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718. El cuento 60

El año pasado me embarqué en un mercante. Quería recorrer todos los mares, vivir aventuras y ver cosas increíbles. A la vuelta escribí un libro con 100 cuentos basados en mis vivencias durante el viaje. «¿Los leíste?, ¿qué te parecieron?», le pregunté a un amigo.
―Sí, los leí y me gustaron, mucho, pero el libro sólo tenía 99 cuentos; del 59 pasaba al 61, le faltaba el 60 –me contestó.
―Al final decidí no publicarlo, pero quise dejar el salto en la numeración. Era un cuento sobre una sirena –le dije.
―¿Y qué hiciste con él?
―Se lo regalé a ella.

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719. Mi nuevo juguete

Siempre me ha gustado hacer maquetas y el año pasado vi en un anuncio una oferta de un transatlántico realmente espectacular. Confieso que no pude resistir la tentación y me lo compré. Sin embargo, al desembalar las piezas pensé que me había pasado: «Es demasiado grande», me dije. Aún así empecé a hacerlo. Sin embargo ahora que estoy terminándolo estoy contento de haberlo comprado. En cuanto lo tenga hecho pienso dar en él la vuelta al mundo; ¡será genial!

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720. Borges, Dostoievski y el Infierno de Dante

Me han pedido que participe en este concurso literario en el que hay que escribir un cuento de no más de 300 palabras y en el que obligatoriamente tengo que utilizar éstas tres: niños, pelota y diablo.
Tengo por costumbre salir a pasear temprano por el parque con un cuaderno, por si se me ocurre alguna idea para un relato, y así lo acabo de hacer esta mañana. Me he sentado en un banco –a estas horas ya hay gente jugando o haciendo deporte– pero no se me ocurre nada; mi mente se ha puesto a divagar. Sin yo pretenderlo me ha venido a la memoria algo que me contaron:
Al parecer, un día invitaron a Borges a dar una conferencia sobre Dostoievski, y como no tenía nada mejor que hacer, aceptó. El público abarrotaba la sala y esperaba expectante lo que el gran escritor argentino tenía que decir sobre el gran escritor ruso. Se hizo el silencio.
―Perdonen ustedes –comenzó diciendo Borges–, pero como Dostoievski no me gusta, les voy a hablar sobre Dante, y en concreto sobre su «Infierno».
Y cuentan que, ante el desconcierto del público, hizo la mejor disertación que nadie escuchó jamás sobre la obra del gran escritor italiano; era como si vieran el propio Infierno de Dante ante ellos.
Supongo que me diréis que me he ido demasiado por las ramas divagando y es posible que tengáis razón, pero, en todo caso, cuando he vuelto en mí, he caído en la cuenta de que ya tengo escrito mi relato para el concurso y que ya he utilizado las tres palabras solicitadas –aunque, debo admitir, de forma algo tácita–, pues, como todo el mundo sabe, en el parque siempre hay niños jugando a la pelota y en el infierno habita el Diablo.

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721. Encuentro en el bosque

Estas Navidades he estado en el norte, en la casa de campo que tienen unos parientes. Viven en un bosque frondoso y el río se escucha fuerte, caudaloso. Una mañana me fui a pasear por los alrededores. Iba comiendo una manzana y decidí salirme del sendero y adentrarme entre los árboles. Era temprano y aún había algo de niebla. En eso, al girar una ladera, me lo encontré. Me detuve asustado. Era alto, robusto, fuerte; me lo imaginé de otro mundo. Nunca había visto nada igual. Él aparentaba indiferencia. Tenía el pelo rubio. No me atrevía a moverme. Entonces me miró. El corazón me latía a cien. «Hola», logré decir con tono suave. No dijo nada. «¿De dónde vienes?», añadí con osadía, y, con cierto temblor de manos, debo admitir, le ofrecí mi manzana. Él emitió un breve sonido –que no comprendí, claro– y permaneció en silencio; pero, en eso, dio unos pasos y se me acercó, lento, sereno… y me quitó la manzana de las manos. Tenía un tacto suave que me dejó sorprendido, y mientras masticaba me atreví a acariciarle. Era un toro enorme –un semental asturiano de los valles–; el más hermoso que he visto en mi vida.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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