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• (Csi101) – Me asomo a la ventana.

Me asomo a la ventana de mi cuarto y contemplo el barrio; vivo en un séptimo piso ¿sabes? Hoy el cielo está limpio y el sol brilla orgulloso. Miro hacia abajo y veo el pequeño jardín lleno de flores y arbustos mecidos por el aire fresco de la mañana; observo las torres de pisos que me rodean y busco a alguna persona asomada a su ventana o sentada en la terraza, que observe el paisaje, y no la encuentro. Ya casi nadie se detiene a mirar; incluso, a veces, pienso que la gente ha perdido la capacidad de asombrarse de lo que la rodea.
Hoy es festivo y hay pocos vecinos en la calle; es lógico, aún es temprano. Bajo la mirada y veo llegar a una vecina; llega de pasear al perro y comprar el pan. Vuelvo a contemplar los matorrales del recoleto jardín anexo a mi torre y me sorprendo imaginando que el frondoso arbusto que hay en el medio se parece a un gran dragón verde que se hubiera detenido unos momentos a descansar, tras llegar volando de algún lejano lugar de leyenda; le rodean cientos de pequeñas flores blancas y amarillas y pienso que bien podrían ser diminutas hadas del bosque que defienden su reino frente a la aparente amenaza que supone la imponente presencia del dragón.
Levanto la vista al cielo y veo, a lo lejos, algunas nubes, coloreadas de inciertos colores, que planean despreocupadas, como si fueran aves de paso o, quizás, sólo quizás, enormes criaturas aladas de remotas épocas de antaño, cuando la humanidad comenzaba a expandir sus primeros reinos, y los elfos y ogros aún dominaban la Tierra.
El sonido de un claxon me hace desviar la mirada: un conductor se ha puesto nervioso, pues casi atropella a un hombre que cruzaba la calle con el semáforo en rojo; ¡si es lo que yo digo!, pienso: ya nadie se detiene a mirar, ¡somos zombis! Veo cómo el coche acelera y se marcha y, por unos instantes, me quedo mirando al peatón que continúa su marcha con la mirada fija en el periódico: está tan embebido en la lectura que no es capaz de admirar el viejo roble de la esquina cuando pasa junto a él. Si lo hiciera, contemplaría una de las últimas reliquias de un mundo ya casi desaparecido; un mundo asombroso y fantástico que sobrevive gracias a algunos privilegiados. Porque ese roble, junto al que acaba de pasar el peatón, bien podría ser el portal de entrada a algún increíble país de algún remoto planeta donde son realidad los inventos que quizás, sólo quizás, algún día logre inventar la humanidad.
Vuelvo a bajar la mirada y veo de nuevo a la vecina de antes, saliendo del portal; esta vez va sin el perro: quizás vaya a misa. Miro el reloj y me digo que ya es hora de ponerme a trabajar: me siento delante del ordenador y, por unos momentos, me quedo pensando; mi mente en blanco rebusca retazos de ideas con las que poder iniciar un cuento, pero mi mente en blanco sigue en blanco. ¿Cómo es posible? ¿No me considero uno de esos privilegiados sobre cuyos hombros recae la responsabilidad de revivir mundos increíbles y fantásticos? ¿Quizás estoy equivocado?… Respiro hondo y me quedo mirando el trozo de cielo que se ve a través de la ventana; entonces comprendo. Me sonrío y me digo: no seas avaricioso…, empieza por el principio; no es necesario que construyas el mundo en una hora; sólo pon la primera piedra, aunque sea diminuta. Entonces mis manos comienzan a teclear y en la pantalla en blanco aparecen las primeras palabras: “Me asomo a la ventana de mi cuarto y contemplo el barrio…”

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

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