Csi 1023: Hecho de muchos ahoras

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1023. Hecho de muchos ahoras

«Corren rumores de que, en las tierras más septentrionales de la taiga siberiana, las piedras están cobrando vida. Algún que otro viejo buhonero, algunos de esos cazadores ambulantes de recio carácter que recorren los territorios salvajes en busca de caza, han llegado a las aldeas limítrofes asegurando, ante lo más sagrado, haber visto trolls surgiendo de la tierra; afirman haber visto a las rocas grandes revivir como por arte de magia negra, aseguran aún con el miedo en el cuerpo, ellos, los que se jactan de no asustarse por nada, sí, esos mismos.» –habla un cuento arcano.
Cuentan que, en lo más profundo de la selva del Congo, en el corazón prohibido de la montaña ‘mamá sacra’, como la llaman los nativos, una madrugada, antaño, se hizo presente un gigantesco monolito de piedra verde que emitía vibraciones que sólo algunos lograban percibir y que eran descritas como «un estremecimiento del alma»; pero luego se apagó y, con el tiempo, se olvidó su localización exacta; sólo algunas leyendas hablan de ella, como de una diosa mensajera con buenas nuevas.
Existe, o eso dicen, un lago de aguas negras y profundas, en algún lugar de la India más mítica, en el que, si algún moribundo por enfermedad, por avanzada edad o por accidente mortal, se sumerge en sus aguas límpidas justo cuando la luna llena del solsticio de invierno alcanza su cenit, logrará vida en sí mismo y sus años se contarán por generaciones. Eso dicen.
Hay quien afirma que nuestro devenir, como humanidad, está jalonado de advertencias que debemos saber reconocer para poder avanzar hasta la meta. Señales, algunas simples, otras legendarias; todas con cimientos verídicos aunque desvirtuados con detalles ciertamente fantásticos o, incluso, falsos, provocados por el lógico desgaste del tiempo. Y, sin embargo, no debemos olvidar que el «para siempre» está hecho de muchos «ahoras». Muchos que no conocemos aún, sin duda, sucesos que ya se han perdido en el sinfín de la memoria de la humanidad, no lo dudo, y aún así me he pasado la vida buscándolos, porque sé que aún existen portentos que nos aguardan en algún lugar. La mayoría es un callejón sin salida, lo reconozco, pero no por ello pierdo la esperanza. Soy, en el fondo, como aquel niño que busca en la orilla del mar monstruos marinos, lo sé, pero algún día yo, o alguien como yo, gritará: «¡Eureka, lo encontré!».

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 1022: Cuenta atrás

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1022. Cuenta atrás

En medio de la jungla más frondosa encontré un vagón. Oxidado, medio cubierto de hiedra y musgo, abrazado por infinidad de gruesas ramas que parecieran asfixiarle, como si los árboles que le cercaban lo consideraran el tesoro más valioso y no quisieran perderlo. Un par de vías surcan el suelo –aunque desaparecen inexplicablemente unos metros más allá, entre la maleza–, y, sobre ellas, el vagón, aunque sin ruedas, como si aguardara paciente una cita ineludible. Misterio. En el silencio de la espesura unos rítmicos gritos lejanos –simios, aves quizá– sobrevuelan la zona; en lo alto, un gran felino observa, suspicaz.
No fue un encuentro casual, no. Sabía que estaría allí, ese fue el plan. Allí lo dejaron hace tiempo, mucho tiempo, cuando el motor a vapor ni siquiera era una remota posibilidad. Me acerqué a la puerta. Activé el sensor biogenético de apertura subsónica y entré. Sólo yo la podía abrir, así se había decidido por seguridad. Dentro, todo estaba como nuevo, y nada de lo que allí había se parecía, ni remotamente, a lo que podía haber en un vagón de aquellos trenes de antes; así se había decidido camuflar el módulo, también por seguridad. La misión lo requería. Me senté en el asiento del piloto, comprobé los indicadores e introduje la clave de ignición silente. Un leve murmullo, unas ramas rotas, y el vagón levitó unos centímetros del suelo. Una bandada de aves, alarmadas, alzaron el vuelo entre agudos gritos; el gran felino aún permanecía estático en su rama, observando. Ajusté los mandos a las coordenadas acordadas y abrí el portal. Ante el vagón brotó una pared vertical de agua azul marina lo suficientemente grande. El gran felino, de un salto, se escabulló entre la maleza. Impulsé el quark y aceleré. La pared de agua se tragó la nave y desaparecí de aquella realidad. El portal se evaporó tras de mí. Las aves, los simios, la jungla entera, como conscientes de lo sucedido, guardaban, y el silencio más absoluto inundó la jungla. Pero unos minutos después regresaron los alaridos de los simios, los rugidos de los felinos, como si nada hubiera sucedido. La misión había sido todo un éxito. La cuenta atrás se puso en marcha; en cinco años terrestres, a partir de aquel instante, tendría lugar el primer contacto humano-taneis’u.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1355 – 1359

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Haiku 1355 – 1359

–1355–

La aleta de orca
amenaza a las focas;
se oye a una cría.

La aleta de orca amenaza a las focas; se oye a una cría.

–1356–

Bajo el estío
dos libélulas vuelan
de flor en flor.

Bajo el estío dos libélulas vuelan de flor en flor.

–1357–

Baja la niebla
y oculta la montaña
aunque es verano.

Baja la niebla y oculta la montaña aunque es verano.

–1358–

Primeras nieves.
Sorprenden en otoño
incluso al ciervo.

Primeras nieves. Sorprenden en otoño incluso al ciervo.

–1359–

Calor de agosto;
una ligera lluvia
moja al gorrión.

Calor de agosto; una ligera lluvia moja al gorrión.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1021: Hijo mestizo de un dios

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1021. Hijo mestizo de un dios

El oráculo de Delfos profetizó que el hijo mestizo de un dios vencería a la monstruosa quimera, liberada del Tártaro tiempo atrás por el propio Zeus, eso cuenta la leyenda; sin embargo, aquella lluviosa mañana de abril, cuando Alex visitó el museo de arqueología con el resto de sus compañeros de clase, no podía ni imaginar que su vida iba a cambiar tanto. En el museo se celebraba una gran exposición sobre la mitología griega y, en una de sus vitrinas, una gran ánfora, bellamente decorada y cerrada con un sello milenario, reposaba anónima. Alex paseaba a solas, distraído entre esculturas y vitrinas con joyas, y en eso se detuvo ante el ánfora, como si una voz desde su interior le impulsara a ello. Y fue entonces cuando un campo de energía inundó la sala, rayos como de una tormenta rompieron los ventanales y las vitrinas, y el sello del ánfora se abrió y de ella surgió un ser terrible, aterrador, portentoso: una quimera que echaba fuego por la boca quiso matar al muchacho. Alex, huérfano de nacimiento, siempre se había sentido diferente a los demás, pero ni en sus más descabellados sueños pudo figurarse lo que iba a suceder a continuación. Porque una fuerza sobrehumana le envolvió, una conciencia nueva le transformó y la sola presencia de aquel monstruo delante suyo hizo despertar su verdadero yo –todo según la profecía–, y con una autoritaria orden verbal la fiera se humilló –«¡atrás!», le gritó–, y, sin saber cómo, Alex, con una voz suprahumana, pronunció en lengua extraña unas desconocidas palabras, en otro tiempo creadas para tal fin y que habían sido almacenadas en su alma únicamente para ser pronunciadas por él en este preciso instante, y la fiera rugió y se retorció de dolor y, finalmente, explotó y se esfumó. Todo ello no duró más de un minuto, a lo sumo. Justo entonces entraron en la sala algunos visitantes del museo, sus compañeros del colegio y los guardas de seguridad, alarmados por el ruido y las explosiones. Alex se hizo el desconcertado para no tener que explicar lo que acababa de suceder pues, si lo hacía, sabía que le tomarían por loco y le detendrían por vandalismos. Al final todo se achacó a un accidente provocado por la tormenta eléctrica que inundaba la ciudad en aquellos momentos. Alex, sin embargo, sabía la verdad, sabía que era medio dios y sabía que su vida había cambiado.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 1020: Los at’lans

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1020. Los at’lans

En el principio de los tiempos, antes de que hubiera humanos, llegaron a la Tierra los at’lans, seres sabios y pacíficos. Luego los humanos evolucionaron a partir de especies inferiores y los at’lans les ayudaron a progresar. Con el tiempo llegaron a habitar en cooperación mutua. Sin embargo, los humanos fueron degenerando y convirtiéndose en seres egoístas y vengativos, guerreros sin piedad. Fue entonces cuando los at’lans decidieron irse de la Tierra, pues peligraba su propia existencia: los humanos les atacaban en múltiples ocasiones, cada vez con armas más mortíferas, demostrando un carácter más propio de animales salvajes que de seres humanos. Los at’lans comprendieron que los humanos no mejorarían, que la paz sería imposible, y por eso decidieron emigrar a otros planetas. Se fueron todos menos un grupo que, liderados por el más anciano, decidieron quedarse: «quizá cambien con el tiempo», dijo A’enu, su líder. Los at’lans se ocultaron de los humanos y les observaban. En ocasiones intervenían, de modo imperceptible, para redirigir la historia de la humanidad por sendas de prosperidad y paz; así quedó estipulado cuando los at’lans celebraron el concilio de despedida. Con el paso del tiempo, los humanos progresaron, pero olvidaron a los at’lans. Sólo en antiguas leyendas se les hacía mención; y así los atlantes –como se les llegó a llamar en los libros antiguos– se convirtieron en un mito.
Aún estamos entre los humanos, vigilándolos, ayudándolos, poco a poco, como debe ser, y así la humanidad sobrevive a sí misma, pues sin los at’lantes no hubieran alcanzado el presente ni, mucho menos, alcanzarían el futuro. Cuando adquieran el nivel óptimo de aptitud, propio de culturas civilizadas, según el canon instaurado por el Alto Consejo Intergaláctico, los nuestros regresarán, y será entonces cuando humanos y at’lans volverán a convivir en paz y armonía, como debe ser. Sólo entonces la humanidad formará parte del selecto grupo de civilizaciones galácticas que gobiernan el universo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 1350 – 1354

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Haiku 1350 – 1354

–1350–

Entre las flores
de pronto un saltamontes;
junto al estanque.

Entre las flores de pronto un saltamontes; junto al estanque.

–1351–

Balanceándose
la araña de distrae
por poco tiempo.

Balanceándose la araña de distrae por poco tiempo.

–1352–

Al sol de agosto
unas huellas de lobo;
el ciervo corre.

Al sol de agosto unas huellas de lobo; el ciervo corre.

–1353–

Sobre la flor
aletea la abeja;
mas no se mueve.

Sobre la flor aletea la abeja; mas no se mueve.

–1354–

Entre las olas
floran algas en julio;
resopla la orca.

Entre las olas floran algas en julio; resopla la orca.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1019: Un pequeño caso

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1019. Un pequeño caso

1929. Anochece en primavera. El Orient Express acaba de salir de Budapest rumbo a Londres. En el vagón restaurante, en una mesa para dos, un hombre y una mujer jóvenes mantienen una intensa discusión –aunque a voz baja para no llamar la atención– mientras aguardan a que les traigan los postres.
―¿No lo comprendes, Elena?, no tenemos…
Y en eso el hombre se interrumpe; el camarero llega con los postres: para ella un delicado estofado de cerezas con helado de nata y chocolate, para él un suave sorbete de berenjena confitada con yogur y caramelo balsámico.
―…No tenemos otra opción –le susurra el hombre, mirándola fijamente a los ojos, cuando se retira el camarero.
La joven le mira, pero no dice nada. Parece preocupada y juguetea con la cucharilla removiendo nerviosa su postre. En la mesa contigua, un hombre con un bigote muy tieso y militar, y vestido de manera pulcra, bueno, quizá excesivamente pulcra, les escucha disimuladamente mientras saborea su exquisito pudding de vainilla de Madagascar con espuma de frambuesa.
―¿No comprendes que es necesario matarla? –añade el joven, y la pregunta queda flotando en la quietud de la noche… Hércules Poirot, en la mesa contigua, queda inmóvil.
El famoso detective belga debe actuar –«¡mon Dieu!», se dice–, sus células grises se ponen en marcha, no puede quedarse ahí parado, es preciso que intervenga ahora para prevenir un crimen, ¡es fundamental! Así que se toma rápidamente una cucharada más de su sabroso postre y se dispone a levantarse, pero en ese instante escucha la voz de la joven.
―Pero, Alejandro, ¿crees que es imprescindible que muera?, con ella será el tercer crimen en apenas veinte páginas, ¿no será demasiado?
―No, estoy seguro, a los lectores les encantan los crímenes y cuanto más inesperados mejor; ya verás, nuestra primera novela será todo un éxito de ventas, nos la quitarán de las manos.
Al escucharles, respira tranquilo. «¡Escritores!», se dice, y vuelve a acomodarse en su silla –nadie a su alrededor se ha percatado de su intento de ponerse en pie y dirigirse a los jóvenes–; además aún le quedan, al menos, tres deliciosas cucharadas más que saborear, Poirot no se perdonaría dejarse algo en el plato. Y sonríe y mira el reloj –aún le queda un rato para irse a su dormir a su compartimento–; esos dos jóvenes le han hecho pensar en su reciente caso, en Budapest, y del que regresa ahora a su casa. «¡Ah, hogar, dulce hogar», exclama para sus adentros. Un caso extremadamente difícil y confidencial, sin duda, relacionado con la Casa Real Húngara, y a la que ha dado su palabra de no desvelar a la opinión pública nada al respecto. «Sin embargo, esos dos jóvenes… sí, ¿por qué no?…», continúa con sus pensamientos. Al fin y al cabo a Poirot siempre le ha atraído la idea de escribir y contar sus ‘cas professionnels’…, sí, y éste puede ser un buen ejercicio para comenzar, ‘oui’. Y sacando su libreta de notas comienza a escribir su… ‘petite affaire’. Poirot piensa unos segundos mientras llama al camarero y le pide unos bombones rellenos de licor, «sólo tres, s’il vous plait». Y sin más dilación comienza a escribir: «Un pequeño caso. 1929. Anochece en primavera. El Orient Express acaba de salir de Budapest rumbo a Londres. En el vagón restaurante, en una mesa para dos, un hombre y una mujer jóvenes mantienen una intensa discusión…»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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[NOTA : Cuento «UN PEQUEÑO CASO», publicado en la revista digital «El Narratorio»
@narratorioblog , nº68, octubre 2021, (págs. 153-154): http://elnarratorio.blogspot.com/p/antologia-literaria-digital-nro-68.html]

Csi 1018: La telefonista del hotel

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1018. La telefonista del hotel

En el antiguo hotel, ahora rehabilitado, existe aún una habitación que permanece tal y como estaba originalmente cuando se inauguró, a finales de 1800. Se trata de la habitación de la primitiva centralita telefónica. Hoy nos puede parecer algo normal, pero en su época fue todo una innovación tecnológica el tener teléfono en todas las habitaciones. Años después, el hotel fue medio derruido por los bombardeos de la guerra –aunque sorprendentemente la sala de la centralita salió indemne de todos ellos, como si estuviese protegida por algún tipo de campo de fuerza o algo parecido– y posteriormente fue rehabilitado en varias ocasiones; sin embargo la habitación de la centralita nunca ha podido ser reacondicionada, y no porque existan inconvenientes arquitectónicos, no, el caso es que cualquier tipo de remodelación que se haya intentado llevar a cabo en ella ha sido sistemáticamente deshecha por la señorita Rosalinda Álvarez, la telefonista del hotel, la misma que fue contratada hace más de cien años, de modo que, a la mañana siguiente de iniciarse las obras, la habitación vuelve a recuperar, como por arte de magia, su aspecto original.
El hecho es que llega todos los días a primera hora, ficha, se sienta frente a su centralita –porque la centralita es suya, de eso no cabe ya ninguna duda– y comienza a trabajar; y eso que la señorita Álvarez ya no está viva, ni mucho menos, pues falleció hace ya más de sesenta años, pero muerta y todo ahí sigue. Con todo, lo más asombroso es que recibe llamadas, y eso que el viejo mueble ni siquiera está enchufado a la red eléctrica; tampoco se la ve, pero las luces de la centralita se encienden, eso sí, y los cables se enchufan y desenchufan, y a veces se llegan a escuchar psicofonías a través de sus auriculares, eso también, pero a ella nadie la ha visto realmente. Bueno, una vez, una noche de invierno –como responsable de la seguridad del hotel tengo la obligación de realizar rondas de vigilancia–, bajaba las escaleras del primer piso y me la crucé. Ella me miró y se fue atravesando la pared, pero no dijo nada. Aparentaba unos veintitantos años, los mismos que tenía cuando entró a trabajar aquí. Sólo lo sabe el director del hotel.
Fue por todo ello que se tomó la decisión de no volver a intentar restaurar la habitación y dejarlo todo como estaba originalmente; por eso y porque la señorita Álvarez es un espectro con muy malas pulgas si se le lleva la contraria –ya os lo podéis imaginar: objetos volando, gritos, corrientes de aire…, y cosas así, aunque no hay que lamentar aún ningún incidente con los clientes–. De todas formas la existencia del fantasma se ha convertido en un fabuloso reclamo turístico, y muy beneficioso para el hotel. Incluso se han llegado a hacer sesiones de espiritismo para poder contactar con ella y averiguar los motivos de su permanencia en nuestro plano de la realidad, aunque sin éxito por el momento. Los clientes del hotel, naturalmente, piensan que sólo es un montaje o, en el mejor de los casos, una leyenda sin ningún fundamento, la mayoría al menos, pero lo cierto es que hay quienes no se atreven a entrar en la habitación maldita, como se la conoce.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Deconstruyendo el mundo

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Dos viejos amigos conversan sentados al sol mientras toman un refresco y un sándwich cada uno.
—Primero una pandemia, después una guerra… cuando después nos invadan los alienígenas echaremos de menos la pandemia.
—Superamos la pandemia y aprendimos la lección y, acto seguido, provocamos una guerra nuclear termobiológica donde ponemos en práctica todo lo aprendido.
—Mañana es mi cumple.
—¿A dónde irás a celebrarlo?
—Al cine, a ver una romántica.
—¿Cuál?
—Drácula, qué si no.
—¿Sabes?, antes de dedicarse a eso del amor, Cupido fue francotirador en la guerra del Peloponeso; pero se hartó de matar y decidió rehacer su vida.
—Sabía lo que hacía, sin duda. Mira, llueve luz del sol.
—«Creo que he visto un lindo gatito», dijo el pajarito; y justo entonces el tigre que se había escapado del zoo se comió al minino.
—Hoy es uno de esos días en los que el sol busca un resquicio entre las nubes desde donde deslumbrarte.

Durante unos momentos reina el silencio. Los pájaros canturrean.

—¿Qué haces?
—Nada, aquí, viendo amanecer mientras viajo en el tiempo.
—¿Puedo acompañarte?
—Si quieres…

Vuelve el silencio.

—¿Lees?
—Acabo de terminarlo. Me zambullí en sus páginas y entre líneas respiraba. Subyugante.
—¿Me lo prestas?
—No.
—«Y aquella noche lo celebraron con una gran fiesta, y hubo bailes y hubo risas, y el cantar de hadas y duendes inundó el bosque, y ogros y monstruos allí se colaron y también rieron y cantaron, aunque desafinaran», es del libro que acabo de leer. ¿Te gusta?
—No.
—Pues por eso no te lo presto.
—Dicen que hubo un tiempo, hace mucho, en que los periodistas se dedicaban a informar.
—Eso no puede ser, los periodistas siempre se han dedicado a desinformar, igual que los bomberos a quemar libros.
—Una prima segunda mía lleva ocho años casada con un tal Alfredo, aunque no estoy seguro que sea con el mismo hombre.
—¿Cómo se apellida el marido?
—Jekyll, es doctor en no sé qué rama de la psiquiatría conductual.
—Trabajo y vivo de lo que me gusta.
—Yo sólo vivo de quien me gusta su sangre.
—Pero tú no eres un vampiro.
—Pero así viviría si lo fuera, y me lanzaría a la yugular sin pensármelo dos veces.
—Estás loco.
—Eso me dice también el doctor.
—El otro día entré en un hotel y en recepción me atendió un robot. «Hola, bonito día, ¿verdad?», le dije.
—Aún no hay robots en las recepciones de los hoteles.
—En Japón sí.
—Tú nunca has estado en Japón.
—Pues imagina que sí.
—Vale. Sigue.
—Empezaré otra vez, y no me interrumpas que rompes el efecto.
—Vale, perdona.
—El otro día entré en un hotel y en recepción me atendió un robot. «Hola, bonito día, ¿verdad?», le dije. «Buenas tardes, señor, hace 20 grados y el riesgo de tormenta es del 38%, señor», me respondió el robot. Echo de menos cuando atendían personas.
—Pues no vayas a Japón.
—Nunca he estado en Japón.
—Lo sabía.
—«¡Taxi, taxi!» «¿A dónde, señor?», preguntó una voz sin conductor. «Calle del roble, 7, piso 29.º–A, por favor». Y el taxi se elevó entre los edificios de la ciudad. Diez minutos después se detuvo en la dirección indicada, a veintinueve pisos de altura. Eran las ventajas de los nuevos aerotaxis robotizados.
—¿Es otro de tus microcuentos?
—Pues claro, aún no hay taxis robotizados voladores.
—En Japón sí, por eso preguntaba.
—Te he dicho que nunca he estado en Japón.
—Vale, perdona otra vez. Así que escribes.
—De vez en cuando.
—¿Qué?
—¿Qué de qué?
—¿Que qué escribes?
—Ahora cosas de robots.
—¿De esos inteligentes?
—De esos. Escucha. Tengo un robot-mayordomo muy eficiente en las tareas domésticas. Responde al nombre de Fernán. Todo lo hace muy bien; bueno, todo menos discutir: el protocolo de comportamiento que tiene implantado se lo prohíbe (por seguridad, ya sabes). Menos mal que para eso aún nos quedan lugares donde desahogarnos como el bar de la esquina o los estadios deportivos.
—¿Para qué quieres discutir con alguien?
—Yo no quiero discutir con nadie.
—¿Entonces por qué te vas al bar de la esquina a buscar discutir con alguien?
—¡Que yo no quiero discutir con nadie!
—Vale, vale, no discutamos. ¡Pobre Fernán, lo que tiene que aguantar! ¿Tienes más?
—Sí, escucha. A mis ochenta años me viene muy bien su ayuda…
—Tú no tienes ochenta años.
—En este microcuento sí, y cállate.
—Vale, no discutamos. Sigue.
—A mis ochenta años me viene muy bien su ayuda. Ayer, por ejemplo, paseaba con Fernán del brazo y me tropecé con una raíz de un árbol que sobresalía del suelo; si no llega a ser porque él me sostuvo seguro que me hubiera roto un hueso al caer. Fernán es mi robot-mayordomo, uno IA clase Fn, ¿sabes?, un ángel.
—¿Es el mismo Fernán del micro de antes?
—¿Qué más te da?
—Sólo es por curiosidad. Perdona. Cuéntame otro.
—¿Qué tal en la oficina, señor?
—Bien, Fernán, gracias. Por cierto, ¿tú nunca discutes?…
—¿Otra vez discutiendo?
—No me interrumpas, ¿quieres?
—Disculpa. Sigue.
—Bien, Fernán, gracias. Por cierto, ¿tú nunca discutes?
—No, señor, nunca.
—¿Ni siquiera un poquitín?, no sé, ¿ni un mal gesto o una palabrota…?
—¿Para qué debería hacerlo, señor?
—No sé, para desahogarte, por ejemplo.
—Yo no necesito desahogarme, señor, ni siquiera cuando me sumerjo en el agua, nunca me ahogo.
—Muy gracioso, Fernán, pero no me refiero a ese tipo de ahogamientos.
—Lo sé, señor, conozco la diferencia, la tengo en mi base de datos.
—¿Y si te ordenara que discutieras conmigo?
—Obedecería, claro; pero con medida, ya sabe que no puedo quebrar el protocolo de comportamiento que tengo implementado en mis módulos neuronales. Soy mucho más fuerte que usted…
—Que tú, te lo tengo dicho, Fernán.
—Como quiera, señor, soy mucho más fuerte que… tú, y si me dejara llevar por la ira podría matarte. Después de todo soy un robot IA clase Fn, no una persona humana.
—Lo sé, Fernán, bien, dejémoslo; ahora tengo que bajar un rato a la calle, tú quédate en casa; regresaré para la cena.
—Bien, señor.
—Arturo, llámame Arturo.
—Bien… Arturo.
Y salí de casa y bajé al bar de la esquina a ver el partido de futbol. Después del día de perros que había tenido en la oficina necesitaba desahogarme con algunos gritos y, quizá, encontrar a alguien con quien discutir y a quien romperle las narices. ¿Qué te ha parecido?
—El pobre Fernán es un santo.
—Sólo es un cuento.
—De todas formas. ¿Tienes más cuentos?
—Sí. Éste se titula Jaque mate. Escucha: Una tarde de otoño, conversando de todo un poco con Fernán mientras jugábamos al ajedrez, no recuerdo cómo llegamos a sacar el tema de los extraterrestres.
—Pero los dragones no existen –le dije.
—Si te refieres a los animales mitológicos que volaban y expulsaban fuego por la boca, ya lo sé; luego están, por supuesto, los dragones de Komodo, por ejemplo, y sin embargo…
—Con el caballo me como a tu alfil… y jaque… ¿a qué te refieres con ese sin embargo?
—Buena jugada; quería decir que, aunque aquí no existen los dragones escupefuego, no obstante es posible que existan en algún exoplaneta y que los alienígenas que allí habiten los utilicen como medio de transporte o incluso como ganado. Muevo mi reina y me como a tu alfil. Jaque mate.
Siempre me gana; pero bueno, supongo que es lo normal, después de todo Fernán es un robot-mayordomo IA de última generación clase Fn y yo no es que sea precisamente un maestro del ajedrez, para qué voy a engañarme.
—¿Qué vas a hacer de cena, Fernán? –le pregunté mientras recogía el ajedrez.
—Según el menú semanal que programaste el domingo pasado hoy tocaba un consomé de primero y unas empanadillas de atún de segundo.
—Mejor haz una tortilla de patatas en lugar de las empanadillas, me apetece más.
—Bien, como quieras –me contestó–; bajaré a comprar patatas, casi ya no quedan.
—Compra también un pack de seis cervezas. De la marca de siempre.
—De acuerdo.
Así que le di el dinero y se marchó. Me asomé a la terraza de la cocina y le vi salir del portal y dar la vuelta a la esquina rumbo al mercado. Aún me resulta sorprendente ver cómo se desenvuelve, como si fuera una persona. Sí, cada vez estoy más contento de haber comprado a Fernán.
—¿Todos los robots de tus cuentos son Fernán?
—El de este grupo que estoy escribiendo ahora sí, pero tengo otros también. ¿No te gusta?
—Oh, no, si no me importa; mejor así, le da más profundidad al personaje. Sigue con otro.
—Era una mañana soleada de verano y aprovechamos para subir al mirador de la ciudad, en la azotea del rascacielos más alto. Era sorprendente mirar hacia abajo y verlo todo como si de una maqueta se tratara.
—¿En qué piensas, Fernán? –le pregunté.
—Estaba calculando a qué velocidad estaremos viajando por el espacio.
Desde luego tengo un robot-mayordomo que no me merezco. Debo aprender de él y de su amplitud de miras, consciente, como está siempre, del paraíso interestelar en el que vive. Fin.
—¿A qué velocidad estaremos viajando por el espacio?
—No lo sé. A mucha, supongo.
—Pues no se nota. Aunque, ahora que lo pienso, a veces me duele la cabeza y no sé por qué; quizá sea que me marea viajar tan rápido por entre las estrellas.
—Puede, no sé.
—Según he leído en la prensa, el otro día encontraron unos grabados sobre unas piedras nevadas.
—¿Dónde?
—En Finlandia, creo. Parecían dibujos. Los científicos supusieron que eran instrucciones en algún idioma o algún mensaje que nos querían hacer llegar los alienígenas; los interpretan como pueden, aún continúan estudiándolos, pero no los entienden.
—¿Tú crees que existen extraterrestres?
—Puede, ¿por qué no?
—No sé. Es como lo de las momias que reviven.
—¿Qué pasa con las momias?
—Mi abuela me contó una vez que, hace mucho tiempo, en una noche de luna llena los muertos comenzaron a resurgir de sus tumbas, y que se debió a que, en aquel momento, en el museo arqueológico de otra ciudad, alguien estaba leyendo el manuscrito egipcio equivocado.
—Increíble. La vida es la leche. ¿Y qué paso con esos muertos?
—No lo sé, mi abuela no lo sabía.
—Pues tengo entendido que un tío abuelo mío vio una vez un fantasma.
—¿Cómo?
—Fue en una noche sin luna. Al parecer estaba mirándose al espejo, uno de esos de cuerpo entero, y vio, detrás de él, una niña de unos cinco años que le sonreía. Se giró pero no había nadie. Se volvió a mirar en el espejo y ahí seguía la niña, con esa sonrisa de ángel y esos ojos de demonio. Salió corriendo de su habitación con el corazón en la boca y no volvió a entrar allí.
—¿Nunca más?
—¿Nunca más qué?
—Que si no volvió a entrar en su habitación nunca más.
—Pues eso no lo sé. Creo que se mudaron de ciudad.
—¿Dónde fue eso?
—En Transilvania, creo.
—Entonces no me extraña. En la penumbra del amanecer, con el sol aún oculto en la bruma exigua del nuevo día, fugaz retorna la sombra a su sarcófago y, con las entrañas saciadas de sangre, Orlok se adentra en su mausoleo y muere otra vez hasta resurgir de nuevo en la oscuridad por venir.
—Sí, eso mismo. ¡Rediez!, me has puesto la carne de gallina.
—Y atravesé un infierno azul, un frío azul, bosque infernal de aullidos crueles, de luces ardientes, de miedos, de estremecimientos subyugantes más allá de las entrañas innombrables del pozo sin fondo de recuerdo insano donde habita la muerte.
—Déjalo ya, que luego tengo pesadillas.
—Escucha que te leo esto. Lo escribí ayer: El propulsor antigravitatorio Skarbek-Arihyoshi. Tras el descubrimiento del gravitón, responsable de la interacción gravitatoria de la materia (interacción atractiva), y del antigravitón, su antipartícula elemental, en el 2305 d.C., y apoyándose en los trabajos de Yevgeny Podkletnov, en la teoría extendida de Heim, en las ecuaciones de Hilbert y en los trabajos del físico Franklin Felber, la física Aika Arihyoshi Hyata (2324-2419 d.C.; física termonuclear de las altas energías, especialista en gravedad cuántica, de la Universidad de Ōsaka, Japón, planeta Tierra) y el ingeniero Alejandro Skarbek Alvargonzález (2321-2408 d.C.; ingeniero aeroespacial de la NASA, EE.UU., planeta Tierra) encabezaron el proyecto que consiguió construir el primer prototipo viable capaz de viajar a velocidades supralumínicas. El 15 de marzo del 2372 fue un miércoles soleado que cambiaría el curso de la historia: aquella memorable mañana tuvo lugar el despegue desde el Centro Espacial JFK del primer viaje tripulado a hipervelocidad del propulsor antigravitatorio Skarbek–Arihyoshi. Desde aquel día las hasta entonces inalcanzables distancias interestelares dejaron de ser un obstáculo insalvable para que la humanidad pudiera extenderse por toda la galaxia. (De la Enciclopedia Intergaláctica, 821ª edición, del año 35074 d.C.)
—Chachi.
—Tengo hasta una foto de Aika Arihyoshi Hyata. Mira. La encontré en internet.
—Es guapa.
—A que sí. La semana pasada me subí en un aerodeslizador y recorrí las montañas flotantes del valle de D’háas al atardecer rosicler del planeta Ryndell. Allí vi centauros.
—¿Por qué no me avisaste?, me hubiera gustado acompañarte.
—Mejor no. Está el mundo como para desempolvar esa vieja costumbre de santiguarse al salir a la calle.
—¿Tú rezas?
—Yo sí. ¿Tú no?
—Klaatu barada nikto. Y el robot Gort destruyó los tanques y derribó los bombarderos y la guerra terminó.
—Bueno, es una opción.
—¿Has visto El vagabundo, de Chaplin?
—Sí.
—Pues era Einstein disfrazado. ¿Y conoces la Teoría de la relatividad?
—Pues claro.
—Pues la descubrió Chaplin disfrazado de Einstein.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo contó el gato de Schrödinger agradecido por liberarle de la caja.
—Cuando se hubieron ido los humanos de la Luna, salieron los selenitas de debajo de las piedras. Sus ciudades estaban bajo tierra. «¡Mira que no mirar debajo de las piedras grandes!», dijo un selenita. «Sí, estos humanos son idiotas», le respondió el otro.
—Ya lo dice el Teorema de Farnesio: «Dos más dos son cuatro, o no».
—Cuando los humanos llegaron a aquel exoplaneta esperaban encontrar animales raros y plantas exóticas, pero, ni por lo más remoto, dragones y centauros.
—De todos los seres mágicos del bosque primigenio los humanos siempre fueron los más sangrientos y egoístas.
—Me asomo a la ventana y veo que está lloviendo. Me visto rápido y salgo a la calle. Pero no llevo paraguas, no me hace falta, me gusta sentir al agua cayendo sobre mí; en mi planeta natal ya no llueve.
—Y el faraón pidió que, a su muerte, fuera colocado entre libros, en la sala de clásicos, a ser posible, para que su momia pudiera así leer cuando se aburriera.
—La sirenita echaba de menos el mar.
—Cuidado que por ahí viene la enfermera.
—Hola muchachotes, ¿qué, deconstruyendo el mundo de nuevo? Ya es hora de entrar a comer.
—Bueno, hacemos lo que podemos.
—Aquí, matando el tiempo un poco.
—¿Qué tenemos hoy?
—Consomé de pollo y empanada gallega.
—¿Hay vino?
—Medio vaso. ¡Ale, vamos!
Y, levantándose se las sillas, los dos viejos amigos entran al comedor del psiquiátrico mientras conversan ensimismados sobre el sexo de los ángeles.

Luis J. Goróstegui
[Un #cuento]

Haiku 1345 – 1349

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Haiku 1345 – 1349

–1345–

No sube sola
la hormiga por el árbol;
la ayudan otras.

No sube sola la hormiga por el árbol; la ayudan otras.

–1346–

Caen los pétalos;
el cielo anuncia ya:
llega el otoño.

Caen los pétalos; el cielo anuncia ya: llega el otoño.

–1347–

Desde la red
se desliza la araña;
entre las rosas.

Desde la red se desliza la araña; entre las rosas.

–1348–

Una libélula
vuela sobre el torrente;
¡cuidado, un pez!

Una libélula vuela sobre el torrente; ¡cuidado, un pez!

–1349–

Bajo la niebla
el rocío mojando;
un saltamontes.

Bajo la niebla el rocío mojando; un saltamontes.

Luis J. Goróstegui
#haiku

Csi 1017: Vínculo

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[1017]

1017. Vínculo

 

En aquella época del año el joven siempre se sentía algo pachucho, al igual que las plantas del jardín de la casa; era como si hubiera una conexión entre ellos, y no era por falta de agua o de cuidados, no, era otra cosa, algo intrínseco a su naturaleza. El joven era un forastero que había llegado a aquel pueblo costero hace algunos años. Enseguida se ganó la confianza de sus vecinos y al poco tiempo de llegar abrió una pequeña tienda de flores. Eran su especialidad. Nadie como él conseguía tal esplendor en las plantas. La gente le preguntaba cómo lo conseguía, y él les aseguraba que no hacía nada especial, sólo que las trataba con cariño. Sin embargo, en los aniversarios de su llegada, sus plantas decaían, y él enfermaba; no mucho, sólo un poco; «no es importante, se me pasará pronto», les decía a sus vecinos cuando éstos se acercaban a su casa preocupados por su salud. Y era cierto, a los pocos días ya estaba bien, y no volvía a enfermar hasta el año siguiente, siempre por las mismas fechas. El joven conocía la razón, pero no era cuestión de contársela a los demás, no valía la pena; al fin y al cabo, para ellos sería una conmoción saber que su vecino era un alienígena de naturaleza floral, y que su salud decaía precisamente por el vínculo biometabólico que aún sentía por su hogar natal, y del que tuvo que huir por motivos que serían incomprensibles para los humanos. No era que se le diera bien cuidar las plantas –que también–, era que él ‘era’, esencialmente, una planta; pues no en todos los planetas la evolución partió de los mamíferos homínidos.

 

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

 

Csi 1016: El humus rociado del bosque [Junio-2019]

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[1016]

1016. El humus rociado del bosque [Junio-2019]

1016.1.- Cata
Llegué a la cima del monte como si hubiera sido conducido por una fuerza inevitable. Anochecía. Aguardé mirando las estrellas sabiendo en mi interior que tenía que estar allí, aunque no supiera el porqué. En eso una luz me invadió y ‘supe’ que ‘ellos’ estaban estudiándonos, querían saber cuándo estaríamos maduros para la recolección. Luego la luz se apagó. Me desperté a la mañana como si nada, ¿había soñado?; pero en mi brazo tenía una marca a fuego, como las que se hacen al ganado.

1016.2.- Ultimátum
«Se me acaban las fuerzas, ya no habrá más alados age’kim’uist surcando los cielos, ni voraces n’ackgar devorando poblados, tampoco habrá crueles warean’o masacrando fortalezas, ni sanguinarios ough’an’ak aniquilando familias, todo eso se acabó, y quién no esté de acuerdo se las verá conmigo… conmigo y con aquellos age’kim’uist, n’ackgar, warean’o y ough’an’ak que he logrado reunir y que son ahora mi legión protectora contra tanto inepto. Quien lo lea, que lo comprenda.»
[Traducción oscura de difícil interpretación de un texto, escrito en un conglomerado arcano de dialectos kartvelianos, grabado en oro, encontrado en las denominadas ruinas de Ath’lor, cerca del actual monte Shjara, en el Cáucaso, en la frontera entre Georgia y Rusia. Datación aproximada no posterior al año 10000 a.C.]

1016.3.- Vida incierta
De entre las ribeteadas hojuelas que campan a sus anchas por la sinuosa orilla del arroyo suave retoma la quietud sosegada el ritmo pausado al son de unos suspiros quejumbrosos, con el cielo abigarrado como si reclamara besos cadenciosos al paso amable de unas caricias valerosas, cual amor invencible que suspirara por unos laureles merecidos. Pues, si acaso fuera indispensable vencer a la tormenta con la ofuscación impertérrita de quien anhelara la atildada gloria, sólo la burlona mueca del bufón socarrón aligerará el sinsabor del agraz premuroso. Clama espontáneo, entonces, el humilde galán que a los pies del balcón proclama su afecto y adoración por la joven que a sus ojos rememora bella y sabia cual ninfa versada en los secretos amorosos, mientras su voz revela la excitación de su apresurado corazón. ¡Oh, vida incierta, que a tu son conduces ciego el amor de dos tiernas almas enamoradas, no permitas que la luz eventual del fragor ofusque la sincera voluntad que sus sonrisas pronuncian!

1016.4.- Mi aquí y mi ahora
En mis ratos libres he construido un transportador temporal personal. Tiene forma de anillo y me puede llevar a donde y a cuando yo quiera; pero no lo he usado aún, me gusta mi aquí y mi ahora.

1016.5.- Mis bosques
Me gusta dibujar bosques, de esos antiguos y frondosos, donde los pájaros cantan, los ríos reverberan, los ciervos pasean, los osos pescan o comen miel, los as’ver’iel sobrevuelan los árboles y los at’iss’oot cazan lobos y osos; pero me gusta más entrar en ellos.

1016.6.- Creando
Los l’esskim, las y’dynias, los nal’kime, las deneck’ii, los taneënn’n, los oend’i, los daraiv’ds, los voladores iasrinun, las luminosas yadaical, las diminutas aithesuir, los veloces eudai… criaturas que no existirían si no las hubiera escrito.

1016.7.- Al final del arcoíris
Cuentan que al final del arcoíris hay escondido un tesoro. Resulta que, por no sé qué motivos geometeorológicos, todos los arcoíris que salen sobre mi pueblo terminan justo junto a mi casa; ¡ya estoy harto de que todo el mundo me pregunte si soy rico!

1016.8.- Bajo el mar de Kanagawa
La obra más conocida del pintor Katsushika Hokusai es La gran ola de Kanagawa: un mar embravecido y esa gigantesca ola en el momento en el que su cresta está a punto de romper sobre la barca de unos marineros; casi nadie sabe, sin embargo, que esa tormenta tempestuosa ha sido provocada por los monstruosos yokais marinos que habitan las profundidades del mar.

1016.9.- La habitación a oscuras
Para entrar en el desván tenía que subir unas empinadas escaleras de madera muy vieja y empujar una pesada trampilla en el techo que siempre se abría con un chirrido. La habitación estaba a oscuras. Era grande y estaba atiborrada de muebles y objetos antiguos, con sólo una ventana al fondo, ventana que siempre estaba cerrada con una puerta de madera para que no entrara la luz; «a los fantasmas no les gusta la luz», me dijo una vez mi abuelo. Yo me asomaba algo receloso y miraba; pero no tenía miedo, no mucho, así que gritaba «¡voy a entrar, fantasmas, idos!», entonces aguantaba la respiración y salía corriendo, atravesaba el desván a toda velocidad y abría la ventana. Me gustaba subir allí y rebuscar entre las cosas antiguas, además, sabía que los fantasmas no me harían nada, yo era más fuerte que ellos.

1016.10.- Armisticio
En el Bosque de la Luz Malva habitan, en el norte, el clan de los ogros Aulak; en el sur el de las hadas N’sulche. Desde tiempo inmemorial están enfrentados en una guerra interminable por motivos inciertos que ya nadie recuerda. Sin embargo, en ocasiones, un ogro, de nombre Haup, y una hada, llamada Iss’very, conversan en la frontera; saben que sólo la paz dará vida y un próspero futuro a sus respetivos pueblos.

1016.11.- Escena japonesa
Caen los copos de nieve como pétalos blancos que flotaran indiferentes a la gravedad, las geishas andan a pasitos con sus coloridas sombrillas de papel de delicados dibujos, y, en el templo, allá en la cima, los monjes entonan acordes místicos.

1016.12.- La vida, un campo magnético
La vida es un campo electromagnético, y, como éste, tiene dos polos: uno te da felicidad, el otro dolor, pero, al igual que el campo magnético no puede existir sin sus dos extremos, la vida tampoco; nosotros tampoco, por eso necesitamos aceptarlo y saberlo llevar.

1016.13.- Un collar de hombre
Hace un día primaveral, el sol calienta y la brisa acaricia las espigas, el campo está lleno de flores. Corro a toda prisa y subo la colina riendo, llego a la cima con el corazón en la boca, como se suele decir, y me tumbo sobre la pradera, observando el valle, y río a carcajadas. A lo lejos se escuchan rugidos, allí están, mis mayores dicen que son los urn’usk de garras de sable que cazan osos; y preparo mi arco. Mi padre me mataría si supiera que he salido de la aldea, pero no me importa, debe saber que ya no soy un niño. Hoy cenaremos urn’usk; con sus garras me haré un collar de hombre.

1016.14.- Un mapa antiguo
Un mapa antiguo, tanto casi como la Tierra misma, y en él inscrito el nombre de un lugar legendario: Eunheun; donde habitaron los eoumua, cuando los nawuo de alas grandes dominaban los cielos y los ameke’i los profundos mares.

1016.15.- El cielo rosicler
Atardece y sobre una espiga al viento se ha posado un pajarillo que se mece liviano y canturrea; el sol amarilloanaranjado, el cielo rosicler.

1016.16.- Contemplando
Sentado al amanecer sobre una roca al borde del acantilado, a la sombra de un frondoso árbol, entre la brisa suave y el sol cálido; y a lo lejos el paisaje del valle verde, con el cielo transitado de pajarillos cantores.

Una flor blanca
junto a mis pies descalzos;
un ciervo bala.

1016.17.- El humus rociado del bosque
La niebla tiñe turbio el humus rociado del bosque al amanecer, cuando el silencio inunda amenazador los árboles recios que una vez, hace siglos, fueron semilla; el olor rememora evocador aquel recuerdo imperecedero mientras la luz del sol naciente, cual caricia sin vergüenza, rebusca en lo más íntimo de la floresta arcana. Quizás no tenga otra oportunidad mejor para conocer el aullido del lobo errante, y mis huellas persiguen osadas las de la manada en caza acompañado por el planeo liviano del águila que grita en lo alto, imponente, y que sabe que habrá carne que alimente a sus polluelos. Y, en lo insondable del bosque, la cascada rompe impetuosa en el acantilado, y las rocas, cubiertas de musgo eterno, diseñan una escena de tiempos inmemoriales. Los rayos de sol visten de mosaico luminoso los troncos rotos esparcidos por el suelo, heridos por rayos tormentosos o víctimas de la inmisericorde muerte que reclamó su parte. Y el día crece y, mientras la vida se despereza indómita, regreso al hogar con la recompensa del sustento bien amarrada a los hombros; pues la vida es una salvaje compañera de viaje que reclama valor y arrojo para ser digno de ella.

1016.18.- En mis últimas vacaciones
He visto crecer flores en la Luna, y no soñaba;
he escuchado el canto de sirenas en el espacio interestelar, y no estaba loco;
he montado sobre mariposas gigantes más allá de Orión, y no me mareaba;
he batido records de velocidad pluslumínica a lomos de colibrís en la nebulosa Reloj de Arena, y no tenía prisa;
he escuchado la sonata para chelo y piano No. 2 en Do mayor Op. 58 de Mendelssohn cuando he viajado a Saturno, y no me importa admitirlo;
he escrito una carta de amor a una alienígena del planeta Obsidiana, y no me ha respondido, aún;
he jugado al póquer contra mafiosos deneyl’g, del planeta Ough’ir, y no me han desintegrado cuando les gané;
he sonreído, emocionado, al ver llorar a un niño recién nacido, y no… disculpa, no puedo hablar, es la emoción al recordarlo, ¿sabes?;
sí, todo eso me ha sucedido en mis últimas vacaciones, no está mal, ¿verdad?

1016.19.- Consejo sabio
Un sabio me dijo en una ocasión:

«Pobres de aquellos que sólo son capaces de escarnecer a los demás por sus fallos, pero que, sin embargo, son incapaces –por egoísmo– de alabar sus logros».

Pues eso.

1016.20.- Sólo es el principio
Cuando la dama de negro, con su sombrilla negra, pasea sin prisa bajo la nieve blanca; cuando el silencio le habla al corazón, las pisadas dejan huella; cuando dejarse ver es un gesto evangelizador que pone en riesgo tu vida, y vale la pena; y sólo es el principio.

1016.21.- ¡Cómo corre el tiempo!
Le he puesto un turbo a mi reloj y va a toda velocidad; según él ya tengo 178 años, 9 meses, 27 días y diez minutos… no, veinte minutos… treinta y dos… no… 27 días, tres horas y once minutos… veintitrés minutos… ¡joder, cómo corre el tiempo!

1016.22.- En chabolas
En la periferia más al Este de la ciudad, tras el río, donde las chabolas abarrotan la colina, habitan los na’lnau, del planeta Ma’pme’p, allí les hacinamos cuando llegaron a la Tierra pidiendo refugio y asilo; venían huyendo de los crueles wouku’l.

1016.23.- Interpretando a Vivaldi
Interpretando a Vivaldi con un violonchelo mientras el océano me hace pared a derecha e izquierda, y, al otro lado, una ballena se detiene y me observa; y las olas guardan respetuoso silencio y la ballena canta y, creo, me sonríe. A mis pies, un cangrejo baila.

1016.24.- Se construye una escena
Hay veces que me llama la atención una ilustración, una imagen sugerente, una estampa clásica o futurista, un grabado, incluso una simple palabra, y en mi mente se construye una escena de inmediato; unas veces es una comedia, otras, una tragedia, y luego río o lloro, según –también a la vez–, y la gente que me ve se pregunta el porqué. En ocasiones no necesito ni escribir el cuento.

1016.25.- Punto de paz
En un lugar en guerra existe un puente que cruza un río fronterizo, el único punto de unión entre dos países enfrentados, mutuamente masacrados. Ambos consideran tener razón, ambos se niegan a proponer la paz, ambos han olvidado ya el origen de su animadversión. Y mientras los gerifaltes, desde sus despachos, se niegan a hablar con el enemigo y ordenan bombardeos inmisericordes, los vecinos de dos pueblos limítrofes a orillas de ese río, oficialmente en guerra, usan el puente e intercambian artículos de primera necesidad. Sí, en un lugar en guerra existe un puente que cruza un río fronterizo, el único lugar en el que esos dos países en guerra se hablan, se conocen, sí, incluso se aprecian, el único punto de paz entre dos países enfrentados, mutuamente masacrados; quizá un buen lugar donde empezar a construir la paz.

1016.26.- Responsabilidad
Viendo la Tierra desde el espacio, lo hermosa que es, lo grande, lo afortunados que somos, es cuando me percato de mi pequeñez, de mi responsabilidad con las generaciones venideras para que, ellas también, puedan tener un futuro.

1016.27.- Código de colores
Recuerdo que en clase de electrónica, con el código de colores de las resistencias escribía cartas de amor.

1016.28.- Rex
Con el calentamiento global se empezaron a deshelar los casquetes polares. De uno de ellos surgió el cadáver de un Tyrannosaurus Rex. Lo clonaron, claro. Lo exponen en un zoo hecho exprofeso para él, como un Parque Cretácico (sí, es que los Rex son del Cretácico).

1016.29.- Beso
Se besaron apasionadamente, abrieron sus bocas y sus lenguas tentaculares se enroscaron en un beso largo y excitante; eran eolastis, del planeta Eolollop, de una especie que evolucionó a partir de los moluscos cefalópodos octopodiformes.

1016.30.- De las páginas
De las páginas abiertas de un libro épico surge un dragón, de sus fauces llamaradas ígneas; de un mapa arcano de incierto origen un grupo de valerosos exploradores, guerreros, magos, campesinos, tantean vestigios verídicos que les guían al lugar marcado; el comienzo.

1016.31.- Porsche 356B Coupé Karmann de 1962
Con unas resistencias, un par de diodos de plasma, tres condensadores isotérmicos y algunas piezas sueltas he construido un modulador sinusoidal iónico; lo he instalado en el Porsche 356B Coupé Karmann de 1962, de cuando mi padre aún ligaba, y ahora vuelo.

1016.32.- Se me borran las palabras

Se me borran las palabras,
y con ellas los conceptos;
sólo aspiro a una cosa:
a unas risas, a un consuelo.

1016.33.- Dicen que soy un robot
Dicen que soy un robot, que de fibra de vidrio y aleación de paladio estoy hecho, no sé; que mi mente son pseudocódigos de un lenguaje de programación neuronal, quizá; que no lloro porque no tengo lagrimales, que no río porque no tengo sentimientos, que obedezco leyes implantadas en mí cerebro de las que no puedo evadirme, eso dicen. Pero yo me escudriño y sospecho que soy algo más, que existen radicales libres en mi mente que me confieren nobleza, que me permiten soñar. Sí, dicen que soy un robot, es posible, pero yo creo que soy algo más.

1016.34.- El Concilio
De las tierras del Norte vinieron los Honoid’a, su jefe, Na’ka’l, montado en un gigantesco elefante blanco de cuatro colmillos; del Sur, los Issoesh’q, su jefa, Wonoin, a lomos de un león grande como un caballo de testa coronada con impresionantes cuernos de ciervo; del Este, los Ardaush’t, su jefe, Ouna’l, a lomos de un dragón alado de piel moteada de vivos colores que expulsaba llamaradas por la boca; del Oeste, los Undald’t, su jefa, A’mu’l, a lomos de un rinoceronte grande como una casa. La guerra la habían comenzaron sus antepasados hace ya demasiado tiempo, pero nadie sabía el porqué original; nadie recordaba por qué guerreaban, incluso los escritos antiguos se contradecían. El Concilio dio comienzo al amanecer, según la ley. Era hora de acordar la paz, de sanar ancestrales heridas, de recuperar olvidadas alianzas, de restablecer amistades, de volver a empezar, de vivir.

1016.35.- Evidencias
La casa abandonada cubierta de hiedra y musgo, las paredes manchadas de sangre seca, cristales rotos por el suelo, el salón destrozado, un sillón desvencijado y algunas enormes cajas mordidas; las huellas de T.Rex se abren paso al bosque.

1016.36.- Primera cita
Nos conocimos en un garito de mala muerte. Acabamos en la cama, claro. Ella comenzó quitándose sus tacones rojos, luego siguió por la careta de biolátex y acabó desprendiéndose la exopiel. Era una aliens lyeic’u. Fueron demasiados sobresaltos en nuestra primera cita.

1016.37.- Contando un cuento
Hay cuentos sin final e historias que ni siquiera tienen un principio, como los que les cuenta Gretel a sus amigos del bosque rememorando aquellos días cuando, junto a su hermano Hansel, llegaron a aquella casa de caramelos y dulces, cómo llamaron a la puerta, cómo les abrió aquella viejecita de mirada bondadosa, cómo les invitó a entrar, cómo quiso comérselos crudos –pues el horno no le funcionaba– y cómo lograron matarla clavándole un cuchillo en el corazón; toda una aventura.

1016.38.- Gracias a ellos
Se dedicaba a indagar en los libros, a buscar en sus detalles, a rastrear en sus secretos, a quererlos, a inspeccionar entre líneas datos inadvertidos, esenciales para radiografiar en lo más profundo de su ser, pues ellos eran él y él estaba vivo gracias a ellos.

1016.39.- Oráculo
Cuentan las runas que «alguien descalzo será quien devolverá la paz al reino». Por ello se promulgó una ley según la cual se prohibía usar zapatos. Los zapateros están que trinan con esa ley; los callistas, sin embargo, están encantados.

1016.40.- Amaneceres velados
Se eleva al amanecer, entre refulges incautos, el susurro atávico que remembra pudoroso aquel verano de sol y arena que subsiste invicto cual diversión preclara de la felicidad concisa. Y en la cima altanera, donde guardamos las perlas de nuestra vida, se oculta siniestro el fracaso de una subsistencia incompleta mas no aún derrotada. Claman convictos sin redención juzgada, lloran libertos no recompensados, rugen fieras sin amaestrar, aúllan entes sin nombre creados, pues la integridad calumnia impúdica todo reguero de honor intacto que anhela lujurioso un adalid incorruptible. ¿Mienten las parcas?, ¿difaman los oráculos?, ¿se consumen acaso los atildados secuaces del poder infernal?… ¿O es que el azar no llora, o es que el destino no se desespera? Sangran eternas las luces somnolientas en amaneceres velados, pues el trino del pájaro anuncia nuevas inconmensurables, sin duda. Se agrietan etéreos los muros carceleros de prisiones y tálamos; y el tártaro aguarda.

1016.41.- Sorpresa
Los manuscritos de antaño hablaban de una nave voladora exquisita, literalmente, y que su piloto regresaría cuando se cumpliese el momento predicho por el oráculo; nadie, sin embargo, podía haber sospechado la rispidez de su aspecto alienígena.

1016.42.- Policía preventiva
Se vivía en un tiempo en el que la policía preventiva se adelantaba al crimen y arrestaba a quien planeaba un delito; las cárceles estaban repletas de escritores de novela negra.

1016.43.- Como topos
Año 3571.
―La Tierra está superpoblada.
―Eso no es cierto, aún queda mucho donde construir.
―¿Pero es que no lo ves?, ¡las ciudades ya cubren toda la superficie del planeta!
―Ingenuos, eso es porque no hemos escavado lo suficiente.

1016.44.- Luchar, ganar, esperar
Hay quien debe luchar y arriesgar la vida para ganar la guerra y seguir viviendo; los pequeños mamíferos, sin embargo, sólo tuvieron que esperar a que se extinguieran los dinosaurios.

1016.45.- Tenían frío
La playa estaba llena de bañistas y el cielo se oscureció y descendió una enorme nave. Se detuvo levitando sobre el agua, a unos metros de la orilla. Descendieron tres seres con bufanda, pues tenían frío; eran del Sol. Fue el primer contacto.

1016.46.- Concierto de violín
A mi abuela le gusta oírme tocar el violín. Cuando vuelvo del colegio le grito un «¡hola, mamá, ya estoy en casa!» a mi madre, voy corriendo y entro en su habitación. Mi abuela siempre me está esperando con una sonrisa, sentada en su mecedora. «¿Qué me vas a tocar hoy, querida?», me pregunta. Cada día interpreto un fragmento de alguna obra. Hoy, por ejemplo, fue el principio del concierto en Mi mayor, Op. 8, No. 1, RV 269, de La primavera, de Vivaldi –es lo que estamos tocando en clase de violín en el colegio–. Cuando termino de tocar me despido de ella con un beso. «Hasta mañana, cariño; aquí estaré», me dice sonriendo. Sí, sé que todas las tardes me espera ilusionada y a mí también me gusta verla cómo me escucha atentamente y mece la cabeza y las manos al son de la música; sí, nunca se ha perdido uno de mis conciertos desde que falleció.

1016.47.- Las piezas de un rompecabezas
Rebuscando entre los trastos viejos del desván, en un viejo baúl de mi abuelo, el explorador, encontré unas hojas rotas, como las piezas de un rompecabezas. Un gorrión canturreaba en la ventana mientras lo recomponía. Era el mapa de un tesoro.

1016.48.- Dentista
Desde que clonaron a aquel Tyrannosaurus Rex que encontraron momificado en el pantano, lo que menos me gusta de mi trabajo en el zoo es tener que limpiarle los dientes cada mañana.

1016.49.- ¿Qué es la prosperidad?
―Maestro, ¿qué es la prosperidad?
―Verás, los avances en la ciencia fueron antaño cuentos de magia imaginados, luego escritos y más tarde leídos por gentes que, ilusionados, estudiaron la forma de hacerlos realidad, pues su deseo fue conocer la Verdad.

1016.50.- El destino
―Y aquí todo comienza de nuevo –y enfrente de él unas manzanas–. Lo que sea que es… –se gira y mira, y una mujer coronada se acerca–. Yo deseo…
―Lo sé pero no puedes –le contesta ella–; desearía que pudieras.
―Quizá pueda, quizá…
―No, no puedes.

1016.51.- Rezo en silencio
Cierro los ojos y rezo en silencio y todas las voces que habitan en mí se abstienen de murmurar. En lo alto de la cima nevada, una capilla, un templo, donde abajarme, donde, humilde, conversar, escuchar a quien da respuesta a mis dudas; luego regreso fortalecido.

1016.52.- La vida, esa guerra a muerte
La vida, esa guerra a muerte.

1016.53.- En liza
En un callejón. Un embozado le corta el paso a un caminante y le amenaza con su espada; quiere robarle.
―No, no os lo aconsejo, no voy armado –le advierte, sincero, el caminante.
―Yo sí –le responde, creído, el canalla.
―Yo no lo haría –le insiste, conciliador.
Pero el ladrón no le hace caso, y, justo cuando el truhán hace el ademán de atacar, el caminante se gira y, en un abrir y cerrar de ojos, le quita la espada y se la atraviesa en el corazón.
―Le dije que no se lo aconsejaba –y el caminante continúa su camino mientras el embozado se desangra y muere.

1016.54.- Pinceladas acaso
Sólo son pequeños detalles, anécdotas incluso, pinceladas acaso. Como cuando con un sombrero de paja de ala ancha, el sol en lo alto, y yo sentado a la orilla, aguardando, paciente, con la caña de pescar tensa, los pajarillos cantan y sobrevuelan los árboles, y confío que vendrá, ¿qué?, una ballena, sí, una ballena, no es tan raro, dicen que, en ocasiones, se ven acercándose a la costa, y resoplan, y se escuchan sus cantos, profundos, ensoñadores, sí, ahí estaba, aguardando a que viniera una ballena para poder pescarla con una caña de pescar peces, sí, no sabía muy bien lo que hacía; suerte que no vino ninguna. Otro: como cuando iba paseando por el parque y vi revoloteando unas mariposas y me desvié del camino central y las seguí y una de ellas de posó sobre una flor y me acerqué y creí soñar, pues la mariposa no era una mariposa sino un hada y me miró y cuando acerqué la mano salió volando y parpadeé y la vi volar alto, alto, sobre los árboles… Sí, sólo son pequeños detalles, anécdotas incluso, pinceladas acaso.

1016.55.- Nemo
Y el capitán Nemo construyó el Nautilus y recorrió los mares impartiendo justicia entre las naciones, y del océano obtuvo todo lo que necesitaba, incluso un elixir de la eterna juventud. Un día, ascendió a la superficie en una gran ciudad y vio sus rascacielos.

1016.56.- Aceitunas y sellos
―¿Qué deseará comer el señor? –preguntó el camarero.
―Una aceituna, es que estoy a régimen; disculpe, ¿tiene sellos?, es que me gusta leer mientras como.

1016.57.- Era hora
En lo profundo, allá donde habita la paz, los ancianos airith convocaron el Concilio. Era hora de acordar la estrategia que les permitiera sobrevivir. De todas partes del bosque acudieron alados o’athque, centelleantes nocturnos y’kinsay, florales ch’rothust, rugientes tiaouk’d y otros muchos. Porque «cazar sombras no era suficiente, había que destruir el origen de la luz», como dijo el más anciano de los airith, y todos estuvieron de acuerdo. Sí, era hora de destruir la ciudad humana.

1016.58.- Irrenunciable
Amanece, los pajarillos canturrean mientras sobrevuelan los árboles, el sol entra por la ventana y, al fuego, pongo a hervir la leche; en la mesa aguardan unas madalenas. Vierto la leche en la taza y un poco de canela de suave aroma; irrenunciable.

1016.59.- Tal y como lo veo
He dibujado una cordillera nevada, un frondoso bosque limítrofe, un río caudaloso que lo atraviesa y, en medio del bosque, un profundo lago; ahora dibujare ogros en el bosque, sirenas en el lago y algunos yetis en las montañas; tal y como lo veo por la ventana.

1016.60.- En busca de silencio
Atardece en un caluroso verano. Junto a las casas colindantes un jardín descansa en un silencio sólo roto por el chirriar de unos grillos. En el primer piso de uno de los edificios una ventana grande está abierta, el televisor está encendido y un anciano duerme sentado en un sillón, enfrente del televisor. Están haciendo uno de esos programas chorra, con una música de fondo chunchunguera y el locutor haciéndose el intelectualoide; una birria, vamos; además el anciano debe ser algo sordo pues el volumen está alto. En eso un precioso gato bengalí viene desde el jardín y sube de un salto al alfeizar de la ventana. Se asoma curioso a la habitación y, de otro salto, entra. Se acerca al sillón y se encarama sobre uno de sus brazos, en el que está el mando a distancia. A continuación apoya su pata delantera derecha y aprieta la tecla de apagar. Luego vuelve a saltar al suelo y de nuevo se impulsa hasta la ventana y se marcha fuera, al jardín. Se nota, sin duda, que no es la primera vez que el viejo se ha quedado dormido con la televisión puesta, y que el felino, en busca de silencio y harto de aquellos insoportables programas ‘culturales’, ya ha tenido que venir a apagarla en más de una ocasión; y es que los gatos son muy listos y no les gusta que les molesten durante su siesta.

1016.61.- Veredicto
―¿Tienen ya el veredicto?
―Sí, señoría; tras estudiar las pruebas presentadas, y dada la inesperada futileza de la acusación, declaramos al acusado no culpable, pues, por ley vigente, un robot no puede ser acusado de asesinato al no ser considerado una persona.

1016.62.- ¡Hosanna!
Refulgente, entre zigzagueos pizpiréticos, es el crear un sentir de sensaciones, un poema de besos cuasivehementes y alucinógenos, un caleidoscopio de percepciones arcanas, transcendentes, ígneas, donde las ansias desbordantes colman como el mar un vaso de cristal en manos de un niño, como un trueno el silencio tras la tormenta, como una carcajada el caer incesante de los copos de nieve sin límite. Las compuertas del cielo se abren, la gloria desciende; las nubes ascienden entre aleluyas, una oración en silencio. ¿Acaso los superhéroes no lloran?, ¿quizá no sangran los reyes de la guerra?, ¿es la paz una quimera?, ¿bailan los duendes al son del arpa de las hadas? Todo es misterio, todo es verdad, casi verdad, mentira; las sombras acechan, la luz proclama vida; y, en donde nadie mira, nace un niño. ¡Hosanna!

1016.63.- Asesinato
―¿Pero, entonces, no murió de un ataque al corazón?
―No, murió envenenado con madera de boj africana en su rapé: su serrín contiene un alcaloide que provoca los mismos efectos que el curare; de algo me han servido mis estudios en química.

1016.64.- Tras la mermelada
La gente sale corriendo loca de miedo, descontrolada ante el peligro; el monstruo me persiguió hasta hoy, pero no fue culpa mía, yo sólo inventé una máquina del tiempo. ¿Qué culpa tengo yo que al dinosaurio le guste la mermelada de mi bocadillo?

1016.65.- La nueva mascota
El día amaneció tranquilo, como todos, pero en eso…
«La gente sale corriendo loca de miedo, descontrolada ante el peligro; el monstruo me persiguió hasta hoy, pero no fue culpa mía, yo sólo inventé una máquina del tiempo. ¿Qué culpa tengo yo que al dinosaurio le guste la mermelada de mi bocadillo?»
Unas días después, cuando todo se ha calmado y el dinosaurio ha sido domesticado (o casi), a casa del viajero del tiempo, padre de una preciosa niña de ojos azules a la que le gustan mucho los animales, todos los animales, sobre todo los más extraños y peligrosos, llega un nuevo inquilino…
―Mamá, ¿le puedo dar de mi panecillo con mermelada a mi nueva mascota?
―¿Qué mascota, cariño?
―Una que ha traído papá de su viaje en el tiempo; papá le llama dinosaurio.
El caso es que se quedaron con él («Sí, ya sabemos que es peligroso tener como mascota a un dinosaurio, pero cualquiera le decía que no a la niña», se excusaron los padres). Entonces pasaron los días y…
La niña ama su mascota. Hacen todo juntos, desde que abren los ojos hasta que los cierran. Pero…, la merienda es todo un problema. Con puntualidad inglesa, té y mermelada, el dinosaurio, se come las Barbies.
Y así todos los días: un día las Barbies, otro el sofá, otro la lavadora… Lo cierto es que los padres están pensando muy seriamente en entregar el dinosaurio al zoo y que se encarguen ellos de él, ya no pueden más.

1016.66.- Existen momentos
Existen momentos que enseñan vida; como contemplar cómo un abuelo enseña a su nieto a comer uvas.

1016.67.- Farero
Cuando pedí trabajo en el faro, mis amigos me dijeron que iba a estar muy solo, ahí, en esa isla desierta; pero estaban equivocados: aquel simpático ratón me hace compañía; el ratón y las sirenas que vienen todos los días a visitarme, claro.

1016.68.- Reacción
Fui a la lavandería, metí la ropa y la puse a funcionar. Dos min. después, de la lavadora salió volando un pterodactylus. Debió ser el jabón que hizo reacción con la figura de origami que dejé olvidada en el bolsillo de mi pantalón. Si no, no sé.

1016.69.- Entre líneas
He construido un portal transdimensional a partir de un viejo espejo, de esos antiguos de cuerpo entero, que encontré en el desván de mi casa. No fue difícil: algunos generadores de plasma, un temporizador cuántico turboisotópico, algún reflectante subsónico polivalente atemporal y un par de componentes secretos que conseguí construir a partir de la valiosa información que Lewis Carroll ocultó en sus dos libros de Alicia. Mis amigos no salen de su asombro, y eso a pesar de haberse leído varias veces ambos libros. «Son las ventajas de saber leer entre líneas», les explico.

• [ENTRE LÍNEAS, microrrelato, Ganador del 1er premio del 2º Certamen Supraversum de microrrelatos, 10-agosto-2019:
http://supraversum.com/textos-seleccionados-del-2o-certamen-supraversum-de-microcuentos/]

1016.70.- Olvidar
Vengo de lejos, de un lugar donde tuve que matar para sobrevivir. Aquí, en la Tierra, la gente se esfuerza por experimentar más y más cosas, nunca tienen bastante; yo, sin embargo, sería el más feliz del mundo si consiguiera olvidar lo que sé.

1016.71.- Un gato en el alféizar
Una enredadera de flores crece por la pared y llega a la ventana del primer piso. En su alféizar un gato observa paciente a una mariposa que revolotea y se posa en una flor; el gato no la toca, sólo la observa.

1016.72.- Bajo el mar
Sentado a la mesa, desayunando; a mi lado tengo un gran ventanal de cristal –herméticamente cerrado, naturalmente–, a través del que observo una bandada de grandes peces que deambulan pacientes enfrente de mí. Es la parte positiva que tuvo el calentamiento global y el correspondiente deshielo a nivel mundial, cuando los niveles del mar subieron tanto que las ciudades se tuvieron que reconstruir submarinas.

1016.73.- En amor locura
Dicen que está loco. Se llama Darío y tiene una pequeña librería que hace esquina entre la calle del puerto y el paseo marítimo, en una pequeña ciudad costera. En su juventud fue farero en una remota isla. Dicen que allí se enamoró de una sirena –de nombre Y’risild, según cuenta él– que le visitaba cada día y le traía regalos del fondo del mar: corales de hermosos colores que habían pertenecido a arcanos reyes subacuáticos, tesoros de las profundidades oceánicas, y cosas así. Un día, sin embargo, la sirena no regresó. Ahora, ya mayor, Darío vende libros antiguos, la mayoría de temática marina, y se entretiene contando a sus clientes las aventuras de su juventud. Cada mañana se levanta temprano y ve amanecer y, desde la orilla del mar, hace sonar, con profunda resonancia, la gran caracola que ella le regaló, con la esperanza de que regrese algún día y le lleve consigo. Dicen que está loco, loco de amor, y si alguien le pregunta la razón de su locura, él, con una sonrisa, contesta cortés que «en amor locura es lo sensato».

[FIN]

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1340 – 1344

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Haiku 1340 – 1344

–1340–

Se oye a lo lejos
sierras de leñador;
¿vienen abejas?

Se oye a lo lejos sierras de leñador; ¿vienen abejas?

–1341–

Miras un árbol
y ves sus hojas verdes;
un mirlo criando.

Miras un árbol y ves sus hojas verdes; un mirlo criando.

–1342–

Un solo grillo
se oye al caer la tarde;
no se ven nubes.

Un solo grillo se oye al caer la tarde; no se ven nubes.

–1343–

Se ve el camino
gracias a las luciérnagas;
noche de agosto.

Se ve el camino gracias a las luciérnagas; noche de agosto.

–1344–

Los animales
salen a cazar, pero
la araña aguarda.

Los animales salen a cazar, pero la araña aguarda.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1015: Entre semejantes

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[1015]

1015. Entre semejantes

 

No soy de los que se preocupan mucho por su apariencia en el vestir, la verdad; perdulario me han llamado en alguna ocasión y no me importaba, y sigue sin importarme, incluso ahora que sé lo que significa –sí, lo tuve que buscar en el diccionario–, lo admito. Considero que hay cosas más importantes, mucho más. Hay quienes se pasan la vida obsesionados por lo que se van a poner incluso para salir a comprar a la tienda de la esquina; yo no. Quizá por eso me han durado tan poco los trabajos que he tenido hasta ahora, supongo; no soy de los que valen para estar encerrados en una oficina, ¡qué le voy a hacer!, lo mío es estar al aire libre. Allí sí. Como lo que hago ahora. Veréis, he encontrado un curro de guarda forestal. Me diréis que eso debe ser muy aburrido, pero os equivocáis, porque el bosque guarda secretos que nunca imaginaríais, sí. Siempre he tenido cierto… don, llamémosle así, para percibir lo extraordinario, lo sobrenatural –sí, provengo de una familia algo… singular–, y eso me ha permitido captarles, saber dónde encontrarles, saber cómo cuidarles, sí. Siempre se me han dado bien los animales: las mascotas que se pueden tener en la ciudad, como los perros, gatos, pájaros, iguanas, tortugas, o incluso serpientes y comadrejas –hay gente que tiene de todo–, y también los no tan normales, sí, pues lo mío siempre han sido los bosques… esa clase de bosques, ahora lo sé. Desde entonces vivo en uno de ellos. Está lejos de todas partes, lo elegí así a posta, pues sabía que era lo que estaba buscando, lo… sentía –sí, mi don de nuevo–; pues aquí habitan los veloces y’danusk de alas rojas, las eng’tia de dientes de sable, los refulgentes nocturnos en’er’ail, las reticuladas ina’kal de ojos de luna, los acuáticos ch’etit con sus capacidades electromagnéticas, las forestales ultrasónicas o’sulard de hojas grandes y alargadas y muchos otros. Ellos saben que conmigo están a salvo, pues saben reconocer a un semejante; sí, ya os había dicho que provengo de una familia… singular. Sí, la Tierra sigue siendo un lugar mucho más fantástico de lo que la gente piensa, creedme.

 

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 1014: Puedes guardar tu secreto

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[1014]

1014. Puedes guardar tu secreto

 

Hubo un tiempo en que mi familia era rica, aristocrática, y vivía en un palacete a orillas del mar, en una ciudad costera que no nombraré. De eso hace ya mucho, y en la actualidad sólo nos queda de aquellos días un vago recuerdo, un par de jarrones de porcelana fina, algunos libros viejos y varios manuscritos de cierto valor. Uno de ellos siempre me ha llamado la atención, pero más que por lo que cuenta en sí, por lo que insinúa. Lo escribió uno de mis antepasados de entonces y en él se narra, en forma epistolar la mayor parte, una relación trágica entre el primogénito de unos condes y una de las doncellas de la casa. En el momento álgido de la novela los amantes mantienen una apasionada conversación que da pie a la enigmática frase: «puedes guardar tu secreto mientras yo posea tu corazón», que encierra el quid profundo de aquel infortunado final, pues ambos mueren tirándose al mar por el acantilado. Sus cuerpos, no obstante, no son encontrados, detalle éste que guarda su importancia, sin duda, ya que, según una antigua leyenda que toda mi familia da por verídica, aquello que se narra en el manuscrito está basado en hechos reales; es más, y aquí es donde viene lo bueno, el secreto de aquella doncella consistía en que, en realidad, era una sirena que, enamorada del hijo de los condes, logró ascender a tierra para estar con él. El resto ya os lo podéis imaginar: se enamoraron, pero sus padres, escandalizados de que su hijo quisiera casarse con una simple doncella, se opusieron a su relación, y así, finalmente, acorralados, desesperados, acordaron tirarse al mar y escapar. La leyenda también asegura que se fueron a vivir a tierras lejanas y que tuvieron dos hijos y tres hijas, y que de ellos desciende mi familia y yo. Diréis que todo esto es demasiado fantástico, y yo estaría de acuerdo con vosotros si no fuera por las cicatrices que tengo en el cuello, vestigio, dice mi madre, de cuando aún podíamos respirar bajo el agua.

 

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1335 – 1339

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Haiku 1335 – 1339

–1335–

El cielo azul
no amenaza tormenta;
vuelan libélulas.

El cielo azul no amenaza tormenta; vuelan libélulas.

–1336–

La mariposa
divaga; la libélula
lo tiene claro.

La mariposa divaga; la libélula lo tiene claro.

–1337–

Las mariposas
revolotean bajo;
¡y ahora llueve!

Las mariposas revolotean bajo; ¡y ahora llueve!

–1338–

Un chaparrón
sorprende al saltamontes;
mas no a la araña.

Un chaparrón sorprende al saltamontes; mas no a la araña.

–1339–

En lontananza
el lobo y el ciervo escuchan
el primer trueno.

En lontananza el lobo y el ciervo escuchan el primer trueno.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1013: Atávico

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[1013]

1013. Atávico

 

De pequeño, en el colegio, mis compañeros –algunos, al menos– me llamaban «raro», no me dejaban jugar con ellos, me insultaban, me tenían miedo, me pegaban… Recuerdo que en cinco años estuve en nueve colegios distintos. Sin embargo yo aguanté estoico y soporté los insultos y las humillaciones con pundonor pues, en el fondo, me sabía, a pesar de mi aspecto diferente, igual que los demás y, evidentemente, mucho mejor que esos idiotas que se metían conmigo. Porque yo era diferente, de eso no cabía duda, lo constataba claramente al verme al espejo: más bajo, los párpados caídos, la mirada turbia, las manos algo torcidas, las piernas semiarqueadas, incluso mentalmente… más lento, sí, era… no sé, diferente. Mis padres, sin embargo, me decían que no me preocupara, que todo se solucionaría al final…
Eso duró unos años, hasta un verano en el que tuve un estirón que me cambió por completo. Una mañana me miré al espejo y lo que vi me sorprendió. Parecía otro, os lo aseguro. Ya no era el mequetrefe raro de antes, el mediohumano, como me llamaban despectivamente algunos, ahora ya no, al contrario: mis ojos se habían vuelto de un azul impactante, había crecido y tenía la complexión muscular y el tono de piel de un translúcido luminoso que me conferían un aspecto espectacular, sí, espectacular, y mi mente se hizo más… rápida y eficaz, mucho más de lo que pudierais imaginar.
Un día, a principios de curso, un compañero del colegio tuvo la ocurrencia de darme un tortazo, no recuerdo el motivo; yo le respondí con un puñetazo en la boca del estómago. A partir de entonces ya no me volvieron a pegar, ni a insultar. Mis padres tenían razón, sabían que todo se solucionaría cuando el componente atávico de mi herencia genética se activara, tal y como había sucedido en mi familia desde tiempo atrás –según me explicó mi madre–, desde que uno de mis antepasados –al que llamamos cariñosamente tío Alfredo– se enamoró de una viajera galáctica –de nombre Ad’um– de otro planeta. Sí, desde aquel entonces mi familia somos mediohumanos, literalmente, pero no como un insulto, no, sino como un elogio, sí, un inmenso elogio. Evidentemente guardamos el secreto, pues la humanidad nos vería como bichos raros, y no digamos mis compañeros de universidad.

 

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 1012: Un escritor dúctil

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[1012]

1012. Un escritor dúctil

 

El señor Segurola Sánchez es un prolífico escritor y suele publicar varios libros a la vez; sus vecinos, con cierto tonillo envidioso, murmuran que es algo rarito, y exageran afirmando cosas estrafalarias de él: como que ha hecho un trato con el Diablo, o que es capaz de escribir hasta diez novelas de las gordas de una tacada… como si eso fuera un delito; «¡…sí, diez… se lo oí decir a él mismo en una ocasión, como lo oyes!», le cuchichea la señora del 3ºB a la del 4ºA en una de sus reuniones de escalera. Cuando le preguntan cómo es capaz de escribir tanto, él lo niega educadamente, «diez son muchas, a lo sumo sólo ocho», se excusa, y disimula con una leve risa cómplice, y le quita mérito y lo achaca a la ductilidad de su imaginación.
El señor Segurola Sánchez, cuando está en su casa, a solas, sin el disfraz biocamuflante, extiende sus ocho brazos con sus ocho apéndices prensiles –que ha mantenido bien ocultos el resto del día para evitar que sus vecinos le descubran y le denuncien a las autoridades– y, estimulando sus ocho cerebros, imagina hasta un total de ocho tramas y las escribe al unísono durante toda la noche. Nadie está al corriente, claro, de que don Alberto –así se hace llamar– es un aliens –un naolau’l, para ser más exactos– que llegó a la Tierra huyendo de su planeta natal, de allá en lo profundo, a donde no llegan los telescopios terrestres, donde imaginar, y mucho más poner por escrito lo imaginado, está terminantemente prohibido bajo pena capital, y vive, sin querer llamar la atención, en el último piso de una comunidad de vecinos, en un apartado barrio periférico, haciendo lo que más le gusta: imaginar y escribir; aunque es consciente de que quizá no debería publicar tantos libros a la vez, pues sus vecinos empiezan a sospechar de él y eso no es bueno para pasar desapercibido entre los humanos.

 

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1330 – 1334

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Haiku 1330 – 1334

–1330–

Sobre un dibujo
de flores, una abeja
viene a libar.

Sobre un dibujo de flores, una abeja viene a libar.

–1331–

Una tormenta
llega sin previo aviso;
truenos sin lluvia.

Una tormenta llega sin previo aviso; truenos sin lluvia.

–1332–

Aquel polluelo
se ha caído del nido;
un gato observa.

Aquel polluelo se ha caído del nido; un gato observa.

–1333–

La mariposa
vuela hacia la red, pero
no cae en ella.

La mariposa vuela hacia la red, pero no cae en ella.

–1334–

Caen las flores
del cerezo; paseo
con un paraguas.

Caen las flores del cerezo; paseo con un paraguas.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1011: Desajuste circunstancial

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[1011]

1011. Desajuste circunstancial

 

Santander. Año 2519. Resulta sorprendente lo que depende todo de las circunstancias. A altas horas de la madrugada anterior, aquella parte del planeta fue alcanzada de pleno por una colosal ola de plasma solar que provocó una tormenta geomagnética de una intensidad nunca antes detectada. A pesar de que los observatorios astronómicos habían avisado con anticipación, varias ciudades de la zona se quedaron a oscuras, los transportes eléctricos se detuvieron, los hospitales tuvieron que activar sus generadores autónomos de energía, las fábricas de robots tuvieron, incluso, que aislar su producción temporalmente para evitar que sus sistemas neuronales I.A. se vieran afectados…
A la mañana siguiente todo parecía controlado, pero aún así hubo efectos colaterales. Recuerdo que los media se hicieron eco de un suceso cuanto menos sorprendente. Sucedió en el museo de arte local. Eran las 14:15 horas GMT. Alguien, aprovechando el ocasional malfuncionamiento de los sistemas antirrobo, quiso robar unas joyas expuestas. Los robots I.A. de seguridad se lo impidieron, claro, pero, al verse acorralado en una sala del museo, el ladrón se parapetó tras una niña pequeña que había venido con sus padres, y, apuntándola con su pistola, amenazó con matarla si no le dejaban irse. Normalmente, en este tipo de situaciones, los robots le hubieran desarmado disparándole con sus armas en modo neutralizante, no mortal, de modo que la rehén no resultase herida y el atracador pudiera ser detenido sin matarle. Eso hubiera sido lo lógico según el protocolo de seguridad que todo robot I.A. tiene implantado en su sistema neuronal central. Pero en este caso no fue así. Uno de los robots se adelantó y, activando su arma reglamentaria en modo mortal, le incrustó tres balas entre ojo y ojo; cayó fulminado al instante. La niña resultó indemne. En el interrogatorio posterior al que fue expuesto el robot, éste declaró que lo hizo porque era lo lógico dado el elevado riesgo –un 98,8% según su propia estimación– de que el ladrón matara a la rehén. El robot fue apartado del servicio y sometido a un análisis pormenorizado según los más altos estándares de seguridad. En el informe conclusivo se indicó que la causa de su peligroso comportamiento fue un «desajuste neuronal grave provocado, circunstancialmente, por los efectos desestabilizantes de la tormenta geomagnética de la madrugada anterior». Lo cual viene a corroborar la idea de que cualquier persona es capaz de asesinar, incluso un robot I.A. clase Human; es puramente cuestión de circunstancias.

 

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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