• (Csi69) – Volverán.

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• (Csi69) – Volverán.

Según la prensa, el Humber, un barco a vapor de 2.500 toneladas de la Royal Mail Steam Packet Company, zarpó de Southampton, con destino Brasil, el 1 de diciembre de 1884 y llegó a Nueva York sin percances. Después zarpó de Nueva York el 15 de febrero 1885 y desapareció. No se volvió a saber nada más de él y su tripulación: desaparecieron 66 vidas. Pero os aseguro que las 66 personas no desaparecieron ¡no!, fueron abducidas por una extraña nave espacial la noche del 25 de febrero, cerca del triángulo de las Bermudas –dijo un borracho, sentado en un rincón del bar.
– ¡Ya, y ahora nos dirás que tú fuiste uno de esos 66! –le increpó uno de los clientes del bar.
– ¡Exacto! –le respondió enfurecido– ¡Yo fui uno de ellos! Tenía 35 años, ¡y los vi! ¡Los extraterrestres nos abdujeron! Nos llevaron a su planeta y nos analizaron. Nos analizaron… Hace 5 años me liberaron. No sé por qué. Desde entonces cuento a todo el mundo que ellos volverán. ¡Volverán! ¡Os lo aseguro!
– ¡Sí, hombre! Además, si fuera cierto, tú tendrías…
– 165 años –dijo singularmente sereno.
Nadie le hizo caso. El borracho salió del bar con cierto caminar funambulero, y en un rincón volvió a contemplar la cicatriz que los extraterrestres le hicieron en el brazo. Aun le dolía.
– Volverán –se dijo–. Volverán.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi68) – Búho.

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• (Csi68) – Búho.

Érase una vez, en un hermoso bosque de secuoyas de un lejano país, un búho que vivía en el interior de uno de esos gigantes, donde, desde lo alto, observaba desafiante la vida. No era un búho normal, ni de lejos, creedme. Era un búho que se sabía heredero de dragones y, cual transbordador espacial, volaba majestuoso; escrutando. Un búho blanco, como fantasma que sobrevolaba el espacio; cual ánima desbordante de pavoroso poderío ancestral. Un búho, hechicero de viento y aire, talismán de sabios augurios y esclarecedor de enigmas insondables. Un ángel de alas blancas, flecha en el cielo, que surcaba el infinito atroz en busca de paz. Un búho que debió haber pertenecido a algún poderoso mago de tiempos remotos. Una mañana que salí a cazar muy temprano, me lo encontré en el suelo, herido en un ala. Desconozco si fue debido a algún cazador o fue un simple accidente. Me lo llevé a casa y le curé. Era un ejemplar espectacular, de gran tamaño, y casi diría que era consciente de su grandeza física, e incluso moral, si entendéis lo que quiero decir. Una semana después, el búho ya podía volar. Sin embargo, el día que le dejé libre no se separó de casa. Simplemente se posó en una rama, en uno de los árboles cercanos, y me observaba. Así estuvo casi otra semana. Yo no sabía qué hacer, así que no hice nada. Deje al búho y seguí con mis tareas. Una noche, el búho se posó en la ventana del salón y, con un extraño ulular, me llamó. No sé cómo llegué a esa conclusión, pero os aseguro que fui consciente de que me estaba llamando. Era como si tuviese algún tipo de poder telepático. Sí, ya sé que resulta ridículo creerlo, pero no tenía otra explicación. Es más, supe que quería que le siguiera. Le seguí y, tras una larga jornada, a la luz de la luna, llegamos a una humilde cabaña al pie de la montaña. Me considero un buen cazador, y he recorrido todo este bosque varias veces, pero os confieso que nunca había visto esa cabaña. El búho me indicó que entrara en la casa y así lo hice. Dentro estaba todo desordenado, como si una batalla cruel y cósmica hubiera tenido lugar allí mismo. Curiosamente, la cabaña continuaba bajo la montaña. Al fondo encontré varias estancias, – la casa parecía no tener fin -, y en una de ellas, unas extrañas estanterías repletas de libros viejos, o más bien arcaicos. El resto no es conveniente que os lo cuente, si no queréis que vuestra vida peligre. Solo os diré que la cabaña había pertenecido al dueño del búho; ya os dije que debió ser un gran mago. En ocasiones incluso he llegado a pensar si el búho no será el propio mago convertido en ave por algún hechizo. Pero solo es una fantasiosa ocurrencia, ya que no puedo probarlo. Al menos por ahora. El caso es que gracias a esos libros y, sobre todo, a mi magnífico búho, me he convertido en mago, y uno no demasiado malo, creo yo, aunque no quisiera pecar de engreído; aunque siempre me he preguntado por qué el búho me eligió a mí. Supongo que algún día lo sabré. Desde entonces mi vida se ha convertido en una continua aventura; unas veces para bien, otras para mal, pero os aseguro que no me he aburrido nunca. Ya os contaré, ya.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi67) – Mi familia.

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• (Csi67) – Mi familia.

Ya soy anciana y siento que ha llegado el momento de contaros mi vida. Mi primer recuerdo es un frondoso bosque junto a mi familia. No me acuerdo de mis padres y, durante mucho tiempo, no supe cómo llegué allí. Me cuidaron y alimentaron los dragones; supongo que les recordaba a sus crías. De pequeña jugaba con ellos y ellos me enseñaron a sobrevivir. Con ellos aprendí a cazar fieras salvajes. A sus lomos aprendí a volar. A lo largo de mi vida tuve tiempo para sobrevolar todo el planeta y un día encontré los restos de la nave espacial de mis padres. Desde entonces cuido de mis dragones y ellos cuidan de mí. Son el primer recuerdo que tengo. Son mi familia.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi66) – Planeta azul.

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• (Csi66) – Planeta azul.

Hace mucho tiempo, existió un pequeño planeta azul, repleto de vida. Tanto los mares como las tierras rebosaban de animales y vegetación de infinidad de clases diferentes. Era un planeta único, excepcional. Un verdadero paraíso en medio del desolado y frío espacio. Incluso crecieron en él unos seres inteligentes. Al principio todo fue bien. Los seres inteligentes cuidaban del planeta, cultivaban las plantas y protegían a los animales; el agua era clara y pura, y el aire sano. Sin embargo los seres inteligentes comenzaron a demostrar que no eran tan inteligentes como aparentaban. Eran envidiosos y muy soberbios. Nunca consideraban que tenían suficiente y, sobre todo, eran capaces de hacer cualquier cosa para conseguir sus objetivos: incluso destruir su propio planeta. Irónicamente, ellos se consideraban sabios. Comenzaron matando animales, más de los que necesitaban para comer, y talando árboles, más de los que necesitaban para vivir. Con el tiempo desarrollaron tecnologías que mataban la vida del planeta, incluso se mataban entre ellos mismos. Algunos de esos seres fueron conscientes de que, si seguían por ese camino, la vida, también la suya, corría peligro de muerte. Intentaron dar la voz de alarma, pero fue inútil. El resto de seres no les hicieron caso: decían que estaban exagerando; que, al fin y al cabo, tampoco eran tantos los animales y plantas que se mataban; que era necesario para que pudieran seguir viviendo; que el planeta lo resistiría. Sin embargo, llegó un día en que sobrepasaron el límite permitido. Al final desaparecieron todos los árboles; todas las plantas. El último animal que vivía en el planeta murió; los veterinarios del zoo no pudieron hacer nada para salvarle. Aún en esa situación, los seres inteligentes no fueron conscientes del peligro que les amenazaba. Intentaron, sin éxito, purificar el agua. Los mares y océanos se secaron. Intentaron volver a plantar y cultivar, pero era demasiado tarde: el planeta estaba agotado. La contaminación y la nefasta gestión de los recursos naturales impidieron volver a regenerar vida. Ni siquiera la manipulación genética dio frutos estables. Incluso inventaron tecnologías para fabricar comida a partir de la propia tierra del planeta. Todo fue en vano. Finalmente, tras siglos de vida inútil y estéril, incluso los seres inteligentes se extinguieron. El antaño hermoso planeta azul se convirtió en otra roca seca y muerta en medio del espacio.
– ¿Entonces fue cuando llegamos nosotros, señorita? – preguntó una sonriente niña pequeña de hermosos ojos azules, con una preciosa piel de color naranja-azulado y cuatro brazos que no hacían más que agitarse para llamar la atención de su maestra.
– Bueno, no fue exactamente entonces. Para ser exactos fueron unos 3000 años después, pero tienes razón, Adelain: llegamos nosotros. –respondió la profesora– Como sabéis, nuestro planeta de origen ya no existe, fue destruido por nuestra estrella cuando ésta se convirtió en una inmensa gigante roja. Afortunadamente hacía mucho tiempo que lo habíamos previsto y tuvimos tiempo suficiente para desarrollar la tecnología adecuada y construir las naves necesarias para salir al espacio. Entre los planetas que seleccionamos como posibles candidatos a convertirse en nuestra nueva casa, observamos este pequeño planeta. Tenía algo especial; seguía siendo único. Hay muy pocos planetas que contengan vida.
– ¿Pero no era una roca seca y muerta, profesora? – le preguntó un niño situado en la última fila de la clase.
– Verás, Naëm, eso fue hace mucho tiempo. Cuando llegamos nosotros el planeta empezaba a volver a ser habitable. Las plantas y árboles comenzaban a crecer, el agua y el aire eran de nuevo limpios y puros, y la vida animal volvía a dar sus primeros pasos. Al no existir ya los seres no tan inteligentes que destruyeron el planeta, los niveles de habitabilidad volvieron a aumentar. Como ya sabéis, conocimos la historia del planeta a través de los archivos históricos de esos seres. Y ahora, ¿alguien sabría decirme cual es la moraleja de esta historia?
– Que el planeta es nuestra casa y que, si no lo cuidamos, moriremos. – dijo una niña de la primera fila.
– Exacto. Por eso nosotros siempre hemos cuidado tanto los planetas, porque de eso depende nuestra supervivencia. – dijo la maestra.
– Profesora, ¿cómo llamaban a este planeta los seres inteligentes cuando vivían en él? – preguntó un niño.
– Lo llamaban la Tierra.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi65) – Mi amiga fantasma.

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• (Csi65) – Mi amiga fantasma.

Cuenta la leyenda que la casa estaba encantada, que en ella habitaba un fantasma, más en concreto una fantasma: que la joven murió asesinada por un familiar suyo; que desde entonces vagaba con la casa en busca de alguna víctima sobre quién vengarse, y que nadie se atrevía a vivir allí por miedo a ella.
Les aconsejo que no se crean todo lo que oyen. Efectivamente en la casa habitaba una fantasma, pero ni fue asesinada por un familiar suyo, ni vagaba buscando venganza.
¿Cómo lo sé? Porque yo viví en esa casa. Bueno, yo y toda mi familia. Veréis. A mi madre, la empresa donde trabajaba, la trasladó de ciudad, y como mi padre es escritor, es decir, que trabaja en casa, decidieron que todos nos fuéramos a vivir allí.
Mis padres se enteraron que en la ciudad se vendía una gran casa por un precio muy barato. Al principio dudaron en comprarla, pues pensaban que se vendía tan barata porque estaba en muy mal estado. Sin embargo, cuando se enteraron que era debido a su leyenda negra, y comprobaron que la casa estaba en condiciones aceptables, decidieron comprarla: mis padres no creen en fantasmas.
Durante las dos primeras semanas todo fue normal. La casa era amplia y, tras limpiarla y hacer algunas pequeñas reformas, francamente bonita. No sé cuando fue construida, pero lo que no cabía duda es que era muy antigua; de otro siglo. Hoy en día no hacen casas como esa. Desgraciadamente.
A la tercera semana, sin embargo, comenzaron a suceder cosas: un grifo que se abre él solo por la noche; ecos de pasos que se oyen; puertas que se cierran de golpe; aullidos estridentes que se escuchan. Una noche, sin saber por qué, se rompieron los cristales de las dos ventanas del desván. Una mañana, descubrimos que las tuberías del agua de toda la casa, se habían roto. Cosas así.
Cuando mis padres se lo contaban a los vecinos, éstos les decían que era el fantasma quién lo hacía; que no nos quería en casa y nos estaba haciéndonos ver su enojo. Todos intentaban convencer a mis padres para que nos fuéramos de esa casa. Mis padres, sin embargo, siempre encontraban una razón lógica para explicar todos los extraños sucesos.
– La existencia de la fantasma no es una opción. – decían.
Sin embargo, yo sabía que se equivocaban, porque, yo puedo ver a los fantasmas. Desde pequeño puedo verlos. A mis padres no se lo he dicho nunca porque pensarían que estoy loco, pero os aseguro que no lo estoy. Simplemente veo fantasmas.
Lo verdaderamente extraño de todo esto era que, hasta entonces, yo no había visto aún al fantasma de la joven que habitaba nuestra casa. Eso sí que era extraño. Normalmente, cuando estoy en algún sitio donde existen fantasmas, los veo enseguida. Esta vez no. Era como si se escondiera de nosotros.
Finalmente una noche la vi. Mi familia dormía. Me levanté a beber agua y hacer pis y escuché unos leves sollozos. Muy débiles. Casi podría decir que, en vez de oírlos, los sentí. Provenían del desván. Subí y abrí la puerta sin hacer ruido. Estaba al fondo, acurrucada en un rincón, junto a la ventana, llorando. Al entrar en el desván el suelo crujió. Ella levantó la mirada y me vio.
– No te vayas, – la dije susurrando – no te vayas, por favor. Soy un amigo.
La joven levitó unos centímetros y retrocedió, asustada, hasta el rincón más oscuro del desván. Supongo que no estaba acostumbrada a que un vivo la viera son que ella lo hubiera permitido antes.
Hay otra cosa de mí que no os he contado. Además de poder ver fantasmas, suelo caerles muy bien. No sé por qué, pero todos los fantasmas que he conocido hasta ahora, al final me han considerado amigo suyo. Con algunos me ha costado más que con otros, claro, pero, en general, y si exceptúo un par de ellos, realmente siniestros, y que quizás os cuente en otra ocasión, les caigo bien. No me preguntéis por qué, pero así es. Con el fantasma de la joven también sucedió así. Hablamos y me contó su historia.
Hace mucho tiempo, vivía con sus padres en esa casa. Una mañana sufrió un fatídico accidente: se cayó al pozo del jardín, con tan mala suerte que se golpeó la cabeza y se ahogó. Tardaron toda la tarde en encontrarla. A partir de ese día, sus padres perdieron la alegría. La casa les traía recuerdos extremadamente penosos, y no pudieron soportar más vivir allí, así que se mudaron a otra ciudad, lejos. Desde entonces la joven vagaba por la casa con la esperanza de encontrar a alguien que fuera su amigo. Solo entonces podría descansar en paz para siempre en el otro mundo.
– ¿Fuiste tú la responsable de todos los extraños sucesos de estos últimos días? – la pregunté.
– ¡Oh, no!, – exclamó – yo no fui. La casa ya no es joven y, a veces, se queja – me dijo sonriendo. – Es como una persona anciana. Necesita reparaciones y alguien que la quiera y la cuide… Como yo.
– Sin embargo supongo que todos estos días nos has estado observando, ¿porqué no te nos has aparecido? – la pregunté.
– Cuando llegasteis estaba decidida a hacerlo, sin embargo, cuando supe que tus padres no creen en fantasmas, desistí. Pensé que vosotros nunca podríais llegar a ser mis amigos. Por eso lloro. – me respondió.
– ¿Ni siquiera yo? – la dije.
– No pensé que existiría alguien capaz de ver fantasmas. Nunca he conocido a nadie así. Toda la gente que han intentado vivir en esta casa me temían y, al verme, huían de la casa. Nadie piensa que un fantasma pueda necesitar un amigo.
A partir de esa noche, la joven y yo fuimos buenos amigos. Jugábamos y reíamos por el jardín. Mis padres me veían correr y reír y pensaban que tenía otro nuevo amigo imaginario. Ellos no veían a la joven, igual que no vieron al resto de fantasmas que conocí antes. Nunca los ven. Ya os he dicho que mis padres no creen en fantasmas, y para poder verlos primero hay que creer en ellos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi64) – Los buenos viejos tiempos.

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• (Csi64) – Los buenos viejos tiempos.

En mi último viaje por Centroeuropa me perdí y tuve que hacer noche en un pequeño pueblo algo siniestro. No me entendáis mal, la gente fue muy amable conmigo, pero algo raro había en el ambiente. El caso es que reservé una habitación en el único hotel del pueblo. Por la noche, después de cenar, entré en el bar y pedí una jarra de cerveza. El camarero era de esos que te cuentan su vida a los cinco minutos de conocerte y yo, que no tenía otra cosa que hacer, le dejé hablar. Al cabo de media hora, no sé cómo, acabamos hablando de los clientes del hotel. El camarero me decía:
– Pues, como lo oye usted. Los cuarto amigos se reúnen en este hotel una vez al año. Son de distintos países, y se conocieron por los avatares de la vida. Al principio no se llevaban muy bien, pero, con el paso del tiempo, llegaron a apreciarse. Uno nació en Transilvania, otro en Londres, aunque su familia procede de varios países europeos, el tercero nació en Egipto y el cuarto no está muy claro, él dice que es una mezcla de varios. Supongo que se referirá a que ha viajado mucho por el mundo. Cómo le decía, una vez al año vienen aquí y se sientan en aquella mesa –me dijo señalando con el dedo una mesa situada en uno de los rincones del bar–. Siempre piden lo mismo: un Bloody Mary, un solomillo casi crudo, un Fatteh, que es un plato típico egipcio ¿sabe usted?, con té muy caliente, y unas tablas de quesos y embutidos variados.
– Y el resto del año, ¿qué es de ellos? – pregunté por curiosidad.
– Pues verá, Drácula trabaja en un banco de sangre, en Irlanda. Una vez me dijo que recuerda con añoranza sus aventuras en Transilvania. Me confesó que relee con cariño la novela de Stoker. El Hombre-Lobo viaja por todo el mundo. Creo que es comercial de una empresa cárnica. La Momia vive tranquila en el Museo del Cairo. Por lo visto le gusta ser el centro de atención de los visitantes. Y Frankenstein vive en una confortable cueva, en los bosques de Rusia. Por lo que le oí decir una noche, conoció a una vampira con la que juega al ajedrez…, y a otras cosas, supongo…, usted ya me comprende. – me dijo con una sonrisa pícara.
Miré perplejo al camarero y me pregunté si sabría que esos cuatro amigos de los que hablaba tan a la ligera eran los más sanguinarios monstruos que han existido jamás. Me figuré, aterrado, que ese pueblo no era tan pacífico como parecía, y que sus habitantes tenían más de criaturas del averno que de humanos.
– ¿Y por qué se reúnen todos los años aquí? – le pregunté.
– Por lo que les escuché, están preparando los detalles para su regreso a lo grande. Mientras tanto les gusta recordar y hablar de los buenos viejos tiempos.
Al día siguiente me marché al amanecer. No he vuelto jamás a ese pueblo maldito. Por si acaso, os aconsejo que no abráis la puerta de casa a desconocidos, no sea que sean ellos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• Carta 16 de Santa Teresa de Lisieux.

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Hoy os traigo otra carta (la carta 16) de Santa Teresa de Lisieux. Tiene fecha aproximada de 10-17 de mayo de 1885, es decir, cuando Teresa tenía 12 años.

• Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz o, simplemente, Santa Teresita (Alençon 2 de enero de 1873 – Lisieux 30 de septiembre de 1897) carmelita descalza y Doctora de la Iglesia.

• Fecha de la siguiente foto: febrero 1886santateresitalisieux15-13años

• Carta 16: A la señora Guérin (Fragmentos)Carta 16 de Santa Teresa Lisieux - LT-016

10-17 de mayo de 1885

Querida tía:

• Me ha pedido que le escriba para darle noticias de mi salud. Estoy mejor que el domingo, pero me sigue doliendo mucho la cabeza. Espero que usted se encuentre bien, lo mismo que Juana, y que María acabe de curarse del todo.
• Pienso en usted con frecuencia, y recuerdo lo buena que ha sido conmigo(1). No olvido tampoco a mis queridas primitas, y le ruego que diga a María que no le escribo hoy, pero que le escribiré la próxima vez para tener más cosas que contarle.
• Entro en retiro el domingo por la tarde(2), pues la primera comunión sigue fijada para el 21; es ya seguro que no se cambiará la fecha.
• Adiós, querida tía. Un abrazo muy fuerte mi parte para Juana y María, y guarde para usted el beso más fuerte,

Teresa
Hija de los Stos. Angeles(3)

• NOTAS Carta 16
(1) Durante las vacaciones en Deauville, del 3 al 10 de mayo.
(2) Retiro preparatorio para la «segunda comunión» de Teresa.
(3) Asociación a la que pertenece Teresa desde el 31/5/1882.

Más información:
• Cartas originales de Santa Teresa de Lisieux:
http://www.archives-carmel-lisieux.fr/carmel/index.php/oeuvres-de-therese/correspondance
• Obra completa de Santa Teresa de Lisieux en español:
http://www.semperfiat.com/obras-completas-de-teresa-de-lisieux/704
• Texto de las cartas en español:
http://www.semperfiat.com/wp-content/uploads/2011/11/cartas1.pdf
• Las 47 fotos de Santa Teresa de Lisieux (explicación en español):
http://www.archives-carmel-lisieux.fr/carmel/index.php/47-photos-espanol

Además:
• Puedes visitar la biografía, escritos y fotos sobre Santa Teresa de Lisieux publicados en este blog:
https://observandoelparaiso.wordpress.com/tag/santa-teresa-de-lisieux/

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