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• (Csi123) – Espérame.

Érase una vez, un escultor que vivía en un frondoso bosque. De joven había sido muy famoso y algunas de sus obras aún se exhibían en los museos más prestigiosos. Sin embargo se cansó de la fama, que sólo pudo darle dinero y renombre, pero no amor verdadero y paz. Por eso, hace ya algunos años, decidió apartarse del mundo; destruyó todas sus esculturas que tenía en su taller y se fue: nadie supo a donde. Vagó por distintos países hasta que encontró una aldea donde no era conocido, compró una pequeña casa situada en un apartado bosque y allí vive desde entonces. Una vez al mes, aproximadamente, baja a la aldea y, con el dinero que consigue al vender algunas de sus nuevas esculturas, compra comida y aquello que necesita para vivir, que no es mucho. Le gusta su nueva vida: el silencio del amanecer, el canto de las aves, el sonido del viento entre las ramas de los árboles, el romper del agua del río en las rocas y el cielo estrellado en las noches sin luna. Por el día se dedica a esculpir la madera de los viejos troncos de árboles caídos que encuentra en el bosque; por la noche lee libros junto a la chimenea o escribe cuentos e, incluso, algún poema. Ya no esculpe obras abstractas ni estatuas psicodélicas, tan de moda en las grandes ciudades; ya no. Ahora pasea por el bosque con su cuaderno de dibujo y sus lápices, se sienta en un tronco y observa, observa la naturaleza, y pinta lo que ve: aquel pájaro en su nido; esa ardilla que sube corriendo por el árbol; ese magnífico ciervo que camina sereno y bebe agua del río; y mira al cielo y sonríe feliz cuando contempla el vuelo majestuoso de un águila. El escultor dibuja en su cuaderno y respira hondo, complacido, y después, en casa, escoge el tronco más adecuado y traduce los bocetos en delicadas esculturas.
Se podría decir que su casa es una obra de arte, pero no por ella misma, sino por lo que contiene: todos sus rincones están ocupados por bellas esculturas que parecieran estar vivas: en la entrada, un ciervo reposando tras la carrera, parece dar la bienvenida; en un rincón del salón, sobre una mesa de roble, un águila expande sus alas con intención de iniciar el vuelo; junto a la cocina, un enorme oso pardo, en posición amenazadora, parece proteger la despensa…, y así toda la casa. Sin embargo, su obra maestra reposa en una estantería, entre libros. Nada parece indicar su importancia, pero el significado que tiene para el escultor trasciende la propia materia y el virtuosismo de la escultura sólo es un tenue reflejo de la realidad: sucedió una mañana de primavera, soleada y cálida, en un recoleto rincón del bosque profundo. El escultor intentaba dibujar, en su cuaderno, el efímero movimiento de un cervatillo y entonces la vio; aún duda si fue un sueño o fue real. Tras unos árboles apareció una muchacha, bella y delicada como el brillo de un rayo de sol. Durante unos instantes el escultor sintió la mirada de la joven como si una flecha hubiera atravesado su corazón. Ambos se miraron inmóviles: ella asustada, él anonadado. El tiempo pareció detenerse. Finalmente el trino agudo de unos pájaros sacó al escultor de su estado semi-hipnotizado. Rápidamente fue consciente de la fugacidad del instante que estaba viviendo e intentó dibujar a la muchacha. Sin embargo no estaba preparado para lo que iba a ver: ella huyó volando. De su espalda surgieron unas alas semitransparentes que reflejaban…, no, reflejar no es la palabra…, que absorbían la luz del sol y la elevaron unos palmos del suelo. Entonces voló y con unos poderosos aleteos desapareció tras unos arbustos. El escultor volvió a quedarse paralizado, intentando comprender lo que había sucedido, y durante algunos minutos llenó su cuaderno de cientos de bocetos, todos ellos de ella.
Durante los siguientes días no pudo pensar en otra cosa; todos los bocetos le parecían incompletos. Sabía lo que había visto, aunque no podía creerlo, y tenía en su mente su imagen: cuando cerraba los ojos la volvía a ver, tan claramente como aquél día, sin embargo todo lo que dibujaba, todo lo que esculpía, cuando intentaba traducir esa imagen mental, le resultaban imperfectos. Finalmente lo consiguió: era, sin duda, su obra maestra; tardó más de tres meses en hacerlo, pero lo logró.
Desde entonces, el escultor vuelve a ese mismo rincón del bosque, todos los días, esperando volver a verla, esperando que la perfección salga a su encuentro, y por las noches, mientras lee junto a la chimenea, eleva la mirada hacia la estantería y contempla su escultura: un hada, bella y etérea, iniciando el vuelo, mientras le mira como diciendo: Espérame.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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