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• (Csi64) – Los buenos viejos tiempos.

En mi último viaje por Centroeuropa me perdí y tuve que hacer noche en un pequeño pueblo algo siniestro. No me entendáis mal, la gente fue muy amable conmigo, pero algo raro había en el ambiente. El caso es que reservé una habitación en el único hotel del pueblo. Por la noche, después de cenar, entré en el bar y pedí una jarra de cerveza. El camarero era de esos que te cuentan su vida a los cinco minutos de conocerte y yo, que no tenía otra cosa que hacer, le dejé hablar. Al cabo de media hora, no sé cómo, acabamos hablando de los clientes del hotel. El camarero me decía:
– Pues, como lo oye usted. Los cuarto amigos se reúnen en este hotel una vez al año. Son de distintos países, y se conocieron por los avatares de la vida. Al principio no se llevaban muy bien, pero, con el paso del tiempo, llegaron a apreciarse. Uno nació en Transilvania, otro en Londres, aunque su familia procede de varios países europeos, el tercero nació en Egipto y el cuarto no está muy claro, él dice que es una mezcla de varios. Supongo que se referirá a que ha viajado mucho por el mundo. Cómo le decía, una vez al año vienen aquí y se sientan en aquella mesa –me dijo señalando con el dedo una mesa situada en uno de los rincones del bar–. Siempre piden lo mismo: un Bloody Mary, un solomillo casi crudo, un Fatteh, que es un plato típico egipcio ¿sabe usted?, con té muy caliente, y unas tablas de quesos y embutidos variados.
– Y el resto del año, ¿qué es de ellos? – pregunté por curiosidad.
– Pues verá, Drácula trabaja en un banco de sangre, en Irlanda. Una vez me dijo que recuerda con añoranza sus aventuras en Transilvania. Me confesó que relee con cariño la novela de Stoker. El Hombre-Lobo viaja por todo el mundo. Creo que es comercial de una empresa cárnica. La Momia vive tranquila en el Museo del Cairo. Por lo visto le gusta ser el centro de atención de los visitantes. Y Frankenstein vive en una confortable cueva, en los bosques de Rusia. Por lo que le oí decir una noche, conoció a una vampira con la que juega al ajedrez…, y a otras cosas, supongo…, usted ya me comprende. – me dijo con una sonrisa pícara.
Miré perplejo al camarero y me pregunté si sabría que esos cuatro amigos de los que hablaba tan a la ligera eran los más sanguinarios monstruos que han existido jamás. Me figuré, aterrado, que ese pueblo no era tan pacífico como parecía, y que sus habitantes tenían más de criaturas del averno que de humanos.
– ¿Y por qué se reúnen todos los años aquí? – le pregunté.
– Por lo que les escuché, están preparando los detalles para su regreso a lo grande. Mientras tanto les gusta recordar y hablar de los buenos viejos tiempos.
Al día siguiente me marché al amanecer. No he vuelto jamás a ese pueblo maldito. Por si acaso, os aconsejo que no abráis la puerta de casa a desconocidos, no sea que sean ellos.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 64 - Los buenos viejos tiempos

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