Etiquetas

709. De otro lugar (Anotaciones de un extraterrestre en la Tierra)

709.1. Andando bajo la lluvia, mojándome, sintiendo que me convierto en agua o en impenetrable diamante, o en las dos cosas a la vez.

709.2. Mirando al cielo, buscando de dónde vengo.

709.3. Los peces me consideran una sirena; las aves, un dragón; los humanos… los humanos creen que soy uno de ellos.

709.4. La luna no es de queso, no, pero tampoco está deshabitada; allí se asentaron los míos cuando vinimos del «profundo».

709.5. Soy de otro lugar, lo siento en las agallas.

709.6. Cuando alguien me dice que no cree que exista vida extraterrestre inteligente en otros planetas, me dan ganas de quitarme mi escudo biocamuflador, mostrarme tal cual soy y darle un sopapo. Nunca llego a las manos, claro; me calmo y me digo: «Ya llegará el día, tranquilo, ya llegará el día.»

709.7. Nunca digo de dónde provengo, nadie me creería.

709.8. Con lo bonitos que tengo los ojos, nunca puedo enseñarlos: los humanos me matarían.

709.9. Cuando veo que una persona necesita un martillo para clavar un clavo, me río para mis adentros y me digo: «¡Qué blandurrios son estos humanos!»

709.10. Hoy he estado viendo la final del mundial de atletismo de 100 metros lisos, ¡qué lentitos son estos humanos! Si no fuera porque no puedo darme a conocer, iban a ver lo que es correr de verdad.

709.11. No todo es malo en la Tierra, no, pero echo de menos el aire denso de mi planeta y, sobre todo, sus emocionantes carreras sobre monstruos marinos.

709.12. Al único que he contado de dónde provengo ha sido al hijo de mi vecina, y aprovechando que su madre había ido un momento al cuarto de baño, incluso me he quitado las lentillas. Al ver mis ojos completamente azules, tan diferentes a los de su madre, sin nada de blanco en ellos, se ha reído. Es un cielo. Es que no podía aguantarme más; tenía que contárselo a alguien. Tiene sólo dos años, así que no corro peligro de que me delate.

709.13. El otro día me apunté a un equipo de atletismo –es que empezaba a sentir que necesitaba hacer más ejercicio–; pero no debí hacerlo, no al menos a la vista de todos. Ayer, sin ir más lejos, hice un salto de longitud de casi 12 metros, y eso que intenté que fuera corto. Será mejor que me cambie de ciudad: estoy empezando a llamar demasiado la atención de algunos humanos.

709.14. En ocasiones tengo que inhabilitar mi capacidad telepática; resulta desolador sentir los pensamientos de algunos humanos. En esos casos sólo puedo pasar a su lado y saludarles con una amable sonrisa, pero ellos me miran extrañados, como preguntándose de qué manicomio he salido. Pobrecillos, ¡si realmente fueran conscientes de lo afortunados que son sólo por vivir en un planeta como éste! Deberían haber vivido una temporada en el mío, entonces sabrían apreciar lo que tienen aquí.

709.15. Hace unos días me invitaron a una fiesta. No acabo de comprender por qué algunos humanos beben tanto, sabiendo lo mal que les sienta el alcohol. Debe ser consecuencia del lento proceso evolutivo de la humanidad, o de algún desajuste genético, si no, no me lo explico, la verdad. Del lugar de donde provengo hace siglos que conseguimos librarnos de esa lacra. Aunque debo admitir que surgieron otras, claro.

709.16. Ayer casi me descubren. Una onda de plasma solar afectó a mi escudo biocamuflador, que me permite adquirir apariencia humana, y aunque los efectos fueron breves, un joven llegó a verme tal cual soy. Afortunadamente creyó que tenía puesto un disfraz, pues me preguntó dónde lo había comprado: «…y sobre todo esos ojos totalmente azules, y ese increíble tono de piel, ¡es genial!», exclamó mientras admiraba mi aspecto alienígena. Yo le contesté con una mentira y me fui rápidamente. Será mejor que tenga más cuidado si no quiero acabar siendo un conejillo de laboratorio humano.

709.17. Hacía mucho tiempo que no dormía tan bien. Supongo que debe ser por la velocidad lenta de giro que tiene este planeta alrededor de su única estrella; y de que sólo tiene una luna, algo grande en proporción a su tamaño, la verdad; la poca gravedad también influye, claro.

709.18. Se me está acabando el dinero. Será mejor que vuelva a excavar en la montaña y coja un poco más de oro y algunos diamantes en bruto que luego me encargaré de pulir; aunque no mucho, no sea que los humanos sospechen.

709.19. La nave en la que llegué a la Tierra sigue bien oculta, he ido a comprobarlo. El fondo del mar es un buen escondite; sobre todo en esa fosa tan profunda. Es curioso que siendo tan diferente, en ciertos aspectos, el lugar de donde provengo, se parezca tanto a este planeta en otros; y sobre todo el mar.

709.20. Este es un lugar fascinante, pero… ¡los humanos son tan extraños!

709.21. La semana pasada volví donde tengo oculta mi nave espacial, en el fondo del mar, para recoger algunos instrumentos que necesitaba. Por el camino, mientras buceaba hacía la profunda oscuridad, me encontré con algunas ballenas. Me transmitieron su inquietud por su provenir. Son unos magníficos animales. Ojalá los humanos comprendan a tiempo la importancia de su supervivencia.

709.22. Con algunos de los instrumentos que recogí de mi nave espacial he fabricado una espada láser. En mi planeta hace tiempo que ya no se usan, pero tras ir al cine a ver la película me hizo ilusión construir una. Sin embargo, no debí probarla a la vista de todos: en el parque se me acercó un vecino, sorprendido de su calidad. No le dejé que la tocara, claro. Afortunadamente pensó que era una simple maqueta, y me preguntó cómo la había construido, con qué materiales y cosas por el estilo. Yo le contesté que era un secreto y que si se lo contaba tendría que matarle. Él se rió y yo le seguí la corriente. El muy incauto se creyó que estaba hablando en broma.

709.23. Echo de menos a los míos. Me encomendaron la misión de encontrar un lugar seguro donde poder asentarnos, pues ya no podemos seguir viviendo en nuestro mundo, y a veces creo que lo he encontrado en este pequeño planeta azul, pero entonces observo el comportamiento de algunos humanos y pienso que estoy equivocado, completamente equivocado. No sé, seguiré buscando un poco más, y si no encuentro un lugar adecuado buscaré en otro planeta.
Es curioso que, con la cantidad de vida inteligente que existe fuera de aquí, no haya detectado vida alienígena en este planeta. Supongo que el comportamiento violento y poco evolucionado que los humanos muestran en ciertas circunstancias les ha ahuyentado. Quizá yo deba hacer lo mismo; no sé, les daré una última oportunidad.

709.24. Ya pensaba que me tenía que ir de este planeta, pero al final he encontrado un lugar seguro donde poder establecerme con los míos. Deberemos adaptar nuestra apariencia física para evitar que los humanos puedan descubrirnos cuando tengamos que interactuar con ellos, claro, pero eso no será un problema. Lo importante es que he encontrado un nuevo lugar aquí, lejos de los de mi especie, donde poder vivir en paz. Ya les he enviado la señal de aviso. Dentro de poco volveré a estar, de nuevo, junto a los míos. Estoy contento de poder quedarme, además así podré seguir estudiando a los humanos. Si alguien me hubiera dicho, hace tiempo, que existían seres tan extraños como éstos en el espacio, me hubiera reído. ¡La sorpresa que se llevarían los humanos si alguna vez llegan a saber de nuestra existencia; ellos, que se creen los únicos inteligentes de todo el universo!

709.25. Hoy he salido con mi nave a dar una vuelta alrededor de la Tierra. No me preocupa que los satélites humanos me puedan detectar, mi nave es invisible para ellos. La Tierra es preciosa vista desde arriba; qué pena que los insensatos humanos se la estén cargando, ¡si pudiera hacerles comprender lo afortunados que son de vivir en un paraíso como éste! Sólo confío que se den cuenta a tiempo.

709.26. Procedo de otro lugar, del «profundo». Algunos de nosotros decidimos huir de allí, ya no podíamos seguir viviendo en esas circunstancias. Mientras aguardo la llegada de los míos, vivo en un pequeño piso, en la ciudad. Mi biocamuflaje me protege de las miradas indiscretas: es más conveniente para todos.
Me resultan curiosos, aunque intento intervenir lo menos posible en la vida cotidiana de los humanos, pero hay ocasiones en que no puedo evitarlo, o debería decir mejor que no quiero: ayer, mis sensores biológicos detectaron un paro cardiaco en uno de mis vecinos. Cuando llegué a él, ya había muerto. Habíamos conversado en un par de ocasiones. Es una buena persona –desconoce mi verdadera naturaleza, por supuesto–, y a pesar de que no debía intervenir, me dio lástima y le reviví. Él no sospecha nada, claro, y es mejor que sea así. Me gusta sentirme útil. La vida sería mucho mejor si todos nos ayudáramos mutuamente. Los humanos aún están a tiempo.

709.27. Hoy han llegado los míos. Ha sido un reencuentro emocionante para todos. Han ocultado su nave espacial en la misma fosa marina donde tengo la mía; es un buen escondite. En total somos treinta familias. Ya lo tenía todo dispuesto y les he conducido hasta el lugar seleccionado. Debo reconocer que me resultó sorprendente encontrar un anuncio de prensa en el que se vendía un pueblo deshabitado entero por el simbólico precio de un euro, a cambio de que los compradores se comprometieran a vivir allí con sus familias permanentemente y se responsabilizaran del cuidado y mantenimiento del pueblo. Es el lugar ideal para nosotros: en una zona boscosa entre montañas, no muy lejos del mar. En cuanto nos instalemos en él extenderemos un escudo psíquico a su alrededor de forma que impidamos que los humanos se acerquen, e, incluso, ni siquiera recuerden nuestra existencia ni la de nuestro nuevo hogar.

709.28. Hoy casi muero. Fue culpa mía, lo sé. ¿En qué estaría pensando cuando se me ocurrió? Suelo adquirir una apariencia anónima cuando necesito interactuar con alguien, o simplemente paseo por la ciudad viendo escaparates o contemplando el comportamiento de los humanos. Esta mañana, sin embargo, se me ocurrió, sólo por curiosidad científica, salir a pasear por la ciudad con la apariencia de alguien famoso –Justin Bieber, creo que se llama–. Mala idea, muy mala idea. No sé de dónde salieron, pero a los diez minutos de iniciar el paseo una avalancha descontrolada de jóvenes dementes –no me lo puedo explicar de otra manera– se abalanzaron sobre mí al grito histérico de «¡Es él!, ¡es él!». Durante unos segundos me zarandearon como a una marioneta. No he pasado tanto miedo en mi vida, ni siquiera cuando en mi planeta, allá en el «profundo», tuve que enfrentarme con un enorme y sanguinario Ainaäk. Salí huyendo como pude, claro. Menos mal que actué con rapidez y, al girar una esquina, cambié mi apariencia por el de un respetable anciano. La horda pasó a mi lado y se perdió calle abajo. Aún me tiembla el pulso al recordarlo. ¿Pero qué les pasa a estos humanos?

709.29. Hoy me he quedado profundamente impresionado al descubrir que Dios –el Dios de los míos, el de mi familia, mi Dios– también se hizo hombre en este planeta.

709.30. Ayer me divertí mucho. Resulta que en el pueblo de los humanos más cercano a nuestro nuevo hogar celebran todos los años un concurso de fuegos artificiales, y en parte por curiosidad y en parte por puro entretenimiento personal me apunté a él. Allí tuve ocasión de comprobar que si bien los humanos tienden a complicarse la vida de forma innecesaria, a la hora de divertirse son de lo más simples.
Los fuegos estuvieron bien; sencillos pero bien. A la hora de construir mi cohete tuve que contenerme, pues con un sencillo generador de plasma portátil y un par de matrices de neutrinos podría haber hecho que los humanos creyeran ver explotar a las estrellas, o que un monstruo estelar sobrevolara luminoso el cielo, pero no era cuestión de correr el riesgo de que me descubrieran, claro, así que me limité a utilizar materiales autóctonos y a echarme unas risas con los nativos –¡si ellos hubieran sabido con quien estaban charlando…!–. Aún así quedé segundo. Me dieron de premio un jamón ibérico de bellota. Estaba muy sabroso, he de reconocerlo. Al volver a nuestro nuevo hogar me traje algunos jamones para que los pudieran probar los míos. A la vista del éxito que tuvieron hemos decidido criar cerdos, a ver qué tal.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia