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[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el #viernesnarrativo47 @M4627C]

Con la muerte al alba

Una ráfaga agria de viento helado, como bofetada acérrima sin previo aviso, me despertó bruscamente y, al instante, aún incluso con la vista turbia y medio adormilado supe tres cosas: primero: que la ventana estaba abierta de par en par –me lo dijo el frío–; segundo: que esa cama no era la mía –me lo dijo la almohada–; y tercero: que estaba desnudo –me lo dijo…, bueno, lo supe–. La cabeza me iba a estallar; «¡por Júpiter!, ¿dónde demonios estoy?», me espeté sin poder recordar cómo había llegado hasta allí. Un quejío me dijo que alguien dormitaba aún a mi lado, bajo un montón de mantas –todas las que faltaban de mi lado de la cama–; «bueno, al menos alguien puede dormir después de lo que fuera que pasó anoche», me dije con media sonrisa. Una paloma se posó en el alféizar de la ventana y comenzó a zurear. «Hola, seas quien seas, ya amaneció, despierta…», estaba diciendo mientras levantaba una de las mantas intentando vislumbrar quién era, pero el susto que me llevé me impidió terminar la frase: era una joven y estaba degollada, y del susto me caí de la cama. Tendría veintitantos, morena, de pelo corto, y tenía la piel lívida –también estaba desnuda–, los labios amoratados, la lengua hinchada medio fuera de la boca, el cuello rebanado de oreja a oreja y estaba toda manchada de sangre seca; desangrada, sin duda. «¡Qué demonios…!», dije, huyendo como una araña despavorida sobre la alfombra, acojonado al ver aquello. Y, en eso, cual cometa errante zarandeado por la cruda realidad, me vino de bruces a la memoria lo que había sucedido la noche pasada.
Como traficante de armas que soy me codeo con algunos de los hombres –y de las mujeres– más viles y sádicos que se hacen llamar líderes en la actualidad. En esta ocasión estaba citado con un mandamás de la mafia rusa, en su cuartel general, para cerrar un trato de lo más satisfactorio para ambos: yo le daba armas –en este caso metralletas: Heckler & Koch MP5, MP7 y UMP, Uzi, PP-19 Bizon…; y algún que otro bazuca, como el multifuncional M3E1– a cambio de mucho, mucho dinero. Aquella tarde Dimitri se sentía alegre, y eso significaba bebidas, drogas y mujeres. Allí la conocí. Era una de las chicas que nos atendían. Se la veía diestra con el sacacorchos. Dimitri me la presentó; Rocío, o Carmen… se llamaba, creo, ahora no lo recuerdo. Besaba muy bien.
Atacaron a traición. Al parecer otra banda rusa no estaba de acuerdo con nuestra transacción comercial y, antes de que pudiéramos reaccionar, comenzaron la masacre. Eran legión y llevaban machetes y katanas y alguna que otra metralleta, claro. Fue al ocaso, lo recuerdo bien: con ese tono de cielo rosicler… El asunto es que la joven y yo –¡órale!, Katia, se llamaba Katia, ahora me vino– alcanzamos la puerta de salida, pero, justo antes de salir, una katana se interpuso en nuestro camino y medio rebanó su cuello. Como pude la levanté en brazos y salí corriendo de allí. Estaba desesperado. Mi mente trabajaba a mil buscando una solución. El tiempo apremiaba. Se me moría en mis brazos. Y entonces me acordé de la bruja Maa. Sí, tengo conocidos incluso en el infierno. Su tela de araña estaba cerca, así que metí a Katia en mi coche y dos minutos después atravesábamos la parte cuerda de la ciudad para introducirnos en otro mundo, uno macabro y demente. Visto con la perspectiva que da el tiempo no sé si hice bien, pero ya es tarde para lamentarlo.
La vieja Maa –había quien decía que tenía más de ciento cincuenta años– era una experta en brujería vudú, tenía el cuerpo tatuado y era ciega –y, sin embargo, veía «desde el otro mundo», como le gustaba decir–. Le dije lo que sucedía y, al sonreírme, me enseñó su boca desdentada. Maa nos llevó a su guarida y nos sometió –a Katia y a mí– a un siniestro ritual vudú. Sí, a mí también, no me preguntéis por qué. Bebimos brebajes innombrables, fumamos drogas prohibidas y sufrimos alucinaciones enloquecedoras. Luego perdí el conocimiento. Eso fue lo que pasó.
Aún con el susto en el cuerpo me lavé la cara en el lavabo y respiré hondo varias veces. Intenté pensar. Aquello no podía ser real. No podía. En eso escuché ruido de sábanas y unos pasos y una sombra se me acercó por la espalda. Sin girarme la vi en el reflejo del espejo. Era Katia. ¡Dios santo! Era ella, sin duda, con la mirada turbia, la piel lívida, los labios amoratados, la cabeza inclinada en un ángulo imposible, con ese profundo tajo que le cruzaba el cuello de oreja a oreja y toda ensangrentada. El rito vudú de la vieja Maa la había revivido; era una zombi, y me sonrió (por llamarlo de alguna manera) y me dijo con voz fría y lengua de trapo: «Cadigno, dengo la boca geca, ¿tienezg algo por ahí?… ¡¿menuda fiegda la de anoge, ¿vegdá?!»

Luis J. Goróstegui