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292. Música de hadas.

Recuerdo la primera vez que entré en la gran biblioteca de la vieja casona de mis abuelos maternos. Era una cálida tarde de verano y yo tenía diez años. Pasaba con mi familia unos días de vacaciones y aquella tarde buscaba algún libro nuevo que leer, algo distinto, ya sabéis…, cautivador –ya me empezaban a aburrir los tebeos de siempre–. Paseando frente a los libros, uno de ellos me llamó la atención: no era muy grande, pero era grueso y estaba curiosamente adornado; era, sin duda, un libro de otro tiempo, pensé. Se titulaba: «Música de hadas», de una tal Leonisa Slaycight. Lo abrí y leí lo que alguien había escrito a mano en la primera hoja, a modo de dedicatoria: «No creas todo lo que vas a leer, pero cree todo lo que vas a leer». Debo reconocer que no lo entendí, pero fue precisamente eso lo que me atrajo de él, así que me fui al desván y me puse a leerlo. Comenzaba así: «En la flor más hermosa del jardín, un hada canta una canción al sol de mediodía, sin percatarse de que algo acecha oculto desde el interior de un viejo y retorcido árbol.» No os contaré más, sólo os recomiendo que, si encontráis este libro en alguna librería antigua, lo leáis; os aseguro que os atrapará, como me atrapó a mí.
Esa noche, al cenar, cuando le enseñé el libro a mi abuela, me dijo:
―No lo pierdas, es un libro muy valioso.
―¿Por qué, abuela? –le pregunté intrigado.
Mi abuela me miró sonriente y me contestó:
―Lo escribió un hada de verdad que conocí en el jardín hace muchos años.
Yo me reí, claro, pero ella no, y eso, creedme, me intrigó más.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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