308. Mirarse al espejo.

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308. Mirarse al espejo.

Toda mi familia falleció en el accidente del tren. Tras el shock inicial intenté reanudar mi vida como pude. Sin embargo, durante los primeros días, el peso de mi casa vacía se me hacía insoportable. Hasta que toqué fondo. Fue entonces cuando mi subconsciente tomó las riendas de mi percepción de la realidad y comencé a ver a mi familia. Era como si estuvieran vivos y siguieran en casa; como si no hubiera sucedido el accidente. Yo sabía que todo era producto de mi imaginación, pero no hice nada por impedirlo. Es más, comprendí que era la forma que tenía mi mente perturbada para autoprotegerse; la única forma que tenía para no volverme loco. Así que me hice a la idea de que mis padres y mis hermanos, incluso mi abuela, estaban vivos. Debo reconocer que todo era asombrosamente real: mi madre seguía regañándome igual que antes, cuando hacía algo mal; mi hermano pequeño seguía haciéndome rabiar pintarrajeando mis libros favoritos, o tirándome de los pelos cuando no jugaba a lo que él quería; y mi hermana mayor continuaba más pendiente de cómo le sentaba la ropa que de cualquier otra cosa, es decir, igual que siempre. Mi abuela se pasaba el día durmiendo, así que como si no estuviera. Todo esto duró unos meses, hasta que un día me llamó mi padre y me dijo que tenía que decirme algo importante:
―Tu madre y yo hemos estado hablando –me dijo–, y creemos que ha llegado el momento, hijo.
―¿El momento de qué, papá? –le pregunté preocupado.
―El momento de que te mires al espejo, y aceptes la realidad.
Yo no supe qué contestarle, pero algo en mi interior me impulsó a hacerle caso, así que fui, me coloqué frente al espejo de cuerpo entero que teníamos en el vestíbulo de casa y, por primera vez desde el accidente, me miré. Fue entonces cuando vi el gran agujero que tenía en la cabeza –con el pelo enmarañado y la cara toda ensangrentada– y mi cuerpo acribillado con la metralla de los restos del tren.
―Pero…, papá…, entonces… –intenté decir.
―Sí, hijo. Todos morimos en el accidente…, incluso tú.
Y entonces comprendí que yo también era un fantasma.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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307. Tras la última guerra.

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307. Tras la última guerra.

Le pareció oír algo. El hombre agudizó el oído desde su cubículo, pero no, no era nada; falsa alarma. Continuó con su rutina de todas las mañanas y se dispuso a desayunar; en esta ocasión, con su tenedor oxidado, se llevó a la boca la única comida que había podido encontrar entre los escombros de su refugio: El alacrán y las tres cucarachas pusieron resistencia, pero el fuego de la pequeña hoguera que había logrado encender con un par de palos y unos papeles fue más que suficiente para asar al pequeño artrópodo arácnido y a sus compañeras. No sabían mal –pensó satisfecho–; quizá con un poco de sal hubieran estado más sabrosos, pero… no sabían mal, se dijo mientras observaba complacido su extensa mansión. Le gustaba dónde vivía. Y tras el desayuno comenzó su trabajo diario. Se puso su traje de faena: una especie de armadura de cuero y tela metalizada, un viejo casco antigás, un machete y su bate de beisbol –su bien más querido– y se dispuso a recorrer el exterior en busca de más supervivientes, pues era consciente de que aislados tenían pocas posibilidades de sobrevivir: la unión hace la fuerza, se decía. En los últimos meses, en sus exploraciones, había encontrado otros supervivientes: Pocas, muy pocas personas, habían tenido la suerte que él tuvo al encontrar semejante hermosura de refugio –al fin y al cabo vivía entre los restos del eurotúnel subacuático que, en otros tiempos, unía Francia con el Reino Unido; hoy totalmente devastados–, pero algunas habían logrado resguardarse del infierno termonuclear. Poco a poco había logrado reunirlos, y establecer algo similar a una aldea subterránea, en aquellas partes del túnel que les protegía del exterior. Él, sin embargo, prefería la soledad y seguir buscando, pues sabía que debía haber más en otros lugares; otros que, como él, debieron encontrar refugio antes de la gran explosión, antes de que se iniciara –en el sentido más literal de la expresión– la última guerra, antes de que se secaran los mares, antes de que se oscureciera el cielo, antes de que la humanidad se casi-extinguiera. «Casi» porque aún quedaban algunos supervivientes esparcidos entre los restos de las ciudades, o en cuevas en las montañas ya desnudas –en todos ellos sin vegetación, con poca vida animal y muy escasa agua potable–, o en viejos refugios subterráneos: los escasos restos de una humanidad que aguardaba a que la radiación desapareciera, o, al menos, disminuyera lo suficiente como para poder volver a vivir en la superficie; que había aprendido lo suficiente como para no volver a cometer los errores del pasado, cuando su egoísmo les llevó a la muerte.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 650 – 654

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Haiku 650 – 654

[650]

El gato blanco
no mendiga en invierno;
el ratón huye.

[651]

Desde una flor
vuela la mariposa;
huye del perro.

[652]

Se oye a lo lejos
el sonido del agua;
llueve en septiembre.

[653]

Cae la nieve
blanca. Las nubes negras
cubren el cielo.

[654]

El caracol
come entre crisantemos;
llueve en octubre.

Luis J. Goróstegui
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306. Por las mañanas.

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306. Por las mañanas.

Me he comprado un robot para que me ayude en las tareas de casa. Es el último modelo del mercado en su clase. Le llamo Sebastián, aunque la mayoría de las veces sólo Sebas. He tenido suerte con él, no creas, no todo el mundo congenia con un robot: éste, además de eficiente, resulta ser un buen conversador; por ejemplo por las mañanas, al despertarme… Os mostraré lo que sucedió un día:
―Buenos días, señor. Le traigo el desayuno –me saluda al entrar en mi habitación.
―¡Mmmmm! –le respondo.
―Señor…, el desayuno –repite paciente, y lo deja en la mesita de noche.
―Gracias, Sebastián –logro responderle.
―Hoy hace un buen día. Según el Servicio Meteorológico hará casi 25 grados. ¿Qué tal noche ha pasado, señor?
―Horrorosa, Sebas. He tenido una pesadilla horrorosa.
―Lo lamento, señor. ¿Puedo preguntarle de qué trataba?
―He soñado que estaba muerto y me iba a vivir a casa con los vecinos del cuarto; esos tan snobs que ni saludan en el ascensor.
―Entiendo, señor.
―Sebas.
―¿Sí, señor?
―¿Estoy muerto?
―Yo diría que no, señor. No tiene pinta.
―¿Tú crees?
―Sí, señor. Según mi base de datos, un muerto está inmóvil, no respira y está frío, muy frío y rígido, y, sobre todo, está enterrado en una tumba, no en la cama de su habitación, tomando el desayuno…, señor.
―Tienes razón, Sebas. No sé en qué estaba pensando. Disculpa.
―No debe disculparse, señor; no estoy ofendido. En realidad, no puedo ofenderme…, señor.
―Sebas.
―¿Sí, señor?
―Deja de llamarme señor a cada momento… ¿quieres?, y tutéame; te lo he dicho muchas veces.
―Lo siento, señ… Alfredo.
―Mejor…, mucho mejor.
―Gracias, señor.
―¡Otra vez, Sebastián!
―Lo lamento. Es mi módulo de protocolo que aún está en rodaje…, Alfredo. Lo revisaré. ¿Ordena…? digo: ¿ordenas algo más, Alfredo?
―Nada, gracias, Sebas. Puedes continuar con tus tareas.
Y el robot termina de abrir la ventana para ventilar la habitación y sale en silencio hacia la cocina, donde, me ha dicho, está cocinando un plato con el que me chuparé los dedos. Sí, he tenido suerte con Sebas.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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305. Comprendiendo el tiempo.

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305. Comprendiendo el tiempo.

Mi primer invento realmente importante fue una máquina del tiempo. Empecé visitando el pasado. Estuve casi un año recorriendo distintas épocas, y aunque al principio todo fue bien –visité universidades, monasterios, catedrales…, contemplé obras de arte, visité ciudades sin contaminación…– tuve la mala suerte de necesitar urgentemente los servicios de un dentista de la época… Hacedme caso… ¡no se os ocurra ir al dentista –barberos cirujanos se llamaban entonces– en la Edad Media!… ¡qué dolor!… sin anestesia –comprobado: beber vino no se puede considerar un anestésico–, sin ningún tipo de higiene… ¡horroroso! En cuanto pude me monté en mi máquina y regresé al presente.
Después decidí visitar el futuro. Pensé: «Allí no tendré problemas, con todos los avances técnicos a mi disposición será fantástico…». Y debo reconocer que en ese aspecto fue genial: todo automatizado, los robots tan serviciales…; operaciones de próstata sin la más mínima intervención quirúrgica…, sólo tomando una pastilla; sin cáncer… ¡Genial! Pero hubo cosas que no me gustaron: modas estrafalarias y sin sentido, como esa de ir con el culo al aire –sí, literalmente, todo el culo–, o como ese incomprensible capricho por retomar costumbres incivilizadas de épocas antiguas y convertirlas en lo último en moda: por ejemplo, esa idiotez de considerar elegante el alargarse el cráneo –«¡Es lo más!», me explicó un tipo bobalicón que tenía la cabeza como el cuello de una jirafa–, o esa falta de valores morales y sin el más mínimo sentido común: todo era culto a lo intrascendente; la lectura se consideraba carca, o peor aún, innecesaria; incluso se llegó –bueno, mejor dicho, se llegará si seguimos así– a prohibir la intimidad: todo se debía publicar en las redes sociales 3D si se quería llegar a ser alguien en la nueva sociedad…, es decir, una especie de mezcla entre «1984», «Fahrenheit 451», «Un mundo feliz» y alguna otra distopía inimaginable, aunque con apariencia de fiesta interminable súper guay y en el futuro, con todos sus avances técnicos. Lo cierto es que no lo pude soportar y regresé de nuevo al presente.
Fue entonces cuando contemplé el hoy con mejor perspectiva y comprendí que ninguna época pasada ni ninguna futura serán mejor que el presente. Todas tienen sus cosas buenas y sus cosas malas, pero cada uno de nosotros estamos hechos para la época en la que hemos nacido –sí, aunque alguien pueda afirmar que sería más feliz en otra–. Puede que miremos con romanticismo al pasado o con envidia al futuro, pero os aseguro que el mejor regalo siempre fue y será cada presente.
Aún conservo mi máquina del tiempo, pero será mejor para todos si no la hago pública; además, seguro que cambiar la historia pasada o traer al presente inventos y adelantos técnicos del futuro no es lo más adecuado para ser mejores personas, que es, al fin y al cabo, lo único que nos debe interesar en el presente.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 645 – 649

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Haiku 645 – 649

[645]

El viento sopla
y se lleva las hojas;
vuelan los pájaros.

[646]

El zorro acecha
entre copos de nieve;
pero no caza.

[647]

Del zorro blanco
sólo se ven los ojos;
entre la nieve.

[648]

El perro juega
con una zapatilla;
llega el otoño.

[649]

Una luz tenue
ilumina a la rana;
viene una mosca.

Luis J. Goróstegui
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304. Diferente

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304. Diferente.

Siempre se mantiene apartada, distante, tanto en la universidad como entre sus propios vecinos del barrio, como si no quisiera entablar ningún tipo de vínculo amistoso con nadie más allá del estrictamente necesario. Y no es que no pueda hacerlo, es que tiene miedo de la reacción de la gente si supieran su realidad, si llegaran a saber que no había nacido en este planeta, si llegaran a averiguar que vino de polizón en una nave estelar, de esas que, de vez en cuando, envían los «Arquitectos» para visitar la Tierra y comprobar cómo van evolucionando los humanos. En su planeta de origen ya no podía vivir, así que cuando vio que los Arquitectos aterrizaban, aprovechó un instante de distracción para ocultarse en su nave. No sabía a dónde iban, pero todo era mejor que seguir viviendo allí, así que no lo pensó dos veces y subió a ella. Por eso se alegró tanto cuando aterrizaron en la Tierra; un paraíso en medio del espacio. Por eso se quedó, y, aunque aún desconfía de los humanos, siempre es mejor que volver allí; aquí está a gusto –al fin y al cabo durante estos años ha aprendido a pasar desapercibida–, y se siente segura. Sólo de vez en cuando se permite el lujo de ser completamente feliz; sólo en aquellos días en que viaja a aquel valle apartado de todo y de todos –que encontró en uno de sus viajes de exploración por el planeta– donde puede comportarse como realmente es; cuando puede desplegar sus amplias alas y volar sin miedo a ser vista, sin miedo a ser considerada… diferente…, un bicho raro… Porque si los humanos supieran que tiene alas de mariposa…, si supiera que tiene… poderes… No, mejor no pensar qué pasaría si lo llegan a saber.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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303. Vivir en paz

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303. Vivir en paz

Aquella mañana hacía un día precioso. El sol brillaba espléndido. Hacía calor, pero era agradable. Salí a dar un paseo por el parque y, tras un rato, me senté en un banco y me puse a leer el libro que traía. Poco después observé distraído un grupo de hormigas pequeñas que, laboriosas, se dirigían a su hormiguero, supuse, pues la mayoría llevaba, entre sus mandíbulas, comida que almacenarían para el invierno. De repente una hormiga grande se interpuso en el camino de una de las pequeñas; era evidente que quería matarla. Observé detenidamente lo que sucedió a continuación: La grande atacó a la pequeña y ésta se defendió como pudo, sin soltar la comida. La hormiga pequeña intentó huir, pero la grande se lo impidió. Entonces la pequeña se detuvo, soltó la comida y atacó. Unos segundos después, la grande caía muerta –o, al menos, mal herida– a pies de la pequeña. Sorprendentemente había vencido la que parecía más indefensa. En ese instante me vino a la mente la historia de David y Goliat. Al marcharme de allí, observé por última vez a la valiente hormiga vencedora y me despedí de ella:
―Adiós, David –dije con una sonrisa.
Y mientras regresaba a casa pensé: «Hasta las hormigas deben luchar a muerte para poder vivir…, supongo que así es la vida… Lo mismo nos sucede a nosotros…, pero ojalá supiéramos vivir en paz; deberemos aprender a vivir en paz… Se supone que somos inteligentes…, ojalá supiéramos demostrarlo en la práctica. Quizá tiene que ser así; quizá éste sea el único camino para que, algún día, alcancemos la tan deseada perfección, para que, alguna vez, vivamos en paz.»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 640 – 644

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Haiku 640 – 644

[640]

Marca el camino
una pequeña flor;
no es importante.

[641]

Revolotea
la mariposa blanca;
casi sin rumbo.

[642]

Sube a la cima
guiada por la tormenta;
la mariposa.

[643]

Se oculta el gato
esperando al ratón,
que come queso.

[644]

En ningún caso
vuela la mariposa;
mientras, escribo.

Luis J. Goróstegui
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302. El hermano mayor

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302. El hermano mayor

Quedé huérfano muy pronto, pero el señor García y su esposa me acogieron en su familia como a un hijo más y eso me llenó de alegría. A pesar de mi juventud yo siempre he aparentado más años de los que tenía realmente, sobre todo por lo grandote que soy; sin embargo Jaime, el hijo del matrimonio, me recibió como a un hermano desde el primer día; yo hacía de su hermano mayor, aunque lo cierto es que era unos días más pequeño que él. A su lado yo era mucho más grande, y a Jaime no pareció importarle eso –incluso le gustaba, pues podía presumir de mí ante sus amigos–, lo cual hizo que me sintiera muy a gusto en su compañía.
Aunque yo no lo necesitaba, los padres de Jaime decidieron inscribirme en la misma clase a la que iba su hijo. Yo le acompañaba todas las mañanas y jugábamos a que era su guardaespaldas. El resto de compañeros del colegio al principio me miraban con recelo –y no se lo reprocho– aunque debo admitir que siempre me trataban con amabilidad; con el tiempo tomaron confianza conmigo, incluso jugábamos todos juntos al escondite. Lo cierto es que yo les encontraba enseguida: en la mayoría de las veces sólo tenía que empinarme un poco y, con mi altura y mi aguda vista, les veía rápidamente. Pero nos lo pasábamos muy bien.
El accidente sucedió una tarde de otoño, a la salida del colegio. Jaime y yo íbamos, como siempre, hablando y jugando de camino a casa cuando, al cruzar una calle, un vehículo se saltó el semáforo. Yo actué con la máxima velocidad y conseguí interponerme entre la camioneta y mi hermano. A Jaime no le sucedió nada, afortunadamente. Yo, sin embargo, sufrí heridas en todo el cuerpo, fracturas y contusiones múltiples. A partir del momento del choque no recuerdo nada más; debí perder el conocimiento. Cuando desperté estaba en el hospital y ya me habían operado. Jaime no paraba de preguntarme que qué tal estaba, que si me dolían mucho las heridas, y, sobre todo, de darme las gracias por salvarle la vida… –siempre ha sido muy bueno conmigo–. Yo le contesté que no se preocupara, que estaba bien, que las heridas no me dolían, que gracias a mi constitución me recuperaría pronto, que estaba hecho para soportar eso y mucho más: al fin y al cabo para eso era un robot clase Bunker. El señor García, su esposa y Jaime estuvieron conmigo durante toda mi convalecencia en el hospital: les estoy muy agradecido.
Me fabricaron para trabajar en prospecciones geológicas; con mi gran tamaño, y versatilidad funcional, estaba especializado tanto en tareas de análisis estratigráficos como de seguridad del personal y material técnico de la mina. Desafortunadamente mi diseñador, al que consideraba como un padre, murió al poco tiempo de haber nacido yo, por así decir, en un desprendimiento, y me sentí huérfano. Poco tiempo después la mina cerró y fue entonces cuando el señor García supo de mí y me compró: Como dueño de los astilleros aeroespaciales más importantes del sistema solar recibía amenazas y temía que alguien pudiera atentar contra su hijo y, por eso, buscaba un robot que pudiera ser su guardaespaldas; yo cumplía todos los requisitos.
Días después, recuperado de la convalecencia, volví al colegio con Jaime. A partir de entonces soy el centro de atención de todos mis compañeros: todos quieren estar conmigo y no paran de pedirme que les cuente cómo sucedió el accidente y de que les enseñe de nuevo las cicatrices de las heridas, y yo, orgulloso por lo que hice y contento de tener tantos amigos, intercambio una mirada cómplice con Jaime y accedo satisfecho. Me encanta observar sus miradas de asombro.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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301. Historia de un amor reencontrado.

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301. Historia de un amor reencontrado.

Paseando por viejas callejuelas, una mañana de otoño, me topé con una pequeña librería. Entré con el respeto de quien accede a un santuario y me sumergí entre sus estanterías, rebosantes de libros. Me sentía pasear por otro mundo. La mortecina luz del amanecer, que atravesaba los sucios ventanales, iluminaba a duras penas los cientos de volúmenes que poblaban los estrechos pasillos. Un reflejo de luz, perdido entre tanta penumbra, aluzaba un viejo ejemplar de poesía. Desgastado por el tiempo, y algo chamuscado, no pude descifrar su autor, aunque sí su título: «Historia de un amor reencontrado». Un poema encabezaba su primera página:

«Flor que alumbra en mi ventana
el recuerdo de una caricia casi olvidada,
no permitas que desfallezca mi ánima profana
ni oses interrumpir mi lágrima aflorada.»

Seguí leyendo como hipnotizado. Acurrucado en un rincón del pasillo, no pude parar hasta terminar el libro; ni tampoco pude impedir que mis lágrimas bañaran mi rostro. Cuando levanté la mirada me sorprendí al comprobar que ya estaba anocheciendo. Una voz susurrante interrumpió mi desconcierto. Era el dueño de la tienda: un venerable anciano que, amablemente, acudía en mi servicio. Naturalmente compré el libro y salí a la noche. Con mis manos, como quien custodiara el mayor de los tesoros, acariciaba el libro; el mismo que, años atrás, había regalado a mi amada Leonor, y que creí perdido en el fatídico incendio que le costó la vida.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 635 – 639

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Haiku 635 – 639

[635]

Risas de niños
entre brisas de otoño;
cuando atardece.

[636]

Los niños corren,
juegan cuando anochece;
entre luciérnagas.

[637]

La brisa fría
y en el cielo una nube;
anuncian lluvia.

[638]

Un caracol
en medio del camino;
sobre una piedra.

[639]

Llueve en otoño
sin prestar atención;
al vagabundo.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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992. Lo finito infinito de una vida. [Abril–2019]

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992. Lo finito infinito de una vida. [Abril–2019]

[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]

Cuentan que hubo un robot.

Cuentan que hubo un robot que tuvo un sueño, y, cada noche, miraba por la ventana de su habitáculo y observaba las millones de estrellas que pueblan el cielo. El robot trabajaba en una mina, bajo tierra, extrayendo coltán, y tras su intensa jornada laboral buscaba la serenidad de las estrellas, del infinito espacio profundo, y soñaba.

Mariposas de agua.

Sobre la rama tierna, mecida al sol del atardecer por una suave brisa, pasea un insecto, no sé, quizá un ash’ard de concha translúcida azulverdosa. ¿Cómo es que su sencillez nos sorprende más que la complejidad inalcanzable, indefinible?; puede que el cielo sea el responsable, quizá.
Cuentan que los cuentos son los custodios de la dulzura de las caricias, del amor de los suspiros… no sé, quizá incluso de las alegrías de las ale’ineas de cuatro alas, puede; mientras, en la oscuridad, acecha inmisericorde algún que otro k’mosdan de cuernos de macho cabrío y ojos en blanco, ¡Dios nos libre!
La vida… ¿qué es la vida? Y mientras nos lo preguntamos, un brote verde nace de un árbol, señal inequívoca del reloj biológico que el tiempo impulsa no sabemos cómo. ¿Por qué no hay mariposas de agua?

Entras en directo.

En inquietos paseos al ir a la deriva, me pregunto, si merece la oportunidad el pensar en sí mismo y me limito a descansar. Hola. No contestes, cuando sales. Ciego llega resuelto, no queda tiempo, del funcionamiento fenomenal. Sin plantillas el centro meteorológico, no sé lo que estás haciendo. Entras en directo, el tiempo, qué me dices. Una emergencia al introducir un bienvenidos. Aquí estoy. Un río atmosférico en una llovizna tras los incendios de fin de año. Tranquilo, lo harás bien. ¡Cámaras, acción!

Sonatas de amor y fuego.

Por la senda del ocaso se diluyen sonatas de amor y fuego, y espíritus sin coraza de alas inmateriales toman aquí impulso sereno y alcanzan metas arcanas que consuman leyendas ciertas entre vientos en otros tiempos soñados. Y en el desierto olvidado una burbuja de aguas puras levita incólume y en su seno virginal brota una vida selecta, primer acto de una obra inconclusa que alcanzará su clímax al anochecer de una vida. Canta la aurora, ríe el corazón robusto, llora una sombra, y en un rincón aguarda paciente la esperanza de una niña de mirada sabia. No temamos el frío del sinsentido mordaz que pretende herirnos, no, pues no es capaz de vencernos; antes bien, seamos conscientes de la verdad prometida que nos fue otorgada.

Rocambolesco, todo es rocambolesco.

Un reloj de pulsera.

Construí un reloj de pulsera que reproducía el movimiento exacto de los planetas y astros del cosmos. Aparentaba un reloj, pero era mucho más. Con él viajaba en el espacio-tiempo, con él exploré galaxias, gracias a él conocí a Aenasu, del planeta Phiari.

Lo llevas atrasado.

―¿Es un reloj?
―Sí, pero también es un transmutador endosísmico intergaláctico supratemporal adimensional de variables rairit’h.
―Ya, pues lo llevas atrasado.

Siempre fueron ahora.

El tiempo siempre es lo mismo: entonces, luego, ayer, mañana, siempre, nunca no –nunca no existe–, antes de ayer, pasado mañana, quién sabe cuándo, alguna vez, hace mil años, el siglo que viene… todos son lo mismo; siempre son ‘ahora’ para alguien.

Matar el gusanillo.

Estaba cocinando unas albóndigas y, de repente, se hizo un agujero chisporroteante en medio de la cocina, así, como por arte de magia. Por él se asomó una criatura con tentáculos y rostro maleable cuasihumano… (lo sé… pero no puedo explicarlo mejor). Alargó un par de extremidades, levantó la tapa de la cazuela y arrampló con media docena de albóndigas que se comió allí mismo, bueno, simplemente las engulló de un bocado. Entonces me miró –yo estaba inmóvil como una piedra por la impresión– y emitió un sonido sordo que tomé como un «disculpe, es que estoy en pleno viaje subdimensional y estoy sin comer nada desde hace tres ciclos; no podía aguantar más y he percibido su comida y…, lo siento, tenía que matar el gusanillo, como ustedes dicen. Muchas gracias»; no sé, lo sentí así, como si me llegara por telepatía. Luego volvió a desaparecer en el agujero y éste se deshizo como había surgido. Fue así, os lo juro.

Relojes.

Año 2865 d.C.
En el mercadillo un anciano tiene un humilde puesto en el que vende pequeños electrodomésticos anticuados. «¡Compren… relojes, maquinillas de afeitar, tablets, teles planas…, compren!», exclama con voz afónica. En un rincón, sobre una mesita, tiene un montón de relojes de distintos modelos. Pero no son relojes, no, son máquinas del tiempo portátiles. Fueron el no va más cuando las inventaron, ahora no las quiere nadie.

Paseaba por una apartada cala.

Paseaba por una apartada cala y vi un ánfora cubierta de musgo y coral medio hundida en la arena. La agarré y la froté suavemente para limpiarla y en eso apareció sobre mí una increíble nave espacial. «¿A dónde le llevo, señor?», me dijo el taxista sideral.

El astronauta condujo su nave.

El astronauta condujo su nave espacial hasta aquel lejano planeta, y allí encontró hadas revoloteando entre extraños árboles de maderapiedra.

La anciana.

En aquel rincón de la jungla más espesa, entre montes inaccesibles, la anciana, oráculo, chamán y médico de aquel poblado recóndito, goza de prestigio y cierta reverencia celestial. Es evidente que nació hace mucho tiempo pero nadie, sin embargo, sabe exactamente su edad; sólo saben que llegó huyendo cuando era joven. Los suyos la dejaron allí pues consideraron que era un buen refugio. Los que la perseguían no darían con ella en aquella perdida jungla, en aquel pequeño planeta azul. Los del poblado desconocían, naturalmente, que no era humana. Eso sucedió hace mucho, mucho más de lo que aparenta su aspecto físico, pues la mujer es tan anciana como aquel volcán que se ve en el horizonte, cuando los primeros humanos se establecieron en aquellas tierras. Desde entonces vive allí, entre esa sencilla gente humana, a la espera de que vengan a recogerla.

En una hoja en blanco.

En una hoja en blanco
Dibujada una ola,
Y siento que me moja
Y escucho su rumor.

Una cita doble.

Suena el teléfono. Una voz anónima me informa que mi mujer está con otro, que les ha visto entrar en un Motel haciéndose arrumacos. Le doy las gracias y aparento sentirme ofendido. Cuelgo y continúo viendo el partido de baloncesto en la tele. Estoy contento, y mucho; mi nuevo invento –yo lo llamo el Bilocalizador Clónico, capaz de duplicar a alguien para que esté en dos sitios a la vez–, es todo un éxito.

Complicidad fraternal.

¡Riiiiiing, riiiiiiing!
―¿Diga?… sí… sí, ¡no me diga!… gracias, sí… adiós.
―¿Quién era, cariño?
―No lo sé, pero me ha dicho que te acaba de ver con otro en un Motel, ¿te imaginas, cielo? –le dijo el marido a su mujer.
―Debe ser mi hermana gemela, ya te he dicho que venía a la ciudad por negocios; la han debido confundir conmigo, jajaja… –le respondió la hermana gemela de su mujer.

Dinoaliens.

La humanidad tuvimos la suerte de existir cuando ya se habían extinguido los fieros dinosaurios: el rex, el velocirraptor… Sin embargo cuando llegamos a aquel exoplaneta no tuvimos tanta suerte, pues antes que nosotros se había estrellado una nave llena de huevos aliens, y os lo garantizo, las nuevas criaturas, mezcla de los carnívoros autóctonos del exoplaneta y los aliens, son mucho peor que cualquier dinosaurio terrestre.

Parásito-host.

―Los nuevos móviles no necesitan conectarse a la red eléctrica para recargarse.
―¿Y eso?
―Porque poseen consciencia propia y una carcasa bioneuronal que les permite activar sus tentáculos e interconectarse simbióticamente con su humano anfitrión.

Precoz.

No tenía un año aún y ya sabía que existían las hadas. Las veía revolotear a mi alrededor cuando mi madre me acostaba en la cuna para dormir la siesta. Papá, mientras, no hacía más que decir: «¡Vete, mosca, vete! Cariño, ¿tenemos algún repelente de insectos?»

Lluvia.

Siempre que llueve salgo a pasear. La gente me mira y se sorprende al verme sin paraguas. Yo lo prefiero así. De donde yo provengo casi no llueve; allí el agua vale más que el oro. Por eso me vine a la Tierra a vivir. En mi planeta natal ya no se puede.

Los ler’ack.

Un simple tiburón blanco de seis metros les espanta, ¡pobres!, no conocen a los ler’ack de mi planeta natal con sus veinte metros de longitud, sus dos mandíbulas concéntricas de seis filas de dientes como brocas afiladas de acero y sus tentáculos de garfios emponzoñados; los humanos son unos cándidos, se asustan por nada.

Por fin.

Por fin encontramos un exoplaneta compatible con nuestras condiciones de vida. Organizamos varios viajes interestelares y fundamos colonias estables en él. Por fin la humanidad habíamos solucionado nuestros problemas de sobrepoblación de la Tierra. Por fin la humanidad volvíamos a tener esperanza en el futuro.

El tiempo.

El tiempo no es un cuándo,
el tiempo es un dónde, básicamente;
aunque es un dónde cuándo.

La competencia.

A esa hora el metro iba a tope. Me fijé en que a mi lado un ‘listo’ le estaba sisando disimuladamente la cartera a una señora. No dije nada. La señora ni se enteró. El tipejo era hábil y consiguió su botín. Entonces me puse a su lado y esperé. Justo cuando el ladrón salía del vagón en la siguiente estación simulé un tropiezo y, con dos dedos, le sisé yo a él la cartera de la señora. Estaba realmente indignado; y le expliqué a la señora lo que había pasado y le devolví su cartera. Ella me lo agradeció. Luego esperé a que la señora se bajara del metro y comencé a estudiar el terreno. Aquel señor que leía distraído parecía el más adecuado… Lo cierto es que odio a la competencia, ¡cómo me fastidia que alguien venga y se me adelante!

De nacimiento.

Permanezco en las sombras por una cuestión de supervivencia: el sol me mata. Sólo en alguna ocasión permito sentir el urente sol en mi piel, por poco tiempo, muy poco, hasta que el dolor me obliga a volver a la sombra reconfortante. La sangre es mi único alimento, y tampoco es culpa mía; si existiera sangre artificial la bebería, de verdad, pero mientras tanto… Además sólo matar me apacigua el ansia que me domina cuando tengo hambre. No lo puedo evitar, soy como soy, yo no pedí ser así. Yo no pedí nacer siendo vampiro.

Notre-Dame.

Al atardecer de un día cualquiera, ¿o quizá no?, un niño corretea por el parque cercano; juega y ríe, con su pelo revuelto por el viento, como queriendo colorear el paisaje de plenitud; y su mirada se eleva y el humo asoma por el tejado de la catedral. «¡Fuego, fuego!» –señala al cielo– «¡allí!» –grita el pequeño–, y la gente mira y se asombra. Y en un rincón casi olvidado una chispa despierta al monstruo. «¡La catedral arde!» El humo se eleva, las llamas devoran inmisericordes. «¡Allí!» Y cae la aguja de la torre, y el fuego crece. Los minutos parecen horas. Y, por fin, el monstruo muere; los bomberos evitan lo peor. Notre-Dame no se ha caído. Y será reconstruida, sí, lavada, purificada y, una vez más, consagrada como un Templo santo al Señor. Y en su interior la Cruz, en pie, como signo de libertad, de verdad, de gloria, de salvación.

Merecido descanso.

Tras un agotador viaje por los mundos del abismo Cheiw’y, en busca del tesoro Ath’eld, imprescindible para poder pagar el rescate por el príncipe Oima’m, secuestrado por las sanguinarias legiones del conde Skeloth’ld más allá de las abisales sendas de Say’gha’ies, la comandante estelar Mei se tomó unas merecidas vacaciones. «No hay nada como un buen libro de frenéticas aventuras para recuperar fuerzas», se decía Mei leyendo un thriller espacial recostada en una hamaca.

Una idea.

A la vista de que la Junta Electoral Central no autoriza que se celebre el debate a cinco tal y como había organizado Atresmedia, los candidatos del PSOE, PP, Ciudadanos, Unidas Podemos y Vox a la presidencia del Gobierno en las próximas Elecciones Generales han tenido una idea: han decidido reunirse en un local neutral y convocar una rueda de prensa conjunta, así como responder a todas aquellas preguntas que se les formule por parte de los periodistas allí presentes de cara a dar a conocer sus programas electorales. El evento sería grabado y subido a YouTube por iniciativa particular de los políticos convocantes; los medios de comunicación podrían, si así lo estiman apropiado, hacerse eco del hecho. Naturalmente dicho evento sería anunciado como Rueda de prensa a cinco –y no Debate–, para evitar posibles impedimentos legales.

Megas y nanos.

En aquellas tierras remotas conviven los megahumanos y los nanohumanos, dos categorías de seres vivos tan distintas como reflejaba su diferente tamaño. Los gigantes ignoran a los nanos como nosotros pudiéramos ignorar a los insectos; los nanohumanos, por su parte, prefieren no incordiar a los megas y viven su vida sin provocar su ciclópea ira. En ocasiones, cuando la situación lo permite, los nanoniños se divierten contemplando cómo los gigantes luchan entre ellos, en ocasiones incluso en mortal combate; para ellos es como asistir a una obra de teatro, y cuando un mega cae, la tierra tiembla.

De la ciudad surge.

De la ciudad surge una torre inmensa, portentosa, una columna tecnológica que comunica la Tierra con la estación espacial, antesala del puerto interestelar del que despagan las naves con las que la humanidad pretende explorar la galaxia.

Nubes.

La Tierra es un desierto, ya no queda agua ni en los ríos ni en los mares. Sólo los ricos, los muy ricos, los que se lo pueden permitir, ascienden en la nave aerostática y, surgiendo a través de las nubes, permanecen levitando y observan complacidos, inmunes a la insensatez a que ha llevado la inconsciente acción de aquellos egoístas que dominan el mundo, el único mar que aún queda, aquel mar de nubes blancas que cubren los cielos y que les rodea; un mar de nubes artificiales que no llueven.

De pie sobre una roca.

De pie sobre una roca, en el acantilado, con el mar embravecido, las nubes grises, el grito de las gaviotas irrumpiendo a lo lejos y el viento golpeándome la cara, miro al horizonte convencido de que la inmensidad del ser conlleva dolor, pero también honor y gloria.

Escapada.

Era un atardecer rosicler espectacular, los pajarillos canturreaban revoloteando entre las flores, el agua de la cascada reverberaba poderosa y cristalina en el valle… ¡Con lo bien que estaba junto a Emma –nos habíamos conocido hace unos meses, en otra acampada– y tuvo que aparecer esa nave, descendiendo imponente de entre las nubes! La vi aterrizar y de ella salió un alienígena, alto, horrible, pavoroso, con sus seis tentáculos y esa mirada asesina que tan bien conocía… ¿cómo demonios se ha enterado papá que me he escapado a este planeta de acampada?

Del poema humus.

Del poema humus, ¡oh, and that cover!, porque los diluvios Kath acaba de publicar ya ha llegado «la primera vez llenar la bóveda», el peor genocidio cinco relatos algo mágico cuando sólo se tiene salvación quieres darle visibilidad apuntaban sin duda. Entre gárgolas coordinates 13383,3141.876x876px. ¡Hercules at the gym! Hallan en China gold necklace with large breastplate la coraza que lleva nuestra especialidad ve bibliotecas únicas.

De coche en coche.

A lo largo de la historia en mi familia hemos tenido muchos tipos de coches: mis antepasados se compraron uno a motor de gasolina porque los caballos comían mucha alfalfa y se cagaban en plena vía; se compraron un diesel cuando dijeron que los de gasolina contaminaban mucho; luego se compraron un eléctrico cuando los expertos aseguraron que los diesel también contaminaban demasiado; luego se convencieron para comprarse uno de plasma cuando los eléctricos también fueron denostados por antiecológicos; luego llegaron los antigravitatorios sin ruedas, cuando los de plasma fueron considerados demasiado peligrosos –tras una catastrófica explosión radiactiva en una fábrica y hubo muchos muertos–; luego los solares, y la humanidad creyó haber encontrado, por fin, un medio de transporte ideal… ¡qué equivocados estaban! Al final la humanidad hemos regresado a los coches de caballos, ¡esos sí que son ecológicos, de energía sostenible, sana e inofensiva!

Dejamos de nacer.

Dejamos de nacer, la humanidad, dejamos de nacer, las mujeres dejaron de tener hijos; la contaminación, la degradación genética, dijeron… el caso es que dejamos de nacer. En pocos años la humanidad dejaría de existir. Sólo entonces supimos valorar la vida.

Sin yo proponérmelo.

Nunca creí poder ver lo que he visto ni oír lo que he escuchado ni vivir lo que he vivido, pero así sucedió, pues la realidad me hizo un hueco entre sus brazos sin yo proponérmelo: fui testigo de aquellos cíclopes muertos por flechas de papel disparadas por un guerrero ciego; fui vestigio de una daga incrustada en el costado de una ninfa, culmen de algo siniestro, atroz, que clamaba al cielo; fui señal del portentoso surgir, desde las profundidades del río helado del sino, de algo monstruoso reclamando justicia eterna, y de entre los árboles cercanos sentí un grito de dolor que hería el aire y laceraba mi alma; pues en lo alto de la montaña, al final de las escaleras de piedra, donde el universo concluye, se alza una senda que indica el camino a seguir para aquellos que son dignos; y, al final, el premio prometido.

Papeles ácratas.

En una diminuta tienducha de libros, en un destartalado rincón entre dos portales olvidados, bajo un tumulto de papeles ácratas, me topé con un grupo de hojas casi descompuestas por el tiempo que alguna vez debieron pertenecer a un libro; aún había restos de un hilo de cuerda que los cosía tenuemente. Ojeándolo vi que la primera hoja estaba en blanco. La segunda no. Empezaba por un punto. Extraño. Luego se podían entreleer –dos renglones más abajo– cinco versos, comenzando por minúscula, «la dúctil piedra negra / junto a la fuente del parque / bajo una hoja antaño verde / otra hoja verde que una vez fue piedra / y el porqué deberíamos apresurarnos al hogar»; no terminaba en punto. Luego otro renglón –no, dos–, en blanco también; y, terminando, otro punto. El resto de las hojas aparentaban vacías al primer vistazo, pero no; si te fijabas se notaban marcas de tinta casi borradas, como letras prohibidas que se niegan a morir. Tuve curiosidad. Me lo llevé a casa, claro.

Una flor.

Una flor
Entre telas de araña
Como jugando con la muerte.

Un gnomo en calabaza.

En el bosque vi una calabaza tirada por un par de ratoncillos y, conduciéndola, un gnomo. Iban deprisa, como si llegaran tarde a algún sitio importante. Le pregunté por qué.
―Es que el hada madrina no ha llegado a tiempo para convertir la calabaza en una hermosa carroza, ni a los ratones en caballos –me respondió el gnomo.
Y les vi perderse entre la foresta.

Casa mágica.

―¿Cómo sabes que tu casa es mágica?
―Los gatos de mis vecinos suelen cazar ratoncillos, incluso mariposas y libélulas; el mío caza hadas.

Gnomos

[1]
Aquel gnomo siempre llegaba tarde a todos los sitios. Era pobre y no tenía dinero para comprarse un escarabajo que le llevara; iba siempre en caracol.

[2]
En mi casa existen gnomos que pueden meterse en los libros. Ayer, sin ir más lejos, me puse a leer algo de Moby Dick y encontré que un gnomo estaba haciendo de capitán Ahab.

El túnel.

El tren llegó a la estación y me subí a él. Se llenó a tope. A mi lado una familia entera ocupaba medio vagón. Sonó el silbato y el tren arrancó. Cinco minutos después aceleró y despegó. «Atención. Abróchense los cinturones. En tres minutos atravesaremos el agujero negro» –anunciaron por megafonía. El espacio se veía profundo por las ventanillas.

La otra isla.

Vivo en un pequeño pueblo costero, en una isla. A veces me asomo al mar y miro. Dicen que en aquella otra isla que se ve allí, a lo lejos, habitan monstruos y que algunas noches vienen y se comen a quien encuentran en la playa. No sé si es cierto. Mis padres no me dejan que salga de casa por la noche. Esta mañana no ha venido a clase mi amigo Alberto. Ayer estuvo de fiesta en la playa. Le han enterrado esta tarde. Su ataúd estaba vacío.

Cuando escribo no sé si soy yo.

Ojos negros.

Salgo a pasear por el parque cuando llueve a mares. Sólo en esos momentos me permito el lujo de mostrarme tal cual soy. Sólo entonces mis globos oculares se tornan de un hermoso color negro espacio profundo y lloro. En mi planeta natal ya no llueve.

Disculpen.

Acampada. (Parte 1)
Acampaba con unos amigos. Era de noche. Sentados al fuego bajó una nave y quedó levitando a dos palmos del suelo. «Disculpen, ¿tienen un motor angular de plasma?», nos preguntó el piloto. Balbuceamos un no y la nave despegó. Esa noche no pudimos dormir.

Fin de año. (Parte 2)
31 del XII. 24:00. Voy por la autopista. Se para el motor y una luz de lo alto me ilumina. ¡Un ovni! «Disculpe, ¿tiene un motor angular de plasma?», me pregunta el piloto. Le digo no y se marcha contrariado; «¡la Tierra, tan atrasada!», le oigo exclamar.

Una flor, un libro.

La mar en calma, el cielo claro, una línea indefinida que une, que los configura amantes sin condición
Un velero de luz, una sensación en la piel que toca el agua y electrifica
Armonía al encontrar, sin buscarlo, la calma serena que brota de lo profundo
Nubes que delimitan, sin miedo, el infinito, gaviotas en la lejanía que abren camino
Un reflejo en el agua que distorsiona lo que es, sin cambiar su esencia
Una flor, un libro, lo perenne ilimitable, inagotable, eterno, fiel
¿Ves?, aquello es lo que buscas, ¿oyes?, no es una leyenda, existe, es real
Unas letras escritas en papel, un silencio sagrado, quizá unas lágrimas, quizá una risa
El sol al amanecer que irrumpe humilde en mi cuarto, el agua cristalina de una fuente
Un mundo en una burbuja que se eleva portentosa, una estatua de mármol que sangra y, al mirarte, sonríe.
Lo finito infinito de una vida que, tras la vida, busca más…y lo encuentra.

He luchado contra dragones…y he vencido.

Francotirador.

«Esta vez no me cogerán sin luchar», suele decir el viejo loco, hablando solo –pues afirma haber sido abducido por extraterrestres y, tras lograr escapar de ellos, se ha pasado los siguientes años construyendo su refugio–. A simple vista sólo es una simple y diminuta cabaña medio destartalada situada en el desierto de Chihuahua, en Texas, en mitad de ningún sitio. Su secreto, sin embargo, reside bajo tierra, pues la cabaña es en realidad la entrada camuflada a un bunker de tres pisos blindados donde aquel viejo loco vive desde hace años, y que sirve de estación de control del misil termonuclear que guarda oculto en el silo contiguo. Pues el viejo loco ha utilizado sus conocimientos en armamento y balística para construir su propio misil y desde entonces espera paciente, como un francotirador experimentado, a que vuelvan los aliens para sorprenderles y destruirles lanzándoles su bomba.

Un orm’kal’iep.

Es un orm’kal’iep y al amanecer extiende sus alas y se divierte entre las nubes, o persiguiendo a los pájaros, y hace picados y cuando parece que se va a estrellar en el río, gira y vuela a ras del agua y luego regresa a su refugio; es un dragón.

Un grupo inquietante.

Resultaba sorprendente verles caminar por la ciudad, formaban un grupo inquietante. Ella era una niña de no más de doce años, con el pelo corto y negro, y la acompañaban un cuervo negro de grito agudo –que la sobrevolaba–, un mapache de mirada retadora y un oso pardo grande como un… ogro; pero lo más sorprendente era su mirada: nadie era capaz de mantenérsela más de unos segundos.

El Tuúmades-7.

Amanece. Suena el despertador. Ana y Juan se despiertan, se duchan, desayunan y se visten con el Traje Unisex Último Modelo Antirradiación de Doble Escudo, modelo 7, conocido coloquialmente como el Tuúmades-7, capaz, según la publicidad estatal, de garantizar una total y completa protección. Y es que, tras la última guerra, es la única forma segura de salir a la calle para ir al trabajo o jugar en el parque sin la amenaza de morir por una sobredosis radiactiva.

Un barrio vivaracho.

En el barullo de la ciudad, en una de sus calles más concurridas y céntricas, de esas de antes, con dos tiendas, al menos, a ambos lados por cada portal de vecinos. Si paseas por ella te inundan sonidos y olores, como mínimo, sugerentes. Se oyen las voces de los tenderos –«¡manzanas, compren manzanas!», aquí; «¡pescados, qué frescos!», allá–; de las ventanas cuelgan ropas húmedas y una madre le grita a su hijo que suba ¡ya! a casa… Se huelen aromas a sopa de pollo, a cocido recién hecho; alguien está friendo gambas, huele salado… Es una calle vivaracha, como todo el barrio; en lo alto, si miras al cielo, ves alguna nube o algún globo aerostático de colores llamativos que sobrevuela las casas con publicidad variada, y, a lo lejos, gritan unas gaviotas.

Era un paisaje nevado.

Era un paisaje nevado, frío, inexplorado, con pequeñas colinas sin árboles, donde la niebla baja ocultaba secretos; pues al fondo, a lo lejos, habitaban trolls.

El bosque calla.

Al atardecer el bosque calla, las ninfas ríen; entre brotes verdes un hada conversa con una ardilla, y ésta le ofrece una nuez; en una roca junto a la cascada hay grabados unos pictogramas que una náyade lee y ríe pues le recuerdan su infancia; secretos del bosque.

El monte en silencio.

El monte en silencio y la nieve cencida, todo sometido por un ventarrón helado que impide respirar y protege al valle de miradas inoportunas e indiscretas; pero hay nieve removida que sólo puede indicar que los ogros han despertado de su hibernación y tienen hambre.

Clases magistrales.

―Doy clases magistrales sin saber de qué hablo.
―¿Y cómo sabes qué decir?
―Es que todo me lo invento.
―¿Y no temes que los asistentes te pillen?
―No, porque hablo de temas tan desconocidos que nadie los conoce.

Sueños.

Yo soy tu padre bendita la crisis que te hizo crecer los analistas políticos no conocen las cartas hasta ahora detallito atrasado para mi preferido domingo 28 de abril ¡para pensar! Sumo y glorioso era el mejor de los tiempos escribir mucho «¡Ah, si esta carne sólida por escribir! Mucho es «Estaciones», un poema Éowyn, repasamos las últimas rosa y naranja ser o no ser docente –coordinates: 20020,1630. 594x594px– esta madrugada fans of the tekkon kinkreet yo no sé qué pasa en Yemen; «sueños», un poema.

Sobre la cima del mundo.

Sentado sobre la cima del mundo, en un diminuto peñasco donde el infinito lo inunda todo, surge una niebla blanca, como nube de humo tras el fuego, y temo porque el silencio ahoga, y un chillido agudo, como de uñas arañando una pizarra de colegio, surge amenazante a intervalos regulares, y algo se acerca, como la madre de Norman con el cuchillo en alto tras la cortinilla del baño, y no soy capaz de asimilar lo que estoy viendo, pues un ser, una criatura horrenda, gigantesca, como ogro, ballena y pulpo gigante al unísono, se retuerce y gime, pero no llora, pues sólo ansía matar y destruir, y cierro los ojos, y siento que hay algo más ahí fuera, pero algo que no es malo, no, algo que viene en mi auxilio, sí, otro ser, otra criatura horrenda pero buena, que siente como yo, no, mejor que siente lo que yo siento, pues está conectada a mí de una forma que no es de este mundo y que no consigo comprender, pero me aparto y le dejo hacer, y veo que luchan entre ellos y gritan y sangran una sangre no roja, y la batalla se prolonga, pero siento que todo va bien pues en eso el malo muere, como en las películas de ciencia ficción de antaño, y el bueno emite un sonido que sólo puedo identificar como un canto de victoria, y me mira y yo le miro y le doy las gracias pero no me responde y se marcha, y ahí me quedo yo, riendo, llorando, sentado sobre la cima del mundo.

Tiene razón.

Y un diminuto polluelo de pato recién nacido, con el plumaje amarillo, abre los ojos por primera vez, se mira en un charco y se ve allí, con su cuerpecito todo erguido, y grita: «¡soy el rey del mundo!»; y, aunque nadie lo sabe, tiene razón.

Nuestro aprendizaje.

Sólo en la noche de primavera el bosque juega al escondite entre brillos saltarines de luciérnagas traviesas y vivos colores de aquellos que, ocultos mas no escondidos, velan audaces hasta la presencia del amanecer liberador; pues sólo el refugio incuestionable de valores inherentes al propio ser colectivo puede…no…debe llevarnos a la victoria prometida. Noche en la que, a lo lejos, se perciben palabras arcanas que brotan de labios sabios, de corazones colmados de un deseo puro y fiel, de pisadas que abren sendas olvidadas pero no destruidas, por donde está escrito que volverá aquel que, en el fondo, nunca se fue; maestro paciente que nos enseñó lo necesario para nuestro aprendizaje, y al que ahora daremos gracias.

[FIN]

Luis J. Goróstegui
Lo finito infinito de una vida. [Abril–2019]
[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]
#CuentosSinImportancia

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300. Haciendo amigos.

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300. Haciendo amigos.

Todos me aconsejaban que no entrara en aquella casa abandonada. Contaba la leyenda que estaba encantada; que, por las noches, los fantasmas rondaban por sus habitaciones y mataban a todo aquel que osara entrar. Por eso se sorprendieron tanto cuando me vieron salir a la mañana siguiente, después de haber pasado toda la noche en ella. Yo sabía que estaban equivocados. Los fantasmas de esa antigua mansión nunca hubieran matado a nadie, y mucho menos a mí, que era uno de ellos. A partir de aquel día, mis compañeros de clase ya no me tomaron por un cobardica.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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299. El hada del árbol.

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299. El hada del árbol.

Mi abuela me contó que hace mucho tiempo, cuando era niña, una tarde de verano se sentó bajo un árbol. De repente oyó una risa, miró a todos lados pero sólo vio un pequeño pajarillo que cantaba alegre en una rama. «Hola, pequeño» –le dijo mi abuela, y le ofreció unas migas del pan del bocadillo que se estaba comiendo. De repente el pajarillo echó a volar pero no se fue lejos; se quedó a los pies de mi abuela, y mientras volaba se convirtió en una preciosa hada. «Gracias» –le dijo sonriente a mi abuela que, sorprendida, no daba crédito a lo que veía. Y a cambio de las migas, el hada le regaló un libro. «Espero que te guste, son cuentos de hadas» –le dijo a mi abuela, y emprendió el vuelo y se desvaneció entre la floresta. Aún conserva mi abuela el libro. No es un libro como los demás, ¡qué va!, los demás libros siempre terminan, éste no; siempre que lo abro para leerlo me encuentro con un cuento nuevo. Y cuando mi abuela me lee uno de esos cuentos antes de dormir sucede algo extraordinario: la habitación se transforma en un bosque y miles de hadas revolotean a nuestro alrededor cantando y riendo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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Haiku 630 – 634

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Haiku 630 – 634

[630]

Nunca es bastante
si no deslumbra el sol;
este verano.

[631]

En la foresta
se vislumbran cachorros;
es primavera.

[632]

Llueve a deshora
con el cielo aún claro;
sólo es septiembre.

[633]

Mas sin buscarlo
tras las nubes lo hallé;
el sol de otoño.

[634]

Tiro una piedra
y cae en el estanque;
los peces huyen.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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El camino más rápido.

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Éste es mi #cuento para participar en el reto #MismoInicioDiferenteFinal de #SubmarinoDeHojalata (noviembre-2019) organizado por @MaruBV13 y @AliciaAdam16 (en Twitter):

El camino más rápido.

Alex odiaba cruzar por el cementerio por las noches —aunque era el camino más rápido a su casa— pero aquella noche era demasiado su cansancio y ansiaba dormir, así es que al llegar a la puerta, no lo dudó y entró al camposanto…
Alex no se rendía fácilmente, esa era, quizá, su mayor debilidad, pero aquella noche la luna llena iluminaba el cielo y la bruma cubría el suelo haciendo que las tumbas resultasen inciertas pero atrayentes, borrosas, balanceantes pero seguras, como balsas sobre un mar en calma removido en la lejanía por tormentas de un submundo que quisiera brotar de lo hondo; como si sus moradores, aunque muertos, aún estuvieran vivos y quisieran volver de… allí, y por eso le llamaban a quedarse con ellos, insistentes, invencibles, una y otra vez, machaconamente pertinaces, y Alex no pudo resistirse, no aquella noche; se sentía cansado, pero no por sí mismo, no, sino como si… es difícil precisar, como si ellos le hicieran estar cansado, extenuado y sólo entre ellos pudiera recuperar las fuerzas perdidas; y por eso entró.
De camino por entre los mausoleos de épocas antiguas, entre columnas pétreas y estatuas marmóreas de ángeles alados, Alex escuchó una voz apenada que recitaba líricas tristes: «…dime, muerte que desvías la mirada vacilante, dime, no desoigas mi súplica errante; dime muerte que ya no me sonríes, inclina tu oído hacia mí, limpia mi alma de impurezas y hazme morir en paz, dime…», recitaba un hombre sentado junto a la estatua de un famoso poeta de antaño.
―Sentidas palabras –le dije al pasar a su lado.
―¿Qué buscas por aquí, forastero? –me dijo inesperadamente.
―Voy de camino a casa; por aquí se llega antes –le respondí, educado pero nervioso, lo mejor que pude–. ¿Cuándo murió usted? –y añadí audaz.
Entonces levantó la mirada del libro que estaba leyendo y me miró.
―En 1821.
―Yo me llamo Alex –le dije queriendo entablar conversación.
―Mi nombre no importa –me respondió, y bajó la mirada.
―Nos volveremos a ver, ahora me llaman –me despedí de él.
Seguí caminando y, tras unos pasos, el poeta me respondió…
―Buena suerte, forastero –le escuché decir.
…aunque daba la sensación de que sus palabras no iban dirigidas hacia mí.
Y seguí caminando, ya estaba cerca de mi casa. El cementerio no es muy grande; es antiguo, muy antiguo –ya estaba allí incluso antes de la guerra de los Siete Años de 1756–, pero no es muy grande; por eso allí todos los muertos se conocen, son como una gran familia.
Y al final llegué, allí estaba… Sobre la lápida estaba sentada una mujer joven, tenía la cabeza baja, la mirada llorosa, vestía una capa de fina seda de mármol y en sus brazos sujetaba a un muchacho dormido de no más de quince años: yo. Y allí estaba… mi casa.
El poeta tenía razón, soy un forastero en el camposanto, llegué hace poco. Sé que aquí estoy de paso, que mi destino es otro, en otro lugar, pero no aún. Quizá por eso me cueste tanto aceptarlo y me resulte tan difícil quedarme en casa como la mayoría de los muertos; por eso, en ocasiones, salgo y deambulo por entre los vivos, aunque ellos no me vean, y por eso no regreso hasta que estoy exhausto, ansiando dormir, porque no me rindo fácilmente y no quiero darme por vencido, no aún; esa es, quizá, mi mayor debilidad y mi mayor fortaleza.

Luis J. Goróstegui

298. Matar el gusanillo.

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298. Matar el gusanillo.

Era un ogro grande, gruñón y muy fiero, pero tenía un problema. Era capaz de matar dragones, incluso gigantes, pero era incapaz de matar ratones. Todas las mañanas, para desayunar, mataba un par de jabalíes y algún cervatillo, sin embargo, para matar el gusanillo de mediodía, al ogro siempre le apetecían algunos ratones, de esos pequeños que se alimentan de nueces y moras en las tierras bajas –de ahí su sabroso sabor; todos los ogros se lo habían asegurado–, pero, cuando los veía, no sabía por qué, era incapaz de matarlos…, simplemente no podía: sentía algo raro en el estómago… y no podía. Y ya empezaba a preocuparse; incluso fue a visitar a una bruja, amiga suya, que pasaba consulta cerca de la gruta donde él vivía. Le recetó un par de pócimas malolientes, incluso un conjuro infalible de efecto seguro, según le confirmó la hechicera, pero nada, el ogro seguía sin poder matar un ratón. Una mañana, tras matar un gran oso del Norte y un par de arañas gigantes del páramo, el ogro fue a visitar a su madre. Cuando le contó su problema, ella le contestó:
―A tu padre le pasaba lo mismo, no te preocupes; ya sabes lo bruto y sanguinario que era, sin embargo tampoco era capaz de matar un ratón…, hasta que se le ocurrió la solución.
―¿Y cuál fue, madre?
―Pues comérselos vivos, hijo…, comérselos vivos.
Y desde entonces, cuando el ogro regresa satisfecho a su gruta, con los restos de la caza del día –un dragón escupeácido del Sur, algún tigre dientes de sable, uno o dos monstruos de la ciénaga o algún engendro similar–, siempre lleva en sus bolsillos algunos ratones vivos, y se los va comiendo para ir matando el gusanillo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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297. Descubriendo Júpiter.

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297. Descubriendo Júpiter.

Cuando los humanos llegamos a Júpiter nos sorprendió descubrir que, bajo la tormentosa capa de nubes que lo cubre, la calma se extiende por todo su interior de forma inusitada; pero, sobre todo, lo que más nos fascinó fue constatar que se encuentra habitado por seres ingrávidos altamente inteligente, los mismos que llevaban toda nuestra historia observándonos y visitándonos clandestinamente en la Tierra: estudiándonos –hasta que, finalmente, nos permitieron contactar con ellos–. Pensábamos que los extraterrestres, de existir, habitaban lejanos planetas y resulta que están aquí al lado, ¡tan cerca…!

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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Haiku 625 – 629

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Haiku 625 – 629

[625]

Sin previo aviso
envejecen las flores;
llega el otoño.

[626]

El sol de otoño
oculto tras las nubes;
deslumbra poco.

[627]

Entre algodones;
el saltamontes come
sin que le vean.

[628]

Se oye el zumbido
de la abeja que liba;
ya huele a miel.

[629]

Cinco galletas
cuando llega el verano;
no es un banquete.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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