Csi 1071: El soñar eterno [Agosto-2019]

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1071. El soñar eterno. [Agosto-2019]

1071.1.- Historia familiar
Año 1907. Cada mañana, en un pequeño pueblo costero, los hombres salían a faenar. Mientras, en una isla cercana, un joven marinero trabajaba de farero. Una mañana encontró a una joven desmayada en la playa, toda desnuda. El caso es que se enamoraron y tuvieron una hija. La pequeña tenía unos hermosos ojos azules y, cuando se metía en el mar, sus piernas se convertían en aletas de pez: al igual que su madre, pues también era una sirena. Ah, se me olvidaba contaros que esa niña fue mi abuela.

1071.2.- Soy una copia de mí mismo
―Soy una copia de mí mismo.
―Y tu yo original, ¿dónde está?
―Por ahí, dándose la vida padre.

1071.3.- Desconocemos cómo consiguieron sobrevivir
―Desconocemos cómo consiguieron sobrevivir, Suma Alteza Hat’h. Han declararon al Alto Consejo que sólo se metieron en el sótano a besarse; luego llegó el estallido.
Después del final del mundo, llegaron a un lugar extraño: las cucarachas hat’h dominaban la Tierra.

• [Nota: Microcuento publicado en la revista digital «Submarino de hojalata», nº6, septiembre 2019 (pág. 7): https://submarinodehojalata.com/2019/09/29/revista-submarino-de-hojalata-numero-6/]

1071.4.- El soñar eterno
En lo más remoto del bosque, en un tiempo de magia y conjuros ya olvidados, en la abrupta ladera de un risco inaccesible –salvo que se tenga el salvoconducto para transitar por el sendero secreto–, una antigua construcción de cristal y jade custodia la nostalgia imperecedera que mantiene el vital impulso del soñar eterno. Un edificio que se extiende por el interior de la montaña de piedra, donde el jardín del bien perenne defiende –como un banco sus intereses– las flores mágicas que un día donó un anciano eremita, forastero de aquellas tierras, natal de otras estrellas. Sólo unos ventanales cóncavos de jade translúcido consienten que la luz del sol ilumine tímida su interior sagrado. Allí, el Concilio de la Sapiencia Sacrosanta habita en loor de alabanza y gratitud en bien de la humanidad incipiente. Tiempos vendrán en que sólo ellos sobrevivirán, está escrito.

1071.5.- En el fin de la tierra
―Dicen que en el fin de la tierra habitan sirenas.
―¿Buscas el fin de la tierra?
―No, busco sirenas.

1071.6.- ¿Has conocido sirenas?
―Abuelo, ¿has conocido sirenas?
―No.
―¿Y cómo sabes que existen?
―Me lo imagino.

1071.7.- Exclusiva de ultratumba
«Pues sí, en mis viajes por lo profundo he escuchado visiones de ultratumba, sin haberlo pretendido; desde mi tránsito he sentido canciones de un tacto áspero que me han hecho llorar de alegría y reír de tristeza, como ecos lejanos de un mundo prohibido; he percibido el aroma a vibraciones agudas, como la sinestesia de otro mundo reflejada en éste; ha sido una epifanía sobrenatural, sí», me contó mi amigo… bueno, amigo sería mucho decir. Le conocí en el mausoleo de la familia Remansonoble; en concreto me dijo ser uno de los tatarabuelos, por rama materna, del actual descendiente vivo de la familia.
Veréis, al parecer unos vecinos habían denunciado a la policía unos extraños ruidos nocturnos y unos gritos inhumanos. La policía no encontró nada extraño, era un cementerio de lo más tranquilo, pero aún así mi periódico me envió a cubrir la noticia –trabajo para un tabloide especializado en espíritus, espectros y demás apariciones fantasmagóricas–. Yo tampoco encontré nada, así que saqué algunas fotos y entonces, justo cuando me iba, se abrió la puerta del mausoleo y se me apareció. Me quedé de piedra, claro: me ganaba la vida escribiendo noticias sobre fantasmas pero no creía en ellos, ni hablar… hasta entonces, claro, cuando se me apareció él; me dijo que se llamaba Arturo, Arturo Remansonoble García. Acabé haciéndole una entrevista, por supuesto, la ocasión lo requería. Fue cuando me contó sus experiencias de ultratumba. Fue la exclusiva de mi vida.

1071.8.- ¿Y qué pasó, abuelo?
―¿Y qué pasó, abuelo?
―Veréis, en la última prueba, todo se complicó. Lancé la bomba pero no destruyó el portal. Ahí estaban, los vi surgiendo; eran un enjambre rabioso. ¡Fue horrible!:
«―Bravo1 a Base. Bomba lanzada, repito, bomba lanzada. Sobrevuelo ZONA CERO. Visibilidad nula. Niveles críticos de radiación. Esperen, ya se está despejando. ¡Oh, Dios mío!
―Aquí Base. Describa lo que ve, Bravo1.
―Bravo1 a Base. El portal transdimensional sigue abierto. Repito: sigue abierto. Las naves alienígenas siguen surgiendo de su interior. La invasión continúa, repito, la invasión continúa. No hemos destruido el portal. ¡Que Dios nos proteja!… Me han visto. ¡Me atacan!…
―¡Bravo1!, ¡Bravo1!, ¡Conteste, Bravo1!…»
―¿Y qué hicisteis entonces, abu?
―Hicimos uso del plan B: los que sobrevivimos huimos a este planeta, hijo, huimos.

1071.9.- Ahí es donde yo soy
Dicen que al atardecer, cuando el último rayo de sol acaricia la cúspide de la escarpada cima del monte más alto de la cordillera blanca, una radiación surge de la mente del eremita que en ella mora; un hermoso pensamiento circunvala el cálido regazo del efímero remanso de paz de todo aquello vivido y resucitado por el anciano sabio, como subterfugio rebelde de un tiempo ya pasado y aún por vivir, donde la fuerza de una sonrisa acapara sin pudor todo aquel tesoro que aguarda ser regalado, cuando nada resulta inimaginable y todo contiene la esencia de lo imposible. Un jardín, un paraíso, un recoleto rincón donde encontrar el sincero silencio de la verdad. Ahí es donde existo, ahí es donde yo soy.

1071.10.- En otro baile
En un mundo de otra dimensión, en una noche con otra luna, en otro silencio, en otro tiempo, suena un murmullo distinto, una melodía de sinuosos acordes de difícil comprensión para nuestro saber interno. Cuentan que sucedió en una playa de arenas blancas, donde el reflejo de la mirada de ella acariciaba suave la silueta de él, donde el camino llano, sincero, rememoraba en hechos la valentía de sus tiernas palabras. Es en otro espacio, en otro baile, donde el cerrar de ojos te transporta a otro lugar, a otro amor sin igual, es casi… no, casi no, es realmente un nuevo vivir, un nuevo ser.

1071.11.- Vivencias
Miro al cielo y recuerdo memorias que no viví, vivencias que vivieron mis antepasados y me transmiten los vientos celestiales, las auroras boreales, las estrellas fugaces. La tormenta de antaño despierta, el olor de la hoja fluye etéreo; el renacer de un sentimiento nuevo remueve conciencias viejas, ancestrales, eternas, de cuando el tiempo era joven. En lo profundo del bosque canta el eco truenos de una vida noble. En lo hondo de los río surcan sirenas, jueces de la naturaleza. Sobre las nubes, ángeles; bajo la tierra, demonios. La ley de la vida. Justicia y honor.

[FIN]

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Csi 1070: Un nuevo cielo

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1070. Un nuevo cielo

Mi madre se fue cuando yo era demasiado pequeño. Ya no me acuerdo de su cara, evidentemente. Sólo recuerdo una sensación de cariño y el calor de sus besos, o, al menos, la sensación de su recuerdo. Confundo lo que creo saber con lo que me ha contado mi padre de ella: que era muy inteligente, muy guapa, que nos quería mucho y que se fue a otro mundo, allá, más allá. Yo era pequeño pero era lo suficientemente mayor como para saber que lo que mi padre quería decirme es que mi madre había muerto, aunque no me lo quisiera decir directamente para no hacerme llorar –a otros compañeros del colegio les había pasado lo mismo, por eso lo sabía–. Sin embargo, mi padre no me contó toda la verdad… hasta que enfermó. «Ven, hijo, tengo algo que contarte, ya eres suficientemente mayor para saberlo», me dijo entonces –yo tenía veinticuatro años–. Y lo que me contó no se parecía a lo que yo supuse. Y cuando supe la verdad permanecí con él hasta que me dejó. Ese día estaba echado en la cama y me sujetó las manos; «ahora puedes irte si quieres, ella te estará esperando», me dijo. Luego le di un beso y murió.
Mi madre era exploradora. Tuvo un accidente en el bosque y la encontró mi padre, que era guarda forestal. Se enamoraron y me tuvieron a mí. Pero mi madre no podía estar más tiempo con nosotros, no podía. A las pocas semanas de nacer yo, se marchó. Acordó con mi padre el darme a entender que había muerto: «es lo mejor para él, ya lo entenderá cuando sea mayor», le dijo. A mi madre se le partió el corazón tener que irse, pero no podía hacer otra cosa. La verdad es que aún vive. Pero no aquí. No, aquí no. Mi madre se fue a su hogar natal.
Porque mi madre no es de la Tierra. Es una alienígena del planeta Qu’imdan. Y tuvo que irse porque su biología extraterrestre no es plenamente compatible con la habitabilidad humana de la Tierra –si se hubiera quedado más tiempo habría muerto–, por eso se fue; y mi padre tuvo que quedarse por la misma causa pero a la inversa; después de todo habían sido muy felices el tiempo que estuvieron juntos y, además, me tenían a mí. Acordaron también que durante mis años de juventud viviría con mi padre –mi biología, a esas edades, era mucho más humana que alienígena–; luego, a la edad apropiada, cuando mi metabolismo evolucionara, me contarían la verdad y yo podría tomar la decisión que considerara más adecuada, pues mi condición de mestizo me hace ser plenamente compatible en ambas atmósferas. Por eso me quedé con mi padre hasta que murió. Había tiempo, pues mi madre es una qu’imdaniana y son mucho más longevos que los humanos. Por eso, ahora que mi padre ha fallecido, me iré con ella. Allá, en mi nuevo hogar, me espera un nuevo cielo, aunque se encuentre siempre unido a éste*.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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[* Jhumpa Lahiri (Donde me encuentro, 2018)]

Haiku 1475 – 1479

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Haiku 1475 – 1479

–1475–

Con este frío
nadie recuerda ya
el sol de otoño

Con este frío nadie recuerda ya el sol de otoño

–1476–

Lluvia en otoño;
las calles inundadas
ocultan huellas

Lluvia en otoño; las calles inundadas ocultan huellas

–1477–

Frío otoñal
aunque no llueve casi;
el cielo claro

Frío otoñal aunque no llueve casi; el cielo claro

–1478–

La lluvia cae
en otoño los peces
no se dan cuenta

La lluvia cae en otoño los peces no se dan cuenta

–1479–

Aún resiste
la última flor de otoño;
llega la nieve

Aún resiste la última flor de otoño; llega la nieve

Luis J. Goróstegui
#haiku

Csi 1069: Entre chistes

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1069. Entre chistes

Debo reconocer que siempre me he considerado diferente. De donde yo provengo, reír estaba muy castigado, y por hacer reír eras juzgado y condenado a trabajos forzados. Por eso huí de allí. Recorrí media galaxia hasta que encontré la Tierra. Fui muy afortunado al encontraros. Ninguna otra civilización disfruta tanto de los chistes como la humana. Soy un alienígena, ¿sabes? Era el único de mi planeta, allí entre la nebulosa Or’pery y el cinturón de Est’dra –Páuxides, se llama–, que contaba chistes, o eso intentaba al menos; yo mismo los inventaba, pero tenía que tener mucho cuidado de no ser descubierto; por menos de nada te fusilan allí, y no te digo nada si te descubren contando un chiste o riendo. Ahora, aquí, en la Tierra trabajo como monologista contando chistes; me siento como en el paraíso. Escuchad estos:
«—Hola, ¿tienen libros para el cansancio?
—Sí, pero están agotados.
—Soy celíaca.
—Encantado, yo Antoniaco.
—¿Qué hace un perro con un taladro?
—Taladrando.
—¿Qué le dice una gallina deprimida a otra gallina deprimida?
—Necesitamos apoyo.
—¿Qué le dice una barra de pan a otra?
—Te presento a una miga.
—¿Sabes por qué no se puede discutir con un DJ?
—Porque siempre están cambiando de tema.
—¿Por qué le dio un paro cardiaco a la impresora?
—Parece que tuvo una impresión muy fuerte.
—¿Qué hace un mudo bailando?
—Una mudanza.
—¿Por qué los adivinos no pueden tener hijos?
—Porque tienen las bolas de cristal.»
El otro día, por ejemplo, fui a la biblioteca y le pregunté a la bibliotecaria: «Perdone, ¿dónde está la sección de libros sobre el sentido del gusto?»; y me contestó: «Lo siento, sobre gustos no hay nada escrito». Así, como sin querer. Los humanos contáis chistes aunque no queráis. ¡Sois la monda, de verdad! Sí, soy muy afortunado de haber encontrado la Tierra.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Csi 1068: Los naal’l (1 a 25)

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1068. Los naal’l (1 a 25)

[El #DesafíoDosPalabrasUnTuit en Twitter plantea, de lunes a viernes, el reto de escribir cada día un #microcuento que incluya dos palabras propuestas. Yo, además, me propuse escribir un RELATO EN SERIE, de forma que mis micros formen un único #cuento. Éste es el resultado de los episodios 1 a 25]

Prólogo

Logramos huir de nuestro planeta y de los tiranos kaen’p que nos subyugaban. Alcanzamos la Tierra y encontramos refugio en ella. Mantenemos en secreto nuestra identidad alienígena para que los humanos no sepan de nuestros orígenes extraterrestres. Somos una pequeña comunidad, formada por varias familias, y nos llamamos los naal’l. Tenemos apariencia humana –salvo mínimas diferencias físicas fácilmente camuflables y una longevidad mucho más extensa– y ciertas capacidades psíquicas y conocimientos avanzados que los humanos podrían confundir con poderes mágicos. Les hemos tomado cierto afecto a la humanidad y en ocasiones intervenimos y les ayudamos –aunque sin que ellos se enteren– para intentar promover así su correcto progreso evolutivo como civilización. Mi nombre es Akla’u; mi esposa, A’n; nuestro hijo, Neu’l; y mi anciana madre, Meple’p. Somos una familia que sólo busca vivir en paz.

Los naal’l (1 a 25)

1.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día30 – Ma230719: Café y Césped.]
Un ruido, como rugido, me despertó temprano; de desayuno preparé un café. Mientras me lo tomaba con unas galletas salí al balcón. El viento mecía tenaz el césped. En eso vi a un dragón atravesando el cielo. El café debía estar caducado, creo yo.

2.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día31 – Mi240719: Bananas y Tornillos.]
Se reían de ella, decían que había perdido un par de tornillos, mas la anciana les sonreía taimada sin hacerles caso; dejaron de reírse cuando bebió su pócima de serpiente de Fens, ojos de triturus cristatus y bananas y se convirtió en dragón.

3.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día32 – Ju250719: Tequila y Ventana.]
El cielo tomó un inusual tono rosicler. Solté asustado el café y me preparé un tequila, «¡esto no puede ser cierto!», pensé, y me asomé a la ventana. Allí seguía sobre la ciudad: un soberbio dragón; «¡ya está otra vez la abuela con sus conjuros!»

4.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día33 – Vi260719: Justicia y Mecánica.]
Hubo un tiempo, antes de toda justicia, en el que los naal’l, huyendo de los kaen’p, alcanzaron la Tierra.
―Papá, ¿por qué se ha convertido la abuela en un dragón?
―Espero que fuera mecánica de autodefensa, hijo, o se va a enterar –le respondí.

5.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día34 – Lu290719: Microondas y Candado.]
―Madre, ¡de dragón otra vez! Voy a tenerte que encerrar con candado, ¡no debemos darnos a conocer a los humanos! –le dije.
―No es para tanto, hijo, es que me empezaban a cansar sus risitas –me respondió–. Anda, prepárame un té en el microondas.

6.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día35 – Ma300719: Vino y Herraduras.]
―Abuela, ¿cómo era nuestro planeta natal?
―Era hermoso, Neu’l, se llamaba Neinha’l. Criábamos un excelente vino tinto y unos soberbios ku’k de alas rojas; cuando vinimos a la Tierra nos trajimos uno. Recuerdo que nos costó ponerle las herraduras.

7.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día36 – Mi310719: Termo y Basura.]
Dos niños juegan entre la basura.
―Y los kaen’p tiranizaban mi planeta Neinha’l. Por eso tuvimos que escapar de allí y venirnos a la Tierra; pero no se lo digas a nadie –le explica Neu’l–. Pásame el termo.
―¿Eres un alien? –le pregunta el otro.

8.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día37 – Ju010819: Pato y Túnel.]
―Neu’l, deja al pato. Ven. Comprendo que quieras tener amigos humanos pero no les puedes desvelar que eres un alien, es peligroso; lo sabes, hijo.
―Sí, papá.
Es la cuarta vez que uso el desmemorizador de efecto túnel con alguno de sus amigos.

9.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día38 – Vi020819: Llaves y Metrónomo.]
―Akla’u, debemos irnos a otra ciudad, con otros naal’l como nosotros; Neu’l necesita estar con otros jóvenes como él.
―¿Qué ha hecho ahora, A’n?
―Con unas llaves, un metrónomo y no sé qué más, ha hecho un teletransportador; para ver mundo, dice.

10.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día39 – Lu050819: Ábaco y Montañas.]
Una aldea en las montañas. Un hombre trabaja en su tienda con su ábaco. Entra alguien con un arma; le mata, le roba y huye. En eso entra una mujer y le revive –se llama A’n; tiene poderes; es una naal’l–. Al llegar la policía la mujer ya no está.

11.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día40 – Ma060819. Palabras: Pirata y Telaraña.]
―¿Por qué revivirle a él, A’n, a un anciano pirata, en una remota aldea de montaña?
―Será importante en el futuro, Akla’u; lo he visto: salvará la vida del que inventará el motor de salto cuántico.
―Mira, en el rosal hay una telaraña.
―Déjala.

12.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día41 – Mi070819. Palabras: Planetas y Ballet.]

Habitamos entre los humanos. Llegamos de otros planetas. Tenemos apariencia humana y poderes psíquicos. Somos los naal’l.
―Akla’u, ¿vienes?, va a comenzar el ballet.
―Sí, ya voy, A’n –le respondo a mi esposa.
Ah, y nos encanta el ballet.

13.-[ #DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día42 – Ju080819. Palabras: Teclado y Mochila.]
―Pero papá, sólo le acoplé al teclado unos servos y le instalé un generador de foco abierto.
―Pues te has cargado medio vecindado. Menos mal que los humanos lo han achacado a un terremoto. Vamos, Neu’l, deja la mochila; tu madre quiere hablarte.

14.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día43 – Vi090819 – Palabras: Boxeo y Alcantarillas.]
Veraneamos en la montaña, lejos de los humanos y del ‘boxeo de sus alcantarillas’. Nos gusta el aroma a azufre de sus volcanes; nos recuerda nuestro planeta natal. Al amanecer sobrevuelo con Neu’l los bosques a lomos de nuestro ku’k de alas rojas.

15.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día44 – Lu120819: Hipopótamo y Fantasma.]
Van como un hipopótamo alocado; ¡humanos!, huyendo de la bendita lluvia como si un fantasma les acosara, ¡con lo afortunados que son! En nuestro Neinha’l natal sólo llueve un día al semestre; allí el agua es moneda de cambio y motivo de guerras.

16.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día45 – Ma130819 – Palabras: Veleta y Panqueques.]
Ayer, nuestra vecina, una humana muy simpática aunque algo veleta, nos invitó a panqueques. Charlamos de todo un poco.
―Pues yo no creo que existan extraterrestres –me dijo muy convencida.
Tuve que hacer esfuerzos para no reírme. Me cae bien.

17.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día46 – Mi140819. Palabras: Romance y Abrelatas.]
En un cine al aire libre con A’n, viendo un romance; el cielo terrestre estrellado, la luna llena iluminada… Nuestro Neinha’l natal no tiene satélites naturales. «La humanidad vive en un paraíso y no lo sabe», pensé.
―Dame el abrelatas, A’n.

18.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día47 – Ju150819. Palabras: Chupitos y Fútbol.]
Ayer, viendo el fútbol, bebiendo unos chupitos:
―Esta mañana, A’n, al comprar el pan, me ha dicho la panadera: «¿Ha visto las noticias?, dicen haber visto un ovni sobre la ciudad»; y pensé: ¡Como Neu’l haya salido a volar con la nave me va a oír!

19.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día48 – Vi160819 Palabras: Odalisca y Charco.]
Hoy, frente a la tele:
―Dicen haber visto un ovni sobre la ciudad, Neu’l; ¿has volado la nave?
―Claro que no, papá.
«Espero que no sean los kaen’p», pensé.
―¿Qué ves?
―Una peli antigua de un tipo cantando en un charco bailando como una odalisca.

20.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día49 – Lu190819. Palabras: Guitarra y Alféizar.]
―Neu’l, baja del alféizar y deja la guitarra. Familia, lo de que se ha visto un ovni es otro bulo humano. Los naal’l somos los únicos aliens en la Tierra. Confiemos en que los kaen’p no nos hallen, por nuestro bien y el de la humanidad. ¿Listos?

21.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día50 – Ma200819 – Palabras: Reloj y Cocos.]
―Bien, A’n y yo construiremos un sónar de rastreo estelar con el reloj cuántico del abuelo y unos cocos; madre, diseña un protocolo de detección de todo asteroide o similar que se aproxime a la Tierra; Neu’l, ayuda a la abuela con los cálculos.

22.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día51 – Mi21819. Palabras: Recital y Parca.]
―¿Estamos en peligro, papá?
―Por ahora no, Neu’l, la Tierra es segura pero la parca acecha; no podemos dejar de vigilar el recital espacial; debemos estar atentos y adelantarnos al posible advenimiento de los crueles kaen’p. A’n, activa el sónar.

23.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día52 – Ju220819 – Palabras: Ñandú y Tubos.]
Ayer sobrevolamos la Tierra.
―A’n, abre los tubos 3 y 5. Mira, Neu’l, qué hermoso es este planeta visto desde el espacio –dije.
De vuelta pasamos por Sudamérica y nos trajimos un ñandú.
Naturalmente teníamos activado el escudo de indetectabilidad.

24.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit #Día53 – Vi230819 – Palabras: Confeti y Duelo.]
Anoche, viendo una peli de alienígenas:
―Ves, Neu’l, en el duelo final el humano mata al alien; por eso ocultamos nuestra identidad.
―Pero, papá, nosotros no somos así.
―Lo sé, hijo, pero los humanos no nos creerían. ¡Madre, no tires más confeti!

25.- [#DesafíoDosPalabrasUnTuit 4 – Lu260819 – Palabras: Lápida y Tornado.]
Anoche un tornado barrió el cementerio humano. Una lápida acabó en nuestro jardín.
―Es curiosa la vida tan corta que tienen los humanos, ¿verdad, A’n?
―Es cierto, Akla’u, mi madre, por ejemplo, vivió hasta los dos mil veinticinco años terráqueos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Haiku 1470 – 1474

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Haiku 1470 – 1474

–1470–

Gotea el agua
de lluvia entre las hojas;
el viento arrecia.

Gotea el agua de lluvia entre las hojas; el viento arrecia.

–1471–

El viento arrastra
algo más que las hojas;
sol de noviembre.

El viento arrastra algo más que las hojas; sol de noviembre.

–1472–

Otoño seco;
el sonido del viento
arrastrando hojas.

Otoño seco; el sonido del viento arrastrando hojas.

–1473–

Nubes de otoño
aunque no traen lluvia
cubren el sol.

Nubes de otoño aunque no traen lluvia cubren el sol.

–1474–

Entre las hojas
amarillas, la ardilla;
llueve en otoño.

Entre las hojas amarillas, la ardilla; llueve en otoño.

Luis J. Goróstegui
#haiku

Csi 1067: Comando fantasma

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1067. Comando fantasma

Hace veintiún años morí. Por aquel entonces tenía veintitrés. Aquel día iba en un autobús y regresaba de unas vacaciones. Llovía. Se produjo un reventón, el autocar volcó y cayó por un precipicio. Llegué moribundo al hospital junto con quince heridos y cinco pasajeros más el conductor fallecidos. Los médicos hicieron todo lo posible pero no fue suficiente. Morí. Oficialmente estuve dos minutos y quince segundos muerto. Os puedo asegurar que dos minutos quince es toda una vida en el más allá. Pero en eso reviví. Los médicos me dijeron que fue un milagro. Desde ese día puedo ver fantasmas, espectros y todo tipo de ánimas y seres sobrenaturales.
Al principio era sobrecogedor, os lo aseguro. Un día, por ejemplo, iba en un autobús y una adorable ancianita que tenía enfrente me sonrió amable y, sin previo aviso, sus ojos se volvieron negros al instante, y la anciana se burló de mí de forma obscena, y su sonrisa se volvió siniestra y me mostró unos dientes que daban pavor, y la ancianita, convertida en un horroroso espectro, se elevó y atravesó el techo del autobús; y aún escuché la maligna carcajada de la horrible vieja incluso unos segundos después de haber desaparecido. Nadie a mi alrededor la vio, sólo yo. Y así la mayoría de las veces. Pero me acostumbré. A todo nos acostumbramos con el tiempo. «Ser o no ser», como escribió William Shakespeare. Y continué viviendo. Y estudié y me hice policía. Y desde entonces voy… desfaciendo entuertos, como diría don Quijote.
Continúo viendo espectros, lo cual, he de confesaros, es de gran ayuda para mi trabajo policial. Veréis, durante estos años he logrado establecer como una especie de relación de amistad o de cooperación, al menos, con alguno de ellos y he conseguido que me ayuden en mis casos –no con todos, es cierto, pues los hay intratables, lo admito, y otros que son el terror hecho ectoplasma, pero a esos les dejo en paz, no es responsabilidad mía preocuparme por la salvación de sus almas–. Son como si fueran mis Irregulares de Baker Street y yo fuera su Sherlock Holmes, salvando las distancias, naturalmente. Cuando recibimos en comisaría un aviso, envío a mis fantasmas por delante para que… echen un vistazo. En más de una ocasión, gracias a ellos, no se ha cometido un robo en una joyería, o en un banco. Resulta sorprendente llegar a una joyería y ver a los ladrones en la calle, gritando muertos de miedo: «¡han sido los fantasmas!; ¡los hemos visto!; ¡uno de ellos me ha gritado a la cara!», y cosas por el estilo. Sí, resulta hilarante. Yo, naturalmente, no digo nada a nadie; nadie me creería, además.
En una ocasión uno de mis fantasmas –sí, los considero mis fantasmas– salvó la vida a una niña pequeña: nos avisaron de un incendio y, como siempre, envié a los espectros, –llegaron antes que los bomberos, claro; el edificio estaba completamente en llamas– y uno de ellos encontró a una niña acurrucada en un armario, desmayada. Pues bien, ese fantasma –Adrián, se llama– la levantó en brazos, la alejó del fuego y la depositó en el rellano de las escaleras donde, unos segundos después, la encontraron los bomberos. Fue genial, os lo aseguro. Sí. Genial. Visto con perspectiva es extraordinario poder ver fantasmas, te hace ver la vida de otra manera. A veces tengo que enfrentarme a ellos, es cierto, pero eso es otra historia. Sí, «a la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa», como escribió Edgar Allan Poe. Y aquí me tenéis… invitando a una copa a la muerte.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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Csi 1066: Zona neutral

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1066. Zona neutral

En el mundillo de los asesinos a sueldo, los mafiosos, los gánsters, los yakuzas, los bratvás… y demás organizaciones delictivas de alto standing –legales o ilegales–, existe un hotel muy especial. Se le conoce como «El Salvaguarda», y tiene el acceso reservado sólo para aquellos que cumplan ciertas condiciones muy exigentes; la principal de ellas: haber matado. Es un hotel para asesinos, así de claro. Y no es nada barato, pero vale su precio. Su director tiene varios nombres, pero atiende por Serguéi –exCIA, exKGB, exMossad, exBratvá, exYakuza, freelance…–; un tipo de lo más… afable –sentado en su despacho, tomando una taza caliente de algún tipo de infusión–, sí, alguien en quien podrías confiar… si no le traicionas, si no, no tienes donde esconderte, porque te matará, sí o sí, quizá él en persona no, pero alguien lo hará, seguro, conoce a los mejores asesinos y casi todos le deben más de un favor, ya me entiende usted. El hotel es ‘zona neutral’. En él no se mata. Quien entra y se queda es intocable, al menos mientras permanece en el hotel; aunque el plazo máximo de estancia al año, de forma continuada, es de dos meses. Luego: arréglatelas como puedas, amigo. Y Serguéi cumple. Siempre. En una ocasión, dicen, mató a su propio hermano por no querer abandonar el hotel al cumplirse el plazo. Al parecer le esperaban afuera con no muy buenas intenciones; asuntos de apuestas. Pero a Serguéi no le tembló la mano al apretar el gatillo.
Antes he mencionado que el hotel vale su precio, y es cierto: cada habitación tiene baño, inodoro automático y jacuzzi, sala de billar, un salón amplio, sala de reuniones, televisión panorámica de 85”, terraza, cocina y una cama donde caben perfectamente hasta tres personas; y el servicio incluye además masaje, servicio especial de cocina y todos aquellos caprichos que el cliente desee, hasta un total de mil euros al día; además de parking, naturalmente.
Pero disculpe, no me he presentado aún: me llamo Sebastián. Soy el portero del hotel. A su servicio.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1465 – 1469

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Haiku 1465 – 1469

–1465–

Tornan los árboles
del verde al amarillo;
caen las hojas.

Tornan los árboles del verde al amarillo; caen las hojas.

–1466–

Entre las nubes
sale un rayo de sol;
otoño tenue.

Entre las nubes sale un rayo de sol; otoño tenue.

–1467–

Infinidad
de hojas amarillentas;
un gato entre ellas.

Infinidad de hojas amarillentas; un gato entre ellas.

–1468–

Sobre la nieve
ya ni queda una huella;
el sol de invierno.

Sobre la nieve ya ni queda una huella; el sol de invierno.

–1469–

Lluvia en otoño
a la sombra de un árbol
se oculta un gamo.

Lluvia en otoño a la sombra de un árbol se oculta un gamo.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1065: Los experimentos, con gaseosa

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1065. Los experimentos, con gaseosa

Nunca se conoce del todo a los vecinos, ¿verdad? Que me lo diga a mí.
Veréis, vivo en la última planta de una torre de catorce, y en cada una somos cuatro vecinos; total: cincuenta y seis. Pues bien, nunca hubiera podido imaginar que mi vecino del 14-D fuera capaz de aquello. Ni por lo más remoto. Con lo sensato que parecía.
Amanecía un 25 de diciembre, Navidad, lo recuerdo como si fuera ayer. Yo estaba desayunando y en eso la casa tembló y un ruido como si se resquebrajara la Tierra me sacudió. No he pasado más miedo en toda mi vida, os lo juro. Cuando el estruendo cesó y me repuse del susto abrí la puerta de salir y eché un vistazo. El rellano estaba en silencio, sólo se escuchaban, a lo lejos, gritos de otros vecinos. Los de mi piso se habían ido de vacaciones; todos, creía yo; luego supe que no, claro. En eso me fijé que la puerta del 14-D estaba algo desvencijada. Habían colgado una de esas coronas de flores para celebrar la Navidad y se tambaleaba un poco, como si le hubiesen dado un meneo. Me acerqué con cuidado y abrí la puerta. No os lo vais a creer: la casa no estaba, así, como suena. Era como si un gigante le hubiera dado un mordisco a la torre y se hubiera llevado un cacho, un cacho del tamaño de una casa entera. Delante de mí no había paredes, ni techo, las tuberías rotas, medio arrancadas, y se veía la ciudad como si estuviera en un mirador de esos que hay en la montaña para ver el paisaje. Tuve vértigo. La policía y los bomberos llegaron poco después. Las autoridades lo achacaron a una explosión de gas. Luego se supo la verdad. Mi vecino del 14-D era científico; físico relativista, para ser más exacto. Lo explicaba todo en su diario. En su última entrada estaba escrito:
«25 de diciembre. Navidad. Hoy es el día. Todo está listo. El generador de flujo ya ha alcanzado el nivel crítico. Nada puede ir mal. He repasado los cálculos tres veces y son óptimos. La matriz de plasma al 99%, correcto; el compresor de iridio y el focalizador de tugsteno en foco abierto, niveles exactos; el temporizador cuántico en hora, perfecto; el oscilador de efecto túnel en marcha, bien; el modulador gravimétrico activo, nivel 9,97 gravs., correcto; cápsula de vacio… vacía al 100%, bien; presión optima… Y ahora activaré el sensor magnético y generaré el primer agujero de gusano estable; será el mayor avance de la ciencia, seré famoso. Bien: 3, 2, 1…»
Ya no ponía más. Evidentemente algo salió mal. Y evidentemente, también, mi vecino del 14-D estaba como una chota. ¡A quién se le ocurre hacer eso en casa! Los experimentos, con gaseosa. No, nunca se conoce del todo a los vecinos, ¿verdad? Que me lo diga a mí.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 1064: El códice Y’shyech

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1064. El códice Y’shyech

Aquella mañana salí de casa con lo necesario para emprender un viaje por tierras peligrosas y prohibidas. Me habían asignado una misión importante, transcendente. En el malecón aguardaba soberbio un velero rápido como el rayo y robusto como un acorazado, y a él subí; «¡icen el ancla, desplieguen velas!», ordené, y zarpamos rumbo a un nuevo mundo. En mar adentro nos atacó una serpiente marina de tres cabezas, grande como un rascacielos, que lanzaba rayos por la boca y los ojos. Luchamos feroces. Me armé de valor y le disparé con mi rifle láser de dos generadores cuánticos. La bestia huyó malherida, pero nuestra nave quedó inservible. Afortunadamente logramos llegar a tierra, a una tierra que no estaba en ningún mapa. Allí nos topamos con un monstruo ciclópeo contra el que luchamos a muerte. Lo matamos, claro. Poco más allá encontramos una ciudad. Sus habitantes, gente amable, nos ofrecieron su dirigible –un galeón que se sustentaba con un gran globo alargado– cuando les explicamos nuestro agitado periplo y nuestra sagrada misión. Durante nuestro viaje nos topamos con unos feroces terodáctilos que nos atacaron sin piedad. Logramos esquivarlos y nos alejamos de ellos activando los propulsores de plasma de nuestra aeronave. Sin embargo nos alcanzó una tormenta y un rayo nos derribó. Caímos en tierra, afortunadamente ilesos. Comenzamos a caminar en busca de un refugio o de alguien que nos pudiera ayudar. Cuando estábamos casi sin víveres ni agua encontramos una ciudad. En ella unos malvados ogros –los augh’sul, se llamaban– nos hicieron prisioneros y quisieron matarnos. Luchamos con todas nuestras fuerzas y logramos huir cuando maté a su líder. Seguimos caminando y encontramos agua y algunos árboles frutales. Poco después, retomadas nuestras fuerzas físicas, encontramos una ciudad. Sus habitantes –los del’tai–, gente pacífica y amable, enemigos acérrimos de los crueles augh’sul, nos permitieron utilizar su portal teletransportador con el que alcanzamos la ciudad de E’tasdar. Allí pudimos ‘negociar’ –es un decir, claro– con los o’angtai, piratas sin escrúpulos que nos obligaron a un duelo –que vencimos, todo sea dicho–, para acceder a vendernos un mapa estelar con la localización exacta de la ciudad Ech’ald. Allí, finalmente, logramos cumplir la misión: entregarle el códice Y’shyech a la joven Eurn’e, emperatriz de los Nal’ald.
Agotado, pero satisfecho de haber ganado, me quité el visor virtual y salí de la zona de juego. Aquella nueva versión del juego de aventuras de realidad aumentada «El códice Y’shyech» era espectacular, te hacía sentir que realmente era real, si sabéis a lo que me refiero.
Ah, y un detalle más: en el juego, mi avatar es un conejo, pero no un conejo tipo el conejito Tambor de la película Bambi de Walt Disney, no, ni mucho menos; sino uno audaz y recio, tipo el Usagi Yojimbo de Stan Sakai.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1460 – 1464

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Haiku 1460 – 1464

–1460–

Entre la niebla
amanece en otoño;
ulula un búho.

Entre la niebla amanece en otoño; ulula un búho.

–1461–

Silencio, otoño;
un ciervo pisa una hoja
recién caída.

Silencio, otoño; un ciervo pisa una hoja recién caída.

–1462–

Noche otoñal;
el fuego de un volcán
silencia el valle.

Noche otoñal; el fuego de un volcán silencia el valle.

–1463–

Primeras nieves;
en la rama sin hojas
se posa un mirlo.

Primeras nieves; en la rama sin hojas se posa un mirlo.

–1464–

Primeros fríos;
los caquis remanentes
entre las ramas.

Primeros fríos; los caquis remanentes entre las ramas.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1063: El presente está solo

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1063. El presente está solo

Siempre di por sentado que la memoria custodiaba al tiempo, como un cofre que guardara un tesoro, como el niño que recorre la playa recogiendo conchitas de mar para enseñárselas después, todo orgulloso, a papá y a mamá, y les cuenta por dónde ha ido, qué ha encontrado por la orilla, qué conchas ha recogido y cuáles no y por qué no; esas cosas que le hacían ser importante. Pero estaba equivocado, pues el presente está solo; «la memoria erige el tiempo»*. Lo sé por experiencia.
Fui consciente de ello una mañana de verano, hace tiempo. No sé cuánto. Quizá fue ayer. Quizá fue hace mucho, en el comienzo del tiempo. No sé. Amanecía y el sol deslumbraba y se alzaba poderoso. Desperté en una cama desconocida para mí, en una habitación que no reconocía. ¿Dónde estaba?; y lo más inquietante: ¿quién era yo? El tiempo se me paró. No consigo recordar nada. Mi mente se quedó vacía. Cada día es un día nuevo. Nada de lo de ayer se me queda en la mente. Todo se me escurre. Todo se me evapora antes de poderlo agarrar y guardar en mi cofre. Tuve que idear una forma de construir mi propio tiempo. Tuve que custodiar mi propia memoria apuntando en un cuaderno mis vivencias; apuntalando con papel y lápiz mi vida.
Esta mañana he despertado en una cama desconocida para mí, en una habitación que no reconozco. ¿Dónde estoy? ¿Quién soy yo? En la mesilla hay un cuaderno. En la portada hay un post-it amarillo que pone:
«Lee este cuaderno: Hoy es 24 25 de agosto de 2019. Te llamas Alejandro. Hace tres años, cuatro meses y catorce quince días (actualizar datos) tuviste un accidente de tráfico. Perdiste la memoria. Cada mañana te despiertas sin recordar nada. Escribes esto para poder saber quién eres. Toda tu vida está escrita aquí. Lee.»
Está escrito a mano. Es un cuaderno de anillas, de papel blanco. Comienzo a leer. Dos horas después termino de leer el cuaderno. Intento hacer memoria pero no puedo. Mi mente está vacía. A pesar de que es mi letra, no consigo recordar nada de lo que está escrito. En eso se abre la puerta de la habitación y entra alguien. Dice llamarse Ana y ser mi enfermera. La miro y no la reconozco. No recuerdo nada. ¿Dónde estoy? Y, sobre todo, ¿quién soy yo? El tiempo no avanza. Cada día parto de cero. No lo puedo soportar. Rompo a llorar.

 

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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[* Jorge Luis Borges (El instante)]

Csi 1062: Una buena lección

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1062. Una buena lección

En el barrio en el que se crió mi abuelo –me contaba mi padre– no había mucho de donde elegir, era un barrio pobre, pero tenían un gimnasio en el que se preparaban los futuros campeones. En aquella época de hambre y precariedad era la única salida para muchos. De entre todos los que allí se entrenaban estaba, naturalmente, el campeón. Sonriente, confiado, enamorado de sí mismo. Se hacía llamar Joe ‘Rock’ y había ganado ya algunos combates menores. Era un joven fuerte, mucho, y ágil, muy ágil. Golpeaba certero y no se amilanaba ante el adversario. Todos los novatos le admiraban. Cada día Joe iba temprano y entrenaba con sus sparrings.
De entre los que se entrenaban en el gimnasio había uno, sin embargo, que lo hacía en un rincón, en silencio, como no queriendo llamar la atención. Ya no era un jovenzuelo, tendría sus buenos cincuenta y pico, pero aún se movía con eficacia. Él no boxeaba sino que se ejercitaba en diversas artes marciales como el karate, el aikido o el jiu-jitsu. Decían que había sido un gran campeón en su juventud, y ahora entrenaba por mantener la forma y el espíritu, y no por ganar, ya no. Se llamaba Tetsu.
Mi padre me contó que Joe nunca estaba satisfecho, que siempre quería más. Ninguno de sus sparrings le aguantaba más de tres asaltos. Lo cierto es que Joe era una fiera. Anteriormente, en un par de ocasiones, le había ofrecido a Tetsu ser su sparring y éste se lo agradeció pero le dijo que no. A Joe no le gustó, se sintió ofendido, pero no dijo nada. Un día, unos meses después, Joe llegó al gimnasio con ganas de desahogarse. Había tenido una noche ‘agitada’ en un garito de la ciudad y no había dormido –Joe solía salir de juerga y beber en tugurios de mala muerte–; sus entrenadores se lo recriminaban, naturalmente, pero ¿quién era el valiente que se enfrentaba a él cuando tenía uno de esos días? En cuanto entró por la puerta, medio ebrio y con ganas de pelea, todos se quedaron mirándole, en silencio. Joe se dirigió directamente a Tetsu, que continuaba con sus ejercicios sin atender a lo que sucedía a su alrededor.
―¡Eh, tú, viejo! –le increpó.
Pero Tetsu no le hacía caso.
―¡Eh, viejo! Sí, tú. Luchemos –le repitió Joe cada vez más irritado.
Tetsu siguió sin hacerle caso.
―Viejo, es de mala educación no contestar; ¿no te lo enseñaron en casa?
Tetsu, entonces, se detuvo y le miró.
―Bien, eso está mejor. Ven, luchemos… viejo.
Y Tetsu aceptó y subieron al ring.
El combate no duró mucho. Joe atacó y falló el golpe. Tetsu lo esquivó. Joe volvió a golpear al aire; Tetsu lo había vuelto a esquivar. Joe se movió por el cuadrilátero y volvió a atacar. Esta vez Tetsu no se movió. Le vio acercarse y en su mente sincronizó con precisión sus movimientos. Joe no pudo percatarse de por donde le vinieron los golpes –secos, certeros, contundentes, infalibles–. Joe acabó en el suelo, con el labio superior partido y una brecha en la ceja derecha.
Sí, porque Joe era fuerte y parecía no tener puntos débiles, pero, sin embargo, los tenía; y muy importantes: Joe ‘Rock’ era un vanidoso, un orgulloso, un altivo, era arrogante, presumido, engreído, fatuo, un fanfarrón, un jactancioso, un presuntuoso, un soberbio, un engolado, un petulante… y no sigo porque me he quedado sin sinónimos. Se creía el mejor. Pero le faltaba humildad. Y Tetsu lo sabía.
Sí, así sucedió, así me lo contaba mi padre:
―Sí, hijo, aquel día el abuelo Tetsu le dio una buena lección a aquel matón– me decía, y en su cara se le notaba su orgullo de hijo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1455 – 1459

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Haiku 1455 – 1459

–1455–

Lluvia en otoño;
tamborilea el agua
una y otra vez.

Lluvia en otoño; tamborilea el agua una y otra vez.

–1456–

Bosque otoñal;
se deshojan los árboles
sin hacer ruido.

Bosque otoñal; se deshojan los árboles sin hacer ruido.

–1457–

La última fresa
de temporada; sabe
mejor que nunca.

La última fresa de temporada; sabe mejor que nunca.

–1458–

Bosque en silencio;
en otoño se escuchan
caer las hojas.

Bosque en silencio; en otoño se escuchan caer las hojas.

–1459–

Entre las hojas
parlotean los pájaros;
vuelve el silencio.

Entre las hojas parlotean los pájaros; vuelve el silencio.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1061: La extraordinaria tienda de dulces y caramelos de la señora Emeldina

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1061. La extraordinaria tienda de dulces y caramelos de la señora Emeldina

¿Conoces en persona a la señora Emeldina? Es probable que no, pero seguro que te habrás dado cuenta de la tienda de dulces y caramelos que han abierto recientemente cerca de donde vives. Es una tienda amplia, con un mobiliario de madera con cierto toque retro y grandes ventanales, que hace esquina; y sobre la puerta principal tiene un gran cartel algo extravagante que pone: «La extraordinaria tienda de dulces y caramelos de la señora Emeldina Bosqueclaro y Centellas». En ella puedes comprar todo tipo de dulces. Siempre está llena de gente.
La señora Emeldina es una mujer joven, amable y servicial que atiende a todos sus clientes con una amplia sonrisa y siempre tiene el detalle de regalar a los más pequeños algunas chuches o algo de chocolate. Sin embargo lo extraordinario no está en eso, ni mucho menos. Quien está en el secreto de la señora Emeldina sabe que la tienda tiene un increíble sótano de, al menos, cuatro pisos bajo tierra. Ahí está lo bueno. Todas las tiendas de la señora Emeldina los tienen, porque ésta no es su única tienda, ¡qué va!; la señora Emeldina tiene varias repartidas por todo el mundo y parte del extranjero. Si algún día bajas al sótano encontrarás allí maravillas dignas de admiración, te lo digo yo: bastones de caramelo de mil sabores –literalmente, yo los he contado–; bombones que te permitirán barruntar como un elefante, o ladrar como un perro, o ulular como un búho, incluso cantar como una ballena, o rugir como un dragón y echar fuego por la boca también –una vez lo vi hacer, fue genial–; incluso tiene unas uvas pasas con las que podrás volar unos minutos, o unos pastelitos de naranja que te permitirán ser invisible todo un día, ¡es magnífico!. Sí, la señora Emeldina es mucho más que una simple vendedora de golosinas, es toda una hechicera. En ciertos ambientes… digamos clandestinos es toda una celebridad. La mayoría de la gente ni se lo imagina, claro, y así debe ser, naturalmente –al menos por ahora–, pero hay gente… con ciertos… conocimientos especiales, que sí la conocen.
Sin embargo dicen que la señora Emeldina no siempre fue así, no. Antes, hace mucho, cuando la magia negra reinaba en la tierra y los dragones y los ogros dominaban los bosques, dicen que fue ella la que le vendió la manzana a la madrastra de Blancanieves; incluso dicen que fue la que le agenció a la bruja del bosque todo el dulce necesario para construir su casa de chocolate y caramelo donde casi se come a Hansel y Gretel. Sí, la señora Emeldina no es tan joven como aparenta –cosas de las pociones que ella misma elabora– y por aquel entonces era toda una verdadera bruja de esas malvadas y pérfidas. Pero con el paso del tiempo cambió –por algo relacionado con un accidente en el que murió su hijo, dicen–, y, desde entonces, se dedica al negocio de la confitería con sus extraordinarias tiendas de dulces y caramelos. ¡Todo un deleite, te lo digo yo! De todas formas conviene no enfadar a la señora Emeldina, mejor no.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 1060: La verdad desnuda

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1060. La verdad desnuda

El día que llegaron, una mañana de agosto, lo recuerdo bien, la humanidad entera se quedó anonadada. Eran las naves espaciales más grandes y más hermosas que nadie pudiera imaginar. Luego salieron de ellas los alienígenas. Fue el no va más. Tenían un aspecto… no sé, alienígena, si me entendéis. Eran bípedos, es cierto, y se asemejaban a algún tipo de homínido, eso parecía evidente; al menos tenían manos prensiles como nosotros, pero eran… bueno, con el tiempo nos acostumbramos a verles. Eso sí, eran gente muy guapa y elegante… para ser alienígena, digo. Eran amables y no pusieron ninguna pega a nuestros análisis médicos ni al periodo de cuarentena al que les sometimos por seguridad. Dijeron que venían con buenas intenciones y que querían quedarse entre nosotros. «Queremos establecernos aquí y ser uno más entre la humanidad», dijeron con su peculiar acento, tras aprender rápidamente nuestros idiomas humanos.
Y sucedió lo inevitable. Al cabo de un tiempo recuerdo que fue noticia en todos los medios: ¡un humano y una alienígena se iban a casar! La primera boda interespecies, titularon los tabloides. Eso sí, la boda fue espectacular y no se escatimaron gastos. Al humano le conocía de haberle visto alguna vez en la televisión: era un presentador de un programa de variedades. A ella no la había visto nunca, claro; también es verdad que todos los alienígenas se parecían –supongo que a ellos les pasaría lo mismo con nosotros–. Cuando dijeron el «sí, quiero» fue apoteósico, con deciros que se declararon tres días de fiestas a nivel mundial. Fue la repanocha.
Hay, sin embargo, unos pequeños detalles que nadie cuenta en esta historia. Primero: que los alienígenas no tenían realmente el aspecto con el que se nos mostraban en público. Segundo: que los extraterrestres llegaron a la Tierra por motivos puramente reproductivos; al parecer ya no eran fértiles entre ellos –no me preguntéis la razón, no la sé ni me interesa–, y por eso buscaban por la galaxia otras especies compatibles sexualmente con las que copular y reproducirse. Y tercero, y quizá más importante: que sus métodos reproductivos no eran… cómo decirlo sin herir sensibilidades, no eran… humanamente muy placenteros. Sí, eso. El caso es que, en la noche de bodas de los dos tortolitos, ella se empezó a desacoplar los campos de fuerza que le camuflaban su cuerpo y empezaron a parecer sus tentáculos naturales y esos dientes tan puntiagudos y, sobre todo y lo más doloroso, esas ventosas succionantes con las que ellos copulaban allá, en su planeta natal. El caso es que el pobre humano se quedó de piedra al ver la verdad desnuda. Sí, su luna de miel fue un largo escalofrío.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Haiku 1450 – 1454

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Haiku 1450 – 1454

–1450–

Una hoja cae
sobre el suelo mojado;
vuelve a llover.

Una hoja cae sobre el suelo mojado; vuelve a llover.

–1451–

El viento sopla
y se lleva las hojas
recién caídas.

El viento sopla y se lleva las hojas recién caídas.

–1452–

Se lleva el viento
sólo las hojas secas;
está lloviendo.

Se lleva el viento sólo las hojas secas; está lloviendo.

–1453–

Lluvia de otoño;
el gato se escabulle
y no se moja.

Lluvia de otoño; el gato se escabulle y no se moja.

–1454–

Está lloviendo
y la lluvia no se oye;
frío otoñal.

Está lloviendo y la lluvia no se oye; frío otoñal.

Luis J. Goróstegui
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Csi 1059: La mansión Verissden

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1059. La mansión Verissden

Es una casa antigua, grande, de esas de hace mucho. Está en lo alto de una colina, rodeada de un frondoso bosque de grandes árboles que la ocultan de miradas indiscretas. Abajo, en el valle, hay una pequeña ciudad. Durante mucho tiempo la casa ha estado abandonada. Dicen que en ella se cometió una masacre, por eso nadie quiere comprarla, ni siquiera acercarse a ella, la consideran maldita. Y hacen bien. La casa pertenecía a un conde y en ella vivía con su familia. Eso fue hace tanto que ya nadie de la ciudad lo recuerda. En el bosque colindante –terreno que también pertenece a la misma propiedad– tenían, incluso, su propio cementerio. En él está enterrada toda la familia Snendkal Dreuddyn, que así se llamaban. Eran oriundos de centroeuropa. Gente de dinero e influencias innombrables. No es bueno que sepáis nada más.
Sin embargo, no hace mucho que alguien la ha comprado, con cementerio y todo. Dicen que es una familia algo siniestra… pero exageran: un matrimonio, dos hijos, una hija, los dos abuelos maternos, la abuela paterna y el servicio. Tienen también como un mayordomo de confianza que, aparte de los trabajos de casa, les hace de intermediario cuando ellos no pueden bajar a la ciudad a hacer algún trámite importante, ya sabéis, visitar abogados, hacer formalidades administrativas y esas cosas burocráticas. Fue él el que hizo los papeleos con la inmobiliaria para comprar la casa.
Casi nadie ha visto a los nuevos propietarios. Al parecer sufren una afección hereditaria muy grave e incurable que les provoca la muerte si les da el sol; por ello sólo salen al anochecer o, a lo sumo, al atardecer, en las tardes de invierno, cuando el cielo está tan nublado que parece que es de noche. Pero incluso entonces no son muy dados a entablar conversación con los vecinos. Es mejor así. Según el notario que les hizo la compra, se trata de los Lurnden Ess’elmay, una familia de rancio abolengo. Provienen de las lejanas tierras del Este. Han venido huyendo de su patria por cuestiones que podríamos calificar de políticas. Pertenecen a la estirpe de los Verissden, la misma a la que pertenecían los Snendkal Dreuddyn, y cuando se enteraron de que su mansión familiar estaba a la venta han venido a vivir aquí. Por cierto, desde que los Lurnden Ess’elmay se han establecido en la mansión Verissden, han aparecido dos vecinos de la ciudad asesinados, y la policía sospecha de mis señores. Es pura casualidad, pues os puedo asegurar que ellos no han tenido nada que ver. Además, nunca atacarían tan cerca de su mansión; por pura cuestión de lógica.
Permitidme un consejo: no os acerquéis a la mansión, ni rondéis sus terrenos, ni mucho menos intentéis entrar en ellos sin permiso, no os lo aconsejo. Los Lurnden Ess’elmay son muy celosos de su intimidad y tienen mal carácter. Tienen incluso animales de presa para proteger su propiedad. No son perros, no, son algo mucho más peligroso, algo inimaginable para la gente de bien. Ya sé lo que estáis pensando: que mis señores son vampiros; pero os equivocáis, no lo son, y tampoco son licántropos, ojalá lo fueran; porque son algo mucho más maligno. Lo sé porque trabajo para ellos. Soy su mayordomo, y me llamo Igor.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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Csi 1058: Estrellas fugaces

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1058. Estrellas fugaces

―Hubo una guerra en la galaxia, hace mucho tiempo ya, entre dos imperios egoístas. Comenzó como comienza toda enemistad entre vecinos: por una nimiedad. Luego la cosa se fue complicando: Que me des ese planeta, decía uno; que no te lo quiero dar, le contestaba el otro. Que esa estrella no es tuya, le insistía uno; ven aquí y quítamela si te atreves, le retaba el otro. Qué haces con ese sistema solar, es mío, le increpaba uno; qué dices, insensato, ese sistema solar ha sido de mi familia desde hace eones, ¡si lo sabré yo!, le regañaba el otro. Y así fueron aumentando las ofensas, y así fueron incrementándose la potencia de aniquilación de los destructores estelares. Hasta que ambos imperios se destruyeron, era inevitable. Dicen que algunos habitantes de aquellos dos imperios lograron salvarse. Pocos, claro, pero hubo algunos. Desde entonces los restos de sus planetas y estrellas vagan, como estrellas fugaces, por el cosmos sin rumbo fijo.
―¿Y tú te crees esa historia?
―Bueno, a mi me gusta mirar al cielo de noche y ver las estrellas allá en lo alto, y, cuando veo pasar alguna estrella fugaz, me gusta pensar que son los restos de alguno de los planetas de aquellos dos imperios egoístas. Llámame romántico. Además la historia me la contaba mi abuelo, y mi abuelo nunca mentía en asuntos de nuestra familia.
―¿A qué te refieres?
―A que mi familia fue de las pocas que lograron salvarse de la aniquilación; llevamos en la Tierra mucho: el año que viene hacemos los mil quinientos años. Mírame a los ojos; espera, que me quito las lentillas; ¿a cuántos humanos has visto con los globos oculares totalmente de un azul cielo jaspeado? Y ahora mira aquí.
Ésta es la parte que más siento, cuando disparo el desmemorizador y hago que olviden lo que les acabo de contar. Lo siento porque me gustaría que los humanos supieran que vivimos entre ellos. Pero bueno, supongo que todavía no ha llegado el momento adecuado para darnos a conocer. Ya llegará, estoy seguro.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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