• (Csi185) – Pequeña flor.

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• (Csi185) – Pequeña flor.

“Ella ve nevar y aguarda a su dragón; pequeña flor.” (Haiku)

Cualquiera que la viera pasear por la acera aseguraría que era una preciosa niña de unos seis o siete años, pero, en ese momento, nadie caería en la cuenta de que una niña de esa edad no suele ir sola por la calle, sin ningún adulto a su lado, y, sobre todo, con esa desenvoltura y naturalidad. Porque lo que no saben es que Kohana, como así se llama la pequeña flor, aparenta siete años, pero realmente tiene la experiencia de una mujer de veinticinco. Hace tiempo, un día de fuerte nevada, cuando tenía casi siete años, se perdió en el bosque y, ya de noche, encontró una cabaña abandonada, aunque con la chimenea encendida. Entró en ella y se quedó dormida junto al fuego. A la mañana siguiente, la despertó con delicadeza un hada de grandes alas.
―Hola, pequeña, me alegra verte; te estábamos esperando –le dijo.
Ese fue el comienzo de una nueva vida en un nuevo mundo, porque, al salir de la cabaña, la niña comprobó que había viajado a otro lugar: a un lugar de fantasía, en un universo paralelo, si bien tan real como el hogar donde nació. Durante los siguientes dieciocho años Kohana hizo amistad con hadas y duendes, leones y osos, luchó contra ogros y trasgos, ganó guerras, perdió algunas batallas, voló a lomos de su querido dragón, al que crió desde pequeño, descifró enigmas y cumplió profecías. Finalmente, una mañana de copiosa nevada, la magia insondable permitió que Kohana regresara a casa, y, para evitar preguntas indiscretas, también permitió que lo hiciera con la apariencia de una niña de siete años, como si no hubiera pasado el tiempo –porque, realmente, para este mundo no había pasado el tiempo– aunque, internamente, seguía manteniendo la experiencia adquirida durante todos esos años. Desde entonces, cuando nieva, la joven vuelve a la cabaña abandonada, observa desde la ventana y espera a que llegue su dragón y la vuelva a llevar a ese otro mundo, a vivir una nueva vida; porque ella sabe que está destinada para esa nueva vida.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Cuentos sin importancia 185-Pequeña flor

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• Haiku 375 – 379

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• Haiku 375 – 379

[375]

Se escucha llover
entre truenos lejanos;
zumba la abeja.

Se escucha llover entre truenos lejanos; zumba la abeja.

 

[376]

Con luz de antorcha
avanza el tenaz monje;
reza el rosario.

Con luz de antorcha avanza el tenaz monje; reza el rosario.

 

[377]

Suena lejano
el rugido de un trueno;
entre mil flores.

Suena lejano el rugido de un trueno; entre mil flores.

 

[378]

La luna llena
ilumina la senda
del pajarillo.

La luna llena ilumina la senda del pajarillo.

 

[379]

Surge el salmón
del profundo mar azul;
el oso aguarda.

Surge el salmón del profundo mar azul; el oso aguarda.

 

Luis J. Goróstegui
#haiku

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• (Csi184) – Y me pongo a leer.

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• (Csi184) – Y me pongo a leer.

A veces siento esa desagradable sensación en los huesos que me advierte que, en cualquier rincón, podría aparecer, acechándome, un dragón escupefuego con intención de fulminarme; o un Señor Tenebroso a punto de lanzarme un maleficio imperdonable; o, incluso, dos o tres dementores con la nauseabunda determinación de absorber mi felicidad, mi alma. Cuando eso me sucede, entro en la biblioteca con el único propósito de protegerme y armarme de la mejor forma posible, y me pongo a leer.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 184-Y me pongo a leer

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• (Csi183) – Corazones en el aire.

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• (Csi183) – Corazones en el aire.

Recuerdo cuando, de jóvenes, por las tardes nos reuníamos en el campo próximo a la escuela para estudiar. Era nuestro último curso, y el profesor nos había advertido que el examen final sería difícil, así que decidimos que lo mejor era practicar solos, sin que nuestros compañeros de clase nos molestaran con sus cuchicheos y risitas: desde que nos habíamos hecho novios, poco antes, Irene y yo no podíamos ni caminar juntos por los pasillos del colegio sin que los demás no pararan de chismorrear a nuestro paso; el simple hecho de cogernos de las manos era motivo de cotilleo, y no digo nada si nos veían besarnos. Ahora lo recordamos y nos reímos de lo tontos que éramos, claro; aunque debo confesar que en el fondo nos gustaba tener una excusa para poder estudiar juntos, a solas. De eso hace ya casi veinte años, y nuestra vida ha cambiado mucho desde entonces, pero, una vez al año, Irene y yo volvemos al mismo lugar de entonces y, recordando nuestros felices años de juventud en el Colegio de Magia y Hechicería, usamos nuestras varitas mágicas y nuestros viejos libros de conjuros y al grito de «Wingardium Leviosa» hacemos que las hojas de papel leviten y formen corazones en el aire.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 183-Corazones en el aire

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• (Csi182) – El poder de mi alma.

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• (Csi182) – El poder de mi alma.

Recuerdo cuando escribí mi primer cuento de hadas y al terminarlo, como por arte de magia, surgió del papel un hada, un hada que me contó mil cuentos; y de cada nuevo cuento que escribía surgía una nueva hada, o un ciervo blanco de porte majestuoso, o un duende de mirada tímida, o cientos de mariposas de colores que revoloteaban a mi alrededor, o un dragón de aliento ígneo, o, incluso, una legión de ogros de aspecto amenazador que, a su vez, me contaban mil cuentos más. Llené cientos de hojas de papel que me trasportaros a cientos de nuevos mundos, mundos donde viví cientos de aventuras, cientos de vidas; donde aprendí a afrontar cientos de dilemas, a resolver miles de rompecabezas, a solventar infinidad de problemas; donde aprendí a ser yo, donde aprendí a conocerme, a aceptarme, a valorarme y a conocer y valorar a los demás; donde supe lo que era llorar y reír; que me enseñaron todo lo que sé, todo lo que soy. Pero no, no fue por arte de magia, fue por el poder de mi imaginación, por el poder de mi mente, de mi corazón, pero, sobre todo, por el poder de mi alma que Dios me regaló.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 182-El poder de mi alma

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• (Csi181) – La gitanilla.

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• (Csi181) – La gitanilla.

Piensa el ladrón que todos son de su condición, ¿eh, sinvergüenza? –le dijo el alguacil al joven rufián, agarrándole por las orejas– ¡Que sepas que la gitanilla no ha robado nada a nadie! Que me lo ha contado todo, ¡de pe a pa!; además conozco a su familia, y sé que son honrados, ¡no como tú, bribón! Y que si la viste salir del mercado de abastos con un saco lleno de frutas y verduras era que lo había comprado para su familia, con el dinero que se saca bailando por las calles; y que si la viste correr calle abajo era porque tenía prisa, pues la esperaba su madre enferma, que se había quedado sola en casa; ¡que ella no es una ladrona, granuja! No como tú, truhán, que ves a alguien y siempre sospechas lo peor, ¡claro!; y ahí estás tú, acusándola, como tú sí eres un ladrón, la gitanilla también debe serlo, ¿verdad? Y ahora ven conmigo, ¡que te he visto arramplar unos chorizos aprovechando el barullo que has formado!, que vas a pasar unos días barriendo las calles, ¡para que aprendas a ser honrado!

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 181-La gitanilla

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• (Csi180) – Su nueva cara.

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• (Csi180) – Su nueva cara.

Al principio era divertido ser invisible, pasar desapercibido sin que nadie le viera; poder pasear y no ser observado, sin el agobio de los paparazzi; no tener que estar pendiente de su imagen física, porque no la tenía; poder colarse en los cines y no ser expulsado, e, incluso, robar sin ser detenido, o besar sin comprometerse, porque nadie le podía ver. Al principio le gustaba saborear el poder que le ofrecía la impunidad, pero de eso hace ya muchos años, en otros tiempos, cuando era joven y vivía a su son, sin restricciones ni cortapisas. Hoy, sin embargo, está cansado, cansado de que nadie le pueda ver, cansado de ser sólo un fantasma, una leyenda urbana, un no-ser; por eso ha decidido hacerse visible, volver a ser alguien real, alguien al que poder mirar, al que poder besar, al que poder hablar mirándole a los ojos. Pero hace tanto que es invisible que ya no se acuerda de cómo es su cara, de qué color son sus ojos, de cómo es su sonrisa; por eso ha decidido hacer algo nuevo, algo innovador: ser como él quiera ser, no como quieran los demás que sea; por eso el hombre invisible se ha dibujado su nueva cara.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 180-Su nueva cara

 

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• (Csi179) – Recogida de muestras.

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• (Csi179) – Recogida de muestras.

Sentado en mi barcaza, esperaba paciente que algún cliente alquilara mis servicios para salir a pescar o hacer submarinismo. Una soleada mañana, se presentó una joven y me contrató para toda la semana: quería hacer submarinismo cerca del arrecife. La joven me dijo que se llamaba Irenne, con dos enes. Durante los siguientes días, salíamos muy de mañana, y mientras yo la esperaba en cubierta, ella bajaba y recorría el arrecife. Me contó que venía de muy lejos, y que trabajaba para la universidad y estaba haciendo un estudio de la biodiversidad de las zonas profundas; le interesaba mucho la variedad de vida que allí existía. Me sorprendió ver que, de vez en cuando, la joven subía al barco una serie de algo parecido a grandes garrafas de un material similar al cristal traslúcido, herméticamente cerradas y llenas de agua y de algún que otro pequeño pez, conchas y diversos objetos que no pude identificar. La chica me explicó que esas muestras marinas –como ella las llamaba– eran un raro tipo de molusco que sólo se daba en las zonas más profundas, lo cual me llamó la atención, pues en toda mi vida nunca había visto nada igual. También me dijo que eran de incalculable valor científico para su universidad y que serían el núcleo central de su tesis doctoral. Lo cierto es que no me interesaban mucho, bastante tenía yo con ganarme la vida, así que no le di mucha importancia y la dejé seguir con su inspección submarina. La chica me pidió si podía proporcionarle algún sitio donde poder almacenar sus muestras, y yo le ofrecí el trastero de mi cabaña, que tenía cerca de la playa y que no solía usar; tras finalizar la semana, lo tenía lleno de esas garrafas. La noche del séptimo día, estaba preparándome la cena en mi cabaña y la chica llamó a la puerta.
―Ha llegado el momento de irme, ¿me podrías ayudar a sacar mis muestras al jardín? –me dijo.
Entre los dos sacamos todas las garrafas y las colocamos a la puerta de mi cabaña. Cuando terminamos supuse que iría a buscar algún vehículo para llevárselas, pero no fue así.
―¿Cómo te las vas a llevar? –le pregunté intrigado.
―Me vendrán a buscar. –me respondió.
Entonces, ante mi asombro, la joven hizo una señal al cielo, con la mano, y en ese instante, sobre nuestras cabezas, se materializó una nave espacial: era grande y muy hermosa. La nave emitió un campo de fuerza y las garrafas levitaron; una compuerta de la nave se abrió, y las garrafas entraron dentro. Yo miré mudo del asombro a la joven y ella me dijo:
―Sí, supongo que mereces una explicación. Efectivamente, vengo de muy lejos, de un planeta muy lejano, más allá de lo que vosotros llamáis la nebulosa de Orión. Y sí, trabajo para la universidad, allá en mi planeta, y también estoy haciendo un estudio de la biodiversidad de la vida existente en las zonas profundas del universo, allí donde hemos detectado vida inteligente como la nuestra, que me servirá para hacer lo que vosotros llamáis tesis doctoral, aunque nosotros lo denominamos de otra manera. Estas muestras, que tú llamas garrafas, son sensores de biotecnología planetaria que hace mucho tiempo dejamos en vuestro planeta con objeto de estudiaros, y en ellos se registra un completo y exhaustivo informe biotécnico sobre la vida en la Tierra: lo necesitamos para cuando llegue el momento de contactar con vosotros. Sí, no estáis solos en el universo –me dijo sonriente al verme con los ojos abiertos como platos–, y sí, algún día vendremos aquí y contactaremos con vosotros. Ahora debo irme, me esperan. Te agradezco tu ayuda y te deseo todo lo mejor, muchas gracias. Y una cosa más –añadió con media sonrisa–, no te aconsejo que le cuentes a nadie todo esto, o te tomarán por loco.
Se acercó a mí y me dio un beso. En ese momento, el campo de fuerza envolvió a Irenne y, mientras se despedía de mí con la mano, se elevó hasta introducirse dentro de la nave. Unos segundos después la nave inició su marcha, primero despacio, en silencio, y después aceleró hasta alcanzar mucha velocidad y desaparecer tras las nubes. Yo seguí allí, parado, mirando al cielo, sin saber qué hacer. Al rato volví a entrar en mi cabaña, intentando comprender lo que acababa de suceder, y en la mesa encontré un pequeño objeto; me acerqué y vi que era el colgante que llevaba Irenne al cuello: era su regalo de despedida. Y mientras me lo ponía no cesaba de repetirme, entre desconcertado y conmocionado, que una extraterrestre me había besado.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 179-Recogida de muestras

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