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Éste es mi #cuento para participar en el reto #MismoInicioDiferenteFinal de #SubmarinoDeHojalata (noviembre-2019) organizado por @MaruBV13 y @AliciaAdam16 (en Twitter):

El camino más rápido.

Alex odiaba cruzar por el cementerio por las noches —aunque era el camino más rápido a su casa— pero aquella noche era demasiado su cansancio y ansiaba dormir, así es que al llegar a la puerta, no lo dudó y entró al camposanto…
Alex no se rendía fácilmente, esa era, quizá, su mayor debilidad, pero aquella noche la luna llena iluminaba el cielo y la bruma cubría el suelo haciendo que las tumbas resultasen inciertas pero atrayentes, borrosas, balanceantes pero seguras, como balsas sobre un mar en calma removido en la lejanía por tormentas de un submundo que quisiera brotar de lo hondo; como si sus moradores, aunque muertos, aún estuvieran vivos y quisieran volver de… allí, y por eso le llamaban a quedarse con ellos, insistentes, invencibles, una y otra vez, machaconamente pertinaces, y Alex no pudo resistirse, no aquella noche; se sentía cansado, pero no por sí mismo, no, sino como si… es difícil precisar, como si ellos le hicieran estar cansado, extenuado y sólo entre ellos pudiera recuperar las fuerzas perdidas; y por eso entró.
De camino por entre los mausoleos de épocas antiguas, entre columnas pétreas y estatuas marmóreas de ángeles alados, Alex escuchó una voz apenada que recitaba líricas tristes: «…dime, muerte que desvías la mirada vacilante, dime, no desoigas mi súplica errante; dime muerte que ya no me sonríes, inclina tu oído hacia mí, limpia mi alma de impurezas y hazme morir en paz, dime…», recitaba un hombre sentado junto a la estatua de un famoso poeta de antaño.
―Sentidas palabras –le dije al pasar a su lado.
―¿Qué buscas por aquí, forastero? –me dijo inesperadamente.
―Voy de camino a casa; por aquí se llega antes –le respondí, educado pero nervioso, lo mejor que pude–. ¿Cuándo murió usted? –y añadí audaz.
Entonces levantó la mirada del libro que estaba leyendo y me miró.
―En 1821.
―Yo me llamo Alex –le dije queriendo entablar conversación.
―Mi nombre no importa –me respondió, y bajó la mirada.
―Nos volveremos a ver, ahora me llaman –me despedí de él.
Seguí caminando y, tras unos pasos, el poeta me respondió…
―Buena suerte, forastero –le escuché decir.
…aunque daba la sensación de que sus palabras no iban dirigidas hacia mí.
Y seguí caminando, ya estaba cerca de mi casa. El cementerio no es muy grande; es antiguo, muy antiguo –ya estaba allí incluso antes de la guerra de los Siete Años de 1756–, pero no es muy grande; por eso allí todos los muertos se conocen, son como una gran familia.
Y al final llegué, allí estaba… Sobre la lápida estaba sentada una mujer joven, tenía la cabeza baja, la mirada llorosa, vestía una capa de fina seda de mármol y en sus brazos sujetaba a un muchacho dormido de no más de quince años: yo. Y allí estaba… mi casa.
El poeta tenía razón, soy un forastero en el camposanto, llegué hace poco. Sé que aquí estoy de paso, que mi destino es otro, en otro lugar, pero no aún. Quizá por eso me cueste tanto aceptarlo y me resulte tan difícil quedarme en casa como la mayoría de los muertos; por eso, en ocasiones, salgo y deambulo por entre los vivos, aunque ellos no me vean, y por eso no regreso hasta que estoy exhausto, ansiando dormir, porque no me rindo fácilmente y no quiero darme por vencido, no aún; esa es, quizá, mi mayor debilidad y mi mayor fortaleza.

Luis J. Goróstegui