Csi 362 (parte 1): Invité a cenar a un ogro [El origen]

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362 (parte 1). Invité a cenar a un ogro. [El origen]

Anoche invité a cenar a un ogro. Es un viejo amigo. Tras los postres, nos pusimos a recordar cómo nos conocimos. El caso es que me lo encontré desmayado y malherido en un remoto bosque, más allá de las cumbres nevadas de Omtanu, durante mi último viaje a las lejanas tierras de Neytther. Lo trasladé como pude a mi cabaña –os aseguro que no es nada fácil mover más de dos metros de puro músculo y huesos–, y lo curé lo mejor que pude. Sus heridas eran muy feas y estuvo inconsciente casi tres días. Desde luego quien le hubiera hecho eso debió ser tan fuerte como un gigante. Cuando recobró el conocimiento y me vio, temí que me matara, pero, afortunadamente, recapacitó al comprobar que sus heridas estaban cicatrizando bien y que yo, evidentemente, no era una amenaza para él. Debo reconocer que tuve mucha suerte. No todos los ogros se comportan así, ni mucho menos. Lo cierto es que no sé qué me motivó a ayudarle; debí estar loco, no hay otra explicación, aunque ahora me alegro de haberlo hecho. Pero, perdonadme, aún no me he presentado: me llamo Satoshi y soy informático, al menos actualmente, aunque he tenido muchos empleos. Trabajo de forma remota para una empresa de videojuegos. Vivo en el bosque y bajo a la ciudad de tarde en tarde, sólo cuando necesito comprar algo. Pero me estoy desviando de la historia. ¿Por dónde iba?… ¡ah, sí!… el ogro mejoró con las semanas y nos hicimos amigos. Sí, ya sé que resulta raro, pero fue lo que pasó. Supongo, además, que os preguntaréis cómo es que un informático llega a encontrarse con un ogro en medio del bosque. Eso no cuadra mucho ¿verdad? Es que hay algo que no os he dicho aún, aunque puede que esto os resulte más extraño todavía: hace unos meses encontré un portal teletransportador. Así, como lo oís: teletransportador. Mejor no os explico los detalles. Top secret, como dicen en las películas de espías. El portal comunica dos mundos, o mejor sería decir dos universos. El caso es que al otro lado hay otro mundo, y en él viven ogros, gigantes, hadas, dragones y demás seres extraordinarios. De vez en cuando atravieso el portal y, digamos, me tomo unas vacaciones. Fue en ese mundo fantástico donde encontré al ogro, que, por cierto, se llama Kouc. Él aprendió mi idioma con facilidad y me dijo que le perseguían por algo que no me quiso explicar y que yo tampoco quise insistir. Kouc me agradeció mi ayuda y cuando estuvo bien quiso irse a pesar del peligro que corría fuera –pues aún le perseguían y si le encontraban le matarían–, según pudo averiguar gracias a ciertos rumores que circulaban por las aldeas circundantes. Entonces se me ocurrió una idea. Cuando se lo expliqué le pareció extraño, pero aceptó dada su difícil situación: nadie más que yo conocía la existencia del portal, así que me lo traje a mi casa, pero mi casa de mi mundo real, en el que era informático. Le hice pasar por un pariente lejano; ruso dije que era, primo político de un tío segundo de mi madre, o algo parecido. Desde entonces, Kouc vive en un chalet que tengo a las afueras de la ciudad, donde le visito y le invito a mi casa con frecuencia, más que nada para asegurarme que sigue bien. Lo cierto es que Kouc no lo lleva mal, aunque aún tiene que acostumbrarse a nuestro mundo. La idea es que permanezca conmigo algunos meses, hasta que la situación en su mundo se tranquilice. Eso espero. Entonces volverá. Mientras tanto le he encontrado trabajo en un gimnasio; lo cierto es que por falta de músculos no será: Superman, a su lado, un enclenque.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 359 – 361

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359. Volar.

―Pues sí, fue la primera expedición científica que se realizaba por aquellos terrenos inexplorados. El museo me había encargado elaborar el catálogo de zoología de aquella imprecisa región olvidada. Fue un viaje incierto hasta que, a primeros de primavera, encontré aquel bosque. Allí observé eclosionar mariposas nunca vistas hasta entonces. Te lo puedo asegurar, fue una experiencia sobrecogedora; y por cierto…, hay quien opina que lo más impresionante es volar a lomos de un dragón, y no es cierto.
―¿Ah, no?…
―¡Qué va!… Nada se puede comparar a volar a lomos de una de esas mariposas gigantes.

• NOTA: Publicado en La Antología Literaria Digital de «EL NARRATORIO», nº20, marzo-2017, en el Suplemento 2ESTACIONES (pags. 48-50) (http://elnarratorio.blogspot.com.es/p/blog-page_16.html?m=1)


360. Inspiración.

Más allá de las cordilleras Blancas, en el viejo bosque, en el hueco del gran árbol, bajo las raíces, el pequeño duende se levantó del escritorio donde intentaba, sin éxito, escribir un cuento. Cansado, salió del árbol. En ese momento, un ogro pasó por allí.
– Hoy no se me ocurre nada, Gruk –le dijo el duende al ogro.
– ¡Yo no tengo la culpa, Udeen!, y no me mires así, que aún no me he comido a nadie –se quejó el gruñón.
Y entonces al duende le vino la genial idea de escribir las aventuras de un pequeño duende y un ogro gruñón, y sus viajes a través del viejo bosque, más allá de las cordilleras Blancas.
Y es que, en ocasiones, no hace falta buscar la inspiración: ella viene a visitarte sin previo aviso.


361. Animales irracionales.

Tras más de cinco años de viaje espacial, la gran nave alcanzó su destino: un pequeño planeta medio desierto aunque con unas mínimas condiciones de habitabilidad. No era el mejor lugar para vivir, pero era lo único que tenían.
―¿Por qué destruimos la Tierra, papá?
Y el capitán de la nave, mientras observaba por la ventana del camarote el páramo que se extendía ante sus ojos, y donde las 500 personas que habían logrado huir de la muerte –los últimos humanos supervivientes a la gran devastación– tendrían que volver a aprender a vivir, le respondió:
―Porque tras millones de años de evolución nos creíamos perfectos, nos creíamos sabios, y ni siquiera hemos aprendido a vivir en paz; porque, por nuestra cerrazón, no hemos sabido cuidar del paraíso en el que vivíamos; porque, en el fondo, seguimos siendo animales, hijo mío…, animales irracionales.


©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 780 – 784

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Haiku 780 – 784

-780-

Sol de verano
tras la copa del árbol;
una cigarra.

-781-

Gotas de lluvia
que reflejan el sol;
entre los tiestos.

-782-

El saltamontes
se oculta bajo la hoja;
llueve en agosto.

-783-

Gotea la hoja,
moja el suelo del patio;
un caracol.

-784-

Desde un rincón
vuela la mariposa;
el gato observa.

Luis J. Goróstegui
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358. Cruce de miradas.

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358. Cruce de miradas.

Se conocieron en el zoo, entre la zona de los lobos y la de las panteras negras. Lo suyo fue un flechazo en cuanto se cruzaron sus miradas. Estuvieron saliendo juntos una temporada. Ella le notaba reservado, tímido, incluso como si guardara algún terrible secreto y no se atreviera a contárselo por miedo a asustarla. A su vez, él la veía turbada, introvertida, incluso como si tuviera miedo de mostrarse tal cual era. Ambos, no obstante, se querían y se atraían de un modo, digamos, instintivo. Sin embargo no podía seguir manteniendo el secreto, y él lo sabían, así que, finalmente se decidió. Una noche, mientras cenaban en un céntrico restaurante, él se lo contó todo: cómo, durante un viaje de vacaciones por centroeuropa, le atacó un lobo enorme, de pelo negro y ojos rojos, y cómo, desde entonces, las noches de luna llena, se convertía en un hombre-lobo, y cómo, al día siguiente, se despertaba en cualquier rincón oscuro de la ciudad con la ropa desgarrada y la cara y las manos manchadas de sangre. Ella se le quedó mirando con media sonrisa maliciosa. Él pensó que se estaba burlando de él, que no le había creído o, peor aún, que consideraba su historia una excusa boba con la que quería engañarla, pues, al fin y al cabo, ¿quién, en pleno siglo XXI, se cree una historia así?; por eso dejó un par de billetes en la mesa, se levantó y salió del restaurante. Ella no le impidió irse, pero le siguió. Estuvieron andando un rato en silencio. No había nadie por la calle. Al llegar al parque, ella se detuvo.
―Espera –le dijo.
―Será mejor que te vayas; no quiero hacerte daño –le respondió él.
―Sígueme –le dijo ella, y entraron en el parque.
En ese momento la luna llena apareció tras las nubes y él se transformó en un gigantesco lobo de garras como cuchillos, colmillos afilados y fieros ojos rojos. Ella había desaparecido y en su lugar una espectacular pantera negra le cortaba el paso entre amenazadores rugidos.
Un par de meses después, se casaban: cuando se dieron el «sí, quiero», un salvaje cruce de miradas surgió entre el hombre-lobo y la mujer-pantera.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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357. De reyes y brujos.

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357. De reyes y brujos.

Érase una vez una rana que era un jabalí que era un príncipe hechizado –sí, es una larga historia–. Resumiendo: cuando la princesa le besó, retornó a su aspecto de príncipe; bueno, casi todo él. Pero a ella, que era ciega –sí, fue por culpa de otro hechizo–, el aspecto físico no le importaba. El príncipe se llamaba Ludovico; la princesa, Leonor. Pero estoy empezando por el final. Dejadme que os lo cuente tal y cómo sucedió:
Los padres de Ludovico reinaban en una pequeña pero próspera ciudad cuyo nombre no viene ahora al caso. Sucedió que, a los pocos días de nacer, su padre, el rey, murió en una batalla contra un reino vecino. Al ser el príncipe menor de edad, su madre, la reina, se encargó de la regencia. Sin embargo, algunos años después, la reina se casó con uno de sus consejeros, un hombre ambicioso –de oscuro pasado que, con engaños y falsas apariencias, consiguió embaucarla–, que ansiaba el poder. Y así, una aciaga noche de invierno, el pérfido padrastro, haciendo uso de artes malignas, hechizó a la reina y al joven príncipe convirtiéndolos en sendos jabalíes, pues de esa manera él sería rey. Fue entonces cuando el joven Ludovico, haciendo acopio de todas sus fuerzas, embistió al cruel brujo, y aunque consiguió herirle, no pudo impedir que éste le respondiera con otros hechizos, con uno de los cuales, el ahora joven jabalí se convirtió en el acto en simple rana de estanque. Desafortunadamente, en el ataque, resultó muerta su madre, que, ante el peligro que corría su hijo, no dudó en interponerse entre ellos, aunque todo resultó inútil. Fue así como el joven Ludovico huyó de la ciudad, convertido en jabalí convertido en rana, en busca de un antídoto a su doble hechizo.
Por aquel entonces, en un reino vecino –sí, el mismo de la batalla en la que murió el padre de Ludovico–, nació una princesa. Sus padres le pusieron de nombre Leonor. Pues resultó que hubo una guerra entre este reino vecino y una horda de orcos de las tierras del norte, comandados por un perverso brujo –sí, en aquella época abundaban los brujos y las guerras contra ellos, y entre los propios reinos también; ya sabéis, el eterno combate entre el bien y el mal–. Viendo el brujo que estaba perdiendo la guerra, y sabiendo el amor que sus padres le tenían a la joven princesa, henchido de odio, lanzó un conjuro especial –sí, también abundaban los hechizos y conjuros–, un conjuro que dejó ciega a la joven Leonor y cuyo antídoto era prácticamente inexistente. A pesar del dolor que sintió toda la ciudad por el cobarde ataque del brujo –o precisamente gracias a él–, todo el reino luchó con más ahínco que nunca y logró derrotar al ejército enemigo y matar al odioso brujo.
Pues bien, años después, una mañana de primavera, la joven princesa estaba en un estanque jugando con los peces, cuando alguien dijo:
―Por favor, serías tan amable de darme un beso.
Leonor se extrañó, pero no pudo identificarle.
―Aquí, aquí abajo –dijo la voz.
La joven princesa dirigió la mirada al estanque. Sobre una hoja había una rana.
―¿Quién eres?; no te veo, soy ciega –le dijo Leonor.
―Me llamo Ludovico. Soy un príncipe convertido en jabalí convertido en rana por un perverso brujo que mató a mi madre y ha usurpado el poder en mi ciudad haciendo uso de artes malignas –respondió la rana.
―¿Y por qué quieres que te dé un beso? –preguntó la princesa.
―Porque, tras consultar con muchos sabios y leer muchos libros, he descubierto que sólo un beso de amor verdadero me librará de mi doble hechizo –respondió Ludovico.
La princesa Leonor comprendió, por el tono de voz, que era sincero, así que tendió la mano y permitió que la rana se posara en ella. Luego le dio un ligero beso.
―¿Y ahora qué? –preguntó Leonor.
―Esperar, supongo –respondió Ludovico.
Durante unos segundos no sucedió nada, pero entonces, sin previo aviso, la rana retornó a su aspecto de príncipe; bueno, casi todo él, porque aunque había recuperado su cuerpo humano, mantenía aún la cabeza, las manos y los pies de jabalí.
―¿Qué ha pasado? –preguntó Leonor.
―Lo bueno es que ya no soy una rana; lo malo es que tampoco soy un hombre completo –respondió Ludovico algo abatido.
En eso, Leonor se acercó y le acarició la cara. Se asombró, pero no huyó de él. Durante los siguientes días, Ludovico vivió en el palacio y conoció a los padres de la princesa.
El caso es que con el paso de los días, Leonor se fue enamorando de Ludovico, del Ludovico que habitaba dentro de su monstruoso aspecto físico. Porque, al ser ciega, Leonor no le veía, sino que sentía su verdadero ser. Y una tarde, junto al lago, Leonor y Ludovico se besaron, pero no fue un ligero beso como la primera vez, sino un beso de amor verdadero. Y en eso Ludovico cayó a tierra y cuando se levantó ya no tenía nada de jabalí, sino que volvía a ser completamente humano. El doble hechizo había desaparecido. Leonor se sobresaltó, y no sólo porque Ludovico volviera a ser humano, sino porque le podía ver. Sí, al darle ese beso de amor verdadero –y recibir otro igual del príncipe– el hechizo que la mantenía ciega también se rompió. Aquel antídoto prácticamente inexistente, existió.
Tras la boda real llegaron años de paz y prosperidad. Ese fue el inicio de una feliz vida en común, y, como se suele decir en estos casos, fueron felices y comieron perdices.
¡Ah!, y una cosa más, cuentan que poco tiempo después, hubo una guerra contra el ejército de aquel pérfido brujo que mató a la madre de Ludovico y usurpó el poder de la ciudad haciendo uso de artes malignas. El caso es que fue derrotado y ambos reinos se unieron en uno solo y Ludovico y Leonor pudieron volver como rey y reina a la pequeña pero próspera ciudad cuyo nombre no viene ahora al caso.

[FIN]

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 775 – 779

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Haiku 775 – 779

-775-

Sobre la nieve
las hojas de los árboles;
no sopla el viento.

-776-

La telaraña
entre plantas de otoño;
un moscardón.

-777-

Cae una flor;
la sombra del cerezo
oculta el sol.

-778-

Bajo la lluvia
el caracol se asoma;
la hiedra verde.

-779-

Sin luna llena
luz en la oscuridad;
vuelan luciérnagas.

Luis J. Goróstegui
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356. El cazador.

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356. El cazador.

Era aún de noche, aunque en pocos minutos el sol aparecería asomando por el horizonte. La pequeña playa estaba vacía a excepción de un vagabundo que dormitaba entre las sillas de playa que se alquilaban a los turistas. Todo estaba en silencio. En eso se oyó una explosión en el cielo, como cuando un avión rompe la barrera del sonido. El vagabundo, sobresaltado, levantó la mirada y vio cómo un objeto incandescente –parecía un meteorito– caía al mar. Al poco rato, del agua surgió un ser inmundo, del tamaño de una vaca, entre babosa, pulpo y algo indefinido pero monstruoso, que se arrastraba veloz. El vagabundo, inmóvil, observaba incrédulo, oculto tras las sillas. En eso, una nave voladora, con forma de huevo de gallina pero del tamaño de una casa, descendió en silencio con inusitada velocidad y aterrizó con precisión en la arena de la playa. De la nave salió un hombre que, sin perder tiempo, disparó su arma y mató a la horrenda criatura. El piloto –alto, de pelo negro lacio, piel moteada de un azul verdoso indefinido y ojos completamente blancos– se dispuso a meter en su nave el cadáver de aquel ser, pero entonces se percató de la presencia del vagabundo y se acercó a él. El vagabundo permanecía inmóvil, aún bajo los efectos del shock. El hombre alto se colocó un pequeño traductor simultáneo en la garganta y, mientras emitía sonidos guturales indescriptibles, se escuchó:
―Tranquilo, no temas. Mi nombre es Naem. Provengo de un lejano planeta. Soy cazador. Les cazo a ellos –y señaló al ser que acababa de matar–; se fugaron de la cárcel donde cumplían sentencia por actos innombrables. Son «soeks», criminales sanguinarios casi indestructibles, salvo cuando están fuera del anfitrión, como le ocurría a éste; entonces se les puede matar.
El piloto permaneció unos segundos en silencio, como sopesando una idea, y finalmente le dijo al vagabundo.
―Voy a necesitar de tu ayuda. Toma –y le dio una especie de pulsera y un pequeño saco de cuero–. La pulsera contiene un nanotransmisor cuántico para que contactes conmigo si vuelves a ver a un «soek»; en el saco encontrarás algunos… ¿cómo los llamáis vosotros?… ¡ah, sí!, diamantes; son por las molestias.
―¿Es que hay más de esos en la Tierra? –le preguntó el vagabundo.
―Puede que vengan, sí. No es seguro, pero si vino uno pueden llegar más. Tranquilo. La pulsera se activará automáticamente si detecta uno de ellos; yo tardaré segundos en venir si eso sucede.
―¿Y por qué no avisamos a la policía…, o al ejército?
―No sería conveniente, ni para vosotros ni para nosotros. Aún no.
El alienígena se volvió y metió al «soek» en su nave. Justo antes de subirse a ella, se giró y le dijo al vagabundo:
―Y por cierto, el nanotransmisor cuántico de la pulsera es indetectable para vuestro nivel de tecnología actual, así que yo que tú no avisaría a ninguna autoridad. Así es mejor, hazme caso.
―No, no lo haré; además, tampoco me creerían –le respondió el vagabundo.
Unos segundos después el huevo de gallina gigante levitó en silencio, aceleró hasta más allá de la velocidad de la luz y desapareció en el cielo. En eso el sol apareció en el horizonte.
El vagabundo abrió el saquito de cuero y contempló los pequeños y brillantes diamantes.
―Bueno, parece que me he convertido en un cazador de aliens –se dijo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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355. Un elefante volando.

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355. Un elefante volando.

Hacía poco que había llegado a la ciudad con mi familia, proveniente de un país muy lejano, y la gente era amable con nosotros; lo malo es que desde el principio tuve algunos problemas en el colegio.
―¡Mira, un elefante volando! –me decían mis compañeros, señalando al cielo.
Desde mi llegada, intenté adaptarme al nuevo sitio. Sabía que había cosas que no existían en mi país natal que aquí sí, y otras que sí existían en mi ciudad de origen que aquí no, pero con los elefantes voladores siempre picaba, tonto de mí, y miraba al cielo buscando ese elefante. Y todos se reían y me hacían burla.
―¡Los elefantes voladores no existen, bobo! –me decían con mofa; ya sabéis lo crueles que puede llegar a ser los niños.
Yo intentaba no darle importancia, pero las ofensas no cesaban. Un día llegue al colegio con un invento para la clase de ciencias y el matón de la clase, al verme llegar, me lo rompió. Quedó totalmente destrozado.
―¡Mira, soy un elefante volador! Mira cómo un elefante pisa tu invento –me dijo burlándose.
Ya empezaba a estar realmente harto. Veréis, en casa siempre me aconsejaron pasar lo más desapercibido posible; no era conveniente que supieran nuestro secreto. No obstante, cuando les conté lo sucedido, acordamos que era necesario darles un pequeño escarmiento. Al fin y al cabo tampoco podríamos ocultar a todos, por siempre, nuestros orígenes alienígenas. Porque, en el planeta del que procedemos, allá lejos, la brujería y la magia es lo que la ciencia es en la Tierra, y mis padres son renombrados hechiceros. Por eso, un día mi padre me construyó un globo gigante con forma de elefante y mi madre invocó un antiguo hechizo con el que le dio vida. Quedaba impresionante, tan grande, con esas orejas y su larga trompa, con esos enormes colmillos. Daba verdadero miedo.
Al día siguiente me monté en él y me fui volando al colegio. ¡Menudo susto les di! Ya no volverán a burlarse de mí. Al fin y al cabo, qué culpa tengo yo de que en mi mundo natal sí existan los elefantes voladores para que mis compañeros se burlen de mí.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 770 – 774

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Haiku 770 – 774

-770-

Soplos de viento
entre las azoteas;
nieve en el suelo.

-771-

El cielo gris
no deja ver el sol;
pero no llueve.

-772-

La nieve cubre
las hojas de los árboles;
no se oye el viento.

-773-

El caracol
hiberna entre las hojas;
bajo la nieve.

-774-

Los niños juegan
entre copos de nieve;
el perro ladra.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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354. Nuevos tiempos.

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354. Nuevos tiempos.

El espectro surgió de la oscuridad, de la maldad más profunda, con planes de destrucción y sentimientos de odio iracundo. Tras pasar siglos encerrado en la profundidad del averno, se había cumplido el tiempo y el hechizo había dejado de tener efecto: por fin volvía a ser libre. Ahora sólo buscaba saciar su ansia de terror. Para ello necesitaba una guarida, y no cesó la búsqueda hasta encontrar aquella gruta abandonada.
Corrió la voz en el pueblo: «¡La gruta vuelve a estar habitada!», decían los aldeanos. Una noche, todos fueron allí gritando, agitando los brazos, con antorchas y linternas… Cuando llegaron, entraron en la cueva. Al ver al monstruoso ente los más pequeños gritaron de terror; los adultos no. El fantasma, que los observaba atónito, no salía de su asombro. «¡Pero qué es esto!, ¿es que ya no me temen?», se preguntaba incrédulo, mientras intentaba infructuosamente intimidarles.
Y es que los aldeanos estaban contentos: al ver al espíritu, creyeron que los dueños habían contratado a alguien para hacer de fantasma. «¡Y menudo disfraz lleva, parece de verdad; incluso levita!», decían fascinados los jóvenes. Por fin volvía a funcionar la atracción «La gruta del terror», abandonada hace años por falta de presupuesto.
El espectro no tuvo más remedio que admitir que eran nuevos tiempos, y ante nuevos tiempos, había que tener nuevas actitudes. Desde aquel día, la atracción se convirtió en la más famosa de la región, pues ninguna tenía unos efectos visuales fantasmagóricos tan sofisticados; sobre todo porque, aunque los vecinos nunca lo llegaron a saber, la suya era la única atracción en la que habitaba un espectro de verdad.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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353. Su verdadero rostro.

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353. Su verdadero rostro.

Entre la primera llegada de la humanidad a Marte –Elena Olmos fue la astronauta que primero pisó el planeta rojo– y la invención del propulsor antigravitatorio que intensificó de manera definitiva la exploración espacial, tuvo lugar el auge inesperado del partido político «SoloVegetales», miembro destacado del lobby vegano-integrista. Su ascenso fue realmente vertiginoso y en pocos meses su carismático líder, Pedro Garón, alcanzó insospechadas cuotas de popularidad. Recuerdo perfectamente las elecciones generales del año 2217, cuando salió al balcón de su sede nacional a celebrar su inapelable victoria en las urnas, con esa sonrisa suya de niño bueno, y dijo aquello de: «¡Veganos todos, la carne ha muerto!»
Evidentemente todo su programa electoral se basaba en promover e incentivar un radical cambio en la sociedad, un cambio integral y definitivo a todos los niveles, comenzando con las costumbres alimentarias de la gente, con el loable objetivo, decía, de mejorar la salud de la población y construir una nueva sociedad libre de esclavitudes y enfermedades causadas por la ingesta de carnes de animales. Fiel a su promesa electoral, se aprobaron nuevos reglamentos que fomentaban una nutrición sana y equilibrada a base del aumento en las comidas del consumo de vegetales, legumbres y frutas y una disminución de la carne, todo ello siguiendo las recomendaciones de expertos nutricionistas afines al nuevo Gobierno. No obstante, la cría de animales siguió manteniéndose en niveles similares a los de siempre, aunque, dada la disminución del consumo nacional, aumentó de forma significativa el tanto por ciento dedicado a la exportación a otros países, lo que supuso mayores beneficios para las empresas del sector.
Sin embargo, poco tiempo después, saltó la alarma cuando el Gobierno aprobó un Real Decreto por procedimiento de urgencia con el que mostraba su verdadero rostro totalitario: Quedaba prohibido la ingesta y venta de cualquier tipo de carne animal. Todo aquel que fuera sorprendido comiendo o traficando con carne, sería detenido y encarcelado, llegando incluso a poder ser condenado a la pena de muerte –sí, entre las nuevas leyes, también reinstauraron la pena de muerte–.
Al principio hubo revueltas y protestas ciudadanas, claro, pero fueron reprimidas, acalladas, silenciadas y tergiversadas por la potente maquinaria propagandística estatal. Incluso se creó un nuevo cuerpo de policía judicial encargada exclusivamente de registrar todos aquellos establecimientos, incluso domicilios particulares, que pudieran estar incumpliendo dicha ley. Los detenidos eran juzgados in situ, sin las más mínimas garantías jurídicas, y condenados sin posibilidad de defensa justa –sí, se hacía un paripé de juicio, incluso uno de los policías hacía la vez de abogado defensor, pero todo resultaba ridículamente falso–, de forma que el número de detenidos y ajusticiados aumentó exponencialmente en poco tiempo. Aquello se empezaba a parecer demasiado al Fahrenheit 451 de Ray Bradbury y al 1984 de George Orwell.
Mientras todo esto sucedía, Pedro Garón veía satisfecho cómo, por un lado, su fama aumentaba hasta cotas inimaginables –entre aquellos sectores de la población, eso sí, sobornados por el Gobierno y que formaban parte de un sistema de clientelismo verdaderamente perverso– y, por otro, su dominio y coacción sobre la plebe, cada vez más sometida, no parecía tener fin. Eso es lo que había planeado cuando ideó su siniestra hoja de ruta para alcanzar la jefatura del Estado. Lo de menos era la salud alimenticia del populacho, claro; él, que de vegano no tenía nada, ¡con lo que le gustaba un buen chuletón! El poder, eso es lo que anhelaba por encima de todo, el poder absoluto. Y además, ahora que se había hecho dueño, mediante todo tipo de subterfugios legales e ilegales, de la mayoría de las empresas cárnicas del país, su fortuna era incalculable: el estraperlo siempre había sido un fructífero negocio –sí, aunque oficialmente estaba prohibido, también se permitía, de forma harto insidiosa–.
Y esa fue su equivocación: su autocomplacencia; eso fue lo que provocó que el casi omnipotente líder se sintiera invulnerable y cometiera un fatídico error. Porque resulta que, una vez al mes, se reunía con sus compañeros de partido, en casa de alguno de los miembros de su corrupto Gobierno, y celebraban un suculento festín cuyo plato principal era, naturalmente, un buen chuletón de buey. No temía ser descubierto por algún ciudadano, ni siquiera por su propia policía judicial anti-carnes, como la solía llamar la gente, ¡qué va! Él se sentía inmune, intocable, inalcanzable. Sin embargo aquello que era impensable, sucedió. Sí, esa vez tenía que haber sido más cuidadoso al elegir el lugar de reunión.
Alguien les oyó, llamó a la policía –y, advirtiendo lo que sucedía, también a la prensa libre que aún quedaba– y denunció que se estaba celebrando un banquete de carne en aquel piso –sí, el Estado también fomentaba las denuncias anónimas–. Cinco minutos después la policía anti-carnes irrumpió en el piso.
En esa ocasión, aunque se intentó ocultar, el escándalo fue mayúsculo. El hecho de que el propio líder estuviera involucrado fue demasiado, incluso para un Gobierno tan totalitario como aquél. Al día siguiente, la imagen del líder carismático comiéndose un chuletón abrió todos los noticiarios. La ciudadanía reaccionó y el dictador y su Gobierno fueron puestos ante la justicia, la de verdad, y condenados –sí, ellos sí tuvieron un juicio justo–. Y ese fue el fin del partido «SoloVegetales» y el de su carismático líder.
No, lo cierto es que no debieron celebrar el banquete en el piso inferior al mío: donde menos te lo esperas puede haber alguien de la resistencia, escuchando.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 765 – 769

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Haiku 765 – 769

-765-

Cantan los pájaros
en el bosque otoñal;
las hojas rojas.

-766-

Casi pisé
una flor en el suelo;
viento de otoño.

-767-

Ciruelo blanco
entre trinos lejanos;
la luna llena.

-768-

Un ciervo herido
a la sombra de un árbol;
llega el invierno.

-769-

Primeras nieves
que anuncian el invierno;
sopa caliente.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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352. Rapapolvo.

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352. Rapapolvo.

[Un cuento en 22 tuits]
1.
Sentado en una roca de la costa levanté la mirada al horizonte; mientras, a mis pies, un diminuto pulpo reclamaba mi atención.

2.
Le ofrecí mi mano y el pequeño octópodo se adhirió a ella con inusitada fuerza. «Hola, pequeño, ¿qué buscas por aquí?», le pregunté.

3.
Me puse de pie y, entre equilibrios manuales con mi inquieto invitado, comencé a andar distraído, tierra adentro.

4.
Miré y me sorprendió ver a la gente correr despavoridos, gritando. Algo los había asustado, y mucho. Histéricos, señalaban al mar.

5.
En eso, un desgarro profundo, como surgiendo del mismísimo infierno, irrumpió a mis espaldas. Permanecí inmóvil, muerto de miedo.

6.
Me di la vuelta y miré a lo lejos: mis piernas temblorosas no lograban andar. Un sudor frío me aferró el corazón.

7.
Mar adentro, un gigantesco monstruo se alzaba procedente del abismo. Una criatura horrorosa, un titán indestructible, agitaba el agua.

8.
Mi mente no era capaz de aceptar lo que veía. Mi pequeño amigo permanecía inmóvil en mi mano, como sabedor del peligro.

9.
El leviatán se acercaba a la playa a gran velocidad, emitiendo un sonido inhumano que, más que oírse, se sentía. Horrendo.

10.
Cuando logré reaccionar ya era tarde para escapar del tremebundo gigante, así que me oculté como pude entre las rocas próximas.

11.
Tuve la sensación de que el monstruo, sin embargo, me había visto y venía hacia mí. En mi mano seguía inmóvil mi pequeño acompañante.

12.
Entonces me pude fijar: el inmenso ser me recordó a Cthulhu, el de Lovecraft, pero debía estar desvariando, claro, ¿o quizá no?

13.
El monstruo aceleró y a unos cientos de metros de la playa se detuvo. No sabría decir lo que medía, pero era irracionalmente inmenso.

14.
Entonces, ante mi asombro, se agachó no sin cierta delicadeza y alargó uno de sus tentáculos. Llovió sobre mí el agua que chorreaba.

15.
Y entonces habló. Bueno, esa no sería la palabra más adecuada para lo que sentí –o mejor dicho, sufrí–, pero entendí su pensamiento.

16.
Un bufido de muy baja frecuencia inundó el aire: «¿Qué haces con él?, ¡devuélvelo!; ¡y tú, pequeño, vuelve ahora!», sentí que decía.

17.
Antes de que pudiera comprender realmente lo que pasaba, el pequeño pulpo saltó de mi mano y se agarró al leviatán.

18.
Lo que sucedió entonces sólo lo puedo asemejar a un rapapolvo de un padre a su hijo. Sí, ya sé que resulta increíble.

19.
Y durante unos segundos eternos, gruñidos, como de otra dimensión, resonaron en mi cabeza; tan profundos que creí morir. Cerré los ojos.

20.
Se hizo el silencio. Abrí los ojos y el monstruo ya no estaba. Reí y lloré a la vez. Tardé cinco minutos en tener fuerzas para moverme.

21.
Las autoridades han organizado patrullas para perseguir al monstruo, pero dudo que lo localicen; y mejor así. Un presentimiento mío.

22.
Desde ese día no he vuelto a pescar pulpos, ni mucho menos las crías más pequeñas. Ni hablar.

FIN

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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351. En lo profundo.

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351. En lo profundo.

[Un cuento en 38 tuits.]
1.
Escribo esto impresionado por lo que he visto. Nunca imaginé que algo así pudiera existir.

2.
Hace unas semanas comencé a trabajar en el «Instituto del Mar». Es un zoo sobre vida marina. Se autofinancia con visitas guiadas, creo.

3.
Lo importante son los estudios que realizan los biólogos que aquí trabajan en busca de nuevas medicinas. Yo sólo cuido a los delfines.

4.
El otro día descubrí un secreto: Dos biólogos hablaban sobre un problema en la cámara 51, sótano 3. ¡Qué raro!, no sabía que existiera.

5.
Me picó la curiosidad y esa tarde bajé a ver. La cámara estaba cerrada con código de acceso encriptado.

6.
Esperé un rato y llegó un técnico; introdujo el código y entró. Disimuladamente me colé tras él.

7.
Era una sala enorme. Había una gran piscina y, enfrente, dos tanques de cristal reforzado, llenos de agua. ¿Para qué serán?

8.
Me oculté en un rincón hasta que el técnico se hubo ido. Estaba yo solo. Debía darme prisa. Entonces lo vi. ¡Madre de dios!

9.
Había alguien nadando en la piscina. Me acerqué despacio. Buceaba muy deprisa, demasiado deprisa.

10.
Parecía un hombre. Al verlo más de cerca me asusté. ¡Eso no puede ser!, pensé.

11.
El nadador se detuvo y asomó la cabeza del agua. Me vio. Volvió a sumergirse. Mis ojos me debían estar engañando.

12.
La piscina conectaba con los tanques de cristal. Ese ser buceó rápido y llegó a uno de ellos. Me acerqué al tanque.

13.
Entonces le vi tras el cristal reforzado: Alto. Esbelto. ¡Increíble! Tenía branquias y manos y pies con membranas interdigitales.

14.
Y no era humano, ¡qué va! Era como un híbrido entre humano y algún tipo de criatura del profundo mar.

15.
Su cuerpo atlético de inciertas vetas color azul traslúcido –me recordó a un delfín, aunque distinto– ¡y esos ojos negros, profundos!…

16.
…¡inquietantes! En una esquina del tanque había un cartel, y en él estaba escrito una palabra: «Icthyo». ¿Sería su nombre?

17.
El ser me miró. Entonces sentí su angustia, como si se conectara conmigo y sintiera lo que él sentía.

18.
Alguien estaba abriendo la puerta de la cámara. Me escondí tras el tanque. Me escabullí y salí de la sala sin ser visto.

19.
Al día siguiente tuve suerte: a un compañero y a mí nos pidieron que bajáramos a la cámara 51; que nos necesitaban.

20.
Antes de entrar nos exigieron firmar un acuerdo de estricta confidencialidad sobre todo lo que allí dentro viéramos u oyéramos.

21.
Me fijé en el código de entrada que introducía el técnico para abrir la puerta blindada de la cámara 51.

22.
Entramos. Sobre una mesa de metal el hombre-pez se agitaba inquieto. Dos técnicos le sujetaban con correas. ¿Qué está pasando?

23.
Sólo al verme, el hombre-pez se calmó. Sentí su mente dentro de mi cabeza: «¡Ayuda!, necesito volver al mar, con los míos. ¡Ayuda!»

24.
Le trasladamos al quirófano adjunto a la sala. «¿Qué le van a hacer?» Los técnicos nos expulsaron sin darnos explicación alguna.

25.
Esa noche decidí que tenía que liberarlo. El «Instituto del Mar» no era, ni mucho menos, lo que yo pensaba. ¿Cómo estará Icthyo?

26.
Aproveché que tenía turno de noche para poner en práctica mi plan. Era una noche sin luna. Entré en la cámara 51.

27.
Sólo una pequeña luz iluminaba parte de la piscina. Todo estaba en silencio. «¿Dónde estás, Icthyo?»

28.
El hombre-pez se puso de pie en su tanque de agua. Levitando. Sentí su alivio; sabía que nos íbamos. Tenía cicatrices en el pecho.

29.
Apoyé mi mano abierta sobre el cristal del tanque. Icthyo apoyó la suya como queriéndome agradecer mi ayuda. Una mano enorme.

30.
Icthyo buceó hasta la piscina y salió del agua. «Puedo aguantar la respiración más de una hora, tranquilo», me dijo con el pensamiento.

31.
Hasta entonces no fui consciente de su tamaño: medía más de dos metros de alto. Me sentí pequeño. ¡Vámonos!

32.
Me había traído uno de los tanques de agua portátiles para los delfines. Icthyo se metió dentro. Subimos en el ascensor de carga.

33.
Afuera había dejado una camioneta aparcada en un rincón del parking del Instituto. Nadie nos vio.

34.
Media hora después llegué a la costa. Yo estaba nervioso. «Tranquilo», el hombre-pez me calmó con sus pensamientos.

35.
Aparqué la camioneta. Icthyo salió del tanque portátil. «¿Dónde viven los tuyos?», le pregunté.

36.
El hombre-pez me miró. «En lo profundo», me transmitió. «Puedes irte», le dije. «Gracias», pensó. Y se dirigió al mar.

37.
Justo antes de zambullirse en el negro océano, Icthyo, el hombre-pez, mi amigo, me miró y alzó su mano. Yo alcé la mía.

38.
Aún sigo impresionado por lo que he visto. Nunca imaginé que algo así pudiera existir.

FIN

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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1115. Asomado al malecón. [Diciembre-2019]

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Asomado al malecón. [Diciembre-2019]
[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]

1115.1.- El juicio final.
En lo alto, bajo el árbol de la Vida.
―Háganle entrar –dice el Señor, sentado en el trono.
Y, volando a lomos de un hipogrifo rojo, entra la Muerte.
―Es la hora –dice el Señor–, pues está escrito: «el último enemigo en ser destruido será la Muerte».
―Pero… ¿qué será de mí?… ¡ten piedad de este pobre pecador, Señor! –exclama la Muerte, arrastrándose suplicante como bicho inmundo a ras de tierra.
Y el Señor, apiadándose, le da entrada en el Reino pero le dice: «Aquí no matarás»; y los cuatro Vivientes dicen: «Amén»; y los Ancianos se postran para adorar.

1115.2.- Informe previo.
Fue un viaje muy largo, pero eran órdenes y tuve que acatarlas, por eso, al llegar a aquel lugar y ver tantos turistas, decidí aprovechar para tomarme un descanso bien merecido antes de continuar. Me camuflé y caminé hacia ellos… me tomaron por uno de ellos. Tienen un aspecto tan… distinto al mío… pero no parecen demasiado peligrosos, no, y son bastante sociables. Así lo indicaré en mi informe previo a la invasión. No, no tendremos dificultades a la hora de asimilar a los humanos.

1115.3.- Quería ser astronauta.
―¿Cuándo decidió que quería ser astronauta? –le preguntó el periodista.
―Desde pequeño, cuando usaba los columpios como rampa de lanzamiento.

1115.4.- In memoriam subit.
Entre los documentos de mi abuela Elvira encontré un papel viejo, arrugado, en el que ella había escrito a mano lo siguiente:

«Poción del recuerdo intacto: Para recordar todo lo olvidado. Sus efectos desaparecen a los siete días desde su ingesta. Método de uso: Beber una dosis de 10cl; pero, antes de beberlo, recitar el conjuro: “In memoriam subit”. [¡Ojo! Contraindicaciones: Una sobredosis provoca la pérdida total de la cordura.]
Receta: Mezclar mandrágora: sólo un tallo, bien molido; hervirlo durante 5 min y 3 s en 25 cl de lágrimas de yegua de unicornio en un alcuzcucero de bronce; alcaloide diterpeno: 30 cl; obtenidos a partir de 3 g de estambres de acónito hervidos durante 15 min, en 154 cl de jugo de savia de abedul, condimentado con 2,5 g muy machacados de una mezcla de ortiga, romero, salvia, fenogreco y habas fritas con aceite de hinojo; grosellas maduras: 155 g, hervidas con esencia de musgo siberiano y evaporado durante 183 s; infusión de ajenjo: 130 cl, con tres pizcas, tamaño medio, de polvos de raíces de asfódero, no cuatro ni dos, sólo tres, si no queremos obtener un somnífero mortal; angélica: 35 g disueltos en agua de azahar y esencia de limón rojo, introducirlo en una botella de cristal de barei y sumergirlo en agua, alcanzar -15 ºC y mantenerlo durante tres días y 28 min; descongelar lentamente. Finalmente, mezclarlo todo y esperar que macere durante 5 horas y 12 min, en un lugar seco y medianamente cálido.»

Ahora entiendo la impresionante memoria de mi querida abuela Elvira. Murió muy anciana. La pobre padeció una súbita demencia senil; de una sobredosis de aquel brebaje suyo, supongo.

1115.5.- Ensalada.
Siempre tuve curiosidad por conocer a los duendes que pintan las fotos dentro de las cámaras fotográficas.
La casa no me dejaba entrar; llamaba a la puerta y la aldaba no se dignaba sonar.
El brujo pronunció el conjuro; la gárgola se quedó de piedra.
Caminando por la senda rumbo a mi hogar, vi venir por el cielo peces nubes gigantes; las hadas revoloteaban a mi alrededor.

1115.6.- Fiesta de disfraces.
Nos conocimos en una fiesta de disfraces. Iba disfrazada de ángel. Me invitó a su casa. Al llegar me entró miedo de entrar; la aldaba de su puerta me guiñó el ojo, maliciosa.

1115.7.- Para recordarlo todo.
Encontré en el sótano la copa con la poción del ‘Recuerdo Intacto’, inventada por mi abuela Elvira –«Para recordarlo todo», según decía el grabado inscrito en ella–. La bebí, y al instante lo recordé todo, empezando por el Big Bang.

1115.8.- Por la línea del horizonte.
A lo lejos, por la línea del horizonte, sale el sol y el perfil de un árbol acaricia el cielo al amanecer; por detrás surge otra figura, la de un tiranosaurio rex; sí, la máquina del tiempo funciona bien.

1115.9.- ¿A qué juegas?
―¿A qué juegas?
―A las canicas.
―¿Canicas?
―Sí, canicas, juego a las canicas, antes los niños jugábamos a las canicas; ¡qué tiempos!, era como jugar a ser Dios con los planetas.

1115.10.- La loca de los gatos.
No es que fuera la loca de los gatos, es que eran su única familia.

1115.11.- Tiene 5 años.
Tiene 5 años. Le gusta hacer figuras sencillas de origami: pajaritas, flores y cosas así. En el colegio ayuda a los profesores a enseñar matemáticas a los niños pequeños. Es un robot con el aspecto de un niño pequeño. Le construyeron hace 5 años.

1115.12.- Por tierras ignotas.
Con dos vagones de tren, remodelados y soldados uno encima del otro, construí una cabina de dos pisos, luego le ensamblé un globo aerostático inmenso, le acoplé un aeropropulsor y emprendí exploraciones por tierras ignotas.

1115.13.- Mi hobby preferido.
Mi hobby preferido es reparar coches viejos: les arreglo la carrocería, los faros, las ventanillas, les cambio los asientos, les pongo a punto el motor…; y luego, en lugar de ruedas, les instalo unas matrices antigravitatorias et voilà, ¡a volar por los cielos!

1115.14.- El viaje de aniversario.
Para celebrar el aniversario, desde que el primer ferrocarril a vapor cruzara la Tierra, se organizó un viaje memorable con el más reciente prototipo de tren de última generación. Todo se había dispuesto para rememorar aquellos primeros trenes de entonces: la alfombra roja para recibir a los pasajeros, la música ambiental, incluso los camareros y azafatas vestían como en el pasado; todo era como antaño, bueno, todo menos el propio tren, que era el más rápido y selecto, con los últimos adelantos técnicos; viajar en él era como flotar en una nube, sin ruidos ni traqueteos, en total silencio. Todo un placer.
Los pasajeros subieron a bordo y llegó la hora; el público que abarrotaba la estación –que se encontraba en el subsuelo de la ciudad– guardó un respetuoso silencio y el tren se puso en marcha, tomó velocidad a través del túnel y, al llegar al barranco de salida, el piloto activó el propulsor de levitación antigravitatoria y tomo altura. El tren voló. Sería un viaje corto, a velocidad supralumínica; destino: Marte.

1115.15.- Canturreando.
Nací en un planeta en el que las ballenas pueden salir del agua y volar entre las nubes. Paseando una tarde, una se acercó a mí. Le di de comer unos peces y me siguió. Canturreaba. Ahora es mi mascota.

1115.16.- Leer cuentos de miedo.
Nunca he temido leer cuentos de miedo, el monstruo de debajo de mi cama me ha enseñado a no tenerles miedo.

1115.17.- Afuera llueve.
Anochece. Afuera llueve a mares. Dentro, a la luz de una sola lámpara, leo un melodrama; y también llueve: mis ojos lloran diluvios.

1115.18.- Marcapáginas.
Tenía como hobby fabricar marcapáginas de madera labrada, finos como hojas de papel de seda, y colocarlos donde encontraba frases que le llegaran al corazón. Tenía libros en los que había más marcapáginas que hojas.

1115.19.- A la luz de la fogata.
Los primeros rayos de sol se abren paso entre la niebla madrugadora –que como madre protectora custodia a aquellos que, somnolientos aún, se desperezan del frío nocturno de diciembre– y templan el rocío que cubre el musgo que alimenta paciente el humus día a día; esperanza vivificadora que ahuyenta ausencias y reúne recuerdos de antaño, cuando iss’tons de alas de seda translúcida y aw’hatos centelleantes de ojos claros como el agua celebraban concilios en el nacimiento del río –manantial eterno de ecos forestales y risas tiernas de otros tiempos– sin temor a ser descubiertos. Los ancianos milenarios aún evocan aquellos días de efusión y libertad, cuando las hadas y los duendes, los elfos y los trasgos, gobernaban la tierra, y los dragones y los raduim’is dominaban los cielos. Mas aquellos días se fueron y las amenazas desencadenaron huidas a lugares ocultos, secretos, a lugares recónditos fuera del alcance de los humanos, para quienes todas aquellas historias se reducen sólo a simples leyendas que se cuentan a la luz de la fogata para entretener o asustar en las noches de invierno.

1115.20.- En tierras ignotas.
Una noche de luna llena, explorando tierras ignotas, fui atacado por un enorme lobo negro de ojos rojos que me mordió y me dejó moribundo, desangrándome. La fiera huyó al percibir la llegada de un monstruo alado que descendía de entre la fronda del bosque. A aquel ser demoniaco le atrajo el olor a muerte y, acercándose ansioso, me mordió la yugular ávido de mi sangre. Afortunadamente una batida de la gente del pueblo más cercano me salvó in extremis la vida. Tardé una semana en despertar y recobrarme de las heridas; «ha sido un milagro», me explicaron asombrados al verme recuperado con tanta prontitud. Fue entonces cuando me explicaron… bueno, el caso es que desde entonces soy medio vampiro medio hombre-lobo. Sin embargo mi insólita ambivalencia vital, aunque me confiera ciertas asombrosas capacidades, tiene sus desventajas, creedme: los vampiros odian mi parte de lobo y los licántropos maldicen mi naturaleza vampírica; aunque lo que peor llevo, si queréis que os diga la verdad, es que ambos me consideren un chaquetero.

1115.21.- En la playa.
A los fantasmas no les gusta mojarse porque luego tienen que estar todo el día al sol tendiéndose; por eso no veranean en la playa.
Aquel año decidieron ir la playa, para variar y así poder tomar el sol y ponerse morenas; por eso las brujas acordaron celebrar el aquelarre anual en verano.
Se tomó unas merecidas vacaciones y se fue a la playa, a tomar el sol y bañarse en el mar, a sentarse en el bar del malecón y comerse unos pescaditos y beber una cerveza bien fría. Los veraneantes, al verle tan colorado, confundían a Satanás con un guiri cualquiera.
Hicieron un trato: el niño le llevaría de vacaciones a la playa en verano y él le ayudaría con las mates y dejaría de asustarle por las noches. Aquel año el niño aprobó las mates y el monstruo del armario vio por fin el mar.

1115.22.- Consulté para un crucero.
Consulté para un crucero y al ver sus precios inalcanzables me decidí por algo más casero, así que con el viejo reloj de mi abuelo, un servoatemporal ajustado a mi biosincronismo y un nanogenerador de energía flústica construí mi propia máquina espacio-temporal.

1115.23.- Sin otra opción.
Ruge la marabunta en la penumbra de una humilde tasca, entre copas de vino y retos de unas tapas de jamón con aceitunas, reminiscencias de una conversación secreta padre-hijo que no llegó a buen puerto, aseguran las lenguas viperinas del pueblo; y en el tercer piso de una casa vecina, tras unas cortinas de madera vieja y unos árboles centenarios agitados por el viento del Este, una joven prepara el equipaje a toda prisa temerosa del qué dirán de aquellas. Su gato negro, mientras, observa curioso desde el suelo y maúlla pidiendo atención, pero con las prisas una camisa le cae encima y el felino corre como fantasma asustado y se oculta bajo la cama. Cinco minutos después la joven llega a la estación del tren, donde le espera su novio, según lo acordado. No les han dejado otra opción, se dicen para darse ánimos; por eso huirán en el tren de las 15:23 sin destino prefijado. La joven se ha traído entre los brazos a su gato.

1115.24.- En la niebla del ayer.
En la niebla del ayer contemplé la luz del mañana.

1115.25.- Algo para leer en el viaje.
Con los nuevos propulsores supralumínicos, en el trayecto Tierra-Marte me da tiempo a leer sólo un microcuento… y de los cortos.

1115.26.- Literatura costumbrista.
―¿Qué lees?
―Literatura costumbrista.
―¡Pero… si es la guía telefónica!
―Sí, pero detrás de cada número hay una historia.

1115.27.- Juramento.
La joven pastora miró a la bruja y, por esta vez, la dejó marchar; «eres libre de ser lo que quieras, pero si atacas a los míos lucharé contra ti, lo juro», dijo a su hermana mientras veía cómo ésta se machaba volando bosque adentro en su escoba.

1115.28.- Una extraña maquinaria steampunk.
El edificio entero parecía una extraña maquinaria steampunk; los alienígenas que vinieron en ella pensaron que era un buen camuflaje para su nave espacial.

1115.29.- El planeta de los dinosaurios.
Y los astronautas lograron aterrizar en aquel extraño planeta. En él los dinosaurios hablaban y vivían en ciudades. Y un día los astronautas lograron escapar y llegaron donde estaban las ruinas de otros tiempos, y, entre ellas, los restos de la torre Eiffel.
El futuro de Jurassic World.

1115.30.- Base de operaciones.
Los alienígenas mezclaron su ADN con el de aquellos homínidos, construyeron una estación espacial esférica, grande, desde donde proceder a su estudio a lo largo del tiempo, y la colocaron como una luna alrededor de aquel pequeño planeta azul.

1115.31.- Una guerra desigual.
―Cuenta la historia que hace mucho tiempo se enfrentaron en cruel guerra dos reinos: el poderoso Enoemm, con su ejército de cientos de miles de guerreros, y el pequeño Pauxides, con apenas un centenar de soldados…
―Sí, papá, ya lo sé… y que ganó la guerra el pequeño Pauxides porque estaba habitando por gigantes.
―Exacto… ¿y qué lección sacamos de todo aquello?
―¿Que los de Enoemm eran unos lerdos guerreando?
―No, hijo –dijo su padre con una sonrisa–, que no importa el número, importa la calidad.

1115.32.- Palabra de caballero.
En lo más recóndito del bosque, entre frondas inaccesibles bañadas por torrentes de ríos bravos, tras acantilados de rocas translúcidas, he visto dynarr’s de seis alas revoloteando entre arbustos de hojas rojoanaranjadas a la caza de arañas gigantes; en una ladera de un monte, allá donde se pierde el rastro de las hadas e’irler, un ine’dar dientes de sable y lengua lepidóptera perseguía a pleno galope a una pareja de s’therran escupefuego, cierto como que hay sol en el cielo; un os’tan garras de ogro y pelaje negro, grande como un caballo percherón, extendió sus alas y alzó el vuelo, y allí, en lo alto, entre las nubes, voló veloz como el viento tras una bandada de grifos, aquellos, mitad león mitad águila, considerados antaño seres mitológicos, os lo aseguro por lo más sagrado. Dicen que la razón es esclava de la pasión, pero os garantizo, como que estoy vivo, que la pasión que pongo en mi trabajo de campo, en mis exploraciones por terrenos olvidados, más allá de cuanto existe, no me impide actuar en todo momento con el más estricto y científico razonamiento lógico, tenéis mi palabra de caballero andante.

1115.33.- Conejos gigantes.
Eran enormes, de una luminosidad neblinosa, de grandes orejas y pelaje espesolanudo. La gente al verlos decían asombrados: «¡mira, conejos gigantes!». Quizá por eso mismo lo más increíble fue cuando aterrizó aquella ciclópea nave espacial y ellos surgieron de ella.

1115.34.- Como una puerta desvencijada.
La niebla acaricia la madrugada con mano fría; los árboles, abrigados con mantas de gruesa nieve, se inclinan obedientes; el bosque moldea un muro de árboles fronterizos, uno junto a otro, apiñados en fila de Este a Oeste, en serie uniforme por todo el valle, por todo menos en un lugar, pues esta mañana han aparecido de nuevo árboles despeinados rompiendo la formación, con sus ramas rotas, inclinados sus troncos, descoyuntados, los árboles de la derecha con sus ramas rotas hacia la derecha, los árboles de la izquierda, rotas hacia la izquierda, como formando una puerta desvencijada, un pasillo que abre camino al interior de la fronda insondable, como si algún gigante furioso hubiera irrumpido entre ellos, a zarpazo limpio, y se hubiera sumergido en la espesura. Dicen que en ella habitan monstruos, ogros, t’rorrends de garras de sable… seres todos ellos peligrosos, demoniacos. Nadie los ha visto nunca, sólo se han descubierto indicios, vestigios, algunos árboles rotos adentrándose en el bosque o algunas vacas medio devoradas o desaparecidas sin dejar rastro, pero nada más. Nadie, sin embargo, se atreve a entrar de noche en el bosque. Quizá sea lo mejor.

1115.35.- Donde se extiende lo desconocido.
―Más allá del acantilado de la muerte se extiende lo desconocido. Se habla de la existencia de gigantes, de monstruos inverosímiles, de demonios, de quimeras… En una ocasión llegó un forastero de las tierras del norte asegurando que, en uno de sus viajes por aquellos parajes, había visto el cráneo de un engendro tan grande que hubiera cabido dentro de él la más grande de las casas de esta aldea; os lo aseguro, caballero. Nos costó creerle, ¿verdad, amigos? –exclamó con voz potente, y en tono jocoso, dirigiéndose a los vecinos de la aldea allí presentes que asentían ante sus palabras–; he de admitirlo, digo, nos costó creerle, bueno, hasta que nos enseñó lo que llevaba en su carromato, sí señor, con eso nos bastó, ¿verdad, amigos?; en él tenía un collar de lo más sorprendente, pues tenía engarzado una serie de colmillos grandes como mi brazo; vedlo allí, señor, en aquella pared, sobre la chimenea. Se lo compré a aquel forastero a cambio de una semana de comida y estancia en la posada. Sí, con eso nos bastó. Tan cierto como que sale el sol por la mañana. Por eso os aconsejo que no vayáis allá si consideráis en algo vuestra vida, señor.
―Gracias por el aviso, pero precisamente por eso tengo que ir allá –le respondí al dueño de la taberna, que me miró como diciendo: «bueno, es tu vida, amigo».
A la mañana siguiente partí antes del amanecer, con la niebla aún baja y espesa. ¿Mi destino?, os preguntaréis, bueno, ir más allá del acantilado de la muerte y cazar monstruos, al menos uno, de esos grandes de los que me habló el tabernero; ¿que por qué me arriesgo a morir?, bueno… eso es asunto mío.

1115.36.- Condena.
En una tarde de nubes llorosas, de suelos de espejo, de riachuelos urbanos que esquiva quien camina bajo su paraguas, se escuchan susurros tras los muros, murmullos suplicando amparo; dicen las leyendas que un fantasma cumple condena.

1115.37.- Visillos agitados.
Cuando llueve fluido, suave, como si se sumergiera entre visillos agitados por un niño travieso y un silencio sordo lo inundara todo; así es cuando le gusta al fantasma recorrer su viejo castillo abandonado y alrededores, vociferando como pena que llevara el viento.

1115.38.- Todo era nada.
«Todo era nada, ausencia, omisión. En eso se hizo la luz y fui, justo cuando mi dueño activó mis sistemas sensitivos; el primero fue la vista –para entonces ya estaba fuera del embalaje–; y me dijo: “Hola, Andrés”. Así fue como fui yo.» –del log del robot Andrés-59.

1115.39.- Construir escritos.
Construir escritos, deconstruyendo ideas, para construir ilusiones.

1115.40.- Eternidad.
En un recinto cerrado-abierto, como en un libro ahora vivo ahora muerto, cual gato de Schrödinger implícito, buscaba, como explorador en ciernes, un horizonte de sucesos en el que zambullirme. «No temas», me dijo; «hágase en mí», le respondí. Y entré en la eternidad.

1115.41.- Otros mundos.
Una apertura romboidal escalonada, un flujo de sinergia remanente, una órbita cuasigradencial polifásica y una cápsula presurizada de habitabilidad óptima, sólo eso es necesario para descubrir otros mundos, otros mundos a partir de éste.

1115.42.- Una historia legendaria.
En una página legendaria de la historia, en tiempos de hadas, elfos y ogros, de trasgos, quimeras e hipogrifos, cuando en los bosques habitaban seres fantásticos, un valiente pingüino del norte, con su armadura y su espada en ristre, adentrándose en silencio por tierras tenebrosas, cazó al enorme dragón escupefuego que, año tras año, atemorizaba a su pueblo. Así lo narran, al menos, algunos libros de cuentos y leyendas; y así me lo contó mi abuelo una noche de invierno en una velada alrededor de la hoguera en la que, junto a toda mi familia, celebrábamos el fin de año.

[Nota: Este microcuento, «Una historia legendaria», fue leído en el programa de radio 408 de @menudo_castillo. Escuchar a partir de 1:42:00 en: https://www.menudocastillo.com/2020/01/menudo-castillo-408-volvemos-con-opera.html]

1115.43.- Excepcionales momentos.
Quizá fuera en un sueño, allende el horizonte de sucesos; quizá acompañando tiempos inexplorados con una familia de ballenas navegando por mares remotos, por profundos paraísos submarinos; quizá recitando versos épicos en un apacible periplo por ríos de lago en lago recorridos; quizá en una odisea espacial por nebulosas inalcanzables pobladas de insospechadas sorpresas; quizá en un bosque de árboles de hojas verderojas habitado por sm’rilves de seis alas; quizá siempre; quizá nunca, quién sabe, pero, ni por lo más sagrado, ni en sus mejores paseos conseguía sentir que no estaba en ningún sitio, eso nunca, pues sólo necesita volver a rememorar aquellos excepcionales momentos para sentirse como en casa, allá donde su corazón reposa.

1115.44.- Adentrándome en la lluvia.
Adentrándome en la lluvia, como Alicia en el espejo transformada, girando el picaporte de la puerta del sino presentido, tras del horizonte cifrado de garabatos versados, como flujo incesante de elucubraciones sinceras que repitieran preludios ya consabidos, admiro el sin parangón amanecer del sincero protocolo algorítmico transhíbridado, testimonio prefigurado de acontecimientos inesperados mas no por ello imprevistos; evidencia de que todo es.

1115.45.- Tras la puerta.
Aparentaba un simple armario empotrado en la pared, pero según girases el picaporte, según su inclinación axial y su encuadre transdinámico, según la presión de tu mano, al abrir la puerta entrabas en un mundo o en otro; así hasta un total cuasi infinito.

1115.46.- Santuario.
Era imposible llegar a aquel remoto recodo del bosque, ni siquiera era visible tras aquellas nieblas perennes y los montes rocosos que lo ocultaban; sólo pronunciando el conjuro adecuado se abrían las rocas y el santuario era accesible. Allí el Oráculo rezaba.

1115.47.- Metamorfosis cósmica.
La avestruz tenía cabeza de caballo; el elefante, nariz octópoda; la tortuga, cabeza de jirafa; el buey, cuerpo de gorila; el puma negro, cola de pavo real, y así… Y es que la ola de plasma solar que atravesó la Tierra la noche anterior tuvo efectos inesperados.

1115.48.- Techo ochavado.
Dios quiso ser con nosotros, por eso nació de mujer y se hizo hombre. En un pesebre, junto a una vaca y un burro, entre paja y alguna que otra gallina, nació en Belén de Judá. Aquel techo ochavado me lo recordó; me recordó a Dios.

1115.49.- Tiene tus ojos.
―¡Mira qué guapo es, José! –dijo María.
―Sí, tiene tus ojos –le dijo José a María.

1115.50.- Salvamento.
El martín pescador oteaba el río desde una rama, se lanzó sobre un pez pero calculó mal y se golpeó contra una piedra; un duende que le vio, arriesgando su propia vida, le socorrió y le llevó en brazos para que la hada madrina, doctora en medicina, le curara el ala.

1115.51.- Escaleras abajo.
Corre el agua de la lluvia escaleras abajo, desde el santuario de la cima hasta la niebla baja que cubre el pueblo aún dormido; y amanece en silencio, silencio sólo roto por el susurro del agua clara.

1115.52.- Niebla insolente.
A ras de suelo una capa como de nube blanca impone su presencia, niebla insolente que cubre el prado al amanecer. De entre los árboles surgen poderosas las astas de un soberbio ciervo. De entre unas flores aún cerradas le observa un hada.

1115.53.- Un lugar precioso.
Nací con una de esas marcas de nacimiento vascular en el brazo, mi madre siempre me decía que era cosa de familia, que en mayor o menor medida todos la teníamos; aunque la mía era algo especial, pues con el tiempo se fue haciendo más y más precisa, más… parecía como un mapa, como una constelación de estrellas o algo así. Yo la miraba y me imaginaba que era como un mapa del tesoro estelar que indicaba un lugar precioso y perfecto al que iría en algún momento de mi vida. Y estaba en lo cierto, llegué allí cuando morí.

1115.54.- El feo.
En el pueblo lo llamaban ‘el feo’. Le encontraron –tenía apenas unos días de vida– hace ya veinte años, llorando a los pies de un árbol y envuelto en hojas de helechos. Por eso, cuando el joven averiguó que sus verdaderos padres no fueron humanos sino ogros, de esos de los cuentos de hadas, se fugó de casa y se ocultó en el bosque; allí se sentía en su verdadero hogar.

1115.55.- Desde qué dolor.
Ruge el dragón, le brama a una luna envuelta en brumas, grita y desata su ira, atrona al anochecer no se sabe desde qué guarida, desde qué dolor, pero eso es lo de menos; y la gente de la aldea no se atreve a salir de sus casas.

1115.56.- Mueren planetas.
Sobre la Tierra, la Luna en cuarto menguante; sobre ella, a distancia inimaginable, una estrella clase M en explosión. La onda expansiva se lleva por delante todo lo que encuentra. Mueren planetas, se desintegran astros, el vacio… el silencio lo engulle todo.

1115.57.- Flujo ecuánime.
Del encuentro sin ocaso del flujo ecuánime entre la luz, el agua y el calor, surgió la tierra perenne que custodia orgullosa la vida eterna; instante evanescente de cuanto existe, existió o será para siempre, pues todo aquello redunda en beneficio nuestro.

1115.58.- Milagro cotidiano.
Vuelan las libélulas en formación euclidiana sin saber que el flujo aerostático, el mismo que las envuelve con cadencia newtoniana, altera su realidad circundante con precisión síncrona de ±3.103592 faradios; milagro cotidiano que revela lo sublime de la existencia.

1115.59.- Faunos revoltosos.
Hubo un tiempo inolvidable en el que en los bosques aledaños a los jardines de Berálides, justo al amanecer en los solsticio de verano, un susurro melodioso, como flauta de faunos revoltosos, se escuchaba risueño entre la fronda. Mira, escucha, ya amanece.

1115.60.- ¡Agua!
El piloto aprovechó la noche para aproximarse al río. Su nave, de un hermoso color rojo corinto, grande como un edificio de tres pisos, de una aerodinámica forma cilíndrica y con dos silenciosos propulsores laterales de flujo cuántico, se quedó levitando a unos metros sobre la superficie del planeta mientras él bajaba a tierra. «Esto es agua, sin duda» –se dijo, sin poder contener su asombro, al analizar aquel líquido incoloro– «¡Agua! Nunca hubiera creído que existiera un planeta con tanta cantidad de agua. Esto es el Paraíso. Los humanos son muy afortunados.»

1115.61.- Abrirse camino.
Como humo en el aire que respiramos, de chimenea en chimenea enroscado, de tubo de escape en tubo de escape ensimismado, intoxicado; humo que permanece como a un círculo vicioso amarrado, sin encontrar salida, atado, una y otra vez interminable, infinito, inacabable por siempre, y que vuelve a recorrer los mismos vericuetos agobiantes, abrumadores a perpetuidad, pues no encuentra salida por donde liberarse, y así ad infinitum. Es por eso que hay quien no logra disfrutar de una vida plena, libre, pues, como aquel ser del que cuenta la leyenda que vivía agarrotado a sus errores del pasado, sin vivir el presente, sin ilusionarse de las oportunidades que le ofrecía su futuro, ciego a su nueva vida, encerrado en sí mismo, y se veía cohibido, incapaz de desarrollar todas sus increíbles capacidades, así somos a veces nosotros también, ciegos a la nueva senda que se presenta ante nuestro caminar vital y nos recibe con los brazos abiertos, sin importarle nuestro equipaje por pesado que éste sea, sin incomodarle nuestros fallos de antaño. Sí, así es, mas tú no permitas que la vida se te escurra de entre las manos, no, tú ahora vive, ríe, ama, ayuda a quien lo necesite y déjate ayudar, pide perdón y perdona y permite que te perdonen, agradece y alégrate de lo que tienes, alégrate de lo que eres, y cuando tu pasado haya pasado al fin, déjalo ir. Y así, ahora, sal, ábrete camino, confía en ti y empieza a vivir el resto de tu vida.

1115.62.- Mejora inesperada.
Reparaba la nevera y sustituía el compresor termofásico por un microgenerador plasmático de tugsteno cuando debió afectarle la ola de plasma solar que alcanzó la Tierra, no veo otra causa; el caso es que ahora mi nevera es un portal teletransportador; ¡qué chachi!

1115.63.- Retruécanos indisolubles.
Retruécanos indisolubles deambulan omniscientes por sufragios estatuarios amañados –¡demonios acecinados sin enmienda proclamada!–, mas conchabados altramuces subsidiarios omiten conclusiones iridiscentes que dañan sine qua non la imagen irrisoria de un gabinete crédulo de omnipotencia parlamentaria a ojos de todos falsificada. No en vano con un estruendoso aplauso complaciente se pone fin a la libertad.

1115.64.- Acecinar.
―¿Qué haces? –le preguntó la vecina A.
―Acecinar al cerdo de mi marido –le respondió la vecina B.
―Bien, así estará más sabroso en la cena –dijo complacida A.
Y cuando A se marchó, B continuó asestando cuchilladas a su marido.

1115.65.- Asomado al malecón.
Asomado al malecón, con el mar bravío sacudiéndose salvaje a mis pies, observo el horizonte con el agua salpicando mi cara al viento y veo algo a lo lejos, algo monstruoso que se acerca bajo el agua, creando olas a su paso. Ya está aquí. Quiero huir pero no puedo.

1115.66.- Pasajeros previsores valen por dos.
Hacía como media hora que el tren había salido de la estación. El revisor iba uno por uno marcando los tickets de los pasajeros y en ocasiones cobraba el billete a quienes no lo habían comprado en taquilla; y, a pesar de que aún faltaban casi dos horas para llegar al destino, algunos viajeros previsores, que no querían verse en los agobios del último momento cuando llegaran a Marte, ya se habían vestido con el traje de astronauta.

1115.67.- Personalidad oculta.
Su contertulio virtual tenía una conversación interesante, era amable y educado, contaba buenos chistes y se le notaba inteligente; además a ella incluso le gustaba el avatar que usaba él. Nada parecido al muermo de su marido.
Su contertulia virtual tenía una conversación interesante, era amable y educada, contaba buenos chistes y se la notaba inteligente; además a él incluso le gustaba el avatar que usaba ella. Nada parecido al muermo de su esposa.
Ninguno de los dos sabía que estaba chateando con su respectivo cónyuge.

1115.68.- Las campanadas de fin de año.
Eran las 12 de la noche del 31 de diciembre y empezaron a sonar las campanadas… dooon, dooon, dooon… y comencé a comerme una uva por cada una de ellas. El caso es que se debió atrancar el reloj, porque acabé comiéndome dos kilos de uvas.

[FIN]

Asomado al malecón. [Diciembre-2019]
[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]
©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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#CuentosSinImportancia


Haiku 760 – 764

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Haiku 760 – 764

-760-

En un rincón
un trozo de turrón;
come el ratón.

-761-

El saltamontes
salta de flor en flor;
el gato mira.

-762-

La mosca vuela
entre las azucenas;
la telaraña.

-763-

El perro y el gato
al calor del hogar;
jardín nevado.

-764-

Se oye a lo lejos
el aullido del lobo;
entre la nieve.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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350. El maestro de origami.

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350. El maestro de origami.

Los alumnos ocupaban sus sitios sentados alrededor de las cuatro mesas redondas de la clase y esperaban las indicaciones del profesor. Sin embargo éste les sorprendió con una pregunta inesperada.
―¿Sabéis quien fue Watanabe Keigo? – les preguntó.
Todos permanecieron en silencio. Sólo una niña se atrevió a levantar la mano.
―¿Sí? –le preguntó el profesor.
―Fue un gran maestro de origami.
―Exacto. Vivió hace mucho tiempo, en Japón. Fue muy famoso, incluso venían a su escuela gente de otros países a aprender el arte de la papiroflexia. Desde muy joven supo dotar a sus creaciones de una increíble sensación de vitalidad y realismo. Cuentan que comenzó aprendiendo de su padre a hacer mariposas y sencillos insectos, y con el paso de los años aprendió a realizar todo tipo de figuras, desde una simple flor, pasando por perros y gatos, caballos, águilas, pulpos o cangrejos, hasta llegar incluso a dragones milenarios y seres mitológicos. Innovó, inventando nuevas técnicas y pliegues, confiriendo a todas sus figuras un realismo nunca visto hasta entonces, y nunca superado desde entonces. Desgraciadamente pocas cosas se conocen realmente de él, pues su vida se diluye en la leyenda. Se sabe, no obstante, que abrió una pequeña escuela de origami en su pueblo natal, y posteriormente se trasladó a la ciudad, donde su fama se extendió por toda el país y, como os he dicho antes, por parte del extranjero. Sin embargo, ¿sabéis lo que realmente hace de él alguien tan especial?
Los alumnos permanecieron en silencio, sin despegar la vista del maestro.
―Veréis. Cuentan que, normalmente, Watanabe estaba siempre de buen humor. Disfrutaba inventando nuevas figuras de origami, incluyendo animales imaginarios de cuentos de hadas –«¡Wow!», exclamaron algunos alumnos–, y enseñando a los que él consideraba sus discípulos, pues Watanabe sentía el origami como una filosofía de vida. Sin embargo, cuentan que un día sus alumnos le vieron cabizbajo y meditabundo, como si hubiese perdido el interés por la papiroflexia. No era eso lo que realmente le pasaba, no, él seguía estando interesado, pero sentía que se estaba repitiendo; sentía que todas sus creaciones, aunque eran impresionantes por su detallismo y realismo, siempre eran iguales: a todas les faltaba algo. Durante las siguientes semanas, cada día, Watanabe pasaba horas encerrado en su taller de trabajo, casi no salía de él salvo para comer, y eso no todos los días. Sus alumnos empezaron a preocuparse.
―¿Y qué le pasaba, profesor? –le preguntó uno de sus alumnos más pequeños.
―No le pasaba nada, Claudia, es que estaba inventando –le respondió el profesor.
―¿Y qué inventó? –preguntó una niña.
―Veréis, un día finalmente apareció en clase ocultando algo entre sus manos. Volvía a sonreír. Sujetaba con el pulgar y el índice de su mano derecha una nueva figura de origami. Sus alumnos le miraban expectantes. Sin embargo se sorprendieron cuando se dieron cuenta de lo que su maestro les mostraba. No acababan de entender: «Pero, maestro, sólo es una simple mariposa», le dijeron decepcionados, pues esperaban algo mucho más sensacional. Entonces el maestro Watanabe, sin decir nada, extendió la mano izquierda y colocó con suma delicadeza la mariposa de papel sobre ella. Sus alumnos aguardaban un milagro, y el milagro se realizó: la mariposa de papel emprendió el vuelo; revoloteó por la habitación un par de vueltas y salió volando por la ventana. Los alumnos no salían de su asombro.
―¡Realmente volaba la mariposa de papel! –exclamó una niña.
―Sí, eso cuenta la leyenda.
―¿Y cómo lo hizo? –preguntó un muchacho del fondo.
―Watanabe nunca lo dijo; al menos su saber no ha llegado hasta nosotros. Dicen que sólo unos pocos iniciados dominan la técnica y conocen el ritual requerido. Bien, y ahora vamos a hacer elefantes, a ver si conseguimos que salgan corriendo de la clase como las mariposas del maestro Watanabe, ¿queréis?
―¡Sí! –exclamaron todos al unísono.
Mientras los alumnos se ponían manos a la obra, el profesor se asomó a la ventana. En la calle veía entrar y salir a más alumnos, jóvenes y no tan jóvenes, que acudían a las diversas clases de origami que se impartían por todo el edificio. En el dintel de la puerta principal se podía leer: «Escuela de origami Watanabe Keigo». Aunque desde la ventana no se podía ver, naturalmente, en el vestíbulo principal una estantería acristalada daba la bienvenida a los alumnos. En ella se guardaban figuras de origami muy antiguas: una pequeña manada de leones, tres elefantes, un pulpo gigante, un dragón y algunos ramilletes de flores. La leyenda afirmaba que eran obra del mismísimo Watanabe san. Sin embargo la estantería no contenía ninguna mariposa.
―Profesor, ¿y qué fue de la mariposa de papel? –le interrumpió una de las alumnas.
―No se sabe con certeza, pero la leyenda habla de un sinuoso río, de una caudalosa cascada y, tras ella, de un lejano y recóndito bosque donde aún hoy en día revolotean mariposas de papel. Quién sabe, es posible que las veamos algún día.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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349. El farero y la sirena.

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349. El farero y la sirena.

Entre las páginas de un viejo libro sobre los secretos del mar encontré un antiguo cuento de sirenas. Estaba manuscrito con una elegante letra en cursiva. Aún lo conservo. Está firmado por Antonio y al lado aparece la fecha: 5 de agosto de 1872. Lo debió escribir mi bisabuelo Antonio. En él se narra cómo un joven que trabajaba de farero en una remota isla, conoció a una sirena.
Todo comenzó una mañana de verano, mientras hacía su ronda diaria por la playa. Allí, medio oculta por la arena y entre unas rocas, el farero encontró el cuerpo inerte de una joven mujer. Parecía tener el cuerpo cubierto por una especie de finas escamas, aunque su tacto era suave como la piel humana, y tenía branquias, de eso no cabía ninguna duda: era una sirena. El joven observó entre aliviado y perplejo que la joven no estaba muerta, pues aún respiraba –al parecer también podía respirar fuera del agua–, aunque tenía una profunda herida en la cabeza.
En el cuento, mi bisabuelo Antonio narraba con un esmerado y detallado estilo propio de otros tiempos, y en primera persona, cómo el farero cuidó de la sirena, cómo, con el tiempo, la joven se adaptó a vivir en tierra, pues tenía dos piernas en lugar de una cola de pez, y cómo se enamoraron y tuvieron hijos con la capacidad de poder vivir tanto en tierra como bajo el mar, y cómo fueron felices por el resto de sus días –aunque ella vivió muchos años más que él–. Desde entonces, sus descendientes vivieron en la misma isla donde todo comenzó, y allí continúan todavía.
El faro ya no sigue operativo tras todos estos años, claro, pero mi familia seguimos viviendo aquí, pues mis abuelos consiguieron comprar la isla hace tiempo. Es un buen lugar, poco transitado de turistas, y nos permite pasar desapercibidos del resto del mundo.
Esta historia ya me la contó mi madre cuando era pequeño, pero reconozco que me hizo ilusión encontrar el cuento de mi bisabuelo. Es interesante poder revivir de primera mano el origen de mi familia, y saber apreciar el porqué soy como soy, de dónde procede mi resistente y suave piel, mis ojos adaptados al aire y al agua, mi potencia muscular y, sobre todo, mis branquias que me permiten respirar bajo el agua.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 755 – 759

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Haiku 755 – 759

-755-

Pía un polluelo
en la copa del pino;
flores de mayo.

-756-

Brilla la nieve
cuando el sol amanece;
trinan los pájaros.

-757-

Llueve en invierno
en las noches oscuras;
el lobo aúlla.

-758-

El gato duerme
junto a la chimenea;
nieva en la calle.

-759-

Junto al fogón
curiosea el ratón;
es pleno enero.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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348. El cielo estrellado.

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348. El cielo estrellado.

―Mamá, ¿cómo son las estrellas?
―Cierra los ojos –me respondió mamá.
―Ya está.
―¿Qué ves?
―Nada. Está oscuro.
―Ahora aprieta los ojos lo más que puedas –me dijo.
―Ya está.
―¿Qué ves ahora?
―Todo está lleno de puntitos blancos; algunos son de color. Hay muchos; tantos que no los puedo contar. Como la arena de la playa.
―Pues así es el cielo lleno de estrellas; con tantas estrellas que no se pueden contar.
―¿Y por qué no podemos ver el cielo, mamá?, ¿por qué lo hemos tapado con la gran cúpula?
―Verás, hija, hace tiempo las personas malas destruyeron la Tierra, su atmósfera, y los que sobrevivieron tuvieron que construir la gran cúpula para protegernos de la radiación. Por eso no podemos ver las estrellas directamente, sino sólo a través de filtros o en viejas fotografías y videos.
―¿Y podremos verlas alguna vez?
―Nosotras no, mi pequeña, nosotras no. Quizá nuestros descendientes; dentro de mucho. Y ahora a dormir, cariño.
―¿Puedo soñar con las estrellas, mamá?
―Claro que sí, preciosa. Puedes soñar con las estrellas; con todas. Buenas noches, mi amor.
―Buenas noches, mamá.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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