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[Éste es mi #cuento para participar en el reto #MismoInicioDiferenteFinal de #SubmarinoDeHojalata (diciembre-2019) organizado por @MaruBV13 y @AliciaAdam16 (en Twitter).]

Junto al azul profundo.

Loretta admiraba el azul profundo del mar y escuchaba las olas romper contra las rocas. Sabía lo afortunada que era de contar con oportunidades como ésta, pero algo faltaba en su vida y ella sabía perfectamente qué era.
Mientras escuchaba el sonido de las olas reventar contra las rocas, Loretta solo pudo pensar en una cosa, en su hogar natal, ausente ya de su realidad, sí, pero que le hacía rememorar, una y otra vez, aquellos días que lo cambiaron todo, cuando su planeta agonizaba.
«Era algo incuestionable,» –registró Loretta en su videolog, reviviendo aquello– «mi cielo natal, antaño de un hermoso y vital rosicler, se mostraba ahora de un pálido gris enfermizo; el campo geomagnético de mi planeta, fuente de vida, adolecía ahora de toda fuerza revitalizante; la estrella alrededor de la que rotábamos, moribunda por la inconsciente intervención imprudente de las autoridades que malgastaron sus ricos recursos, ya apenas brillaba; era el final de nuestra civilización, algo impensable apenas algunos siglos atrás. El Gobierno planetario se vio superado por la tozuda realidad y, terco en sus absurdos planteamientos en pos de lograr lo que ellos consideraban una estabilidad climática global y que no era sino la consumación del agotamiento de todos los recursos naturales, provocó aquello mismo que pretendía evitar.
La Oposición alzó la voz indignada y la guerra no se hizo esperar, una guerra atroz, una guerra planetaria, una guerra que, sin embargo, no nos salvaría. Fue por eso que algunos nos organizamos y huimos en una nave estelar. Era nuestra única posibilidad de sobrevivir. Fuimos muy afortunados pues, justo tras lograr superar nuestro sistema solar, nuestra estrella explotó. Aquello fue el fin y la onda expansiva alcanzó a nuestro amado planeta y una nube ígnea de gas y plasma lo engulló todo. Fue lo último que logramos ver. Luego nos hundimos en el profundo espacio negro sin saber a dónde ir. Fueron tiempos de angustia, de desesperante angustia. Fuimos dejando atrás estrella tras estrella, planeta tras planeta, pero ninguno era apto, ninguno alcanzaba las condiciones de habitabilidad que necesitamos para vivir; y, justo cuando creíamos que no conseguiríamos encontrar ningún lugar habitable, vimos la Tierra. Llegamos a pensar que era un espejismo, algún desajuste en los sistemas de biolocalización de la nave, pero no, ahí estaba, con su atmósfera al 21% de oxígeno, su color azul y blanco paradisiaco y ese sol suyo pleno de vida.
De eso hace ya algunos años terrestres. Desde entonces hemos logramos establecernos sin llamar la atención, sin que los humanos lleguen a saber de nuestra existencia, y ahora, gracias a nuestra gran similitud morfológica con ellos, formamos una comunidad humana como otra cualquiera, bueno, casi como otra cualquiera, al fin y al cabo somos extraterrestres con ciertas capacidades psíquicas que los humanos no lograrían comprender. Nos hemos establecido en un apartado pueblo de esos abandonados y vivimos saboreando cada segundo en éste, nuestro nuevo hogar. Sé lo afortunados que somos al contar con una segunda oportunidad como ésta. Pero algo falta en mi vida, lo sé; y aquí, junto al azul profundo del mar y escuchando las olas romper contra las rocas, todo me hace sentir que me ha llegado la hora de formar una familia, una familia terrícola… bueno, casi.»

Luis J. Goróstegui