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992. Lo finito infinito de una vida. [Abril–2019]

[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]

Cuentan que hubo un robot.

Cuentan que hubo un robot que tuvo un sueño, y, cada noche, miraba por la ventana de su habitáculo y observaba las millones de estrellas que pueblan el cielo. El robot trabajaba en una mina, bajo tierra, extrayendo coltán, y tras su intensa jornada laboral buscaba la serenidad de las estrellas, del infinito espacio profundo, y soñaba.

Mariposas de agua.

Sobre la rama tierna, mecida al sol del atardecer por una suave brisa, pasea un insecto, no sé, quizá un ash’ard de concha translúcida azulverdosa. ¿Cómo es que su sencillez nos sorprende más que la complejidad inalcanzable, indefinible?; puede que el cielo sea el responsable, quizá.
Cuentan que los cuentos son los custodios de la dulzura de las caricias, del amor de los suspiros… no sé, quizá incluso de las alegrías de las ale’ineas de cuatro alas, puede; mientras, en la oscuridad, acecha inmisericorde algún que otro k’mosdan de cuernos de macho cabrío y ojos en blanco, ¡Dios nos libre!
La vida… ¿qué es la vida? Y mientras nos lo preguntamos, un brote verde nace de un árbol, señal inequívoca del reloj biológico que el tiempo impulsa no sabemos cómo. ¿Por qué no hay mariposas de agua?

Entras en directo.

En inquietos paseos al ir a la deriva, me pregunto, si merece la oportunidad el pensar en sí mismo y me limito a descansar. Hola. No contestes, cuando sales. Ciego llega resuelto, no queda tiempo, del funcionamiento fenomenal. Sin plantillas el centro meteorológico, no sé lo que estás haciendo. Entras en directo, el tiempo, qué me dices. Una emergencia al introducir un bienvenidos. Aquí estoy. Un río atmosférico en una llovizna tras los incendios de fin de año. Tranquilo, lo harás bien. ¡Cámaras, acción!

Sonatas de amor y fuego.

Por la senda del ocaso se diluyen sonatas de amor y fuego, y espíritus sin coraza de alas inmateriales toman aquí impulso sereno y alcanzan metas arcanas que consuman leyendas ciertas entre vientos en otros tiempos soñados. Y en el desierto olvidado una burbuja de aguas puras levita incólume y en su seno virginal brota una vida selecta, primer acto de una obra inconclusa que alcanzará su clímax al anochecer de una vida. Canta la aurora, ríe el corazón robusto, llora una sombra, y en un rincón aguarda paciente la esperanza de una niña de mirada sabia. No temamos el frío del sinsentido mordaz que pretende herirnos, no, pues no es capaz de vencernos; antes bien, seamos conscientes de la verdad prometida que nos fue otorgada.

Rocambolesco, todo es rocambolesco.

Un reloj de pulsera.

Construí un reloj de pulsera que reproducía el movimiento exacto de los planetas y astros del cosmos. Aparentaba un reloj, pero era mucho más. Con él viajaba en el espacio-tiempo, con él exploré galaxias, gracias a él conocí a Aenasu, del planeta Phiari.

Lo llevas atrasado.

―¿Es un reloj?
―Sí, pero también es un transmutador endosísmico intergaláctico supratemporal adimensional de variables rairit’h.
―Ya, pues lo llevas atrasado.

Siempre fueron ahora.

El tiempo siempre es lo mismo: entonces, luego, ayer, mañana, siempre, nunca no –nunca no existe–, antes de ayer, pasado mañana, quién sabe cuándo, alguna vez, hace mil años, el siglo que viene… todos son lo mismo; siempre son ‘ahora’ para alguien.

Matar el gusanillo.

Estaba cocinando unas albóndigas y, de repente, se hizo un agujero chisporroteante en medio de la cocina, así, como por arte de magia. Por él se asomó una criatura con tentáculos y rostro maleable cuasihumano… (lo sé… pero no puedo explicarlo mejor). Alargó un par de extremidades, levantó la tapa de la cazuela y arrampló con media docena de albóndigas que se comió allí mismo, bueno, simplemente las engulló de un bocado. Entonces me miró –yo estaba inmóvil como una piedra por la impresión– y emitió un sonido sordo que tomé como un «disculpe, es que estoy en pleno viaje subdimensional y estoy sin comer nada desde hace tres ciclos; no podía aguantar más y he percibido su comida y…, lo siento, tenía que matar el gusanillo, como ustedes dicen. Muchas gracias»; no sé, lo sentí así, como si me llegara por telepatía. Luego volvió a desaparecer en el agujero y éste se deshizo como había surgido. Fue así, os lo juro.

Relojes.

Año 2865 d.C.
En el mercadillo un anciano tiene un humilde puesto en el que vende pequeños electrodomésticos anticuados. «¡Compren… relojes, maquinillas de afeitar, tablets, teles planas…, compren!», exclama con voz afónica. En un rincón, sobre una mesita, tiene un montón de relojes de distintos modelos. Pero no son relojes, no, son máquinas del tiempo portátiles. Fueron el no va más cuando las inventaron, ahora no las quiere nadie.

Paseaba por una apartada cala.

Paseaba por una apartada cala y vi un ánfora cubierta de musgo y coral medio hundida en la arena. La agarré y la froté suavemente para limpiarla y en eso apareció sobre mí una increíble nave espacial. «¿A dónde le llevo, señor?», me dijo el taxista sideral.

El astronauta condujo su nave.

El astronauta condujo su nave espacial hasta aquel lejano planeta, y allí encontró hadas revoloteando entre extraños árboles de maderapiedra.

La anciana.

En aquel rincón de la jungla más espesa, entre montes inaccesibles, la anciana, oráculo, chamán y médico de aquel poblado recóndito, goza de prestigio y cierta reverencia celestial. Es evidente que nació hace mucho tiempo pero nadie, sin embargo, sabe exactamente su edad; sólo saben que llegó huyendo cuando era joven. Los suyos la dejaron allí pues consideraron que era un buen refugio. Los que la perseguían no darían con ella en aquella perdida jungla, en aquel pequeño planeta azul. Los del poblado desconocían, naturalmente, que no era humana. Eso sucedió hace mucho, mucho más de lo que aparenta su aspecto físico, pues la mujer es tan anciana como aquel volcán que se ve en el horizonte, cuando los primeros humanos se establecieron en aquellas tierras. Desde entonces vive allí, entre esa sencilla gente humana, a la espera de que vengan a recogerla.

En una hoja en blanco.

En una hoja en blanco
Dibujada una ola,
Y siento que me moja
Y escucho su rumor.

Una cita doble.

Suena el teléfono. Una voz anónima me informa que mi mujer está con otro, que les ha visto entrar en un Motel haciéndose arrumacos. Le doy las gracias y aparento sentirme ofendido. Cuelgo y continúo viendo el partido de baloncesto en la tele. Estoy contento, y mucho; mi nuevo invento –yo lo llamo el Bilocalizador Clónico, capaz de duplicar a alguien para que esté en dos sitios a la vez–, es todo un éxito.

Complicidad fraternal.

¡Riiiiiing, riiiiiiing!
―¿Diga?… sí… sí, ¡no me diga!… gracias, sí… adiós.
―¿Quién era, cariño?
―No lo sé, pero me ha dicho que te acaba de ver con otro en un Motel, ¿te imaginas, cielo? –le dijo el marido a su mujer.
―Debe ser mi hermana gemela, ya te he dicho que venía a la ciudad por negocios; la han debido confundir conmigo, jajaja… –le respondió la hermana gemela de su mujer.

Dinoaliens.

La humanidad tuvimos la suerte de existir cuando ya se habían extinguido los fieros dinosaurios: el rex, el velocirraptor… Sin embargo cuando llegamos a aquel exoplaneta no tuvimos tanta suerte, pues antes que nosotros se había estrellado una nave llena de huevos aliens, y os lo garantizo, las nuevas criaturas, mezcla de los carnívoros autóctonos del exoplaneta y los aliens, son mucho peor que cualquier dinosaurio terrestre.

Parásito-host.

―Los nuevos móviles no necesitan conectarse a la red eléctrica para recargarse.
―¿Y eso?
―Porque poseen consciencia propia y una carcasa bioneuronal que les permite activar sus tentáculos e interconectarse simbióticamente con su humano anfitrión.

Precoz.

No tenía un año aún y ya sabía que existían las hadas. Las veía revolotear a mi alrededor cuando mi madre me acostaba en la cuna para dormir la siesta. Papá, mientras, no hacía más que decir: «¡Vete, mosca, vete! Cariño, ¿tenemos algún repelente de insectos?»

Lluvia.

Siempre que llueve salgo a pasear. La gente me mira y se sorprende al verme sin paraguas. Yo lo prefiero así. De donde yo provengo casi no llueve; allí el agua vale más que el oro. Por eso me vine a la Tierra a vivir. En mi planeta natal ya no se puede.

Los ler’ack.

Un simple tiburón blanco de seis metros les espanta, ¡pobres!, no conocen a los ler’ack de mi planeta natal con sus veinte metros de longitud, sus dos mandíbulas concéntricas de seis filas de dientes como brocas afiladas de acero y sus tentáculos de garfios emponzoñados; los humanos son unos cándidos, se asustan por nada.

Por fin.

Por fin encontramos un exoplaneta compatible con nuestras condiciones de vida. Organizamos varios viajes interestelares y fundamos colonias estables en él. Por fin la humanidad habíamos solucionado nuestros problemas de sobrepoblación de la Tierra. Por fin la humanidad volvíamos a tener esperanza en el futuro.

El tiempo.

El tiempo no es un cuándo,
el tiempo es un dónde, básicamente;
aunque es un dónde cuándo.

La competencia.

A esa hora el metro iba a tope. Me fijé en que a mi lado un ‘listo’ le estaba sisando disimuladamente la cartera a una señora. No dije nada. La señora ni se enteró. El tipejo era hábil y consiguió su botín. Entonces me puse a su lado y esperé. Justo cuando el ladrón salía del vagón en la siguiente estación simulé un tropiezo y, con dos dedos, le sisé yo a él la cartera de la señora. Estaba realmente indignado; y le expliqué a la señora lo que había pasado y le devolví su cartera. Ella me lo agradeció. Luego esperé a que la señora se bajara del metro y comencé a estudiar el terreno. Aquel señor que leía distraído parecía el más adecuado… Lo cierto es que odio a la competencia, ¡cómo me fastidia que alguien venga y se me adelante!

De nacimiento.

Permanezco en las sombras por una cuestión de supervivencia: el sol me mata. Sólo en alguna ocasión permito sentir el urente sol en mi piel, por poco tiempo, muy poco, hasta que el dolor me obliga a volver a la sombra reconfortante. La sangre es mi único alimento, y tampoco es culpa mía; si existiera sangre artificial la bebería, de verdad, pero mientras tanto… Además sólo matar me apacigua el ansia que me domina cuando tengo hambre. No lo puedo evitar, soy como soy, yo no pedí ser así. Yo no pedí nacer siendo vampiro.

Notre-Dame.

Al atardecer de un día cualquiera, ¿o quizá no?, un niño corretea por el parque cercano; juega y ríe, con su pelo revuelto por el viento, como queriendo colorear el paisaje de plenitud; y su mirada se eleva y el humo asoma por el tejado de la catedral. «¡Fuego, fuego!» –señala al cielo– «¡allí!» –grita el pequeño–, y la gente mira y se asombra. Y en un rincón casi olvidado una chispa despierta al monstruo. «¡La catedral arde!» El humo se eleva, las llamas devoran inmisericordes. «¡Allí!» Y cae la aguja de la torre, y el fuego crece. Los minutos parecen horas. Y, por fin, el monstruo muere; los bomberos evitan lo peor. Notre-Dame no se ha caído. Y será reconstruida, sí, lavada, purificada y, una vez más, consagrada como un Templo santo al Señor. Y en su interior la Cruz, en pie, como signo de libertad, de verdad, de gloria, de salvación.

Merecido descanso.

Tras un agotador viaje por los mundos del abismo Cheiw’y, en busca del tesoro Ath’eld, imprescindible para poder pagar el rescate por el príncipe Oima’m, secuestrado por las sanguinarias legiones del conde Skeloth’ld más allá de las abisales sendas de Say’gha’ies, la comandante estelar Mei se tomó unas merecidas vacaciones. «No hay nada como un buen libro de frenéticas aventuras para recuperar fuerzas», se decía Mei leyendo un thriller espacial recostada en una hamaca.

Una idea.

A la vista de que la Junta Electoral Central no autoriza que se celebre el debate a cinco tal y como había organizado Atresmedia, los candidatos del PSOE, PP, Ciudadanos, Unidas Podemos y Vox a la presidencia del Gobierno en las próximas Elecciones Generales han tenido una idea: han decidido reunirse en un local neutral y convocar una rueda de prensa conjunta, así como responder a todas aquellas preguntas que se les formule por parte de los periodistas allí presentes de cara a dar a conocer sus programas electorales. El evento sería grabado y subido a YouTube por iniciativa particular de los políticos convocantes; los medios de comunicación podrían, si así lo estiman apropiado, hacerse eco del hecho. Naturalmente dicho evento sería anunciado como Rueda de prensa a cinco –y no Debate–, para evitar posibles impedimentos legales.

Megas y nanos.

En aquellas tierras remotas conviven los megahumanos y los nanohumanos, dos categorías de seres vivos tan distintas como reflejaba su diferente tamaño. Los gigantes ignoran a los nanos como nosotros pudiéramos ignorar a los insectos; los nanohumanos, por su parte, prefieren no incordiar a los megas y viven su vida sin provocar su ciclópea ira. En ocasiones, cuando la situación lo permite, los nanoniños se divierten contemplando cómo los gigantes luchan entre ellos, en ocasiones incluso en mortal combate; para ellos es como asistir a una obra de teatro, y cuando un mega cae, la tierra tiembla.

De la ciudad surge.

De la ciudad surge una torre inmensa, portentosa, una columna tecnológica que comunica la Tierra con la estación espacial, antesala del puerto interestelar del que despagan las naves con las que la humanidad pretende explorar la galaxia.

Nubes.

La Tierra es un desierto, ya no queda agua ni en los ríos ni en los mares. Sólo los ricos, los muy ricos, los que se lo pueden permitir, ascienden en la nave aerostática y, surgiendo a través de las nubes, permanecen levitando y observan complacidos, inmunes a la insensatez a que ha llevado la inconsciente acción de aquellos egoístas que dominan el mundo, el único mar que aún queda, aquel mar de nubes blancas que cubren los cielos y que les rodea; un mar de nubes artificiales que no llueven.

De pie sobre una roca.

De pie sobre una roca, en el acantilado, con el mar embravecido, las nubes grises, el grito de las gaviotas irrumpiendo a lo lejos y el viento golpeándome la cara, miro al horizonte convencido de que la inmensidad del ser conlleva dolor, pero también honor y gloria.

Escapada.

Era un atardecer rosicler espectacular, los pajarillos canturreaban revoloteando entre las flores, el agua de la cascada reverberaba poderosa y cristalina en el valle… ¡Con lo bien que estaba junto a Emma –nos habíamos conocido hace unos meses, en otra acampada– y tuvo que aparecer esa nave, descendiendo imponente de entre las nubes! La vi aterrizar y de ella salió un alienígena, alto, horrible, pavoroso, con sus seis tentáculos y esa mirada asesina que tan bien conocía… ¿cómo demonios se ha enterado papá que me he escapado a este planeta de acampada?

Del poema humus.

Del poema humus, ¡oh, and that cover!, porque los diluvios Kath acaba de publicar ya ha llegado «la primera vez llenar la bóveda», el peor genocidio cinco relatos algo mágico cuando sólo se tiene salvación quieres darle visibilidad apuntaban sin duda. Entre gárgolas coordinates 13383,3141.876x876px. ¡Hercules at the gym! Hallan en China gold necklace with large breastplate la coraza que lleva nuestra especialidad ve bibliotecas únicas.

De coche en coche.

A lo largo de la historia en mi familia hemos tenido muchos tipos de coches: mis antepasados se compraron uno a motor de gasolina porque los caballos comían mucha alfalfa y se cagaban en plena vía; se compraron un diesel cuando dijeron que los de gasolina contaminaban mucho; luego se compraron un eléctrico cuando los expertos aseguraron que los diesel también contaminaban demasiado; luego se convencieron para comprarse uno de plasma cuando los eléctricos también fueron denostados por antiecológicos; luego llegaron los antigravitatorios sin ruedas, cuando los de plasma fueron considerados demasiado peligrosos –tras una catastrófica explosión radiactiva en una fábrica y hubo muchos muertos–; luego los solares, y la humanidad creyó haber encontrado, por fin, un medio de transporte ideal… ¡qué equivocados estaban! Al final la humanidad hemos regresado a los coches de caballos, ¡esos sí que son ecológicos, de energía sostenible, sana e inofensiva!

Dejamos de nacer.

Dejamos de nacer, la humanidad, dejamos de nacer, las mujeres dejaron de tener hijos; la contaminación, la degradación genética, dijeron… el caso es que dejamos de nacer. En pocos años la humanidad dejaría de existir. Sólo entonces supimos valorar la vida.

Sin yo proponérmelo.

Nunca creí poder ver lo que he visto ni oír lo que he escuchado ni vivir lo que he vivido, pero así sucedió, pues la realidad me hizo un hueco entre sus brazos sin yo proponérmelo: fui testigo de aquellos cíclopes muertos por flechas de papel disparadas por un guerrero ciego; fui vestigio de una daga incrustada en el costado de una ninfa, culmen de algo siniestro, atroz, que clamaba al cielo; fui señal del portentoso surgir, desde las profundidades del río helado del sino, de algo monstruoso reclamando justicia eterna, y de entre los árboles cercanos sentí un grito de dolor que hería el aire y laceraba mi alma; pues en lo alto de la montaña, al final de las escaleras de piedra, donde el universo concluye, se alza una senda que indica el camino a seguir para aquellos que son dignos; y, al final, el premio prometido.

Papeles ácratas.

En una diminuta tienducha de libros, en un destartalado rincón entre dos portales olvidados, bajo un tumulto de papeles ácratas, me topé con un grupo de hojas casi descompuestas por el tiempo que alguna vez debieron pertenecer a un libro; aún había restos de un hilo de cuerda que los cosía tenuemente. Ojeándolo vi que la primera hoja estaba en blanco. La segunda no. Empezaba por un punto. Extraño. Luego se podían entreleer –dos renglones más abajo– cinco versos, comenzando por minúscula, «la dúctil piedra negra / junto a la fuente del parque / bajo una hoja antaño verde / otra hoja verde que una vez fue piedra / y el porqué deberíamos apresurarnos al hogar»; no terminaba en punto. Luego otro renglón –no, dos–, en blanco también; y, terminando, otro punto. El resto de las hojas aparentaban vacías al primer vistazo, pero no; si te fijabas se notaban marcas de tinta casi borradas, como letras prohibidas que se niegan a morir. Tuve curiosidad. Me lo llevé a casa, claro.

Una flor.

Una flor
Entre telas de araña
Como jugando con la muerte.

Un gnomo en calabaza.

En el bosque vi una calabaza tirada por un par de ratoncillos y, conduciéndola, un gnomo. Iban deprisa, como si llegaran tarde a algún sitio importante. Le pregunté por qué.
―Es que el hada madrina no ha llegado a tiempo para convertir la calabaza en una hermosa carroza, ni a los ratones en caballos –me respondió el gnomo.
Y les vi perderse entre la foresta.

Casa mágica.

―¿Cómo sabes que tu casa es mágica?
―Los gatos de mis vecinos suelen cazar ratoncillos, incluso mariposas y libélulas; el mío caza hadas.

Gnomos

[1]
Aquel gnomo siempre llegaba tarde a todos los sitios. Era pobre y no tenía dinero para comprarse un escarabajo que le llevara; iba siempre en caracol.

[2]
En mi casa existen gnomos que pueden meterse en los libros. Ayer, sin ir más lejos, me puse a leer algo de Moby Dick y encontré que un gnomo estaba haciendo de capitán Ahab.

El túnel.

El tren llegó a la estación y me subí a él. Se llenó a tope. A mi lado una familia entera ocupaba medio vagón. Sonó el silbato y el tren arrancó. Cinco minutos después aceleró y despegó. «Atención. Abróchense los cinturones. En tres minutos atravesaremos el agujero negro» –anunciaron por megafonía. El espacio se veía profundo por las ventanillas.

La otra isla.

Vivo en un pequeño pueblo costero, en una isla. A veces me asomo al mar y miro. Dicen que en aquella otra isla que se ve allí, a lo lejos, habitan monstruos y que algunas noches vienen y se comen a quien encuentran en la playa. No sé si es cierto. Mis padres no me dejan que salga de casa por la noche. Esta mañana no ha venido a clase mi amigo Alberto. Ayer estuvo de fiesta en la playa. Le han enterrado esta tarde. Su ataúd estaba vacío.

Cuando escribo no sé si soy yo.

Ojos negros.

Salgo a pasear por el parque cuando llueve a mares. Sólo en esos momentos me permito el lujo de mostrarme tal cual soy. Sólo entonces mis globos oculares se tornan de un hermoso color negro espacio profundo y lloro. En mi planeta natal ya no llueve.

Disculpen.

Acampada. (Parte 1)
Acampaba con unos amigos. Era de noche. Sentados al fuego bajó una nave y quedó levitando a dos palmos del suelo. «Disculpen, ¿tienen un motor angular de plasma?», nos preguntó el piloto. Balbuceamos un no y la nave despegó. Esa noche no pudimos dormir.

Fin de año. (Parte 2)
31 del XII. 24:00. Voy por la autopista. Se para el motor y una luz de lo alto me ilumina. ¡Un ovni! «Disculpe, ¿tiene un motor angular de plasma?», me pregunta el piloto. Le digo no y se marcha contrariado; «¡la Tierra, tan atrasada!», le oigo exclamar.

Una flor, un libro.

La mar en calma, el cielo claro, una línea indefinida que une, que los configura amantes sin condición
Un velero de luz, una sensación en la piel que toca el agua y electrifica
Armonía al encontrar, sin buscarlo, la calma serena que brota de lo profundo
Nubes que delimitan, sin miedo, el infinito, gaviotas en la lejanía que abren camino
Un reflejo en el agua que distorsiona lo que es, sin cambiar su esencia
Una flor, un libro, lo perenne ilimitable, inagotable, eterno, fiel
¿Ves?, aquello es lo que buscas, ¿oyes?, no es una leyenda, existe, es real
Unas letras escritas en papel, un silencio sagrado, quizá unas lágrimas, quizá una risa
El sol al amanecer que irrumpe humilde en mi cuarto, el agua cristalina de una fuente
Un mundo en una burbuja que se eleva portentosa, una estatua de mármol que sangra y, al mirarte, sonríe.
Lo finito infinito de una vida que, tras la vida, busca más…y lo encuentra.

He luchado contra dragones…y he vencido.

Francotirador.

«Esta vez no me cogerán sin luchar», suele decir el viejo loco, hablando solo –pues afirma haber sido abducido por extraterrestres y, tras lograr escapar de ellos, se ha pasado los siguientes años construyendo su refugio–. A simple vista sólo es una simple y diminuta cabaña medio destartalada situada en el desierto de Chihuahua, en Texas, en mitad de ningún sitio. Su secreto, sin embargo, reside bajo tierra, pues la cabaña es en realidad la entrada camuflada a un bunker de tres pisos blindados donde aquel viejo loco vive desde hace años, y que sirve de estación de control del misil termonuclear que guarda oculto en el silo contiguo. Pues el viejo loco ha utilizado sus conocimientos en armamento y balística para construir su propio misil y desde entonces espera paciente, como un francotirador experimentado, a que vuelvan los aliens para sorprenderles y destruirles lanzándoles su bomba.

Un orm’kal’iep.

Es un orm’kal’iep y al amanecer extiende sus alas y se divierte entre las nubes, o persiguiendo a los pájaros, y hace picados y cuando parece que se va a estrellar en el río, gira y vuela a ras del agua y luego regresa a su refugio; es un dragón.

Un grupo inquietante.

Resultaba sorprendente verles caminar por la ciudad, formaban un grupo inquietante. Ella era una niña de no más de doce años, con el pelo corto y negro, y la acompañaban un cuervo negro de grito agudo –que la sobrevolaba–, un mapache de mirada retadora y un oso pardo grande como un… ogro; pero lo más sorprendente era su mirada: nadie era capaz de mantenérsela más de unos segundos.

El Tuúmades-7.

Amanece. Suena el despertador. Ana y Juan se despiertan, se duchan, desayunan y se visten con el Traje Unisex Último Modelo Antirradiación de Doble Escudo, modelo 7, conocido coloquialmente como el Tuúmades-7, capaz, según la publicidad estatal, de garantizar una total y completa protección. Y es que, tras la última guerra, es la única forma segura de salir a la calle para ir al trabajo o jugar en el parque sin la amenaza de morir por una sobredosis radiactiva.

Un barrio vivaracho.

En el barullo de la ciudad, en una de sus calles más concurridas y céntricas, de esas de antes, con dos tiendas, al menos, a ambos lados por cada portal de vecinos. Si paseas por ella te inundan sonidos y olores, como mínimo, sugerentes. Se oyen las voces de los tenderos –«¡manzanas, compren manzanas!», aquí; «¡pescados, qué frescos!», allá–; de las ventanas cuelgan ropas húmedas y una madre le grita a su hijo que suba ¡ya! a casa… Se huelen aromas a sopa de pollo, a cocido recién hecho; alguien está friendo gambas, huele salado… Es una calle vivaracha, como todo el barrio; en lo alto, si miras al cielo, ves alguna nube o algún globo aerostático de colores llamativos que sobrevuela las casas con publicidad variada, y, a lo lejos, gritan unas gaviotas.

Era un paisaje nevado.

Era un paisaje nevado, frío, inexplorado, con pequeñas colinas sin árboles, donde la niebla baja ocultaba secretos; pues al fondo, a lo lejos, habitaban trolls.

El bosque calla.

Al atardecer el bosque calla, las ninfas ríen; entre brotes verdes un hada conversa con una ardilla, y ésta le ofrece una nuez; en una roca junto a la cascada hay grabados unos pictogramas que una náyade lee y ríe pues le recuerdan su infancia; secretos del bosque.

El monte en silencio.

El monte en silencio y la nieve cencida, todo sometido por un ventarrón helado que impide respirar y protege al valle de miradas inoportunas e indiscretas; pero hay nieve removida que sólo puede indicar que los ogros han despertado de su hibernación y tienen hambre.

Clases magistrales.

―Doy clases magistrales sin saber de qué hablo.
―¿Y cómo sabes qué decir?
―Es que todo me lo invento.
―¿Y no temes que los asistentes te pillen?
―No, porque hablo de temas tan desconocidos que nadie los conoce.

Sueños.

Yo soy tu padre bendita la crisis que te hizo crecer los analistas políticos no conocen las cartas hasta ahora detallito atrasado para mi preferido domingo 28 de abril ¡para pensar! Sumo y glorioso era el mejor de los tiempos escribir mucho «¡Ah, si esta carne sólida por escribir! Mucho es «Estaciones», un poema Éowyn, repasamos las últimas rosa y naranja ser o no ser docente –coordinates: 20020,1630. 594x594px– esta madrugada fans of the tekkon kinkreet yo no sé qué pasa en Yemen; «sueños», un poema.

Sobre la cima del mundo.

Sentado sobre la cima del mundo, en un diminuto peñasco donde el infinito lo inunda todo, surge una niebla blanca, como nube de humo tras el fuego, y temo porque el silencio ahoga, y un chillido agudo, como de uñas arañando una pizarra de colegio, surge amenazante a intervalos regulares, y algo se acerca, como la madre de Norman con el cuchillo en alto tras la cortinilla del baño, y no soy capaz de asimilar lo que estoy viendo, pues un ser, una criatura horrenda, gigantesca, como ogro, ballena y pulpo gigante al unísono, se retuerce y gime, pero no llora, pues sólo ansía matar y destruir, y cierro los ojos, y siento que hay algo más ahí fuera, pero algo que no es malo, no, algo que viene en mi auxilio, sí, otro ser, otra criatura horrenda pero buena, que siente como yo, no, mejor que siente lo que yo siento, pues está conectada a mí de una forma que no es de este mundo y que no consigo comprender, pero me aparto y le dejo hacer, y veo que luchan entre ellos y gritan y sangran una sangre no roja, y la batalla se prolonga, pero siento que todo va bien pues en eso el malo muere, como en las películas de ciencia ficción de antaño, y el bueno emite un sonido que sólo puedo identificar como un canto de victoria, y me mira y yo le miro y le doy las gracias pero no me responde y se marcha, y ahí me quedo yo, riendo, llorando, sentado sobre la cima del mundo.

Tiene razón.

Y un diminuto polluelo de pato recién nacido, con el plumaje amarillo, abre los ojos por primera vez, se mira en un charco y se ve allí, con su cuerpecito todo erguido, y grita: «¡soy el rey del mundo!»; y, aunque nadie lo sabe, tiene razón.

Nuestro aprendizaje.

Sólo en la noche de primavera el bosque juega al escondite entre brillos saltarines de luciérnagas traviesas y vivos colores de aquellos que, ocultos mas no escondidos, velan audaces hasta la presencia del amanecer liberador; pues sólo el refugio incuestionable de valores inherentes al propio ser colectivo puede…no…debe llevarnos a la victoria prometida. Noche en la que, a lo lejos, se perciben palabras arcanas que brotan de labios sabios, de corazones colmados de un deseo puro y fiel, de pisadas que abren sendas olvidadas pero no destruidas, por donde está escrito que volverá aquel que, en el fondo, nunca se fue; maestro paciente que nos enseñó lo necesario para nuestro aprendizaje, y al que ahora daremos gracias.

[FIN]

Luis J. Goróstegui
Lo finito infinito de una vida. [Abril–2019]
[Un #cuento de microcuentos, de Luis J. Goróstegui]
#CuentosSinImportancia

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