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• (Csi99) – Aprendices de brujo.

Hace 1000 años la humanidad estaba en franca decadencia: las guerras se sucedían una tras otra, la pobreza y el hambre diezmaban la sociedad, mientras que los grandes centros urbanos exhibían lujo y despilfarro. Ante esta situación, los líderes políticos y económicos fueron a pedirle consejo al anciano sabio.
– ¿Qué podemos hacer? –le preguntaron.
El anciano les miró a los ojos y les dijo:
– ¿Queréis salvar al mundo?…, escuchadme.
Poco más de una hora después, los líderes se marchaban ofendidos, escandalizados por las palabras del anciano: ¡Esto es inadmisible!, decían algunos; ¿para esto hemos venido?, ¿quién se habrá creído éste que es?, exclamaban otros; algunos guardaban silencio, decepcionados. Ofuscados, y ciegos de soberbia, ordenaron la deportación del sabio y de todos los seguidores de su misma fe –unos 70000, entre niños, mujeres y hombres– a un pequeño planeta, más allá de la constelación de Orión; el único cuya habitabilidad había sido confirmada tiempo atrás, cuando la humanidad aún vivía en paz.
– ¿Fue entonces cuando vinimos a vivir aquí, profesora? –preguntó una joven de ojos claros y piel morena.
– Efectivamente, Susana; fue entonces cuando nuestros antepasados llegaron a Nueva Tierra –la contestó.
– ¿Y qué es de los habitantes de la Tierra? –preguntó un chico de pelo negro y rasgos asiáticos.
– No lo sabemos con exactitud, pero los niveles de radioactividad que detectan nuestros satélites no nos permiten ser optimistas. Sabemos que, desde nuestra expulsión, las guerras se intensificaron… y mucho. Desde hace varios años, sin embargo, la Tierra está en silencio…, demasiado silencio. Es posible que los que sobrevivieron, si alguno pudo hacerlo, estén ocultos bajo tierra, esperando a que la superficie vuelva a ser habitable.
– ¿Entonces, no podemos volver aún? –le preguntó una chica de rasgos aborígenes australianos.
– No, aún no…, y es posible que no podamos hacerlo nunca, además, aun pudiéndolo hacer, no sabemos si seríamos bien recibidos. –respondió la maestra.
– Profesora, ¿y qué les respondió el anciano sabio a los líderes de la Tierra? –preguntó otra chica.
La maestra se acercó a la estantería, cogió un libro y regresó a su mesa. Durante unos segundos se hizo el silencio en la clase; la mirada de todos los alumnos fija y expectante, mientras la profesora buscaba el pasaje.
– Aquí está, escuchad –les dijo, y empezó a leer:
«La situación que vivimos es grave y muy peligrosa, sin duda, pero habéis venido a preguntarme qué hacer, y eso me hace comprender que no todo está perdido. Aún hay esperanza. ¿Queréis salvar al mundo?…, pues escuchadme: vivimos entre continuas guerras, hay pobreza y hambre y, sin embargo, los ricos exhiben opulencia y lujo, ¿por qué?… Porque no hemos aprendido a amar; amar de verdad, de corazón, con el alma. La gente, la mayoría, al menos, confunde amor con sexo, confunde compartir con acaparar, generosidad con egoísmo. Nos creemos muy inteligentes porque hemos inventado el cañón de protones o el generador de plasma… ¡pero los usamos para matar! ¿De qué nos sirven todos los descubrimientos e inventos fantásticos que tenemos si no los utilizamos para hacer el bien? ¿Queréis salvar al mundo?… pues cambiad vuestro corazón. ¡Id a la raíz del problema! ¿Queréis paz?, ¡pues trabajad por ella, pero de verdad!, ¡no hagáis guerras! ¿Queréis que desaparezca la pobreza?… pues sed generosos, ¡misericordiosos! ¿Queréis que la gente no pase hambre?… ¡pues compartid!, ¡aprended a ser pobres de espíritu!, ¡humildes!, ¡sed justos!, ¡limpios de corazón! No seáis hipócritas. Habéis venido a verme esperando, quizás, que os daría una varita mágica con la que hacer realidad vuestros deseos de forma inmediata, sin esfuerzo, y os equivocáis: no existe ninguna varita mágica. La paz comienza en nuestro interior; cuando realmente somos conscientes de que no hay caminos intermedios ni atajos, de que todo lo que no genera paz, produce guerra y caos, y el caos es destrucción y muerte… Vuestro problema es que os creéis como Dios, sin comprender que solo sois pequeños aprendices de brujo.»

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciacuentos-sin-importancia-99-aprendices-de-brujo

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