Csi 552 – 556: ‘La pandilla’ y otros cuentos sin importancia.

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552. Grafitis

Paseando por el callejón me detuve en una de sus once esquinas, sorprendido por la serie de grafitis que alguien había pintado. Sus detalles, que provocaban un efecto de increíble realismo, hacían que parecieran salirse de la pared: un niño, agarrado a un manojo de globos de colores, se eleva hacia el cielo; una mujer, a lomos de un dragón, sobrevuela las nubes; una bailarina ejecuta un «pas de chat»; un perro corre tras una pelota, mientras una niña le persigue; un escultor esculpe en mármol una Venus; un galeón aerostático surca el cielo persiguiendo una ballena voladora entre nubes blancas algodón iluminadas por el sol; bajo el agua, un grupo de delfines persiguen un banco de peces; una infinidad de mariposas revolotean… El tiempo se detuvo mientras observaba, y me vino a la memoria que alguien preguntó una vez si los cuadros tienen alma: yo creo que sí.

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553. Cherokee

En una ocasión conocí a un viejo indio cherokee. Una mañana de otoño, al ver un pequeño lagarto cornudo detenido sobre una roca con la mirada fija en el horizonte, me comentó:
―Mira, un lagarto cornudo te indica el sendero a seguir. Cosas como ésta las aprendí de mis mayores, pero ahora ya las he olvidado casi todas; es por eso que no sé el rumbo que he de darle a mi vida. Sólo me queda esperar.
Es un buen hombre. De joven fue un gran guerrero; mató a muchos hombres blancos cuando ellos mataron a los suyos. Ahora pasa el día sentado a la puerta de su casa, fumando en pipa y tarareando antiguas canciones de guerra.

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554. La pandilla

Aquel verano era el más caluroso de los que se recordaban en mucho tiempo. Como todas las mañanas desde el inicio de aquel sofocante calor, la pandilla –procedente de no se sabía qué rincón del barrio– observaba pacientemente a que el vecino saliera al jardín de su casa –hoy le había tocado al del portal nº 25–, extendiera la toalla en el césped, junto a la piscina, sacara la cesta con la comida y llenara su vaso con aquel jugoso refresco de naranja. Entonces, esperaban a que se extendiera la crema protectora por el cuerpo, tomara el primer sorbo, le diera un mordisco a uno de los sándwiches que traía preparado –en esta ocasión era uno de chorizo–, se pusiera las gafas de sol y se tumbara sobre la toalla a tomar el sol. Era entonces cuando, todos a una, la pandilla se lanzaba sobre él. Lo tenían todo estudiado: mientras unos arremetían contra el pobre vecino que, abrumado por el ataque, no sabía cómo defenderse, otros desparramaban la botella del refresco por el suelo o bebían directamente del vaso, y otros arramplaban con la cesta y se llevaban corriendo los sándwiches. En el barrio se les empezaba a conocer como la pandilla fantasma, porque aparecían sin previo aviso y desaparecían sin dejar huella.
El caso es que en cuestión de segundos, la pandilla de gatos asilvestrados del barrio había dejado al pobre hombre sin comida, sin bebida y con el cuerpo lleno de arañazos.

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555. La profesora

Todos los alumnos de la clase estaban de pie, hablando en voz alta, haciendo ruido. Reían y gesticulaban al hablar. Hoy vendría el nuevo profesor en sustitución de la maestra que había tenido que pedir la baja por estrés. En la última fila, algunos alumnos se reunían alrededor de una radio que sonaba a todo meter; un par de chicas se pusieron a bailar. En una de las esquinas, dos alumnos se besaban. Un par de aviones de papel sobrevolaron la clase. El nuevo profesor tardaba en llegar, pero a los chicos no les importaba, es más, estaban deseando que viniera –no sabía dónde se iba a meter, se decían–; harían con él lo mismo que con la anterior profesora; no duraría ni dos semanas. En eso entró en clase una joven. Parecía algo desorientada. Sería una nueva alumna, pensaron los alumnos al verla, y no la hicieron caso. En eso un chirrido ensordecedor, de esos que se meten en los huesos, estremeció a los alumnos. Todos se detuvieron sorprendidos, tapándose los oídos, incapaces de soportar aquel desagradable sonido. Junto a la mesa del profesor, la joven que acababa de llegar arañaba la pizarra con las uñas.
―Bien, ahora que tengo vuestra atención, me presentaré: me llamo Elena García, y seré vuestra profesora durante el resto del curso. Si sois tan amables de sentaros en vuestros sitios, empezaremos la clase.
Los alumnos obedecieron. Al parecer la nueva profesora era de armas tomar.

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556. La estatua

La tradición dice que, al menos una vez en la vida, hay que escalar hasta llegar a lo más alto del monte y postrarse ante la gran estatua, o ante lo que queda de ella. Nadie sabe exactamente cuando la construyeron, ni quién la hizo, pero se considera un honor rendir homenaje ante su presencia; así ha sido desde que la encontraron, hace ya siglos, y nadie se atreve a desobedecer la sagrada costumbre. Se dice que es la única reliquia que queda de otros tiempos, antes de la gran explosión, cuando la humanidad casi se extingue. Los pocos supervivientes tuvieron que vivir durante decenios bajo tierra, en los refugios, y cuando la atmósfera estuvo lo suficientemente limpia de radiación, las nuevas generaciones pudieron salir y reconstruir la civilización. Entonces fue cuando la encontraron, medio enterrada por los escombros, en medio de un desolado desierto, único resto de lo que fueron prósperas ciudades de inmensos rascacielos.
Yo fui una vez a postrarme ante ella, nunca lo olvidaré: allí estaba, con el brazo levantado y sosteniendo lo que en su día debió ser una antorcha. El resto del cuerpo de la estatua está destruido, pero la leyenda habla de que representa la libertad y en ella nos inspiramos –con la ayuda de Dios– quienes formamos la nueva humanidad, con la esperanza de que no caigamos en los mismos errores que nuestros antepasados.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Csi 547 – 551: ‘El viejo vendedor’ y otros cuentos sin importancia.

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547. Otra oportunidad

Era de noche. Un hombre caminaba rumbo a su casa; venía de hacer unas compras y llevaba unas bolsas con algunos paquetes. La calle estaba vacía. En eso un par de encapuchados surgieron por sorpresa y le amenazaron con sus navajas. «¡Danos el dinero, rápido!», le exigieron. El hombre intentó resistirse y los atracadores, tras herirle y golpearle, le robaron y echaron a correr. El hombre quedó en el suelo, maltrecho y medio moribundo. En la acera de enfrente, en un rincón oscuro, alguien lo observaba todo. El desconocido hizo intención de marcharse, pero en eso vio llegar a una pareja de jóvenes que, al ver al hombre herido, le atendieron, le limpieron las heridas y llamaron a una ambulancia. Cinco minutos después, el hombre era trasladado a un hospital. Durante todo ese tiempo, la figura, oculta en aquel oscuro rincón, permanecía observando en silencio. Era alguien joven, alto, de mirada serena. Había recibido la misión de contemplar el comportamiento de los humanos y había llegado a una conclución: si bien era cierto que había guerras en la que las personas se mataban sin motivo, también había quienes empeñaban sus vidas en salvar al inocente; si bien el comportamiento de algunos era egoista y sanguinario, también los había buenos y justos; si bien la envidia acampaba a sus anchas en la tierra, también la misericordia tenía su hueco en ella; si bien existía el Mal, así, con mayúsculas, tambien existía el Bien, como había observado en aquella pareja que acababa de socorrer al hombre malherido. Sí, sabía lo que debía informar a su Jefe: aún existía esperanza, la humanidad podría salvarse; sólo había que darle otra oportunidad. Cuando todos se hubieron ido y la calle volvió a quedarse vacía, el joven angel extendió sus alas y se elevó, desapareciendo en el cielo.

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548. El viejo vendedor

El viejo vendedor de libros viejos, sentado a la entrada de su pequeña tienda, relee, entre cliente y cliente, el libro de sus memorias; libro que ha ido escribiendo a lo largo de su intensa vida –repleto de aquellas sorprendentes hazañas que pueblan su viejo corazón de aventurero y héroe–, y que ahora descansa en un rincón, en las estanterías de su humilde tienda.
A veces entra un cliente que le pide consejo y le pregunta si tiene algún libro que le pueda recomendar, y él busca entre las estanterías y encuentra el libro adecuado, y aprovecha la ocasión, pues le gusta conversar, y le cuenta algún suceso de su increible vida –como cuando luchó contra un legendario guerrero, en una famosa batalla estelar, o conoció a la intrépida capitana de un carguero espacial en misión diplomática a un planeta–, y el cliente, sorprendido, compra el libro sin ser consciente de que la historia que le ha contado el viejo vendedor sucedió de verdad.
No obstante, en ocasiones, para sanar sus momentos de añoranza, el viejo vendedor cierra la tienda y pilota su nave espacial, que tiene aparcada en el patio trasero –oculta a posibles miradas inoportunas–, y regresa por algún tiempo a su planeta natal –allá, entre de las estrellas–, donde los imperios galácticos hacen la guerra.
Pero siempre regresa, pues ésta es ahora su apacible vida, aquí en la Tierra; la que ha elegido para sus últimos años, retirado ya de aquellos sangrientos tiempos de antaño, en los que luchaba valerosamente contra tiranos invasores de lejanos mundos, o exploraba remotos planetas y contactaba con arcanas civilizaciones.

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549. Añoranza

El lobo feroz está triste. Pasea sin rumbo por el bosque sin saber qué hacer. Caperucita y su abuelita se han ido de vacaciones a visitar a unos parientes, y las echa de menos. En su lugar ha intentado entretenerse mordiendo a alguno de los miembros de la familia que ha comprado la vieja mansión tenebrosa de la colina, más allá del puente levadizo que separa el bosque del pantano, pero, tras dos intentos infructuosos, ha desistido. Esa familia son unos monstruos; los Adams se llaman. Sobre todo la niña, esa es la peor de todos; si se descuida, le despelleja vivo. No, el lobo feroz no tiene intención de volver a intentarlo de nuevo, ni hablar. Mejor esperará a que vuelva Caperu y su abuelita. Con ellas es otra cosa. ¡Qué cierto es aquello de que no sabemos apreciar lo que tenemos hasta que lo perdemos!

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550. El adivino

Llegó al pueblo una mañana de abril. Dijo llamarse Arturo. Era alto, de aspecto agraciado y tenía una sonrisa que derretía el corazón de las chicas. Lo cierto es que era muy simpático, incluso les cayó bien a los niños y a sus mascotas. Iba vestido con una túnica larga, pantalones anchos y un sombrero de trovador que le sentaba muy bien. ¡Ah!, y llevaba un largo báculo que le hacía parecer mucho más interesante, si eso era acaso posible. Afirmaba decir la buena fortuna; «¡Sólo la voluntad!», proclamaba en la plaza del pueblo; «¡por sólo la voluntad os diré vuestro futuro!», exclamaba con voz de juglar. El caso es que todos los del pueblo fueron a que les dijera su porvenir; incluso doña Marcelina, que con noventa y cinco años era la más anciana del pueblo.
Durante sus sesiones de adivinación, Arturo se las apañaba para ofrecerles toda una serie de espectaculares joyas –con sus correspondientes certificados de autentificación–: collares, pulseras, anillos y demás objetos que, aseguraba, habían pertenecido a su familia y que ahora se veía en la obligación de vender para poder subsistir. Todos los vecinos le compraron algo, claro –incluso algunos camafeos a un alto precio–, nadie pudo resistirse a su encanto y persuasión; todos excepto doña Marcelina, que no cayó en sus redes.
A la mañana siguiente Arturo desapareció del pueblo sin ni siquiera despedirse. Lo hizo muy a tiempo, como si supiera cuándo era el momento justo para hacerlo. Y no se equivocaba, pues esa misma mañana, doña Marcelina, sospechando que algo no cuadraba en todo esto, le pidió a un nieto suyo que llevara a la ciudad a tasar algunas de las joyas que los vecinos le habían comprado: resultaron ser falsas. Todas.
Los del pueblo, enfurecidos, salieron en su busca. Los perros encontraron rápidamente su rastro y lo localizaron en una cueva del monte, no muy lejos, contado el dinero que les había estafado. «Esta vez ha sido más facil que en otros pueblos; no supuse que sería tan sencillo engatusarles», le oyeron decir.
Evidentemente le detuvieron y le llevaron al cuartel de la Guardia Civil más cercano –en el pueblo de al lado–. Dos semanas después, mi abuela, doña Marcelina, me leyó por teléfono el artículo del periódico local donde se explicaba lo sucedido. Al Arturo ese le cayeron tres años de cárcel, una multa, además de tener que devolver todo el dinero estafado.
―Abuela, ¿cómo te diste cuenta que todo era un timo? –le pegunté.
―Verás, nieto, yo ya tengo mis años y ya sabes que más sabe el diablo por viejo que por diablo –me respondió riendo.

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551. Misión imposible

Una nube cubrió el sol y por un momento el viento cesó. Tras el primer instante de incertidumbre, volvió a orientarse. Todo estaba a oscuras, sólo veía el suelo de madera que pisaba; unos centímetros más allá todo era negro. Avanzaba despacio, muy despacio. Un paso, y se detenía y escuchaba atento cualquier sonido amenazante; otro paso, y se volvía a detener. Y de repente, el abismo. Se asomó con sumo cuidado y miró hacia abajo; nada, no se veía nada excepto el infinito negro y silencioso. Por ahí no podía seguir, así que se dio media vuelta y buscó otro camino para llegar a su guarida. El viento había traído volando a la mariquita hasta la mesa de la cocina de aquella casa y ahora debía buscar el camino de regreso a su nido, allá afuera, en el jardín. Parecía una misión imposible, pero el pequeño insecto no se daba por vencido; lograría su objetivo. Además, sabía que la cocina de los humanos era un buen lugar para encontrar comida, así que de todo se podía sacar algún beneficio.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 880 – 884

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Haiku 880 – 884

-880-

Cubre la senda
la nieve. La tormenta
allá a lo lejos.

-881-

Sólo se escucha
el sonido del viento;
cumbres nevadas.

-882-

Impresionante
el silencio nevado;
amanecer.

-883-

Por la ventana
escucho caer nieve;
trinos lejanos.

-884-

Cuando en invierno
hay nieve, salgo fuera
a hacer muñecos.

Luis J. Goróstegui
#haiku


Csi 541 – 546: ‘Nueva Tierra’ y otros cuentos sin importancia.

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541. Publicidad engañosa

Debe ser muy traumático comprarse uno de esos coches nuevos que anuncian en la tele como si fueran una nave interestelar, y comprobar que no vuela.

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542. ¿Futuro?

Hace mucho que se extinguieron los árboles; ahora todo es humo, contaminación, polución, asfixia. «¿Qué es la ecología, papá?», le pregunto su hijo. Su padre permaneció en silencio; no lo sabía.

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543. Duelo

El dios del averno disparó su arco láser. Con un fiero movimiento, la geisha-samurai esquivó la mortal descarga, y, al instante, agarró con firmeza su arma, apuntó, activó la matriz, aguantó la respiración, disparó su cañón de plasma y respiró. El endemoniado ser quedó dividido en dos. La paz volvió al universo.

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544. Ronin

Antaño fue un fiel samurai; ahora se vendía al mejor postor. Tenía fama de ser invencible. Nadie sospechaba que, antes de cada lucha a muerte, empapaba su katana en veneno.

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545. Prisionera

Todo fue tan rápido que le resulta dificil convencerse de que es verdad, y sin embargo sabe que lo es: sólo tiene que mirar a su alrededor. Recuerda cuando estaba bajo el agua, cuando esas redes la atraparon, cuando la trasladaron a este laboratorio en donde se encuentra ahora. Pero necesita volver a casa. La piel se le está empezando a decolorarse. Ella no está hecha para vivir en una piscina; necesita volver al mar, con los suyos.

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546. Nueva Tierra

―Papá, ¿cómo llegó la humanidad a «Nueva Tierra»?
―Verás, hijo, en ocasiones suceden cosas imprevistas, unas veces son buenas y otras no; en este caso nos acompañó la providencia: Los astrónomos habían localizado un lejano planeta, al que llamaron «Esperanza», idóneo para poder establecer un asentamiento estable en él, así que se planificó un éxodo masivo. Se construyó la más avanzada nave espacial, se seleccionó a los nuevos colonos –familias que viajaríamos en hibernación, dada la gran distancia que tendríamos que recorrer–, y se lanzó al espacio la nave en piloto automatico. Sin embargo, durante el viaje, un flujo de plasma estelar dañó la nave –fue algo mínimo, pero afectó al sistema de guiado, que quedó algo… torcido, podríamos decir; lo suficiente como para desviarnos ligeramente de nuestra ruta–. El caso es que cuando la tripulación despertó, la nave no estaba donde tenía previsto estar. Sin embargo, por esas cosas del azar, o si quieres del destino o de la fortuna, teníamos justo delante un hermoso planeta. Lo analizaron y descubrieron que era incluso mejor que «Esperanza», y decidieron quedarse. Lo llamaron «Nueva Tierra». De eso hace ya más de veinte años, y desde entonces vivimos aquí, hijo. Sí, tuvimos mucha suerte.
―¿Por qué, papá?
―Porque, poco tiempo después de llegar aquí, descubrimos que «Esperanza» había sido destruido por una colosal lluvia de meteoritos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Csi 536 – 540: ‘Imaginando aventuras’ y otros cuentos sin importancia.

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536. Imaginando aventuras

En un pequeño tiesto, en casa, tengo una frondosa planta de flores y hojas verdes. La miro y me la imagino un bosque; la tierra negra, algunas piedrecillas y un rastro de musgo verde cubren la base. Una avispa, grande y algo agresiva, se acerca volando y acecha entre sus ramas: fantaseo y me la imagino un dragón que regresa a su guarida tras haber salido a cazar algún animal para comer. Por un lateral del tiesto suben unas hormigas: me las figuro soldados que van en busca del dragón. Entonces caigo en mi error: el dragón no había salido a cazar ningún animal, no, había salido a destruir la ciudad donde vivían los humanos, los mismos que habían intentado matarle a él en infinidad de ocasiones sin conseguirlo. Esta vez los soldados habían logrado acercarse más que nunca al refugio donde se ocultaba el escupefuegos. Me quedé mirando, observando, intentando averiguar qué harían a continuación.
―¡A comer! –gritó mi madre desde la cocina.
―¡Pero, mamá, ahora no puedo ir; los soldados están en peligro, el dragón les va a atacar! –le respondí con fastidio.
―¡Vamos!, que la comida se enfría; ya tendrás tiempo de salvarles más tarde –me respondió.
Volví a mirar al tiesto. Con todo ese jaleo de gritos la avispa ya no estaba. Las hormigas, indiferentes, habían alcanzado las ramas de la planta. Esta vez el dragón había logrado huir, pensé, pero me imaginé que no sería la última vez que tuviera que enfrentarse al ejército de soldados. No. La próxima vez sería yo quien cazara al dragón, me dije, y me fui a comer.

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537. Espejismo

Desde el espacio se ve la Tierra hermosa, imponente, soberbia, como si en ella vivieran seres superiores, bondadosos, inteligentes, sabios; al aterrizar se deshace el espejismo.

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538. Sensación

Recuerdo perfectamente cómo fue. Estaba solo. Era de noche. Me acerqué hasta la orilla y me quedé mirando. Todo era oscuridad; sólo existía el sonido del mar. Allá en el puerto, muy a lo lejos, sólo las luces de las casas iluminaban débilmente. El agua mojaba mis pies. Alguien se acercó; una joven de pelo largo negro que me dijo: «Resulta inquietante la horizontal calma del océano, ¿verdad?» Después se dirigió al mar y desapareció en él. Siempre he tenido la sensación de que estuve con una sirena.

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539. De visita

El zoo estaba repleto de público, sobre todo la zona de los gorilas. Todos los visitantes se lo pasaban pipa, apoyados en el cristal, asombrados al ver al enorme simio. En ocasiones el gorila corría de un extremo a otro del recinto e incluso chocaba contra el cristal; detrás, los niños y sus padres sentían una mezcla de miedo y fascinación, sobre todo cuando el gran gorila les miraba fijamente y emitía gruñidos y se golpeaba el pecho a sólo dos palmos de distancia.
Tras el cristal, el gorila miraba extrañado y se preguntaba por qué esos humanos venían todos los días a que él los viera.

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540. Un encuentro casual

Ayer salí a pasear por el barrio y vi cómo aparcaba un coche muy pequeño. No supe identificar la marca, pero seguro que era mucho más pequeño que un Mini. No es que fuese algo especial, pero como no tenía nada que hacer, me puse a observar. Lo curioso es que de él salió un gigante; supuse que sería un jugador de baloncesto, pues debía medir bastante más de dos metros. Sorprendido de que alguien tan grande pudiera caber en un coche tan minúsculo, me acerqué a él y le dije:
―Perdóneme usted, pero ¿cómo es posible que quepa en un coche tan pequeño?
El hombre me miró sonriendo –resultaba evidente que no era la primera vez que se lo preguntaban–, y me respondió:
―Verá usted, es que el coche es más grande por dentro que por fuera.
Y mientras me hablaba, sacó su cartera, me dio su tarjeta de visita y, sin añadir nada más, me saludó con una leve inclinación de cabeza.
Miré la tarjeta y en ella se podía leer: «Anselmo Martínez Robles – Mago»
Levanté la vista con intención de preguntarle si era broma, pero no pude; había desaparecido.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 875 – 879

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Haiku 875 – 879

-875-

Verano al alba
está todo en silencio
no las abejas

-876-

Fluyen las truchas
entre aguas estivales
hasta las redes

-877-

En primavera
la brisa entre los pinos
trinan los pájaros

-878-

Una flor crece
a los pies de un gran árbol
no le da el viento

-879-

Un gato observa
a un ratón mientras come
afuera nieva

Luis J. Goróstegui
#haiku


Csi 531 – 535: ‘Lo que digo ahora’ y otros cuentos sin importancia.

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531. En días de niebla

Dicen que en días de niebla espesa y baja, allá en lo alto, en el monte, un pueblo surge como un fantasma a la espera de que vayas a visitarlo. Ve si te atreves. Lo que verás allí te sorprenderá, te lo aseguro; pero ¡ojo!, ten cuidado, quizá no salgas de él. Quizá no te deje.

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532. Dentro del laberinto

Era un día extraño. Cuando salí a pasear por el monte, el sol brillaba. Sin embargo la niebla apareció como por arte de magia, acompañada de un frío que se metía en los huesos. Seguí andando, pues confiaba en encontrar el camino de vuelta. En eso, no muy lejos, vi un pequeño pueblo. Juraría que hacía media hora, cuando pasé por ahí intentando orientarme entre la niebla, no había ninguna casa, ni mucho menos esa torre de la iglesia. Era como si hubiera aparecido de la nada, como un fantasma. Me picó la curiosidad y me acerqué. «Al menos habrá un bar, y podré comer algo caliente y entrar en calor», me dije confiado. ¡Iluso! De eso hace ya tres años. Por mucho que ando, nunca logro salir del pueblo. Es como un laberinto, y siempre vuelvo al punto de partida. Desde entonces no he conseguido salir de aquí. Voy dejando mensajes como éste, grabado en los árboles o en el suelo, con mi navaja, avisando, por si alguien más viene por aquí: para que huya. Si estás leyendo esto, huye. No sigas. Vuelve por donde has venido y huye, no sea que te pase como a mí. Hazme caso. Huye.

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533. Asesinato en el castillo [fragmento]

El conde apareció muerto en su despacho. Estaba solo. Había cerrado la puerta con llave por dentro. Estaba estrenando su nueva pipa, y no quería que nadie le molestara. Sufrió un paro cardiaco, afirmaba el informe del forense.
―No. Le envenenaron –aseguró el detective.
―¿Cómo lo sabe?
―El tabaco estaba mezclado con madera de boj: su serrín contiene un alcaloide similar al curare.

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534. Lo que digo ahora

No sospechas de mi poder y desprecias mi justa advertencia. Escucha ahora por tanto, antes de que suceda lo profetizado, lo que mi boca te alerta y no digas que no te avisé: con mis manos te sostuve, como copa de vino colmada; con mi capa te protegí, como recién nacido en su cuna; la luz del cielo se apaga, la luna desaparece, pero el aullido del lobo aún se yergue en la cumbre, retando a los dioses cobardes que se ocultan corruptos, desvergonzados. Sólo la luz de una vela ilumina el camino, vacilante, sí, pero aún encendida; sólo el niño camina entre serpientes, inocente, con la valentía audaz del que se sabe en lo cierto y no teme al enemigo porque conoce su débil condición de mentiroso. ¡Escucha, infeliz!, la tierra fue tu refugio, el mar tu salvación; ¡no temas!, pues no morirás para siempre. Recuerda lo que digo ahora, para que cuando tenga lugar, no te sorprenda la oscuridad y sepas cómo actuar y venzas.

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535. La cueva

Los expedicionarios llegaron a la entrada de la gran cueva. Todo estaba en silencio, como si incluso los pájaros temieran hacer ruido. No obstante, parecía un lugar adecuado para pasar la noche. Uno tras otro entraron en el túnel. Todo estaba a oscuras. Las paredes de la cueva estaban recubiertas de un extraño musgo húmedo. «Tened cuidado, el suelo no parece muy firme», dijo el jefe de la expedición mientras iluminaba con su linterna; dio un par de patadas al suelo. En eso la tierra tembló. El techo de la entrada comenzó a derrumbarse; la cueva se cerraba. Los exploradores comenzaron a correr hacia la salida. Una vez fuera, observaron atónitos que la cueva no era una cueva: un gran gusano, del tamaño de un tren, se deslizó ante ellos y, como un inmenso taladro, se hundió en la tierra y desapareció. No, después de todo, aquel lugar no parecía ser tan seguro como pensaron cuando lo observaron desde el espacio. Era evidente que los astronautas deberían tener más cuidado a la hora de localizar un lugar protegido donde establecer la colonia humana en ese lejano exoplaneta.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Csi 526 – 530: ‘Un juicio de locos’ y otros cuentos sin importancia.

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526. Misterios

1. De entre la niebla surgió el autobús. ¿De dónde vino si la niebla levitaba sobre el mar?
2. El rascacielos desapareció una noche. Nadie escuchó ruido alguno; como si se lo hubieran comido de un bocado.
3. Anochecía. La niebla baja. Entró en el puente pero no salió de él. Nadie le volvió a ver.
4. Se han comido el trasatlántico. Monstruo o no, algo se oculta en el mar.
5. La Luna en cuarto menguante. Sólo al alcanzar la luna llena se dieron cuenta de que la habían dado un mordisco.
6. ¿Has oído un trueno en plena tormenta?, pues eso no es un trueno, un trueno no suena así. Nos quieren engañar.
7. ¿Cómo te explicas entonces que el transatlántico apareciera empotrado en la montaña, enrollado como un tornillo?

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527. Un juicio de locos

–¡Tarde, llego tarde! –se decía el conejo blanco mientras corría desesperado.
Rápido, entró en el castillo y accedió a la gran sala. Aún estaba a tiempo de reparar lo sucedido, aunque sabía que sería imprescindible actuar sin miramientos.
–¿Qué genio tiene hoy? –preguntó el conejo al Sombrerero.
–Llegas tarde. Como siempre, de perros… rabiosos. Ya han hecho el careo. Te toca –le respondió en un susurro.
–Bien, rapidito, ¿qué alega la defensa? –vociferó la Reina de Corazones.
El conejo blanco dejó la guía jurídica penal en la mesa y dijo:
–Su alteza, seré breve: Alicia no puede ser condenada. Sufre de un mal incurable. Hemos descubierto que está cuerda.
–¡Pues entonces que le corten la cabeza! –gritó enfurecida la reina.
–Eso va en contra del ordenamiento jurídico de su alteza, su alteza: «Dura lex sed lex».
Y la reina comenzó a llorar. La arriesgada estrategia de defensa había tenido éxito.

• NOTA: Publicado en la web de Abogacía Española: http://www.abogacia.es/microrrelatos/09-2017/un-juicio-de-locos-2/

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528. Momentos aterradores

[Un cuento en 10 tuits]

1. Han sido unos momentos aterradores, veréis:
2. Me despertaron unos golpes en la puerta. Medio dormido, fui a ver. ¿Quién será?, me dije.
3. ¿Quién es?, pregunté. Nadie contestó. Abrí la puerta. En el suelo vi una cabeza de cerdo aún ensangrentada.
4. Aterrado, cerré la puerta. Corrí a la cocina y cogí un cuchillo para defenderme. ¿Por qué me amenaza la mafia?, me pregunté.
5. Oí pisadas en la escalera. Dieron unos golpes a la puerta. Tuve miedo. Me escondí.
6. Alguien abrió la puerta. ¡Me quieren matar! ¿Quién será? Me acerqué de puntillas, cuchillo en ristre. Me asomé desde un rincón.
7. Vi a una mujer de espaldas, con un cuchillo. «¡Ha llegado tu hora, cerdo!», exclamaba la loca.
8. «¿Se puede saber dónde estás? Te dije que vendría hoy. Te he traído la cabeza de cerdo como te prometí…» La loca se giró hacia mí.
9. «Estará para chuparse los dedos; anda, ayúdame a prepararla para la comida», me dijo. Por cierto, no funciona el timbre.
10. ¡Es cierto, se me había olvidado! Era mi madre. Hoy era la fiesta de graduación de mi hermana pequeña.

FIN

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529. Héroe

En el zoo ha nacido un gorila. Gocu, le han llamado. Todos le observan; su madre le amamanta. El pequeño cierra los ojos satisfecho y se queda dormido. Será alguien importante; su pelaje negro brillante contrasta con el blanco del pulgar de su pie derecho. La profecía se ha cumplido: ha nacido el héroe tan largamente anhelado.

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530. Evidencia sistemática

Resulta onomatopéyico constatar la más que evidente animadversión circunfleja, que emana dúctilmente del convexo sistemático, entre la consabida restauración transitable y la refutada, no sin razón, rivalidad intermolecular.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 870 – 874

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Haiku 870 – 874

-870-

Valle nevado;
huele sabroso el guiso
en la cocina.

-871-

Calle vacía;
sólo se escuchan lejos
unos maullidos.

-872-

Llueve en otoño;
nunca se esconde un lobo
de un caracol.

-873-

Nunca se pierde
el zorro entre la niebla;
ni por la noche.

-874-

Nunca recuerdo
el nombre de las flores;
si está nevando.

Luis J. Goróstegui
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Csi 522 – 526: ‘Lo que la tormenta esconde’ y otros cuentos sin importancia.

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522. Lo que la tormenta esconde

En una ocasión, un anciano vagabundo me dijo que las tormentas no aparecen sin motivo. Yo pensaba entonces, ¡ay, ingenuo!, que se refería a motivos climatológicos. Después comprendí la verdad. Mejor que no os diga lo que vi. Desde entonces tiemblo al ver un rayo. No queráis saber lo que la tormenta esconde.

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523. Agujeros de gusano

Ya no puedo guardar más el secreto, ya no merece la pena. Es mejor que lo sepamos todos. Las autoridades nos dicen que los «agujeros de gusano» son una hipotética topología del espacio-tiempo que nos permitiría atajar en un viaje por el tiempo y el espacio. Y ahí está el eufemismo, en lo que no nos cuentan: que dichos atajos son el hábitat por los que se mueven gusanos, ¡gusanos!, literalmente. ¡Imaginad, si podéis, su descomunal tamaño! Yo he visto los registros del Hubble. Esos gusanos se abren camino comiendo todo lo que encuentran a su paso: a su lado, el peligro de que la Tierra colisione con un meteorito grande es irrisorio. Ah, por cierto, vienen directo a nosotros. Ya es demasiado tarde. Decidle a mi familia que la quiero.

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524. El banquete

En el gran salón del hotel se celebra un banquete de bodas. Todos comen, ríen. En la mesa 15 se han reunido unos primos del novio, unos tíos de la novia y algunos amigos. Entre la prima Clara y el tío Anselmo, un caballero come en silencio. No habla mucho, sólo come, sonríe y asiente cuando alguien le dirige la palabra. «Soy amigo de los novios», dice sin especificar, si le preguntan. Viste elegante, aunque al traje ya le va haciendo falta un planchado en condiciones. Tras el postre y el café todos los invitados se ponen de pie para el brindis final. Los novios se besan y todos aplauden. Es en ese momento cuando el caballero se despide de la prima Clara y del tío Anselmo: «La cena ha estado genial, ¿verdad? Voy un momento al servicio y después me pasaré a felicitar a los novios», les dice; pero ningún invitado le vuelve a ver. Lo cierto es que nadie le echa de menos, y menos los novios, que ni siquiera le conocen. Por la calle, el caballero pasea satisfecho. Temía que no le dejaran entrar al banquete, pero esta vez ha tenido suerte. Al regresar al albergue social se quita el traje –es su mejor traje, mejor dicho su único traje; para ocasiones especiales–, y vuelve a ponerse sus viejos harapos de siempre. Al verle llegar, algunos sintecho le saludan. «¿Dónde estabas, Jaime?, te has perdido la cena. Hoy han dado espaguetis», le dice su compañero de litera. Y Jaime, con una sonrisa, le contesta: «No te preocupes, José, hoy he cenado bien».

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525. Silbo

Al anochecer me gusta salir al balcón de casa y observar las nubes. Es el único momento en que puedo dejar que mi mascota vuele sin ser vista. Al cabo de un rato silbo y mi dragón regresa.

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526. Misterios

1. De entre la niebla surgió el autobús. ¿De dónde vino si la niebla levitaba sobre el mar?
2. El rascacielos desapareció una noche. Nadie escuchó ruido alguno; como si se lo hubieran comido de un bocado.
3. Anochecía. La niebla baja. Entró en el puente pero no salió de él. Nadie le volvió a ver.
4. Se han comido el trasatlántico. Monstruo o no, algo se oculta en el mar.
5. La Luna en cuarto menguante. Sólo al alcanzar la luna llena se dieron cuenta de que la habían dado un mordisco.
6. ¿Has oído un trueno en plena tormenta?, pues eso no es un trueno, un trueno no suena así. Nos quieren engañar.
7. ¿Cómo te explicas entonces que el transatlántico apareciera empotrado en la montaña, enrollado como un tornillo?

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 516 – 521: ‘De vacaciones en el prado’ y otros cuentos sin importancia.

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516. De vacaciones en el prado

Se pasó sus vacaciones haciendo turismo rural, admirando paisajes de remotos lugares casi olvidados: estuvo una semana visitando un «puerto fluvial junto a un castillo», de Eugenio Lucas Vázquez; tres días disfrutando del clima en un «paisaje fluvial con figuras y ganado», de Manuel Barrón y Carrillo; al pasar junto a una «llanura encharcada», de Mariano Barbasán Lagueruela, se entretuvo casi cuatro días, pues allí encontró a un viejo amigo suyo que hacía tiempo que no veía; y finalmente, casi cinco días en «el paso del puerto», de Jan Both. Fueron unas vacaciones estupendas en el Museo del Prado.

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517. Una vida de excesos

Se había leído el libro varias veces y conocía todos sus detalles, así que decidió comenzar a pintar el cuadro. Cuando lo terminó, lo miró complacido y se dijo: «¡Y ahora, a disfrutar!», y se dio a una vida de excesos. Sin embargo, según pasaban los años, era él el que envejecía y el que padecía del riñón, y el que tuvo que ser operado del colon –dos veces– y el que tuvo dos ataques al corazón graves, mientras que su retrato permanecía tan joven y lozano como el día que lo pintó. Incrédulo, volvió a leerse el libro, por si hubiera pasado algo por alto, pero no encontró nada. Tenía 52 años pero aparentaba 80. Su retrato seguía teniendo 24. Falleció pocas semanas después. «¡Este Oscar Wilde era un mentiroso!», se le oyó exclamar furioso instantes antes de morir.

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518. El faro en la tormenta

El faro se vio zarandeado violentamente por la tormenta. El farero, acostumbrado a tales imprevistos, enfocó la luz y gritó: «¡Eh, tú, deja de agitar la botella!» El borracho obedeció y la dejó en la mesa. La tormenta cesó.

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519. Matrimonio real

Cuentan que españoles e ingleses tuvieron varios periodos de tregua entre sus discontinuas guerras a lo largo de la historia. En una de ellas, quizá la más desconocida de todas, la paz se logró mediante el matrimonio real entre la reina de corazones, por parte inglesa, y el rey de oros, por parte española. Se sabe que vivieron felices en el País de las Maravillas por un tiempo, y que Alicia fue dama de compañía de la novia. Ofició la ceremonia el gato de Cheshire.

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520. Carta (apócrifa) del diablo a su sobrino

Querido sobrino Orugario:
Ten siempre presente que tu trabajo para que el paciente humano que tienes asignado destierre de su mente al Enemigo debe ser minucioso e incesante, y no olvides nunca que para conseguir su descristianización debes hacer que pase por las cuatro fases que te comenté el otro día. Te las vuelvo a indicar pues, conociéndote, se te habrán olvidado ya. A saber:
1.- Cristo SÍ – Iglesia NO
2.- Dios SÍ – Cristo NO
3.- Religión SÍ – Dios NO
4.- Lo sacro, lo sagrado, lo «espiritualoide» SÍ – Religión NO
Tienes que conseguir, y ahí está el quid del asunto, que tu paciente se sienta muy espiritual pero no crea en nadie, y sobre todo, que esa espiritualidad sea muy etérea e indefinida. Si así lo haces, tendrás éxito en tu tarea, y tu paciente acabará en nuestro bando. No obstante, sé precavido y paciente; no intentes atajar, pues si te saltas alguna de las fases intermedias, tu humano se percatará de ello y volverá a Él. Actúa con sigilo, sin que se dé cuenta de tus maniobras, haciéndole creer, en todo momento, que es él el que toma las decisiones. Confía en mis consejos y en mi experiencia.
Tu diabólico tío, que te quiere,
ESCRUTOPO

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521. Un espejo

Érase una vez un desdichado al que le pasaban cosas malas y, ciego de deseos vengativos, deseaba cosas malas a los demás, sin comprender que la vida es como un espejo y nos devuelve lo que le mostramos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 865 – 869

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Haiku 865 – 869

-865-

No espero nada
cuando cae la nieve;
sólo contemplo.

-866-

Bajo la nieve
oye un sonido el zorro;
un ratoncito.

-867-

Bajo las nubes
nieva. Sobre las nubes
no sopla el viento.

-868-

El viento sopla;
el perro persigue hojas
una tras otra.

-869-

Tras la ventana
veo árboles nevados;
aguardan mayo.

Luis J. Goróstegui
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Csi 511 – 515: ‘Dodos poetas’ y otros cuentos sin importancia.

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511. Dodos poetas

Dicen que el dodo se extinguió, cuentan que no podían volar: ambas cosas no son ciertas. Es verdad que los humanos acabaron con ellos, pero también es cierto que algunos lograron escapar de la muerte. Por las noches, en grupos pequeños para no llamar la atención, algunos volaron a otros lares; además, ya no se sentían con fuerzas para ocultar por más tiempo su secreto. Cuando los hombres les descubrieron, allá a finales del XVI, los dodos decidieron no mostrarse tal cual eran y aparentar torpeza con la esperanza de pasar desapercibidos, pero cuando comprendieron que su extinción estaba cerca decidieron huir. Yo los encontré. En mis viajes por tierras lejanas alcancé costas prohibidas, protegidas por arcanas leyendas que hablaban de extrañas aves. No, no os diré dónde están. Allí viven; allí pueden, por fin, mostrar su secreto, mostrarse tal cual son; allí pueden, al fin, recitar versos endecasílabos sin temor a morir.

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512. Compota de manzana estelar

En mis viajes estelares he visto cosas increíbles; si te las contase dirías que son imposibles, y sin embargo son ciertas, tan ciertas como que te estoy hablando. ¿Que te diga alguna? Bien, he visto allá, entre lejanas nebulosas de suaves colores y vivos aromas, estrellas irradiando compota de manzana. Sí, compota de manzana dulce como la miel. ¿Que no me crees?, pues mejor para mí, así no querrás venir conmigo a verlo y no tendré que compartirla contigo y tendré más para mí.

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513. Un caso de cuento de hadas

Señoría, expondré brevemente mi alegato. He de constatar que el encausado, mi cliente, el señor Quijada, siempre sintió interés por los cuentos de hadas, por eso, cuando fue despedido injustamente tras llevar trabajando más de veinte años, se refugió en los libros de fantasía, y en ellos llegó a creerse el más valiente y famoso caballero andante que jamás existiera. Así que cuando el señor O’Gross llegó a vivir al barrio, mi cliente se sintió en la imperiosa obligación de actuar como lo hizo para defender al vecindario: con su viejo neceser se construyó una coraza, y con hierro forjado, una afilada espada. Y una tarde de verano de intenso calor, al grito de «¡muere, malvado ogro, muere!», hirió gravemente al señor O`Gross atacándole mientras dormía la siesta en su jardín. Por todo ello solicito un veredicto de no culpable bajo la atenuante por padecer enajenación mental temporal transitoria. Gracias.

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514. Caricatura

En busca del retrato que mejor reflejara su personalidad, puso en su carnet de identidad su caricatura.

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515. Romper la Tierra

El niño tiró la piedra al agua y ésta rebotó y rebotó y rebotó… hasta golpear la montaña y romper la Tierra.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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En un rincón olvidado del mapa

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Si vas por la carretera comarcal pasarás por lo que queda de un minúsculo pueblucho, no más que algunas casas medio derruidas a ambos lados de la carretera junto a un par de talleres con los letreros oxidados en los que faltan algunas letras, un motel de mala muerte con su rótulo de neón rajado en el que aún se puede medio leer «Hay habitaciones libres» y un centro comercial abandonado con sus estanterías de juguetes medio repletas aún de muñecas –algunas tuertas, otras sin cabezas o brazos–, unicornios de madera carcomidos por las termitas y otros cachivaches que, es de suponer, hicieron las delicias de los más peques cuando estaban de moda; donde es posible encontrar aún, en su sección de ropa, algunos pantalones raídos, camisas sucias por la podredumbre y el paso del tiempo y pijamas de invierno con la imagen de Goofy bordada en ellos. Nadie vive ya allí, claro –en otro tiempo tuvo su atractivo, e incluso un circo–, y puede que ni te des cuenta de él, y sólo cuando lo hayas pasado te preguntarás si aquello fue un espejismo o si de verdad lo viste. No importa. Pero justo detrás de la última casa, según se mira a la derecha, hay junto al boscaje un viejo vertedero de chatarra. Allí se almacenan coches herrumbrosos sin motor ni ruedas, tráilers oxidados de camiones sin dueño, contenedores de mercancías vacios, restos de una vieja noria con sus caballitos sin cabeza, el esqueleto de un par de vetustos aviones de combate alemán Focke-Wulf Fw 190 de la Segunda Guerra Mundial y otros fantasmas que ya nadie quiere ni mucho menos recuerda. Pues bien, en aquel obsoleto reducto de esperanzas que fue alguna vez aquel rincón del mapa, habitan monstruos y una bandada de fantasmas y quimeras sin redención. Por las noches salen de caza y recorren los pueblos cercanos –a veces, incluso, llegan hasta alguna gran ciudad– donde se divierten aterrorizando a los niños y se beben la sangre de los adultos –los medios de comunicación suelen hablar entonces de ‘ola de crímenes sin resolver’, de ‘ajuste de cuentas entre bandas rivales’ y cosas así–; luego, al amanecer, los monstruos y espectros regresan a su destartalado pueblo, en aquel rincón olvidado del mapa. Dirás que exagero, o, peor, que te estoy mintiendo, pero no, te estoy diciendo la verdad, si no pregúntate cómo es posible que un vertedero –pueblo incluido– como aquél siga ahí después de tantos años de abandono y desidia sin que ningún político de turno, para quedar bien ante los medios y la opinión pública, lo haya derribado y construido en su lugar un centro cultural o algo similar; y la respuesta es muy sencilla: porque no lo permitimos, pues si lo hiciéramos ¿en qué otro escondido agujero encontraríamos los monstruos un hogar mejor donde habitar?

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 506 – 510: ‘Picoteando’ y otros cuentos sin importancia.

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506. Picoteando

Y la niña, sosteniendo la jaula abierta donde había estado su canario «Pichi», miró a su madre.
―¡Te he dicho mil veces que no picotees a deshora, hija!
―Es que tenía hambre, mamá –se excusó la pequeña, con su mirada inocente y su boca manchada de sangre.

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507. Falta de imaginación

No se me ocurre nada nuevo para mis cuentos y microcuentos. He perdido la imaginación; o quizá la he gastado toda en inventar nuevas aventuras con las que jugar con mis sobrinos: llevo todo el día divirtiéndome con ellos y estoy agotado.

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508. Un final más que inesperado

En el bullicio de la céntrica plaza, en un rincón al abrigo de las murallas del castillo, la gente se amontona atraída por un vagabundo que, con astucia y don de gentes, cuenta historias de otros tiempos. Los oyentes observan impacientes, casi nerviosos; esperan sorpresas inesperadas, incluso imposibles, pero no están preparados para contemplar cómo, cuando la historia está llegando a su final, el tatuaje de aquel dragón que cubre su piel cobra vida.

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509. Un dios inmortal

En mis viajes por lejanas tierras, una vez naufragué en una isla donde sus habitantes vivían sólo un día: nacían al amanecer y morían cuando amanecía el día siguiente. Cuando les dije que yo vivía años enteros me tomaron por un dios inmortal. Desde entonces veo el tiempo con otros ojos, casi como un dios inmortal.

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510. Recordar el futuro

En mis viajes por tierras lejanas, una vez escalé una montaña alta y en su cima encontré una aldea cuyos habitantes, además de recordar el pasado, podían recordar el futuro. Cuando les dije que yo no podía recordar el futuro, les di lástima. A mí no me la dio.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 860 – 864

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Haiku 860 – 864

-860-

Bajo las nubes
el viento sopla fuerte;
vuelan las hojas.

-861-

La nieve blanca
cae sobre las hojas;
suelo alfombrado.

-862-

El cielo gris
no sólo cuando llueve;
también si nieva.

-863-

Entre las ruinas
de un viejo monasterio;
canta un canario.

-864-

Ciervo prudente
sólo asoma la testa,
por miedo al lobo.

Luis J. Goróstegui
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La Puerta

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Fue culpa mía, lo reconozco (no me queda otra, naturalmente), y me declaro único responsable de todo lo sucedido; pero no me arrepiento, ni mucho menos, al fin y al cabo nos ha traído más beneficios que inconvenientes, eso nadie lo puede negar a pesar de los destrozos iniciales.
El universo se expande, es un hecho, las estrellas cada vez están más separadas unas de otras, a la velocidad infralumínica a la que se ven obligadas a viajar nuestras naves espaciales (¿verdad, Einstein?) nunca podríamos visitarlas (pues el tiempo de viaje sería demasiado largo para una vida humana, a no ser que fueran como un arca de Noé, de sólo ida, pero no me refiero a eso), ni mucho menos colonizar el espacio, ni conocer otras civilizaciones extraterrestres (a no ser que los alienígenas poseyeran otros métodos para viajar y fueran ellos lo que nos visitaran, pero no me refiero a eso tampoco). Era necesario, por tanto, idear un sistema que nos permitiera ir a las estrellas y a sus sistemas planetarios; un método distinto, nuevo, innovador (en el sentido más amplio e irracional, incluso, de la palabra) que se basara en otros principios científicos, en otras premisas aún por descubrir. Eso sí, nunca hubiera imaginado que lo conseguiría de ese modo, palabra de científico. Ah, y todo fue por pura casualidad. Yo no pretendía revolucionar la aeronáutica espacial, ni la astrofísica; después de todo sólo soy climatólogo.
Yo tenía una teoría sobre cómo se forman las tormentas, sobre cómo evolucionan, de las interrelaciones intrínsecas entre el campo electro-magnético terrestre, los vientos solares y las fluctuaciones inestables del continuo espacio-tiempo que conforman nuestro clima, y sólo pretendía demostrarla. De haberlo conseguido habríamos sido capaces de prever con mucho tiempo de anticipación los tifones, los huracanes (evitando así sus dramáticas consecuencias que tantos destrozos causan)… incluso las simples tormentas veraniegas; habríamos sido capaces de abastecernos de energía eléctrica limpia y sostenible pues hubiéramos podido utilizar los relámpagos y almacenar su electricidad de modo que ningún país volviera a tener nunca más carencia energética, con todo lo que ello supone. Sí, hubiera sido maravilloso. Pero lo que provoqué fue mucho mejor, creo yo, (puede que me equivoque, pero con ello también en cierto modo hemos dado un salto evolutivo, es mi opinión).
Aquella mañana lo teníamos todo previsto. Bueno, casi todo: la explosión nos pilló desprevenidos. El inflexor isométrico fue la parte que más costó construir, por lo peliagudo de su diseño y su inestabilidad cuántica, sobre todo; luego estaba su núcleo de plasma, con su acelerador de partículas y el regulador de iones. La idea era correcta: el satélite mediría las alteraciones temporales transpositrónicas que atañen a la conformación adimensional terrestre y evaluaría en tiempo real sus perturbaciones futuras. Así mismo su compresor de plasma, conectado con los sistemas de contención, permitiría telecosechar (por así decir) y almacenar la energía de los rayos. Simple física de plasma electromagnética. Y no sólo lo decía yo; si no, no hubiera conseguido financiación de algunas de las mejores empresas aeronáuticas, incluyendo SpaceX.
Una vez construido el artefacto final se asemejaba a un cañón (y lo era en cierta medida) algo mayor que un autobús de doble piso. El cohete que lo puso en el espacio despegó puntual y alcanzó su órbita según lo previsto. Al encendido del núcleo todo fueron aplausos y parabienes por parte del equipo técnico. «Esto va viento en popa», pensé.
Por eso la explosión nos pilló tan de improviso. Debió ser un desajuste en el motor de ignición. Al producirse en el vacío no hubo fuegos artificiales ni hongos atómicos como cuando explota una bomba nuclear en la Tierra, no; sin embargo sus efectos fueron fácilmente visibles. Y demoledores. Lo que vimos desde tierra fue aterrador: como si el cielo se resquebrajara; no sé, como si el Dr. Banner, al convertirse en Hulk, rasgara su camisa a tirones; como si un globo explotara; como si… no sabría explicarlo. Se veía como los arañazos que una bestia ciclópea hubiera hecho con sus garras, unos arañazos que abarcaban medio cielo. Y luego estaba su resplandor luminiscente que le daba ese aspecto tan amenazador… Todo ello provocó un desajuste atmosférico de tal magnitud que pensamos que el cielo se engulliría el planeta de un bocado. Afortunadamente no fue así, y la megatormenta que cubrió la Tierra –como la cáscara de un huevo que cubre la yema– desapareció tras un par de semanas. Hubo destrozos importantes, es cierto, pues los vientos de la tormenta superaron en mucho a los del tifón más potente jamás sufrido, pero luego llegó la calma y con ella los primeros extraterrestres. Sí, así fue.
Porque aquella megagrieta que se había abierto en el cielo era en realidad una especie de agujero de gusano (aunque, por lo que sabemos, su naturaleza no se deba a la existencia de ningún agujero negro cercano que pondría en peligro –¿verdad, Einstein?– la existencia de la propia Tierra); un agujero de gusano polifásico con múltiples entradas y salidas, se podría decir, sí.
Es cierto que no he conseguido aún demostrar mi teoría, ni tampoco podemos aún almacenar la energía de los relámpagos –al menos de un modo rentable–, también es cierto; pero bien mirado tampoco lo necesitamos ahora pues hemos conseguido cosas mucho mejores negociando tratados de cooperación con aquellas especies alienígenas con las que hemos contactado gracias a nuestra nueva y reluciente autopista interestelar polifásica –la Puerta, la llamamos–. Desde entonces la Tierra se ha convertido en un puerto comercial interestelar de primer orden, pues hay que tener en cuenta que no todos los planetas tienen la fortuna de poseer en sus cercanías un método de desplazamiento para sus viajes espaciales como nuestro flamante agujero de gusano. Por él van y vienen infinidad de naves siderales, y por eso la Tierra está a rebosar de gente de distintas especies galácticas procedentes de diversos planetas, y los cargueros estelares van de un lado a otro en frenético devenir comercial.
Porque así es: la humanidad no estamos solos en el insondable universo, existen otras civilizaciones, y ahora –a pesar de a la velocidad infralumínica a la que se ven obligadas a viajar nuestras naves espaciales– podemos tomar atajos y viajar por el espacio para conocerlas, y podemos también colonizar nuevos planetas deshabitados, o incluso compartir planetas con otras especies, y yo he sido el culpable que lo ha hecho posible, se podría decir. Sí, me declaro único responsable de todo lo sucedido. Es cierto que casi me cargo la Tierra; pero, después de todo, no pasó a mayores, así que… todos contentos, ¿verdad, Einstein?

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 501 – 505: ‘El barco viejo’ y otros cuentos sin importancia.

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501. El barco viejo.

Entré en aquella tienda. Estaba llena de figuras de porcelana brillantes y juguetes nuevos. Al fondo, en una estantería, medio escondido, vi un barco viejo de madera. «¿Cuánto vale?», le pregunté al vendedor. «Está viejo y roto y lleno de polvo. Ya no vale para nada. Lo iba a tirar. Si lo quieres, te lo regalo», me respondió. Me lo llevé a casa y, con mi estuche de reparaciones y algo de paciencia, conseguí repararlo. El día que se lo enseñé a mis amigos, todos querían jugar con el barco, sorprendidos de lo bonito que era. Y es que vivimos en una sociedad que prefiere tirar lo viejo, en lugar de ocupar el tiempo en arreglarlo.

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502. Actuación nocturna.

Los actores se preparan, no sin cierto nerviosismo, en sus camerinos. Es su más esperada actuación; aquella que hacen todas las noches, cuando los padres leen un cuento a sus hijos antes de dormir. Y es que los personajes de los cuentos infantiles actúan todas las noches.

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503. Su verdadera alma.

Su caso era similar al de Dorian Gray, aunque en esta ocasión lo que reflejaba su verdadera alma corrompida no era su retrato. Por eso no quería que le diese el sol, porque no quería que la gente viese su sombra.

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504. De fiesta entre cuadros.

Me han dicho que dicen que falta uno de los herreros de «la fragua de Vulcano», de Velázquez; hay quien afirma que le han visto medio borracho, celebrando «el triunfo de Baco». Habrá que hacer algo.

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505. El robo de un cuadro de un cuadro.

En el Museo del Prado no saben ya por donde buscar. Al archiduque Leopoldo Guillermo le han robado uno de los cuadros de su galería de pinturas en Bruselas –según han podido constatar los servicios de seguridad del museo, al revisar el famoso cuadro de David Teniers–. Se sospecha de «Judit en el banquete de Holofernes», de Rembrandt, pues es conocida la envidia que le tiene al archiduque por su magnífica colección de obras de arte, aunque, por el momento, se carecen de pruebas que lo confirmen. Se mantiene, no obstante, una estrecha vigilancia sobre la sospechosa, a la espera de que cometa algún fallo que la delate.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 498 – 500: ‘Incontinencia verbal’ y otros cuentos sin importancia.

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498. Nostalgia

Se pasaba el día en la playa, escuchando el mar en las caracolas que encontraba en la orilla; le gustaba recordar los sonidos de su hogar, cuando vivía en el profundo océano, allá, con sus hermanas las sirenas.

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499. La eterna lucha

De él sólo quedó un charco de agua con la forma de su silueta humana. A la mañana siguiente ya había desaparecido, claro. Nadie llegó a saber nunca que, gracias a su heroica fuerza de voluntad, la humanidad volvió a salvarse. Así debía de ser. Fue otro episodio de la eterna lucha entre el Bien y el Mal. En esta ocasión, como siempre, la lucha tuvo lugar en la tierra, lo cual imponía algunas condiciones a ambos combatientes, como era la obligación de mantener una apariencia humana durante la lucha; de ahí la forma que quedó del charco, por supuesto. Así estaba establecido. Finalmente venció el Bien y el monstruo fue derrotado, hasta la próxima ocasión. ¿El motivo de la lucha?…, no importa. Lo que importa es que él regresó a su hogar, allá en el más allá, donde, con su original forma angelical obtuvo su merecida recompensa.

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500. Incontinencia verbal

Se presentó en mi despacho y me dijo:
―Me han puesto una –¡renacuajo!– querella, abogado. Necesito que me –¡tontolaba!– defienda.
―¿Perdone? –logré preguntarle tras el shock inicial.
―¿Lo ve?, esto es lo que me pasa –¡susodicho!–, sin venir a cuento no –¡maleante!– puedo evitar decir alguna palabra –¡ornitorrinco!– incongruente. Verá usted –¡presunto!–, perdóneme otra vez, el otro día discutí con un –¡taburete!– vecino y con los nervios –¡alucinógeno!– del momento no pude evitar soltarle algunos improperios involuntarios. Él no me creyó cuando –¡seguridad!– me disculpé, y se ha querellado. Necesito que me –¡incumplimiento!– defienda.
Mi cliente tiene un problema de incontinencia verbal. El juicio fue rápido aunque no pude eludir que tuviera que pagar una pequeña multa. En todo caso, ha sabido sacarle provecho a su problema. Ahora trabaja de monologista en un club nocturno; por lo visto a la gente les hace gracia su parloteo incongruente.

• NOTA: Publicado en la Antología del IX Concurso de Microrrelatos sobre Abogacía, editado por el Consejo General de la Abogacía Española y Mutualidad de la Abogacía, diciembre 2017, pág. 104.
Publicado en la web de Abogacía Española:
http://www.abogacia.es/microrrelatos/07-2017/incontinencia-verbal/

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 855 – 859

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Haiku 855 – 859

-855-

Nunca se sabe
cuál es la flor del árbol
que huele mejor.

-856-

Todas las flores
que había en el jardín
las mató el frío.

-857-

La escarcha fría;
cuando llega el invierno
nieva de nuevo.

-858-

Nieva. Ve el búho
desde lo alto del árbol;
un ratoncito.

-859-

Cuando la lluvia
cae con tanta fuerza
no veo el sol.

Luis J. Goróstegui
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