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  • Cuentos sin importancia, nº3:

Jinete de dragones.

En un pequeño planeta, más allá de la constelación de Orión, existe una bonita aldea. En ella vivo yo. Me llamo Nárwë y soy el herrero. Es un buen trabajo y me gusta, incluso tiene sus momentos emocionantes, como cuando tuvimos que cazar al dragón. Veréis, generalmente, los dragones viven en las lejanas Tierras Altas del Norte y casi nunca se acercan a la aldea. Sin embargo, últimamente, a uno de ellos le había dado por visitarnos cada 2 o 3 meses. Por el momento se conformaba con comerse algunas vacas y uno o dos caballos en cada visita, pero, por si acaso, en la herrería tuvimos que aumentar la producción de armas y herramientas de combate, por si decidiera atacarnos. ¿Y por qué os explico todo esto? Os cuento:
Todo empezó cuando me enamoré de la bella Ainoha, y no debí hacerlo. La veía pasar todos los días por delante de la herrería… tan elegante, tan peripuesta, tan guapa,… que no lo pude evitar: me enamoré. Sí. Soy consciente de la diferencia social que nos separaba: ella es la hija del alcalde y yo un pobre herrero, pero, ¿qué le voy a hacer?
Un día me armé de valor y le declaré mi amor. Y ella me respondió que “sí, pero…”, así, como lo oís, “sí, pero…”; y a continuación me soltó que ella sólo querría a alguien valiente, alguien capaz de dar la vida por ella. Entonces cometí el error de afirmar que ése era yo: yo daría la vida por ella, aunque no fuera necesario. Ainoha me miró y, como quien no dice gran cosa, me aseguró que solo se casaría conmigo si mataba al dragón. Sí, el mismo dragón que nos visitaba cada 2 o 3 meses. Yo no era muy valiente, pero, debido a la emoción, me pareció justa su petición… ¡idiota de mí! Bueno, no os aburriré con los detalles. El caso es que me preparé, me armé y salí a la caza del dragón. Tardé casi un año en encontrarle y otros seis meses en cazarlo. Lo cierto es que no lo hice yo solo, claro, me ayudaron algunos de mis amigos de la aldea y algún otro que conocí durante el viaje de caza, pero eso os lo contaré en otro momento.
Como os he dicho, finalmente, gracias a una serie de sofisticadas trampas, logramos cazar al dragón. No lo matamos, pues pensé que Ainoha quedaría más impresionada si veía al dragón vivo que muerto. Yo, como veis, seguía enamorado de ella, ¡tonto de mí!
Total, que volvimos a la aldea con el dragón en una gran jaula. Los vecinos quedaron anonadados al vernos y, sobre todo, al ver al dragón, un espectacular ejemplar de dragón BlancoFuego. Sin embargo lo más gracioso estaba por llegar. Bueno, ahora me parece gracioso, pero entonces fue un shock trágico para mí. Veréis, le mostré el dragón a mi amada Ainoha y ella, sin inmutarse un pelo, me dijo que ya estaba casada, ¡casada!, y además, me dijo, con el hijo del tendero, ¡ese melifluo alfeñique que no tiene dos sopapos, y que de valiente no tiene nada! Por lo visto Ainoha se había cansado de esperarme. ¡Quién entiende a las mujeres! Yo me sentí morir, os lo aseguro. Sin embargo, viéndolo con perspectiva, fue lo mejor que me pudo pasar. De todo eso hace ya casi dos años. Sigo siendo el herrero de la aldea, pero, además, me he convertido en dueño de un magnífico dragón. ¡De verdad! He conseguido amaestrarlo y soy la envidia de la aldea y sus alrededores. Mi fama se ha expandido como el fuego por la región. Así que, pensándolo bien, ahora me alegro de haber aceptado la condición que me impuso Ainoha cuando me declaré: gracias a eso ahora soy un valiente jinete de dragones.

©Luis Jesús Goróstegui Ubierna
@ObservaParaiso

#CuentosSinImportancia

• AUDIO:
Este relato, “Jinete de dragones”, fue leído por el actor don José Francisco Díaz-Salado [@LaVozS], en su programa de radio “La Voz Silenciosa”.
Os recomiendo que escuchéis el audio, en:
https://www.youtube.com/watch?v=qOgTbhmGdMo

Cuentos sin importancia 3 - el jinete de dragones

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