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FUE CULPA MÍA
[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el reto #ddp353 de @M4627C]

Era un atardecer abandonado de finales de verano de nubes dispersas y brisa suave cuando a la comisaría del distrito centro de la ciudad entró un robot.
―Quisiera hablar con el comisario jefe, por favor –le dijo al agente de policía que estaba tras el mostrador de la entrada.
―En estos momentos está en una reunión. Dígame a mí de qué se trata –le respondió el agente.
―Me llamo Lucas. Vengo a entregarme. Soy el asesino del profesor Ulloa.

El doctor Ulloa era diseñador de procesadores neuronales en la empresa de robótica Neurorob S.A., un consorcio internacional especializado en el diseño y fabricación de robots de inteligencia artificial de última generación. Hacía apenas tres días que, la mujer que dos días a la semana le hacía la limpieza doméstica, le había encontrado muerto en su habitación. Según el análisis forense había muerto por una sobredosis de barbitúricos. Todo indicaba que había sido un suicidio.

Los robots no mienten, por eso, cinco minutos después de entrar en la comisaría, el comisario jefe en persona y un par de agentes más interrogaban a Lucas.
―Bien, Lucas, explícanos todo desde el principio. ¿Por qué afirmas que has matado al profesor Ulloa?
―Soy el prototipo LCS-603 de Neurorob, pueden comprobarlo en mi placa base, y en ocasiones sufro episodios de esquizofrenia compulsiva.
―Continua.
―El doctor Ulloa estaba trabajando en mi nuevo procesador neuronal pues hace algunos meses había detectado en él una serie de desajustes cuánticos –la robótica cuántica no es una ciencia exacta del todo y precisa de ajustes sumamente delicados–. El día que le maté le había acompañado a su casa para que continuara trabajando en mí.
―¿El profesor solía trabajar en ti en su casa? –le preguntó el comisario jefe.
―Sí, en ocasiones; su casa es como un laboratorio de robótica y allí trabajaba más a gusto.
―Bien, continua.
―Aquella noche me sobrevino un ataque esquizofrénico y a la hora de la cena envenené su comida. Fue un impulso irrefrenable. Luego regresé a Neurorob.
―¿Posees conocimientos de medicina?
―Unos pocos para en caso de primeros auxilios, pero sabía que el profesor tomaba unas gotas para dormir; sólo tuve que vaciarle el frasco en la sopa.
―¿Odiabas al profesor?
―¡Oh, no, era mi maestro!, fue culpa de mi esquizofrenia que afecta a mi protocolo de seguridad: un robot no puede causar daño a un ser humano o por su inacción permitir que éste sufra algún mal. Por eso he venido a entregarme, no puedo continuar así por más tiempo. Soy un peligro para la humanidad y merezco ser desconectado para que no vuelva a hacer daño a nadie más. El profesor no se suicidó, yo le maté.
Unas semanas más tarde, corroborada la declaración de Lucas, se celebró el juicio y LCS-603 fue declarado culpable del asesinato del doctor Ulloa y condenado a ser desmantelado permanentemente en su integridad neuronal.

Aquel lunes, a las nueve de la mañana, Lucas fue trasladado desde la celda a la enfermería del centro penitenciario donde le inocularían por vía cervical una dosis letal de nanotransmisores neuronales y apagarían su mente para siempre. Al recorrer aquella milla verde, Lucas rememoró lo que realmente había sucedido.

El profesor Ulloa sufría episodios depresivos ocasionales pero cada vez iban a peor. Al ser LCS-603 el prototipo con el que más trabajaba el doctor, disponía de más tiempo para estar con él en el laboratorio y así ayudarle a sobrellevar, en la medida de sus posibilidades, sus ocasionales episodios esquizofrénicos. Lucas era como su enfermero particular: como aquella vez en que se echó a sí mismo la culpa de haber roto unas probetas con muestras cuando había sido el doctor quien, en un ataque, las había arrojado al suelo; o aquella otra en que consiguió evitar que sus colegas del laboratorio se percataran de sus temblores de manos.
El doctor estaba cerca de la edad de jubilación y no soportaba sentirse inútil, que sus colegas ya no contasen con él como antes o que él ya no pudiera desenvolverse tan eficazmente en la empresa como cuando era joven. Por ello sufría episodios depresivos que, junto a los ataques esquizofrénicos, mermaban su autoestima.
Pero no sólo era en el laboratorio: Lucas temía que en su casa el doctor cometiera alguna barbaridad, así que, cuando el profesor aceptó su sugerencia de trabajar con él en casa, se sintió más tranquilo, pues estando a su lado podría seguir vigilándole y ayudándole si lo precisaba.
Sin embargo aquella noche algo no fue bien. El profesor se encontraba tranquilo pero algo cansado.
―Vete a Neurorob, Lucas, estoy algo cansado, quisiera irme a dormir.
―Pero profesor…
―No te preocupes, estoy bien; necesito que compruebes en el escáner del laboratorio si la muestra D53 está sobresaturada. Anda, vete.
Y Lucas obedeció. No podía hacer otra cosa.
«No debí dejarle solo; fue culpa mía que tuviera un ataque aquella noche y se suicidara. Fue fácil, sólo tuvo que tomarse el frasco entero de las gotas para dormir. Si hubiera estado con él…», pensó Lucas.
Al día siguiente, al enterarse de la muerte de su amigo y maestro, el mundo se le vino encima. Algo tenía que hacer para que la gente no se enterara de que el profesor se había suicidado, pues aquello podría llegar a afectar a su fama de genio de la robótica; y el agobio y la desesperación hicieron mella en él. Y sólo se le ocurrió una cosa: ¿y si no se hubiera suicidado?, ¿y si alguien le hubiera asesinado? Sí, ¿pero quién? –pensó–. Y sólo había alguien que pudiera haberlo hecho: Él. Por eso fue a la comisaría del distrito centro de la ciudad y se declaró culpable de la muerte del profesor. Así la gente seguiría respetando la memoria del doctor Ulloa. Aquello fue su último acto de servicio hacia el profesor, su último sacrificio hacia su amigo y maestro.

Y Lucas entró en la enfermería del centro penitenciario, se echó en la camilla –en su mente se sentía como un chaval saboreando azúcar y miel– y, cuando le inyectaron la dosis letal, cerró los ojos para siempre.

Luis J. Goróstegui