Etiquetas

• (Csi91) – El secreto de la vieja mina.

Padre trabajaba en la mina. Todas las tardes le veía regresar a casa con la cara y las manos tiznadas, y con esa tos suya. Es por el polvo del carbón, me decía madre.
Una noche, mientras cenábamos, padre nos dijo que habían encontrado una nueva veta en el ala derecha de una de las galerías superiores: Mañana vendrás conmigo a verla, hijo, antes de que empecemos los trabajos de extracción, me dijo. ¡Xamín!, le exclamó madre. A lo que padre le respondió: ¡Ya tiene edad, Antonina! Es bueno que se vaya acostumbrando, además no está muy profunda, no es peligroso.
Madre me consideraba demasiado joven para ir a la mina, aunque fuera sólo a verla; mi abuelo murió trabajando allí, por eso le costaba tanto aceptar que, algún día, yo también iría.
A la mañana siguiente padre me despertó temprano; desayunamos y fuimos hacia la mina; hacía frío. Padre iba delante de mí, mirando al frente, serio, y yo aceleré el paso para ir a su lado. A lo lejos pude ver el castillete de la mina: alto y esbelto. Cuando llegamos, padre me dio un casco y unos guantes: Ten cuidado donde pisas, me dijo.
Entramos en una de las jaulas y bajamos por la caña del pozo; el ascensor descendió veloz. Padre no mintió cuando nos dijo que no estaba muy profundo, así que llegamos pronto a la zona de la galería donde habían encontrado la nueva veta. ¿A qué profundidad estamos, padre?, le pregunté. No mucha, hijo, a la altura de las cuevas, ya sabes, donde hace años encontraron esos fósiles humanos, me respondió. ¿Y es grande la veta, padre? Aun no lo sabemos con certeza, pero yo creo que no, me dijo serio.
Yo lo sabía, aunque ni padre ni madre me lo querían decir: la mina se estaba agotando, y, cuando llegara ese día, todo el pueblo y gran parte del valle se quedarían sin su único medio de vida. Por eso padre estaba serio; por eso madre lloraba algunas noches.
En ese momento otro minero llamó a padre. ¡Ya voy!…, le respondió. Quédate aquí, ahora vengo, me dijo; y se alejó hacia donde estaba su compañero revisando unos papeles.
Mientras esperaba, me puse a pasear por la galería, mirando. A un lado vi unos vagones. Junto a uno de ellos unos troncos se apoyaban en la pared; casi pensé que la estaban sujetando.
Ya sé que debí tener más cuidado, pero no lo pude evitar, os lo aseguro. El caso es que, sin pretenderlo, tropecé con el raíl y empujé uno de los troncos; éste cayó y tiró los demás maderos. El resultado fue un pequeño boquete en la pared, aunque lo peor fue la bronca de padre, más por el susto que se llevó al pensar que me había pasado algo grave que por el propio accidente. Cuando se hubo calmado, padre observó, extrañado, que el agujero de la pared daba a una cavidad hueca. Varios mineros, entre ellos padre, exploraron la oquedad. Cuando salieron de ella le pregunté a padre qué había dentro. Me miró y me dijo con una sonrisa que hacía tiempo que no había visto: Nuestro futuro, hijo.
Dos semanas después los periódicos publicaban la gran noticia: unas pinturas rupestres de extraordinario valor se habían encontrado junto a la vieja mina de carbón, en una zona no explorada de las cuevas donde, hacía algunos años, fueron encontrados fósiles humanos. El secreto de la vieja mina, lo llamaban.
La mina finalmente se agotó y fue clausurada. Sin embargo, gracias a las pinturas rupestres encontradas, se convirtió en un importante museo, y el pueblo pudo seguir viviendo de ella, aunque esta vez no del carbón, sino de todos los negocios relacionados con el turismo y la explotación antropológica del valle.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciacuentos-sin-importancia-91-el-secreto-de-la-vieja-mina

________________________________________

Anuncios