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Crónicas entre dinosaurios

«De las crónicas de aquella dimensión temporal
en la que aún existen dinosaurios en la Tierra.»

704. Don Quijote y el dinosaurio

De sus viajes por las lejanas tierras de las Indias Orientales, el conde de Abráldez se trajo uno de aquellos impresionantes lagartos gigantes. Durante el traslado a sus tierras, la comitiva se topó con don Quijote. Cuentan que éste, agradecido por tener la oportunidad de demostrar su arrojo y poder ofrecer tan extraordinario trofeo a su amada Dulcinea, luchó fieramente en singular batalla contra aquel monstruo, y en su frenesí sanguinario el Caballero de la Triste Figura gritó: «¡Muere, maraña de dinosaurio!» De ahí el dicho: «Matar lagartos como a dinosaurios.»

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705. Alicia y los dinosaurios

Alicia entró en una de las habitaciones del segundo piso. Sus abuelos le habían dicho en varias ocasiones que no entrara en ella, pero no pudo resistir la curiosidad. Era una biblioteca llena de libros, con mapas en las paredes y maquetas de dinosaurios en las estanterías. Al fondo había un espejo muy grande, casi tanto como la pared. Se acercó a él y lo tocó con cuidado. Al igual que había sucedido con el espejo del salón, Alicia lo atravesó. Esta vez, sin embargo, fue a parar a una jungla, y lo primero que vio fue la enorme calavera de un tiranosaurio –«esta vez me andaré con mucho cuidado», se dijo–. Algunos pterodáctilos revoloteaban entre los altos árboles; a lo lejos se veían varios brontosaurus.

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706. El Cid y su tiranosaurio rex, Babieca

Cuentan que la batalla de Cabra fue una masacre inevitable. El Cid Campeador del lado del rey de la taifa de Sevilla, Al-Mutamid, luchando contra el rey de la taifa de Granada, Abdallah ibn Buluggin, que tenía el apoyo del conde García Ordoñez. El espectáculo fue dantesco. Las tropas, a lomos de sanguinarios dinosaurios, luchaban espada en ristre; lanzada va, lanzada viene, tanto a ras de suelo como volando a lomos de despiadados pterodáctilos; las ballestas echaban humo. La tierra se tiñó de sangre. Pero lo más tremendo no fueron las armas de los soldados, no, fueron los mordiscos de los tiranosaurios rex, las garras de los velocirraptores, los golpes de cola de los anquilosaurios y los pterodáctilos cayendo en picado en medio de las tropas enemigas. Realmente tremebundo. Ganó el bando de El Cid, por supuesto. Cuentan que, como trofeo por la victoria, El Cid recibió de regalo un espléndido tiranosaurio rex norteafricano, de gran agilidad y velocidad, robusto y pesado, algo especialmente valorado en los dinosaurios de guerra. El Cid lo llamó Babieca.

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707. La batalla de Wad-Ras y los dinosaurios del Congreso

Las crónicas de la época cuentan que el 23 de marzo de 1860 las tropas españolas, dirigidas por los generales Echagüe, Ros de Olano y Prim, vencieron a las fuerzas marroquíes en el valle de Wad-Ras. En una gran llanura junto al río Bu-Seja, los batallones se enfrentaron en sangrienta batalla, bien a lomos de fornidos velocirraptores o incluso sobre tiranosaurios, mientras brontosaurus y triceratops transportaban los cañones más pesados; espada en ristre, con fusil y bayoneta o con espingardas, la lucha fue terrible y los cadáveres se amontonaban unos sobre otros. Las tropas españolas aguantaron el primer asalto del enemigo, y el ataque de los voluntarios catalanes, al mando del general Prim con avances a pecho descubierto, sirvió para consolidar el control del puente sobre el río. Prim y Ros de Olano se adueñaron, por fin, de posiciones que aseguraban el paso del desfiladero de Fonduc. Finalmente, un jinete enemigo, a lomos de un parasaurolofus, apareció por el horizonte: era el emisario del Sultán que proponía a los españoles las tan ansiadas conversaciones de paz.
Cabe señalar que en 1865 los cañones de bronce capturados a los marroquíes en la batalla fueron fundidos y con su metal se construyeron los tiranosaurios rex que hoy presiden el Congreso de los Diputados de España.

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708. Aníbal y sus dinosaurios en la batalla del Tajo

Escribió Tito Livio en su Ab Urbe condita: «A partir de su llegada a Hispania, Aníbal atrajo todas las miradas. “Es Amílcar en su juventud, que nos ha sido devuelto”, se escribían los viejos soldados.» Cuentan que, al paso del ejército de Aníbal, el suelo retemblaba. Por donde pasaban sus brontosaurus, sus triceratops, sus tiranosaurios rex, todo quedaba arrasado. Como en la llamada batalla del Tajo, en el año 220 a.C., en la que se enfrentó a una coalición de tribus meseteñas, formada por carpetanos, vacceros y olcades. Todo sucedió tras llevar a cabo los saqueos de Helmantiké y Arbucala. Fue entonces cuando Aníbal inició el regreso hasta su base en Qart Hadasht. Una vez en el valle del Tajo, se dirigió a uno de los vados del río que le permitiese atravesarlo; allí le aguardaba el ejército carpetano. Entonces Aníbal «levantó una empalizada de forma que los enemigos tuviesen sitio por donde cruzar y decidió atacarlos cuando estuvieran cruzando.» –indica nuevamente Tito Livio en su libro. Y así, los pocos guerreros que conseguían cruzar y alcanzar la otra orilla fueron blanco fácil de los feroces velocirraptores, anquilosaurios, paquicefalosaurios o deinonicus de Aníbal que, situados en la misma, les esperaban acechantes. Fueron victorias como ésta las que agrandaron la fama de gran estratega de Aníbal y las que provocaron la admiración incluso de sus enemigos. De hecho, su mayor enemigo, Roma, adaptó ciertos elementos de sus tácticas militares a su propio acervo estratégico.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
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