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• (Csi71) – Vocablo.

Hace tres semanas, unos amigos me invitaron a pasar con ellos unos días en su casa de la playa. De camino hacia allí, sin yo pretenderlo, tomé una ruta secundaria y me metí entre las montañas. El caso es que me perdí. Afortunadamente llegué a un pequeño pueblo donde decidí parar para orientarme y poder volver a la carretera correcta. Era un pueblo francamente bonito; algo singular, pero bonito: como esas aldeas y pueblos típicos de un cuento de hadas, donde no te sorprendería observar dragones volando, o donde las hadas y elfos habitaban antaño. Era uno de esos pueblos que están incrustados dentro del bosque. Curiosamente, no aparecía en el mapa que yo llevaba. Supuse que, el hecho de estar escondido entre la frondosa vegetación favorecía que no apareciese en las guías de carretera. Debo señalar, no obstante, que me extrañó, aunque no le di mayor importancia. Como no tenía prisa, aproveché la ocasión para descansar y comencé a pasear por el pueblo, admirando su peculiar arquitectura rural. Un caudaloso rio lo atravesaba con un magnífico puente de piedra que lo cruzaba. No pude identificar de qué estilo era el puente, pero debía ser muy antiguo. Realmente parecía de otros tiempos. Las casas eran de un estilo algo arcaico, aunque con detalles muy elegantes; con adornos de piedra y madera tallada. Si no fuera una tontería, pensaría que allí vivieron, en algún momento, elfos… No me hagáis mucho caso, a veces se me dispara la imaginación. Durante mi paseo me crucé con algunos vecinos del pueblo. Todos me saludaron muy cortésmente. Sus trajes eran muy vistosos y coloridos. Como si vistieran ropajes de otras épocas. Al acercarse la hora de comer, me metí en un hostal o, como lo llamaban los del pueblo, una venta. Porque os he de decir que lo más curioso del pueblo no era su arquitectura, ni los trajes de sus vecinos, ni el hecho de que el pueblo pareciese surgir de otros tiempos o, incluso, de algún libro de alta fantasía. No. Lo que más me llamó la atención fue el vocabulario, incluso la sintaxis, que utilizaban sus habitantes al hablar. Al principio supuse que se trataba de algún dialecto local. Hasta se lo pregunté a la camarera.
– ¡Oh, no, caballero! Nosotros hablamos español. Faltaría más –me respondió sonriendo.
Al terminar de comer me levanté, me fui a la barra y pedí un café con leche. La venta estaba llena de gente. Sin poder contener mi curiosidad, me puse a escuchar sus conversaciones. No por fisgonear, sino por intentar estudiar su peculiar forma de hablar. No os lo he dicho, pero soy filólogo, así que entenderéis mi interés. Efectivamente hablaban español, pero usaban vocablos que ya casi no se usaban. Palabras de otras épocas que me producían la sensación de no estar en el presente, sino en un pasado ya perdido.
Un elegante caballero decía:
– Gané el primer premio de agón, el ágora llena; ataviado con ajorca de agraz como corona; la capa albar. ¡Albricias! El albur me fue propicio.
Una señora de cierta edad le decía a una amiga:
– El abate me aconsejó no abjurar ni abigarrar mis creencias, no fuera que me aberrase y me convirtiese en una ácrata acefalada.
Sentado a una mesa, un señor con un gran bigote, decía:
– El parlanchín peca de anacoluto, su verborrea irradia incertidumbre, mas sus andróminas producen aneurismas y sus anfibologías abaten.
En otra mesa un joven le decía a una chica muy guapa:
– ¡Claro que lo recuerdo, cariño! Junto a un abrótano nos abocamos y, tras la ablución ritual, vimos el cielo aborregarse.
Un labriego predecía el tiempo:
– Este año el solano resultará rozagante.
Mientras, oí decir:
– Ayer estuve leyendo el vademécum en compañía de mi unigénito, y el zonzo de mi vecino no se le ocurre otra cosa que acusarme de trapacero.
En una mesa, un hombre conversaba animado con otros vecinos. Decía:
– Cual adalid con adarga cumplí el juramento ad litteram, sin aditamento. Mi adlátere, y escudero fiel, leyó la admonición: ¡Caballero soy!
Una señora muy amable se acercó a mí y me preguntó:
– ¿Gustáis que os cante un proemio, caballero, o preferís que os recite mi último opúsculo?
Yo me disculpé como pude. En ese instante, en otra mesa lateral, dos hombres decían:
– ¿El apeo produce apepsia?
– Solo si el ápice, aún apócrifo, de su apología es apoquinado por un apóstata sin arcana apoteosis apostrofada.
En la barra del bar otros vecinos conversaban entre ellos:
– Me calcé mis abarcas; ordené mis abarrotes. Salí de casa; compré garbanzos en la abacería; abaleé la paja del granero.
– ¿Un buen día?
– Realmente.
Hubiese permanecido en ese pueblo toda mi vida. Era como haber viajado en el tiempo. Sin embargo, sintiéndolo mucho, decidí marcharme. Me estaban esperando en la playa. Pedí a uno de los vecinos si era tan amable de indicarme por donde debía ir para encontrar la carretera principal. El amable hombre me dijo:
– No se preocupe, caballero; enseguida organizamos un retén para guiarle por la senda adecuada.
Justo antes de marchar, le pregunté:
– ¿Sería tan amable de indicarme cómo se llama su encantador pueblo? –Incluso a mí se me estaba pegando su forma de hablar.
– Vocablo, caballero. A su servicio –me respondió con una leve inclinación de cabeza.
– Os quedo reconocido. Quizás regrese algún día, si logro volver a perderme –le respondí, mientras pensaba que era lógico que así se llamara.
– Le estaremos esperando –me respondió.
Quince minutos después me encontraba de nuevo en ruta hacia la casa de mis amigos. Supongo que os preguntaréis dónde está ese peculiar pueblo. Me permitiréis que guarde el secreto. Vocablo es un caso único, donde aún se mantiene intacta la magia de aquellos días de antaño, cuando la leyenda era realidad. Un pueblo que no merece ser invadido por los turistas que, aun con buenas intenciones, acabarían por destruir su esencia y, sobre todo, su singular lenguaje y costumbres.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 71 - Vocablo

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