• IBERIA – P156

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• Postales de Otros Tiempos nº156:Postal (156)

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• Haiku344: Cúmulos rojos

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• Haiku344: Cúmulos rojos

Cúmulos rojos
sobre los montes verdes;
rayos y truenos.

Luis J. Goróstegui
#haiku

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• (Csi154) – Clarisse.

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• (Csi154) – Clarisse.

Era el matón personal del capo mafioso Joe el Dulce, y se le conocía con el mote de «El Noctámbulo», porque siempre trabajaba de noche. Se llamaba Dick y cuando la policía atrapó a su jefe, no dudó ni un segundo en hacer un trato con la bofia: a cambio de no ser encerrado en la cárcel, y de facilitarle una nueva identidad en otra ciudad, declararía en el juicio contra El Dulce. El FBI aceptó el trato. Hasta el día del juicio, dos semanas más tarde, el Noctámbulo estaría escondido en un piso franco, para su propia protección. Dick sólo exigió otra cosa más a la poli: durante su estancia en el piso, por la noche tendría compañía femenina, sin presencia de los agentes que le vigilaban el resto del día; él elegiría a la chica: se llamaba Clarisse, trabajaba la calle, y la conocía hace tiempo, era una buena chica. El FBI también aceptó. Fueron dos semanas largas: los días se eternizaban, encerrado en ese cuchitril; las noches, por el contrario, se hacían cortas, demasiado cortas. Todos los amaneceres se repetía la misma escena: ella fumando, desnuda en la cama; él, también desnudo, sentado, leyendo los periódicos, buscando noticias que pudieran presagiar algún peligro para su vida: traicionar a la mafia era arriesgado y nunca se estaba totalmente protegido. En la última noche antes del juicio, Clarisse estuvo más amable que nunca; sin embargo, cuando los agentes de policía llegaron por la mañana temprano, encontraron la puerta del piso abierta, y a Dick muerto en la cama. Clarisse también trabajaba para El Dulce.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

Cuentos sin importancia 154-Clarisse.jpg

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• (Csi153) – Retazos (10).

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• (Csi153) – Retazos (10).

1.

• La dama de las nieves.

Una mañana de ventisca, la dama de las nieves, en lo más alto del acantilado, levantando los brazos, alzó la voz y gritó:
– ¡Oh, dioses de hielo y nieve, escuchad! Desistid de provocar la muerte, huid ahora que podéis, escondeos en vuestras profundas cuevas, cerrad los ojos y los oídos y dormid. Dormid y no despertéis jamás; no provoquéis mi ira, no desafiéis mi autoridad.
Y en ese momento, la tormenta cesó.

2.

• Carta abierta de Satanás a la humanidad

De seguir así, Satanás publicará una carta abierta a la humanidad. Dirá algo parecido a esto:

Mis queridos humanos,
Me alegra constatar que seguís fielmente mis perversas indicaciones, pero me temo que estáis llegando a extremos peligrosamente inaceptables. Al ritmo de maldad que lleváis, llegará un día –ya está cerca– en que todos seréis tan malvados y crueles como yo, lo cual me satisface, de verdad, pero, mirad, si todos llegáis a ser malos, ¿Cuál será mi trabajo?…, ¿a quién pervertiré yo si todos estáis ya pervertidos? Y, sobre todo, ¿en quién nos vengaremos?, ¿a quién corromperemos?… Así que, muy a mi pesar, os exhorto a que no seáis tan malvados; sólo algunos de vosotros, no todos, no os paséis, ¿vale? Algunos de vosotros deberéis sacrificaros por los demás; algunos, sólo unos pocos, ¿eh?, deberéis ser, me cuesta hasta decirlo, deberéis ser buenas personas; sólo un poco, sólo lo necesario para lograr la sostenibilidad de nuestro vil nivel de vida.
Sabedor de que, en este peliagudo asunto, seguiréis también fielmente mis pérfidos consejos, me despido de vosotros deseándoos todo los mejor…, perdón, quise decir todo lo peor. Esto de la lucha entre el bien y el mal está empezando a afectarme también a mí.
Atentamente,
Satanás

3.

• Contemplo el horizonte.

Contemplo el horizonte sin sospechar las alusiones leviatánicas que desprende el insondable poder del ígneo astro surgiendo entre brumas matinales, mientras inhalo la sublime vida de los mundos que acechan más allá de la órbita geosíncrona del planeta donde habito.

4.

• El bien y el mal.

¿Quién ha dicho que no es posible la paz en el mundo; que no es rentable? ¿Quizás los que viven promoviendo el caos?, ¿quizás los que se alimentan del dolor humano?, ¿quizás los que explotan la riqueza de los demás sin sentir remordimientos? El mal existe, no es una abstracción: existe en las personas malas, que promueven el mal, que viven del mal, que aman el mal. Por eso el mal odia el bien, por eso las personas malas odian a las buenas. No hay que engañarse, el mal puede ser más fuerte, más aparente, incluso puede llegar a ser más atractivo que el bien, pero el bien tiene una ventaja sobre el mal: su debilidad. El mal odia, el bien perdona; el mal es un poderoso tornado que azota el mundo, el bien es una planta flexible que sobrevive al tornado. El mal mata, el bien no muere; el mal es impaciente, el bien espera su turno. Por eso el mal pierde cuando gana; el bien gana cuando pierde.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

Cuentos sin importancia 153-1-La era Aséptica

Cuentos sin importancia 153-2-La era Aséptica

Cuentos sin importancia 153-3-La era Aséptica

Cuentos sin importancia 153-4-La era Aséptica

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• (Csi152) – La era Aséptica.

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• (Csi152) – La era Aséptica.

Año 100 de la era Aséptica.

Aunque pueda parecer abominable, los archivos históricos cuentan que hubo un tiempo, felizmente pasado, en el que los seres humanos eran concebidos mediante el aborrecible método del llamado acto sexual; en el que las primeras semanas de vida se desarrollaban dentro del propio vientre materno; en el que las criaturas humanas entraban en el mundo a través de su propia madre… Y así podría seguir describiendo tan repulsivos procedimientos relacionados con la concepción y nacimiento de las personas que vivieron en tiempos del pasado preaséptico. Por todo esto es un verdadero honor y un placer presidir esta celebración, en la que conmemoramos el 100º aniversario de la implantación de la era Aséptica, donde la humanidad transformó su modo de vida prehistórico por otro acorde con el nivel tecnológico y moral adquirido tras siglos de esfuerzo y sacrificio –dijo el Presidente de la Tierra, unos diez años antes de la completa extinción de la humanidad.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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Lágrimas de robot.

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Éste es mi relato «LÁGRIMAS DE ROBOT» con el que participo en el concurso de relatos de ciencia ficción organizado por Zenda e Iberdrola.
#Cienciaficción @zendalibros @iberdrola
https://www.zendalibros.com/concurso-de-relatos-de-ciencia-ficcion

Lágrimas de robot.

Hanna vive desde hace tiempo sola; estuvo casada pero su marido falleció hace ya mucho y no se ha vuelto a casar. No tuvieron hijos. Vive en una recoleta casa, no muy grande; pero no le importa, más bien lo prefiere así; ella asegura que, después de tantos años viviendo allí, ya se ha hecho a ella y no podría vivir en otro lugar. Hanna ya es bastante mayor y, a pesar de sus achaques y aunque aún se las apaña para desenvolverse por casa, afortunadamente dispone de la insustituible ayuda de Elliot, su robot-mayordomo, para salir a la calle o realizar el resto de tareas; de todas maneras, sin él –y ella lo sabe–, ya no podría vivir. Se trata de un robot clase Yelde, algo desactualizado ya por el paso del tiempo pero muy útil aún, especializado en todo tipo de tareas domésticas: desde cocinar o poner una bombilla hasta pequeñas reparaciones de fontanería y albañilería. Cuando se pone a recordar, a Hanna le parece que el robot ha vivido con ella toda su vida: fue el regalo de boda que sus padres le hicieron hace ya… demasiado tiempo. Elliot no es muy expresivo pero es amable y educado y, sobre todo, paciente y eficaz. Después de tanto tiempo juntos, en muchas ocasiones –en la mayoría, diría Hanna–, el robot sabe lo que ella necesita antes incluso de que se lo pida, y no es que Elliot tenga poderes mentales, no, no es eso, es, simplemente, que la conoce bien.
En las templadas mañanas de primavera ambos salen a pasear por el parque; él hace de bastón de ella, se sientan en un banco y conversan sobre la vida. Elliot habla poco y deja que Hanna lleve la voz cantante: le cuenta historias de cuando era una niña y jugaba con sus padres al escondite en casa; de la vez que se cayó por las escaleras y se rompió una pierna y de cuando sus amigos del colegio venían a su casa y la firmaban en la escayola y reían porque Mario, su hermano pequeño, también quería escribir aunque aún no sabía hacerlo; de cómo conoció a su marido, un joven periodista, y lo que lloró cuando le comunicaron su muerte mientras trabajaba de corresponsal de guerra en el planeta Gabaän, tras el cinturón de asteroides. Elliot ya ha escuchado todas estas historias muchas veces pero no le importa volver a hacerlo como si fuera la primera vez; sabe que a Hanna le gusta contarlas: es como si las volviera a vivir de nuevo.
En las frías tardes de invierno, Hanna y Elliot se sientan junto a la chimenea; ella escucha en silencio, mientras se toma un chocolate caliente, y él le lee algún libro antiguo, uno de esos que ya ha leído mil veces, uno de esos que se sabe de memoria. En ocasiones Elliot lee hasta tarde, hasta que Hanna se queda dormida, y él la levanta en brazos con infinita suavidad, la lleva a su cuarto y la desviste, le pone el camisón y la acuesta con suma delicadeza; permanece de pie junto a ella unos segundos, la mira con cariño, se agacha con cuidado y la besa en la frente; al salir de la habitación apaga la luz y cierra la puerta despacio, para no hacer ruido. Entonces se marcha a su habitáculo, se conecta a la fuente de energía de la casa y sueña.
Una mañana Hanna no se despertó. Elliot, eficiente, se encargó de todas las gestiones del funeral, llamó a los pocos familiares y amigos que le quedaban a su amiga y asistió al entierro y al funeral que se celebró en la iglesia, en aquella a la que ella iba siempre. Esa noche Elliot leyó para él el libro preferido de Hanna; cuando lo terminó se fue a su habitáculo, pero esta vez no se conectó a la fuente de energía de la casa, ya no era necesario: se sentó en su silla y soñó por última vez, mientras dos tímidas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

Luis Jesús Goróstegui Ubierna

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• (Csi151) – Recuerdos.

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• (Csi151) – Recuerdos.

En una ocasión, una amiga me preguntó si era capaz de precisar lo que me evocaban los recuerdos. No sé por qué, hoy me he puesto a pensar en ello:
Los recuerdos son un misterio, unos pocos los busco conscientemente, pero muchos de ellos vienen a mí sin preverlos: un sonido los despierta, un olor los espabila, una imagen los provoca. Recuerdos que vuelven a mi memoria como un déjà vu que se repite incesante; como agua de una fuente sin fin; como los besos que nos dábamos en la oscuridad del cine, mientras hacíamos que veíamos una película; como una historia que nunca acaba porque nunca empieza; como el agua del río que fluye sin interrupción incluso después de desembocar en el océano, un océano que discurre infinito, gota a gota, torrente a torrente, mar a mar; como el incontenible anhelo de continuar leyendo cuando alcanzas el final de un libro, o incluso cuando, tres páginas antes de concluir el libro, no soportas la idea de llegar al final, y gritas, desesperado, ansiando que, por arte de magia, esas tres últimas páginas se multipliquen, aunque sabes que sería más acertado desear que se procreen, pues sabes que contienen vida; recuerdos que no soy capaz de controlar, como un barco sin timonel, como una tormenta al arbitrio de los elementos, ajena a mi voluntad; recuerdos que van y vienen, que entran y salen de mi mente provocándome sentimientos indefinibles; recuerdos, algunos felices, otros tristes, pero todos queridos, todos míos; recuerdos que reconfiguran mis neuronas como un escultor esculpe el mármol, a golpe de martillo y cincel, de manera que mis recuerdos tengan en mí un efecto transformador, al igual que el escultor consigue sacar a la luz la obra de arte que esconde la piedra sin pulir; recuerdos, al fin y al cabo, que evidencian la componente trascendente de mi ser. Sólo recuerdos, nada más, pero también nada menos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi150) – De robots (3).

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• (Csi150) – De robots (3).

• Año 3543 d.C.

―¿Qué les envidias a los robots?
―Que sólo hablan cuando tienen algo que decir. La vida sería mucho mejor si algunos humanos aprendieran a hacer lo mismo –respondió el experto en psicorobótica.

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• Año 2633 d.C.

―¿Por qué ningún robot dispone actualmente de algún módulo neuronal que les capacite para simular las emociones humanas?
―Básicamente porque los primeros modelos que los incorporaron mostraron una peligrosa inclinación incontrolada por el melodrama que ponía en peligro la propia seguridad humana –respondió el experto en inteligencia artificial.
―¿A pesar de que disponen del protocolo de seguridad de las Tres Leyes? ¿Podría indicarme algún caso?
―Verá, por ejemplo, en una ocasión, una anciana iba a cruzar la calle, cuando un turboaerodeslizador dio un brusco giro, para no atropellar a un niño que corría tras su pelota, pues bien, aunque el robot vio claramente que la anciana corría serio peligro de ser envestida por el automóvil, en lugar de evitar inmediatamente el atropello, como hubiera hecho de no disponer del modulo neuronal emocional, esperó unos angustiosos segundos antes de salvar a su anciana dueña. Cuando, posteriormente, le preguntaron al robot por qué había tardado tanto en salvarla, respondió que lo hizo para dar un poco de emoción a la escena. Desde entonces se decidió no correr riesgos innecesarios, ya se sabe…, quién evita la ocasión, evita el peligro.

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• Año 4285 d.C.

Un robot me comentó un día que no comprendía a los humanos. Yo le respondí que no se preocupara, que los humanos tampoco nos comprendemos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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• (Csi149) – Pequeños diablos.

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• (Csi149) – Pequeños diablos.

Existe una leyenda, no confirmada, que asegura que Gulliver volvió a Liliput con sus hijos. Según se cuenta, los pequeños se quedaron tan impresionados por las historias que les contó su padre que le pidieron insistentemente conocer la diminuta isla de Liliput. Al principio Gulliver se negó, temiendo que el viaje fuera peligroso para sus hijos, pero tras dos semanas de interminables berrinches y lloros, no tuvo más remedio que ceder. Cuando llegaron a la isla, Gulliver comprendió que no debió haberles traído, no porque los niños pudieran correr algún peligro, sino porque, dada la naturaleza destructiva de los pequeños diablos, los que corrían peligro eran los propios liliputienses. En efecto, en cuanto sus hijos vieron la pequeña ciudad, y a sus diminutos habitantes, no cesaron de destruir edificios y pisar casas y árboles. Afortunadamente, Gulliver regresó a Irlanda con sus hijos antes de que el desastre fuera a peor, no sin antes pedir disculpas a los liliputienses, así como ayudar en la reparación de los desperfectos provocados por sus terribles hijos. Los pequeños también ayudaron en la reconstrucción de la ciudad, si bien a regañadientes, aunque este punto tampoco está confirmado.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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