• (Csi83) – Ayer vi ángeles.

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• (Csi83) – Ayer vi ángeles.

Ayer vi ángeles. Te contaré lo que pasó –le dije a mi amigo–. Se produjo un gran incendio en un edificio de viviendas cercano a donde vivo. Al parecer, según las investigaciones posteriores, el incendio se originó en una de las viviendas; un taller clandestino de productos químicos. Se produjeron una serie de explosiones que alertaron a todo el vecindario. A los pocos minutos el incendio se había extendido por medio edificio, sobre todo por los pisos superiores. Yo venía de dar un paseo; entonces los vi llegar. Un grupo de ángeles iniciaron el rescate de los vecinos que, desde las ventanas de sus casas incendiadas, pedían a gritos socorro. Los ángeles, con sus grandes alas, entraban en el edificio en llamas y ayudaban a salir a las personas. La mayoría pudieron salir por su propio pie, pero en algunos casos, niños y ancianos tuvieron que ser llevados en brazos. En una ventana del último piso un niño lloraba desesperado; la casa en llamas; el humo saliendo por la ventana, y el niño alargando los brazos pidiendo ayuda; a alguien que le sacara de ahí. Te aseguro que me impresionó lo que vi a continuación: un ángel inició el vuelo, sus alas al viento, fuertes; se elevó majestuoso hasta llegar donde estaba ese niño; por unos segundos se mantuvo en el aire, estático, sopesando la situación. Entonces le sujetó con ternura, como un padre sujeta a su hijo; protector. El chico le agarraba con fuerza. El ángel descendió y dejó al niño en una camilla de ambulancia. Después volvió al edificio para seguir con el rescate. Unas pocas horas después el incendio había sido apagado y todos los vecinos salvados.
– ¿Y el resto de vecinos no vieron a los ángeles? – me preguntó mi amigo.
– ¡Oh, sí!, pero ellos decían que eran bomberos; yo sé que eran ángeles.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi82) – Un caso extraordinario.

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• (Csi82) – Un caso extraordinario.

Llegué a casa de mi amigo por la tarde. Me lo encontré recostado en el sofá, contemplando un cuadro.
– ¿Qué me puedes decir de esto? – me preguntó.
Tomé el cuadro y lo observé con detenimiento. Al cabo de unos instantes le contesté:
– Se trata de una acuarela. Representa una calle por la tarde; anocheciendo; quizás una plaza de la ciudad. El suelo está mojado; se ven los reflejos de las personas que caminan. Está nublado. Hace frio; todos van abrigados. Visten de negro con algo de rojo. Hay poco tráfico, solo un coche. Un excelente cuadro.
Se lo devolví a mi amigo, mientras le preguntaba qué le parecía mi análisis.
– No está mal; vas aprendiendo. – me contestó condescendiente.
– ¿Qué más se puede decir? – le pregunté algo molesto, he de reconocerlo; a veces mi amigo se pasaba de sincero.
– Tú has visto lo de afuera, yo necesito ver lo de dentro. ¿Qué son, qué piensan, a dónde van, de dónde vienen esas personas, por qué están ahí? – me contestó.
– ¿Por ejemplo? – le pregunté retador.
– Por ejemplo, ¿por qué van todos de negro? ¿por qué todos llevan algo de color rojo debajo del abrigo? El suelo está mojado; acaba de llover, pero nadie lleva paraguas, como si no les importara mojarse la ropa, como si no sintieran el agua en su piel. Van y vienen sin orden; no les afecta si andan por la acera o por la calzada, como si no conocieran las normas de circulación, como si no supieran ni de su existencia; como si no fueran de por aquí. A ninguno se le ve claramente la cara; como si la camuflaran a propósito. ¿Por qué? ¿qué ocultan?
– ¿Y qué deduces de todo eso? – le pregunté intrigado.
– Por ejemplo, que realmente no quieren que se les vea la cara; no quieren ser identificados, al menos por el momento. Que efectivamente no conocen las normas de circulación, ni siquiera saben qué son. Que no les importa mojarse o no, porque su piel es impermeable. Que van todos de negro y rojo, aunque no es porque todos lleven el abrigo de ese color, no, sino porque esa es su piel: poseen la capacidad de autotransformarse, y, cuando salen a la calle, su piel toma el aspecto de la ropa; una piel impermeable. Porque no son de por aquí. Porque no son humanos. Vinieron del espacio sin que nos diéramos cuenta y, ahora, están entre nosotros. No les vemos cuando sale el sol, porque solo salen los días de lluvia. Todavía no se han dado a conocer, y eso puede ser un peligro para nosotros. Se están preparando, nos están estudiando. Quizás decidan atacarnos o quizás no. Es temprano para saberlo aún. Debemos estar preparados. Tenemos una pequeña ventaja: desconocen que sabemos que están aquí. Es hora de prepararnos para lo peor.
– ¿Y estaremos preparados? – le pregunté a mi amigo Holmes.
– ¡Elemental, mi querido Watson! – me contestó alzando la pipa; con una radiante sonrisa.
Se le veía pletórico: volvía a tener un caso extraordinario entre sus manos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi81) – La sirena.

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• (Csi81) – La sirena.

Cada vez que contemplo esta playa, recuerdo lo que me sucedió hace algunos años. Igual que hoy, también estaba atardeciendo. Salí con mi pequeña embarcación y me adentré mar adentro. Sí, ya sé que no debí hacerlo pero, bien mirado, si no lo hubiera hecho, no la hubiera visto. Sin darme cuenta, me sorprendió una gran ola que hizo que me golpeara la cabeza y cayera al agua. Durante unos segundos perdí el conocimiento; me hundí. Medio aturdido aún, intenté salir a flote, pero las corrientes submarinas me lo impedían; creí que me ahogaba. Sin embargo, en el último instante, vi llegar, como en un sueño, lo que en principio me pareció un gran pez. Aterrorizado pensé que era un tiburón; intenté escapar, pero no pude. El pez se me acercó pero lo que sentí no fueron sus afilados dientes; unos fuertes brazos me agarraron. Entonces la vi: una bella sirena me sujetaba por la cintura y me arrastraba a la superficie. Creí soñar. La joven me llevó hasta cerca de la orilla, donde pude hacer pie. Intenté darle las gracias, todavía medio aturdido, aunque no tanto por el golpe, sino por el increíble hecho de estar viéndola: mitad mujer, mitad pez, como en los cuentos de hadas; solo pude levantar la mano para darle las gracias y sonreír tontamente. Puede que no me creáis, pero os aseguro que sucedió tal como os lo estoy contando. Yo mismo dudo a veces; hasta entonces ni siquiera creía en sirenas y, sin embargo, la tenía ante mí. Ella me miró, me sonrió, me devolvió el saludo y, con un grácil salto, se hundió en el mar; no la volví a ver. Cuando salí del agua tenía, enredado entre los dedos, unas algas; las llevaba la sirena enganchadas en el pelo. Las tengo dentro de un pequeño saquito, como colgante, de recuerdo. Cuando dudo sobre si fue un sueño o no, lo sujeto con la mano y me digo:
– Éstas son algas de sirena; fue real.
Desde entonces, cada vez que salgo a navegar sueño con volverla a ver.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (csi80) – Retazos (2): Influjo de luna llena.

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cuentos-sin-importancia-80-luna-llena-y-hombre-lobo-1La Luna llena ejerce su hechizo y el hombre-lobo sufre su atracción; el licántropo ansía el conjuro adecuado para extirpar la maldición, mas su aflicción no parece tener fin; solo puede huir y matar.

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cuentos-sin-importancia-80-luna-llena-caperucita-y-el-licantropo-1El lobo que persigue a Caperucita Roja es un licántropo y sufre el hechizo de la Luna llena; necesita que la niña le lleve hasta la casa de la abuelita, la única hechicera que conoce el antídoto a la maldición del hombre-lobo.

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cuentos-sin-importancia-80-luna-llena-y-la-danza-de-la-hechicera-1Todas las noches de Luna llena, la hechicera, con insondable frenesí, ejecuta su danza de equilibrista; su sortilegio de nigromante. Ansía la perfección, pues su anhelo es el poder total y la inmortalidad; mas desconoce la existencia de la maldición.

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• (Csi79) – Retazos: Sirenas y dragones.

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cuentos-sin-importancia-79-sirena-me-salvo-la-vida-torsoUna tarde tormentosa naufragué; creí ahogarme. En el último instante unos fuertes brazos me agarraron; tenía la mirada franca, la sonrisa incierta; cuerpo de mujer, cola de pez; hermosa. Una sirena me salvó la vida.

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cuentos-sin-importancia-79-sirena-cazando-pecesDe las profundidades del mar surge una bella mujer…, una criatura mágica; una poderosa sirena está de caza. Alarga el brazo en busca de unos peces voladores. Acaso tiene hambre, quizás solo esté jugando… El mar es su reino. Hermosa, como si fuera la personificación del insondable océano, irrumpe por sorpresa; su esbelto cuerpo se eleva sobre las olas del mar como una flecha…, ágil, veloz…; su vista fija en las presas, su brazo dispuesto.

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cuentos-sin-importancia-79-tengo-un-dragon-bynYo no tengo un perro, ni un gato, ni tengo un caballo como mascota, no. Yo tengo un dragón. Hemos crecido juntos; él me protege y yo le cuido: somos buenos amigos. Soy cazador: cazo ogros, brujas, trasgos, demonios y demás criaturas del mal; bueno, yo los localizo y, cuando no puedo yo, los caza el dragón; formamos un excelente equipo.

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cuentos-sin-importancia-79-viajo-en-un-cepelinViajo en un cepelín; recorro el planeta huyendo de los grandes centros de polución y contaminación; busco bosques de aire limpio y agua pura. Rescato dragones de las garras de los cazadores furtivos.

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cuentos-sin-importancia-79-dragon-de-papel-inspiracion1El escritor dejó abierto el manuscrito de su nuevo libro y de él surgió un dragón de papel. Desde entonces vuela por su casa; es su inspiración.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi78) – El alquimista.

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• (Csi78) – El alquimista.

De noche,
el alquimista,
mago con caminar de funambulero,
prepara su parafernalia de prestidigitador y titiritero;
y vuela.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi77) – Aún somos muy pocos.

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• (Csi77) – Aún somos muy pocos.

– Dicen que los primeros extraterrestres que se acercaron a la Tierra se fueron volando al saber que los humanos aún hacemos guerras; que seguimos fabricando bombas, que nos seguimos matando entre nosotros mismos, que no sabemos perdonar, que no sabemos amar, que somos cínicos, mentirosos, envidiosos, ladrones, soberbios, que no somos tan inteligentes como afirmamos ser, que no somos una civilización pacífica.
– ¿Qué nos falta?
– Reconocernos pecadores.
– Pero también hay personas buenas.
– Sí, pero aún somos muy pocos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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