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722. Un pintor genial

En la prensa se anunciaba el regreso del genio. Tiempo atrás había sido un impresionante pintor, pero en los últimos años no se había vuelto a saber nada de él. Corrían rumores, naturalmente: se decía que se había hecho ermitaño, incluso que había muerto. La verdad es que había perdido la inspiración y por eso había decidido desaparecer, para así mantener al menos el status de artista genial en la mente de la gente. Hace unos días, sin embargo, una conocida galería de arte ha anunciado su regreso. Treinta excepcionales pinturas serán expuestas. La expectación es máxima. Hoy es el día de la inauguración y han sido invitadas las más renombradas personalidades de la vida social, así como los más afamados artistas y críticos de arte. Las puertas se abren y los invitados entran. Las pinturas son un clamoroso éxito desde la primera a la última. El pintor, en un apartado rincón, escucha, entre complacido y asombrado, los halagos que le dedican: «Es una obra tremenda», dicen unos; «tiene una fuerza salvaje, incomparable», afirman otros; «ha roto con su estilo tradicional, y eso dice mucho en su favor, por supuesto», añade alguien; «transmite algo muy primitivo, algo muy profundo, se nota la mano de un genio», incluso llega a exclamar algún crítico de arte. Sólo el propio pintor, sin embargo, conoce la verdad.
Durante estos últimos años, apartado del glamour de la fama, el pintor ha seguido pintando en privado, intentando volver a encontrar la chispa perdida. Todas sus últimas obras, sin embargo, carecen de fuerza. El pintor se desespera, se siente solo, echa de menos la popularidad y los halagos de la crítica; incluso se ha comprado una mascota para que le haga compañía.
Sin embargo, hace un par de meses, una mañana soleada de primavera, con todo preparado para pintar un nuevo lienzo, alguien le ha llamado al teléfono y ha tenido que ausentarse unos minutos de su taller. Y cuando regresa, sobre la tela del cuadro, antes inmaculada, aparecen ahora trazos recios, de nervio vivo, como pinceladas guiadas por la mano de un genio que ha logrado plasmar el estallido de una bomba de infinitos colores; o como si un demente hubiera logrado estampar sus inquietantes alucinaciones oníricas o incluso los indefinibles pensamientos de algún demonio; o se hubiera logrado el milagro de reproducir aquellas inalcanzables nebulosas del espacio profundo que nunca serán observadas pues sólo existen en la imaginación de Dios. Y el pintor, aún en estado de shock, observa en el suelo unas huellas que salen del taller y se pierden en la casa. Y allí se dirige…
Por eso ahora, desde aquel apartado rincón de la galería, el pintor se limita a asentir, a sonreír y a agradecer amablemente los halagos y alabanzas que recibe de los invitados. «¡Qué agradable sensación es volver a escuchar el aplauso de la gente!» –piensa, mientras estrecha manos y besa mejillas–, «¡qué sumamente satisfactorio es volver a saberse el centro de todas las miradas!». Por eso no tiene intención de decirle a nadie la verdad sobre el origen de sus nuevas obras. «Porque por fin he hallado la inspiración perdida, sí, eso es» –se convence a sí mismo–, «la he encontrado, y no tengo intención de desperdiciar lo que sucedió aquel día en el que descubrí las sorprendentes dotes pictóricas de mi mascota, mi hermoso gato persa, y le pillé, todo embadurnado de pintura de vivos colores, paseando orgulloso por el salón.»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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