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EL TESTAMENTO DE CELESTE
[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el reto #ddp297 de @M4627C]

―Celeste fue una mujer de armas tomar, y eso que hubo quienes la tomaron por loca.
―¿La bisabuela Celeste?
―Sí, la que tenemos en el cuadro del segundo rellano de la escalera que lleva al desván norte, desde donde se ven los panales que tanto quería.
―¡Ah, ya, la de las hadas!
―Pues gracias a ella vivimos ahora en este castillo, así que más respeto con la bisabuela, ¿quieres?
―No me estaba metiendo con ella.
―Hace cien años Celeste era una joven risueña y vivaracha de apenas dieciséis que vivía con su familia en una humilde casa, en un pequeño pueblo, junto a un río…
―Sí, y un día de primavera se encontró en el bosque a un grupo de hadas que le pidieron ayuda pues les estaba persiguiendo un terrible trass’os de pluma roja y afiladas garras; y Celeste se las llevó a casa y allí las ocultó en un viejo panal de abejas en desuso y las hadas, como agradecimiento por su generoso gesto, le regalaron un saco de pepitas de oro de incalculable valor. Me sé la historia.
―Sí, así fue, y Celeste les contó lo sucedido a su familia y, aunque sus padres y hermanos y abuelos la creyeron (pues sabían que Celeste no era de las que mentían), sus vecinos y parientes más lejanos se burlaron de ella e incluso algunos la tomaron por loca. Y por eso decidieron no contárselo a nadie más e irse a vivir lejos; y allí compraron un viejo castillo que había junto a un bosque, lo arreglaron y desde entonces la familia hemos vivido aquí. Así que menos chanza con la bisabuela, fue muy valiente.
―¡Que no me estaba metiendo con ella!… ¡que ya sé cómo fue!
―¿Qué hora es?
―Casi mediodía.
―Ven, ayúdame con los panales.
Y, tras vestirnos con los trajes de apicultor, bajamos al jardín y nos pusimos a recoger la miel de las abejas. Tenemos cinco grandes panales de crecimiento salvaje, no de esos encajonados, no, sino de los que las abejas construyen de forma natural en los quicios del granero o en el cobertizo… bueno, cinco no, cuatro, porque el quinto lo han construido las hadas, las mismas a las que ayudó la bisabuela y que acompañaron a nuestra familia cuando nos vinimos a vivir al castillo; las mismas con las que tenemos firmada una alianza de mutua protección frente a las criaturas oscuras del bosque. Así lo dejó estipulado Celeste en su testamento y ambas partes –aún me resulta sorprendente ver la firma de las hadas en el pergamino– lo rubricaron por escrito en aquellas hermosas páginas.

Luis J. Goróstegui