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• (Csi94) – El espanto vive abajo.

Tras el accidente, papá cambió, cambió mucho…, hasta convertirse en… eso. Era un buen padre y yo le quería; antes trabajaba de astrofísico en la universidad, como experto en teoría de cuerdas y campos adimensionales. Era muy inteligente, pero no pudo soportar la muerte de mamá. Dejó de ir al trabajo y se pasaba día y noche en el espacioso sótano de nuestra casa…, bueno, realmente eran unas cuevas de granito que se encontraron bajo la casa y que teníamos preparadas como bunker anti-tornados, incluso anti-nuclear, con puerta acorazada incluida; nuestra gran casa había pertenecido a mi familia desde hacía siglos. En otras ocasiones ya había trabajado en el sótano, donde tenía un completo equipo científico de última generación, sin embargo ahora era muy distinto…, era aterrador. Cuando me lo encontraba por las escaleras me decía, con esa nueva mirada descolocada que asustaba:
– ¡No te preocupes!…, mamá volverá, ¡ya verás!
Yo intentaba que entendiera que mamá estaba muerta, pero él no comprendía. Poco a poco se fue encerrando más en sí mismo; ya casi ni subía al comedor a comer. Yo le bajaba la comida al sótano y se la dejaba a la puerta. Cuando le preguntaba qué hacía, me decía, a regañadientes:
– Cosas, hijo, cosas…, para que venga mamá con nosotros; no te preocupes.
En un par de ocasiones, cuando abrió la puerta para coger la comida, pude ver el interior del sótano: estaba repleto de extraños aparatos, grandes antenas, misteriosas fórmulas y cientos de gráficos pintados en el suelo y las paredes, con formas de estrellas y círculos concéntricos con caracteres raros. Cada vez me costaba más bajar al sótano, pues cada vez me asustaba más papá. Una mañana, en una de sus escasas salidas del sótano, mi padre desmontó el sistema eléctrico de casi toda la casa: toda excepto mi cuarto y la cocina. Me dijo que necesitaba desviar toda la energía al sótano, aunque no me quiso explicar porqué. Así que, de noche, la casa estaba a oscuras. Era evidente que mi padre estaba perdiendo la cordura. Yo seguía queriéndole mucho, y por eso no llamé al médico, ni a la policía: en mi inconsciencia supuse que mi padre mejoraría con el tiempo: solo debía tener paciencia con él y darle cariño, pensaba. Sin embargo todo empeoró, y mucho. Hace dos días, creo, a medianoche, oí un gran ruido procedente del sótano, como el alarido agónico de una bestia salvaje. Con mi linterna bajé despacio, asustado:
– ¡Hola!… ¿papá?… ¿estás bien?… ¿papá?… ¿qué ha sido ese ruido?… ¡hola!…
La puerta del sótano no estaba cerrada. Algo no marcha nada bien, pensé. La abrí con mucho cuidado y entonces lo que vi me heló la sangre. Mi padre había logrado establecer un portal adimensional a otro espacio, y por él estaba descendiendo un horroroso monstruo. Mientras permanecía escondido tras la puerta, angustiado, sin poder moverme, observé cómo ese engendro entraba en el sótano y cómo mi padre le llamaba:
– ¡Ven, ven!… ¡aquí estoy!… ¡ven a mí!… ¡tú serás mi puerta de entrada!… ¡tú me ayudarás a traerla con nosotros de nuevo!
Entonces comprendí lo que mi padre pretendía: él quería contactar con el más allá para traerse a mamá, pero contactó con otra dimensión; y lo más espantoso fue que por ese portal descendió un ser monstruoso, y mi padre seguía pensando que hacía lo correcto para lograr que mamá regresara con nosotros. La brecha espacio-tiempo se había abierto y el espanto se deslizaba con movimientos ágiles, raudos, veloces y enérgicos… acechando. Durante millones de eones, el espanto había vivido en el universo adimensional, pero la nigromancia que mi padre utilizó equivocadamente para abrir la brecha provocó una alteración del frágil equilibrio entre ambos infinitos, y el engendro cósmico, bestia furiosa, rabiosa, enajenada…, atacó a todo lo que encontraba en su desesperada inspección con pretensiones apocalípticas. Ante el pavoroso espectáculo que se desplegó en el sótano, mi padre recobró la lucidez. Consiguió apagar su generador de plasma adimensional y con ello la brecha espacio-tiempo se fue cerrando, aspirando al espanto. Sin embargo, antes de desaparecer, el monstruoso engendro se revolvió y le mordió. A los pocos segundos el veneno del monstruo produjo un efecto espantoso: papá comenzó una transmutación genética horrorosa, espantosa, hasta que se convirtió en… eso. No pude aguantar más, cerré la puerta acorazada con llave y contraseña y subí corriendo las escaleras, a oscuras, llorando de terror. Desde entonces, siento sus terribles golpes al embestir las paredes del sótano, intentado escapar; oigo sus alaridos de pavor en el sótano: mi padre ya no es humano, no sé lo que es, pero humano ya no, aunque creo que, en ocasiones, aún es casi consciente de su estado; en lo que se ha convertido. Los días me los paso llorando de miedo y desesperación en mi habitación, en el desván; lo más distante posible del horror. Ya no puedo más, por eso acabo de llamar a la policía y les he contado todo; yo no soy capaz de matarle. No he vuelto a bajar al sótano, no puedo; el espanto vive abajo.

N. del A.:
• Relato publicado en la revista digital Penumbria, nº30, pags.25-27:
http://www.penumbria.mx/30-treinta/

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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