Etiquetas

,

• Cuentos sin importancia, nº31:

El Cocinero Sabio.

En las Tierras Medias del Este existe un pequeño pueblo famoso por el mal carácter de sus habitantes. Incluso sus casas y edificios hacen juego con su mal humor. Las gentes que allí viven no se saludan, ni se prestan ayuda unas a otras, ni siquiera sonríen; sólo se preocupan de sus propios asuntos, sin importarle los demás. Su forma de ser lo inunda todo, incluso sus insulsas, grises y poco nutritivas recetas de cocina. Sin embargo una mañana de junio sucedió algo que cambiaría el porvenir de esas gentes. No fue algo espectacular, ni algo grandioso. Fue algo tan sin importancia que aún hoy en día sorprende que funcionase. Veréis. Esa mañana, en la fachada de la casa que hace esquina entre las calles NoMeHables y DejameEnPaz, alguien colgó un cartel. Un cartel pequeño. Decía así:

“Unos buenos huevos fritos al ajillo te devuelven la sonrisa.
Firmado: el Cocinero.”

Nadie se fijó en él. Bueno, nadie no. Un niño que jugaba a la pelota se paró a leer el cartel; se llamaba Alejandro y aunque se lo dijo a su madre ésta no le hizo mucho caso, por no decir ninguno. Unos segundos después el chico siguió jugando. Nadie se volvió a fijar en el anuncio. A los dos días, otro cartel similar apareció en la calle AOtroConEseCuento. Esta vez ponía: “El marmitako con sofrito de ajos y guindillas alegra el espíritu”. Un día después otro cartel ponía: “Un vaso de zumo de frutas variadas al día aumenta la autoestima”. En esta ocasión ese cartel, de mayor tamaño que los dos anteriores, apareció en varios lugares del pueblo, y los vecinos sí se fijaron en ellos, y cayeron en la cuenta de que ése era el tercero que aparecía en el pueblo. Nadie, sin embargo, supo averiguar quién había sido el autor de tales recetas de cocina tan raras. Algunos vecinos, no obstante, tal vez por curiosidad o tal vez no, comenzaron a prepararlas como aperitivo para comer o cenar. Tres días después, otro cartel: “El solomillo de avestruz asado en horno de leña de olivo evita la envidia”. Durante las siguientes semanas fueron apareciendo distintas de esas estrafalarias recetas, distribuidas por diversos lugares del pueblo:

”Los saltamontes salteados con salsa de ave del paraíso eliminan la idiotez del sabelotodo”. “Un sofrito a base de cebollas de mar, ajos volcánicos, pimientos rojos y limones nepalíes ayudan a suavizar el mal carácter”. “El asado de codorniz con lágrimas de cocodrilo ayuda a disminuir el nivel de codicia”. “La ensalada de tomate suajili con vinagreta de wasabi incrementa el sentido común”. “El melocotón en almíbar con almidón de maíz disminuye la mala educación”. “La fabada con esencia de langosta regula el nivel de avaricia”. “La pechuga de buitre egipcio al mojo picón previene la tozudez de ideas”. “El cordero asado al aroma de jengibre quita la hipocresía”…

Sin embargo lo más curioso de todo fue que, según aparecían más carteles con recetas similares, y más personas las cocinaban en sus casas o en los bares del pueblo, más se manifestaba un cambio en sus comportamientos. Los habitantes del pueblo comenzaron a ser cada vez más amables, ya no era tan raro verles sonreír, se ayudaban entre ellos, se cambió el gris de la fachadas de las casas por vivos colores, incluso cambiaron el nombre de las calles: la calle QueTeDén se pasó a llamar DelBuenAmigo, al paseo del MalGenio le pusieron el nombre del BuenCarácter, y así con muchas otras. Sin embargo el autor de tales recetas seguía siendo un misterio. Un día las recetas dejaron de aparecer en las fachadas de las casas tan misteriosamente como habían aparecido. Nadie supo nunca quién fue su autor. Sin embargo los habitantes del pueblo, en agradecimiento, le pusieron su nombre a una calle: la llamaron Calle del CocineroSabio.
Y es que lo que nadie supo nunca fue que el autor de dichas recetas había sido el joven Alejandro, que, harto de que los mayores siempre estuvieran de mal humor y tristes, y sabiendo que nunca cambiarían si se lo pedía directamente –tan tozudos eran los adultos–, tuvo la ingeniosa ocurrencia de publicar sus consejos de tan sugerente y sabrosa manera; y es que sólo se necesita un sutil impulso para aprender a sonreír.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

• AUDIO:
Este relato, “El cocinero sabio”, fue leído por el actor don José Francisco Díaz-Salado [@LaVozS], en su programa de radio “La Voz Silenciosa”.
Os recomiendo que escuchéis el audio, en:
https://www.youtube.com/watch?v=lV7r9JpeEco

Cuentos sin importancia 31 - el cocinero sabio

________________________________________

Anuncios