• (Csi177) – Papiroflexia.

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• (Csi177) – Papiroflexia.

A la hora de costumbre, los pasillos del antiguo castillo se llenaron de chicos y chicas que salíamos de nuestras clases, después de todo un día en el colegio. Yo había tenido clase con el profesor Robles, y por los pasillos comentaba con mis compañeros el asombroso ejercicio –como él lo llamaba– que nos acababa de enseñar. En primer lugar nos enseñó a hacer pequeños animales de papel, con la técnica de la papiroflexia; esa parte fue la que me resultó más aburrida, pues yo ya sabía hacer figuras de papel, y no sólo pequeños animales, sino grandes dinosaurios y otros seres mitológicos: mis padres me habían enseñado a hacerlo durante el último verano, y se me daba muy bien; así que no me resultó difícil hacer los pequeños pájaros y ratoncitos que nos mandaba el profesor. Sin embargo, tengo que reconocer que la segunda parte del ejercicio me costó algo más conseguirla. Al finalizar la clase, el profesor Robles nos mandó, como práctica para casa, que repitiéramos el ejercicio para, así, coger soltura, ya que era casi seguro que caería en el examen final. Eso fue lo que menos me gustó oírle decir: mis padres me habían dicho que si sacaba buenas notas me comprarían la bicicleta de carreras que siempre les estaba pidiendo, así que me dispuse a practicar hasta ser el mejor de la clase. De camino a casa compré, en una papelería, grandes láminas de papel especial, y en un bazar cercano todo el material restante que necesitaría para realizar el ejercicio: mi intención no era utilizar pequeños animalillos de papel, sino algo más espectacular. Comencé, sin embargo, ejecutando los mismos ejercicios que en clase, para aprender bien todos sus detalles, no fuera que tuviera algún accidente si empezaba haciendo directamente el más complicado: el ejercicio entrañaba cierto peligro si no se ejecutaba de la forma correcta. Estuve practicando toda la semana y, al final, conseguí dominarlo: había llegado la hora de hacerlo a mi manera. Me fui al gran trastero que teníamos en el jardín de casa, y me encerré en él. Empecé el ejercicio doblando las hojas grandes de papel según me habían enseñado, despacio, con mucho cuidado, sobre todo en los pequeños detalles, en las esquinas, en los dobleces más recónditos. Cuando terminé, orgulloso del trabajo realizado, me dispuse con la segunda parte, la más difícil. Abrí las puertas del taller y saqué fuera la gran escultura de papel, me coloqué a su lado, abrí el libro por la página adecuada, respiré hondo, me concentré, y, apuntando con mi varita mágica, pronuncié el conjuro de transmutación. El impresionante dragón escupefuego de papel que acababa de realizar tomó vida; el color blanco del papel cambió, y sus escamas se colorearon de vivos colores: tenía ante mí un auténtico dragón que aleteaba imponente sus alas y lanzaba fuego por la boca. Sin perder un segundo, salté y me subí a lomos del animal, justo en el momento en que alzaba el vuelo y salía volando entre los árboles. Subí y subí, y el dragón, obediente a mis órdenes, tomaba velocidad entre las nubes. Estaba muy contento, había conseguido realizar el ejercicio correctamente, y además sabía que ninguno de mis compañeros de clase sería capaz de igualarme: recrear un dragón escupefuego a partir de una figura de papel, y que te obedezca, es un ejercicio de magia incluso complicado para los de quinto curso, y yo sólo estaba en tercero. No tenía duda en que aprobaría el examen final de la asignatura de Conjuros y Hechizos de transmutación, y llegaría a ser tan buen mago como el profesor Robles.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi176) – Mensajes en una botella.

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• (Csi176) – Mensajes en una botella.

A una distancia de poco más de milla y media de la costa existe un pequeño islote, aproximadamente del tamaño de un campo de futbol, y sobre él reposa orgulloso un antiguo faro, que todas las noches alumbra y sirve de referencia y aviso a los navegantes; para guiar a los que se enrolan en la mar. Gracias a él se han evitado muchos accidentes. Y en el faro, el farero: ese soy yo. Llevo toda mi vida en el faro. Mi padre fue farero, y mi abuelo también. Puede que os parezca una profesión aburrida, pero os aseguro que no la cambiaría por nada. En ocasiones, cuando bajo a la ciudad, o cuando me tomo alguna caña en el bar, la gente que me conoce me pide que les cuente alguna historia que me haya sucedido en el faro, y yo no me hago de rogar; en el faro hay pocas oportunidades de hablar con alguien, así que aprovecho: les cuento aquella vez que doce ballenas bailaron y cantaron ante el islote, o cuando una bandada de gaviotas sobrevolaron, en círculo, tan cerca del faro que casi pude tocarlas con la mano –en esa ocasión, lo raro fue que no emitieron ni un solo sonido; no sabéis cómo impresiona el silencio de una bandada de gaviotas– ; o cuando, una noche de niebla, evité que un gran buque de carga se llevara por delante a un barco pesquero que, distraído, se había desviado de su ruta; o incluso aquella vez en que vi un par de sirenas. Sin embargo, lo que más me gusta contar son las increíbles historias relacionadas con los diversos mensajes en botellas que, ocasionalmente, llegan al islote. No penséis que son pocos, ni mucho menos. Supongo que será la especial localización del faro, entre las corrientes marinas, las que los hacen llegar a la playa del islote, o, quizá, las fluctuaciones del campo electromagnético terrestre, tan caprichoso por estas latitudes; aunque lo que me sorprende no es que lleguen, siempre ha habido naufragios, y a otros faros también llegan mensajes dentro de botellas, pero en mi caso, lo curioso son los extraños mensajes que portan; casi inverosímiles, como si fueran fragmentos de algún libro de aventuras, de fantasía o de ciencia-ficción, o, incluso, de magia y hechicería, o de terror. Como, por ejemplo, el mensaje que encontré una mañana de abril, cuando bajé a la playa del islote. Dentro de una botella antigua, de otra época, en un trozo de papiro, había escrito:
“Este mensaje es la prueba definitiva de que es posible viajar en el tiempo. Yo lo he hecho. Profesor W. Shimakawa. 1893 d.C.”
Al principio, pensé que era alguna broma. Sin embargo, por pura curiosidad, busqué información sobre algún profesor W. Shimakawa de 1893, pero sólo encontré una referencia a una tal Saki Shimakawa, nacida en 1893, que fue hecha prisionera en un campo de internamiento, en los EE.UU., durante la Segunda Guerra Mundial, por ser americana-japonesa. Lógicamente, en un primer momento, los que me oyen contar esta historia no me creen, y piensan que me lo invento, pero cuando les enseño el mensaje no saben ya qué pensar; por eso, evidentemente, guardo el insólito mensaje; por eso y porque no sea que un día aparezca ese profesor con su máquina de viajar en el tiempo. Sería genial.
En otra ocasión, encontré un mensaje que decía:
“Trasatlántico Mareni. Zarpamos de Cartagena (ESP), rumbo Venezuela, el 21-8-1965. Al 8º día naufragamos. Nadé a isla cercana. Único superviviente. Vengan rápido. Traigan armas. En la isla hay monstruos gigantes.”
En este caso no fui capaz de encontrar ningún dato que pudiera corroborar el mensaje, pero, como digo yo, ¿quién soy yo para juzgar las elucubraciones mentales de un náufrago perdido en una isla desierta en medio del insondable océano?, eso suponiendo que sea fruto de eso; cosas más extrañas se han visto.
Una noche de junio, encontré este mensaje:
“13-abril-1885. De crucero por el Mediterráneo. Me acabo de asomar desde cubierta y he visto dos sirenas nadando junto al barco. Echo este mensaje al mar dentro de una botella para constatarlo. No es mentira.”
Aunque os parezca increíble, yo me creo este mensaje; ya os dije que un día vi dos sirenas junto al faro, y os aseguro que no estaba bebido. Yo no bebo alcohol cuando trabajo: Vi dos mujeres nadando, procedentes del norte; una de ellas, al verme, me saludó con la mano, pero cuando vieron acercarse unos tiburones se zambulleron en el mar y desaparecieron, pero no antes de sacar fuera del agua sus colas de pez para tomar impulso. Podéis pensar lo que queráis, pero yo sé lo que vi, y no me vais a convencer de lo contrario.
Una tarde de agosto, encontré este mensaje:
“Hoy, a mediodía, he visto, sobrevolando la isla donde llegué tras naufragar, un OVNI. Parecía un meteorito, pero zigzagueó tres veces; después se marchó a hipervelocidad, dirección sur-suroeste. Espero que, con estos datos, me localicen.”
No tengo ninguna prueba de la veracidad de este mensaje, pero, si hubierais naufragado en una isla desierta, ¿escribiríais en un mensaje algo como esto si no fuera verdad?; pensadlo.
Aunque, sin duda, el mensaje más extraño fue uno que encontré medio enterrado en la arena, un sábado de enero. Decía lo siguiente:
“A quien encuentre este mensaje: Avisen a las autoridades. He naufragado en el fin del mundo. Cerca de Bermudas; 30º 56’ 23.728’’ N 68º 7’ 34.394’’ O. Atravesé una densa nube y choqué con una gran roca, en el borde del océano. Aparecí en algún planeta plano. Envíen nave espacial.”
Al leerlo me recordó una de esas novelas de ciencia-ficción de los años cincuenta. Lo cierto es que esas coordenadas corresponden, efectivamente, con un lugar cercano a las islas Bermudas…, ya sabéis, el Triángulo de las Bermudas, y sus extraños misterios de abducciones y todo eso…, así qué no me atrevo a asegurar que el mensaje sea mentira. ¿Os imagináis que existiera, en algún rincón de la galaxia, o de otra dimensión paralela a la nuestra, un planeta plano?
Y así podría seguir con más mensajes increíbles; y por eso me gusta trabajar como farero, al menos en este faro: nunca me aburro. Suelo dejar para el final de mis relatos en el bar algún mensaje gracioso, para terminar la noche con unas risas. Hubo uno que me hizo gracia. Decía lo siguiente:
“Como no tengo más botellas, escribo este mensaje en el caparazón de una tortuga: Iba a pedirles que me vinieran a buscar cuanto antes, pero, pensándolo bien, será mejor que lo hagan en un par de semanas; tengo comida y agua en abundancia. Quisiera gastar los días que me quedan de vacaciones.”
Recuerdo que cuando lo leí por primera vez pensé que, seguramente, al pobre naufrago le esperaba en casa un trabajo esclavo o una mujer algo marimandona, y que por eso no tenía ganas de regresar, y le comprendí: yo hubiera hecho lo mismo en su lugar.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 176-Mensajes en una botella

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• (Csi175) – El mejor mago del mundo.

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• (Csi175) – El mejor mago del mundo.

Era el mejor mago del mundo, y éste su mejor número. Imaginad: El escenario en tenue penumbra; un foco, desde el techo, ilumina en vertical el centro; está vacío. Desde un rincón, aparece el mago: zapatos negros, pantalones negros y camisa blanca; en la mano derecha lleva una simple silla de madera. El mago se detiene bajo el foco, sonríe al público y muestra la silla; se la pasa de la mano derecha a la izquierda, la vuelve a mostrar, por delante y por detrás, y la vuelve a pasar a la mano derecha. La coloca suavemente en el suelo, y, despacio, como ejecutando algún rito, se sienta en ella. El silencio inunda la sala. Durante unos segundos, el mago cierra los ojos, luego los abre y extiende los brazos. Pronuncia dos palabras: «Sfumato est», como pronunciando un conjuro, y chasquea una vez, al unísono, los dedos de ambas manos. Entonces, surge un leve humo negro de las manos del mago, y, ante el atónito asombro del público, éstas comienzan a desaparecer. El humo se va extendiendo por todo su cuerpo, de arriba a abajo: las manos, los brazos, la cabeza, baja por su torso y llega a las piernas. El público no sale de su asombro. Por último, los pies. El humo tarda unos segundos en desvanecerse. El mago ha desaparecido, se ha esfumado. Todo ha sucedido sin engaño, sin dobles fondos, sin efectos especiales. El público espera en silencio, casi aguantando la respiración. Al cabo de tres segundos, el humo vuelve a aparecer, despacio. Esta vez de abajo a arriba, y con él, surge el mago: primero los pies, luego las piernas, su torso, su cabeza, sus brazos, extendidos, y, por último, sus manos. El humo vuelve a desvanecerse, y el mago, sonriente, se levanta de la silla, la eleva con la mano derecha, saluda al público, y sale del escenario por el mismo rincón por donde ha entrado. El público, en pie, como saliendo de un trance, aplaude a rabiar. Cuando, años después, le detuvieron por blanqueo de dinero, utilizó este mismo número para evadirse de la cárcel.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi174) – Mi mejor amigo.

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• (Csi174) – Mi mejor amigo.

En la casa de campo donde viví de pequeña con mi familia teníamos una cuadra, y en ella un hermoso caballo negro; le llamábamos Furia, por su fuerte temperamento. Yo le decía a mi padre que quería montar en él, pero me contestaba que aún era demasiado pequeña para eso, que esperara unos años. A cambio, por mi cumpleaños, me compraron un pequeño poni. Sin embargo yo seguía queriendo montar en el gran caballo negro. Cuando mis padres no me veían, me acercaba a la cuadra y le hablaba; el caballo me miraba y acercaba el hocico; yo le acariciaba; él me entendía. Congeniamos enseguida; siempre me he llevado bien con los animales, y, en especial, con Furia. Un día, aprovechando que mi familia no me miraba, entré en su cuadra, sujeté con mi pequeña manita sus riendas y le saqué afuera. Me subí a unas cajas y, con cierto esfuerzo por mi parte, me monté sobre él. Yo ni siquiera llegaba al estribo; sin embargo no me hizo falta: Le hablaba y él me obedecía. Furia no hizo ningún movimiento brusco, sino que comenzó a andar despacio. Cuando mis padres me vieron montando a Furia se llevaron un susto tremendo, pero comprobaron, asombrados, que el noble caballo obedecía todas mis órdenes. Mi madre me dijo en una ocasión: «Era increíble verte, tan pequeña, junto a un animal tan imponente». Desde entonces, Furia es mi mejor amigo.

Cuentos sin importancia 174-Mi mejor amigo

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi173) – Haiku (13).

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• (Csi173) – Haiku (13).

HAIKU (13): Trece haikus y un senryu:
[Haiku]
218. Entre árboles un sereno remanso; y flores rojas.
219. Entre árboles descansan los viajeros; el clima tibio.
220. Busca un cobijo donde pasar la noche; una libélula.
221. El mar revuelto y a lo lejos sirenas; la luna llena.
222. Junto al estanque cuando el alba se muestra; en la oscuridad.
223. Por la colina baja el sendero arcano; el sol escolta.
224. Los cocodrilos bucean invisibles; flor de nenúfar.
225. Les dan de comer a las carpas en grupo; dibujo en papel.
226. Cumbres nevadas, entre tierra de dioses y de demonios.
227. Luz amarilla y agua por todas partes; paisaje irreal.
228. En el estanque dos peces bajo el sol; un niño observa.
229. Halcones negros entre cumbres nevadas; el cielo gris.
230. Sedas ligeras de infinitos colores; el gato duerme.
[Senryu]
231. En tu mente vi el insondable gozo del infinito.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi172) – La ley del bosque.

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• (Csi172) – La ley del bosque.

Alicia se despertó mucho antes de que sonara el despertador; aún era de noche. Hacía tres meses que sus padres adoptivos la habían acogido en su casa y la habían matriculado en el colegio. Pocos meses antes había sido rescatada del bosque, donde, según parecía, había vivido los últimos años. No tenía familia conocida, ni se sabía cómo había llegado a vivir en tales condiciones. Desde el principio destacó en clase, pero no por sus conocimientos en las distintas asignaturas –en eso era como el resto de sus compañeros–, no, sino por su comportamiento y aptitudes extraescolares. Cuando llegó no sabía leer bien, e incluso hablaba con dificultad, pero aprendió muy rápido. No obstante, tenía una excelente memoria, una muy desarrollada visión espacial y una muy buena forma física para su edad; sin embargo le costaba integrarse con el resto de compañeros de clase. Durante el recreo se quedaba aparte, sentada en la repisa de alguna ventana, mirando a las altas montañas que rodeaban la cuidad; en ocasiones se ponía a silbar o a aullar como un lobo, y a lo lejos se oía cómo parecían responderle los animales del bosque. Sus compañeros tampoco jugaban con ella, la mayoría de ellos casi la tenían miedo, sobre todo cuando les miraba con esa mirada suya tan especial, como de lobo. Algunos niños se burlaban de ella: para ellos era «la que habla con los animales», «la rara», «la medio-animal». Al principio Alicia soportaba las burlas, hasta que un día se hartó: un grupo de niños se burlaron de ella llamándola «animal salvaje» y, tirándola al suelo, la pegaron. Alicia no dijo nada y se fue a casa; no lloró, pero esa noche tomó una decisión: no permitiría que nadie se volviese a burlar de ella, ni mucho menos que la volvieran a pegar. Así que, en plena noche salió de casa, sin hacer ruido, para que no se despertaran sus padres, y se dirigió al bosque, donde había vivído los últimos ocho años; donde había sido cuidada y alimentada por su familia: los lobos y osos; donde había jugado con sus hermanos los animales; donde había aprendido todo lo que sabía; y donde, sobre todo, se había comportado siempre conforme a la Ley del Bosque: «La familia es lo más importante; siempre hay que ayudar a la familia». Con unos leves gruñidos y un aullido profundo llamó a su familia. Les contó lo que le había pasado en el colegio y les pidió ayuda. A la mañana siguiente, acompañada de papá oso, de mamá loba y de su buen amigo, el pequeño Cardenal rojo, un pájaro con el que solía jugar, llegó cerca del colegio. Se ocultaron en un rincón, para que no fueran vistos por la gente, y esperaron. Cuando Alicia vio llegar al grupo de chicos que la habían pegado, señalándoles con el dedo, pidió a su familia que les dieran un escarmiento. La Ley del Bosque debe cumplirse, les dijo. Papá oso y mamá loba se lanzaron corriendo hacia el grupo de chicos y, llegando muy cerca de ellos, les sorprendieron, gruñéndoles con fiereza, y mostrándoles sus grandes colmillos; pero, obedeciendo la petición de Alicia, no les hicieron daño; sin embargo el susto fue mayúsculo para los chicos, que salieron corriendo, llorando. Después de esto, los animales huyeron al bosque. Se cuenta que, por la noche, se oyen extraños aullidos en el bosque, como si un nuevo tipo de lobo lo habitara. Hay quien dice que es Alicia, que ahora es la líder de la manada, pero nadie tiene pruebas de ello, ya que nadie en la ciudad la ha vuelto a ver.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi171) – Retazos (15).

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• (Csi171) – Retazos (15).

1.

La hormiga y el pájaro.

La hormiga le dijo al pájaro:
―¡Qué afortunado eres, tú, que desde el cielo contemplas la tierra!
Y el pájaro le dijo a la hormiga:
―¡Qué afortunado eres, tú, que desde la tierra contemplas el cielo!
Los dos estaban tristes y envidiaban al otro, sin comprender lo afortunados que eran ambos.

2.

Nunca le pidas un favor al demonio.

Nunca le pidas un favor al demonio; recuerda que él también cobra por sus servicios, y que sus tarifas son excesivamente exigentes; tanto que no querrás pagárselo y, al final, te robará el alma, que es lo único que le interesa de ti.

Cuentos sin importancia 171-2-Nunca le pidas

3.

Un cuento.

Recuerdo que mi madre me contó un cuento, que había escrito de joven, sobre una chica que escribía un cuento sobre una mujer que escribía un cuento sobre un padre que escribía un cuento sobre una madre que contaba un cuento a su hijo; y ese hijo era yo.

Cuentos sin importancia 171-3-Recuerdo que mi madre

4.

Mi inspiración.

Me sigue siendo laborioso crear con ella sentada en las teclas de mi máquina de escribir, pero sin su intangible presencia allí, sin su sonrisa cómplice, sin su mirada, sin su aliento inspirador, no soy capaz de componer nada ni tan siquiera ligeramente aceptable.

Cuentos sin importancia 171-4-Mi inspiración

5.

Una conferencia.

Asistí a una conferencia sobre ondas gravitatorias, pronunciada por un famoso astrofísico. Desde el principio, su elocuencia me cautivó, y no precisamente porque comprendiera realmente todos los detalles técnicos de su soliloquio, sino porque sus palabras conectaron con mi subconsciente de tal modo que me trasportaron, como en una insondable epifanía, a otro lugar, a otro universo infinitamente mejor que éste.

Cuentos sin importancia 171-5-Asistí a una conferencia

6.

El águila y el lobo.

Un águila volaba majestuosa, poderosa, observando el valle en busca de comida, y al ver un gran lobo gris se dijo:
―¡Qué afortunado es el lobo gris…, veloz, enérgico, valeroso!, que vive en manada, entre la foresta, que posee una excelente visión y un agudo olfato, que domina el valle y conoce todos sus recoletos más escondidos…, y qué mísero soy yo incapaz de realizar todas esas proezas, que carezco de todo ese poder.
Y así seguía, alabando las cualidades del lobo, mientras menosprecia las suyas propias.
Mientras tanto, el lobo gris observaba al águila, y se decía:
―¡Qué afortunado es el águila…, veloz, enérgico, valeroso!, que domina los cielos con su poderoso vuelo y su aguda visión, capaz de ejecutar las acrobacias más espectaculares, su belleza salvaje, su porte majestuoso…, y qué mísero soy yo incapaz de realizar todas esas proezas, que carezco de todo ese poder.
Y así seguía, alabando las cualidades del águila, mientras menospreciaba las suyas propias.
Y así vivían ambos: envidiosos, amargados, tristes, sin comprender que los dos estaban equivocados. Porque eran incapaces de reconocer sus propias cualidades; porque ambos desconocían que las mismas cualidades que cada uno de ellos menospreciaba en sí mismos, eran las que el otro alababa en él.

Cuentos sin importancia 171-6-El águila y el lobo

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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