Haiku 1025 –1029

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Haiku 1025 –1029

–1025–

Canta la alondra
un piar; en lontananza
otra responde.

Canta la alondra un piar; en lontananza otra responde.

–1026–

En la crecida
el río se desborda;
riega la tierra.

En la crecida el río se desborda; riega la tierra.

–1027–

Todas las flores
agradan a la vista;
hasta su sombra.

Todas las flores agradan a la vista; hasta su sombra.

–1028–

Entre las hojas
caídas, surgen flores
en primavera.

Entre las hojas caídas, surgen flores en primavera.

–1029–

«Asoma tímido
la cabeza el ratón
entre las flores.»

«Asoma tímido la cabeza el ratón entre las flores.»

Luis J. Goróstegui
#haiku

Csi 778 – 782: ‘La joven del metro’ y otros cuentos sin importancia

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778. Columpiarse

Por la noche el parque se quedaba vacío. Era entonces cuando el columpio se balanceaba adelante y atrás, adelante y atrás, y tomaba altura. Le gustaba esa sensación de tocar las estrellas con los pies. Sólo cuando el parque se vaciaba de gente el niño se animaba a columpiarse, como cuando estaba vivo.

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779. Pasos en la niebla

Desde hace tiempo, cuando la niebla cubría el puente viejo –el de madera–, se escuchaban pisadas y espeluznantes alaridos que lo recorrían de un extremo al otro. Un día quise averiguar a qué eran debidos esos ruidos y entré en el puente. La niebla no me permitía ver nada, pero escuché claramente los pasos a mi alrededor. En cierto modo me sentí vigilado. Yo miraba pero no veía más que un blanco frío y húmedo. Tras casi una hora, el miedo se me metió en los huesos y me fui. Desde entonces ya no se escuchan pasos en el puente; ahora escucho los alaridos recorriendo los rincones de mi casa. Eso de agradar a los demás y atraerles puede que tenga sus ventajas en la vida profesional, pero en la vida privada tiene sus inconvenientes, lo admito.

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780. Cambios de humor

En el salón de mi casa hay una nube. Como lo oyes: una nube. Es como si la casa tuviera vida: cuando está de buen humor, la nube es suave y esponjosa como el algodón blanco, casi transparente; cuando está de mal humor, la nube se vuelve negra y los relámpagos retumban por todas las habitaciones. Es entonces cuando les tengo que pedir disculpas a los vecinos y les explico que fueron mis sobrinos, que habían venido a visitarme, los que hacían tanto ruido; no me creerían si les digo la verdad, o, acaso, es que no quisiera que la supieran. Resulta que el espíritu de uno de los antiguos habitantes de la casa aún habita en ella: el de una joven que hace años fue asesinada por unos desalmados atracadores. No obstante, todo tiene su lado bueno, pues aunque tenga el día colérico, a veces logro serenarla poniendo en la tele alguna película de cine clásico; en eso tenemos gustos parecidos.

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781. Frente al espejo

Estoy en una casa vacía, en una habitación vacía, frente a un espejo viejo, de esos de cuerpo entero de los de antes, y detrás de mí no hay más que una pared sucia, pero dentro del espejo veo otro espejo, y me asusto, y dentro de ese otro hay otro, y dentro de ese hay otro más y otro más y otro más, y dentro de ese último hay alguien que viene hacia mí; una sombra iracunda que corre atravesando los espejos y blandiendo un hacha –o dos o más, no sé–, gritando, como un poseso. Y viene a por mí, pero el miedo me inmoviliza y él cada vez está más cerca y más cerca y más cerca y más cerca hasta que llega al primer espejo, frente a mí, y entonces le puedo ver la cara, llena de ira, con los ojos sangrientos, la boca desencajada, rabioso. ¿Soy yo?; ¡no puede ser! Y alarga, –¿alargo?, quizá dilato– el brazo fuera del espejo y me agarra del cuello y aprieta. No puedo respirar, me ahogo, ¡socorro!, intento gritar pero no puedo, y el ser se ríe, histriónico. Logro quitarle el hacha pero él sigue apretándome el cuello y levanto el brazo y de un golpe rompo el espejo y él me suelta pero no desaparece y yo salgo corriendo lo más rápido que puedo y la casa se queda atrás, atrás, sola, entre árboles desnudos y los pájaros gritan, pájaros negros, grandes, horribles. «¿De dónde vienes?», me pregunta una niña de ojos negros. «No…no lo sé», logro decir y sigo corriendo, corriendo, corriendo.

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782. La joven del metro

Viajaba en metro. A esas altas horas de la noche el vagón estaba vacío. Sin embargo vi que, en el vagón vecino, había una joven. Iba también sola, de pie y leía un pequeño libro de tapa dura, color granate. Vestía ropa de diseño antiguo, como de otra época ya pasada. En eso levantó la mirada y me miró, o eso creí. Se puso de pie y me sonrió. Sin embargo no parecía haberme visto, como si se dirigiera a alguien que estuviera detrás de mí. Pero tras de mí no había nadie. La joven cerró el libro y comenzó a andar. Hacia mí. Lentamente, como flotando; aunque no levitaba pues pude ver claramente cómo pisaba el suelo con sus pies. Sin embargo, al llegar a la puerta que comunicaba ambos vagones no se detuvo y, ante mi asombro, atravesó ambas puertas cerradas –la de su vagón y la del mío–. No daba crédito a lo que veía. Al llegar donde yo estaba pensé que se detendría, pero me atravesó. Sí, pasó a través de mí, como si fuera un fantasma, y entonces le escuché decir como en un susurro, con cierto tono de angustia: «Por fin has venido, te he estado esperando», y siguió andando, con la mirada fija al frente, sin verme, pasando al siguiente vagón. Allí se desvaneció. Lo escribo porque sucedió, no porque quiera que me creas o no. Y no, no llegué a saber qué libro leía.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Csi 774 – 777: ‘Bajo la lluvia’ y otros cuentos sin importancia

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774. Posición estratégica

Una tarde de verano estaba sentado en un banco del parque, leyendo. En eso descendió sigilosa una nave espacial. Se abrió la ventanilla y el piloto, medio lagarto, medio tigre, de profundos globos oculares azules, antropomorfo, me preguntó:
―Perdone, ¿Plutón?
Me quedé paralizado de la impresión, y, sin poder articular palabra, le señalé al cielo con el dedo, más o menos por donde estaba el pequeño planeta.
―Muy agradecido –me respondió el alienígena.
Se cerró la ventanilla y la nave ascendió sigilosa y se perdió entre las nubes; y es que desde que la humanidad había entrado a formar parte de la Confederación de Civilizaciones Unidas, la Tierra había alcanzado notoriedad, pues ocupaba una posición estratégica relevante entre las principales autopistas siderales del cuadrante galáctico.

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775. Bajo la lluvia

De donde yo vengo llueve continuamente, torrencialmente, tanto que, si alargas el brazo, no ves tu mano. Es fabuloso. No hay nada como estar bajo la lluvia. Entonces me siento vivo. Alzo la mirada y me siento vivo. El agua me rodea y siento cómo me golpean las gotas y me gusta; supongo que estoy hecho a ello. Esa intensidad, esa potencia en la lluvia… Es mi vida. Sin ella creo que moriría. Aquí no sucede eso casi nunca, pero, cuando sucede, salgo a la calle, abro los brazos, miro al cielo y río feliz, pletórico. No tengo que preocuparme por si alguien me ve; nadie suele salir a la calle cuando llueve tanto, mejor así. No es que no me guste dónde vivo ahora, no, no es eso, pero no es lo mismo. Aquí llueve a veces, y, cuando no, aguardo en casa a que llueva; la ducha ayuda, pero es poco. Pero, bueno, no se puede tener de todo, ¿no? A veces hay suerte y llueve fuerte, casi como allí, pero la mayoría de las veces me quedo con ganas de más. No es sólo sentir el agua a mi alrededor, pues para eso me bastaría con zambullirme en el mar, no, tampoco es eso, es algo muy distinto, algo… difícil de explicar si no lo has vivido.
Tuve que huir por problemas que no entenderíais, así que no se lo he contado a nadie; y mejor que nadie sepa que estoy aquí. Mis vecinos son buena gente, aunque desconocen mi procedencia, claro; no sería seguro. Al verme por la calle me saludan cordiales. «¡Hola, vecino, hoy parece que va a llover!», me dicen, y yo les sonrío y les saludo; «eso parece, sí, a ver si llueve mucho», les digo. Supongo que creerán que estoy bromeando, pero no es así, lo digo muy en serio. De todas formas no me puedo quejar. En comparación, éste es el mejor sitio para alguien como yo, lo sé. No es nada fácil encontrar en toda la galaxia un planeta donde llueva tanto, si exceptuamos el mío, por supuesto; además, el hecho de que nuestras dos especies compartamos un aspecto físico similar facilita que pase desapercibido; al fin y al cabo el aspecto alienígena de mis globos oculares se disimula fácilmente con unas lentillas integrales.

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776. Preparativos

Después de tanto tiempo estudiándolos, el extraterrestre seguía sin entender por qué los humanos se empeñaban en destruir su hermoso planeta, incluso poniendo en juego su propia existencia. Era por ello que los suyos le habían enviado para preparar la logística previa a la destrucción de la humanidad; no podían arriesgarse a que aquellos salvajes se expandieran por la galaxia.

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777. Reviven

Es curioso. Todos los otoños, a los árboles –a los caducifolios, así les llaman– se les caen las hojas, y, durante el invierno, permanecen desnudos, como muertos aunque no; me han dicho que así se protegen del frío. Sin embargo en primavera sucede algo impresionante: reviven. Los campos, los bosques, se tornan de un verde vibrante, refulgente; las flores de mil colores surgen impetuosas por todas partes. Me resulta un espectáculo sobrecogedor, será que no estoy acostumbrado a él; claro que de donde yo provengo no hay nada ni remotamente parecido. Sí, la humanidad es afortunada, mucho: muy pocos tienen la oportunidad de ser testigos directos del resurgir de la vida.
Lo que más me choca, no obstante, es que los humanos, por lo que he podido comprobar desde que vivo entre ellos, no son conscientes de su fortuna. Deberían vivir unas temporadas en mi planeta; así se darían cuenta de lo que tienen.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 1020 – 1024

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Haiku 1020 – 1024

–1020–

La espiga frágil
cede ante la tormenta,
mas no se rompe.

La espiga frágil cede ante la tormenta, mas no se rompe.

–1021–

El oso sabe
que la miel sabe dulce,
aunque le piquen.

El oso sabe que la miel sabe dulce, aunque le piquen.

–1022–

El viento rompe
los árboles del bosque;
no las espigas.

El viento rompe los árboles del bosque; no las espigas.

–1023–

Suelo nevado;
unas huellas recuerdan
que el tiempo pasa.

Suelo nevado; unas huellas recuerdan que el tiempo pasa.

–1024–

Amanecer
entre las ramas verdes;
un suave trino.

Amanecer entre las ramas verdes; un suave trino.

Luis J. Goróstegui
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Csi 773: Segunda oportunidad

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773. Segunda oportunidad

Aquel día recuerdo que me levanté temprano, y eso que había dormido bien, pero a las seis ya estaba desayunando. Supongo que era por la excitación de la novedad. Al rato salí de casa y fui a llamar al ascensor. Sin embargo, antes de que le diera al botón, el ascensor llegó a mi piso. A través del cristal translúcido de la puerta observé una sombra; alguien estaba dentro. Otro vecino, me dije, pero al abrir la puerta un enorme gorila, de casi dos metros de altura y ancho como un armario me miró fijamente y salió del ascensor. De la impresión, las piernas casi no me sujetaban. Me aparté un poco y le dejé salir. «Buenos… días», logré decir. Él emitió un bufido seco. Entré en el ascensor y le di al botón. No me fijé a qué puerta iba el gorila. En la portería, saludé al portero; en ese momento estaba cambiando una bombilla del techo. No tuvo que esforzarse mucho para llegar, pues era una jirafa, así que con solo levantar un poco el brazo llegó fácilmente. Lo cierto es que era un portero muy eficiente. Justo en el momento en que iba a salir a la calle, una señora entraba en el portal. Iba con paso decidido y llevaba un par de bolsas con la compra. Era una elefante muy grande, tan grande que casi no entraba por la puerta; pero entró. «Buenos días, parece que hoy va a hacer buen tiempo», la saludé. «Sí, es cierto, el cielo tiene buen color», me contestó amablemente. Y salí a la calle y me fui a dar un paseo por el barrio.
Era la primera vez que tenía ocasión de ver la ciudad con cierto detenimiento; estaba integrada en el bosque y las plantas y árboles autóctonos lo llenaban todo. Yo lo observaba admirado, casi embobado, tanto que casi choco contra un rinoceronte.
―¡Cuidado por dónde vas! –me dijo algo irritado.
―Perdóneme –me disculpé, y seguí mi camino.
Pasé por una tienda y me paré a comprar algunas naranjas y un melón.
―Son quince monedas –me dijo el dependiente; era un búfalo, o algo parecido.
―¿Quince, no es muy caro? –le pregunté.
―Es cuestión de oferta y demanda –me contestó con tono irónico.
En el kiosco me compré el periódico. En la portada aparecía la foto de un tiranosaurio rex con cara de pocos amigos: «Detenido el jefe de la mafia local», decía el titular. Lo hojeé por encima y lo guardé en la bolsa junto a la fruta. «Ya lo leeré después», recuerdo que me dije. Al cabo de un rato llegué a un pequeño parque. Los trinos de los pájaros sonaban a lo lejos y algunos niños jugaban en los columpios: dos niños humanos, una cría de camello y dos… no, tres crías de chimpancés. En el cielo los dos soles brillaban claros y el cielo estaba limpio y azul. Me senté en un banco, pero en lugar de leer el periódico me vino a la memoria todos los sucesos increíbles de los últimos tiempos:
Cuando detectaron aquel remoto planeta, la humanidad no podía creerse lo afortunados que habían sido. La situación de la Tierra comenzaba a ser desesperada y la única posibilidad para su supervivencia era que parte de la población humana emigrara a nuevos planetas y se expandiera por el universo. Sin embargo, hasta el descubrimiento de Nueva Tierra, como se denominó al exoplaneta, esa opción parecía poco menos que una quimera. Nueva Tierra tenía un tamaño similar a la Tierra, el nivel de oxígeno ideal y el agua abundante. Incluso un año en Nueva Tierra tenía una duración casi igual al año terrestre. Es más, los satélites enviados detectaron numerosa vida vegetal y animal; una vida increíblemente similar a la de la Tierra, aunque no se detectó vida inteligente con capacidad tecnológica.
Por eso la sorpresa fue incluso mucho más inesperada cuando, en el año 3407 d.C., los primeros humanos que aterrizaron en Nueva Tierra comprobaron que los animales que habitaban el planeta hablaban; pero no hablaban mediante gruñidos y rugidos como en la Tierra, no, sino que tenían su propio lenguaje inconcebiblemente similar en el fondo al humano, incluyendo palabras y gestos cuasihumanos, aunque muy diferente en la forma, naturalmente.
Durante los siguientes años, procedimos al asentamiento en el planeta. En ese tiempo, los humanos llegamos a Nueva Tierra, nos establecimos y, cosa rara en nosotros, constituimos lazos de cooperación, incluso de amistad, con los habitantes nativos. Parecía que habíamos aprendido la lección después de tantos fracasos como habíamos sufrido a lo largo de nuestra historia. Al principio, es cierto, nos costó asimilar que lo que aparentemente se asemejaba a un oso o a un orangután o a un elefante o a un simple perro o a un gato, eran realmente seres inteligentes con capacidad de habla y comprensión similar a la nuestra; pero finalmente lo conseguimos. Para ser sincero, morfológicamente había algunas diferencias entre ellos y nuestros animales, claro, como, por ejemplo, sus brazos y manos, más parecidos a los nuestros que a las patas de los animales terrestres, o el aspecto de su rostro, o incluso su asombrosa capacidad bípeda; paradójicamente esas diferencias beneficiaron un mejor entendimiento entre ambas especies. Sólo dos cosas más: en el planeta sí había animales como los de la Tierra, sin capacidad de habla ni raciocinio inteligente me refiero, y esos, curiosamente, sí eran muy diferentes a todos los animales terrestres que podamos imaginar; y una cosa más, quizá la más fantástica de todas, al menos para mí: existían dinosaurios, sí, dinosaurios como los que hubo en la Tierra hace millones de años, pero inteligentes; distintos a ellos, claro, pero dinosaurios al fin y al cabo, como si los de la Tierra no se hubieran extinguido y hubieran evolucionado hasta convertirse en seres inteligentes, pues de ese tipo de dinosaurios; sí, era evidente que el curso de la evolución en este planeta había discurrido por senderos muy distintos al de la Tierra, pues, además, no existía nada parecido a los humanos. Era como si, al no existir una especie inteligente dominante, el resto de animales hubieran evolucionado hasta convertirse ellos mismos en los seres inteligentes del planeta; no sé si me sé explicar.
Yo llegué al planeta treinta y cinco años después del primer transporte, en el decimoquinto, hace ya casi año y medio. Durante los primeros meses nos instalamos en lo que llamamos Primera Base, en la que, podríamos decir, nos acostumbramos al nuevo planeta y, sobre todo, a nuestros nuevos convecinos. Por ejemplo, allí conocí a un guepardo que nos enseñó a hablar su idioma, o al menos algunas frases, pues me resultaba muy difícil reproducir algunos de sus sonidos; o a un león que nos dio algunos seminarios sobre la historia de los suyos y la de su planeta. Me resultó chocante, sin embargo, comprobar cómo ellos aprendían fácilmente nuestro idioma; fue toda una lección de humildad, lo reconozco. Evidentemente, ellos no se llaman a sí mismos oso o león o tigre o gorila, naturalmente; ellos tienen sus propios nombres en su propia lengua, pero me resulta imposible recordarlos todos, sobre todo por lo complicado de su sintaxis: recuerdo que un oso estuvo dos días para conseguir que recordara que, en su idioma, lo que yo llamaba oso, pues se parecían mucho a ellos, ellos se llamaban irik’ss; que un tigre era nyaud’n, o algo así, pues es complicado transcribir sus sonidos; que serpiente era shyeih’e; y así sucesivamente. Supongo que con el tiempo lo lograré; eso espero. Hay una palabra, sin embargo, que sí he aprendido bien, veréis, si nosotros somos humanos, ellos son ina’ash’aën; «quiere decir: bondad hacia los semejantes», me explicó un león, perdón, un a’omkel. Resulta extraordinario que alguien tan lejano a nosotros se defina con un término tan similar al nuestro, ¿verdad?, aunque no siempre le hayamos hecho justicia con nuestro comportamiento humano.
Al finalizar el periodo de aclimatación y aprendizaje básico me enviaron a lo que será mi nuevo hogar, aquí, a mi nueva ciudad, donde trabajaré como técnico agropecuario. Ya disponemos de nuestras nuevas viviendas, unos edificios de apartamentos, de pocos pisos de altura, integrados en la naturaleza autóctona, con todo lo necesario, incluyendo ascensor y agua caliente.
Sí, recuerdo que aquel día me levanté temprano. Era un recién llegado, con todo por aprender: el trato con los nativos –sus ceremonias son bastantes sofisticadas– y cosas por el estilo, y como hasta la semana siguiente no empezaba en el nuevo trabajo, tenía tiempo para familiarizarme con el entorno, por lo que me fui a dar un paseo por el barrio. Reconozco que estaba algo nervioso, supongo que por la novedad de estar en mi nueva casa, con vecinos increíbles… inimaginables, casi ilógicos, pero ciertamente reales, os lo puedo confirmar.
De eso hace ya un par de años. Ahora ya me he ido aclimatando y me desenvuelvo bien, tanto en la granja como con mis vecinos nativos…
―Vamos, Antonio, tenemos que volver a la granja.
―Ya voy, Ine’emt.
Sí, Ine’emt es uno de mis compañeros en la granja. Se llama Ine’emt, y es un a’lyeing, se parece a nuestros osos panda pero más esbelto y algo más grande…, sí ya sé que es algo lioso de explicar; pero es un buen tipo.
Bien, es hora de volver al trabajo. Ah, sólo una cosa más: Por ahora vamos bien. Veréis, estar aquí es como empezar de nuevo, como si tuviéramos una segunda oportunidad; y no queremos desaprovecharla, quizá no tengamos otra.
Año 3445 d.C. terrestre; 38 años, 5 meses y… 5 días desde nuestra llegada a Nueva Tierra. Fin del biolog.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 771 – 772: ‘Epitafio’ y otros cuentos sin importancia

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771. Epitafio

En una lápida del cementerio pone:

«Aquí yace un extraterrestre que amó a los humanos.
Gracias a él la humanidad no fue aniquilada.»

Todos los que leen el curioso epitafio, sonríen y alaban lo ingenioso de la frase, sin darle mayor importancia. No obstante, todos los años, en su aniversario, un grupo de personas visitan la tumba, rezan unas plegarias y dejan unas flores. Nadie se percata, sin embargo, de que tienen los ojos azules; todo el globo ocular.

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772. Xenofobia

Dos amigas se encuentran en la calle y se detienen a charlar. En eso pasa a su lado un velocirraptor vestido de esmoquin negro y un brontosaurus con pajarita y bastón.
―¿Has visto? –le dice una amiga a la otra, ofendida.
―Sí, aún no me he acostumbrado –le responde la otra con tono desdeñoso.
―Y que lo digas.
―Es verdad, aún no sé por qué hemos venido a vivir a este exoplaneta.
―Sí, tienes razón, pero ¿quién iba a sospechar que los dinosaurios habían evolucionado tanto?
Y, mirando para otro lado, continúan chismorreando.
―Mi papá dice que no tuvisteis otra opción y que si no hubierais destruido vuestra Tierra no os hubierais visto obligados a venir a nuestro planeta… y que así no tendríamos que compartirlo con vosotros –le espeta una cría de triceratops que pasa en ese momento por ahí y que las ha oído quejarse.
Y las dos amigas le miran muy ofendidas y se marchan con viento fresco.
―¡Habrase visto tamaña insolencia…! –se le oye murmurar a una de ellas.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1015 – 1019

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Haiku 1015 – 1019

–1015–

Bajo los pétalos
de la flor, una abeja
huye del pájaro.

Bajo los pétalos de la flor, una abeja huye del pájaro.

–1016–

Campo de flores;
las primeras abejas
ya están aquí.

Campo de flores; las primeras abejas ya están aquí.

–1017–

¿Qué hago mirando
cómo cae la nieve
si ya no nieva?

¿Qué hago mirando cómo cae la nieve si ya no nieva?

–1018–

Espera el ciervo
que deje de llover;
también el lobo.

Espera el ciervo que deje de llover; también el lobo.

–1019–

Cae la lluvia;
con los ojos cerrados
el ciervo aguarda.

Cae la lluvia; con los ojos cerrados el ciervo aguarda.

Luis J. Goróstegui
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Csi 769 – 770: ‘El pueblo’ y otros cuentos sin importancia

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769. El pueblo

Es un pequeño pueblo apacible, de casas de piedra y tejados de pizarra negra, situado en lo alto de un monte boscoso, en medio de una escarpada cordillera nevada. Sus habitantes cultivan la tierra y alimentan a su ganado; no necesitan bajar a la ciudad pues tienen todo lo que precisan. Lo curioso es que en la ciudad nadie sabe de su existencia; esas montañas son inaccesibles. Y lo más extraordinario es que hace una semana ese pequeño pueblo apacible ni siquiera existía. Donde ahora están las casas sólo había una pequeña hondonada que se inundaba en primavera con el deshielo de las cumbres vecinas formando un pequeño lago natural. Una noche de luna llena parte de la hondonada desapareció y su lugar lo ocupó una enorme nave espacial de forma ovalada. Toda la operación no duró más de algunas pocas horas. En ese tiempo ocultaron la nave bajo tierra y sobre el ahora nuevo suelo hicieron surgir las casas. Forman una preciosa postal, pues, en verano, el pueblo se acopla perfectamente al contorno sur del lago.
Provienen de muy lejos, de aquella estrella que las noches de verano se vislumbra tenue en el cielo y que, rodeada de otras cuatro, forman un curioso perfil, y allí, alrededor de esa estrella, rota un pequeño planeta, o más bien rotaba, pues ya no existe; lo destruyeron unos alienígenas de un planeta vecino. Por eso tuvieron que huir de allí en busca de un nuevo hogar, y aquí están ahora, contentos de haber encontrado un lugar como éste, donde poder vivir en paz; y todas las noches, tras el duro trabajo diario, sus habitantes miran al cielo y recuerdan con nostalgia cuando vivían junto a aquella estrella tenue y confían en no ser encontrados.

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770. Como en casa

Cuando le dije a mi familia que me venía a trabajar tan lejos se pusieron muy tristes.
―No os entristezcáis, sólo estaré unos meses, ya sabéis… necesitamos nuevos datos y sólo los podemos obtener in situ… y además nos podremos hablar todos los días –les dije.
―Sí, pero estarás tan lejos… –se lamentaron.
―Sí, y hace más frío que en casa, es cierto, pero tranquilos, estaré bien y además estaremos bien comunicados.
De eso hace ya casi dos meses y durante todos estos días, mientras hablo con mi familia por holoconferencia, miro al sol y percibo su cálida caricia y creo estar como en casa. Por eso busqué trabajo como astrónomo en un observatorio, pues además de servirme como tapadera para mi misión de observación y análisis de los humanos, podría contemplar con mayor detalle el sol, mi querido sol, con sus dunas de plasma y sus olas electromagnéticas…, allí, donde nací y donde mi querida familia aguarda mi regreso. ¡Y pensar que los humanos opinan que en el sol no es posible que haya vida!…

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Csi 768: Su única posibilidad

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768. Su única posibilidad

La misión espacial tenía por objetivo despegar de la Tierra, alcanzar la órbita de Marte, dar algunas vueltas a su alrededor y regresar a la Tierra. Así mismo, durante la etapa de aproximación, se lanzaría un satélite de última generación que se encargaría de escanear tanto la superficie como, sobre todo, el subsuelo marciano con una precisión y un alcance como nunca se había realizado hasta la fecha. Con él serían detectados todo tipo de materiales, incluyendo aquellos no tenidos en cuenta en pasadas misiones. Nunca se había estado tan cerca de colonizar Marte. Era una misión muy importante, necesaria como preparación indispensable para cuando se decidiera aterrizar en el planeta rojo. Todo estaba dispuesto. La noche anterior al despegue, sin embargo, alguien entró en las instalaciones y se ocultó en la zona de carga útil del cohete; allí recalibró los sensores del escáner del satélite.
El día amaneció despejado y el despegue fue todo un éxito. Todo el mundo aplaudió entusiasmado. Los controles de tierra siguieron el vuelo del cohete sin detectar ninguna novedad de interés. En el momento del acercamiento a Marte, se abrieron las compuertas del habitáculo de la carga útil y se lanzó el satélite. Todo el delicado proceso se llevó a cabo sin ningún problema. Una vez lanzado el satélite las compuertas se volvieron a cerrar y el cohete continuó su viaje.
Nadie, sin embargo, detectó un objeto, poco más grande que una nevera doméstica de contornos aerodinámicos y de un material desconocido, que estaba adherido a la estructura externa del satélite. Una vez alejado del cohete, y antes de que el satélite fuera activado, el extraño artefacto se desacopló y se dirigió en ruta directa hacia la superficie de Marte. El momento tan largamente temido estaba ya muy próximo. Quedaba poco para que la humanidad llegara a Marte y era necesario iniciar los protocolos de evacuación del planeta. Por eso el explorador había estado viviendo en la Tierra, camuflado como un humano más, estudiando in situ a la humanidad. Los marcianos no tenían intención, conociendo a los humanos como los conocían después de tanto tiempo analizando su carácter y comportamiento cuasisalvaje, de compartir su planeta con ellos. Era mejor abandonarlo y establecerse en otro. Era su única posibilidad. Al fin y al cabo la galaxia estaba repleta de planetas en los que podrían acomodarse, pues, a diferencia de los humanos, ellos no necesitaban agua ni aire para vivir. Por ello tuvo que recalibrar los sensores del satélite, para que los humanos no tuvieran ocasión de detectar las ciudades subterráneas marcianas. Quizá, si los humanos no encontraban ni vida ni agua en Marte, se irían y entonces ellos podrían regresar a su hogar.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 1010 – 1014

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Haiku 1010 – 1014

–1010–

Anda el gusano;
busca madrugador
los brotes tiernos.

Anda el gusano; busca madrugador los brotes tiernos.

–1011–

Aquella flor
tiene sobre sus pétalos
un saltamontes.

Aquella flor tiene sobre sus pétalos un saltamontes.

–1012–

Pétalos blancos
sobre un campo verdoso;
surge el verano.

Pétalos blancos sobre un campo verdoso; surge el verano.

–1013–

Se ve nevar
a través del cristal,
sin sentir frío.

Se ve nevar a través del cristal, sin sentir frío.

–1014–

No tiene gracia
ver nevar desde casa
sin tirar nieve.

No tiene gracia ver nevar desde casa sin tirar nieve.

Luis J. Goróstegui
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Csi 765 – 767: ‘El autobús de las 06:45’ y otros cuentos sin importancia

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765. El autobús de las 06:45

Cada mañana me levanto temprano y tomo el autobús de las 06:45 a.m. A esa hora va siempre casi vacío, así que no tengo problema en poderme sentar en el mismo asiento la mayoría de los días. Es mi preferido; desde allí veo mejor amanecer. Es espléndido cuando el calor del sol incide sobre mi cara. La verdad es que el viaje se hace corto, aunque voy lejos. Con los nuevos motores, más silenciosos y potentes, el trayecto dura poco –algo menos de dos horas–, y lo mejor es que han conseguido que los nuevos modelos de autobús tengan el mismo aspecto que tenían los clásicos de antaño, cuando sólo se usaban para ir a ras de tierra, así resultan más entrañables y acogedores, al menos para mí; y además son mucho más cómodos que los primeros transbordadores espaciales de propulsión pues, con el nuevo sistema antigravitatorio y el avanzado procedimiento de control ambiental, ya no es necesario amarrarse a los asientos con aquellos incómodos anclajes de antes ni tener que vestir ningún traje presurizado. Ahora el autobús simplemente toma altura, acelera y da el paso al hiperespacio; sin saltos bruscos ni traqueteos molestos ni peligrosos.
Desde que he conseguido que me trasladen a las oficinas que mi empresa ha abierto en la nueva colonia, allá, tras la constelación de Orión, en el puesto fronterizo con nuestros nuevos vecinos galácticos, hago todos los días este trayecto. Reconozco que cuando me enteré del primer contacto quedé impresionado, como si no me lo pudiera creer, pero debo admitir que mi sueño siempre fue conocer a algún extraterrestre. Lo curioso es que, ahora que ya he podido tratar con ellos, me doy cuenta de que no son tan diferentes de nosotros como pensaba. ¡Quién me lo iba a decir!

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766. ¡Mira, mamá, he cogido un cangrejo!

―¡Mira, mamá, he cogido un cangrejo! –gritaba el niño mientras corría hacia su madre, que tomaba el sol en la playa.
―¡Qué bonito! –le dijo su madre–, pero déjalo de nuevo en el mar que tenemos que volver al hotel, es la hora de la comida.
―¡Pero mamá…! –replicó el pequeño, aunque obedeció reticente.
El cangrejo, como si fuera consciente de la suerte que había tenido, salió corriendo y se sumergió en el agua en cuanto el niño le dejó libre. «La próxima vez tendré más cuidado», se dijo el diminuto alienígena –al que la escafandra le confería cierto aspecto de crustáceo– mientras buceaba rumbo a su nave espacial. Aquella misión suya de recogida de datos terrestres era más peligrosa de lo previsto.

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767. In memóriam

Nací en este mar, en esta costa deshabitada, eso me dice mi madre. Es, digamos, una tradición. Los míos lo eligieron porque aquí estamos seguros, ocultos a los curiosos, eso me dice mi padre. Aquí tenemos un hogar donde vivimos mientras todo sucede. Todas nuestras mujeres, desde tiempo inmemorial, han venido aquí cuando llega la hora. En él se han sumergido y en él han parido. Nos recuerda nuestros orígenes, cuando aún nacíamos en las profundidades del mar, cuando aún éramos criaturas marinas, antes de nuestra metamorfosis, antes de que los míos llegaran a este pequeño planeta azul procedente del espacio profundo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 764: Plagio en la Quedada

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764. Plagio en la Quedada

En aquella Convención Literaria –llamada coloquialmente Quedada Cincuentista– uno de los asistentes no era quien afirmaba ser. Nadie sospechó de él, pues era la primera vez que asistía a uno de esos eventos, así que pudo fácilmente entremezclarse con los allí presentes y conversar animadamente con todos ellos. Hubo risas, una buena comida, canciones, algún que otro secreto desvelado y, sobre todo, buena sintonía entre los presentes, todo lo cual facilitó que el intruso pudiera agenciarse aquello por lo que había acudido a aquel lejano lugar.
Conseguido lo que había venido a buscar, se fue de la Convención poco antes de que ésta terminara, y, al igual que cuando llegó, lo hizo sin llamar la atención: sólo se despidió de algunos de los presentes –de aquellos con los que más trato había tenido durante la velada– y salió a la calle. Era de noche y hacía frío, pero él estaba acostumbrado a las temperaturas muy bajas; de hecho, de donde provenía, aquel clima más le parecía un suave ambiente primaveral que el invierno que realmente era. Durante un rato estuvo andando sin prisas, observando a los viandantes –aún le sorprendía que pudiera haber un lugar como aquél, con tal variedad de gente tan distinta–, hasta que llegó a un oscuro callejón; allí se detuvo un instante para comprobar que nadie le seguía y luego se perdió entre las sombras. Fue entonces cuando entró en su nave espacial –que había permanecido con su camuflaje simbiótico activado para evitar ser detectada– y se pudo desprender de aquella extraña apariencia que le había servido para interactuar con los humanos de la Quedada Cincuentista. Entonces se sentó a los mandos y activó la nave –no se escuchó el más mínimo ruido que le pudiera delatar–.
Desde luego había tenido una genial idea, pensó justo antes de despegar: asistir a una de aquellas convenciones literarias repletas de escritores de mente tan creativa, hacerse pasar por uno de ellos para, gracias a su capacidad telepática, robarles sus ideas, sus argumentos aún inéditos, y así luego poder utilizarlos sin escrúpulos en sus propias novelas y relatos. En su planeta natal no podría haberlo hecho, pues el plagio de ideas ajenas entre los suyos, incluso de aquellas aún no publicadas, estaba castigado de modo muy severo por los tribunales de justicia. Por eso decidió robarlas en otros lugares, y así buscó y buscó en otros planetas –aunque sin mucho éxito, debía reconocer, pues la buena imaginación escasea en el universo–, hasta que encontró aquel pequeño planeta azul que sus habitantes denominaban Tierra, perdido en aquella recóndita galaxia. Allí sus plagios no tendrían castigo, los humanos ni siquiera serían conscientes de haber sido plagiados y además los de su especie quedarían asombrados al leer sus próximas novelas, ambientadas en tan exóticos paisajes terrestres y en los que sus protagonistas se comportarían como nunca pudiera haber fantaseado ni el más imaginativo de los escritores de su planeta de origen, allá, tras la última nebulosa, de donde él era oriundo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1005 – 1009

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Haiku 1005 – 1009

–1005–

Aroma tenue
a flores de cerezo;
que lleva el viento.

Aroma tenue a flores de cerezo; que lleva el viento.

–1006–

Últimos fríos
que anuncian los calores;
ya salen brotes.

Últimos fríos que anuncian los calores; ya salen brotes.

–1007–

La nieve cubre
los brotes; ya se anuncia
la primavera.

La nieve cubre los brotes; ya se anuncia la primavera.

–1008–

Sin darnos cuenta
en las ramas desnudas
ya se ven brotes.

Sin darnos cuenta en las ramas desnudas ya se ven brotes.

–1009–

Ya se ven flores;
aunque las mariposas
aún no están.

Ya se ven flores; aunque las mariposas aún no están.

Luis J. Goróstegui
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Csi 761 – 763: ‘De vuelta a casa’ y otros cuentos sin importancia

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761. Sequía

El pantano siempre estuvo a rebosar. Sin embargo este año llueve muy poco, tan poco que el nivel del agua ha bajado hasta alcanzar niveles críticos; tanto que hemos tenido que empezar con las restricciones. Ni siquiera los más ancianos recuerdan que hubiésemos tenido nunca estos problemas de sequía. El cambio climático comienza a hacer estragos. Pero todo tiene su lado bueno: si no hubiera bajado tanto el nivel del agua nunca hubiéramos descubierto la nave extraterrestre.

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762. De vuelta a casa

Abrí la mano y la orienté al cielo en las coordenadas anunciadas, donde la constelación de estrellas indicaba el lugar. Coloqué los dedos sobre cada una de las cinco estrellas; la profecía del manuscrito afirmaba que alrededor de la estrella situada en el tercer dedo índice rotaba un planeta especial, donde la vida igualaba en esplendor al mismísimo paraíso. La leyenda indicaba también que sus habitantes llamaban Tierra a aquel planeta azul que una vez fue nuestro hogar, antes de que nos difundiéramos por el espacio profundo, antes de que hubiéramos renegado de nuestras raíces terrestres.
Allí me disponía a volver con los míos. Era nuestra única esperanza. Nuestro planeta actual tenía los días contados –culpa nuestra, lo reconozco–. Sólo en aquella tierra de leyenda nuestra civilización podría recuperar el esplendor perdido. Sólo esperábamos que los humanos nos hubieran perdonado y nos aceptaran a pesar de todo el tiempo pasado, a pesar de que nuestro aspecto físico ya no fuera el mismo que el suyo.

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763. Una bola helada

Visto desde el espacio es un planeta insignificante. Oficialmente no es ni siquiera un planeta –lo fue, pero ya no; las autoridades así lo habían decidido al reorganizar la clasificación espacial–. Es una pequeña bola helada, perdida en el borde de un pequeño sistema de planetas, perdido en el extremo de uno de los brazos espirales de una galaxia perdida en ninguna parte del espacio. Casi se confunde con un cometa grande. Por eso no lo tuvieron en cuenta cuando se inició la exploración espacial; ni siquiera lo utilizaron para establecer alguna base de paso entre la Tierra y el espacio exterior. Así que, finalmente, se olvidaron de él. Al fin y al cabo, ¿quién querría colonizar un planeta helado? Lo cual nos vino de perlas a sus habitantes que, bajo esta tierra helada, vivimos en paz y armonía con nuestro entorno. Ah, por cierto, a nuestro hogar, los humanos le llaman Plutón. Extraño nombre.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 760: Ruby

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760. Ruby

Era una mañana soleada de principios de primavera y habíamos salimos a dar un paseo por el parque; recuerdo que nos pusimos a jugar con la pelota. Yo se la tiré sin querer algo fuerte y ella tuvo que correr para cogerla. Al llegar a los matorrales donde había quedado la pelota Ruby se detuvo sorprendida; la vi paralizada mirando atentamente algo, pero no supe qué. Al ver que permanecía tan quieta fui a ver y, al llegar junto a ella, aún permanecía estática, como si no supiera qué hacer.
―¿Qué es esto? –me preguntó al verme.
Ruby tenía la mano extendida y sobre los dedos se había posado una preciosa mariposa blanca.
―Es una mariposa –le contesté.
―Cuando llegué a por la pelota estaba volando entre las flores del matorral y me detuve; extendí la mano y se me posó sobre los dedos –me dijo sin dejar de observarla.
―Pues has tenido mucha suerte, las mariposas suelen huir cuando alguien se les acerca –le dije sonriendo.
―¿Por qué? –me preguntó, y me miró con los ojos muy abiertos.
―Supongo que nos temen; para ellas somos gigantes; ¿lo comprendes, Ruby?
Ella acercó muy lentamente la mano a sus ojos y volvió a observar a la mariposa. Ésta permanecía inmóvil y Ruby la miró detenidamente con la cabeza algo ladeada, como cuando se observa algo por primera vez.
―Sí, lo entiendo; ¡es tan pequeña y frágil! –me respondió.
Y elevando la mano por encima de la cabeza la mariposa alzó el vuelo.
―¿La construisteis también a ella? –me preguntó mientras permanecía con la mirada fija en la mariposa que revoloteaba entre las flores.
Me quedé sorprendido. Ella me miró, parpadeó tres veces y miró de nuevo a la mariposa.
―No, Ruby, a las mariposas no –le dije desconcertado; no esperaba que un robot me pudiera preguntar algo así.
―Interesante, muy interesante –dijo.
Pero no lo dijo dirigiéndose a mí, sino a ella misma.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1000 – 1004

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Haiku 1000 – 1004

-1000-

Por la cornisa
se resbala la lluvia;
salta la rana.

Por la cornisa se resbala la lluvia; salta la rana.

–1001–

Las hojas verdes
comienzan a cambiar
al amarillo.

Las hojas verdes comienzan a cambiar al amarillo.

–1002–

El saltamontes
entre las amapolas
se queda quieto.

El saltamontes entre las amapolas se queda quieto.

–1003–

El cielo azul
no se distingue en julio
del mar azul.

El cielo azul no se distingue en julio del mar azul.

–1004–

Llega el calor
aunque aún hace frío;
primeros brotes.

Llega el calor aunque aún hace frío; primeros brotes.

Luis J. Goróstegui
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Csi 759: Roberto, mi mejor amigo

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759. Roberto, mi mejor amigo

Aquel día amaneció nevando. Copos grandes, que caían a cámara lenta, como levitando, cubrían todo el suelo; como si alguien estuviera agitando desde el cielo un enorme edredón repleto de plumas blancas.
―¡Mira, mamá, está nevando! –grité, y salí corriendo a la calle.
Siempre me ha encantado jugar con la nieve, desde pequeño, y aquel día, además, tenía a Roberto. Roberto permanecía en la puerta, callado, inmóvil, sólo observando; se le notaba algo desconcertado, a pesar de su aspecto imperturbable.
―¡Ven, Roberto, ven a jugar! –le grité mientras le tiraba una bola de nieve.
La bola le alcanzó en la cara, pero no se quejó. Dio unos pasos en mi dirección, despacio, con cautela, observando, no obstante, más las huellas que iba dejando al caminar que a mí; como analizando la situación.
―Sólo es nieve, Roberto, ¿no sabes lo que es la nieve? –le dije riendo.
Entonces se agachó, cogió un puñado de nieve y me la tiró.
―Sé perfectamente lo que es la nieve, Jaime. Lo que no quiero es caerme –me respondió con tono neutro.
No me dio, ni de lejos; aún estaba ajustándose al nuevo entorno. Sin embargo, en pocos minutos, se hizo con el control y durante todo el resto del día jugamos sin parar. Yo notaba el cuidado que ponía para que no resultase herido, ni siquiera mínimamente magullado, cuando me alcanzaba alguna de las bolas de nieve que me tiraba; sabía que estaba en buenas manos.
De eso hace ya casi treinta años, pero no olvidaré nunca aquel día, no podría; el día en el que tuve mi primer robot. Me lo regalaron mis padres por mi décimo cumpleaños, y me hizo mucha ilusión; además todos mis compañeros de clase tenían uno, y yo no quería ser menos. El mío era un modelo Rober-31 de aleación de titanio, fibra de vidrio y cerebro cuántico de última generación, con un protocolo de seguridad integral que garantizaba mi total protección. Era algo más alto que yo, y mucho más fuerte, claro, aunque tenía aspecto de un chico de mi edad, más o menos. Durante aquellos años me acompañaba a todas partes y yo estaba orgulloso de tenerlo a mi lado. Años después me enteré de que papá y mamá me lo compraron para que fuera mi guardaespaldas, sobre todo después de aquellos secuestros en serie, sin embargo, más que un robot lo llegué a considerar mi amigo; sí, sin duda alguna, fue mi mejor amigo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 756 – 758: ‘Falso culpable’ y otros cuentos sin importancia

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756. Insatisfecho

No le gustaba su aspecto. Primero comenzó por unos retoques para eliminar las arrugas; la edad, que ya empezaba a no ser tan joven. Luego, aprovechando que se rompió la cadera al caerse por las escaleras, se hizo cambiar los huesos por otros de titanio; todos. Luego llegó el nuevo riñón, los pulmones, el bazo, la vesícula, el estómago, la vejiga, el páncreas…; el corazón le daba no sé qué, pero al final también. Curiosamente lo más engorroso fue el cambio de piel por otra sintética de un color fulgente mucho más elegante, ¡dónde iba a parar! Cinco años después, cuando le cambiaron el cerebro y dejó de ser humano, creyó haber cumplido, por fin, su propósito; sin embargo, cuando se miraba al espejo, no le gustaba su aspecto.

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757. Obedeciendo órdenes

«No lo entiendo. Me dijo que me perdiera y me perdí; hice lo que me pidió. Si no quería que me perdiera pues que no me hubiera gritado “¡piérdete!” con ese tono autoritario. Sólo hice lo que me ordenó que hiciera. Sólo le di las buenas tardes cuando regresó del trabajo, como todos los días; y le pregunté si todo había ido bien en la reunión, como estipula mi código de protocolo; y después esa bronca que me echó cuando me encontró, ¿por qué estaba tan enfadado conmigo? No lo entiendo», se dijo el robot por la noche, en su cubículo habitacional, mientras se recargaba de energía, tras ser encontrado por su dueño que, preocupado por su pérdida, le había estado buscando durante tres días seguidos.

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758. Falso culpable

Resulta cuanto menos preocupante comprobar cómo la gente prejuzga sólo para salvaguardar sus intereses, sin pruebas, y luego, al descubrirse que están equivocados, ni siquiera tienen la decencia de disculparse.
En aquel pequeño país, apartado de todos e ignorante de los más elementales avances científicos y tecnológicos propios del resto de la humanidad, las autoridades se regían por otros intereses, digamos, más inconfesables. Por eso, cuando descubrieron el cuerpo sin vida, decidieron que sólo él podía haberlo asesinado. Todas las evidencias le acusaban y no merecía la pena ocuparse en investigar más profundamente, ¿para qué?; el populacho, avivado por la prensa sensacionalista, ya tenía a quién linchar y las autoridades disponían de su hombre de paja para así poder desviar la atención sobre el verdadero culpable, que no debía ser descubierto bajo ningún concepto. Sin embargo, confiados en alcanzar el veredicto de culpabilidad y creyéndose impunes, pasaron por alto un pequeño pero esencial detalle y cometieron un error, pues, en un alarde de hipocresía y para disfrazar todo el asunto de una neutral legalidad, contrataron los servicios de un abogado extranjero, ajeno a todo interés corrupto, para la defensa del acusado.
Tras escuchar, esta vez sí, la declaración del acusado y someterle a las pruebas técnicas pertinentes, el juicio fue breve. Duró lo justo como para poner de manifiesto que el culpable era, en realidad, un robot de última generación, indistinguible de un humano, salvo si se le sometía a una sofisticada exploración técnica a la que, evidentemente, no fue sometido cuando le detuvieron, e incapaz, debido al protocolo de seguridad implantado en su cerebro cuántico, de cometer daño alguno a ninguna persona, y, ni mucho menos, capaz de matar a nadie. El veredicto inapelable: inocente. Y permitidme que me reserve el resto de detalles, pero es mejor de esta manera. ¡Ah, sí!, sólo una cosa más: las autoridades, ofendidas por el tremendo ridículo sufrido, echaron la culpa de todo a un siniestro complot internacional para desacreditarles. Evidentemente, ni siquiera tuvieron la decencia de pedir disculpas.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 995 – 999

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Haiku 995 – 999

-995-

El gato mira
pero no osa tocar
a las orugas.

-996-

Vuelo en picado;
en un pis-pás la oruga
desaparece.

-997-

Ninguna mosca
va hacia la telaraña
si vuela atenta.

-998-

Frío invernal;
incluso el agua rompe
la dura roca.

-999-

Árbol sin hojas;
el viento las arrastra
hasta un rincón.

Luis J. Goróstegui
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Csi 751 – 755: ‘El cocinero’ y otros cuentos sin importancia

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751. Hechicero

Fue entonces cuando entré en una droguería de las de antaño. No sé si os pasará igual a vosotros, pero siempre espero que salga a atenderme un hechicero; entonces me atiende una amable farmacéutica y me imagino que debe ser la bisnieta de la bisnieta de Gandalf.

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752. Letras nuevas

Rasga una poesía el papel en blanco con letras nuevas, cual diana prefigurada al que un rayo de luz fulminante, entre espacios de oscuridad sin límites, hiere inmisericorde; pues si el abismo infinito de un sentir profundo se yergue impasible, es entonces cuando el temblor más íntimo vence al hielo y el torrente indomable cabalga hasta sangrar. Es por eso que, buscando una senda en un bosque oscuro, encuentra el caminante, en un rincón, una farola de fuego que irradia, a la vez, sentido y arrebato por igual, y, perplejo del devenir confuso de su vida, batalla indómito hasta la victoria final.

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753. Inagotable

Que la lluvia no oculte tu esperanza, que el destello fulgurante del relámpago ilumine la frontera última de tu despertar y el palacio donde habita tu futuro se abra de par en par inagotable; sólo así afrontarás con garantías la indecible algazara que surge omnipotente tras todo prodigio inimaginable, pues hasta los pétalos de la flor más insignificante conquistan mundos. Ríe, llora, observa desde el más orante silencio el mar bravío; corre, salta, vuela y halla en lo más profundo de tu alma la certeza de una vida sin reproches ni desprecios ociosos.

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754. El cocinero

Había encontrado trabajo como cocinero en un pequeño restaurante, al otro lado del río. Era un buen barrio donde vivir, además en aquella época del año no hacía mucho frío, por eso, tras la jornada de trabajo solía quedarse a contemplar el cielo nocturno. Había una estrella, allí arriba, que brillaba sobremanera, y, sentado sobre el borde de la pared que separaba el patio trasero del restaurante con la casa vecina, se preguntaba si allí también viviría alguien. En ocasiones un pequeño gato se acercaba maullando, en busca de algo de comida. El cocinero le tomó cariño, así que le solía tener preparado un plato con algunas sobras del día. Entonces el gato se acercaba confiado. El cocinero se sorprendía al comprobar que un sentimiento de amistad surgía en él. Lo extraordinario es que no era normal que alguien como él se encariñara de nadie. Los de su clase no habían sido construidos con esa capacidad, pero él no era un robot como los demás, y eso le gustaba.

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755. El trovador

El trovador recorre las ciudades tocando su guitarra y cantando las proezas de los valientes soldados que luchan en guerras remotas, en aquellas en las que la humanidad combate contra alienígenas y se juega su supervivencia tras el cinturón de asteroides. El trovador es el único que se dedica a tan noble tarea; es necesario que alguien cante las gestas de aquellos soldados y él siente la necesidad de hacerlo –quizá influenciado por su propio nombre–; sabe que su labor es imprescindible para que la población civil permanezca orgullosa de sus tropas y mantenga el ánimo en la victoria. El trovador había sido uno de aquellos soldados, pero un accidente le obligó a regresar a casa. Por eso ahora canta las gestas de sus compañeros y está orgulloso de su trabajo, pues la mayoría de aquellos audaces soldados son robots, al igual que él: un robot modelo Trovador-500, el único de su clase.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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