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• (Csi140) – Ondas gravitacionales.

Todo está preparado para el despegue; es una mañana fría y, poco a poco, la niebla, que minutos antes ocultaba la plataforma de lanzamiento, incluyendo la nave, se levanta y deja visible el impresionante vehículo espacial. Se trata de una espectacular nave, de un tamaño unas 50 veces superior a todas las construidas con anterioridad. Es el primer prototipo y su principal secreto, el que le permite ser tan grande, es su matriz de propulsión antigravitatoria. Hasta entonces, el tamaño de las naves espaciales venía limitado por la relación entre su peso y la potencia de sus motores, de manera que pudieran ser capaces de escapar de la gravedad terrestre en el despegue y poder realizar viajes de muy larga duración; a mayor tamaño, mayor peso, y por tanto motores más grandes con mayor potencia, que a su vez provocaba un aumento del peso y vuelta a empezar: era la pescadilla que se muerde la cola. El proyecto de exploración espacial se encontraba en un callejón sin salida aparente: El reciente descubrimiento de planetas habitables y explotables geológicamente, muy lejanos, fuera del sistema Solar, requerían naves espaciales mucho mayores para poder llevar a cabo sus objetivos; era necesario, obviamente, un tipo de motor diferente, que se basara en otros principios, distintos a los de los motores existentes hasta entonces. Y esos nuevos principios los encontraron en la teoría de la relatividad general de Einstein: se trataba de las ondulaciones del espacio-tiempo producidas por un cuerpo masivo acelerado, es decir, las ondas gravitacionales. Einstein predijo su existencia en 1916, y los científicos las consiguieron observar directamente, por primera vez, cien años después, en el 2016. Desde entonces la tecnología ha avanzado lo suficiente como para poder construir una nave espacial que, podríamos decir, controle la gravedad. La idea es la siguiente: las ondas gravitacionales son la prueba física y real de que la gravedad es medible; y si se puede medir, se puede estudiar; y si se puede estudiar, se puede simular, y por tanto controlar, por lo que se puede construir una nave que se apoye en la misma gravedad para despegar de la Tierra y viajar por el espacio: porque si se puede simular, también se puede anular, es decir: la posibilidad de un motor antigravitatorio deja de ser una mera posibilidad y se convierte en realidad. Y además, está la ventaja añadida de que dichos motores poseen un tamaño mucho más pequeño que los convencionales, para una potencia muchísimo mayor. Todo ello nos lleva al momento actual, a pocos segundos de ver despegar la primera nave espacial capaz de alcanzar velocidades jamás logradas por nave humana alguna; una nave con una carga útil del 99%, dado el mínimo tamaño de sus motores; una nave con una tripulación de 57 personas y cuyo destino es el planeta Aldëen, localizado en torno a la estrella Enthor, más allá de la nebulosa Dumbbell; su objetivo: lograr establecer la primera colonia estable en un planeta exterior al sistema Solar. La cuenta atrás da comienzo…, 10…,9…,8…, la expectación es máxima…, 4…,3…,2…,1… La nave despega suavemente, como una hoja movida por el viento, los motores no hacen ruido; en pocos segundos alcanza la estratosfera y acelera hasta perderse de vista en el espacio profundo; la exploración espacial ha dado un paso de gigante; son las ventajas de controlar las ondas gravitacionales.

P.D.:
Tras escribir algunos relatos y cuentos de ciencia-ficción, como éste titulado “Ondas gravitacionales”, alguien me preguntó por qué escribía estos relatos, en los que especulaba, por ejemplo, con espectaculares avances tecnológicos, y fantásticos descubrimientos, que quizás nunca se harían realidad, y yo le contesté que, como dijo Julio Verne, “Todo lo que una persona puede imaginar, otras podrán hacerlo realidad.”
Yo he hecho mi parte: imaginar; así que espero que otros puedan hacerlo realidad.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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