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• Cuentos sin importancia, nº13:

Una aceituna rellena.

El pasado 1 de junio, el planeta Tierra estuvo a punto de desaparecer. Lo sé porque ayudé a evitarlo. Me llamo Okawara y aquél día trabajaba en el departamento de Recalibrado Subnodal Geosíncrono del Gran Colisionador de Hadrones (CERN) de Ginebra. Os contaré lo que sucedió:
Durante los días anteriores descubrimos en el Sol unos Niveles Ghaän de inestabilidad inusualmente superiores a los normales para esa época del año. Por precaución activamos el Nivel 2 del Protocolo de Seguridad y continuamos con los experimentos rutinarios en el Acelerador de Partículas. Todo se desarrollaba con normalidad hasta que detectamos una ola de plasma solar de muy alta densidad y de intensidad extremadamente peligrosa (un nivel 53 en la Escala Dynäm). Actuamos con la máxima celeridad posible: nuestros sistemas desconectaron automáticamente las Matrices Cuánticas y aislaron la Sala de Vacío. Sin embargo una partícula subcuántica fue alcanzada por la ola de plasma y, como decimos por aquí, se desencadenó el apocalipsis. O estuvo a punto de hacerlo, al menos. El caso es que la dichosa partícula, al contacto con la ola de plasma, se trasmutó en una diminuta estrella enana blanca, lo que generó un minúsculo agujero negro. Una cosa: aunque utilice diminutivos como diminuta o minúsculo, eso no implica que su nivel de peligrosidad sea despreciable ¡ni muchísimo menos! A nivel subcuántico todo, repito, todo es escalofriantemente peligroso si se sale de madre.
Por donde iba… ¡ah, sí! Por la estrella blanca y el agujero negro. Para el que no lo sepa, un agujero negro es como un monstruo insaciable. Se traga todo lo que le rodea ¡incluso la luz!, y este no era una excepción. Es decir, la Tierra, nuestro querido planeta Tierra, donde vivimos, comenzó a desintegrarse a través de la boca sin fondo de nuestro inesperado agujero negro.
Afortunadamente nuestro insaciable devorador cósmico estaba localizado dentro de la Sala de Vacío y eso nos permitió neutralizarlo mediante un escudo de fuerza que, modestia aparte, ayudé a diseñar hacía unos meses. Finalmente todo quedó en un gran susto y, no hay mal que por bien no venga, nos permitió detectar algunos fallos en nuestro protocolo de seguridad.
Y todo esto ¿por qué os lo cuento?, me preguntaréis. Mirad, la próxima vez que observéis el sol, siempre con unas gafas protectoras, claro, y sintáis su calor, sabed que un día se comerá la Tierra como quien se come una aceituna rellena. –Pero, bueno, eso sucederá dentro de muchos millones de años. – me diréis, y no sin razón. –Sí, estáis en lo cierto – os contestaré – pero es bueno que lo tengáis siempre presente.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso
#CuentosSinImportancia

• AUDIO:
Este relato, “Una aceituna rellena”, fue leído por el actor don José Francisco Díaz-Salado [@LaVozS], en su programa de radio “La Voz Silenciosa”.
Os recomiendo que escuchéis el audio, en:
https://www.youtube.com/watch?v=IkNNcIsHy0U

Cuentos sin importancia 13 - Una aceituna rellena

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