• (Csi164) – Retazos (13).

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• (Csi164) – Retazos (13).

Tres ideas a partir de una imagen:

1.

Y ahora, entre las frías aguas del mar de la Desesperanza, el joven Adäar recuerda aliviado cómo logró escapar de la mazmorra del castillo, huyendo a través de los desagües, aprovechando un despiste de los carceleros. Sin embargo, aún queda la parte más complicada del plan: infiltrarse en la mansión privada del Sumo Emperador Oldorm, rescatar a su amiga Kasumi, y huir en el galeón aerostático personal del malvado sátrapa.

Cuentos sin importancia 164-1-Y ahora, entre las frías aguas

2.

El agua me llega al cuello; miro a mi alrededor, buscando una salida, y sólo veo agua, agua por todas partes; me ahogo. De repente aparece una tenebrosa mansión; antes no estaba ahí. Una fuerza invisible me empuja hacia ella; yo no quiero ir, pero no lo puedo evitar. Siento que me quiere engullir; quiero gritar pero no puedo. Entonces me despierto. Sudando; enredado entre las sábanas. Siempre que tengo un examen difícil sueño lo mismo.

Cuentos sin importancia 164-2-El agua me llega al cuello

3.

Y el joven piloto, tras escapar de las naves enemigas, logró hacer un aterrizaje forzoso en el mar de un pequeño planeta, pero cuando emergió a la superficie, comprendió que lo que desde el espacio sólo era un inofensivo planeta deshabitado clase Säaic, realmente era una amenaza de magnitudes siderales; porque no era sólo un planeta: contenía un portal transdimensional por el que pretendían entrar a nuestro universo el grueso de las tropas hostiles.

Cuentos sin importancia 164-3-Y el joven piloto

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi163) – El lobo y la rata.

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• (Csi163) – El lobo y la rata.

Recuerdo que, en una ocasión, sentado a la barra de un bar, mientras me tomaba una cerveza, escuché la conversación que mantenían dos personas en una mesa cercana. Parecía una conversación animada, pero cuando presté atención a lo que decían, me dije para mis adentros: “Esto no está bien”. Y no lo estaba porque lo que hacían era hablar mal de una tercera persona que, naturalmente, no estaba presente. Y, por lo que pude oír, lo curioso era que la estaban criticando porque, en el fondo, la envidiaban: envidiaban su elegancia, y por eso criticaban su forma de vestir; envidiaban su saber estar, su educación, y por eso censuraban su forma de ser; incluso envidiaban su humildad, su generosidad, su risa sincera, y por eso la vituperaban inmisericorde; es decir, la criticaban por todo aquello que era bueno en ella y que, seguramente, ellos nunca habían tenido.
Siempre que escucho a alguien censurar, sólo por pura envidia, a otra persona, por algo que tiene o por alguna circunstancia de su vida que le gustaría tener, me viene a la memoria esta fábula que me contaron de pequeño:

«En un recodo del bosque, junto al río, una rata vive en su madriguera. Todas las mañanas ve al gran lobo gris acercarse al agua a beber. La rata siente envidia del lobo, porque, sobre todo, no le conoce. El gran lobo es el jefe de la manada, y la manada manda en el bosque, y por eso le teme la rata; pero el gran lobo gris, este, al menos, es un buen jefe, y no permite que la manada se sobrepase, ni se comporte de manera excesivamente sanguinaria: sólo cazan lo necesario, y, a cambio, protegen a todos los animales de este recodo del bosque de otras fieras, estas sí realmente sanguinarias, de otros lugares que puedan invadir sus dominios y amenazarles. Pero la rata no es capaz de comprenderlo. Para ella, el lobo sólo puede ser malo y sanguinario, es lo que siempre le ha oído decir a su familia. Y por eso, piensa que tiene derecho a juzgarle: yo soy mejor que él, se dice, y no se merece otra cosa más que mi desprecio, sentencia la rata. Así que, cuando el lobo no está cerca, la rata se dedica a hablar mal de él al resto de los animales: murmura mal de él, dice calumnias, se inventa historias falsas para desprestigiarle, y en fin, hace todo lo que puede para vituperarle, porque, en el fondo, le envidia, y sólo puede hacer eso como desahogo a su ruindad.
Por su parte, el lobo, que conoce la mezquindad de la rata, la deja hacer; no le importa lo que pueda decir. Algunos jóvenes impulsivos en la manada, le instan a que acabe con ella de una vez por todas, el gran lobo gris les responde:
―¡Dejadlo!, no merece la pena ni molestarse por un bocado tan pequeño. No ofende el que quiere, sino el que puede, y esta no puede. Algún día ella misma encontrará su perdición.
Hasta que un día la rata se pasó de la raya, y fue tal la injuria que contó sobre el lobo que cuando llegó a oídos de éste, exclamó:
―¡Hasta aquí hemos llegado!
A la mañana siguiente, después de beber agua como todos los días, el gran lobo gris se acercó a la madriguera. La rata, al verle venir, tembló de miedo y corrió a esconderse en la profundidad de su refugio.
―¡Oye, rata! –le rugió el lobo- quiero hablar contigo.
―¿Qué quieres? – le respondió la rata, con la voz temblorosa.
―¡Sal, que te vea!; tranquilo…, por esta vez no te haré daño.
Y la rata asomó la cabeza por la madriguera, amedrentada.
―Sé –le dijo el lobo en tono amenazante– que difundes mentiras sobre mí a los demás animales del bosque; y nunca te he dicho nada, tú lo sabes; pero la última injuria que ha llegado a mis oídos ha sobrepasado mi paciencia, y no pienso permitir que sigas con tus infamias. Todos me consideran un jefe justo, así que, aunque en principio se me pasó por la mente matarte, he decidido expulsarte del bosque. ¡Vete, vete lejos!, que no vuelva a verte por aquí.
El lobo se disponía a marcharse, pero se detuvo:
―¡Ah!, y permíteme un consejo –le dijo con fiera ironía– que no me entere que te vuelves a inventar calumnias, ni sobre mí, ni sobre nadie, ¡vale!, no sea que llegue un día en el que te topes con alguien que te obligue a probar de tu propia medicina, añadió con media sonrisa. Entonces comprenderás lo injusto que has sido conmigo; porque, además, si lo haces, me enteraré, y te encontraré, estés donde estés, y ese día no seré tan magnánimo contigo, ¡te lo aseguro! –le dijo, mientras le mostraba sus impresionantes colmillos.
La rata, sin perder un segundo, salió corriendo de su madriguera sin cesar de darle las gracias al lobo. Y no se le volvió a ver nunca por ese recodo del bosque.»

Y al escuchar cómo criticaban esas dos personas en el bar, pensé con ironía:
―Estos son las ratas; confío que el lobo gris sea tan magnánimo como en la fábula.
Y cuando me levanté de la silla y me dispuse a salir del bar, me acerqué a la mesa y les dije:
―Perdonen que me meta donde no me llaman, pero espero por su bien que nunca tengan la oportunidad de saborear su propia medicina.
Me miraron muy ofendidos, y me dijeron no sé qué, pero yo ya no les hice caso, mientras salía satisfecho por la puerta del bar.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 163-El lobo y la rata

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• (Csi162) – Más allá de lo posible.

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• (Csi162) – Más allá de lo posible.

Eran las cinco de la mañana; dos hombre salen corriendo del Museo Naval, y uno de ellos lleva una gran bolsa negra, de las deportivas; tienen el rostro tapado por un pasamontañas y visten totalmente de negro. Un tercer hombre les espera dentro de una camioneta, a la vuelta de la esquina. Uno de los guardias de seguridad del museo, a pesar del dardo anestésico que le habían disparado los ladrones, logra activar la alarma silenciosa que avisa a la policía. El coche con los tres ladrones arranca huyendo a toda velocidad, y logran llegar al puerto marítimo donde les espera un cuarto hombre en una lancha motora con el motor encendido; la lancha arranca y huye en dirección a mar abierto. Sin embargo, la policía marítima les ha localizado y les persigue de cerca. Los ladrones, ante la presencia de la policía, tiran al mar la bolsa de deporte para deshacerse del botín; saben las coordenadas del lugar donde lo han tirado, y tienen la idea de volver otro día a recogerlo. La lancha motora desaparece entre la niebla matinal.
A la mañana siguiente, Jaime, un joven pescador local, regresa al puerto después de una dura jornada nocturna de pesca; aún lleva las redes submarinas extendidas. Con la intención de pescar algo de camino a su casa, que está a orillas del mar, siempre apura la pesca hasta que está muy cerca de ella. Sin embargo, al recoger las redes, observa incrédulo a una joven mujer enredada entre ellas; parece inerte y está desnuda. Rápidamente, el pescador para el motor y saca a la joven de entre los peces de las redes. La joven aún vive; sólo está desmayada y tiene algunas heridas en la cabeza y el cuerpo. Con el botiquín de emergencias, el pescador cura las heridas de la joven y la viste con uno de sus monos de faena. Jaime duda de si llevar a la desconocida directamente al centro de salud, pero dado que está a las puertas de su casa, decide entrar con ella y avisar desde allí. Jaime la levanta en brazos, la introduce en su casa y la acuesta en el sofá del salón. Es entonces cuando se percata realmente del aspecto de la muchacha: tiene el pelo largo, de un sorprendente color fuegomarino, y su piel es muy suave, de un tono casi translúcido, casi parecido al de las medusas. Sin embargo, lo más extraño es que tiene las manos y los pies palmeados, con una fina membrana que une los dedos, como si llevara unas aletas para nadar mejor. En eso, la chica se despierta y, asustada, emite un agudo chillido inaudible, aunque la onda sonora rompe un espejo que hay en la pared del salón. Durante unos segundos, Jaime queda en estado de shock, con los oídos taponados por el insólito grito de la joven, que, con los ojos muy abiertos observa todo con ansiedad, como preguntándose dónde está. La chica tiene unos insólitos y preciosos ojos azules, completamente azules, incluyendo todo el globo ocular; Jaime no sale de su asombro.
―¡Tranquila, tranquila! –la intenta calmar– No pasa anda, no te voy a hacer daño.
Sin embargo, la muchacha no para de gritar; se tira al suelo intimidada por el entorno y se acurruca en un rincón, tapándose con la manta que le había puesto Jaime por encima. La joven, agotada por la conmoción, se vuelve a desmayar. Jaime la lleva a la cama y la acuesta, mientras él vuelve al salón. Aún sin saber muy bien qué hacer, enciende la televisión, con intención de aclarar sus ideas; están poniendo las noticias, y dicen que esa noche han robado un valioso tesoro en el Museo Naval: un botín de monedas antiguas de oro y plata y piedras preciosas, valorado en unos tres millones de euros; dan una recompensa a quién aporte cualquier pista sobre el paradero del tesoro o de los ladrones. Jaime se asoma a la habitación y observa a la joven que duerme inquieta. El pescador se pregunta intrigado quién será y cómo ha podido llegar a enredarse entre sus redes; es posible que estuviera haciendo submarinismo, pero en ese caso hubiera estado vestida, a menos que proviniera de la playa nudista del otro lado de la bahía, aunque le extrañaba. ¿Y esas manos y pies con membranas?… era la primera vez que veía algo igual. Si no fuera una locura, pensaría que es una sirena; jajaja –se ríe– ¡pero eso es una idiotez! –se dice mirándose al espejo roto. Aprovechando que la joven duerme, Jaime se acerca al centro comercial y compra algo para comer y algo de ropa para ella. Cuando regresa, ve a la chica, despierta, sentada frente a la televisión. Jaime entra despacio en casa.
―¡Hola…! – le saluda,… le susurra.
La muchacha le mira con reserva. Ya no grita, no parece asustada.
―¿Tuyo? – le pregunta la joven, señalando la ropa que lleva puesta.
―Si, ¿te gusta? – le responde Jaime – Por cierto… ¿Quién eres?, ¿dónde vives?, ¿cómo te llamas?…
Entonces, la misteriosa muchacha le cuenta a Jaime una historia de lo más asombrosa, con una naturalidad desconcertante: Ella es una sirena. Vive con su pueblo en lo más profundo del mar abierto, en cuevas submarinas, más allá de lo posible. Anoche, mientras perseguía a unos peces, se alejó de su familia más de lo que nunca había estado. Cuando se dio cuenta, se dispuso a regresar y entonces vio caer desde lo alto un objeto extraño: una gran bolsa negra. Por la novedad del objeto, estuvo jugando con ella durante un rato, mientras ascendía a la superficie más de lo que su familia le hubiera permitido. Ella sabía que el mundo humano era peligroso, por eso vivían ocultos en las profundidades marinas. Fue entonces cuando fue capturada por las redes de Jaime.
―Mi nombre no es pronunciable por vosotros; puedes llamarme Inäa –le explicó.
―Ina –dijo Jaime.
―Inäa –le corrigió ella, acentuando una leve cadencia, que a Jaime le sonó similar al que emiten las ballenas.
―Inäa… ¿y sabes hablar como nosotros? –logró preguntarle Jaime, aún bajo el efecto del desconcierto más atroz.
―Es fácil –respondió sonriendo.
¡Una sirena!… Jaime no podía dar crédito. Pero lo cierto es que, si eludía lo asombroso del asunto, era la opción más lógica, y, aun así, era increíble, inverosímil, inconcebible.
―¡Pero…, eso no puede ser cierto!… ¡las sirenas no existen!…
―Pues, aquí estoy… –le dijo Inäa con un tono irónico; y le enseñó las manos; y se acercó para que tocara su piel; y le enseñó sus finos y afilados dientes; y le habló en idioma sirena, aunque esta vez a un tono más suave para no romper ningún cristal de la casa; y le enseñó sus branquias, aunque le aclaró que también podía respirar fuera del agua, como era evidente; y le mostró su aleta dorsal…
Jaime seguía sin creérselo, aunque era evidente que Inäa no era humana.
―Ahora debo marcharme –dijo Inäa– mi familia estará buscándome. Te doy las gracias por salvarme; pero ahora debo irme.
Sin que el joven pescador pudiera impedirlo, debido al shock, Inäa salió de casa, y se zambulló en el mar, mientras Jaime la veía desde la puerta. Antes de desaparecer, Inäa sacó la cabeza del agua y le dijo:
―Espera, tengo algo para ti.
Inäa se hundió y durante unos momentos Jaime esperó. Al rato, la sirena regresó con una gran bolsa negra en las manos.
―Es la bolsa que cayó anoche desde la superficie; creo que es el tesoro que robaron en el museo; así podrás reclamar la recompensa. Dentro hay también un regalo mío.
Entonces la sirena desapareció bajo el agua y Jaime permaneció inmóvil, mirando desde la puerta de su casa, durante varios minutos. Cuando abrió la bolsa negra, vio las monedas antiguas de oro y plata y las piedras preciosas en varias bolsas de plástico, herméticamente cerradas. Además había una gran caracola marina; preciosa. Ese mismo día, entregó la bolsa negra, con todo el botín, a la policía; recibió la recompensa, que le sirvió para comprar un barco nuevo, y, a los pocos días, los ladrones fueron detenidos.

Epílogo.

Esta es la historia que me contaba mi abuelo cuando yo era joven, y nunca he dudado de su veracidad; mi abuelo no es de los que mienten. Como prueba de ello, mi abuelo guardó los recortes de prensa relativos al atraco del Museo Naval, en los que se narra que, gracias al generoso gesto de un joven pescador, mi abuelo, que entregó el botín a la policía, tras encontrarlo una mañana por casualidad enredado entre las redes y aparejos del barco tras una jornada nocturna de pesca, se consiguió el posterior arresto de los responsables. Tengo también, en una de las estanterías del salón de casa, la preciosa caracola marina gigante. Respecto al asunto de la sirena, mi abuelo no le contó nada a nadie, ni siquiera a la policía, pues, evidentemente, nadie le creería, como me explicó una tarde. Sin embargo, lo escribió todo en su diario, que es lo que me leía cuando le pedía que me contara alguna de las historias que había vivido de joven. Una noche, cuando yo ya era más mayor, y capaz de entender los misterios de la vida, como decía él, me dijo que, aunque me había contado la verdad, no me lo había contado todo, y me entregó su diario para que fuera yo mismo quien lo leyera: Lo que nunca había contado a nadie era que, Inäa, antes de desaparecer bajo el agua, le dijo a mi abuelo que si algún día necesitaba su ayuda, sólo tenía que hacer sonar la caracola bajo el agua, y ella regresaría. Cuando le pregunté a mi abuelo si alguna vez lo había hecho, me miró con una sonrisa enigmática y me respondió:
―Si, sólo una vez.
Desde entonces, cuando miro la caracola, me pregunto qué debió suceder para que mi abuelo tuviera que hacerla sonar, y también qué sucedió después; pero mi abuelo no me lo ha contado… aún.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi161) – Retazos (12).

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• (Csi161) – Retazos (12).

1.

Se sentó en una roca, a orillas del lago; frente a él una flor. Abrió su cuaderno de campo y con sutiles trazos intentó trasportar su esencia al papel. Y, como si le hablara a una hermana, dijo: ¡Hola!

2.

Buscando sosiego para serenar sus pensamientos, huyó al bosque, y entre reflejos del sol encontró un recoleto rincón; allí quedó, sumida en su verdad, sin comprender que sólo alcanzaría el discernimiento cuando fuera consciente que su verdadero poder radicaba en su aparente pequeñez.

3.

Disfrutaba paseando por el bosque a esas horas en las que el calor del sol bañaba las plantas y el silencio impulsaba el corazón a un encuentro en profundidad con Dios.

4.

Cuando los humanos no les vemos, los animales de la granja y los seres mágicos de los cuentos de hadas se enfrentan en singular partido de kimppeer, una mezcla entre futbol, tenis y algo llamado untnys, sea lo que sea eso: por un lado el toro, la oveja, la cabra, el gallo y la llama, que ocupa plaza de extranjero; por otro el ogro, el dragón, el unicornio, el trasgo y el can Cerbero, cedido por Hades y que ocupa la plaza de extranjero.

5.

Entre altiplanos y colinas almidonadas, observé, una tarde, a un estornino cantar una nana a sus dos polluelos, que lloraban más comida con cierta desesperación descontrolada. El estornino cantaba que cantaba y sus retoños lloraban que lloraban sin cesar, hasta el feliz momento en el que la madre regresó con unos insectos en el pico. Los pequeños, con el pico tan abierto que hubiera cabido la iglesia de mi pueblo, celebraron el convite con algarabía, mientras, esta vez, su padre emprendía el vuelo para cazar más comida para sus insaciables vástagos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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cuento-272-Se sentó en una roca

cuento-273-Buscando sosiegocuento-276-Disfrutaba paseandocuento-277-Cuando los humanos no les vemoscuento-277b-Entre altiplanos

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• (Csi160) – La vida secreta de mi mascota.

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• (Csi160) – La vida secreta de mi mascota.

Todos sabemos que nuestras mascotas tienen “una vida secreta”.

1.

Tengo un perro que, para no aburrirse, juega al escondite con las hormigas del jardín. Lo malo es que, cuando se esconde en la cocina, las hormigas le buscan y, de paso, se comen todo el azúcar que encuentran; ya no sé donde esconderlo.

2.

– Tengo un perro muy listo, y cuando le doy el dinero para que me compre el periódico, regatea el precio al quiosquero; siempre lo consigue a mitad de precio.
– ¿Y te devuelve el dinero que se ahorra?
– No, lo invierte en un plan de pensiones; por eso te he dicho que es muy listo.

3.

– A mi perro lo abdujeron los extraterrestres.
– ¿Cómo lo sabes?
– Los aliens le sometieron a un proceso evolutivo exprés y ahora tiene el aspecto que tendrán los perros dentro de un millón de años.
– ¿Y cuál es el problema?
– Que dentro de un millón de años, ellos nos sacarán a pasear a nosotros.

4.

– Se lo aseguro, cuando se figura que no le veo, mi perro se va a la cocina, abre la nevera y se bebe una cerveza, después lee el periódico en el salón mientras mira la televisión.
– Pero…, ¡eso no puede ser!… ¿Está totalmente seguro?, me temo que no puedo creerle.
– Eso mismo me dijo cuando se dio cuenta que le había visto y quise hacerme famoso sacándolo en algún show en la tele.
– ¿Su perro también habla?
– Sí, doctor. Cinco idiomas. Me dijo: “Nadie te creerá. Te tomarán por loco.”…¿Verdad que no estoy loco, doctor?
– En absoluto, tranquilícese. Enfermera, póngale al paciente triple dosis de antipsicótico.
Entretanto, el perro dejó de parecer un perro y se transformó en lo que era: un alien; y, mientras veía una película de Hitchcock en su casa, se reía del pobre humano. El primer paso de la invasión había comenzado.

5.

– El perro es más inteligente que las personas.
– ¡Eso es mentira!
– ¿De verdad?…, ¿acaso eres capaz de entender lo que tu perro te ladra igual que él es capaz de entender lo que tú le hablas?

6.

En casa, mi perro es el que elige el programa de televisión que vemos, incluso es el que apaga la caja tonta cuando no merece la pena verla; entonces se acerca a la biblioteca del salón y toca con el hocico el libro que quiere que le leamos. Es el que tiene mejor gusto de toda la familia.

7.

Mi gato es, en ocasiones, el hombre invisible, otras es el Dr. Jekyll o Mr. Hyde; otras el increíble Hulk, a veces es Drácula, otras Blancanieves; quizás incluso el hombre lobo o Caperucita Roja; por la mañana se comporta como una diva, a mediodía es el monstruo de Frankenstein o su novia, por la tarde es Atila, el rey de los Hunos, y por la noche Don Juan. En todo caso es el rey de la casa.

8.

Mi mascota lleva una doble vida: de día es perro guía, pero por la noche juega al póker, y organiza unas timbas con sus amigotes del barrio. Eso no me preocuparía, si no fuera porque en ocasiones se cuela algún gato arrabalero; entonces es cuando regresa a casa lleno de arañazos y moratones. Yo no hago otra cosa más que decirle que lo deje, que recuerde que no tiene siete vidas como los gatos, pero él me mira con esos ojazos suyos, como diciendo: “No te preocupes, sé lo que me hago…” Y es que hace conmigo lo que quiere; le quiero como a un hijo.

9.

Tengo una mascota algo siniestra; se trata de un cachorro que me vendió un vagabundo de rostro cadavérico, túnica negra y una guadaña; me dijo, con voz de ultratumba, que su perra acababa de parir y que no sabía qué hacer con tantas crías, y por eso las vendía baratas. Desconozco la raza a la que pertenece, aunque tiene unos extraños ojos rojos. Por la noche se escapa de casa y se va al cementerio a jugar. Desde que lo tengo, no he vuelto a ver ningún ratón vivo por el jardín; todos aparecen muertos.

10.

Mi gato tiene una personalidad muy propia; en casa tiene su lugar favorito según lo que esté haciendo: cuando se echa la siesta lo hace sobre el sillón que tenemos junto a la terraza, es el más cómodo; cuando quiere ver la televisión se sienta sobre el respaldo del sofá que tenemos enfrente, es donde mejor se ve; sólo quiere comer si le damos la comida en su cuenco y sólo si se lo colocamos sobre su alfombra, sí, tiene una pequeña alfombra para él solo. Sin embargo, lo que más me llama la atención es cuando por la noche, cuando se figura que todos estamos durmiendo, se va directo a las estanterías del pasillo, que tenemos repletas de libros, se sube a una de ellas, donde tenga un hueco, se recuesta muy decidido y se queda allí, junto a los libros que le rodean, incluso se llega a quedar dormido entre ellos; a veces pienso que mi gato sabe leer.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi159) – Adriana y Marcia.

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• (Csi159) – Adriana y Marcia.

El asesinato sucedió hace ya más de un año y aún no se había encontrado ninguna pista que arrojara luz sobre quién y por qué lo cometió; por eso se recurrió a la única persona que podía ayudarles: la propia hermana gemela de la víctima. La policía había encontrado el cuerpo de Adriana enterrado en el bosque; el asesino debió de actuar con precipitación y torpeza, porque el rastro de sangre no había sido completamente borrado. Había muerto de forma extraña, con una venda en los ojos y dejando un reguero de sangre en la nieve, como si el asesino la estuviera destripando desde dentro. Su hermana gemela, Marcia, siempre había sido una niña indescifrable; de pequeña, cuando les dijo a sus padres que podía ver el pasado, no la creyeron, y durante los siguientes cinco años la estuvieron llevando a todos los psiquiatras de la ciudad; hasta que un día, a medianoche, despertó a su madre, y le dijo llorando, blanca de miedo, que acababa de ver cómo moría un hombre, ahogado en un lago, al otro extremo del país. Al día siguiente, la policía encontró el cuerpo de un hombre, ahogado en un lejano lago; lo sorprendente es que había muerto hacía unos dos meses. A partir de ese día sus padres no volvieron a dudar de ella. Con el paso de los años, Marcia logró controlar sus poderes, y, ahora que era adulta, ya sólo veía el pasado cuando quería verlo; trabajaba para la policía, ayudando a desentrañar misterios y crímenes; pero a pesar de ello, cuando apareció el cuerpo sin vida de Adriana, no fue capaz de hacer nada por saber quién la había asesinado: la emoción la impedía verla morir. Las dos hermanas siempre estuvieron muy unidas; Adriana nunca dudó de la existencia de los poderes de Marcia, y, aunque ella nunca los tuvo, sí creía en su hermana. Con el paso de los meses, el dolor por su pérdida remitió, aunque nunca desapareció, y por eso no había querido intentar ver lo que pasó ese fatídico día. A pesar de todo, sus padres lograron finalmente convencerla para que ayudara a la policía a esclarecer la muerte de Adriana. Así que, una mañana de febrero, Marcia se vendo los ojos y se colocó junto al árbol donde había sido encontrado el cadáver. Se concentró profundamente, y durante unos segundos vio a su hermana morir; era todo tan real que alargó instintivamente la mano para intentar salvarla. Entonces supo quién la había matado, el hijo del farmacéutico, que, despechado por la negativa de Adriana de ser su novia, una mañana la invitó a dar un paseo por el bosque, y, con la excusa de un juego, le vendó los ojos y le dio a comer unos bombones envenenados; vio cómo la enterró junto al árbol, y cómo volvió a tapar torpemente el agujero con tierra y nieve. Después todo se desvaneció y la visión cesó; Marcia se quitó la venda y lloró desconsolada. Ese mismo día, la policía detuvo al asesino.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 159-Adriana y Marcia

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• (Csi158) – Haiku (11).

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• (Csi158) – Haiku (11).

HAIKU (11a): Quince haikus:
176. Las damas ríen entre árboles en flor; junto al santuario.
177. Troncos de bambú que ocultan un secreto; varios polluelos.
178. Día de fiesta entre niños que juegan; árboles en flor.
179. Les da de comer rodeada de ciervos; una galleta.
180. Frente al santuario alimenta palomas; y su hijo observa.
181. Al anochecer reunión en la terraza; luces doradas.
182. Tonos de otoño en lugar recoleto; el niño juega.
183. Junto a los ciervos en un remanso de paz; bajo un gran árbol.
184. Verano plácido entre límpidas aguas; ellas conversan.
185. En el santuario los peregrinos paran; bajo las luces.
186. Entre bruma azul rezan en el santuario; agua serena.
187. Junto al santuario los ciervos se congregan; comen los frutos.
188. El sol calienta el estanque dorado; entre chicharras.
189. Puerta circular junto al jardín nevado. Adorno floral.
190. Plumaje blanco y cresta colorada; comedero azul.

HAIKU (11b): Cinco senryus y tres mükis:
[Senryu]
191. Bella y serena entre libros descansa y explora mundos.
192. En mis anhelos recuerdo tus caricias y mi arrebato.
193. Cuando me peino recuerdo aquellos días de dulces besos.
194. Aquellos días cuando nos besábamos y reíamos.
195. Bella sublime de nuca seductora y cutis terso.
[Müki]
196. Tras el paraguas la mirada turbada, los pies bañados.
197. En agua tibia la piel desnuda y tersa, con luz de luna.
198. Toda esperanza libra del desaliento; alegra el alma.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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