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• (Csi75) – Las hadas de la tinta.

Érase una vez, hace mucho tiempo, en una tierra muy lejana, un anciano que, todos los días, se sentaba junto a la fuente, en medio de la plaza principal del pueblo, y contaba historias y cuentos fantásticos a todos los que le quisieran escuchar. Algunos eran casi ciertos, otros realmente increíbles; la mayoría eran cuentos sin importancia. Sin embargo, todos ocultaban un mensaje, una lección, una moraleja e, incluso, un secreto. No eran cuentos de niños, tampoco eran historias de adultos: eran cuentos de hadas; destellos de imaginación de un alma joven encerrada en un cuerpo ya anciano, repleto de experiencias que compartir.
– En una ocasión,… –empezó a contar el anciano a su audiencia, formada, en su mayoría, por niños, aunque también había algún que otro adulto– en una ocasión conocí a un elfo que me dijo: «Cuando escribas, mira atentamente, porque en la tinta viven hadas.»
– ¿Hadas? –le pregunté.
– ¿No has tenido alguna vez, cuando estás realmente inspirado, la sensación de que existe una conexión directa entre tu mente y la punta de la pluma con la que estás escribiendo? – me respondió – Pues son ellas. Muy pocas personas saben que existen. Algunos las llaman musas, otros se refieren a ellas como su inspiración, otros no creen en esas fantasías y afirman que todo es producto de las neuronas. Pero, hazme caso, – me insistió – están ahí. Algunas son muy traviesas, y provocan que escribas, no lo que tú tenías a priori en mente, sino que acabas escribiendo lo que ellas te inducen a imaginar; lo que ellas quieren. Otras son orgullosas y no te dejan escribir nada. Sin embargo, si las sabes tratar con cariño y paciencia, se convierten en tus mejores aliadas. Llega a ser sensacional: como si el relato se escribiera solo. Son hadas muy especiales. Se ocultan en la tinta, y se las conoce, evidentemente, como hadas de la tinta.
– ¿Tú las has visto alguna vez? –le preguntó uno de los niños.
– No, no las he visto, –le respondió el anciano– las hadas de la tinta son invisibles, pero en alguna ocasión he sentido su presencia.
– ¿Si escribo, las sentiré también yo alguna vez? –le preguntó una niña.
– Estoy seguro. –respondió el anciano, sonriendo.
– ¿Y cómo sabré que son ellas? –le volvió a preguntar la niña.
– Verás, cuando escribas algo de lo que te sientas muy orgullosa, algo que te guste de verdad como te ha quedado, ten la seguridad que las hadas de la tinta están ahí.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
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