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• Cuentos sin importancia, nº28:

El primero en pisar Marte.

El aterrizaje en Marte se produjo, con exactitud matemática, el 20 de Julio de 2044, justo 75 años después de que se llegara, por primera vez, a la Luna. La espectacular nave y sus seis tripulantes pisaron suelo marciano mientras, en la Tierra, la humanidad celebraba tan increíble acontecimiento. Al día siguiente, los astronautas comenzaron sus tareas programadas. Todo iba con normalidad hasta que la astrofísica Ekelë Neër detectó en el radar de baja frecuencia una extraña señal. Procedía de algún objeto situado a unos 25 km de donde estaban. Inmediatamente se comunicó el descubrimiento a Tierra. Se decidió enviar una misión y comprobar de qué se trataba. Evidentemente, las precauciones fueron máximas. En el vehículo de exploración fueron dos astronautas: el piloto Ahäto Aldup y el geólogo Ainäk Estnal. Cuando llegaron no dieron crédito a sus ojos. Ante ellos tenían un pequeño habitáculo herméticamente cerrado. Al no detectar señal alguna de vida en él, Ainäk, tras forzar la compuerta principal, entró, mientras Ahäto permanecía fuera vigilando. El interior de la estancia era, evidentemente, lo que quedaba de algún tipo de nave espacial. Lo más extraño es que todos los carteles y letreros que habían en él, estaban escritos en español. Ainäk encontró el panel de control y lo activó. Y en la pantalla aparecí yo. Permítanme que me presente. Me llamo Alejandro Robles. Vivo en una pequeña ciudad a las afueras de Madrid, y gracias a la información que les proporcioné a los astronautas en la grabación almacenada en el panel de control, el 22 de julio de 2044 tres hombres muy elegantes llamaron a mi puerta. Eran de la NASA, claro.
– Les estaba esperando. Pasen señores. – les dije educadamente.
Me preguntaron y yo les contesté. Les conté todo. Cómo llegué a Marte 15 años antes que la NASA, cómo construí mi humilde, aunque eficaz, nave de dos módulos, aplicando viejas leyes de la física y la mecánica y cómo fabriqué mi traje espacial. Les conté la odisea que pasé durante mi ajetreado viaje. Les conté cómo aterricé y cómo exploré el cráter donde mi nave descendió. Les conté cómo recogí varias rocas, que les enseñé en sus urnas de aislamiento, y, finalmente, les conté cómo despegué rumbo a la Tierra. Los de la NASA no podían creérselo, pero no tuvieron más remedio que hacerlo. La realidad es muy tozuda, y yo no era un fantasma. Estaba mi declaración y estaba, sobre todo, el módulo de mi nave que dejé en Marte.
– ¿Por qué no dijo nada a la humanidad? – me preguntaron.
– Pensé que nadie me creería, así que esperé a que ustedes llegaran con toda su parafernalia y descubrieran mi nave. Era la prueba de que yo había estado en Marte. – les respondí.
– ¿Y por qué lo hizo?
– Pues, verán, en aquella época, pensé que si esperaba a que ustedes llegaran me moriría de viejo sin ver a nadie pisar Marte. – les dije irónicamente. – Ya saben lo que dicen: si quieres que algo se haga, y se haga bien, hazlo tú mismo.
Finalmente quedamos en que, en unos días, viajaría a la NASA, con todos los gastos a su cargo, claro, y les llevaría todos los documentos de diseño y fabricación de mi increíble aventura espacial. Me aseguraron que, si lo quería, me contratarían para trabajar con ellos en futuros proyectos. Se lo agradecí y les dije que lo pensaría. Lo que más me importaba era que yo había sido el primero en pisar Marte.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportanciaCuentos sin importancia 28 - El primero en pisar Marte

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