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298. Matar el gusanillo.

Era un ogro grande, gruñón y muy fiero, pero tenía un problema. Era capaz de matar dragones, incluso gigantes, pero era incapaz de matar ratones. Todas las mañanas, para desayunar, mataba un par de jabalíes y algún cervatillo, sin embargo, para matar el gusanillo de mediodía, al ogro siempre le apetecían algunos ratones, de esos pequeños que se alimentan de nueces y moras en las tierras bajas –de ahí su sabroso sabor; todos los ogros se lo habían asegurado–, pero, cuando los veía, no sabía por qué, era incapaz de matarlos…, simplemente no podía: sentía algo raro en el estómago… y no podía. Y ya empezaba a preocuparse; incluso fue a visitar a una bruja, amiga suya, que pasaba consulta cerca de la gruta donde él vivía. Le recetó un par de pócimas malolientes, incluso un conjuro infalible de efecto seguro, según le confirmó la hechicera, pero nada, el ogro seguía sin poder matar un ratón. Una mañana, tras matar un gran oso del Norte y un par de arañas gigantes del páramo, el ogro fue a visitar a su madre. Cuando le contó su problema, ella le contestó:
―A tu padre le pasaba lo mismo, no te preocupes; ya sabes lo bruto y sanguinario que era, sin embargo tampoco era capaz de matar un ratón…, hasta que se le ocurrió la solución.
―¿Y cuál fue, madre?
―Pues comérselos vivos, hijo…, comérselos vivos.
Y desde entonces, cuando el ogro regresa satisfecho a su gruta, con los restos de la caza del día –un dragón escupeácido del Sur, algún tigre dientes de sable, uno o dos monstruos de la ciénaga o algún engendro similar–, siempre lleva en sus bolsillos algunos ratones vivos, y se los va comiendo para ir matando el gusanillo.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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