar alguna nave extraterrestre; en todo caso ésta es la primera vez que confraternizo con uno de ellos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 685 – 689

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Haiku 685 – 689

[685]

Del bosque surge
el puente sobre el río;
el agua fría.

[686]

Una cometa
movida por el viento;
es primavera.

[687]

La flor marchita
fue arrancada en verano;
un marcapáginas.

[688]

Los nubarrones
anegan el sendero;
oculto el sol.

[689]

En primavera
los tejados gotean;
riegan las plantas.

Luis J. Goróstegui
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320. Ser como nosotros.

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320. Ser como nosotros.

Hace unos días me compré un robot. Es alto, un poco más que yo, de suave piel sintética de fibra de vidrio; viste un elegante traje de verano y unos zapatos negros de suela de goma y es muy fuerte, mucho más que yo; es educado, con una suave voz bien modulada, delgado y con ojos verdeazulados. Le llamo Alfredo. Es muy habilidoso en las reparaciones caseras –ya sabéis: electricidad, carpintería, mecánica…–, cocina muy bien y consume poca energía eléctrica.
De vez en cuando me gusta conversar con él, pues su base de datos dispone de una verdadera enciclopedia, además de conexión wifi, de manera que podemos hablar sobre cualquier tema –la mayoría de las veces él sabe más que yo, claro, así que también me sirve como profesor particular–. Sin embargo hay algo en lo que le gano. En ocasiones le leo alguno de los cuentos que escribo; me hace gracia ver la cara de asombro que pone. Ayer, por ejemplo, le conté uno en el que el protagonista volaba a lomos de un espectacular dragón blanco escupefuego del norte. Mi robot me miró con expresión incierta y me dijo:
―Te recuerdo –le tengo ajustado su módulo vocal para que me tutee– que los dragones nunca han existido en la Tierra.
―Lo sé, Alfredo –le contesté–, pero sí existen en mi imaginación y por eso existen en mi cuento.
Y el robot me miró sin comprender.
Yo siempre me había preguntado si los robots podrían llegar a ser igual que las personas, con consciencia de sí mismos, o algo similar, y al verle ahí, mirándome sin poder concebir qué era realmente la imaginación, comprendí que un robot nunca llegaría a ser como nosotros.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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319. El cazador.

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319. El cazador.

Cada madrugada, muy temprano, el cazador sale de su refugio y se dispone a cazar algún animal con el que alimentar a su familia. Va bien armado con su garrote, su arco y sus flechas, su honda y su machete afilado. Se adentra en el bosque. Es un bosque muy peligroso, de altos arbustos muy tupidos, por el que es difícil abrirse camino. Los animales del bosque, incluso aquellos más pequeños, son fieros, ágiles y difíciles de matar. Sin embargo el cazador es fuerte y habilidoso. Cuando ve alguno, se camufla entre los matorrales y le lanza piedras con su honda, o flechas con su arco; tiene muy buena puntería y casi siempre acierta. Con el animal herido, el cazador corre, se acerca, le remata con su garrote y lo descuartiza con su machete. Con dos o tres animales de tamaño medio, la familia tiene para alimentarse casi un mes. Luego regresa al refugio antes de que el sol asome por completo, pues sabe que es peligroso encontrarse con los gigantes.
Al fin y al cabo el césped –de tallos largos y tupidos– donde el cazador caza está en el jardín de los humanos, y éstos desconocen –y así quiere el cazador que siga siendo, claro– que diminutos seres habitan en los cimientos o en refugios horadados en las paredes de su casa.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 680 – 684

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Haiku 680 – 684

[680]

Flores silvestres
protegidas del frío;
bajo la nieve.

[681]

El gato duerme
junto a la chimenea;
afuera nieva.

[682]

El perro ladra
y persigue al ratón;
el campo en flor.

[683]

El perro corre
y husmea entre el trigal;
la liebre huye.

[684]

Un libro abierto
y una taza de té;
llega el invierno.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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318. El camino se bifurca.

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318. El camino se bifurca.

El camino se bifurca: un sendero bordea el río, el otro sube adentrándose en el bosque. Todo el mundo se va bordeando el río; nadie sube la montaña. No parece haber motivo para no subirla, pero nadie lo hace. Nadie, tampoco, se pregunta por qué no lo hace, pero el caso es que no lo hace. No parece haber diferencias entre ambos senderos: en ambos caminos trinan los pájaros y en ambos el sol dibuja filigranas en el suelo al atravesar las hojas de los frondosos árboles; en ambos llueve en otoño y en ambos crecen florecillas silvestres en primavera; en ambos los árboles acogen nidos donde anidan los pájaros y en ambos revolotean las mariposas.
Sin embargo no siempre fue así, no; hubo un tiempo en que los aldeanos iban por ambos caminos; pescaban en el río y recorrían el monte cazando y recogiendo leña, hasta que un día llegó a la región una familia procedente de lejanas tierras: un matrimonio joven y sus tres hijos –un chico y dos chicas–, de profundos ojos azules. No parecía mala gente, al contrario, eran amables con todo el mundo. Compraron las tierras altas y construyeron su casa en un refugio natural en la montaña. Toda la aldea les ayudó en la construcción y ellos se lo agradecieron haciendo una gran fiesta cuando todo estuvo terminado.
Sin embargo, a partir de ese día, nadie ha vuelto a subir la montaña; nadie tiene ganas de subir la montaña, aunque de tarde en tarde alguien se pierde en ella –a la que se ha adentrado sin saber el porqué, como atraído por algún impulso irrefrenable e involuntario– y desaparece; nadie le echa de menos, ni siquiera sus parientes más cercanos –como si nunca hubiera tenido parientes en la aldea–. Tampoco se ha vuelto a ver a la familia de profundos ojos azules, y tampoco nadie la echa de menos, como si nunca hubiera venido procedente de lejanas tierras; es más, si preguntas por ellos en la aldea te dirán que allí nunca ha venido nadie así. Y es que ellos prefieren vivir aislados, sin contactos que puedan suponer un peligro para la familia, salvo el imprescindible para obtener su ración trimestral de proteínas, vitaminas y glóbulos rojos humanos –los demás animales no satisfacen sus necesidades nutricionales mínimas; ya lo han comprobado–. Afortunadamente, los aldeanos son fácilmente sugestionables y con un simple campo psíquico es sencillo impedir que se adentren en sus tierras. Al fin y al cabo ellos no quieren entablar una guerra con nadie, no han venido aquí para eso; y mientras tengan que permanecer aquí –que confían que no sea por mucho tiempo– ésta es la mejor solución para todos, pues conocen a los humanos y saben que les declararían la guerra, y les atacarían con todo tipo de armas y bombas, si supieran que tenían como vecinos a alienígenas procedentes del espacio exterior; y entonces sí que hubieran muerto muchos humanos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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