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710. Todo un manitas

Tengo cierta habilidad para arreglar los cacharros de casa, y además aprovecho para introducirles mejoras. Por ejemplo, hace unos meses se me estropeó el microondas, así que le abrí las tripas, le limpié el magnetrón, le puse un generador de ondas de radio de alta frecuencia nuevo y ya me vuelve a funcionar; además le añadí un condensador variable y he conseguido que, mientras cocina, pueda sintonizar la radio. El otro día el lavavajillas dejó de lavar, y no sólo conseguí repararlo sino que, con algunos recambios del taller de la esquina –el mecánico es amigo mío– lo he convertido en un robot autónomo, así que, además de lavar los platos, me baja a la calle y me lava el coche.
Sin embargo a veces se me va la mano, he de admitirlo, aunque de todo se saca provecho. Hace unas semanas se me estropeó la lavadora, y ni corto ni perezoso me puse manos a la obra: le instalé un nuevo tambor centrifugador más potente, le cambié la correa por un sistema de titanio purificado, le sustituí el motor por un acelerador de partículas portátil de amplio espectro –sí, también es amigo mío el jefe del departamento de física relativista de la universidad–, le reajusté la cubierta y ¡voilà!, ahora además de lavar la ropa tengo en casa un vórtice espacio-temporal –una máquina del tiempo– de última generación. Y me dirás que para qué lo quiero. No creas, es de lo más útil, sobre todo cuando te quieres ir de vacaciones al antiguo Egipto o te apetece pasar unos días en la constelación de Orión –allí viven unos alienígenas que el día que decidan visitar la Tierra va a ser el despiporren madre, te lo aseguro–. Sí, soy lo que se dice todo un manitas, lo sé.

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711. Mi maleta de viaje

Siempre viajo con la vieja maleta que mi abuelo Marcos me dejó en herencia. En ella puedo meter de todo: mi ropa, mis libros, una lámpara para leer de noche –con un generador de electricidad solar por si no hay luz donde viaje, claro, nunca me han gustado las pilas– y un prado sembrado de todo tipo de plantas y vegetales con el que alimento a los animales que llevo en la granja, en un rincón de la misma maleta; me sirven para alimentar al dragón escupefuego –mi querida mascota que encontré en uno de mis últimas exploraciones– que se ha hecho su hogar en mi equipaje: no me gusta dejarlo solo en casa cuando tengo que irme –lo hice una vez y me dejó la casa hecha unos zorros–; además he comprobado que es una inapreciable ayuda cuando me tengo que defender del ataque de algún dinosaurio e, incluso, de algún monstruo interestelar furioso. Y lo mejor de todo es que la maleta es ligera como una pluma, es increíble que dentro pueda llevar tanto. Aún me sorprende la de lugares y tiempos que puedo visitar y explorar con el vórtice espacio-temporal que mi abuelo Marcos fabricó y que camufló como una simple maleta sin fondo. Sí, mi abuelo era un prodigioso inventor y explorador; me llena de orgullo ser su nieto.

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712. Sexo en ingravidez

La conferencia atrajo a mucha gente. En el transcurso de la misma la conferenciante proyectó un video para ilustrar los conceptos tratados. El público guardaba silencio, expectante. Al día siguiente el periódico local publicaba la siguiente reseña:

«Ayer, en el salón de actos del Centro Cultural, la eminente sexóloga, doctora Emilson Haley, impartió una interesantísima conferencia, titulada “Sexo en ingravidez”, sobre las últimas novedades en técnicas sexuales en ausencia de gravedad en los viajes interestelares de larga duración. Reproducimos a continuación un fragmento del video explicativo que la doctora proyectó como complemento a su conferencia:
“¡Ah!, ¡ah!, ¡ah!, ¡aaaah…! ¡Sí!, ¡sí!, ¡así…! ¡Mmmmh…!”

(Nota del periódico: Al tratarse este periódico de un medio exclusivamente escrito, nos es imposible adjuntar el correspondiente video explicativo, pero confiamos en que ya se hacen ustedes una idea, ¿no?)»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia