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[Un #cuento, de Luis J. Goróstegui, para el #viernesnarrativo45 @M4627C]

Un trabajito

Sonó el radiodespertador. Las 0600 del sol 18 del mes local… ¡qué más daba cómo lo llamaran!… ni lo sabía ni me importaba, la verdad… en aquel remoto planetoide de nombre impronunciable en algún lugar perdido de la galaxia. Aún con los ojos cerrados alargué el brazo y agarré el libro de bitácora: «Misión 374. Día 12. Hoy tengo un día complicado. He quedado a las 1100 con un malnacido; Tras’os se llama, El Ignominioso le llaman sus ‘amigos’. ¿Cómo me he metido en este berenjenal? Bueno, de peores he salido», escribí o, mejor dicho, medio garabateé con la mirada borrosa –siempre me dicen que lo registre todo en un videolog, que es más rápido y eficaz, pero ¿qué le voy a hacer?, en eso me declaro algo anticuado, donde esté un libro de papel…–. Me duché, me vestí y bajé a la cocina de mi nave estelar: un cuchitril con cuatro cacharros donde Aroe, mi robot-cocinero, me hizo un revuelto autóctono y un café, o eso me dijo, no sé, estos alimentos modernos… ya no se come como antes. De fondo sonaba un tocadiscos: un violinista interpretaba un clásico… –sí, también prefiero los discos de vinilo–; ¡eso sí que era música, y no lo de ahora!
Todo había empezado un par de semanas antes, cuando mi jefe, Kelsmos –un gigantón gordo y malhumorado; el mandamás de aquella guarida de piratas–, me asignó un trabajito. «Será sencillo, Ahato; ya sabes, ahora con la desescalada y eso… ¡pero alegra esa cara, amigo mío, son nuevos tiempos!», me dijo con su vozarrón de ogro malayo. Me llamaba ‘amigo mío’, pero era más bien su lacayo, aunque un lacayo con cierta autoridad entre sus corsarios. El ‘trabajito’ se las traía, naturalmente, pero no podía negarme –tenía deudas y necesitaba el dinero–, al menos por el momento: debía ir al planetoide Sampwardankähl, o algo así, en el quinto pino, o más allá, ya me entendéis, donde una indeseable alimaña –el tal Tras’os– regentaba una de nuestras franquicias periféricas. El caso es que, aun habiendo firmado con sangre para subrogar el acuerdo que tenía el antiguo dueño con mi jefe, el infeliz, creyéndose alguien, había osado negarse a pagar su cuota. Y a eso iba yo: a cobrarla. Fácil, ¿verdad?
Se trataba de una franquicia muy rentable, es cierto, y de ahí nuestro interés por no quedarnos sin sus sabrosos beneficios: algo relacionado con la isoflavona y sus aplicaciones en tratamientos de cirugía estética genética transpolimórfica, tan de moda por aquellos tiempos entre la yet set.
Oculté mi nave en un rincón apartado, junto a unos manantiales de vapor it’aldusiano, lejos de la guarida de Tras’os, para evitar encuentros inoportunos con la guardia de gorilas armados que la custodiaban, y me dirigí al bunker para la reunión.
―Me siento honrado por su visita, señor Ahato, pero no era necesario que malgastara su valioso tiempo; podíamos haber llegado a un acuerdo vía holográfica no presencial –me dijo El Ignominioso con cierto tono zalamero.
―Me alegro oírle hablar de ‘acuerdo’, señor Tras’os –le respondí con una leve sonrisa.
―¡Pero por supuesto, amigo mío! –otro que me llamaba amigo mío–; al fin y al cabo la situación está clara: el negocio es mío y el señor Kelsmos no tiene ningún derecho sobre él.
―Me temo que en eso discrepamos, señor Tras’os.
―¿Y cómo me lo van a impedir, señor Ahato? –y soltó una carcajada sin gracia que hizo retemblar la mesa que nos separaba.
―Para eso he venido yo, ‘amigo mío’ –le dije sin sonreír.
―Un hombre solo… me suena a título de película –dijo Tras’os–. Mire a su alrededor y cuente: mis nueve hombres en esta sala, mi bunker, fornidos como osos; quince fuera aguardando una orden mía, y pueden venir más si los llamo; todos ellos guerreros sin escrúpulos curtidos en mil batallas y armados hasta los dientes…
Pero era evidente que todo estaba dicho. En lo que Tras’os tardó en dar la orden de matarme, yo me deshice de tres; en total tardé cuarenta y ocho segundos en aniquilar a los diez, incluyendo a Tras’os. ¿Y los hombres que custodiaban fuera?, preguntaréis: pues muertos; me había encargado de ellos antes de entrar en el bunker.
―Trato hecho, señor Tras’os –dije al irme.
A la mañana siguiente encontraron a El Ignominioso muerto desangrado en el suelo de su bunker, con la firma de Kelsmos tatuada en el pecho –era un mensaje: con Kelsmos no se juega–; y la foto de su cadáver se convirtió de inmediato en meme del año. El resto fue fácil. Cuando la noticia se hizo pública, descabezada la organización, sus gorilas y secuaces se rindieron o huyeron. Y, naturalmente, recuperamos la franquicia. Kelsmos sabía a quién enviaba a hacer sus ‘trabajitos’. Sabía que podía contar conmigo, que nunca le defraudaba. Quizá le pidiese aumento de sueldo. Sí.
Esa misma tarde escribí mi informe y se lo transmití a Kelsmos por señal de radio vía satélite –adjuntando, eso sí, un selfi mío junto a los muertos como prueba del trabajo bien hecho–, después de escanear las hojas de papel. ¿Qué queréis?, estoy chapado a la antigua.

Luis J. Goróstegui
[Ilustración de Ismail Inceoglu]