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305. Comprendiendo el tiempo.

Mi primer invento realmente importante fue una máquina del tiempo. Empecé visitando el pasado. Estuve casi un año recorriendo distintas épocas, y aunque al principio todo fue bien –visité universidades, monasterios, catedrales…, contemplé obras de arte, visité ciudades sin contaminación…– tuve la mala suerte de necesitar urgentemente los servicios de un dentista de la época… Hacedme caso… ¡no se os ocurra ir al dentista –barberos cirujanos se llamaban entonces– en la Edad Media!… ¡qué dolor!… sin anestesia –comprobado: beber vino no se puede considerar un anestésico–, sin ningún tipo de higiene… ¡horroroso! En cuanto pude me monté en mi máquina y regresé al presente.
Después decidí visitar el futuro. Pensé: «Allí no tendré problemas, con todos los avances técnicos a mi disposición será fantástico…». Y debo reconocer que en ese aspecto fue genial: todo automatizado, los robots tan serviciales…; operaciones de próstata sin la más mínima intervención quirúrgica…, sólo tomando una pastilla; sin cáncer… ¡Genial! Pero hubo cosas que no me gustaron: modas estrafalarias y sin sentido, como esa de ir con el culo al aire –sí, literalmente, todo el culo–, o como ese incomprensible capricho por retomar costumbres incivilizadas de épocas antiguas y convertirlas en lo último en moda: por ejemplo, esa idiotez de considerar elegante el alargarse el cráneo –«¡Es lo más!», me explicó un tipo bobalicón que tenía la cabeza como el cuello de una jirafa–, o esa falta de valores morales y sin el más mínimo sentido común: todo era culto a lo intrascendente; la lectura se consideraba carca, o peor aún, innecesaria; incluso se llegó –bueno, mejor dicho, se llegará si seguimos así– a prohibir la intimidad: todo se debía publicar en las redes sociales 3D si se quería llegar a ser alguien en la nueva sociedad…, es decir, una especie de mezcla entre «1984», «Fahrenheit 451», «Un mundo feliz» y alguna otra distopía inimaginable, aunque con apariencia de fiesta interminable súper guay y en el futuro, con todos sus avances técnicos. Lo cierto es que no lo pude soportar y regresé de nuevo al presente.
Fue entonces cuando contemplé el hoy con mejor perspectiva y comprendí que ninguna época pasada ni ninguna futura serán mejor que el presente. Todas tienen sus cosas buenas y sus cosas malas, pero cada uno de nosotros estamos hechos para la época en la que hemos nacido –sí, aunque alguien pueda afirmar que sería más feliz en otra–. Puede que miremos con romanticismo al pasado o con envidia al futuro, pero os aseguro que el mejor regalo siempre fue y será cada presente.
Aún conservo mi máquina del tiempo, pero será mejor para todos si no la hago pública; además, seguro que cambiar la historia pasada o traer al presente inventos y adelantos técnicos del futuro no es lo más adecuado para ser mejores personas, que es, al fin y al cabo, lo único que nos debe interesar en el presente.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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