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• (Csi93) – La guerra ha comenzado.

«Os contaré un cuento: En el interior de un frondoso nogal han hecho su madriguera una pareja de pequeñas ardillas rojas. Todas las mañanas, muy temprano, salen de su agujero, olisquean el aire húmedo y bajan corriendo por el tronco; con sus manitas nerviosas, mojadas por el rocío, se acicalan y, rápidas como el rayo, recorren los alrededores en busca de semillas y frutos variados que, inmediatamente, introducen en su humilde despensa del árbol.
Sin embargo, una mañana observan complacidas que el árbol está empezando a dar fruto; en algunas ramas las nueces están creciendo: las ardillas ya no tendrán que abandonar su refugio para ir a buscar comida; el árbol se ha convertido en refugio y fuente de alimentos. Durante los siguientes días las ardillas recogen las nueces más apetitosas, aunque aún sean todas muy pequeñas. Yo las observo con simpatía y pienso: qué felices se las ve, compartiendo la comida y ayudándose mutuamente…
Pero, ¡qué distraído soy!, disculpadme, no me he presentado: soy el frondoso árbol donde viven mis dos pequeñas amigas. Por donde iba… ¡ah! ya sé…, se ayudaban mutuamente…, no obstante, según pasaba el tiempo, observé preocupado que el comportamiento de las ardillas iba cambiando… a peor: el tamaño de las nueces fue aumentando, como es lógico, según iban madurando, y las ardillas empezaban a pelearse, cada vez más fieramente, por quedarse con la nuez más grande. Cuanto más grande era la nuez, más cruenta era la batalla entre ellas: realmente se habían declarado la guerra.
Una mañana no pude aguantar más y las regañé:
– ¿Es que no sabéis comportaros amistosamente? –exclamé. Las dos ardillas se quedaron petrificadas –¿Es que no comprendéis que pelearos no es la solución?
– ¡Es que siempre me quiere quitar las nueces más grandes y sabrosas! –exclamó una de las ardillas.
– ¡Eso no es cierto! Es ella la que quiere quitarme las nueces más grandes y sabrosas –exclamó la otra.
– Lo único que veo es que os estáis peleando por una nuez, y mientras tanto las otras ardillas se están quedando con todas las demás. ¡Debéis ser más listas!
Las ardillas se quedaron calladas mirándose una a la otra.
– Creo que tienes razón, no habíamos caído en ello –se disculparon.
– ¡Pues claro que tengo razón! Mis ramas producen suficientes nueces para las dos; no es necesario que os peleéis por ellas, además, si trabajáis juntas podréis recoger mayor cantidad que si os estáis peleando continuamente.
– ¡Tienes razón! –dijeron las ardillas.
Y desde ese día, las dos ardillas rojas dejaron de pelearse y se ayudaban mutuamente. Juntas recogieron más nueces que nunca, consiguieron llenar su despensa de comida y tuvieron de sobra para comer durante todo el invierno siguiente; incluso les sobró para compartir con otras ardillas del bosque, y fueron felices y vivieron en paz, y yo me alegré mucho por ellas y por mí también, porque sus peleas me producían dolor de cabeza.»
– Bien, Clara, ya puedes sentarte; has leído muy ben el cuento –le dijo la profesora a una preciosa niña de ojos azules y pelo negro que se sentó, sonriente, en su pupitre de la tercera fila de la clase– y, ahora, ¿alguno sabría decirme una moraleja de este cuento?
Tras un momento de indecisión, un niño levantó la mano.
– ¿Sí, Francisco? –le preguntó la maestra.
– Que todos debemos ayudarnos entre nosotros y, de esa manera, viviremos felices y en paz y que la guerra no soluciona ningún problema.
– ¡Correcto! –le dijo la profesora– muy bien…, vale, podéis salir al recreo…, despacio ¡eh!
La maestra los vio salir de clase y cómo jugaban; también observó, complacida, cómo algunos compartían el bocadillo con los que se les había olvidado en casa. Todos se divertían en el patio del bunker donde las familias, que vivían en el barrio, se refugiaban cuando sonaban las sirenas que anunciaban los bombardeos: se había decidido instalar el colegio allí, bajo tierra, por seguridad.
– Son buenos chicos –pensó–, Dios quiera que sean mejores que sus mayores y aprendan a amar y ayudar al prójimo: nos va el porvenir en ello.
Y regresó a clase llorando, mientras arrugaba entre sus manos el periódico de la semana anterior, en cuya portada se podía leer: La guerra ha comenzado.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciacuentos-sin-importancia-93-la-guerra-ha-comenzado

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