• Haiku371: Rumor que anuncia

Etiquetas

• Haiku371: Rumor que anuncia

Rumor que anuncia
una vida de entrega;
rumbo al destino.

Luis J. Goróstegui
#haiku

________________________________________

Anuncios

• (Csi180) – Su nueva cara.

Etiquetas

• (Csi180) – Su nueva cara.

Al principio era divertido ser invisible, pasar desapercibido sin que nadie le viera; poder pasear y no ser observado, sin el agobio de los paparazzi; no tener que estar pendiente de su imagen física, porque no la tenía; poder colarse en los cines y no ser expulsado, e, incluso, robar sin ser detenido, o besar sin comprometerse, porque nadie le podía ver. Al principio le gustaba saborear el poder que le ofrecía la impunidad, pero de eso hace ya muchos años, en otros tiempos, cuando era joven y vivía a su son, sin restricciones ni cortapisas. Hoy, sin embargo, está cansado, cansado de que nadie le pueda ver, cansado de ser sólo un fantasma, una leyenda urbana, un no-ser; por eso ha decidido hacerse visible, volver a ser alguien real, alguien al que poder mirar, al que poder besar, al que poder hablar mirándole a los ojos. Pero hace tanto que es invisible que ya no se acuerda de cómo es su cara, de qué color son sus ojos, de cómo es su sonrisa; por eso ha decidido hacer algo nuevo, algo innovador: ser como él quiera ser, no como quieran los demás que sea; por eso el hombre invisible se ha dibujado su nueva cara.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

Cuentos sin importancia 180-Su nueva cara

 

________________________________________

• (Csi179) – Recogida de muestras.

Etiquetas

• (Csi179) – Recogida de muestras.

Sentado en mi barcaza, esperaba paciente que algún cliente alquilara mis servicios para salir a pescar o hacer submarinismo. Una soleada mañana, se presentó una joven y me contrató para toda la semana: quería hacer submarinismo cerca del arrecife. La joven me dijo que se llamaba Irenne, con dos enes. Durante los siguientes días, salíamos muy de mañana, y mientras yo la esperaba en cubierta, ella bajaba y recorría el arrecife. Me contó que venía de muy lejos, y que trabajaba para la universidad y estaba haciendo un estudio de la biodiversidad de las zonas profundas; le interesaba mucho la variedad de vida que allí existía. Me sorprendió ver que, de vez en cuando, la joven subía al barco una serie de algo parecido a grandes garrafas de un material similar al cristal traslúcido, herméticamente cerradas y llenas de agua y de algún que otro pequeño pez, conchas y diversos objetos que no pude identificar. La chica me explicó que esas muestras marinas –como ella las llamaba– eran un raro tipo de molusco que sólo se daba en las zonas más profundas, lo cual me llamó la atención, pues en toda mi vida nunca había visto nada igual. También me dijo que eran de incalculable valor científico para su universidad y que serían el núcleo central de su tesis doctoral. Lo cierto es que no me interesaban mucho, bastante tenía yo con ganarme la vida, así que no le di mucha importancia y la dejé seguir con su inspección submarina. La chica me pidió si podía proporcionarle algún sitio donde poder almacenar sus muestras, y yo le ofrecí el trastero de mi cabaña, que tenía cerca de la playa y que no solía usar; tras finalizar la semana, lo tenía lleno de esas garrafas. La noche del séptimo día, estaba preparándome la cena en mi cabaña y la chica llamó a la puerta.
―Ha llegado el momento de irme, ¿me podrías ayudar a sacar mis muestras al jardín? –me dijo.
Entre los dos sacamos todas las garrafas y las colocamos a la puerta de mi cabaña. Cuando terminamos supuse que iría a buscar algún vehículo para llevárselas, pero no fue así.
―¿Cómo te las vas a llevar? –le pregunté intrigado.
―Me vendrán a buscar. –me respondió.
Entonces, ante mi asombro, la joven hizo una señal al cielo, con la mano, y en ese instante, sobre nuestras cabezas, se materializó una nave espacial: era grande y muy hermosa. La nave emitió un campo de fuerza y las garrafas levitaron; una compuerta de la nave se abrió, y las garrafas entraron dentro. Yo miré mudo del asombro a la joven y ella me dijo:
―Sí, supongo que mereces una explicación. Efectivamente, vengo de muy lejos, de un planeta muy lejano, más allá de lo que vosotros llamáis la nebulosa de Orión. Y sí, trabajo para la universidad, allá en mi planeta, y también estoy haciendo un estudio de la biodiversidad de la vida existente en las zonas profundas del universo, allí donde hemos detectado vida inteligente como la nuestra, que me servirá para hacer lo que vosotros llamáis tesis doctoral, aunque nosotros lo denominamos de otra manera. Estas muestras, que tú llamas garrafas, son sensores de biotecnología planetaria que hace mucho tiempo dejamos en vuestro planeta con objeto de estudiaros, y en ellos se registra un completo y exhaustivo informe biotécnico sobre la vida en la Tierra: lo necesitamos para cuando llegue el momento de contactar con vosotros. Sí, no estáis solos en el universo –me dijo sonriente al verme con los ojos abiertos como platos–, y sí, algún día vendremos aquí y contactaremos con vosotros. Ahora debo irme, me esperan. Te agradezco tu ayuda y te deseo todo lo mejor, muchas gracias. Y una cosa más –añadió con media sonrisa–, no te aconsejo que le cuentes a nadie todo esto, o te tomarán por loco.
Se acercó a mí y me dio un beso. En ese momento, el campo de fuerza envolvió a Irenne y, mientras se despedía de mí con la mano, se elevó hasta introducirse dentro de la nave. Unos segundos después la nave inició su marcha, primero despacio, en silencio, y después aceleró hasta alcanzar mucha velocidad y desaparecer tras las nubes. Yo seguí allí, parado, mirando al cielo, sin saber qué hacer. Al rato volví a entrar en mi cabaña, intentando comprender lo que acababa de suceder, y en la mesa encontré un pequeño objeto; me acerqué y vi que era el colgante que llevaba Irenne al cuello: era su regalo de despedida. Y mientras me lo ponía no cesaba de repetirme, entre desconcertado y conmocionado, que una extraterrestre me había besado.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

Cuentos sin importancia 179-Recogida de muestras

________________________________________

• (Csi178) – Por narices.

Etiquetas

• (Csi178) – Por narices.

Tengo una nariz grande, enorme, descomunal; el hombre a una nariz pegado, de Quevedo, a mi lado, era chato. De pequeño, tuve algunos enfrentamientos con mis compañeros de colegio; al principio lo llevé muy mal, después ya no, porque, cuando crecí lo suficiente, mi madre y mi padre, viendo mi situación, me sugirieron que leyera “Cyrano de Bergerac”, del escritor francés Edmund Rostand; me ayudó a sobreponerme y contraatacar. De joven, debido al trabajo de mi padre, vivimos en muchas ciudades, y en cada nuevo colegio siempre se repetía la misma historia: al verme así, con esta napia ciclópea, se reían y se burlaban de mí. Sin embargo pronto encontré el remedio: cuando llegaba a un nuevo colegio, y comprobaba que mis nuevos compañeros eran tan memos como en el resto de colegios y que, si no lo cortaba de raíz, estarían todo el curso metiéndose conmigo, aprovechaba que algún chico me había intentado insultar, diciendo entre risas y cuchicheos malintencionados: “Tienes una nariz muy grande”, o “narizotas, ¿quieres una sábana para sonarte los mocos?”, para, en el primer recreo, reunirlos a todos a mi alrededor, enfrentarme a ellos y decirles: Quiero que me miréis todos a la cara. Mirad, es cierto, mi nariz es grande, ¿qué digo?, es gigantesca, es apabullante, es más, es una pista de esquí, un hogar de gigantes. Y tú ves esto –le decía al que me había insultado, señalando mi nariz– y, pudiéndome insultar con algún epíteto realmente humillante, como: En su interior anidan las oscuras golondrinas, las palomas lo usan como pista de despegue, y las águilas como refugio invernal, sólo se te ocurre decir “Tienes-una-nariz-muy-grande” (nótese mi soniquete ridiculizarte). Todo esto y muchas cosas más les decía, mientras me miraban sorprendidos y medio acobardados. El caso es que, a partir de ese momento, nadie osaba insultarme, e incluso, si alguno lo hacía, el resto de la clase se lo echaba en cara. Y les decía también: Dejadme que os enseñe a insultar como es debido: mi nariz no es grande, ¡qué va!, mi nariz es dantesca, apocalíptica, espeluznante; podríais haberme dicho: tienes una nariz colosal, una cuadra para caballos, un garaje de camiones en plena carga y descarga; podríais haber sido más ingeniosos y comparar mi apéndice nasal con un generador de tornados al estornudar; o haberme dicho: ¿Qué es eso que llevas bajo los ojos?… ¿un globo aerostático? ¡Ah, no!, ya sé, la cueva de Alí Babá; o quizás tu despensa con la comida de todo un año. ¿Guardas ahí a tu perro fiel, o quizás a tu caballo?, ¡ya sé! Es la guarida de algún dragón de carnaval. Cuando hace frío… ¿la usas como el caracol su concha?; o mejor… tienes un velero y la usas como vela… al viento… ¡Ten cuidado no salgas volando! Me han dicho que ha desaparecido un elefante del circo… ¿guardas ahí al paquidermo?; quizá te interese sustituirle…, pagan bien. Podrías participar en las olimpiadas…, en pértiga no tendríais rival… Podríais haberme dicho alguna hipérbole similar, pero no, sólo decís chiquilladas, porque no insulta el que quiere sino el que puede, y vosotros no podéis porque no tenéis narices.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia
Cuentos sin importancia 178-Por narices

________________________________________

• (Csi177) – Papiroflexia.

Etiquetas

• (Csi177) – Papiroflexia.

A la hora de costumbre, los pasillos del antiguo castillo se llenaron de chicos y chicas que salíamos de nuestras clases, después de todo un día en el colegio. Yo había tenido clase con el profesor Robles, y por los pasillos comentaba con mis compañeros el asombroso ejercicio –como él lo llamaba– que nos acababa de enseñar. En primer lugar nos enseñó a hacer pequeños animales de papel, con la técnica de la papiroflexia; esa parte fue la que me resultó más aburrida, pues yo ya sabía hacer figuras de papel, y no sólo pequeños animales, sino grandes dinosaurios y otros seres mitológicos: mis padres me habían enseñado a hacerlo durante el último verano, y se me daba muy bien; así que no me resultó difícil hacer los pequeños pájaros y ratoncitos que nos mandaba el profesor. Sin embargo, tengo que reconocer que la segunda parte del ejercicio me costó algo más conseguirla. Al finalizar la clase, el profesor Robles nos mandó, como práctica para casa, que repitiéramos el ejercicio para, así, coger soltura, ya que era casi seguro que caería en el examen final. Eso fue lo que menos me gustó oírle decir: mis padres me habían dicho que si sacaba buenas notas me comprarían la bicicleta de carreras que siempre les estaba pidiendo, así que me dispuse a practicar hasta ser el mejor de la clase. De camino a casa compré, en una papelería, grandes láminas de papel especial, y en un bazar cercano todo el material restante que necesitaría para realizar el ejercicio: mi intención no era utilizar pequeños animalillos de papel, sino algo más espectacular. Comencé, sin embargo, ejecutando los mismos ejercicios que en clase, para aprender bien todos sus detalles, no fuera que tuviera algún accidente si empezaba haciendo directamente el más complicado: el ejercicio entrañaba cierto peligro si no se ejecutaba de la forma correcta. Estuve practicando toda la semana y, al final, conseguí dominarlo: había llegado la hora de hacerlo a mi manera. Me fui al gran trastero que teníamos en el jardín de casa, y me encerré en él. Empecé el ejercicio doblando las hojas grandes de papel según me habían enseñado, despacio, con mucho cuidado, sobre todo en los pequeños detalles, en las esquinas, en los dobleces más recónditos. Cuando terminé, orgulloso del trabajo realizado, me dispuse con la segunda parte, la más difícil. Abrí las puertas del taller y saqué fuera la gran escultura de papel, me coloqué a su lado, abrí el libro por la página adecuada, respiré hondo, me concentré, y, apuntando con mi varita mágica, pronuncié el conjuro de transmutación. El impresionante dragón escupefuego de papel que acababa de realizar tomó vida; el color blanco del papel cambió, y sus escamas se colorearon de vivos colores: tenía ante mí un auténtico dragón que aleteaba imponente sus alas y lanzaba fuego por la boca. Sin perder un segundo, salté y me subí a lomos del animal, justo en el momento en que alzaba el vuelo y salía volando entre los árboles. Subí y subí, y el dragón, obediente a mis órdenes, tomaba velocidad entre las nubes. Estaba muy contento, había conseguido realizar el ejercicio correctamente, y además sabía que ninguno de mis compañeros de clase sería capaz de igualarme: recrear un dragón escupefuego a partir de una figura de papel, y que te obedezca, es un ejercicio de magia incluso complicado para los de quinto curso, y yo sólo estaba en tercero. No tenía duda en que aprobaría el examen final de la asignatura de Conjuros y Hechizos de transmutación, y llegaría a ser tan buen mago como el profesor Robles.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 177-Papiroflexia

________________________________________

• (Csi176) – Mensajes en una botella.

Etiquetas

• (Csi176) – Mensajes en una botella.

A una distancia de poco más de milla y media de la costa existe un pequeño islote, aproximadamente del tamaño de un campo de futbol, y sobre él reposa orgulloso un antiguo faro, que todas las noches alumbra y sirve de referencia y aviso a los navegantes; para guiar a los que se enrolan en la mar. Gracias a él se han evitado muchos accidentes. Y en el faro, el farero: ese soy yo. Llevo toda mi vida en el faro. Mi padre fue farero, y mi abuelo también. Puede que os parezca una profesión aburrida, pero os aseguro que no la cambiaría por nada. En ocasiones, cuando bajo a la ciudad, o cuando me tomo alguna caña en el bar, la gente que me conoce me pide que les cuente alguna historia que me haya sucedido en el faro, y yo no me hago de rogar; en el faro hay pocas oportunidades de hablar con alguien, así que aprovecho: les cuento aquella vez que doce ballenas bailaron y cantaron ante el islote, o cuando una bandada de gaviotas sobrevolaron, en círculo, tan cerca del faro que casi pude tocarlas con la mano –en esa ocasión, lo raro fue que no emitieron ni un solo sonido; no sabéis cómo impresiona el silencio de una bandada de gaviotas– ; o cuando, una noche de niebla, evité que un gran buque de carga se llevara por delante a un barco pesquero que, distraído, se había desviado de su ruta; o incluso aquella vez en que vi un par de sirenas. Sin embargo, lo que más me gusta contar son las increíbles historias relacionadas con los diversos mensajes en botellas que, ocasionalmente, llegan al islote. No penséis que son pocos, ni mucho menos. Supongo que será la especial localización del faro, entre las corrientes marinas, las que los hacen llegar a la playa del islote, o, quizá, las fluctuaciones del campo electromagnético terrestre, tan caprichoso por estas latitudes; aunque lo que me sorprende no es que lleguen, siempre ha habido naufragios, y a otros faros también llegan mensajes dentro de botellas, pero en mi caso, lo curioso son los extraños mensajes que portan; casi inverosímiles, como si fueran fragmentos de algún libro de aventuras, de fantasía o de ciencia-ficción, o, incluso, de magia y hechicería, o de terror. Como, por ejemplo, el mensaje que encontré una mañana de abril, cuando bajé a la playa del islote. Dentro de una botella antigua, de otra época, en un trozo de papiro, había escrito:
“Este mensaje es la prueba definitiva de que es posible viajar en el tiempo. Yo lo he hecho. Profesor W. Shimakawa. 1893 d.C.”
Al principio, pensé que era alguna broma. Sin embargo, por pura curiosidad, busqué información sobre algún profesor W. Shimakawa de 1893, pero sólo encontré una referencia a una tal Saki Shimakawa, nacida en 1893, que fue hecha prisionera en un campo de internamiento, en los EE.UU., durante la Segunda Guerra Mundial, por ser americana-japonesa. Lógicamente, en un primer momento, los que me oyen contar esta historia no me creen, y piensan que me lo invento, pero cuando les enseño el mensaje no saben ya qué pensar; por eso, evidentemente, guardo el insólito mensaje; por eso y porque no sea que un día aparezca ese profesor con su máquina de viajar en el tiempo. Sería genial.
En otra ocasión, encontré un mensaje que decía:
“Trasatlántico Mareni. Zarpamos de Cartagena (ESP), rumbo Venezuela, el 21-8-1965. Al 8º día naufragamos. Nadé a isla cercana. Único superviviente. Vengan rápido. Traigan armas. En la isla hay monstruos gigantes.”
En este caso no fui capaz de encontrar ningún dato que pudiera corroborar el mensaje, pero, como digo yo, ¿quién soy yo para juzgar las elucubraciones mentales de un náufrago perdido en una isla desierta en medio del insondable océano?, eso suponiendo que sea fruto de eso; cosas más extrañas se han visto.
Una noche de junio, encontré este mensaje:
“13-abril-1885. De crucero por el Mediterráneo. Me acabo de asomar desde cubierta y he visto dos sirenas nadando junto al barco. Echo este mensaje al mar dentro de una botella para constatarlo. No es mentira.”
Aunque os parezca increíble, yo me creo este mensaje; ya os dije que un día vi dos sirenas junto al faro, y os aseguro que no estaba bebido. Yo no bebo alcohol cuando trabajo: Vi dos mujeres nadando, procedentes del norte; una de ellas, al verme, me saludó con la mano, pero cuando vieron acercarse unos tiburones se zambulleron en el mar y desaparecieron, pero no antes de sacar fuera del agua sus colas de pez para tomar impulso. Podéis pensar lo que queráis, pero yo sé lo que vi, y no me vais a convencer de lo contrario.
Una tarde de agosto, encontré este mensaje:
“Hoy, a mediodía, he visto, sobrevolando la isla donde llegué tras naufragar, un OVNI. Parecía un meteorito, pero zigzagueó tres veces; después se marchó a hipervelocidad, dirección sur-suroeste. Espero que, con estos datos, me localicen.”
No tengo ninguna prueba de la veracidad de este mensaje, pero, si hubierais naufragado en una isla desierta, ¿escribiríais en un mensaje algo como esto si no fuera verdad?; pensadlo.
Aunque, sin duda, el mensaje más extraño fue uno que encontré medio enterrado en la arena, un sábado de enero. Decía lo siguiente:
“A quien encuentre este mensaje: Avisen a las autoridades. He naufragado en el fin del mundo. Cerca de Bermudas; 30º 56’ 23.728’’ N 68º 7’ 34.394’’ O. Atravesé una densa nube y choqué con una gran roca, en el borde del océano. Aparecí en algún planeta plano. Envíen nave espacial.”
Al leerlo me recordó una de esas novelas de ciencia-ficción de los años cincuenta. Lo cierto es que esas coordenadas corresponden, efectivamente, con un lugar cercano a las islas Bermudas…, ya sabéis, el Triángulo de las Bermudas, y sus extraños misterios de abducciones y todo eso…, así qué no me atrevo a asegurar que el mensaje sea mentira. ¿Os imagináis que existiera, en algún rincón de la galaxia, o de otra dimensión paralela a la nuestra, un planeta plano?
Y así podría seguir con más mensajes increíbles; y por eso me gusta trabajar como farero, al menos en este faro: nunca me aburro. Suelo dejar para el final de mis relatos en el bar algún mensaje gracioso, para terminar la noche con unas risas. Hubo uno que me hizo gracia. Decía lo siguiente:
“Como no tengo más botellas, escribo este mensaje en el caparazón de una tortuga: Iba a pedirles que me vinieran a buscar cuanto antes, pero, pensándolo bien, será mejor que lo hagan en un par de semanas; tengo comida y agua en abundancia. Quisiera gastar los días que me quedan de vacaciones.”
Recuerdo que cuando lo leí por primera vez pensé que, seguramente, al pobre naufrago le esperaba en casa un trabajo esclavo o una mujer algo marimandona, y que por eso no tenía ganas de regresar, y le comprendí: yo hubiera hecho lo mismo en su lugar.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

Cuentos sin importancia 176-Mensajes en una botella

________________________________________

• (Csi175) – El mejor mago del mundo.

Etiquetas

• (Csi175) – El mejor mago del mundo.

Era el mejor mago del mundo, y éste su mejor número. Imaginad: El escenario en tenue penumbra; un foco, desde el techo, ilumina en vertical el centro; está vacío. Desde un rincón, aparece el mago: zapatos negros, pantalones negros y camisa blanca; en la mano derecha lleva una simple silla de madera. El mago se detiene bajo el foco, sonríe al público y muestra la silla; se la pasa de la mano derecha a la izquierda, la vuelve a mostrar, por delante y por detrás, y la vuelve a pasar a la mano derecha. La coloca suavemente en el suelo, y, despacio, como ejecutando algún rito, se sienta en ella. El silencio inunda la sala. Durante unos segundos, el mago cierra los ojos, luego los abre y extiende los brazos. Pronuncia dos palabras: «Sfumato est», como pronunciando un conjuro, y chasquea una vez, al unísono, los dedos de ambas manos. Entonces, surge un leve humo negro de las manos del mago, y, ante el atónito asombro del público, éstas comienzan a desaparecer. El humo se va extendiendo por todo su cuerpo, de arriba a abajo: las manos, los brazos, la cabeza, baja por su torso y llega a las piernas. El público no sale de su asombro. Por último, los pies. El humo tarda unos segundos en desvanecerse. El mago ha desaparecido, se ha esfumado. Todo ha sucedido sin engaño, sin dobles fondos, sin efectos especiales. El público espera en silencio, casi aguantando la respiración. Al cabo de tres segundos, el humo vuelve a aparecer, despacio. Esta vez de abajo a arriba, y con él, surge el mago: primero los pies, luego las piernas, su torso, su cabeza, sus brazos, extendidos, y, por último, sus manos. El humo vuelve a desvanecerse, y el mago, sonriente, se levanta de la silla, la eleva con la mano derecha, saluda al público, y sale del escenario por el mismo rincón por donde ha entrado. El público, en pie, como saliendo de un trance, aplaude a rabiar. Cuando, años después, le detuvieron por blanqueo de dinero, utilizó este mismo número para evadirse de la cárcel.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 175-El mejor mago del mundo

________________________________________

• (Csi174) – Mi mejor amigo.

Etiquetas

• (Csi174) – Mi mejor amigo.

En la casa de campo donde viví de pequeña con mi familia teníamos una cuadra, y en ella un hermoso caballo negro; le llamábamos Furia, por su fuerte temperamento. Yo le decía a mi padre que quería montar en él, pero me contestaba que aún era demasiado pequeña para eso, que esperara unos años. A cambio, por mi cumpleaños, me compraron un pequeño poni. Sin embargo yo seguía queriendo montar en el gran caballo negro. Cuando mis padres no me veían, me acercaba a la cuadra y le hablaba; el caballo me miraba y acercaba el hocico; yo le acariciaba; él me entendía. Congeniamos enseguida; siempre me he llevado bien con los animales, y, en especial, con Furia. Un día, aprovechando que mi familia no me miraba, entré en su cuadra, sujeté con mi pequeña manita sus riendas y le saqué afuera. Me subí a unas cajas y, con cierto esfuerzo por mi parte, me monté sobre él. Yo ni siquiera llegaba al estribo; sin embargo no me hizo falta: Le hablaba y él me obedecía. Furia no hizo ningún movimiento brusco, sino que comenzó a andar despacio. Cuando mis padres me vieron montando a Furia se llevaron un susto tremendo, pero comprobaron, asombrados, que el noble caballo obedecía todas mis órdenes. Mi madre me dijo en una ocasión: «Era increíble verte, tan pequeña, junto a un animal tan imponente». Desde entonces, Furia es mi mejor amigo.

Cuentos sin importancia 174-Mi mejor amigo

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

________________________________________