• (Csi73) – Mis invitados.

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• (Csi73) – Mis invitados.

En la plaza del pueblo tenemos un enorme abeto centenario. Todas las navidades los vecinos lo decoramos; le colocamos guirnaldas, le ponemos bolas de colores, le colgamos de las ramas figuritas de mazapán, monedas de chocolate, collares de almendras garrapiñadas e infinidad de dulces con forma de angelitos, reyes magos, pastorcillos…, todo ello adornado con lucecitas de colores y estrellas luminosas. En su base, un hermoso belén de madera tallada, con el Niño Jesús, María, José, un ángel e, incluso, el buey y la mula. Queda precioso. Sin embargo, tras finalizar las fiestas, al ir a recoger los adornos del árbol, los vecinos comprueban, con cierta incredulidad y algo de descontento, que algunos de los adornos comestibles han desaparecido, en concreto los almendrados. Como es lógico, los adultos sospechan de los jóvenes, a la vez que éstos lo niegan y echan la culpa a los adultos. A pesar de todo, no se llega a esclarecer el misterio. Todos los años, se reúne el consejo y deciden que el año próximo se sustituirán los adornos comestibles por otros similares de plástico. Sin embargo, siempre consigo convencerles para que se vuelvan a poner los adornos comestibles. Después de todo ya es una tradición, les digo. Incluso vienen gentes de los pueblos colindantes a ver el árbol iluminado y decorado de forma tan peculiar y vistosa. Además, sugiero, sea quien sea el que lo hace, seguro que el próximo año ya no se atreve a hacerlo. Porque yo sé quiénes son los responsables. Dentro del grueso tronco del gran abeto vive una familia de ardillas. Son ellas las que, todos los años, se comen las figuritas de mazapán y los collares de almendras garrapiñadas. Nadie del pueblo lo sabe. Nadie se dedica nunca a mirar dentro del árbol. No se lo he dicho a nadie y no tengo intención de hacerlo. ¿Qué quién soy yo? Pues soy el pastelero. Yo hago, todos los años, las figuritas comestibles con las que se adorna el gran abeto. Y me gusta que las ardillas se alimenten con los adornos que hago. Al fin y al cabo, ellas también tienen derecho a celebrar la Navidad. Son, digamos, mis invitados.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 73 - Mis invitados

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• (Csi72) – El astrónomo.

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• (Csi72) – El astrónomo.

El anciano astrónomo recordó;
miró por la ventana de su observatorio y recordó.
Entonces era joven.
El Concilio se reunió para decidir qué hacer:
La señal había aparecido;
la Profecía era real;
no había otra posibilidad.
El astrónomo recordó. Volvió a ver, como si fuera hoy, su laboratorio lleno de instrumentos de medida, cartas astronómicas, telescopios, sextantes, libros, cuadrantes, mapas,…
Recordó las horas, días, de incesante trabajo calculando la localización del lugar.
Finalmente el Concilio decidió.
Enviaron una representación al lugar predicho tiempo atrás.
Ahora, el anciano astrónomo podía morir en paz.
Porque había visto al Niño.
Porque había visto a DIOS.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 72 - El astronomo

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• (Csi71) – Vocablo.

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• (Csi71) – Vocablo.

Hace tres semanas, unos amigos me invitaron a pasar con ellos unos días en su casa de la playa. De camino hacia allí, sin yo pretenderlo, tomé una ruta secundaria y me metí entre las montañas. El caso es que me perdí. Afortunadamente llegué a un pequeño pueblo donde decidí parar para orientarme y poder volver a la carretera correcta. Era un pueblo francamente bonito; algo singular, pero bonito: como esas aldeas y pueblos típicos de un cuento de hadas, donde no te sorprendería observar dragones volando, o donde las hadas y elfos habitaban antaño. Era uno de esos pueblos que están incrustados dentro del bosque. Curiosamente, no aparecía en el mapa que yo llevaba. Supuse que, el hecho de estar escondido entre la frondosa vegetación favorecía que no apareciese en las guías de carretera. Debo señalar, no obstante, que me extrañó, aunque no le di mayor importancia. Como no tenía prisa, aproveché la ocasión para descansar y comencé a pasear por el pueblo, admirando su peculiar arquitectura rural. Un caudaloso rio lo atravesaba con un magnífico puente de piedra que lo cruzaba. No pude identificar de qué estilo era el puente, pero debía ser muy antiguo. Realmente parecía de otros tiempos. Las casas eran de un estilo algo arcaico, aunque con detalles muy elegantes; con adornos de piedra y madera tallada. Si no fuera una tontería, pensaría que allí vivieron, en algún momento, elfos… No me hagáis mucho caso, a veces se me dispara la imaginación. Durante mi paseo me crucé con algunos vecinos del pueblo. Todos me saludaron muy cortésmente. Sus trajes eran muy vistosos y coloridos. Como si vistieran ropajes de otras épocas. Al acercarse la hora de comer, me metí en un hostal o, como lo llamaban los del pueblo, una venta. Porque os he de decir que lo más curioso del pueblo no era su arquitectura, ni los trajes de sus vecinos, ni el hecho de que el pueblo pareciese surgir de otros tiempos o, incluso, de algún libro de alta fantasía. No. Lo que más me llamó la atención fue el vocabulario, incluso la sintaxis, que utilizaban sus habitantes al hablar. Al principio supuse que se trataba de algún dialecto local. Hasta se lo pregunté a la camarera.
– ¡Oh, no, caballero! Nosotros hablamos español. Faltaría más –me respondió sonriendo.
Al terminar de comer me levanté, me fui a la barra y pedí un café con leche. La venta estaba llena de gente. Sin poder contener mi curiosidad, me puse a escuchar sus conversaciones. No por fisgonear, sino por intentar estudiar su peculiar forma de hablar. No os lo he dicho, pero soy filólogo, así que entenderéis mi interés. Efectivamente hablaban español, pero usaban vocablos que ya casi no se usaban. Palabras de otras épocas que me producían la sensación de no estar en el presente, sino en un pasado ya perdido.
Un elegante caballero decía:
– Gané el primer premio de agón, el ágora llena; ataviado con ajorca de agraz como corona; la capa albar. ¡Albricias! El albur me fue propicio.
Una señora de cierta edad le decía a una amiga:
– El abate me aconsejó no abjurar ni abigarrar mis creencias, no fuera que me aberrase y me convirtiese en una ácrata acefalada.
Sentado a una mesa, un señor con un gran bigote, decía:
– El parlanchín peca de anacoluto, su verborrea irradia incertidumbre, mas sus andróminas producen aneurismas y sus anfibologías abaten.
En otra mesa un joven le decía a una chica muy guapa:
– ¡Claro que lo recuerdo, cariño! Junto a un abrótano nos abocamos y, tras la ablución ritual, vimos el cielo aborregarse.
Un labriego predecía el tiempo:
– Este año el solano resultará rozagante.
Mientras, oí decir:
– Ayer estuve leyendo el vademécum en compañía de mi unigénito, y el zonzo de mi vecino no se le ocurre otra cosa que acusarme de trapacero.
En una mesa, un hombre conversaba animado con otros vecinos. Decía:
– Cual adalid con adarga cumplí el juramento ad litteram, sin aditamento. Mi adlátere, y escudero fiel, leyó la admonición: ¡Caballero soy!
Una señora muy amable se acercó a mí y me preguntó:
– ¿Gustáis que os cante un proemio, caballero, o preferís que os recite mi último opúsculo?
Yo me disculpé como pude. En ese instante, en otra mesa lateral, dos hombres decían:
– ¿El apeo produce apepsia?
– Solo si el ápice, aún apócrifo, de su apología es apoquinado por un apóstata sin arcana apoteosis apostrofada.
En la barra del bar otros vecinos conversaban entre ellos:
– Me calcé mis abarcas; ordené mis abarrotes. Salí de casa; compré garbanzos en la abacería; abaleé la paja del granero.
– ¿Un buen día?
– Realmente.
Hubiese permanecido en ese pueblo toda mi vida. Era como haber viajado en el tiempo. Sin embargo, sintiéndolo mucho, decidí marcharme. Me estaban esperando en la playa. Pedí a uno de los vecinos si era tan amable de indicarme por donde debía ir para encontrar la carretera principal. El amable hombre me dijo:
– No se preocupe, caballero; enseguida organizamos un retén para guiarle por la senda adecuada.
Justo antes de marchar, le pregunté:
– ¿Sería tan amable de indicarme cómo se llama su encantador pueblo? –Incluso a mí se me estaba pegando su forma de hablar.
– Vocablo, caballero. A su servicio –me respondió con una leve inclinación de cabeza.
– Os quedo reconocido. Quizás regrese algún día, si logro volver a perderme –le respondí, mientras pensaba que era lógico que así se llamara.
– Le estaremos esperando –me respondió.
Quince minutos después me encontraba de nuevo en ruta hacia la casa de mis amigos. Supongo que os preguntaréis dónde está ese peculiar pueblo. Me permitiréis que guarde el secreto. Vocablo es un caso único, donde aún se mantiene intacta la magia de aquellos días de antaño, cuando la leyenda era realidad. Un pueblo que no merece ser invadido por los turistas que, aun con buenas intenciones, acabarían por destruir su esencia y, sobre todo, su singular lenguaje y costumbres.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 71 - Vocablo

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• (Csi70) – El jardinero.

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• (Csi70) – El jardinero.

Hoy hace exactamente un año que me convertí en superhéroe. Pero no uno con superpoderes como Superman o Spiderman. No. No tengo supervelocidad, ni tengo vista de rayos láser, ni soy superfuerte, ni puedo andar por las pareces. Tampoco tengo supertecnología como Batman o Ironman. Lo mío es más bien, digamos… ecológico. Sucedió a las 10 y 25 de la mañana. Me acuerdo perfectamente porque casi me muero. Veréis, estaba jugando al futbol con unos amigos cuando nos sorprendió una tormenta; los rayos y truenos se nos vinieron encima. Ante la potencia del agua, nos refugiamos donde pudimos. Yo lo hice bajo un frondoso árbol. Sí, ya sé que no debí hacerlo, pero en ese momento no creí que fuera peligroso. El caso es que pasó lo lógico: un rayo me cazó. Yo me encontraba con las dos manos apoyadas en el tronco, recuperando el resuello, y entonces un rayo lo alcanzó de lleno: entró por la copa y bajó por el tronco; entró por mis manos y salió por mis pies. Caí fulminado. No sé cómo no morí al instante. Mis amigos me llevaron rápido al hospital más cercano y allí estuve unos 3 meses, entre la vida y la muerte. Cuando me dieron el alta, regresé a casa. Aún tenía quemaduras por todo el cuerpo; sobre todo en las palmas de las manos, pero se curaron con rapidez. Quizás con demasiada rapidez, como me dijo un día el médico. A la semana de salir del hospital me pude quitar las vendas y a las dos semanas las heridas cicatrizaron por completo. Como si mi cuerpo tuviera el poder de regenerarse a lo bestia. Sólo sentía un extraño hormigueo en las manos.
En la terraza de casa tengo unos tiestos con algunas plantas algo mustias. He de reconocer que nunca he sido un buen jardinero pues por más que las regaba y cuidaba éstas no mejoraban. Por eso me sorprendió tanto lo que sucedió esa mañana. Me puse a regar y cuidar las plantas como hago siempre y, al tocarlas, sentí cómo una chispa salía de mis manos y las alcanzaba. La chispa recorrió todos los tallos y hojas y se enterró en la tierra. Al principio pensé que era electricidad estática, aunque me extrañó que pudiera ocurrir por tocar unas plantas. Sin embargo, al instante sucedió algo asombroso: las plantas mustias de mis tiestos comenzaron a revivir. Crecieron y se tornaron verdes y exuberantes como nunca habían estado. Os aseguro que no daba crédito a mis ojos. Desde entonces mi cuerpo se ha convertido en una inagotable fuente de energía regenerativa para las plantas. He aprendido a controlar mi superpoder y ahora puedo hacer crecer plantas, árboles y cualquier tipo de vegetación siempre que me lo propongo. Basta con que toque con mis manos el terreno donde quiero que crezcan, y las diminutas, casi invisibles semillas que existan sobre ese terreno, crecen. Incluso soy capaz de retardar ese crecimiento el tiempo que considere necesario: No quiero que nadie me vea haciendo crecer flores y árboles junto a su casa, por ejemplo. Además, no quiero que la gente sepa quién soy, por lo que siempre que uso mi superpoder hago que las plantas tarden un rato en crecer: lo justo para poder irme del lugar y no ser descubierto. No tengo diseñado ningún traje de superhéroe; por el momento, prefiero no tenerlo: ya que no tengo supervelocidad, sería un engorro ponérmelo y quitármelo sin que nadie me viera. A lo sumo, me pongo un gorro y unas gafas negras.
Así que ya sabéis; si, algún día, os sorprende comprobar que han crecido plantas en un antiguo solar, o en vuestro parque más cercano los árboles parecen ser más numerosos que antes, o si, incluso, es noticia que la selva amazónica está recuperando, de forma inexplicable, el terreno que había perdido por la tala irracional de estos últimos años, sabed que el responsable es el nuevo jardinero.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 70 - El jardinero

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• (Csi69) – Volverán.

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• (Csi69) – Volverán.

Según la prensa, el Humber, un barco a vapor de 2.500 toneladas de la Royal Mail Steam Packet Company, zarpó de Southampton, con destino Brasil, el 1 de diciembre de 1884 y llegó a Nueva York sin percances. Después zarpó de Nueva York el 15 de febrero 1885 y desapareció. No se volvió a saber nada más de él y su tripulación: desaparecieron 66 vidas. Pero os aseguro que las 66 personas no desaparecieron ¡no!, fueron abducidas por una extraña nave espacial la noche del 25 de febrero, cerca del triángulo de las Bermudas –dijo un borracho, sentado en un rincón del bar.
– ¡Ya, y ahora nos dirás que tú fuiste uno de esos 66! –le increpó uno de los clientes del bar.
– ¡Exacto! –le respondió enfurecido– ¡Yo fui uno de ellos! Tenía 35 años, ¡y los vi! ¡Los extraterrestres nos abdujeron! Nos llevaron a su planeta y nos analizaron. Nos analizaron… Hace 5 años me liberaron. No sé por qué. Desde entonces cuento a todo el mundo que ellos volverán. ¡Volverán! ¡Os lo aseguro!
– ¡Sí, hombre! Además, si fuera cierto, tú tendrías…
– 165 años –dijo singularmente sereno.
Nadie le hizo caso. El borracho salió del bar con cierto caminar funambulero, y en un rincón volvió a contemplar la cicatriz que los extraterrestres le hicieron en el brazo. Aun le dolía.
– Volverán –se dijo–. Volverán.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 69 - Volverán

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• (Csi68) – Búho.

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• (Csi68) – Búho.

Érase una vez, en un hermoso bosque de secuoyas de un lejano país, un búho que vivía en el interior de uno de esos gigantes, donde, desde lo alto, observaba desafiante la vida. No era un búho normal, ni de lejos, creedme. Era un búho que se sabía heredero de dragones y, cual transbordador espacial, volaba majestuoso; escrutando. Un búho blanco, como fantasma que sobrevolaba el espacio; cual ánima desbordante de pavoroso poderío ancestral. Un búho, hechicero de viento y aire, talismán de sabios augurios y esclarecedor de enigmas insondables. Un ángel de alas blancas, flecha en el cielo, que surcaba el infinito atroz en busca de paz. Un búho que debió haber pertenecido a algún poderoso mago de tiempos remotos. Una mañana que salí a cazar muy temprano, me lo encontré en el suelo, herido en un ala. Desconozco si fue debido a algún cazador o fue un simple accidente. Me lo llevé a casa y le curé. Era un ejemplar espectacular, de gran tamaño, y casi diría que era consciente de su grandeza física, e incluso moral, si entendéis lo que quiero decir. Una semana después, el búho ya podía volar. Sin embargo, el día que le dejé libre no se separó de casa. Simplemente se posó en una rama, en uno de los árboles cercanos, y me observaba. Así estuvo casi otra semana. Yo no sabía qué hacer, así que no hice nada. Deje al búho y seguí con mis tareas. Una noche, el búho se posó en la ventana del salón y, con un extraño ulular, me llamó. No sé cómo llegué a esa conclusión, pero os aseguro que fui consciente de que me estaba llamando. Era como si tuviese algún tipo de poder telepático. Sí, ya sé que resulta ridículo creerlo, pero no tenía otra explicación. Es más, supe que quería que le siguiera. Le seguí y, tras una larga jornada, a la luz de la luna, llegamos a una humilde cabaña al pie de la montaña. Me considero un buen cazador, y he recorrido todo este bosque varias veces, pero os confieso que nunca había visto esa cabaña. El búho me indicó que entrara en la casa y así lo hice. Dentro estaba todo desordenado, como si una batalla cruel y cósmica hubiera tenido lugar allí mismo. Curiosamente, la cabaña continuaba bajo la montaña. Al fondo encontré varias estancias, – la casa parecía no tener fin -, y en una de ellas, unas extrañas estanterías repletas de libros viejos, o más bien arcaicos. El resto no es conveniente que os lo cuente, si no queréis que vuestra vida peligre. Solo os diré que la cabaña había pertenecido al dueño del búho; ya os dije que debió ser un gran mago. En ocasiones incluso he llegado a pensar si el búho no será el propio mago convertido en ave por algún hechizo. Pero solo es una fantasiosa ocurrencia, ya que no puedo probarlo. Al menos por ahora. El caso es que gracias a esos libros y, sobre todo, a mi magnífico búho, me he convertido en mago, y uno no demasiado malo, creo yo, aunque no quisiera pecar de engreído; aunque siempre me he preguntado por qué el búho me eligió a mí. Supongo que algún día lo sabré. Desde entonces mi vida se ha convertido en una continua aventura; unas veces para bien, otras para mal, pero os aseguro que no me he aburrido nunca. Ya os contaré, ya.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 68 - Buho

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