Etiquetas

LAS HISTORIAS DEL ABUELO
[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el #findesemanadeletras #viernesnarrativo64 @M4627C]

En las noches de lluvia y frío el abuelo sale de su cuarto y, sentados en el salón, nos cuenta antiguos cuentos y leyendas y algunas otras historias de cuando él era joven.

―En tiempos de doña Euvigia, tía del conde de Orgaz –nos contó en una ocasión–, explotaron las calderas del castillo (no me preguntéis cuál fue la causa, exactamente no lo sé, aunque dicen que fue por una novedosa receta culinaria que estaba preparando el tío Rodolfo que se le fue de las manos), sigo… y, tras el estropicio, descubrieron, oculto en la pared de la cocina, el diario secreto de madame Lafayette, conocida pitonisa y amiga íntima de la familia. Desconozco quién tuvo la descabellada idea de leer el dichoso cuaderno, pero lo que sí es cierto es que dos semanas más tarde el castillo se llenó de una variedad ingente de espíritus, espectros y fantasmas de lo más variopinto (todos antepasados nuestros) y que, desde entonces, la familia… ¡nuestra familia!… dejó de ser apreciada y bienvenida entre la jet set de aquel entonces, tanto en la ciudad como en sus alrededores; aunque, si queréis que os diga mi opinión personal… ¡eso que ganamos, vive Dios!… ¡menuda panda de hipócritas, cursis y estirados que eran todos!… Por eso estoy yo aquí, entre otras cosas, pero ese es otro tema… ¿Habéis oído hablar de Calíope Leiningen von Coburgo-Saalfeld?… ¿no?… es una vieja conocida mía… sí… pues, veréis, en su casa, en el rincón del sótano que da a ras del jardín norte, habitaba una familia de seres diminutos de un aspecto casi como de personas pero no más grandes que un meñique. Un día, paseando Calíope por el jardín, vio a un par de aquellas criaturas –luego supo que eran el padre y la hija mayor– recogiendo flores de lavanda y, en los días posteriores, tras algunos intentos en vanos, consiguió que confiaran en ella. Desde entonces los pequeñines viven en la gran casa de muñecas que tenía Calíope en su salón, recuerdo de su niñez, y que, ahora, ha trasladado a la terraza que da al jardín sur donde el clima es más amable. El otro día, precisamente, estuve con ella… ¡ah, qué delicia de té prepara!… con sabor a lavanda… sencillamente soberbio.

Mi abuelo tiene una larga y frondosa barba pero no tiene bigote y su cabellera pareciera la de un león y su risa… ¡ah, esa honda carcajada!… si no fuera mi abuelo huiría despavorido de él.

―En una ocasión me tragó una ballena –nos contó una noche.
―¿Como a Jonás?
―Sí, exacto… y como a Pinocho.
―¿Y cómo saliste de ella, abuelo?
―¡Oh, veréis… me pasé toda la noche contándole chistes y la pobre ballena, de tanto reír, acabó escupiéndome por la nariz!

Recuerdo que, en otra ocasión, se puso como a medio recitar… «Sobre el pico cuneiforme de una lechuza algo bizca se ha posado esta mañana una mariquita de las uvas, vive Dios que fue verdad. Vino volando, volando y, cansada de volar, no encontró mejor sitio que aquél y allí se llegó a posar»… y de la carcajada que soltó al terminar retembló la casa. Tan cierto como que sale el sol.

Mi abuelo trabajó en un ballenero en sus años mozos y lleva medio cuerpo tatuado con extraños signos, siniestros conjuros y algún que otro exorcismo y, aunque él no lo admite abiertamente, en mi familia se comenta que luchó contra piratas, incluso que fue uno de ellos. Es experto manejando la pólvora y afilando lápices con un sacapuntas para luego usarlos como cuchillos; sabe hablar y leer siete idiomas, incluyendo sánscrito, latín y japonés; fue cargador en un muelle y hacedor del único espejo mágico que existe con una pareja de genios en su interior; tiene una brújula con un horizonte triple y un contacto telúrico remoto; ah, y también fue pescador de perlas en apnea y acuicultor de sirenas en la Atlántida.

―¿Sabéis que la bisabuela Leonor se casó con un vampiro?
―Pero los vampiros no existen, abuelo, me lo ha dicho papá.
―¿Cómo que no?… ¡Rodrigo!… ¿se puede saber qué diantres les estáis enseñando a los niños?… No le hagas caso a tu padre, hijo, los vampiros existen, y, si no, que vuestros padres os lleven a visitar a los tíos que viven en Galicia y ya veréis… ya. Bueno, a lo que iba… la bisabuela Leonor… fue en un viaje a Transilvania… allí se conocieron; fue un flechazo… un flechazo en todo el corazón… Veréis, la bisabuela Leonor era cazavampiros…
―¿Como Buffy?
―Exacto, hijo… y justo cuando le iba a clavar la estaca en el corazón… ¡zas!… el bisabuelo abrió los ojos… esos ojos de un color acero que embelesaban… eso dicen… no, no os riáis… ya os digo que fue un flechazo… ¡en fin!, que se enamoraron… Desde entonces esa rama de la familia no puede ver el sol, ¡qué le vamos a hacer!

Y así pasamos la velada entre risas y miedos, y, al acabar, nos vamos a nuestros cuartos a dormir no sin cierto miedo en el cuerpo, he de admitir, pues no nos extrañaría que, al doblar una esquina o subir una escalera o al abrir una puerta, nos encontremos con alguna espectral aparición o algún monstruo del submundo, tal es el realismo con el que mi abuelo cuenta sus historias. Él, mientras tanto, acaba su pipa y su jarra de cerveza y, atravesando suelos y paredes, sale de casa, llega al cercano cementerio y entra en su mausoleo hasta la próxima vez. Yo quiero mucho a mi abuelo, y él a mí, lo sé (aunque exactamente no sea mi abuelo sino el tatarabuelo de la tía-abuela Gertrudis, pero en casa le llamamos abuelo para abreviar; es más fácil, la verdad), y, cuando me muera, quiero ser como él.

Luis J. Goróstegui