• (Csi99) – Aprendices de brujo.

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• (Csi99) – Aprendices de brujo.

Hace 1000 años la humanidad estaba en franca decadencia: las guerras se sucedían una tras otra, la pobreza y el hambre diezmaban la sociedad, mientras que los grandes centros urbanos exhibían lujo y despilfarro. Ante esta situación, los líderes políticos y económicos fueron a pedirle consejo al anciano sabio.
– ¿Qué podemos hacer? –le preguntaron.
El anciano les miró a los ojos y les dijo:
– ¿Queréis salvar al mundo?…, escuchadme.
Poco más de una hora después, los líderes se marchaban ofendidos, escandalizados por las palabras del anciano: ¡Esto es inadmisible!, decían algunos; ¿para esto hemos venido?, ¿quién se habrá creído éste que es?, exclamaban otros; algunos guardaban silencio, decepcionados. Ofuscados, y ciegos de soberbia, ordenaron la deportación del sabio y de todos los seguidores de su misma fe –unos 70000, entre niños, mujeres y hombres– a un pequeño planeta, más allá de la constelación de Orión; el único cuya habitabilidad había sido confirmada tiempo atrás, cuando la humanidad aún vivía en paz.
– ¿Fue entonces cuando vinimos a vivir aquí, profesora? –preguntó una joven de ojos claros y piel morena.
– Efectivamente, Susana; fue entonces cuando nuestros antepasados llegaron a Nueva Tierra –la contestó.
– ¿Y qué es de los habitantes de la Tierra? –preguntó un chico de pelo negro y rasgos asiáticos.
– No lo sabemos con exactitud, pero los niveles de radioactividad que detectan nuestros satélites no nos permiten ser optimistas. Sabemos que, desde nuestra expulsión, las guerras se intensificaron… y mucho. Desde hace varios años, sin embargo, la Tierra está en silencio…, demasiado silencio. Es posible que los que sobrevivieron, si alguno pudo hacerlo, estén ocultos bajo tierra, esperando a que la superficie vuelva a ser habitable.
– ¿Entonces, no podemos volver aún? –le preguntó una chica de rasgos aborígenes australianos.
– No, aún no…, y es posible que no podamos hacerlo nunca, además, aun pudiéndolo hacer, no sabemos si seríamos bien recibidos. –respondió la maestra.
– Profesora, ¿y qué les respondió el anciano sabio a los líderes de la Tierra? –preguntó otra chica.
La maestra se acercó a la estantería, cogió un libro y regresó a su mesa. Durante unos segundos se hizo el silencio en la clase; la mirada de todos los alumnos fija y expectante, mientras la profesora buscaba el pasaje.
– Aquí está, escuchad –les dijo, y empezó a leer:
«La situación que vivimos es grave y muy peligrosa, sin duda, pero habéis venido a preguntarme qué hacer, y eso me hace comprender que no todo está perdido. Aún hay esperanza. ¿Queréis salvar al mundo?…, pues escuchadme: vivimos entre continuas guerras, hay pobreza y hambre y, sin embargo, los ricos exhiben opulencia y lujo, ¿por qué?… Porque no hemos aprendido a amar; amar de verdad, de corazón, con el alma. La gente, la mayoría, al menos, confunde amor con sexo, confunde compartir con acaparar, generosidad con egoísmo. Nos creemos muy inteligentes porque hemos inventado el cañón de protones o el generador de plasma… ¡pero los usamos para matar! ¿De qué nos sirven todos los descubrimientos e inventos fantásticos que tenemos si no los utilizamos para hacer el bien? ¿Queréis salvar al mundo?… pues cambiad vuestro corazón. ¡Id a la raíz del problema! ¿Queréis paz?, ¡pues trabajad por ella, pero de verdad!, ¡no hagáis guerras! ¿Queréis que desaparezca la pobreza?… pues sed generosos, ¡misericordiosos! ¿Queréis que la gente no pase hambre?… ¡pues compartid!, ¡aprended a ser pobres de espíritu!, ¡humildes!, ¡sed justos!, ¡limpios de corazón! No seáis hipócritas. Habéis venido a verme esperando, quizás, que os daría una varita mágica con la que hacer realidad vuestros deseos de forma inmediata, sin esfuerzo, y os equivocáis: no existe ninguna varita mágica. La paz comienza en nuestro interior; cuando realmente somos conscientes de que no hay caminos intermedios ni atajos, de que todo lo que no genera paz, produce guerra y caos, y el caos es destrucción y muerte… Vuestro problema es que os creéis como Dios, sin comprender que solo sois pequeños aprendices de brujo.»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi98) – Retazos (8): Piratas, glaciación y vampiros.

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¡Desde luego hoy no es mi día!… ¿Qué cómo he llegado a esta situación?… Pues es algo difícil de creer, veréis: Esta mañana he inventado la máquina del tiempo y no se me ocurre mejor idea que viajar a la época de los piratas; aparezco en medio de la cubierta de un galeón y los muy salvajes se creen que soy alguna deidad sumeria o algo similar, y, claro, me exigen que les consiga un montón de oro y piedras preciosas; y yo que les aseguro que no soy ningún dios, y ellos que no me creen, claro; y ellos que se cabrean y me amenazan con tirarme al mar atado a un ancla, y yo que les suplico que no lo hagan; y ellos que, hartos de mis ruegos y lloriqueos me atan un ancla al tobillo y me tiran al mar…, y se van y me dejan aquí, con el agua al cuello…, menos mal que, al menos, hay poca profundidad, aunque no sé si saldré de esta porque el tiburón que se está acercando no parece que tenga muy buenas intenciones… ¡socorro!… ¿hay alguien navegando por aquí?… ¡socorro!…cuentos-sin-importancia-98-desde-luego-hoy-no-es-mi-dia

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Los científicos aseguraban que la tan temida glaciación nunca volvería a producirse; sin embargo, a partir de mayo del 2031 se produjo la hecatombe: la temperatura cayó hasta alcanzar varios grados bajo cero en todo el planeta. No obstante, no fue debido al llamado efecto invernadero, como se pronosticaba desde hacía tiempo, sino que el culpable fue el Sol: las dos ondas electromagnéticas que fluctúan entre el norte y el sur de nuestra joven estrella se desincronizaron, alcanzando picos opuestos y anulándose entre sí; ello provocó la reducción de la actividad solar en un 60% y, por tanto, una bajada drástica de la temperatura. Nadie sabe realmente por qué sucedió; se sospecha del influjo de algún desajuste del continuo espacio-tiempo, aunque todo son conjeturas. Eso fue hace ya tres años; desde entonces la temperatura no ha aumentado y la población ha disminuido de forma alarmante en toda la Tierra debido al intenso frío: en las zonas boscosas, por ejemplo, los lobos y demás fieras salvajes se han quedado sin nada que comer y merodean por las heladas ciudades cercanas, buscando comida…, acechando: incluso, las personas que aún sobreviven a duras penas, se ven en la angustiosa situación de matar o ser matados; aún no se ha llegado al canibalismo, pero, de seguir la cosa como hasta ahora…cuentos-sin-importancia-98-los-cientificos-aseguraban

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Viví por el mundo buscando mi lugar; padecí en infinidad de trabajos sin sentirme nunca satisfecho. No sé si fue por mi siniestra personalidad, o por mi tenebrosa apariencia física. En cualquier caso, cuando me manifestaba en todo mi aterrador esplendor, fui amenazado, perseguido, incluso maltratado por la multitud sedienta de odio hacia mí: incluso sabían cómo matarme ¡pérfidos asesinos! Al principio me defendía, pero descubrí que eso empeoraba mi situación; de pequeño mi familia me enseñó a luchar en la vida, pero, sobre todo, me enseñó a sobrevivir. Cuando crecí, mi padre me dijo: Ha llegado el momento de que explores el mundo y busques tu lugar; libera tu ansiedad tal como tu madre y yo te lo hemos enseñado. Mientras, intento no ser descubierto; solo salgo de noche para comer. Recuerdo con cariño nuestra hermosa casa familiar; mi padre jugaba conmigo por sus angostos pasillos, por las lúgubres habitaciones; me escondía en el tétrico sótano mientras mis hermanos y hermanas me acechaban: desde mi escondite oía sus alaridos y risas perversas. Desde que estoy fuera, echo de menos a mi familia, donde crecí, donde aprendí a volar, a matar, a chupar la sangre con eficacia. Por eso he decidido volver a casa: el único lugar donde me siento un vampiro de verdad.cuentos-sin-importancia-98-vivi-por-el-mundo

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi97) – Retazos (7): Primera cita y bodas de oro.

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• Nuestra primera cita.

Fue en aquel café, de aquella plaza perdida entre callejuelas recónditas, donde por primera vez te vi. Tú, sentada en un rincón, leyendo; yo, que venía de la barra, con el café recién servido en las manos. Mi corazón se sobresaltó, mis manos temblaron, mi pie se enredó con algo y trastabillé: derramé mi café sobre tu falda; yo me caí sobre ti y nos dimos de bruces con el suelo. Tú me gritaste; yo te pedí perdón. Nos levantamos como pudimos mientras lamentabas el estado en que había quedado tu falda nueva; saqué un pañuelo de tela del bolsillo y te lo ofrecí: ¡Déjeme que la ayude a limpiarlo!, te dije nervioso, a modo de disculpa. Tú estabas furiosa pero, al verme así, con el pañuelo en las manos, empezaste a reír; yo te miré turbado y, al verte reír, me reí yo también. Ese fue nuestro accidentado comienzo; cinco minutos después te invité a un café y tú aceptaste. Nunca había sido tan feliz. De eso hace ya casi media vida, y te sigo queriendo igual que entonces. Te aseguro que nunca me supo mejor un café como aquél que compartimos juntos.

• AUDIO:
Este relato, “Nuestra primera cita”, fue leído por el actor don José Francisco Díaz-Salado [@LaVozS], en su programa de radio “La Voz Silenciosa”. Podéis escuchadlo en:
http://www.ivoox.com/11113808

cuentos-sin-importancia-97-fue-en-aquel-cafe

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Ayer encontré, entre los papeles de mi abuelo que estaban en el desván, este manuscrito suyo dirigido a mi abuela. Mi padre me ha dicho que lo leyó cuando celebraron sus bodas de oro; ¡qué felicidad!
“Hace 50 años te declaré mi amor eterno; hace 50 años me dijiste sí quiero. Me enamoré de ti desde el primer momento que te vi, por tu forma de ser; tus ojos, ese pelo tuyo azul fuego. Desde entonces has sido mi esposa, mi compañera, mi amante, mi inseparable aliada; desde entonces he sido tu esposo tu compañero, tu amante, tu inseparable aliado. Fuiste, eres y serás el aire que respiro; el agua que bebo. Contigo vivo; sin ti moriré. Te quise, te quiero, te querré por siempre. Mi amor. Mi vida. Mi todo.”cuentos-sin-importancia-97-declaracion-boda-de-oro

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi96) – Retazos (6): Nave espacial y Frankenstein.

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La aventura comienza.

La nave espacial despega rumbo a lo desconocido. La humanidad por fin ha conseguido alcanzar el nivel tecnológico capaz de emprender, con absoluta garantía de éxito, la mayor aventura jamás concebida: explorar el universo en busca de vida, de otros planetas habitables y, quién sabe, de otras especies inteligentes. La tripulación mira por una de las ventanas y contempla la Tierra; vista desde la nave, emana una aureola de belleza y seguridad inigualable. La aventura comienza.cuentos-sin-importancia-96-la-nave-espacial-despega-rumbo-a-lo-desconocido

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El doctor Frankenstein quiso construir una persona y poder desentrañar, así, nuestra misteriosa alma, mas no ve alma alguna en el ser que ha creado, sólo ve al monstruo; por eso huye de él. El monstruo, sin embargo, sí tiene alma y sentimientos; solo quiere ser aceptado por los demás, pero cuando constata el rechazo de las personas que encuentra por su camino se revela y clama venganza. ¿Por qué juzgamos a los demás tan a la ligera? ¿Por qué perdemos la calma con tanta facilidad y nos dejamos llevar por nuestra rabia, sin pensar dos veces lo que decimos y hacemos, antes de actuar? Quizás porque nuestra alma es así, no lo sé.cuentos-sin-importancia-96-frankenstein

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi95) – El visitante.

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• (Csi95) – El visitante.

El visitante viaja buscando vida; viaja despacio, a la velocidad de la luz. Lleva recorridas muchas galaxias desde su salida, hace ya millones de ciclos, según su reloj interno. Sus creadores le dijeron: busca señales de vida, clasifícalas; infórmanos de todas sus peculiaridades, avísanos en caso de alarma o peligro; si encuentras vida inteligente observa pero no interactúes con ella. La vida es algo escasa y extremadamente valiosa; en todo este tiempo el visitante no ha detectado demasiados sistemas que tuvieran vida y, menos aún, que fuera inteligente, al menos según sus patrones estándar. El viajero se dispone a visitar el último sistema solar de la galaxia antes de dar el salto a la galaxia siguiente. Es un sistema pequeño: solo una estrella joven rodeada por 9 planetas. Dada su gran experiencia, lograda a lo largo de toda su existencia como explorador espacial, el visitante analiza y descarta rápidamente los planetas que no pueden acoger vida: sabe que solo planetas con una serie de características muy determinadas son los únicos candidatos a albergar vida, y más aún, vida inteligente. En este caso, el tercer planeta parece un buen candidato: tamaño adecuado, situado a la distancia apropiada de la estrella más cercana, a la que circunda para recibir su calor y radiación, con atmósfera protectora y, sobre todo, con agua, según se desprende de los primeros escáneres que el viajero realiza sobre el planeta azul. El visitante desacelera y se coloca en órbita próxima al planeta. Su primera impresión fue acertada; efectivamente, el planeta alberga vida y en abundancia. Es más, en el planeta habita vida inteligente, dado los niveles de radiación, no natural, que el planeta desprende. Además, el visitante ha detectado dispositivos electrónicos en órbita: los habitantes del planeta disponen de la inteligencia suficiente para poder manejar satélites artificiales. El viajero detecta que dichos satélites le han localizado, pero mantiene su posición y continúa con sus análisis. Durante semanas, el visitante recoge toda la información a su alcance sobre el planeta y la vida inteligente que él hospeda, incluyendo la capacidad de ésta para crear bombas, aun nucleares, y su ilógica determinación para usar dicho armamento en guerras sin sentido e incluso para autodestruirse; hasta que el viajero detecta que una nave despega del planeta en dirección suya: los seres inteligentes envían algún tipo de artefacto con intención de estudiarle o, incluso, de atacarle. Cuando la nave robot se coloca cerca del visitante, éste, consciente de las indicaciones de sus creadores, reactiva sus sistemas y pone rumbo a la siguiente galaxia: su misión aquí ha concluido. Sin embargo, mientras se aleja del sistema solar, el visitante, lanza un mensaje de aviso a su planeta de origen: «Detectado planeta con vida cuasi inteligente, clase Nysr-673. Coordenadas 176287.299876.65765.254654. Precaución, especie altamente violenta, aún en los primeros estadios de la evolución. Disponen de armamento altamente peligroso, nivel Täsld-765, y síntomas evidentes de locura, nivel Tëes-192. Aún hacen guerras. Recomiendo mantenerles en observación y en asilamiento hasta comprobar evolución. Hasta entonces, aconsejo no introducirles en el canon de las especies inteligentes.»
Mientras, los seres cuasi inteligentes del pequeño planeta azul, observan perplejos al extraño asteroide reanudar su marcha hacia el espacio profundo y se preguntan, sin comprender, qué es lo que acaban de ver…; y por eso es por lo que el visitante viaja camuflado como asteroide, para que el que lo ve no detecte su insondable complejidad, su inaccesible perfección, su esencia.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi94) – El espanto vive abajo.

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• (Csi94) – El espanto vive abajo.

Tras el accidente, papá cambió, cambió mucho…, hasta convertirse en… eso. Era un buen padre y yo le quería; antes trabajaba de astrofísico en la universidad, como experto en teoría de cuerdas y campos adimensionales. Era muy inteligente, pero no pudo soportar la muerte de mamá. Dejó de ir al trabajo y se pasaba día y noche en el espacioso sótano de nuestra casa…, bueno, realmente eran unas cuevas de granito que se encontraron bajo la casa y que teníamos preparadas como bunker anti-tornados, incluso anti-nuclear, con puerta acorazada incluida; nuestra gran casa había pertenecido a mi familia desde hacía siglos. En otras ocasiones ya había trabajado en el sótano, donde tenía un completo equipo científico de última generación, sin embargo ahora era muy distinto…, era aterrador. Cuando me lo encontraba por las escaleras me decía, con esa nueva mirada descolocada que asustaba:
– ¡No te preocupes!…, mamá volverá, ¡ya verás!
Yo intentaba que entendiera que mamá estaba muerta, pero él no comprendía. Poco a poco se fue encerrando más en sí mismo; ya casi ni subía al comedor a comer. Yo le bajaba la comida al sótano y se la dejaba a la puerta. Cuando le preguntaba qué hacía, me decía, a regañadientes:
– Cosas, hijo, cosas…, para que venga mamá con nosotros; no te preocupes.
En un par de ocasiones, cuando abrió la puerta para coger la comida, pude ver el interior del sótano: estaba repleto de extraños aparatos, grandes antenas, misteriosas fórmulas y cientos de gráficos pintados en el suelo y las paredes, con formas de estrellas y círculos concéntricos con caracteres raros. Cada vez me costaba más bajar al sótano, pues cada vez me asustaba más papá. Una mañana, en una de sus escasas salidas del sótano, mi padre desmontó el sistema eléctrico de casi toda la casa: toda excepto mi cuarto y la cocina. Me dijo que necesitaba desviar toda la energía al sótano, aunque no me quiso explicar porqué. Así que, de noche, la casa estaba a oscuras. Era evidente que mi padre estaba perdiendo la cordura. Yo seguía queriéndole mucho, y por eso no llamé al médico, ni a la policía: en mi inconsciencia supuse que mi padre mejoraría con el tiempo: solo debía tener paciencia con él y darle cariño, pensaba. Sin embargo todo empeoró, y mucho. Hace dos días, creo, a medianoche, oí un gran ruido procedente del sótano, como el alarido agónico de una bestia salvaje. Con mi linterna bajé despacio, asustado:
– ¡Hola!… ¿papá?… ¿estás bien?… ¿papá?… ¿qué ha sido ese ruido?… ¡hola!…
La puerta del sótano no estaba cerrada. Algo no marcha nada bien, pensé. La abrí con mucho cuidado y entonces lo que vi me heló la sangre. Mi padre había logrado establecer un portal adimensional a otro espacio, y por él estaba descendiendo un horroroso monstruo. Mientras permanecía escondido tras la puerta, angustiado, sin poder moverme, observé cómo ese engendro entraba en el sótano y cómo mi padre le llamaba:
– ¡Ven, ven!… ¡aquí estoy!… ¡ven a mí!… ¡tú serás mi puerta de entrada!… ¡tú me ayudarás a traerla con nosotros de nuevo!
Entonces comprendí lo que mi padre pretendía: él quería contactar con el más allá para traerse a mamá, pero contactó con otra dimensión; y lo más espantoso fue que por ese portal descendió un ser monstruoso, y mi padre seguía pensando que hacía lo correcto para lograr que mamá regresara con nosotros. La brecha espacio-tiempo se había abierto y el espanto se deslizaba con movimientos ágiles, raudos, veloces y enérgicos… acechando. Durante millones de eones, el espanto había vivido en el universo adimensional, pero la nigromancia que mi padre utilizó equivocadamente para abrir la brecha provocó una alteración del frágil equilibrio entre ambos infinitos, y el engendro cósmico, bestia furiosa, rabiosa, enajenada…, atacó a todo lo que encontraba en su desesperada inspección con pretensiones apocalípticas. Ante el pavoroso espectáculo que se desplegó en el sótano, mi padre recobró la lucidez. Consiguió apagar su generador de plasma adimensional y con ello la brecha espacio-tiempo se fue cerrando, aspirando al espanto. Sin embargo, antes de desaparecer, el monstruoso engendro se revolvió y le mordió. A los pocos segundos el veneno del monstruo produjo un efecto espantoso: papá comenzó una transmutación genética horrorosa, espantosa, hasta que se convirtió en… eso. No pude aguantar más, cerré la puerta acorazada con llave y contraseña y subí corriendo las escaleras, a oscuras, llorando de terror. Desde entonces, siento sus terribles golpes al embestir las paredes del sótano, intentado escapar; oigo sus alaridos de pavor en el sótano: mi padre ya no es humano, no sé lo que es, pero humano ya no, aunque creo que, en ocasiones, aún es casi consciente de su estado; en lo que se ha convertido. Los días me los paso llorando de miedo y desesperación en mi habitación, en el desván; lo más distante posible del horror. Ya no puedo más, por eso acabo de llamar a la policía y les he contado todo; yo no soy capaz de matarle. No he vuelto a bajar al sótano, no puedo; el espanto vive abajo.

N. del A.:
• Relato publicado en la revista digital Penumbria, nº30, pags.25-27:
http://www.penumbria.mx/30-treinta/

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi93) – La guerra ha comenzado.

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• (Csi93) – La guerra ha comenzado.

«Os contaré un cuento: En el interior de un frondoso nogal han hecho su madriguera una pareja de pequeñas ardillas rojas. Todas las mañanas, muy temprano, salen de su agujero, olisquean el aire húmedo y bajan corriendo por el tronco; con sus manitas nerviosas, mojadas por el rocío, se acicalan y, rápidas como el rayo, recorren los alrededores en busca de semillas y frutos variados que, inmediatamente, introducen en su humilde despensa del árbol.
Sin embargo, una mañana observan complacidas que el árbol está empezando a dar fruto; en algunas ramas las nueces están creciendo: las ardillas ya no tendrán que abandonar su refugio para ir a buscar comida; el árbol se ha convertido en refugio y fuente de alimentos. Durante los siguientes días las ardillas recogen las nueces más apetitosas, aunque aún sean todas muy pequeñas. Yo las observo con simpatía y pienso: qué felices se las ve, compartiendo la comida y ayudándose mutuamente…
Pero, ¡qué distraído soy!, disculpadme, no me he presentado: soy el frondoso árbol donde viven mis dos pequeñas amigas. Por donde iba… ¡ah! ya sé…, se ayudaban mutuamente…, no obstante, según pasaba el tiempo, observé preocupado que el comportamiento de las ardillas iba cambiando… a peor: el tamaño de las nueces fue aumentando, como es lógico, según iban madurando, y las ardillas empezaban a pelearse, cada vez más fieramente, por quedarse con la nuez más grande. Cuanto más grande era la nuez, más cruenta era la batalla entre ellas: realmente se habían declarado la guerra.
Una mañana no pude aguantar más y las regañé:
– ¿Es que no sabéis comportaros amistosamente? –exclamé. Las dos ardillas se quedaron petrificadas –¿Es que no comprendéis que pelearos no es la solución?
– ¡Es que siempre me quiere quitar las nueces más grandes y sabrosas! –exclamó una de las ardillas.
– ¡Eso no es cierto! Es ella la que quiere quitarme las nueces más grandes y sabrosas –exclamó la otra.
– Lo único que veo es que os estáis peleando por una nuez, y mientras tanto las otras ardillas se están quedando con todas las demás. ¡Debéis ser más listas!
Las ardillas se quedaron calladas mirándose una a la otra.
– Creo que tienes razón, no habíamos caído en ello –se disculparon.
– ¡Pues claro que tengo razón! Mis ramas producen suficientes nueces para las dos; no es necesario que os peleéis por ellas, además, si trabajáis juntas podréis recoger mayor cantidad que si os estáis peleando continuamente.
– ¡Tienes razón! –dijeron las ardillas.
Y desde ese día, las dos ardillas rojas dejaron de pelearse y se ayudaban mutuamente. Juntas recogieron más nueces que nunca, consiguieron llenar su despensa de comida y tuvieron de sobra para comer durante todo el invierno siguiente; incluso les sobró para compartir con otras ardillas del bosque, y fueron felices y vivieron en paz, y yo me alegré mucho por ellas y por mí también, porque sus peleas me producían dolor de cabeza.»
– Bien, Clara, ya puedes sentarte; has leído muy ben el cuento –le dijo la profesora a una preciosa niña de ojos azules y pelo negro que se sentó, sonriente, en su pupitre de la tercera fila de la clase– y, ahora, ¿alguno sabría decirme una moraleja de este cuento?
Tras un momento de indecisión, un niño levantó la mano.
– ¿Sí, Francisco? –le preguntó la maestra.
– Que todos debemos ayudarnos entre nosotros y, de esa manera, viviremos felices y en paz y que la guerra no soluciona ningún problema.
– ¡Correcto! –le dijo la profesora– muy bien…, vale, podéis salir al recreo…, despacio ¡eh!
La maestra los vio salir de clase y cómo jugaban; también observó, complacida, cómo algunos compartían el bocadillo con los que se les había olvidado en casa. Todos se divertían en el patio del bunker donde las familias, que vivían en el barrio, se refugiaban cuando sonaban las sirenas que anunciaban los bombardeos: se había decidido instalar el colegio allí, bajo tierra, por seguridad.
– Son buenos chicos –pensó–, Dios quiera que sean mejores que sus mayores y aprendan a amar y ayudar al prójimo: nos va el porvenir en ello.
Y regresó a clase llorando, mientras arrugaba entre sus manos el periódico de la semana anterior, en cuya portada se podía leer: La guerra ha comenzado.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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