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764. Plagio en la Quedada

En aquella Convención Literaria –llamada coloquialmente Quedada Cincuentista– uno de los asistentes no era quien afirmaba ser. Nadie sospechó de él, pues era la primera vez que asistía a uno de esos eventos, así que pudo fácilmente entremezclarse con los allí presentes y conversar animadamente con todos ellos. Hubo risas, una buena comida, canciones, algún que otro secreto desvelado y, sobre todo, buena sintonía entre los presentes, todo lo cual facilitó que el intruso pudiera agenciarse aquello por lo que había acudido a aquel lejano lugar.
Conseguido lo que había venido a buscar, se fue de la Convención poco antes de que ésta terminara, y, al igual que cuando llegó, lo hizo sin llamar la atención: sólo se despidió de algunos de los presentes –de aquellos con los que más trato había tenido durante la velada– y salió a la calle. Era de noche y hacía frío, pero él estaba acostumbrado a las temperaturas muy bajas; de hecho, de donde provenía, aquel clima más le parecía un suave ambiente primaveral que el invierno que realmente era. Durante un rato estuvo andando sin prisas, observando a los viandantes –aún le sorprendía que pudiera haber un lugar como aquél, con tal variedad de gente tan distinta–, hasta que llegó a un oscuro callejón; allí se detuvo un instante para comprobar que nadie le seguía y luego se perdió entre las sombras. Fue entonces cuando entró en su nave espacial –que había permanecido con su camuflaje simbiótico activado para evitar ser detectada– y se pudo desprender de aquella extraña apariencia que le había servido para interactuar con los humanos de la Quedada Cincuentista. Entonces se sentó a los mandos y activó la nave –no se escuchó el más mínimo ruido que le pudiera delatar–.
Desde luego había tenido una genial idea, pensó justo antes de despegar: asistir a una de aquellas convenciones literarias repletas de escritores de mente tan creativa, hacerse pasar por uno de ellos para, gracias a su capacidad telepática, robarles sus ideas, sus argumentos aún inéditos, y así luego poder utilizarlos sin escrúpulos en sus propias novelas y relatos. En su planeta natal no podría haberlo hecho, pues el plagio de ideas ajenas entre los suyos, incluso de aquellas aún no publicadas, estaba castigado de modo muy severo por los tribunales de justicia. Por eso decidió robarlas en otros lugares, y así buscó y buscó en otros planetas –aunque sin mucho éxito, debía reconocer, pues la buena imaginación escasea en el universo–, hasta que encontró aquel pequeño planeta azul que sus habitantes denominaban Tierra, perdido en aquella recóndita galaxia. Allí sus plagios no tendrían castigo, los humanos ni siquiera serían conscientes de haber sido plagiados y además los de su especie quedarían asombrados al leer sus próximas novelas, ambientadas en tan exóticos paisajes terrestres y en los que sus protagonistas se comportarían como nunca pudiera haber fantaseado ni el más imaginativo de los escritores de su planeta de origen, allá, tras la última nebulosa, de donde él era oriundo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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