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• (Csi115) – Lágrimas de robot.

Hanna vivía sola en su casa; estuvo casada hace años pero su marido falleció hace ya mucho y ella no se ha vuelto a casar. Vive en una recoleta casa, no muy grande; no le importa, le gusta. Ya es mayor, pero no se desenvuelve mal por casa, aunque dispone de la insustituible ayuda de Elliot, su robot-mayordomo; sin él, y ella lo sabe, no podría vivir. Se trata de un robot clase Yeldë, especializado en todo tipo de tareas domésticas, desde cocinar o poner una bombilla, hasta pequeñas reparaciones de fontanería y albañilería. Ha vivido con ella toda la vida: fue el regalo de boda que sus padres le hicieron hace ya… demasiado tiempo. Elliot no es muy expresivo, pero es amable y educado y, sobre todo, paciente y eficaz. Después de tanto tiempo juntos, en muchas ocasiones…, en la mayoría, diría Hanna,… el robot sabe lo que ella necesita antes incluso de que se lo pida, y no es que Elliot tenga poderes mentales, no, no es eso, es, simplemente, que la conoce bien. En las templadas mañanas de primavera, ambos salen a pasear por el parque; él hace de bastón de ella, se sientan en un banco y conversan sobre la vida. Elliot habla poco, y deja que Hanna lleve la voz cantante: le habla de cuando era una niña y jugaba con sus padres al escondite en casa; de la vez que se cayó por las escaleras y se rompió la pierna, y cuando sus amigos del colegio venían a su casa y la firmaban en la escayola, y reían porque Mario, su hermano pequeño, también quería escribir aunque aún no sabía hacerlo; de cómo conoció a su marido, un joven periodista, y lo que lloró cuando le comunicaron su muerte mientras trabajaba de corresponsal de guerra en el planeta Gabaän, tras el cinturón de asteroides. Elliot ya ha escuchado todas estas historias muchas veces, pero no le importa volver a hacerlo, como si fuera la primera vez que las oye; sabe que a Hanna le gusta contarlas: es como si las volviera a vivir de nuevo. En las frías tardes de invierno, Hanna y Elliot se sientan junto a la chimenea; ella escucha en silencio, mientras se toma un chocolate caliente, y él la lee algún libro antiguo, uno de esos que ya ha leído mil veces, uno de esos que se sabe de memoria. En ocasiones Elliot lee hasta tarde, hasta que Hanna se duerme, y él la levanta en brazos con infinita suavidad, la lleva a su cuarto y la desviste, la pone el camisón y la acuesta con infinita delicadeza; permanece de pie junto a ella unos segundos, la mira con infinito cariño, se agacha con cuidado y la besa en la frente; al salir de la habitación apaga la luz y cierra la puerta despacio, para no hacer ruido. Entonces se marcha a su habitáculo, se conecta a la fuente de energía de la casa y sueña. Una mañana, Hanna no se despertó. Elliot, eficiente, se encargó de todas las gestiones del funeral: llamó a los pocos familiares y amigos que le quedaban a Hanna, asistió al entierro de su amiga y al funeral que se celebró en la iglesia, a la que iba siempre ella. Esa noche, Elliot leyó para él, por última vez, el libro preferido de Hanna; cuando lo terminó se fue a su habitáculo, pero esta vez no se conectó a la fuente de energía de la casa, ya no era necesario: se sentó en su silla y soñó por última vez, mientras dos tímidas lágrimas resbalaban por sus mejillas.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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