727. Mi amigo Clodomiro

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727. Mi amigo Clodomiro

Hace un par de meses me mudé, por motivos laborales, a un país del norte. En cuanto me instalé en mi nueva casa mis vecinos vinieron a darme la bienvenida; eran gente muy amable. Cada uno trajo un presente: recuerdo que una vecina me trajo un pastel típico del país –no recuerdo ahora su nombre, que, por otra parte, sería incapaz de pronunciar–; un matrimonio, ya mayor, me regalaron un precioso edredón: «como habrá podido imaginar, aquí hace mucho frío», me dijeron ocurrentes; afortunadamente chapurreaban español y yo sé inglés, así que nos entendíamos. Lo pasé muy bien y nos reímos mucho. Yo les agradecí sus regalos y me disculpé por no poder presentarles a mi querida mascota. «Le he llevado al dentista y he tenido que dejarle en la clínica; por la anestesia, ya saben. Se llama Clodomiro, pero en cuanto le traiga me pasaré por sus casas para que les salude. Ya verán cómo les encanta», les expliqué y ellos asintieron complacidos. Todo iba genial. Incluso unos días después un vecino me invitó a visitar su empresa, «es el día del simulacro; ya verá lo bien que lo pasamos», me aseguró.
―Verá –me explicó–, este país es muy frío, no hace falta que se lo diga, y es conveniente que estemos preparados y sepamos en todo momento cómo actuar si fallara la calefacción. Por eso, cada dos años, mi empresa reúne a todos sus trabajadores y simula un fallo en el sistema; además aprovechamos para asistir a un cursillo para saber qué hay que hacer para evitar morirse de frío; todo ello mientras se apaga el sistema de calefacción y el edificio, y nosotros dentro, nos morimos de frío; es un decir, ya me comprende –me dijo soltando una sonora carcajada.
Lo cierto es que no me hizo mucha gracia la invitación pero, para no quedar mal, acepté. El lado bueno era que el día en cuestión coincidía con el día en que recogía a Clodomiro del dentista; así aprovecharía para que mi vecino pudiera saludarle.
Así que allí fui. Me fijé en que yo no era el único invitado; al parecer era costumbre que amigos y familiares acudieran también al evento termodinámico, como yo lo llamaba. Nos acomodamos en el salón de conferencias y aguardamos a que la temperatura bajara.
―Durante la espera solemos contar chistes o algo curioso, para entretenernos antes del cursillo –me dijo mi vecino mientras se comía un helado de chocolate que había comprado en el bar de la empresa. Se notaba que estaba acostumbrado al frío. Yo, sin embargo, empezaba a no sentir las manos.
Y era cierto. Durante los siguientes minutos asistí a un recital de chistes y ocurrencias a cuál más ingeniosos por parte de los asistentes. Afortunadamente, mi vecino me traducía lo que decían. Debo reconocer que el tiempo se pasó volando y el cursillo sobre el frío resultó más ameno de lo que preveía. Puede parecer asombroso, pero alcanzamos 32 grados Celsius bajo cero.
Durante todo ese tiempo Clodomiro había permanecido en el coche, calentito con la calefacción puesta, y se me ocurrió, supongo que contagiado por el ambiente de camaradería que se respiraba entre los allí presentes, que sería buena idea, como muestra de agradecimiento, mostrarles a mi mascota, en lugar de esperar a salir para que le viera sólo mi vecino. «Seguro que les gustará conocerle», me dije optimista.
Clodomiro es un animal muy inteligente. Yo le tenía enseñado cómo responder a ciertas llamadas y a hacer ciertas tareas y, entre ellas, cómo usar la llave y abrir la puerta del coche, aunque estuviese cerrada con llave. Sí, tan inteligente es. Así que le llamé al teléfono del coche.
―Clodomiro, Clodomiro, ¿me oyes? –dije.
Clodomiro me respondió alegre con un par de leves gruñidos de reconocimiento. Sí, también sabe contestar al teléfono.
―Clodomiro, ven a buscarme –añadí.
Y sí, también es capaz de encontrarme aunque esté escondido. Y mientras esperaba que llegara, me puse de pie y le pedí a mi vecino que me tradujera lo que iba a decir. Él aceptó.
―Queridos amigos –comencé diciendo–, estoy muy agradecido de haber podido asistir a este entretenido evento termodinámico –hubo algunas risas–. Sois todos estupendos –algunos aplausos y más risas–. Por eso quiero corresponder a vuestra amable invitación –dije mirando a mi vecino, que sonreía complacido– haciendo venir a mi querida mascota Clodomiro para que os muestre algunas de sus habilidades –hubo un silencio de expectación; supongo que nadie se lo esperaba, era lógico–; por eso le acabo de llamar y en breves momentos le veréis entrar por la…
En eso se oyeron unos pasos de alguien corriendo descalzo por el pasillo. La gente miró sorprendida, pues el sonido aumentaba de intensidad de manera alarmante. Los que estaban junto a la puerta intentaron, instintivamente, apartarse, pero no llegaron a conseguirlo a tiempo. En eso, un enorme gorila macho de lomo plateado –200 kilos de puro músculo y 1,90 de altura, con unos brazos como troncos y una mirada intensa– entró en el salón emitiendo gruñidos evidentemente de alegría por haberme encontrado; sin embargo, la gente al verlo tan grande, con esos colmillos afilados –precisamente acababan de limpiarlos en el dentista– supuso lo peor y huyeron despavoridos.
Yo intenté calmarlos asegurando que Clodomiro tenía todos los papeles en regla, que estaba vacunado contra todas las enfermedades y, sobre todo, que no era peligroso, pero no me fue posible, pues nadie me hacía caso; y una avalancha de gente desenfrenada y frenética se abalanzó por donde pudo, rompiendo los cristales de las ventanas y saltando al vacio –afortunadamente estábamos en un segundo piso, por lo que no hubo que lamentar muertos, aunque si algunas roturas de huesos y dislocaciones–. He de reconocer que las vías de escape estaban bien señalizadas y la mayoría evacuaron la sala por ellas en pocos segundos. Sólo quedamos Clodomiro y yo, de pie, en medio de la sala vacía.
―Tranquilo, Clodomiro, tranquilo –le dije a mi amigo–, no ha sido culpa tuya, tranquilo.
Clodomiro miraba sorprendido, sin comprender por qué todos huían. Tres días después, fui «invitado» a abandonar el país.
Hace algunos años viajé al Congo para trabajar en una reserva de protección de animales y allí conocí a Clodomiro. Por aquel entonces era una preciosa cría; sus padres habían sido asesinados por cazadores furtivos. Mi intención era devolverle a la selva en cuanto pudiera, pero la guerra me lo impidió, así que acabé llevándomelo a casa. Desde entonces hemos vivido juntos. Es un animal muy inteligente, ya lo dije antes, y aprende todo con mucha rapidez, por ello supuse que su presencia no causaría ningún revuelo en el salón de conferencias; además, estando yo con él, pensé que no habría problemas. Sin embargo la gente se asustó, y mucho, aunque no alcanzo a saber muy bien el porqué, pues Clodomiro es muy bueno y cariñoso, incluso le he enseñado a dar besos y a estrechar la mano cuando le presento a alguien. Lamentablemente, en esa ocasión la cosa no salió como pretendía. «Debió ser cosa del clima», me digo; y es que ese país del norte es tan frío…

• [Nota: #Cuento «MI AMIGO CLODOMIRO», publicado en la revista digital «El Narratorio» @narratorioblog, nº57, noviembre 2020, (págs. 105-109): http://elnarratorio.blogspot.com/p/antologia-literaria-digital-nro-57.html]

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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726. En lo profundo del mar

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726. En lo profundo del mar

Aquella mañana la niebla era espesa como un puré de patatas de esos que hacía mi abuela: densos y bien condimentados; «cómetelo todo, cariño, que esto resucita a un muerto», recuerdo que me decía sonriente. Sin embargo decidí salir de casa –tenía que hacerlo, tenía una cita ineludible– y caminé como pude hacia el puerto. Iba despacio, como si participara en el juego de la gallina ciega y yo fuera la gallina. Extendía los brazos por miedo a tropezar con algo y apenas vislumbraba mis manos. ¿Habéis visto la película del monstruo de Frankenstein, la antigua, la de 1931?, ¿recordáis cómo andaba con los brazos estirados?, pues así iba yo por la calle: los ojos bien atentos, los brazos muy estirados y las manos abiertas; y de vez en cuando decía: «¡hola, hola!, ¡cuidado, cuidado!», por si alguien venía de frente. Debía parecer ridículo, menos mal que no me veía nadie. Bueno, lo cierto es que yo tampoco veía a nadie, pues nadie salía de casa con esa niebla, sólo yo. Afortunadamente me sabía el camino de memoria, lo había recorrido infinidad de veces. La escuela a la que fui de pequeño estaba muy cerca del puerto; desde allí veía llegar los barcos de pesca al amanecer y, a lo lejos, el faro iluminaba las noches. Yo siempre me preguntaba por qué teníamos un faro en aquella costa de mar abierto, sin arrecifes ni ningún otro peligro que pudiera ocasionar un naufragio. «Es por seguridad, hijo; para que nos proteja de los monstruos», me decía siempre mi madre. Al parecer una noche, hace mucho tiempo, un barco mercante apareció en la playa, totalmente destrozado y sin supervivientes. Fue entonces cuando se decidió construir el faro. Eran otros tiempos, claro, cuando la abuela de mi abuela era aún joven. Sin embargo, hoy en día aún lo encienden todas las noches y su luz ilumina el mar. Ahora ya sé cuál es el motivo, claro, mi padre me lo dijo un día. De todas maneras, no es por los monstruos que voy al puerto, que va, voy a verles a «ellos».
Les vi una mañana, o quizá fueron ellos los que me vieron primero a mí, no sabría precisar. Fue una noche de verano. Yo estaba jugando entre las rocas del puerto, intentando pescar pequeños pulpos. Entonces vi a alguien asomando su cabeza del agua primero y ocultándose entre las rocas después. Era muy ágil y se movía rápido, pero me di cuenta que tenía algo especial; de todas formas no pude verle bien, la noche me lo ocultaba. Yo me quedé inmóvil, intentando que no me viera, pero me vio. Durante un instante me miró y sus ojos brillaban. Entonces le vi claramente. No sabría decir cómo, pero supe que sus intenciones eran buenas. Fue como si entrara en su mente, o él en la mía; fue como si nos pudiéramos comprender telepáticamente o algo así. Desde que era pequeño siempre he sabido que tenía como un sexto sentido, no me preguntéis, pero sabía cuándo alguien era de fiar y cuándo no. Una mañana se lo conté a mi madre y ella se rió, pero no pareció sorprendida. «Mi pequeño telépata», me solía llamar. Al parecer en eso había salido a la familia de mi padre. Bueno, el caso es que le vi y no era humano. Era… era como un pez, pero con forma humana, alto y fuerte; incluso tenía dos piernas, pero su piel… de un color azul marino intenso… era de escamas, y sus manos… grandes y palmeadas… Y esos ojos grandes… No, no era humano. Desde entonces los he vuelto a ver varias veces. Viven en el mar, en lo profundo del mar, aunque son anfibios o algo así. Aprovechan los días de niebla densa para observarnos, para protegernos. Sí, para protegernos. Porque en el mar también habitan monstruos sanguinarios. Enormes monstruos como aquel que destruyó el barco mercante hace años. Ese día, las personas pez –o icthyonitas como yo los llamo–, no pudieron impedir que un monstruo atacara el barco. Por eso he dicho que nos protegen. Sin ello quizá ya no existiríamos, pues son ellos los que evitan que los monstruos marinos nos ataquen. Porque, aunque los humanos sabemos de la existencia de los enormes monstruos sanguinarios, la gente desconoce la existencia de los icthyonitas, y es mejor que sea así. Por eso nunca se nos han dado a conocer, pues nos conocen y saben que nosotros sólo les veríamos como otras monstruosas criaturas marinas y les intentaríamos cazar hasta la extinción. Por eso permanecen ocultos en el mar. No sé muy bien por qué nos protegen, supongo que, en el fondo, son mejores personas que nosotros; en todo caso me he hecho buen amigo de ellos y ellos han visto que pueden confiar en mí. Es lo que tiene ser telépata, que, si conectas con alguien, le llegas a conocer de verdad, y en mi caso ellos saben que pueden confiar en mi discreción.
Por eso iba aquella mañana de niebla densa al puerto. Siempre que hay niebla densa voy al puerto, es entonces cuando les puedo ver, es entonces cuando puedo hablar con ellos. ¡Hay tantas cosas que me gustaría saber de ellos! Sí, soy muy afortunado de haberles conocido, lo sé; no todo el mundo tiene la suerte de tener como amigos a seres como ellos, sobre todo sabiendo que en este mundo en el que vivimos también habitan monstruos crueles y despiadados, y esta vez no me estoy refiriendo a los humanos, que conste.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 970 – 974

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Haiku 970 – 974

-970-

El mono mira
amenazante el gato
caza polillas.

-971-

El gato bufa;
de un sobresalto escapa
el saltamontes.

-972-

Mira flemático
el perro, mientras salta
un saltamontes.

-973-

No quiere el ciervo
caminar sobre nieve
que pisó el lobo.

-974-

Con este frío
no le digas al gato
que cace moscas.

Luis J. Goróstegui
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Csi 723 – 725: ‘Cena en la costa’ y otros cuentos sin importancia

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723. Más cerca de las estrellas

Me ciega la luz del cielo, mas mi mirada no puedo apartar del deseo sin fondo de conquistar un nuevo amanecer, allá, más cerca de las estrellas que de mi propio mundo incierto. Quizá sea por eso que busco sin desfallecer un nuevo hogar, porque el que ahora tenemos, ya marchito, se acaba; y allá, donde me lleve el viaje, puede que encuentre un lugar mejor, un rincón que nos permita ser mejores de lo que nunca fuimos, incluso de lo que nunca seremos. Eso espero, por mi bien y el futuro de la humanidad que aguarda, con anhelos de inocencia rejuvenecida, mi regreso, con el trofeo de la tarea encomendada de encontrar un nuevo planeta donde podamos volver a crear una sociedad más limpia, más generosa, más humana.

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724. Cena en la costa

En un pequeño restaurante costero cenan algunas familias. En una de las mesas celebran el cumpleaños de la hija mayor. El hijo pequeño, sin embargo, ha cogido una rabieta y no para de llorar.
―¡Pues yo sí creo que existen las sirenas y los seres mágicos del mar! –grita el niño mientras se sorbe los mocos y se frota los ojos inundados de lágrimas.
―No, hijo, no, esos seres no existen –le intenta explicar su madre.
De segundo han pedido una fuente de cangrejos; es la especialidad de la casa. El camarero, mientras los pesca de la pecera que está en el escaparate del restaurante, les asegura que han sido capturados esa misma mañana.
―¡Que sí!, que parecen peces, o pulpos, o gambas, pero no lo son, ¡que he leído libros…! que viven en el fondo del mar, junto a las sirenas –repite obstinado el niño.
―Pero esos son cuentos de hadas, no son de verdad –le responde su padre.
El alboroto que arma el niño con su berrinche comienza a ser la atracción del restaurante; y quizá sea por eso que, mientras el camarero se lleva los cangrejos para cocerlos, nadie se fija en los aspaviento de uno de aquellos crustáceos –uno de los diminuto seres mágicos que habita el fondo marino y que había sido capturado esa misma mañana– que, suplicante, implora muda misericordia.

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725. Un despertar

Un bostezo, un desentumecimiento, un rayo de sol que incide y deslumbra sus aún entornados ojos; la nieve ya no parece tan fría, la templada primavera le saluda al amanecer; el oso se espabila y asoma el hocico fuera de su cueva; el invierno ha terminado, el rey del bosque vuelve a su trono.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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722. Un pintor genial

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722. Un pintor genial

En la prensa se anunciaba el regreso del genio. Tiempo atrás había sido un impresionante pintor, pero en los últimos años no se había vuelto a saber nada de él. Corrían rumores, naturalmente: se decía que se había hecho ermitaño, incluso que había muerto. La verdad es que había perdido la inspiración y por eso había decidido desaparecer, para así mantener al menos el status de artista genial en la mente de la gente. Hace unos días, sin embargo, una conocida galería de arte ha anunciado su regreso. Treinta excepcionales pinturas serán expuestas. La expectación es máxima. Hoy es el día de la inauguración y han sido invitadas las más renombradas personalidades de la vida social, así como los más afamados artistas y críticos de arte. Las puertas se abren y los invitados entran. Las pinturas son un clamoroso éxito desde la primera a la última. El pintor, en un apartado rincón, escucha, entre complacido y asombrado, los halagos que le dedican: «Es una obra tremenda», dicen unos; «tiene una fuerza salvaje, incomparable», afirman otros; «ha roto con su estilo tradicional, y eso dice mucho en su favor, por supuesto», añade alguien; «transmite algo muy primitivo, algo muy profundo, se nota la mano de un genio», incluso llega a exclamar algún crítico de arte. Sólo el propio pintor, sin embargo, conoce la verdad.
Durante estos últimos años, apartado del glamour de la fama, el pintor ha seguido pintando en privado, intentando volver a encontrar la chispa perdida. Todas sus últimas obras, sin embargo, carecen de fuerza. El pintor se desespera, se siente solo, echa de menos la popularidad y los halagos de la crítica; incluso se ha comprado una mascota para que le haga compañía.
Sin embargo, hace un par de meses, una mañana soleada de primavera, con todo preparado para pintar un nuevo lienzo, alguien le ha llamado al teléfono y ha tenido que ausentarse unos minutos de su taller. Y cuando regresa, sobre la tela del cuadro, antes inmaculada, aparecen ahora trazos recios, de nervio vivo, como pinceladas guiadas por la mano de un genio que ha logrado plasmar el estallido de una bomba de infinitos colores; o como si un demente hubiera logrado estampar sus inquietantes alucinaciones oníricas o incluso los indefinibles pensamientos de algún demonio; o se hubiera logrado el milagro de reproducir aquellas inalcanzables nebulosas del espacio profundo que nunca serán observadas pues sólo existen en la imaginación de Dios. Y el pintor, aún en estado de shock, observa en el suelo unas huellas que salen del taller y se pierden en la casa. Y allí se dirige…
Por eso ahora, desde aquel apartado rincón de la galería, el pintor se limita a asentir, a sonreír y a agradecer amablemente los halagos y alabanzas que recibe de los invitados. «¡Qué agradable sensación es volver a escuchar el aplauso de la gente!» –piensa, mientras estrecha manos y besa mejillas–, «¡qué sumamente satisfactorio es volver a saberse el centro de todas las miradas!». Por eso no tiene intención de decirle a nadie la verdad sobre el origen de sus nuevas obras. «Porque por fin he hallado la inspiración perdida, sí, eso es» –se convence a sí mismo–, «la he encontrado, y no tengo intención de desperdiciar lo que sucedió aquel día en el que descubrí las sorprendentes dotes pictóricas de mi mascota, mi hermoso gato persa, y le pillé, todo embadurnado de pintura de vivos colores, paseando orgulloso por el salón.»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 965 – 969

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Haiku 965 – 969

-965-

El pulpo caza;
el cangrejo usa pinzas
para comer.

-966-

Nieve en verano;
en la cima del monte
aúlla el lobo.

-967-

La mariposa
revolotea inquieta;
el mono juega.

-968-

Lucha sin tregua
entre abejas y avispas;
nadie se acerca.

-969-

Zumba la abeja
al recoger el polen
un saltamontes.

Luis J. Goróstegui
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Csi 718 – 721: ‘El cuento 60’ y otros cuentos sin importancia

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718. El cuento 60

El año pasado me embarqué en un mercante. Quería recorrer todos los mares, vivir aventuras y ver cosas increíbles. A la vuelta escribí un libro con 100 cuentos basados en mis vivencias durante el viaje. «¿Los leíste?, ¿qué te parecieron?», le pregunté a un amigo.
―Sí, los leí y me gustaron, mucho, pero el libro sólo tenía 99 cuentos; del 59 pasaba al 61, le faltaba el 60 –me contestó.
―Al final decidí no publicarlo, pero quise dejar el salto en la numeración. Era un cuento sobre una sirena –le dije.
―¿Y qué hiciste con él?
―Se lo regalé a ella.

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719. Mi nuevo juguete

Siempre me ha gustado hacer maquetas y el año pasado vi en un anuncio una oferta de un transatlántico realmente espectacular. Confieso que no pude resistir la tentación y me lo compré. Sin embargo, al desembalar las piezas pensé que me había pasado: «Es demasiado grande», me dije. Aún así empecé a hacerlo. Sin embargo ahora que estoy terminándolo estoy contento de haberlo comprado. En cuanto lo tenga hecho pienso dar en él la vuelta al mundo; ¡será genial!

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720. Borges, Dostoievski y el Infierno de Dante

Me han pedido que participe en este concurso literario en el que hay que escribir un cuento de no más de 300 palabras y en el que obligatoriamente tengo que utilizar éstas tres: niños, pelota y diablo.
Tengo por costumbre salir a pasear temprano por el parque con un cuaderno, por si se me ocurre alguna idea para un relato, y así lo acabo de hacer esta mañana. Me he sentado en un banco –a estas horas ya hay gente jugando o haciendo deporte– pero no se me ocurre nada; mi mente se ha puesto a divagar. Sin yo pretenderlo me ha venido a la memoria algo que me contaron:
Al parecer, un día invitaron a Borges a dar una conferencia sobre Dostoievski, y como no tenía nada mejor que hacer, aceptó. El público abarrotaba la sala y esperaba expectante lo que el gran escritor argentino tenía que decir sobre el gran escritor ruso. Se hizo el silencio.
―Perdonen ustedes –comenzó diciendo Borges–, pero como Dostoievski no me gusta, les voy a hablar sobre Dante, y en concreto sobre su «Infierno».
Y cuentan que, ante el desconcierto del público, hizo la mejor disertación que nadie escuchó jamás sobre la obra del gran escritor italiano; era como si vieran el propio Infierno de Dante ante ellos.
Supongo que me diréis que me he ido demasiado por las ramas divagando y es posible que tengáis razón, pero, en todo caso, cuando he vuelto en mí, he caído en la cuenta de que ya tengo escrito mi relato para el concurso y que ya he utilizado las tres palabras solicitadas –aunque, debo admitir, de forma algo tácita–, pues, como todo el mundo sabe, en el parque siempre hay niños jugando a la pelota y en el infierno habita el Diablo.

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721. Encuentro en el bosque

Estas Navidades he estado en el norte, en la casa de campo que tienen unos parientes. Viven en un bosque frondoso y el río se escucha fuerte, caudaloso. Una mañana me fui a pasear por los alrededores. Iba comiendo una manzana y decidí salirme del sendero y adentrarme entre los árboles. Era temprano y aún había algo de niebla. En eso, al girar una ladera, me lo encontré. Me detuve asustado. Era alto, robusto, fuerte; me lo imaginé de otro mundo. Nunca había visto nada igual. Él aparentaba indiferencia. Tenía el pelo rubio. No me atrevía a moverme. Entonces me miró. El corazón me latía a cien. «Hola», logré decir con tono suave. No dijo nada. «¿De dónde vienes?», añadí con osadía, y, con cierto temblor de manos, debo admitir, le ofrecí mi manzana. Él emitió un breve sonido –que no comprendí, claro– y permaneció en silencio; pero, en eso, dio unos pasos y se me acercó, lento, sereno… y me quitó la manzana de las manos. Tenía un tacto suave que me dejó sorprendido, y mientras masticaba me atreví a acariciarle. Era un toro enorme –un semental asturiano de los valles–; el más hermoso que he visto en mi vida.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 714 – 717: ‘Odisea’ y otros cuentos sin importancia

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714. La fe en el mañana

Evoco el amor con que conservaba los recuerdos de un pasado ya remoto, donde la nostalgia se confunde con la ilusión de una fantasía desbordante, incluso desconcertante. Quizá el sueño se torne realidad y el rumbo que una vez perdí entre las estrellas del cielo me guíe de nuevo al sendero cierto que lleva al paraíso anhelado. Nada se ha perdido aún si perdura la fe en el mañana certero, pues todas las pruebas pasadas incrementan la recompensa prometida.

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715. Lo que tenemos

Retratemos el sol desde lo alto de la atalaya, caminando en pos de la luz de un nuevo amanecer; comamos una rosquilla de miel y azúcar, rozando con nuestros pies descalzos aquella flor recién nacida que anuncia la llegada de la primavera; cuidemos la Tierra con todo nuestro esfuerzo, sabiendo que no encontraremos un lugar mejor donde vivir; seamos conscientes de lo que tenemos, no sea que, si lo perdemos por nuestra insensatez, sólo nos quede llorar por todo aquello que no volveremos a tener.

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716. Odisea

Recorres el frío universo, viajando de estrella en estrella, a la búsqueda de aquel amor incierto que la nieve cubrió un amanecer sin nubes, anhelando que esté a la vuelta de la esquina, sin ni siquiera sospechar que la luz del cercano sol camufla aquel hogar que te aguarda paciente.

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717. Romance

El canto que mi amor sublima, entre tu cuerpo y mis labios, surca el cielo en un suspiro que a la deriva nos lleva; mas de tu risa sincera, que a mis ojos obnubila, no pretendo liberarme –te lo aseguro–. ¿Recuerdas cuándo nos conocimos? Fue una mañana de verano, en el parque; te escuché reír y te miré, tú me miraste; yo tenía casi diez años, tu ocho y pico.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 960 – 964

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Haiku 960 – 964

-960-

Frío de lluvia;
en las calles vacías
nadie pasea.

-961-

Del panal cae
una gota de miel
que lame el gato.

-962-

Entre abedules
corretean chiquillos;
un chirimiri.

-963-

Llueve en verano;
escarban las gallinas
buscando larvas.

-964-

Observa el perro
las abejas zumbando,
pero de lejos.

Luis J. Goróstegui
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Con la muerte al alba

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[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el #viernesnarrativo47 @M4627C]

Con la muerte al alba

Una ráfaga agria de viento helado, como bofetada acérrima sin previo aviso, me despertó bruscamente y, al instante, aún incluso con la vista turbia y medio adormilado supe tres cosas: primero: que la ventana estaba abierta de par en par –me lo dijo el frío–; segundo: que esa cama no era la mía –me lo dijo la almohada–; y tercero: que estaba desnudo –me lo dijo…, bueno, lo supe–. La cabeza me iba a estallar; «¡por Júpiter!, ¿dónde demonios estoy?», me espeté sin poder recordar cómo había llegado hasta allí. Un quejío me dijo que alguien dormitaba aún a mi lado, bajo un montón de mantas –todas las que faltaban de mi lado de la cama–; «bueno, al menos alguien puede dormir después de lo que fuera que pasó anoche», me dije con media sonrisa. Una paloma se posó en el alféizar de la ventana y comenzó a zurear. «Hola, seas quien seas, ya amaneció, despierta…», estaba diciendo mientras levantaba una de las mantas intentando vislumbrar quién era, pero el susto que me llevé me impidió terminar la frase: era una joven y estaba degollada, y del susto me caí de la cama. Tendría veintitantos, morena, de pelo corto, y tenía la piel lívida –también estaba desnuda–, los labios amoratados, la lengua hinchada medio fuera de la boca, el cuello rebanado de oreja a oreja y estaba toda manchada de sangre seca; desangrada, sin duda. «¡Qué demonios…!», dije, huyendo como una araña despavorida sobre la alfombra, acojonado al ver aquello. Y, en eso, cual cometa errante zarandeado por la cruda realidad, me vino de bruces a la memoria lo que había sucedido la noche pasada.
Como traficante de armas que soy me codeo con algunos de los hombres –y de las mujeres– más viles y sádicos que se hacen llamar líderes en la actualidad. En esta ocasión estaba citado con un mandamás de la mafia rusa, en su cuartel general, para cerrar un trato de lo más satisfactorio para ambos: yo le daba armas –en este caso metralletas: Heckler & Koch MP5, MP7 y UMP, Uzi, PP-19 Bizon…; y algún que otro bazuca, como el multifuncional M3E1– a cambio de mucho, mucho dinero. Aquella tarde Dimitri se sentía alegre, y eso significaba bebidas, drogas y mujeres. Allí la conocí. Era una de las chicas que nos atendían. Se la veía diestra con el sacacorchos. Dimitri me la presentó; Rocío, o Carmen… se llamaba, creo, ahora no lo recuerdo. Besaba muy bien.
Atacaron a traición. Al parecer otra banda rusa no estaba de acuerdo con nuestra transacción comercial y, antes de que pudiéramos reaccionar, comenzaron la masacre. Eran legión y llevaban machetes y katanas y alguna que otra metralleta, claro. Fue al ocaso, lo recuerdo bien: con ese tono de cielo rosicler… El asunto es que la joven y yo –¡órale!, Katia, se llamaba Katia, ahora me vino– alcanzamos la puerta de salida, pero, justo antes de salir, una katana se interpuso en nuestro camino y medio rebanó su cuello. Como pude la levanté en brazos y salí corriendo de allí. Estaba desesperado. Mi mente trabajaba a mil buscando una solución. El tiempo apremiaba. Se me moría en mis brazos. Y entonces me acordé de la bruja Maa. Sí, tengo conocidos incluso en el infierno. Su tela de araña estaba cerca, así que metí a Katia en mi coche y dos minutos después atravesábamos la parte cuerda de la ciudad para introducirnos en otro mundo, uno macabro y demente. Visto con la perspectiva que da el tiempo no sé si hice bien, pero ya es tarde para lamentarlo.
La vieja Maa –había quien decía que tenía más de ciento cincuenta años– era una experta en brujería vudú, tenía el cuerpo tatuado y era ciega –y, sin embargo, veía «desde el otro mundo», como le gustaba decir–. Le dije lo que sucedía y, al sonreírme, me enseñó su boca desdentada. Maa nos llevó a su guarida y nos sometió –a Katia y a mí– a un siniestro ritual vudú. Sí, a mí también, no me preguntéis por qué. Bebimos brebajes innombrables, fumamos drogas prohibidas y sufrimos alucinaciones enloquecedoras. Luego perdí el conocimiento. Eso fue lo que pasó.
Aún con el susto en el cuerpo me lavé la cara en el lavabo y respiré hondo varias veces. Intenté pensar. Aquello no podía ser real. No podía. En eso escuché ruido de sábanas y unos pasos y una sombra se me acercó por la espalda. Sin girarme la vi en el reflejo del espejo. Era Katia. ¡Dios santo! Era ella, sin duda, con la mirada turbia, la piel lívida, los labios amoratados, la cabeza inclinada en un ángulo imposible, con ese profundo tajo que le cruzaba el cuello de oreja a oreja y toda ensangrentada. El rito vudú de la vieja Maa la había revivido; era una zombi, y me sonrió (por llamarlo de alguna manera) y me dijo con voz fría y lengua de trapo: «Cadigno, dengo la boca geca, ¿tienezg algo por ahí?… ¡¿menuda fiegda la de anoge, ¿vegdá?!»

Luis J. Goróstegui

713. Un runrún de fondo

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713. Un runrún de fondo

Estimados miembros de Real Academia de las Ciencias:
Les escribo para comunicarles un descubrimiento, a mi parecer, de gran importancia: En el interior de cada uno de nosotros aún podemos escuchar cómo late un sonido blanco –similar al rescoldo de nuestra génesis como seres vivos– que nos comunica con el cosmos y, quizá lo más importante, que podemos analizar y del que podemos obtener una inapreciable información sobre nosotros y nuestra propia naturaleza en relación al universo del que formamos parte. Para escuchar ese sonido blanco al que me refiero sólo es necesario un simple ejercicio; les invito a realizarlo: tápense con los dedos ambos oídos lo más herméticamente que puedan. ¿No perciben como un «runrún de fondo»? Y no me refiero al típico tinnitus o zumbido en los oídos, no, me refiero a una especie de ronroneo sordo. Pues eso que escuchan es la demostración palpable de su misma existencia personal. Sí, como si fuera la radiación de fondo cósmico de microondas del Big Bang, ese «runrún» que podemos escuchar al taparnos los oídos nos permite percibir el eco lejano de nuestro propio desarrollo celular –y por tanto de nuestro progreso personal– y el inseparable vínculo que tenemos con el propio cosmos al que nos vemos sometidos por el simple hecho de estar vivos. Es por eso por lo que su estudio puede sernos tan provechoso, pues nos permitirá retroceder en el tiempo hasta, incluso, el mismo instante de nuestro origen. En él se oculta la información global de nuestro ser, no como individuos aislados sino como miembros de un cosmos hasta ahora inabarcable. Sólo es necesario escuchar y analizar las señales.
Soy consciente de la dificultad que entraña poder confirmar mi teoría, sobre todo porque el estado actual de la tecnología difiere considerablemente del que sería necesario para analizar en su plenitud dicha señal y siento que moriré de viejo sin haber sido capaz de demostrarla, sin embargo confío en que el desarrollo científico futuro permita a otros científicos realizar dichas comprobaciones. Si eso se produjese sólo pido que mi nombre sea recordado y lleven flores a mi tumba en señal de reconocimiento póstumo.
Aprovecho la ocasión para agradecerles la enorme contribución al desarrollo científico y humano que llevan a cabo.
Nada más, reciban un cordial saludo.

Atentamente,

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Secretos inconfesables

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[Un #microcuento, de Luis J. Goróstegui, para el #ddp228 @M4627C]

Secretos inconfesables

―Alfombra, moqueta, tapiz, tapete, estera, esterilla, felpudo, llámalo como quieras, el caso es que volaba.
―¿Y la lámpara mágica?… ¿y el Genio?… ¿hablaste con Aladino?…
―¿Qué te crees?, eso sólo es un cuento de hadas.
―¿Y la alfombra voladora no?
―¡Pues claro que no!, pareces tonto; la alfombra voladora junto a la capa de levitación del doctor Strange y la capa de invisibilidad de Harry Potter forman El Trío Místico y es tan real como el Área 51 o Hellboy.
―¿Y volaste?
―Volé.
―¿Me puedes dar una vuelta en ella?
―Pero no ahora. Se la han llevado Hansel y Gretel para capturar brujas en los montes Cárpatos.
―Hansel y Gretel. Brujas.
―Hansel y Gretel. Brujas. Sí.
―Las brujas no existen, ni Hansel ni Gretel; ellos sí que son un cuento de hadas.
―Sí, esa es la idea: hacer creer que no existen; es la táctica de la Agencia de Investigación y Defensa Paranormal.
―Ya.
―No son trolas, créeme; y te lo cuento a ti precisamente porque nos conocemos hace mucho, y porque si no se lo cuento a alguien reviento. Déjame que te enseñe algo; mira aquí.
Y un fugaz flash iluminó su cara y, guardando el neuralizador, dejé a mi amigo en el parque; no sin antes recordarle que le llevara –hoy era su cumpleaños– unas flores a su mujer, Rocío.

Luis J. Goróstegui
[Ilustr.: V. Vasnetsov, 1880]

Csi 710 – 712: ‘Sexo en ingravidez’ y otros cuentos sin importancia

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710. Todo un manitas

Tengo cierta habilidad para arreglar los cacharros de casa, y además aprovecho para introducirles mejoras. Por ejemplo, hace unos meses se me estropeó el microondas, así que le abrí las tripas, le limpié el magnetrón, le puse un generador de ondas de radio de alta frecuencia nuevo y ya me vuelve a funcionar; además le añadí un condensador variable y he conseguido que, mientras cocina, pueda sintonizar la radio. El otro día el lavavajillas dejó de lavar, y no sólo conseguí repararlo sino que, con algunos recambios del taller de la esquina –el mecánico es amigo mío– lo he convertido en un robot autónomo, así que, además de lavar los platos, me baja a la calle y me lava el coche.
Sin embargo a veces se me va la mano, he de admitirlo, aunque de todo se saca provecho. Hace unas semanas se me estropeó la lavadora, y ni corto ni perezoso me puse manos a la obra: le instalé un nuevo tambor centrifugador más potente, le cambié la correa por un sistema de titanio purificado, le sustituí el motor por un acelerador de partículas portátil de amplio espectro –sí, también es amigo mío el jefe del departamento de física relativista de la universidad–, le reajusté la cubierta y ¡voilà!, ahora además de lavar la ropa tengo en casa un vórtice espacio-temporal –una máquina del tiempo– de última generación. Y me dirás que para qué lo quiero. No creas, es de lo más útil, sobre todo cuando te quieres ir de vacaciones al antiguo Egipto o te apetece pasar unos días en la constelación de Orión –allí viven unos alienígenas que el día que decidan visitar la Tierra va a ser el despiporren madre, te lo aseguro–. Sí, soy lo que se dice todo un manitas, lo sé.

-0-

711. Mi maleta de viaje

Siempre viajo con la vieja maleta que mi abuelo Marcos me dejó en herencia. En ella puedo meter de todo: mi ropa, mis libros, una lámpara para leer de noche –con un generador de electricidad solar por si no hay luz donde viaje, claro, nunca me han gustado las pilas– y un prado sembrado de todo tipo de plantas y vegetales con el que alimento a los animales que llevo en la granja, en un rincón de la misma maleta; me sirven para alimentar al dragón escupefuego –mi querida mascota que encontré en uno de mis últimas exploraciones– que se ha hecho su hogar en mi equipaje: no me gusta dejarlo solo en casa cuando tengo que irme –lo hice una vez y me dejó la casa hecha unos zorros–; además he comprobado que es una inapreciable ayuda cuando me tengo que defender del ataque de algún dinosaurio e, incluso, de algún monstruo interestelar furioso. Y lo mejor de todo es que la maleta es ligera como una pluma, es increíble que dentro pueda llevar tanto. Aún me sorprende la de lugares y tiempos que puedo visitar y explorar con el vórtice espacio-temporal que mi abuelo Marcos fabricó y que camufló como una simple maleta sin fondo. Sí, mi abuelo era un prodigioso inventor y explorador; me llena de orgullo ser su nieto.

-0-

712. Sexo en ingravidez

La conferencia atrajo a mucha gente. En el transcurso de la misma la conferenciante proyectó un video para ilustrar los conceptos tratados. El público guardaba silencio, expectante. Al día siguiente el periódico local publicaba la siguiente reseña:

«Ayer, en el salón de actos del Centro Cultural, la eminente sexóloga, doctora Emilson Haley, impartió una interesantísima conferencia, titulada “Sexo en ingravidez”, sobre las últimas novedades en técnicas sexuales en ausencia de gravedad en los viajes interestelares de larga duración. Reproducimos a continuación un fragmento del video explicativo que la doctora proyectó como complemento a su conferencia:
“¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!, ¡aaaah…! ¡Sí!, ¡sí!, ¡así…! ¡Mmmmh…!”

(Nota del periódico: Al tratarse este periódico de un medio exclusivamente escrito, nos es imposible adjuntar el correspondiente video explicativo, pero confiamos en que ya se hacen ustedes una idea, ¿no?)»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Haiku 955 – 959

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Haiku 955 – 959

-955-

El roedor
asoma la cabeza
sobre la nieve.

-956-

¿Qué buscará?
No se detiene nunca
la mariposa.

-957-

A aquella flor
el viento se la lleva;
no sé por dónde.

-958-

Todo nevado
a la puerta de casa;
husmea el perro.

-959-

La lluvia cae;
en la calle empinada
se forma un río.

Luis J. Goróstegui
#haiku


Entrevista al dinosaurio de Monterroso

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Entrevista al dinosaurio de Monterroso.

He tenido el inmenso honor de poder entrevistar al famoso dinosaurio del microcuento de Monterroso. Al igual que el genio de la lámpara, me ha concedido tres preguntas (también me permite que le tutee).
―Primera pregunta: Todos hemos leído el microcuento de Monterroso, o hemos oído hablar de él y de su famoso dinosaurio, pero realmente ¿quién eres; cuál es tu nombre?
―En realidad soy muchas cosas, y tengo muchos nombres. Soy un dinosaurio, sí, pero también soy la página en blanco a la que se enfrenta el escritor, o el lienzo vacío del pintor; soy el dictador que oprime a su pueblo, y el miedo o la indignación que se extiende por doquier ante su tiranía; soy el hambre de los pobres, mientras los ricos despilfarran la comida y la tiran a la basura; soy el corrupto que estafa, y el egoísmo y la codicia del usurero; soy la voracidad, el sinsentido de la contaminación y de la deforestación salvaje que destruye vuestro planeta y mata la vida que os sustenta, a vosotros humanos, provocada por quienes sólo quieren enriquecerse a toda costa. Pero también soy la esperanza en un mundo mejor, la ilusión en el mañana, la creencia, a pesar de todo, en la humanidad; soy el destino, soy vuestra conciencia.
―Segunda pregunta: ¿cuál es tu misión; qué sentido tiene tu presencia allí?
―En el microcuento permanezco simplemente allí, aparentemente sin hacer nada, pero mi cometido es más profundo, tiene un sentido más oculto, más trascendente: Soy el faro que ilumina la noche, y la luz que alumbra vuestras noches de angustia, de incertidumbre, pero también quien guía vuestra esperanza, vuestra ilusión… Soy vuestro custodio; mi sola presencia agita vuestra conciencia. Mi trabajo es ser «la voz que grita en el desierto» ante la indiferencia de quienes se dejan llevar por el desdén o el egoísmo y la ambición desmedida; soy el niño del cuento que grita «¡el emperador está desnudo!».
―Tercera y última pregunta: En el microcuento aparece alguien que se «despertó». ¿Quién es ese alguien?
―Es cada uno de vosotros: niño, adulto, anciano, hombre, mujer, incluso la humanidad entera. Todo el que se levanta y, al verme, se da cuenta que debe lucha por sus creencias; todo el que tiene ilusión y no se deja abatir por la desidia; todo el que vive para ayudar a los demás, incluso el que muere por ello. Pero también es todo aquél que se acuesta –que se esconde– con la creencia de que sus problemas estarán resueltos, como por arte de magia, cuando despierte y descubre perplejo que, «cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí».
Me despido del dinosaurio, agradeciéndole la deferencia que ha tenido conmigo, y con la esperanza de que ésta no sea la última vez que pueda conversar con él.

[FIN]

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Café con bollos

[Un #microcuento, de Luis J. Goróstegui, para el #ddp224 @M4627C]

―¿Café? –preguntó el camarero al atender al cliente.
―ⱦ₩₡₲⃝₪₮Ⅎₔ₇⅟ⱦ –repitió el turista intentando vocalizar mejor.
El extranjero vestía y actuaba raro, pero el camarero no quería echarlo del bar, para un cliente que entraba a consumir…; con lo de la pandemia no estaban como para desperdiciar clientes, así que insistió.
―¡Manolo, échame un cable, a ver si le entiendes tú que sabes idiomas!
―Good morning, bonjour, buenos días, caballero, ¿qué desea tomar el señor? –preguntó Manolo con su mejor sonrisa.
El turista levantó la mano como pidiendo paciencia, y, leyendo en lo que parecía ser una tablet, dijo vocalizando lentamente: «Watashi no sen’yō no ionka purazumakyaburetā wa arimasu ka?»
―¿Eso es japonés? –se dijeron alucinados los dos camareros.
El extranjero sonreía bobalicón.
―¡Esto, España; nosotros no japonés! –dijo Manolo elevando el volumen de voz.
El cliente volvió a pedir paciencia y tecleó en su tablet.
―Disculpen, soy… perdido. ¿Tener… vos… carburador de plasma ionizado para nave? –dijo esta vez el cliente en español señalando al cielo.
―¡Eso quizá en una gasolinera… ga-so-li-ne-ra!… ¡a-quí-no!
Y el extranjero hizo una mueca y se marchó. Manolo, decepcionado, tachó de su libreta el «café con bollos» que había apuntado con un lapicero.

Luis J. Goróstegui


Homenaje a Augusto Monterroso: 108 versiones

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Homenaje a Augusto Monterroso
«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.»

1. [Monterroso] Versión de miedo:
«Y cuando se despertó, los monstruos seguían aún ahí.»

2. [Monterroso] Versión cuento de hadas:
«Cuando la ninfa del bosque se despertó, los humanos aún seguían allí.»

3. [Monterroso] Versión psicoanálisis:
«Cuando se volvió a mirar al espejo, él estaba aún allí.»

4. [Monterroso] Versión nocturna:
«Cuando se hizo de noche, la luna seguía aún allí.»

5. [Monterroso] versión harakiri:
«Cuando se hizo el harakiri, el fantasma del samurái seguía allí.»

6. [Monterroso] versión invasión extraterrestre:
«Cuando recuperó el conocimiento, el invasor extraterrestre aún seguía allí.»

7. [Monterroso] versión nube radiactiva:
«Cuando salió del bunker, la nube radiactiva seguía allí.»

8. [Monterroso] versión apocalíptica:
«Cuando salió del bunker, la humanidad ya no seguía allí.»

9. [Monterroso] versión incrédula:
«Cuando despertó, no pudo creerse que el dinosaurio ya no seguía allí.»

10. [Monterroso] versión telebasura:
«Cuando despertó y puso la TV, seguían poniendo el mismo bodrio.»

11. [Monterroso] versión «depende de nosotros»:
«Cuando regresó de su viaje interestelar, la Tierra [no] seguía allí.»

12. [Monterroso] versión impuntual:
«Cuando despertó, tuvo que esperar dos horas a que el dinosaurio regresara.»

13. [Monterroso] versión temporal:
«Cuando despertó, la frágil ramita seguía ahí, pero convertida en un frondoso árbol centenario.»

14. [Monterroso] versión agotada:
«Cuando despertó, seguía teniendo sueño.»

15. [Monterroso] versión «Jason Bourne»:
«Cuando despertó, no sabía ni quién era ni cómo llegó allí.»

16. [Monterroso] versión lucha libre:
«Cuando despertó, Godzilla y King-Kong todavía seguían dándose mamporros allí.»

17. [Monterroso] versión quijotesca:
«Cuando despertó, ya recuperado de sus heridas, aún seguía creyéndose un caballero andante.»

18. [Monterroso] versión gigante:
«El gigante se lo llevó con media habitación y todo. Cuando despertó, se encontraba en otro mundo.»

19. [Monterroso] versión dudosa:
«Cuando despertó, aún seguía dudando si ser o no ser.»

20. [Monterroso] versión dantesca:
«Cuando despertó, comprendió que le quedaba un camino muy largo aún hasta llegar al Paraíso.»

21. [Monterroso] vs Ahab
Al despertar, oí gritar: «¡Moby Dick!»; y mi vecino de litera me saludó con un escueto: «Call me Ishmael».

22. [Monterroso] versión profunda:
«Cuando despertó, aún no habían vuelto de su viaje al centro de la Tierra.»

23. [Monterroso] versión mítica:
«Cuando despertó, comprendió que el ciclo de la eternidad daba a su fin: Cthulhu estaba allí.»

24. [Monterroso] versión abducida:
«Cuando despertó, el alienígena de ojos grandes y bisturí afilado seguía allí.»

25. [Monterroso] versión Apolo 13:
«Cuando despertó, sólo pudo decir: “Houston, tenemos un problema…, hay alguien allí”

26. [Monterroso] versión «¿qué hay de comer?»:
«Cuando despertó, al ver al ogro preparándose para comer, salió por patas de allí.»

27. [Monterroso] versión fantasmal:
«Cuando despertó en aquella estación, los fantasmas seguían tomando el tren de la 01:43h.»

28. [Monterroso] versión vampírica:
«Cuando despertó, el vampiro seguía todavía allí, esperando que le diera permiso para entrar.»

29. [Monterroso] minimalista:
«Cuando despertó, seguía.»

30. [Monterroso] hobbit:
«Cuando despertó, Gandalf y los enanos seguían allí, esperando que aceptara su viaje inesperado.»

31. [Monterroso] élfico:
«Al despertar –a las 10h, el 24 de octubre–, estaba en Rivendel; la campana llamó al Concilio de Elrond.»

32. [Monterroso] al otro lado del espejo:
«Al despertar, el Jabberwock seguía allí; y los agiliscosos giroscaban los limazones.»

33. [Monterroso] ardiendo a Fahrenheit 451:
«Cuando despertó, el bombero seguía quemando sus libros; pero recordaba uno de ellos.»

34. [Monterroso] sufriendo en 1984:
«Cuando despertó, la omnipresente vigilancia del Gran Hermano seguía allí; y 2+2 ya eran 5.»

35. [Monterroso] en un mundo feliz:
«Al despertar, era feliz; pero ya nada le importaba.»

36. [Monterroso] con malas compañías:
«Cuando despertó, había olvidado por qué se había acostado allí, junto al cocodrilo.»

37. [Monterroso] obvio:
«Cuando despertó, le dijo: “¡Aún aquí!, ¿no sabes que los dinosaurios ya se han extinguido?”»

38. [Monterroso] versión Cenicienta:
«Cuando despertó, aún tenía la herida que se hizo cuando se le rompió el zapato de cristal.»

39. [Monterroso] versión Blancanieves:
«Al despertar, se preguntó qué demonios tenía la manzana que le dio esa simpática anciana.»

40. [Monterroso] versión Belladurmiente:
«Cuando despertó, el dragón –Maléfica autoconjurada– todavía estaba allí; muerta.»

41. [Monterroso] volcánico:
«Al despertar, se preguntó qué hacía colgado boca abajo sobre el cráter activo de ese volcán.»

42. [Monterroso] zapeando:
«Cuando despertó, el cartero, como siempre, llamó dos veces… y hasta aquí puedo leer.»

43. [Monterroso] sherlockiano:
―¿Cómo supo que era el asesino, Holmes?
―Elemental, Watson, porque al despertar, el dinosaurio seguía allí.

44. [Monterroso] sobrecogedor:
«Al despertar, en la inmensidad del espacio infinito, eso todavía estaba allí; nadie le oyó gritar.»

45. [Monterroso] con alzhéimer:
―Cuando despertó… algo… había… no recuerdo dónde… Perdona, ¿dónde está mi hijo?
―Soy yo… papá.

46. [Monterroso] adivina quién viene a cenar:
«Era la última persona del planeta. Cuando despertó, alguien llamó a la puerta.»

47. [Monterroso] Pottermore:
―Despierta, despierta… ¡Rennervate!
Pero cuando despertó, la Marca Tenebrosa todavía estaba allí.

48. [Monterroso] abandonado:
Cuando despertó, la criatura lloró.
―Alguien la ha abandonado allí –dijo el SAMUR.

49. [Monterroso] primaveral:
―¡Vamos!… ¡venid!… ¡está allí! –dijeron las hadas.
Y cuando despertó, el bosque floreció.

50. [Monterroso] bipolar:
Cuando despertó, su ogro interior estaba allí.
―Sufre un trastorno bipolar –dijo su psiquiatra.

51. [Monterroso] con Nessy:
«Cuando despertó, Nessy seguía allí, aunque no le encontraron; simplemente no quería ser cazado, ¿era tanto pedir?»

52. [Monterroso] de picnic:
«Cuando despertó, el Indóminus Rex ya se había zampado a la mitad de los visitantes de Jurassic World.»

53. [Monterroso] empachado:
«Cuando despertó, la bruja seguía allí, empachada; otra vez se había comido su casa de caramelo.»

54. [Monterroso] con Mary Poppins:
«Cuando despertó, el supercalifragilísticoespialidoso aún se escuchaba allí arriba.»

55. [Monterroso] en la Luna:
«No se extinguieron, se refugiaron en la Luna; por eso, cuando el astronauta sacó la foto, el dinosaurio todavía estaba allí.»

56. [Monterroso] versión atentado terrorista:
«El mendigo fue testigo del atentado. Cuando despertó –declaró después a la policía–, la mochila todavía estaba allí. No vio al terrorista. Se salvó porque justo antes de la explosión se metió en el servicio de la estación.»

57. [Monterroso] inundado:
«Cuando despertó, le sorprendió comprobar que el nivel del mar llegaba hasta allí, hasta la puerta de la terraza; sobre todo porque vivía en un séptimo piso.»

58. [Monterroso] y el ogro:
«Acababa de terminar de leer un cuento de miedo y se fue a la cama; se pasó toda la noche teniendo pesadillas con el ogro del cuento. Cuando despertó, el ogro todavía estaba allí; y no era una metáfora, ¡qué va!, es que realmente había un ogro de carne y hueso a los pies de su cama.»

59. [Monterroso] y la venganza de Kong:
«El barco regresó a la isla. La tripulación desembarcó y prepararon la logística. El capitán se echó la siesta. Cuando despertó, iniciaron la cacería, pero no estaban preparados para lo que les aguardaba allí: el hijo de Kong había reunido a todos los monstruos y les estaban esperando para vengar el asesinato de su padre.»

60. [Monterroso] frente al tigre:
«Cuando despertó, el tigre de Bengala todavía estaba allí. Bueno, realmente era un precioso gato persa, pero, claro, al recién nacido le pareció una bestia. »

61. [Monterroso] menguante:
«Una mañana muy temprano, mientras paseaba por el lago, una niebla espesa le envolvió. Durante los siguientes días fue, poco a poco, menguando de tamaño, hasta no ser más grande que un diminuto mosquito. Imaginaos lo que sintió un día cuando despertó y la enorme tarántula estaba allí.»

62. [Monterroso] enterrado:
«Cuando despertó, todavía estaba allí. No fue una pesadilla, no; le habían enterrado vivo.»

63. [Monterroso] entre hadas:
«Cuando despertó, ellas todavía estaban allí. Su abuela le había dicho que estaban allí, que fuera a buscarlas allí, y allí estaban todavía; no era un cuento, no, realmente existían las hadas.»

64. [Monterroso] perdido en un cuento de hadas:
«Cuando despertó, el troll todavía estaba allí. No recordaba cómo se había podido llegar a perder en un cuento de hadas, pero lo peor era que el troll le estaba buscando con cara de pocos amigos.
―¡Humano! ¿dónde estás?… Como te encuentre te voy a comer –gruñía rabioso.
“¿Qué le habría hecho?”, pensó; pero no lo recordaba.»

65. [Monterroso] malherido:
«Cuando despertó, malherido, todavía estaba el cuchillo clavado allí, en el tercer espacio intercostal. “¿Cómo había llegado a esa situación?”, intentó recordar; pero alguien le remató de un disparo en la sien antes de obtener respuesta.»

66. [Monterroso] en otro mundo:
«Cuando despertó, no pudo asegurar si el dinosaurio todavía estaba allí o no, pero era evidente que ya no estaba en la Tierra: En la Tierra nunca hubo dinosaurios como aquel, con esos tentáculos retráctiles…, suponiendo que aquello fuera un dinosaurio, claro.»

67. [Monterroso] apostando:
«No creía en fantasmas, por eso aceptó el reto de pasar la noche en aquella casona abandonada; la leyenda afirmaba que la habitaban espectros. Sin embargo, pasada la medianoche, cuando despertó, sobresaltado por un quejido ahogado, el fantasma estaba allí, frente a él, con esa mirada, y esa boca, y esas garras…
Sus piernas no le sostenían cuando salió huyendo, muerto de miedo. Al día siguiente les pagó a sus amigotes la cena que se habían apostado.»

68. [Monterroso] Spiderman:
«Era un renombrado científico en un renombrado centro de manipulación genética, especializado en venenos de arañas. Una tarde, mientras trabajaba en su laboratorio, perdió de repente el conocimiento. Cuando despertó, todavía estaba allí, echado en el suelo, con un picor agudo en el cuello, cuatro pares de patas y ocho ojos: “Yo sí que soy Spiderman”, se dijo, y con un fugaz movimiento de pelvis lanzó, por sus recién estrenadas glándulas sericígenas, un resistente hilo de seda.»

69. [Monterroso] Superman:
«Había pasado ya mucho tiempo desde su llegada, y siempre había tenido su centro de control en el Polo Norte. Una mañana, cuando despertó, vio que todo estaba todavía allí, igual que siempre, medio congelado y cubierto de fría nieve. “Será mejor que me busque un lugar más cálido”, se dijo, mientras intentaba entrar en calor. Y es que el tiempo pasa para todos, incluso para Superman.»

70. [Monterroso] Batman:
«Cuando despertó, la bat-alarma todavía estaba allí, iluminando el cielo. Escuchó el bat-mensaje que la policía le había enviado a su bat-smartphone, que decía: “Joker se ha vuelto a fugar del Manicomio Arkham y ha vuelto a robar el Banco de Gotham. Atrápelo.”, y se subió a su bat-móvil, mientras su fiel Alfred le aconsejaba: “Esta vez mátelo, señor.”»

71. [Monterroso] en un «annus horribilis»:
«Realmente había sido un año horrible: su empresa le despidió, su mujer le abandonó –y se llevó a sus hijos– y un coche le atropelló al cruzar la calle. Cuando despertó, pensó: “¡Todo ha sido una pesadilla!”, y se sintió aliviado, como si todo aquello se hubiese desvanecido; pero no, al comprobar que estaba en la cama de un hospital fue consciente de que todo aquello todavía estaba allí: realmente su empresa le había despedido, su mujer le había abandonado –y se había llevado a sus hijos– y un coche le había atropellado al cruzar la calle; había sido, realmente, un “annus horribilis”

72. [Monterroso] huyendo del gigante:
«Cuando despertó, la aldea todavía estaba allí, aunque con más edificios, más poblada, y la gente corría huyendo, gritando: “¡Corred, corred, el gigante ha despertado…, corred!”»

73. [Monterroso] acechando:
«Cuando despertó, la nave alienígena estaba todavía allí, inmóvil, como indiferente, pero observando; acechando, como quien espera el mejor momento para atacar.»

74. [Monterroso] tremebundo:
«Cuentan que, cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí. Fue algo extraordinario, único, tremebundo. Hay quien lo achacó a un pliegue espacial, otros a un desdoblamiento temporal. Lo cierto es que aún se conservan sus huellas. Nunca más volvió a ocurrir, claro; era imposible.»

75. [Monterroso] pirata:
«Cuando despertó, el galeón pirata todavía estaba allí.
– ¡Lo vi perfectamente! –aseguró–; los cañones, las velas desplegadas, la bandera negra… ¡lo vi perfectamente!
Nadie le creyó. No en pleno siglo XXI.»

76. [Monterroso] licántropo:
«Cuando despertó, esa sensación todavía estaba allí; y también sus manos ensangrentadas, su ropa hecha jirones y ese regusto a sangre en su boca. Aquella noche también había sido de luna llena.»

77. Monterroso] Deuda de juego:
«Cuando despertó, aquel hombre todavía estaba allí, aunque no lograba recordar por qué.
―¿En qué puedo ayudarle? –le preguntó.
―Vengo a cobrarme una deuda de juego.
Ahora recordaba. Anoche estuvo jugando al póker.
―Sí, claro. ¿Perdí mucho? –respondió mientras buscaba la cartera.
―Sí. El alma.»

78. [Monterroso] Es la hora:
«Cuando despertó, toda su familia estaba a su alrededor; le miraban en silencio. Él también estaba allí.
―Es la hora.
Y agarrándole de la mano, le levantó de la cama.
―¿Y él? –preguntó señalando al que permanecía en la cama.
―Se queda aquí hasta el Juicio –le contestó el ángel.»

79. [Monterroso] Pennywise (Eso):
«Cuando despertó, el payaso todavía estaba allí, mirándole desde la boca de la alcantarilla. Sonreía.»

80. [Monterroso] Mejorando:
«Cuando despertó, el alienígena todavía estaba allí. Sin poder evitarlo, o quizá sin querer hacerlo, vio cómo se acercaba hasta sentir el tacto de su piel, hasta que ambos fueron uno solo, hasta que su consciencia se fusionó con la suya, hasta que dejó de ser un ser humano, hasta que llegó a ser algo… mejor.»

81. [Monterroso] recitando versos:
«Dormía plácidamente y, cuando despertó, el dinosaurio ya no estaba allí, ahora era un dodo quien le recitaba versos.»

82. [Monterroso] renovando tras la extinción:
«Cuando despertó, el gigantílope acababa de llegar allí; el dinosaurio se había aburrido de esperar y se había extinguido.»

83. [Monterroso] en manada:
«Cuando despertó, no sólo el diplodocus estaba todavía allí, también había un arqueopterix, un ornitomimo, dos velociraptores, un gallimimo, tres alosaurios, un amargasaurio, tres tiranosaurios, dos mamenquisaurios, cuatro tecodontosaurios, un braquiosaurio, un deinonicus, tres espinosaurios, un coritosaurio, un tuojiangosaurio, un apatosaurio, dos protoceratops, dos anquilosaurios, un estegosaurio, un triceratops, un lambeosaurio, dos paquicefalosaurios, dos parasaurolofus, un iguanodonte, un maiasauria, un estiracosaurio y algunos pterodáctilos que sobrevolaban la zona a la espera de encontrar algo fresco que comer.»

84. [Monterroso] «Que la fuerza te acompañe»:
«Cuando despertó, fue hacia el arcón y lo abrió. La espada láser todavía estaba allí. La activó y apuntó a lo alto: “La fuerza está conmigo; soy uno con la fuerza”, dijo. “Que la fuerza te acompañe”, le dijo el maestro jedi.»

85. [Monterroso] «Larga vida y prosperidad»:
«Cuando despertó, el USS Enterprise estaba todavía allí, dispuesto para otra nueva misión, seguramente la más arriesgada e importante de todas. “Larga vida y prosperidad”, le dijo el señor Spock a su viejo amigo, el capitán Kirk. “Larga vida y prosperidad”, le respondió éste haciendo con la mano el saludo vulcano. Sus caminos se separaban con misiones diferentes pero complementarias, y es que del triunfo de cada misión dependía el éxito de la otra: ambas debían destruir el mismo agujero negro, y debían hacerlo con absoluto sincronismo, pero en épocas diferentes –el capital Kirk en una época inestable del futuro, y el señor Spock en un pasado incierto–, pues esa era la única forma de cerrar la brecha temporal que amenazaba con colapsar el universo. Esta vez el futuro estaba en sus manos.»

86. [Monterroso] «La Momia»:
«Cuando despertó, no reconoció su tumba. Todavía estaba allí su sarcófago, pero él no estaba dentro. Casi levitando se levantó, camuflado en la oscuridad del museo. No le costó nada matar a los guardias de seguridad. Abrió una ventana y se deslizó en la noche; la ciudad dormía. Había llegado la hora de su venganza.»

87. [Monterroso] «La criatura del lago»:
«En lo profundo del lago dormía la criatura. Cuando despertó tenía hambre; todavía estaba allí lo que quedaba de su cena: la bombona de oxígeno y el esqueleto de aquel submarinista que el día anterior hacía espeleología por el laberinto de cuevas y pasillos submarinos donde él habitaba desde hacía siglos. Asomando la vista entre los manglares del pantano, vio al grupo de submarinistas que aún buscaban a su compañero desaparecido. Tenía suerte; con un movimiento ágil y potente de sus aletas salió nadando a la caza de su desayuno.»

88. [Monterroso] «Las tres novias de Drácula»:
«Cuando despertó, la luna lucía en todo su esplendor. Sus tres novias todavía estaban allí, esperando poder satisfacer sus deseos. “Traedme comida”, les ordenó. Poco después regresaron con una joven doncella que, aterrada, gritaba de pavor. Al observar la mirada hipnótica de Drácula, la joven enmudeció y, mostrando sus colmillos, el conde le mordió en el cuello y bebió toda su sangre. “¡Dejadme ya!, id a preparar mi fiesta.” Todos vendrán a mostrarle sus respetos y Drácula lo sabe. Y es que hoy es un día importante, hoy es su cumpleaños. Ha invitado a todos los vampiros de la región y sabe que nadie se atreverá a desairarle; le temen demasiado.»

89. [Monterroso] «El hombre invisible»:
«Cuando despertó, todavía estaba allí, aunque no pudiera verse. Lo de ser invisible tenía sus ventajas, como esta tarde, que iba a ir al cine sin tener que pagar entrada; aunque también tenía sus desventajas, como eso de tener que ver la película desnudo, sobre todo con el frío que hacía en las salas de cine. ¡Cómo pillara al que ponía el aire acondicionado se iba a acordar de él!»

90. [Monterroso] «El doctor Jekyll y Mr. Hyde»:
«Nunca quise ser Mr. Hyde. Sólo quise saber lo que se sentía siendo él. Y ahora que lo sé me horrorizo de mis actos inconscientes y perversos; pero él me sigue llamando. Cuando despertó, yo estaba todavía allí, en él; cuando desperté, él estaba todavía en mí. No puedo soportarlo más. Sólo me queda una salida: Elegir entre él o yo. No puedo seguir siendo los dos.”
A la mañana siguiente el ama de llaves del doctor Jekyll llamó preocupada a la puerta de su habitación, pues no había bajado a desayunar. La habitación estaba vacía. Al parecer el doctor se había marchado de casa sin decir nada a nadie. Sólo había dejado una pequeña nota sobre la mesa.»

91. [Monterroso] «El cementerio de animales»:
«Se fueron a vivir a una antigua casona a las afueras del pueblo. Junto a la casa había un antiguo cementerio de animales; allí enterraron a su mascota que acababa de morir atropellada. Según la leyenda, si enterrabas allí a tu mascota muerta, ésta resucitaba. Y así fue.
A los pocos días su mujer murió de cáncer. Él la enterró en el cementerio de animales y se fue a dormir. Al amanecer, cuando despertó, confiaba que ella estuviera todavía allí, viva; y así fue, o casi.»

92. [Monterroso] «El caso Belladurmiente»
«Alicia le dijo a Cenicienta que Blancanieves vio cómo Maléfica mataba a Belladurmiente con un conjuro mortal. La noticia se extendió como la pólvora. Maléfica huyó y todos iniciaron las pesquisas para averiguar cómo poder revivir a la joven princesa.
Sabedor que este caso requería de alguien con más fantasía que la suya, Sherlock Holmes llamó a Mary Poppins que pidió ayuda a Superman y a Batman, aunque éstos no sabían muy bien qué pintaban aquí, así que le dejaron toda la papeleta al Ángel de la guarda que ayudó al dodo a ser uno con la Fuerza”, mientras toda la galaxia, al grito de larga vida y prosperidad” pidieron consejo a la momia que se lo contó a la criatura del lago que habló con las tres novias de Drácula que fueron a ver al hombre invisible, pero al no verle le preguntaron al Dr. Jekyll si podía ayudarles, aunque éste no pudo hacer nada pues estaba en plena lucha bipolar contra Mr. Hyde que intentaba suplantarle en todo esto.
Sin embargo, una mañana de primavera, Belladurmiente revivió. Cuando despertó, todos estaban todavía allí, observando atónitos a la joven princesa, que preguntó: ¿Quién me ha salvado?», y el aprendiz de brujo de Maléfica dijo: «He sido yo. Supe de sus malvadas intenciones y, sin que se diese cuenta, sustituí parte del conjuro mortal que estaba preparando por un haiku imperceptible, y por eso sólo te quedaste en estado durmiente temporalmente.”
Era evidente que el joven aprendiz llevaba tiempo enamorado de Belladurmiente, de ahí su preocupación por la vida de la princesa. El caso es que, desde aquel día, todos fueron felices y comieron perdices, no dodos, por lo cual el dodo se felicitó doblemente.»

93. [Monterroso] «El Padre Brown»:
«El hombre salió disimulando de la joyería; sin darse cuenta tropezó con el paraguas de aquel cura católico. Desde entonces éste parecía seguirle fuera donde fuera. Creyó despistarle y, cansado, se sentó en un banco de un apartado parque y se quedó dormido. Cuando despertó, sorprendido por el claxon de un coche, el hombre se palpó los bolsillos, nervioso; ¡menos mal!, las joyas todavía estaban allí. “Hola, buenas tardes, creo que es hora de confesar, ¿no le parece?”, le desconcertó el rechoncho cura, que le observaba, sentado a su lado. El ladrón de joyas intentó huir, pero no pudo ir muy lejos, pues un par de policías le esperaban a la vuelta de la esquina.»

94. [Monterroso] «Frankenstein»:
«El doctor Frankenstein robó cadáveres del cementerio, y con partes de diversos cuerpos construyó una criatura; con la descarga de una potente tormenta eléctrica le dio vida. “¿Quién soy yo?”, le preguntó. “Eres mi hijo; yo soy tu padre”, le respondió el doctor. A la mañana siguiente, cuando despertó, la criatura todavía estaba allí; y no paraba de hacerle todo tipo de preguntas: “Padre, ¿por qué el cielo es azul?”; “padre, ¿por qué cantan los pájaros?”; “padre, ¿cuántos son 2+2?”. El doctor finalmente se dio cuenta del problema, llamó a su ayudante y le recriminó: “Igor, te dije que me trajeras el cerebro de un joven estudiante”. “Y de un joven estudiante se lo traje, doctor”, le respondió Igor. “¡Sí, pero me lo debías haber traído de un estudiante que ya estuviera graduado!; ahora tendré que gastarme un dineral en sus estudios.”»

95. [Monterroso] «Loco»:
«Cuando despertó, todo era distinto; ya no estaba allí, sino en aquella cima desde la que contempló ciudades de algodón destruidas por explosiones de fuegos fatuos; sólo pudo llorar sin poder evitar volverse loco.»

96. [Monterroso] «Soñaba»:
«Cuando despertó, la joven todavía estaba allí. “Hay pocas cosas más bonitas que tu mirada sonriente; un amanecer, quizá”, le dijo. Quizá aún soñaba.»

97. [Monterroso] «Los anillos de Saturno»:
«Cuando despertó, en las altas cumbres del sentir dichoso, todavía estaba allí la calidez del viento de poniente; lo sentía dentro de sí. Sentía posar su mirada tierna en el fluir del tiempo, cual beneplácita alondra que sobrevolara los anillos de Saturno.»

98. [Monterroso] «Los últimos dragones»:
«Cuentan que cuando despertó, el cierzo despeinaba los árboles y se escuchaba a la quebrada cantar dolorosas, y se cuenta también que los dragones todavía estaban allí –los últimos– lamiéndose las heridas al abrigo de sus refugios inciertos.»

99. [Monterroso] «El tiempo»:
«Cuando despertó, el tiempo todavía estaba allí, aunque ya no era el de siempre; ahora fluía de abajo a arriba.»

100. [Monterroso] «Afortunados aquellos»:
«Cuando despertó, en aquella sinuosa gravedad que provoca cataratas en el valle del espíritu, todavía estaban allí aquellos privilegiados que no resultaron invictos en los inciertos aconteceres del verdadero duelo vital del devenir de su existencia. Afortunados aquellos.»

101. [Monterroso] «El valor de una coma»:
«Cuando despertó el dinosaurio, todavía estaba allí.»

102. [Monterroso] «El dinosaurio y yo somos uno»:
«Cuando desperté, el dinosaurio era yo.»

103. [Monterroso] «Homérico»:
―¿Cuándo?
―Cuando despertó.
―¿Qué sucedió?
―El dinosaurio…
―¿Qué?
―Todavía estaba.
―¿Dónde?
―Allí.
―¡Homérico!

104. [Monterroso] «Crionizado»:
«Le crionizaron a la espera de que la ciencia avanzara lo suficiente para curar su enfermedad. Cuando despertó, tuvo la sensación de que el dinosaurio nunca se hubiera extinguido, pues todavía estaba allí: la ciencia había avanzado lo suficiente no sólo para curar su enfermedad, sino también para revivirlos. Irónicamente ahora, ahora que era la humanidad la que estaba al borde de la extinción, tras la última guerra global.»

105. [Monterroso] «Un sueño»:
«Cuando despertó, lo comprendió al instante. El dinosaurio todavía estaba allí; todo había sido un sueño.»

106. [Monterroso] «La mariposa, el gato y el dinosaurio»:
«Los tres discutían sobre cuál de ellos era el más poderoso:
―El efecto de mi aleteo puede ser devastador al otro extremo del mundo –decía la mariposa.
―Pues yo puedo estar vivo y muerto al mismo tiempo –argüía, orgulloso, el gato de Schrödinger.
―Eso no es nada –dijo el dinosaurio–, porque cuando despertó, yo todavía estaba allí.»

107. [Monterroso] «Evolución»:
«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí; ahora lo llamaban ave.»

108. [Monterroso] «¿Declaración unilateral de independencia?»:
«Cuando despertó Cataluña, España todavía estaba allí.»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia


Haiku 950 – 954

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Haiku 950 – 954

-950-

En la nevada
se refugia el ratón
dentro de un queso.

-951-

Tras la tormenta
las hojas caen. Surge
el arcoíris.

-952-

Hiberna la osa
protectora. Despierta
la cazadora.

-953-

Ninguna flor
se ahoga cuando llueve;
mas si no, muere.

-954-

Entre las flores
observa impertinente
un saltamontes.

Luis J. Goróstegui
#haiku


Un trabajito

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[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el #viernesnarrativo45 @M4627C]

Un trabajito

Sonó el radiodespertador. Las 0600 del sol 18 del mes local… ¡qué más daba cómo lo llamaran!… ni lo sabía ni me importaba, la verdad… en aquel remoto planetoide de nombre impronunciable en algún lugar perdido de la galaxia. Aún con los ojos cerrados alargué el brazo y agarré el libro de bitácora: «Misión 374. Día 12. Hoy tengo un día complicado. He quedado a las 1100 con un malnacido; Tras’os se llama, El Ignominioso le llaman sus ‘amigos’. ¿Cómo me he metido en este berenjenal? Bueno, de peores he salido», escribí o, mejor dicho, medio garabateé con la mirada borrosa –siempre me dicen que lo registre todo en un videolog, que es más rápido y eficaz, pero ¿qué le voy a hacer?, en eso me declaro algo anticuado, donde esté un libro de papel…–. Me duché, me vestí y bajé a la cocina de mi nave estelar: un cuchitril con cuatro cacharros donde Aroe, mi robot-cocinero, me hizo un revuelto autóctono y un café, o eso me dijo, no sé, estos alimentos modernos… ya no se come como antes. De fondo sonaba un tocadiscos: un violinista interpretaba un clásico… –sí, también prefiero los discos de vinilo–; ¡eso sí que era música, y no lo de ahora!
Todo había empezado un par de semanas antes, cuando mi jefe, Kelsmos –un gigantón gordo y malhumorado; el mandamás de aquella guarida de piratas–, me asignó un trabajito. «Será sencillo, Ahato; ya sabes, ahora con la desescalada y eso… ¡pero alegra esa cara, amigo mío, son nuevos tiempos!», me dijo con su vozarrón de ogro malayo. Me llamaba ‘amigo mío’, pero era más bien su lacayo, aunque un lacayo con cierta autoridad entre sus corsarios. El ‘trabajito’ se las traía, naturalmente, pero no podía negarme –tenía deudas y necesitaba el dinero–, al menos por el momento: debía ir al planetoide Sampwardankähl, o algo así, en el quinto pino, o más allá, ya me entendéis, donde una indeseable alimaña –el tal Tras’os– regentaba una de nuestras franquicias periféricas. El caso es que, aun habiendo firmado con sangre para subrogar el acuerdo que tenía el antiguo dueño con mi jefe, el infeliz, creyéndose alguien, había osado negarse a pagar su cuota. Y a eso iba yo: a cobrarla. Fácil, ¿verdad?
Se trataba de una franquicia muy rentable, es cierto, y de ahí nuestro interés por no quedarnos sin sus sabrosos beneficios: algo relacionado con la isoflavona y sus aplicaciones en tratamientos de cirugía estética genética transpolimórfica, tan de moda por aquellos tiempos entre la yet set.
Oculté mi nave en un rincón apartado, junto a unos manantiales de vapor it’aldusiano, lejos de la guarida de Tras’os, para evitar encuentros inoportunos con la guardia de gorilas armados que la custodiaban, y me dirigí al bunker para la reunión.
―Me siento honrado por su visita, señor Ahato, pero no era necesario que malgastara su valioso tiempo; podíamos haber llegado a un acuerdo vía holográfica no presencial –me dijo El Ignominioso con cierto tono zalamero.
―Me alegro oírle hablar de ‘acuerdo’, señor Tras’os –le respondí con una leve sonrisa.
―¡Pero por supuesto, amigo mío! –otro que me llamaba amigo mío–; al fin y al cabo la situación está clara: el negocio es mío y el señor Kelsmos no tiene ningún derecho sobre él.
―Me temo que en eso discrepamos, señor Tras’os.
―¿Y cómo me lo van a impedir, señor Ahato? –y soltó una carcajada sin gracia que hizo retemblar la mesa que nos separaba.
―Para eso he venido yo, ‘amigo mío’ –le dije sin sonreír.
―Un hombre solo… me suena a título de película –dijo Tras’os–. Mire a su alrededor y cuente: mis nueve hombres en esta sala, mi bunker, fornidos como osos; quince fuera aguardando una orden mía, y pueden venir más si los llamo; todos ellos guerreros sin escrúpulos curtidos en mil batallas y armados hasta los dientes…
Pero era evidente que todo estaba dicho. En lo que Tras’os tardó en dar la orden de matarme, yo me deshice de tres; en total tardé cuarenta y ocho segundos en aniquilar a los diez, incluyendo a Tras’os. ¿Y los hombres que custodiaban fuera?, preguntaréis: pues muertos; me había encargado de ellos antes de entrar en el bunker.
―Trato hecho, señor Tras’os –dije al irme.
A la mañana siguiente encontraron a El Ignominioso muerto desangrado en el suelo de su bunker, con la firma de Kelsmos tatuada en el pecho –era un mensaje: con Kelsmos no se juega–; y la foto de su cadáver se convirtió de inmediato en meme del año. El resto fue fácil. Cuando la noticia se hizo pública, descabezada la organización, sus gorilas y secuaces se rindieron o huyeron. Y, naturalmente, recuperamos la franquicia. Kelsmos sabía a quién enviaba a hacer sus ‘trabajitos’. Sabía que podía contar conmigo, que nunca le defraudaba. Quizá le pidiese aumento de sueldo. Sí.
Esa misma tarde escribí mi informe y se lo transmití a Kelsmos por señal de radio vía satélite –adjuntando, eso sí, un selfi mío junto a los muertos como prueba del trabajo bien hecho–, después de escanear las hojas de papel. ¿Qué queréis?, estoy chapado a la antigua.

Luis J. Goróstegui
[Ilustración de Ismail Inceoglu]


Csi 709: De otro lugar (Anotaciones de un extraterrestre en la Tierra)

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709. De otro lugar (Anotaciones de un extraterrestre en la Tierra)

709.1. Andando bajo la lluvia, mojándome, sintiendo que me convierto en agua o en impenetrable diamante, o en las dos cosas a la vez.

709.2. Mirando al cielo, buscando de dónde vengo.

709.3. Los peces me consideran una sirena; las aves, un dragón; los humanos… los humanos creen que soy uno de ellos.

709.4. La luna no es de queso, no, pero tampoco está deshabitada; allí se asentaron los míos cuando vinimos del «profundo».

709.5. Soy de otro lugar, lo siento en las agallas.

709.6. Cuando alguien me dice que no cree que exista vida extraterrestre inteligente en otros planetas, me dan ganas de quitarme mi escudo biocamuflador, mostrarme tal cual soy y darle un sopapo. Nunca llego a las manos, claro; me calmo y me digo: «Ya llegará el día, tranquilo, ya llegará el día.»

709.7. Nunca digo de dónde provengo, nadie me creería.

709.8. Con lo bonitos que tengo los ojos, nunca puedo enseñarlos: los humanos me matarían.

709.9. Cuando veo que una persona necesita un martillo para clavar un clavo, me río para mis adentros y me digo: «¡Qué blandurrios son estos humanos!»

709.10. Hoy he estado viendo la final del mundial de atletismo de 100 metros lisos, ¡qué lentitos son estos humanos! Si no fuera porque no puedo darme a conocer, iban a ver lo que es correr de verdad.

709.11. No todo es malo en la Tierra, no, pero echo de menos el aire denso de mi planeta y, sobre todo, sus emocionantes carreras sobre monstruos marinos.

709.12. Al único que he contado de dónde provengo ha sido al hijo de mi vecina, y aprovechando que su madre había ido un momento al cuarto de baño, incluso me he quitado las lentillas. Al ver mis ojos completamente azules, tan diferentes a los de su madre, sin nada de blanco en ellos, se ha reído. Es un cielo. Es que no podía aguantarme más; tenía que contárselo a alguien. Tiene sólo dos años, así que no corro peligro de que me delate.

709.13. El otro día me apunté a un equipo de atletismo –es que empezaba a sentir que necesitaba hacer más ejercicio–; pero no debí hacerlo, no al menos a la vista de todos. Ayer, sin ir más lejos, hice un salto de longitud de casi 12 metros, y eso que intenté que fuera corto. Será mejor que me cambie de ciudad: estoy empezando a llamar demasiado la atención de algunos humanos.

709.14. En ocasiones tengo que inhabilitar mi capacidad telepática; resulta desolador sentir los pensamientos de algunos humanos. En esos casos sólo puedo pasar a su lado y saludarles con una amable sonrisa, pero ellos me miran extrañados, como preguntándose de qué manicomio he salido. Pobrecillos, ¡si realmente fueran conscientes de lo afortunados que son sólo por vivir en un planeta como éste! Deberían haber vivido una temporada en el mío, entonces sabrían apreciar lo que tienen aquí.

709.15. Hace unos días me invitaron a una fiesta. No acabo de comprender por qué algunos humanos beben tanto, sabiendo lo mal que les sienta el alcohol. Debe ser consecuencia del lento proceso evolutivo de la humanidad, o de algún desajuste genético, si no, no me lo explico, la verdad. Del lugar de donde provengo hace siglos que conseguimos librarnos de esa lacra. Aunque debo admitir que surgieron otras, claro.

709.16. Ayer casi me descubren. Una onda de plasma solar afectó a mi escudo biocamuflador, que me permite adquirir apariencia humana, y aunque los efectos fueron breves, un joven llegó a verme tal cual soy. Afortunadamente creyó que tenía puesto un disfraz, pues me preguntó dónde lo había comprado: «…y sobre todo esos ojos totalmente azules, y ese increíble tono de piel, ¡es genial!», exclamó mientras admiraba mi aspecto alienígena. Yo le contesté con una mentira y me fui rápidamente. Será mejor que tenga más cuidado si no quiero acabar siendo un conejillo de laboratorio humano.

709.17. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. Supongo que debe ser por la velocidad lenta de giro que tiene este planeta alrededor de su única estrella; y de que sólo tiene una luna, algo grande en proporción a su tamaño, la verdad; la poca gravedad también influye, claro.

709.18. Se me está acabando el dinero. Será mejor que vuelva a excavar en la montaña y coja un poco más de oro y algunos diamantes en bruto que luego me encargaré de pulir; aunque no mucho, no sea que los humanos sospechen.

709.19. La nave en la que llegué a la Tierra sigue bien oculta, he ido a comprobarlo. El fondo del mar es un buen escondite; sobre todo en esa fosa tan profunda. Es curioso que siendo tan diferente, en ciertos aspectos, el lugar de donde provengo, se parezca tanto a este planeta en otros; y sobre todo el mar.

709.20. Este es un lugar fascinante, pero… ¡los humanos son tan extraños!

709.21. La semana pasada volví donde tengo oculta mi nave espacial, en el fondo del mar, para recoger algunos instrumentos que necesitaba. Por el camino, mientras buceaba hacía la profunda oscuridad, me encontré con algunas ballenas. Me transmitieron su inquietud por su provenir. Son unos magníficos animales. Ojalá los humanos comprendan a tiempo la importancia de su supervivencia.

709.22. Con algunos de los instrumentos que recogí de mi nave espacial he fabricado una espada láser. En mi planeta hace tiempo que ya no se usan, pero tras ir al cine a ver la película me hizo ilusión construir una. Sin embargo, no debí probarla a la vista de todos: en el parque se me acercó un vecino, sorprendido de su calidad. No le dejé que la tocara, claro. Afortunadamente pensó que era una simple maqueta, y me preguntó cómo la había construido, con qué materiales y cosas por el estilo. Yo le contesté que era un secreto y que si se lo contaba tendría que matarle. Él se rió y yo le seguí la corriente. El muy incauto se creyó que estaba hablando en broma.

709.23. Echo de menos a los míos. Me encomendaron la misión de encontrar un lugar seguro donde poder asentarnos, pues ya no podemos seguir viviendo en nuestro mundo, y a veces creo que lo he encontrado en este pequeño planeta azul, pero entonces observo el comportamiento de algunos humanos y pienso que estoy equivocado, completamente equivocado. No sé, seguiré buscando un poco más, y si no encuentro un lugar adecuado buscaré en otro planeta.
Es curioso que, con la cantidad de vida inteligente que existe fuera de aquí, no haya detectado vida alienígena en este planeta. Supongo que el comportamiento violento y poco evolucionado que los humanos muestran en ciertas circunstancias les ha ahuyentado. Quizá yo deba hacer lo mismo; no sé, les daré una última oportunidad.

709.24. Ya pensaba que me tenía que ir de este planeta, pero al final he encontrado un lugar seguro donde poder establecerme con los míos. Deberemos adaptar nuestra apariencia física para evitar que los humanos puedan descubrirnos cuando tengamos que interactuar con ellos, claro, pero eso no será un problema. Lo importante es que he encontrado un nuevo lugar aquí, lejos de los de mi especie, donde poder vivir en paz. Ya les he enviado la señal de aviso. Dentro de poco volveré a estar, de nuevo, junto a los míos. Estoy contento de poder quedarme, además así podré seguir estudiando a los humanos. Si alguien me hubiera dicho, hace tiempo, que existían seres tan extraños como éstos en el espacio, me hubiera reído. ¡La sorpresa que se llevarían los humanos si alguna vez llegan a saber de nuestra existencia; ellos, que se creen los únicos inteligentes de todo el universo!

709.25. Hoy he salido con mi nave a dar una vuelta alrededor de la Tierra. No me preocupa que los satélites humanos me puedan detectar, mi nave es invisible para ellos. La Tierra es preciosa vista desde arriba; qué pena que los insensatos humanos se la estén cargando, ¡si pudiera hacerles comprender lo afortunados que son de vivir en un paraíso como éste! Sólo confío que se den cuenta a tiempo.

709.26. Procedo de otro lugar, del «profundo». Algunos de nosotros decidimos huir de allí, ya no podíamos seguir viviendo en esas circunstancias. Mientras aguardo la llegada de los míos, vivo en un pequeño piso, en la ciudad. Mi biocamuflaje me protege de las miradas indiscretas: es más conveniente para todos.
Me resultan curiosos, aunque intento intervenir lo menos posible en la vida cotidiana de los humanos, pero hay ocasiones en que no puedo evitarlo, o debería decir mejor que no quiero: ayer, mis sensores biológicos detectaron un paro cardiaco en uno de mis vecinos. Cuando llegué a él, ya había muerto. Habíamos conversado en un par de ocasiones. Es una buena persona –desconoce mi verdadera naturaleza, por supuesto–, y a pesar de que no debía intervenir, me dio lástima y le reviví. Él no sospecha nada, claro, y es mejor que sea así. Me gusta sentirme útil. La vida sería mucho mejor si todos nos ayudáramos mutuamente. Los humanos aún están a tiempo.

709.27. Hoy han llegado los míos. Ha sido un reencuentro emocionante para todos. Han ocultado su nave espacial en la misma fosa marina donde tengo la mía; es un buen escondite. En total somos treinta familias. Ya lo tenía todo dispuesto y les he conducido hasta el lugar seleccionado. Debo reconocer que me resultó sorprendente encontrar un anuncio de prensa en el que se vendía un pueblo deshabitado entero por el simbólico precio de un euro, a cambio de que los compradores se comprometieran a vivir allí con sus familias permanentemente y se responsabilizaran del cuidado y mantenimiento del pueblo. Es el lugar ideal para nosotros: en una zona boscosa entre montañas, no muy lejos del mar. En cuanto nos instalemos en él extenderemos un escudo psíquico a su alrededor de forma que impidamos que los humanos se acerquen, e, incluso, ni siquiera recuerden nuestra existencia ni la de nuestro nuevo hogar.

709.28. Hoy casi muero. Fue culpa mía, lo sé. ¿En qué estaría pensando cuando se me ocurrió? Suelo adquirir una apariencia anónima cuando necesito interactuar con alguien, o simplemente paseo por la ciudad viendo escaparates o contemplando el comportamiento de los humanos. Esta mañana, sin embargo, se me ocurrió, sólo por curiosidad científica, salir a pasear por la ciudad con la apariencia de alguien famoso –Justin Bieber, creo que se llama–. Mala idea, muy mala idea. No sé de dónde salieron, pero a los diez minutos de iniciar el paseo una avalancha descontrolada de jóvenes dementes –no me lo puedo explicar de otra manera– se abalanzaron sobre mí al grito histérico de «¡Es él!, ¡es él!». Durante unos segundos me zarandearon como a una marioneta. No he pasado tanto miedo en mi vida, ni siquiera cuando en mi planeta, allá en el «profundo», tuve que enfrentarme con un enorme y sanguinario Ainaäk. Salí huyendo como pude, claro. Menos mal que actué con rapidez y, al girar una esquina, cambié mi apariencia por el de un respetable anciano. La horda pasó a mi lado y se perdió calle abajo. Aún me tiembla el pulso al recordarlo. ¿Pero qué les pasa a estos humanos?

709.29. Hoy me he quedado profundamente impresionado al descubrir que Dios –el Dios de los míos, el de mi familia, mi Dios– también se hizo hombre en este planeta.

709.30. Ayer me divertí mucho. Resulta que en el pueblo de los humanos más cercano a nuestro nuevo hogar celebran todos los años un concurso de fuegos artificiales, y en parte por curiosidad y en parte por puro entretenimiento personal me apunté a él. Allí tuve ocasión de comprobar que si bien los humanos tienden a complicarse la vida de forma innecesaria, a la hora de divertirse son de lo más simples.
Los fuegos estuvieron bien; sencillos pero bien. A la hora de construir mi cohete tuve que contenerme, pues con un sencillo generador de plasma portátil y un par de matrices de neutrinos podría haber hecho que los humanos creyeran ver explotar a las estrellas, o que un monstruo estelar sobrevolara luminoso el cielo, pero no era cuestión de correr el riesgo de que me descubrieran, claro, así que me limité a utilizar materiales autóctonos y a echarme unas risas con los nativos –¡si ellos hubieran sabido con quien estaban charlando…!–. Aún así quedé segundo. Me dieron de premio un jamón ibérico de bellota. Estaba muy sabroso, he de reconocerlo. Al volver a nuestro nuevo hogar me traje algunos jamones para que los pudieran probar los míos. A la vista del éxito que tuvieron hemos decidido criar cerdos, a ver qué tal.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia