• (Csi168) – Hannah.

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• (Csi168) – Hannah.

Nadie se daba cuenta hasta que era demasiado tarde; y así debía de ser. Anochecía en el parque, y la niebla impedía ver nada que estuviese a más de unos metros de distancia, lo cual no impedía que algunos pocos valientes hiciesen deporte junto al lago. Por eso la joven venía aquí una vez a la semana; era su lugar preferido para comer. Solía acechar tras unos arbustos y esperaba que pasase algún corredor solo. Cuando veía venir a alguien un escalofrío de ansia recorría su cuerpo que, aunque menudo, ocultaba potencia arcana; entonces atacaba. Mientras le inmovilizaba con fuerza, un feroz mordisco con sus afilados colmillos era suficiente. Era su instante preferido; el sabor a sangre en su boca siempre la excitaba. Después arrastraba el cadáver hasta su coche, que lo tenía aparcado muy cerca, y regresaba a casa. Con un ejemplar tenía suficiente hasta la próxima semana –cazar siempre era arriesgado, y más que nunca en la actualidad; no como en siglos pasados– y tampoco era cuestión de arriesgarse a ser detenida: por eso cazaba sólo un espécimen cada vez, y nunca en la misma ciudad donde vivía. El resto de la semana pasaba desapercibida entre sus vecinos, trabajando como maestra de escuela. Sus alumnos la querían y apreciaban: no era como el resto de profesoras del colegio, decían; Hannah no, ella era guay. Hacía pocos meses que había llegado a la ciudad, y con su currículum le había sido fácil encontrar trabajo. Sin embargo, no permanecería muchos años allí, y eso que la ciudad le gustaba; pero no podía arriesgarse a que algún vecino se diese cuenta de que no envejecía; por eso se mudaba a otro sitio cada ocho o diez años: era la única desventaja de ser vampira.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi167) – Auroras boreales.

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• (Csi167) – Auroras boreales.

Según increíbles leyendas aún sin confirmar, de las que todo el mundo ha oído hablar alguna vez, la Tierra está hueca. Lo que nadie sabe es que el centro de la Tierra también está habitado. Los habitantes del centro de la Tierra llegaron procedentes del espacio profundo huyendo de peligros inimaginables, buscando un lugar seguro donde vivir. Por aquel entonces, la Tierra era un planeta casi deshabitado, con excelentes parámetros de habitabilidad y sin vida inteligente, salvo, quizá, algunos primates poco evolucionados que los visitantes no consideraron peligrosos. Con su avanzada tecnología, se hicieron un hueco dentro del planeta y lo transformaron en un hábitat apropiado para sus necesidades sensobiológicas. Desde entonces nunca se habían sentido amenazados, salvo, tal vez, cuando algunos humanos lanzaron estrafalarias ideas, como ese Jules Verne y su novela, o algunos otros frikis, que estuvieron a punto de desvelar su secreto; afortunadamente fueron telepersuadidos por los propios seres centroterráqueos –aunque nadie llegó nunca a ser consciente de ello– y no llegaron a contar nada importante, o, al menos, nadie les tomó en serio. Sin embargo, desde hace unos años, su idílica existencia está empezando a peligrar. Esos primates, que a priori consideraban inofensivos, se están convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza. Por eso, periódicamente, los seres del centro de la Tierra transmiten mensajes de petición de ayuda, mediante señales electromagnéticas geosíncronas, a los extraterrestres del espacio exterior, para que vengan y les ayuden a protegerse de los humanos. Porque ellos, por sí solos ya no pueden hacerlo; porque los habitantes del centro de la Tierra ya no son individuos aislados, ahora forman una unidad con el planeta y no podrían vivir sin él; durante todos estos millones de años han evolucionado, como los humanos, salvo que ellos evolucionaron de forma diferente, muy diferente: ahora ellos son el planeta, y temen que si los humanos siguen maltratando a la Tierra como hasta ahora, acabarán por destruirla, y por tanto ellos morirán. Los humanos conocen dichas señales pero las consideran simples efectos naturales: las denominan auroras boreales.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 167-Auroras boreales

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• (Csi166) – Retazos (14).

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• (Csi166) – Retazos (14).

1.

De pequeño, cada noche, mi hermano mayor me contaba historias asombrosas; pero nunca me contaba el final. Decía, por ejemplo: “…y para escapar de las hordas Höonlt, que me perseguían desde que les robé el talismán Kinäardsul, construí un portal de teletransportación y viajé a mundos espectaculares, mundos nunca antes explorados, más allá de lo posible. En ellos contemplé antílopes de piel azul y tigres escupefuego…”. Asombrado, le pedía que me contara más, pero él me respondía: “Mañana, que ya es tarde”. Y cerrando el libro de cuentos, me arropaba, me daba un beso y me decía: “Duerme bien, sueña con algo bonito, buenas noches”. Todas las noches me dormía soñando con mundos increíbles…, y con unas tremendas ganas de aprender a leer.

Cuentos sin importancia 166-1-De pequeño, cada noche

2.

En un rincón perdido del bosque se dice que habita un monstruo; pero no es tal, son habladurías de gente asustadiza que desconoce la verdad.

Cuentos sin importancia 166-2-En un rincón perdido

3.

En ocasiones, una idea atraviesa mi mente, como atraviesa el espacio una estrella fugaz; tras su paso, sólo queda un reguero de diminutas huellas estelares, fragmentos dispersos de algo inconmensurable y maravilloso: esos fragmentos son lo único que logro alcanzar, y con ellos garabateo mis cuentos; por eso mis pequeños relatos guardan en su interior el germen de algo mayor.

Cuentos sin importancia 166-3-En ocasiones, una idea

4.

De reloj en reloj.

Siempre se había sentido fuera de lugar; de alguna manera siempre supo que la época en la que había nacido no era la suya, que él no encajaba ahí; por eso el joven construyó su máquina del tiempo: para saltar de reloj en reloj, buscando alcanzar su hogar, con la incontenible certeza de que en alguno de ellos encontraría su auténtico yo.

Cuentos sin importancia 166-4-De reloj en reloj

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi165) – Haiku (12).

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• (Csi165) – Haiku (12).

HAIKU (12): Dieciocho haikus y un senryu:
[Haiku]
199. Niebla de otoño que oculta una alameda; los sapos croan.
200. Niebla matinal con nubes blancas bajas; las aves trinan.
201. Árboles negros y grises aguas frías. Sol amarillo.
202. La fría escarcha entre flores descansa; el sol se eleva.
203. Las bajas nubes ocultan un tesoro; un bosque verde.
204. Niños jugando cazando mil insectos; el viento sopla.
205. Mira, una flor mecida por el viento. Alguien nos sigue.
206. Desde atalayas la luz del sol reluce; en tus pupilas.
207. El puente rojo sobre el río camina; del bosque nace.
208. El mar no ruge sino que desconcierta; encubre monstruos.
209. Bruma nocturna que una figura esboza; delicada flor.
210. Con las gallinas en un rincón del valle; entre hojas rojas.
211. Despunta el día y el templo se refleja; se rezan preces.
212. El cerezo en flor entre suaves aromas; con luna llena.
213. Por la vereda bajo cerezos en flor; comprando globos.
214. El jardín en flor custodia la terraza; bajo el gran árbol.
215. El río truena entre hojas de colores; las aves cantan.
216. Una ola surge en la tormenta, ruge; el espagueti.
[Senryu]
217. Sublime arpegio entre aroma de flores, notas etéreas.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 165-HAIKU12-Dieciocho haikus y un senryu

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• (Csi164) – Retazos (13).

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• (Csi164) – Retazos (13).

Tres ideas a partir de una imagen:

1.

Y ahora, entre las frías aguas del mar de la Desesperanza, el joven Adäar recuerda aliviado cómo logró escapar de la mazmorra del castillo, huyendo a través de los desagües, aprovechando un despiste de los carceleros. Sin embargo, aún queda la parte más complicada del plan: infiltrarse en la mansión privada del Sumo Emperador Oldorm, rescatar a su amiga Kasumi, y huir en el galeón aerostático personal del malvado sátrapa.

Cuentos sin importancia 164-1-Y ahora, entre las frías aguas

2.

El agua me llega al cuello; miro a mi alrededor, buscando una salida, y sólo veo agua, agua por todas partes; me ahogo. De repente aparece una tenebrosa mansión; antes no estaba ahí. Una fuerza invisible me empuja hacia ella; yo no quiero ir, pero no lo puedo evitar. Siento que me quiere engullir; quiero gritar pero no puedo. Entonces me despierto. Sudando; enredado entre las sábanas. Siempre que tengo un examen difícil sueño lo mismo.

Cuentos sin importancia 164-2-El agua me llega al cuello

3.

Y el joven piloto, tras escapar de las naves enemigas, logró hacer un aterrizaje forzoso en el mar de un pequeño planeta, pero cuando emergió a la superficie, comprendió que lo que desde el espacio sólo era un inofensivo planeta deshabitado clase Säaic, realmente era una amenaza de magnitudes siderales; porque no era sólo un planeta: contenía un portal transdimensional por el que pretendían entrar a nuestro universo el grueso de las tropas hostiles.

Cuentos sin importancia 164-3-Y el joven piloto

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi163) – El lobo y la rata.

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• (Csi163) – El lobo y la rata.

Recuerdo que, en una ocasión, sentado a la barra de un bar, mientras me tomaba una cerveza, escuché la conversación que mantenían dos personas en una mesa cercana. Parecía una conversación animada, pero cuando presté atención a lo que decían, me dije para mis adentros: “Esto no está bien”. Y no lo estaba porque lo que hacían era hablar mal de una tercera persona que, naturalmente, no estaba presente. Y, por lo que pude oír, lo curioso era que la estaban criticando porque, en el fondo, la envidiaban: envidiaban su elegancia, y por eso criticaban su forma de vestir; envidiaban su saber estar, su educación, y por eso censuraban su forma de ser; incluso envidiaban su humildad, su generosidad, su risa sincera, y por eso la vituperaban inmisericorde; es decir, la criticaban por todo aquello que era bueno en ella y que, seguramente, ellos nunca habían tenido.
Siempre que escucho a alguien censurar, sólo por pura envidia, a otra persona, por algo que tiene o por alguna circunstancia de su vida que le gustaría tener, me viene a la memoria esta fábula que me contaron de pequeño:

«En un recodo del bosque, junto al río, una rata vive en su madriguera. Todas las mañanas ve al gran lobo gris acercarse al agua a beber. La rata siente envidia del lobo, porque, sobre todo, no le conoce. El gran lobo es el jefe de la manada, y la manada manda en el bosque, y por eso le teme la rata; pero el gran lobo gris, este, al menos, es un buen jefe, y no permite que la manada se sobrepase, ni se comporte de manera excesivamente sanguinaria: sólo cazan lo necesario, y, a cambio, protegen a todos los animales de este recodo del bosque de otras fieras, estas sí realmente sanguinarias, de otros lugares que puedan invadir sus dominios y amenazarles. Pero la rata no es capaz de comprenderlo. Para ella, el lobo sólo puede ser malo y sanguinario, es lo que siempre le ha oído decir a su familia. Y por eso, piensa que tiene derecho a juzgarle: yo soy mejor que él, se dice, y no se merece otra cosa más que mi desprecio, sentencia la rata. Así que, cuando el lobo no está cerca, la rata se dedica a hablar mal de él al resto de los animales: murmura mal de él, dice calumnias, se inventa historias falsas para desprestigiarle, y en fin, hace todo lo que puede para vituperarle, porque, en el fondo, le envidia, y sólo puede hacer eso como desahogo a su ruindad.
Por su parte, el lobo, que conoce la mezquindad de la rata, la deja hacer; no le importa lo que pueda decir. Algunos jóvenes impulsivos en la manada, le instan a que acabe con ella de una vez por todas, el gran lobo gris les responde:
―¡Dejadlo!, no merece la pena ni molestarse por un bocado tan pequeño. No ofende el que quiere, sino el que puede, y esta no puede. Algún día ella misma encontrará su perdición.
Hasta que un día la rata se pasó de la raya, y fue tal la injuria que contó sobre el lobo que cuando llegó a oídos de éste, exclamó:
―¡Hasta aquí hemos llegado!
A la mañana siguiente, después de beber agua como todos los días, el gran lobo gris se acercó a la madriguera. La rata, al verle venir, tembló de miedo y corrió a esconderse en la profundidad de su refugio.
―¡Oye, rata! –le rugió el lobo- quiero hablar contigo.
―¿Qué quieres? – le respondió la rata, con la voz temblorosa.
―¡Sal, que te vea!; tranquilo…, por esta vez no te haré daño.
Y la rata asomó la cabeza por la madriguera, amedrentada.
―Sé –le dijo el lobo en tono amenazante– que difundes mentiras sobre mí a los demás animales del bosque; y nunca te he dicho nada, tú lo sabes; pero la última injuria que ha llegado a mis oídos ha sobrepasado mi paciencia, y no pienso permitir que sigas con tus infamias. Todos me consideran un jefe justo, así que, aunque en principio se me pasó por la mente matarte, he decidido expulsarte del bosque. ¡Vete, vete lejos!, que no vuelva a verte por aquí.
El lobo se disponía a marcharse, pero se detuvo:
―¡Ah!, y permíteme un consejo –le dijo con fiera ironía– que no me entere que te vuelves a inventar calumnias, ni sobre mí, ni sobre nadie, ¡vale!, no sea que llegue un día en el que te topes con alguien que te obligue a probar de tu propia medicina, añadió con media sonrisa. Entonces comprenderás lo injusto que has sido conmigo; porque, además, si lo haces, me enteraré, y te encontraré, estés donde estés, y ese día no seré tan magnánimo contigo, ¡te lo aseguro! –le dijo, mientras le mostraba sus impresionantes colmillos.
La rata, sin perder un segundo, salió corriendo de su madriguera sin cesar de darle las gracias al lobo. Y no se le volvió a ver nunca por ese recodo del bosque.»

Y al escuchar cómo criticaban esas dos personas en el bar, pensé con ironía:
―Estos son las ratas; confío que el lobo gris sea tan magnánimo como en la fábula.
Y cuando me levanté de la silla y me dispuse a salir del bar, me acerqué a la mesa y les dije:
―Perdonen que me meta donde no me llaman, pero espero por su bien que nunca tengan la oportunidad de saborear su propia medicina.
Me miraron muy ofendidos, y me dijeron no sé qué, pero yo ya no les hice caso, mientras salía satisfecho por la puerta del bar.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Cuentos sin importancia 163-El lobo y la rata

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• (Csi162) – Más allá de lo posible.

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• (Csi162) – Más allá de lo posible.

Eran las cinco de la mañana; dos hombre salen corriendo del Museo Naval, y uno de ellos lleva una gran bolsa negra, de las deportivas; tienen el rostro tapado por un pasamontañas y visten totalmente de negro. Un tercer hombre les espera dentro de una camioneta, a la vuelta de la esquina. Uno de los guardias de seguridad del museo, a pesar del dardo anestésico que le habían disparado los ladrones, logra activar la alarma silenciosa que avisa a la policía. El coche con los tres ladrones arranca huyendo a toda velocidad, y logran llegar al puerto marítimo donde les espera un cuarto hombre en una lancha motora con el motor encendido; la lancha arranca y huye en dirección a mar abierto. Sin embargo, la policía marítima les ha localizado y les persigue de cerca. Los ladrones, ante la presencia de la policía, tiran al mar la bolsa de deporte para deshacerse del botín; saben las coordenadas del lugar donde lo han tirado, y tienen la idea de volver otro día a recogerlo. La lancha motora desaparece entre la niebla matinal.
A la mañana siguiente, Jaime, un joven pescador local, regresa al puerto después de una dura jornada nocturna de pesca; aún lleva las redes submarinas extendidas. Con la intención de pescar algo de camino a su casa, que está a orillas del mar, siempre apura la pesca hasta que está muy cerca de ella. Sin embargo, al recoger las redes, observa incrédulo a una joven mujer enredada entre ellas; parece inerte y está desnuda. Rápidamente, el pescador para el motor y saca a la joven de entre los peces de las redes. La joven aún vive; sólo está desmayada y tiene algunas heridas en la cabeza y el cuerpo. Con el botiquín de emergencias, el pescador cura las heridas de la joven y la viste con uno de sus monos de faena. Jaime duda de si llevar a la desconocida directamente al centro de salud, pero dado que está a las puertas de su casa, decide entrar con ella y avisar desde allí. Jaime la levanta en brazos, la introduce en su casa y la acuesta en el sofá del salón. Es entonces cuando se percata realmente del aspecto de la muchacha: tiene el pelo largo, de un sorprendente color fuegomarino, y su piel es muy suave, de un tono casi translúcido, casi parecido al de las medusas. Sin embargo, lo más extraño es que tiene las manos y los pies palmeados, con una fina membrana que une los dedos, como si llevara unas aletas para nadar mejor. En eso, la chica se despierta y, asustada, emite un agudo chillido inaudible, aunque la onda sonora rompe un espejo que hay en la pared del salón. Durante unos segundos, Jaime queda en estado de shock, con los oídos taponados por el insólito grito de la joven, que, con los ojos muy abiertos observa todo con ansiedad, como preguntándose dónde está. La chica tiene unos insólitos y preciosos ojos azules, completamente azules, incluyendo todo el globo ocular; Jaime no sale de su asombro.
―¡Tranquila, tranquila! –la intenta calmar– No pasa anda, no te voy a hacer daño.
Sin embargo, la muchacha no para de gritar; se tira al suelo intimidada por el entorno y se acurruca en un rincón, tapándose con la manta que le había puesto Jaime por encima. La joven, agotada por la conmoción, se vuelve a desmayar. Jaime la lleva a la cama y la acuesta, mientras él vuelve al salón. Aún sin saber muy bien qué hacer, enciende la televisión, con intención de aclarar sus ideas; están poniendo las noticias, y dicen que esa noche han robado un valioso tesoro en el Museo Naval: un botín de monedas antiguas de oro y plata y piedras preciosas, valorado en unos tres millones de euros; dan una recompensa a quién aporte cualquier pista sobre el paradero del tesoro o de los ladrones. Jaime se asoma a la habitación y observa a la joven que duerme inquieta. El pescador se pregunta intrigado quién será y cómo ha podido llegar a enredarse entre sus redes; es posible que estuviera haciendo submarinismo, pero en ese caso hubiera estado vestida, a menos que proviniera de la playa nudista del otro lado de la bahía, aunque le extrañaba. ¿Y esas manos y pies con membranas?… era la primera vez que veía algo igual. Si no fuera una locura, pensaría que es una sirena; jajaja –se ríe– ¡pero eso es una idiotez! –se dice mirándose al espejo roto. Aprovechando que la joven duerme, Jaime se acerca al centro comercial y compra algo para comer y algo de ropa para ella. Cuando regresa, ve a la chica, despierta, sentada frente a la televisión. Jaime entra despacio en casa.
―¡Hola…! – le saluda,… le susurra.
La muchacha le mira con reserva. Ya no grita, no parece asustada.
―¿Tuyo? – le pregunta la joven, señalando la ropa que lleva puesta.
―Si, ¿te gusta? – le responde Jaime – Por cierto… ¿Quién eres?, ¿dónde vives?, ¿cómo te llamas?…
Entonces, la misteriosa muchacha le cuenta a Jaime una historia de lo más asombrosa, con una naturalidad desconcertante: Ella es una sirena. Vive con su pueblo en lo más profundo del mar abierto, en cuevas submarinas, más allá de lo posible. Anoche, mientras perseguía a unos peces, se alejó de su familia más de lo que nunca había estado. Cuando se dio cuenta, se dispuso a regresar y entonces vio caer desde lo alto un objeto extraño: una gran bolsa negra. Por la novedad del objeto, estuvo jugando con ella durante un rato, mientras ascendía a la superficie más de lo que su familia le hubiera permitido. Ella sabía que el mundo humano era peligroso, por eso vivían ocultos en las profundidades marinas. Fue entonces cuando fue capturada por las redes de Jaime.
―Mi nombre no es pronunciable por vosotros; puedes llamarme Inäa –le explicó.
―Ina –dijo Jaime.
―Inäa –le corrigió ella, acentuando una leve cadencia, que a Jaime le sonó similar al que emiten las ballenas.
―Inäa… ¿y sabes hablar como nosotros? –logró preguntarle Jaime, aún bajo el efecto del desconcierto más atroz.
―Es fácil –respondió sonriendo.
¡Una sirena!… Jaime no podía dar crédito. Pero lo cierto es que, si eludía lo asombroso del asunto, era la opción más lógica, y, aun así, era increíble, inverosímil, inconcebible.
―¡Pero…, eso no puede ser cierto!… ¡las sirenas no existen!…
―Pues, aquí estoy… –le dijo Inäa con un tono irónico; y le enseñó las manos; y se acercó para que tocara su piel; y le enseñó sus finos y afilados dientes; y le habló en idioma sirena, aunque esta vez a un tono más suave para no romper ningún cristal de la casa; y le enseñó sus branquias, aunque le aclaró que también podía respirar fuera del agua, como era evidente; y le mostró su aleta dorsal…
Jaime seguía sin creérselo, aunque era evidente que Inäa no era humana.
―Ahora debo marcharme –dijo Inäa– mi familia estará buscándome. Te doy las gracias por salvarme; pero ahora debo irme.
Sin que el joven pescador pudiera impedirlo, debido al shock, Inäa salió de casa, y se zambulló en el mar, mientras Jaime la veía desde la puerta. Antes de desaparecer, Inäa sacó la cabeza del agua y le dijo:
―Espera, tengo algo para ti.
Inäa se hundió y durante unos momentos Jaime esperó. Al rato, la sirena regresó con una gran bolsa negra en las manos.
―Es la bolsa que cayó anoche desde la superficie; creo que es el tesoro que robaron en el museo; así podrás reclamar la recompensa. Dentro hay también un regalo mío.
Entonces la sirena desapareció bajo el agua y Jaime permaneció inmóvil, mirando desde la puerta de su casa, durante varios minutos. Cuando abrió la bolsa negra, vio las monedas antiguas de oro y plata y las piedras preciosas en varias bolsas de plástico, herméticamente cerradas. Además había una gran caracola marina; preciosa. Ese mismo día, entregó la bolsa negra, con todo el botín, a la policía; recibió la recompensa, que le sirvió para comprar un barco nuevo, y, a los pocos días, los ladrones fueron detenidos.

Epílogo.

Esta es la historia que me contaba mi abuelo cuando yo era joven, y nunca he dudado de su veracidad; mi abuelo no es de los que mienten. Como prueba de ello, mi abuelo guardó los recortes de prensa relativos al atraco del Museo Naval, en los que se narra que, gracias al generoso gesto de un joven pescador, mi abuelo, que entregó el botín a la policía, tras encontrarlo una mañana por casualidad enredado entre las redes y aparejos del barco tras una jornada nocturna de pesca, se consiguió el posterior arresto de los responsables. Tengo también, en una de las estanterías del salón de casa, la preciosa caracola marina gigante. Respecto al asunto de la sirena, mi abuelo no le contó nada a nadie, ni siquiera a la policía, pues, evidentemente, nadie le creería, como me explicó una tarde. Sin embargo, lo escribió todo en su diario, que es lo que me leía cuando le pedía que me contara alguna de las historias que había vivido de joven. Una noche, cuando yo ya era más mayor, y capaz de entender los misterios de la vida, como decía él, me dijo que, aunque me había contado la verdad, no me lo había contado todo, y me entregó su diario para que fuera yo mismo quien lo leyera: Lo que nunca había contado a nadie era que, Inäa, antes de desaparecer bajo el agua, le dijo a mi abuelo que si algún día necesitaba su ayuda, sólo tenía que hacer sonar la caracola bajo el agua, y ella regresaría. Cuando le pregunté a mi abuelo si alguna vez lo había hecho, me miró con una sonrisa enigmática y me respondió:
―Si, sólo una vez.
Desde entonces, cuando miro la caracola, me pregunto qué debió suceder para que mi abuelo tuviera que hacerla sonar, y también qué sucedió después; pero mi abuelo no me lo ha contado… aún.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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