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• (Csi65) – Mi amiga fantasma.

Cuenta la leyenda que la casa estaba encantada, que en ella habitaba un fantasma, más en concreto una fantasma: que la joven murió asesinada por un familiar suyo; que desde entonces vagaba con la casa en busca de alguna víctima sobre quién vengarse, y que nadie se atrevía a vivir allí por miedo a ella.
Les aconsejo que no se crean todo lo que oyen. Efectivamente en la casa habitaba una fantasma, pero ni fue asesinada por un familiar suyo, ni vagaba buscando venganza.
¿Cómo lo sé? Porque yo viví en esa casa. Bueno, yo y toda mi familia. Veréis. A mi madre, la empresa donde trabajaba, la trasladó de ciudad, y como mi padre es escritor, es decir, que trabaja en casa, decidieron que todos nos fuéramos a vivir allí.
Mis padres se enteraron que en la ciudad se vendía una gran casa por un precio muy barato. Al principio dudaron en comprarla, pues pensaban que se vendía tan barata porque estaba en muy mal estado. Sin embargo, cuando se enteraron que era debido a su leyenda negra, y comprobaron que la casa estaba en condiciones aceptables, decidieron comprarla: mis padres no creen en fantasmas.
Durante las dos primeras semanas todo fue normal. La casa era amplia y, tras limpiarla y hacer algunas pequeñas reformas, francamente bonita. No sé cuando fue construida, pero lo que no cabía duda es que era muy antigua; de otro siglo. Hoy en día no hacen casas como esa. Desgraciadamente.
A la tercera semana, sin embargo, comenzaron a suceder cosas: un grifo que se abre él solo por la noche; ecos de pasos que se oyen; puertas que se cierran de golpe; aullidos estridentes que se escuchan. Una noche, sin saber por qué, se rompieron los cristales de las dos ventanas del desván. Una mañana, descubrimos que las tuberías del agua de toda la casa, se habían roto. Cosas así.
Cuando mis padres se lo contaban a los vecinos, éstos les decían que era el fantasma quién lo hacía; que no nos quería en casa y nos estaba haciéndonos ver su enojo. Todos intentaban convencer a mis padres para que nos fuéramos de esa casa. Mis padres, sin embargo, siempre encontraban una razón lógica para explicar todos los extraños sucesos.
– La existencia de la fantasma no es una opción. – decían.
Sin embargo, yo sabía que se equivocaban, porque, yo puedo ver a los fantasmas. Desde pequeño puedo verlos. A mis padres no se lo he dicho nunca porque pensarían que estoy loco, pero os aseguro que no lo estoy. Simplemente veo fantasmas.
Lo verdaderamente extraño de todo esto era que, hasta entonces, yo no había visto aún al fantasma de la joven que habitaba nuestra casa. Eso sí que era extraño. Normalmente, cuando estoy en algún sitio donde existen fantasmas, los veo enseguida. Esta vez no. Era como si se escondiera de nosotros.
Finalmente una noche la vi. Mi familia dormía. Me levanté a beber agua y hacer pis y escuché unos leves sollozos. Muy débiles. Casi podría decir que, en vez de oírlos, los sentí. Provenían del desván. Subí y abrí la puerta sin hacer ruido. Estaba al fondo, acurrucada en un rincón, junto a la ventana, llorando. Al entrar en el desván el suelo crujió. Ella levantó la mirada y me vio.
– No te vayas, – la dije susurrando – no te vayas, por favor. Soy un amigo.
La joven levitó unos centímetros y retrocedió, asustada, hasta el rincón más oscuro del desván. Supongo que no estaba acostumbrada a que un vivo la viera son que ella lo hubiera permitido antes.
Hay otra cosa de mí que no os he contado. Además de poder ver fantasmas, suelo caerles muy bien. No sé por qué, pero todos los fantasmas que he conocido hasta ahora, al final me han considerado amigo suyo. Con algunos me ha costado más que con otros, claro, pero, en general, y si exceptúo un par de ellos, realmente siniestros, y que quizás os cuente en otra ocasión, les caigo bien. No me preguntéis por qué, pero así es. Con el fantasma de la joven también sucedió así. Hablamos y me contó su historia.
Hace mucho tiempo, vivía con sus padres en esa casa. Una mañana sufrió un fatídico accidente: se cayó al pozo del jardín, con tan mala suerte que se golpeó la cabeza y se ahogó. Tardaron toda la tarde en encontrarla. A partir de ese día, sus padres perdieron la alegría. La casa les traía recuerdos extremadamente penosos, y no pudieron soportar más vivir allí, así que se mudaron a otra ciudad, lejos. Desde entonces la joven vagaba por la casa con la esperanza de encontrar a alguien que fuera su amigo. Solo entonces podría descansar en paz para siempre en el otro mundo.
– ¿Fuiste tú la responsable de todos los extraños sucesos de estos últimos días? – la pregunté.
– ¡Oh, no!, – exclamó – yo no fui. La casa ya no es joven y, a veces, se queja – me dijo sonriendo. – Es como una persona anciana. Necesita reparaciones y alguien que la quiera y la cuide… Como yo.
– Sin embargo supongo que todos estos días nos has estado observando, ¿porqué no te nos has aparecido? – la pregunté.
– Cuando llegasteis estaba decidida a hacerlo, sin embargo, cuando supe que tus padres no creen en fantasmas, desistí. Pensé que vosotros nunca podríais llegar a ser mis amigos. Por eso lloro. – me respondió.
– ¿Ni siquiera yo? – la dije.
– No pensé que existiría alguien capaz de ver fantasmas. Nunca he conocido a nadie así. Toda la gente que han intentado vivir en esta casa me temían y, al verme, huían de la casa. Nadie piensa que un fantasma pueda necesitar un amigo.
A partir de esa noche, la joven y yo fuimos buenos amigos. Jugábamos y reíamos por el jardín. Mis padres me veían correr y reír y pensaban que tenía otro nuevo amigo imaginario. Ellos no veían a la joven, igual que no vieron al resto de fantasmas que conocí antes. Nunca los ven. Ya os he dicho que mis padres no creen en fantasmas, y para poder verlos primero hay que creer en ellos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 65 - Mi amiga fantasma-version completa

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