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Como ya sabéis los que visitáis con cierta frecuencia este blog, de vez en cuando me da por escribir algún relato de ficción, que yo llamo “Hipótesis”. Hoy publico la siguiente. La número 33. Se titula “La eterna cuestión”, y espero que os guste. ¿Me acompañáis?… ¿Sí?… Pues vamos…hipotesis33-cara robot1

Verano del 5.235 d.C.

– Pero… ¡Esto es increíble! – dijo Neast tras leer el escrito que le había dado su padre.

Todo había comenzado por la mañana temprano, cuando su padre, Swiec Lasulash Goishpol, le llamó por teléfono. Le pidió que viniera a verle a casa…, que tenia algo importante que enseñarle.
Neast acababa de volver de un viaje al planeta Thrirania por motivos de trabajo. Vivia, con su mujer y sus dos hijos, en el piso 128º de la urbanización Eösty, en la ciudad de Tinsine, en el planeta Renyis.
El padre y la madre de Neast vivian en una gran casa, rodeada de un gran jardín, al otro extremo de la ciudad.
Neast llegó a casa de sus padres. Aparcó su turbodeslizador en la entrada de la casa y llamó a la puerta. Un robot, clase Sniar, abrió la puerta. Se llamaba Slaul. Neast lo conocía muy bien. Llevaba en casa de sus padres desde que Neast era un chiquillo.

– Hola Slaul. – le saludó Neast, cuando le vió. – ¿Están mis padres en casa?
– Si, señor Lasulash. – le respondió el robot. – Su padre está en el jardín, y su madre duerme la siesta.
– Neast…, Neast… Te he dicho mil veces que me llames Neast. El señor Lasulash es mi padre. – le dijo Neast al robot, con una sonrisa de complicidad… Sonrisa que no llegó a captar el robot.

Al ver el comportamiento de Slaul, Neast recordó lo que le dijo su padre sobre los robots, cuando empezó a estudiar Robótica en la Universidad:

– Mira hijo… los robots son… ¡robots!… quiero decir que son eficaces,…, muy eficaces, y muy útiles, sobre todo para realizar el trabajo para el que han sido diseñados…, pero siguen siendo máquinas…, no son humanos. A ver si me explico bien…, un robot puede contar un chiste…, y contarlo muy bien…, pero no es capaz de entender el doble sentido…, ni tiene sentido del humor… al menos actualmente. Hay quien asegura que con el tiempo, se conseguirá que el cerebro cuántico de los robots sea capaz de equipararse a un cerebro humano… No sé… es posible… pero yo creo que siempre le faltará algo… un alma, si sabes a lo que me refiero… Un robot no se hace daño…, se estropea. No siente dolor, ni alegría, ni amor, ni odio… como mucho podrá simular esas emociones. Puede reconocer el aspecto físico de una persona, llamarla por su nombre y mantener una conversación coherente con ella…, pero no la reconoce realmente… Un robot puede ser la mejor de las niñeras, y cuidar…, incluso mimar a un bebé perfectamente, pero… seguirá siendo un robot. Y es mejor que sea así…, un robot con sentimientos y conciencia de sí mismo podría ser peligroso.

Neast entendía lo que quería decir su padre, y estaba de acuerdo con él…, pero la tecnología avanzaba rápidamente y no estaba muy seguro que un robot no pudiera llegar a tener conciencia de sí mismo, incluso alma, sea lo que realmente sea esa alma…, aunque de lo que sí estaba seguro es que para eso, si alguna vez se conseguía, aun faltaba mucho, mucho tiempo, demasiado tiempo para que él, o sus tataranietos, lo pudieran ver.

– Si señor…, digo, si… Neast. – le respondió Slaul obedientemente. – ¿Les aviso?
– No, gracias. Ya voy yo al jardín. – le dijo al robot, mientras atravesaba el salón camino del jardín. – Puedes continuar con tus quehaceres.
– Gracias, …Neast. – respondió Slaul y se retiró.

Los padres de Neast vivian solos, aunque contaban con la inestimable ayuda de sus magníficos robots. Los cinco principales de la casa eran: Slaul el mayordomo, luego estaban Suln, el chofer; Aona, el cocinero; Lorf, el jardinero; e Inat, que era el encargado de reparar cualquier tipo de averia que sucediera en casa. Evidentemente, todos los robots podían realizar cualquiera de las labores del resto de robots de la casa, pero a los padres de Neast le resultaba más sencillo asignar a cada robot una labor principal. Como era lógico, todos los robots tenían implantadas en sus cerebros cuánticos las Tres Leyes, por lo que todos eran de total confianza. Despues estaban los robots secundarios, es decir, aquellos cuya tarea principal era ayudar a los cinco robots principales. Normalmente, estos robots secundarios no recibian ordenes directas de los padres de Neast, aunque, evidentemente, y dado que también disponían de las Tres Leyes, estaban perfectamente capacitados para obedecer cualquier orden que no contradijese dichas Tres Leyes.
Los cinco robots principales eras de clase Sniar, de última generación. Eran de aspecto humano, aunque externamente eran de una aleación de fibra de carbono y berilio56 que garantizaban su correcto funcionamiento, casi indefinidamente. Entre los robots secundarios también había algunos con aspecto humano, aunque eran los menos. El resto eran de aspecto industrial, no humano.

Neast llegó al jardín y vio a su padre sentado en una cómoda silla, a la sobra de un espectacular árbol Näinsydh.

– ¡Hola, papá! – le dijo Neast cuando estuvo a su lado, mientras de daba un cariñoso beso en la mejilla.
– ¡Hola, hijo! ¿Qué tal tu viaje por esos mundos de Dios? – le respondió Swiec.
– Bien, no me puedo quejar. El comercio de robots está cada vez más en auge. – le respondió Neast.

Neast era comercial de una empresa de diseño y producción de robots de alta gama. Precisamente su último viaje al planeta Thrirania fue con motivo de realizar una presentación de un modelo de robot, clase Saelasti, diseñado específicamente para trabajar en las minas de Sigminio84 en las lunas de dicho planeta.

– ¿Para qué querías verme, papá? ¿Estais bien mamá y tú? – le preguntó Neast algo preocupado.
– No pasa nada malo, hijo. No te preocupes. – le respondió su padre. – Queria verte para enseñarte algo muy estraño, relacionado con uno de nuestros robots.
– ¿Uno de los robots? – preguntó extrañado Neast. – ¿Habeis tenido algún problema con alguno de ellos?
– Oh, no. Nada de eso… Al contrario… Verás, dejame que te lo enseñe. Sigueme. – le dijo su padre.

Swiec se levantó de la silla y se dirigió al extremo sur del jardín, al otro lado de la casa.

– Verás. – le empezó a contar Swiec. – Sucedió la semana pasada. A eso de las 2100h. Estabamos tu madre y yo viendo el holovisor…, hacían una holopelicula de ese actor tan en moda últimamente…, no me acuerdo ahora como se llama…, tu madre es la que lo sabe. Pues, bien. Estaba lloviendo y un rayo debió caer muy cerca… El caso es que debió afectar a la antena, y el holovisor dejo de verse. Enviamos a Inat a ver que había pasado. El robot se llevó con él a uno de los robots secundarios…, a Shiro, ya sabes…, ese de aspecto humano que parece un atleta… Mientras Inat comprobaba el estado de la instalación sensoeléctrica de la casa, Shiro estaba comprobando el estado de la antena en el tejado…, con tan mala suerte que otro rayo le dio de lleno… Shiro salió volando el pobre y cayó al suelo. Afortunadamente, gracias a su estructura externa de aleación los daños que sufrió fueron mínimos…, al menos externamente.
– ¿Al menos externamente, papá? – preguntó Neast intrigado.
– Si, verás. Sometí a Shiro a un scaner para poder diagnósticar algún tipo de daño en su cerebro cuántico, pero no detecté nada extraño. Para evitar algún problema no detectado, dejé a Shiro en el taller que tenemos en el jardín…, aquel donde tú jugabas cuando eras un chaval con tus amigos…, conectado a nuestro estabilizador servo-cuántico para resetear sus sistemas internos, y asegurarnos que no nos dejábamos nada por revisar. De esa manera, pensábamos, al dia siguiente Shiro estaría como nuevo.
Sin embargo, al dia siguiente, cuando fui a comprobar cómo estaba Shiro, me lo encontré desconectado del estabilizador y sentado frente a la mesa que tengo en mi pequeño despacho del taller.
– ¿Y que hacia Shiro sentado? – preguntó Neast.
– Eso era lo más estraño… Estaba escribiendo. – respondió Swiec.
– ¿Escribiendo? – preguntó Neast totalmente intrigado – ¿Qué escribia?
– Eso mismo me pregunté yo al verle. Es más…, cuando me vió entrar en el taller…, ¡Shiro me saludó!
– Eso no puede ser. Pase que escriba…, pero un robot secundario no puede saludar a un humano…, no tiene implantada esa funcionalidad… aunque dispone de un sistema vocalizador integrado, no le está permitido hablar a los humanos…, para eso está diseñado. Solo los robots principales pueden hacerlo.
– Si, ya lo sé. – dijo su padre. – Ahora viene lo más increíble… Supuse que su comportamiento era debido al accidente que sufrió la noche anterior, y me acerqué al robot con ciudado, pues no sabía cómo iba a reaccionar Shiro. El robot seguía escribiendo. Cuando me acerqué lo suficientemente cerca como para poder ver lo que estaba escribiendo, Shiro me miró y me dijo:
– Buenos días, señor Lasulash… Me alegra verle… Si es tan amable de esperar unos minutos…, estoy terminando de escribir esto…, estaré encantado de atenderle.
– Tan asombrado me dejó oírle decir eso que le hice caso…, permanecí de pie enfrente suyo esperando a que terminara de escribir lo que fuera que estuviera escribiendo. – continuó contando Swiec a su hijo. – A los pocos minutos, Shiro terminó de escribir y me volvió a mirar…, casi podría jurar que me sonreía, aunque es físicamente imposible para un robot poder sonreir…, ya lo sé, hijo… Sin apartar su mirada de mí, me entregó unas hojas de papel con lo que acababa de escribir… Cuando lo leí, casi me caigo de la impresión…

Neast y su padre llegaron al taller. Era una pequeña cabaña de metal y cristal, con amplios ventanales, situada en uno de los rincones del jardín. El padre de Neast lo utilizaba para sus pequeñas manualidades…, le encantaba diseñar maquetas y contruir pequeños artefactos. Cuando entraron, Neast y su padre vieron a Shiro, que continuaba sentado escribiendo.

– Desde el accidente no ha parado de escribir. – le dijo Swiec a su hijo. – Y lo más curioso no es que escriba…, sino lo que escribe…, mira… – y le dio a su hijo una hoja de papel con lo último que había escrito el robot la noche anterior.

Neast lo leyó atentamente y cuando terminó exclamó:

– Pero… ¡Esto es increíble!
– ¿Verdad que sí, hijo? – le dijo su padre emocionado. – Por esto te he llamado. Tú trabajas con robots…, sabes cómo se comportan…, ¿Qué le ha sucedido a Shiro?
– No lo se, papá. – le respondió Neast aun conmocionado por lo que acababa de leer. – Es posible que el rayo que le impactó le afectara a su sistema cognitivo, y le modificara alguna subrutina cuántica. Es como si tuviera un cerebro totalmente nuevo…, ¡casi humano!
– Por lo que he podido hojear, en estos días, desde que está así, Shiro ha escrito tres novelas…, una de misterio y dos policiacas…, un soneto lírico, y cuatro ensayos…, uno de antropología molecular, uno de metafísica psicológica, otro de física relativista y uno de teología trascendente. – le explicó Swiec a su hijo. – ¡Es absolutamente increíble!…
– Pero, podría ser peligroso, papá… Si quieres me lo puedo llevar a mi empresa para que le hagan un estudio en profundidad, o si no, lo puedes cambiar por otro nuevo, alegando fallo de construcción…, yo lo puedo hacer. – le dijo Neast a su padre.
– ¡No!…, ni hablar…, me gusta tal y como está ahora. Las Tres Leyes no parecen haber sido afectadas, por lo que Shiro sigue siendo fiable y seguro para los humanos. De todas formas, ordenaré a los robots de casa que le vigilen, por si cambia de comportamiento… Ellos nos protegerán en caso de peligro, no te preocupes… Hay otro tema que me gustaría que me dijeras qué opinas.
– Tú dirás, papá. – le dijo Neast.
– Se trata de lo que está escribiendo Shiro. – le dijo su padre. – ¿Podríamos publicarlo? Yo entiendo de libros. Todos mis años como editor me han enseñado a distinguir los buenos libros de los malos y lo que está escribiendo Shiro tiene calidad suficiente para salir al mercado…, a la gente le gustará. Además, ayer le enseñé a un buen amigo mio, astrofísico y teólogo, unos fragmentos de lo que ha escrito Shiro…, tranquilo, no le dije que lo había escrito un robot…, y me aseguró que lo que dicen estos escritos es coherente tanto científica y teológicamente.
– En teoría podríamos publicarlo, pero no estoy muy seguro que la gente esté preparada para aceptar algo escrito por un robot, por muy inteligente que pueda ser… – le respondió su hijo.
– Tienes razón, hijo. – le respondió su padre. – Será mejor que por ahora no hagamos nada. Esperemos a ver como continúa Shiro… Es posible que todo esto sea temporal. Si vemos que su nuevo estado es permanente ya veremos lo que hacemos… ¿Te parece, hijo?
– Me parece acertado, papá. – dijo Neast mientras colocaba la hoja que le había pasado su padre con el escrito de Shiro de la noche anterior en una estantería, junto al resto de los escritos del robot – Por cierto… ¿Qué tal está mamá? – le preguntó Neast a su padre mientras caminaban de vuelta a casa.
– Muy bien. Vamos a verla, ya se ha debido despertar de la siesta… – se le oyó decir a Swiec, mientras entraban en casa.

Mientras tanto Shiro continuaba escribiendo. Durante unos segundos se detuvo, levantó la vista y observó cómo se posaba en una rama de un árbol un ruiseñor verdefuego. Permaneció así durante un instante más…, pensando. Desvió la mirada hacia la estantería donde estaban sus escritos y recordó un fragmento de lo que había escrito la noche anterior:

“En la oscuridad de la noche, el lobo le llora a la luna… ¿Por qué?
En la profundidad del océano, la ballena le canta a las estrellas…
¿Para qué?

De día miro al cielo y veo los dos soles incandescentes…
Dos bolas de fuego gemelas que dan vida… ¿Quién creó la vida?
¿Por qué?… ¿Para qué?… ¿Cómo?… ¿Cuándo?… ¿Hasta cuando?…
De noche observo las estrellas y me pregunto:
¿Realmente están ahí?… ¿Por qué?

Vivo en un planeta que es una mota de polvo frente al universo.
…pero estoy vivo… ¿Estoy vivo?… ¿De verdad?…
Las dimensiones astronómicas son inconmensurables…
¿Qué sentido tiene?

Soy un trozo de aleación bio-mecánica,
pero siento tristeza…, melancolía…

Tengo un corazón que bombea un nutriente sintético,
pero siento alegría.

No tengo lagrimales, pero lloro si veo a alguien triste.
Si me cuentan un chiste gracioso, me rio…
Una simple célula es más compleja que un propulsor cuántico…
¿Cómo es posible?

Miro mi reflejo en el agua y me reconozco… Ese soy yo.
¿Cuál es la conexión entre mis neuronas cuánticas y mi conciencia?
¿Cómo es posible que me haga estas preguntas?
¿Por qué soy como soy?
¿Realmente soy yo?
¿Por qué estoy aquí?… Es más… ¿Estoy realmente aquí?
¿Cuál es mi destino?
Al final todo se reduce a una pregunta…
La eterna cuestión: ¿Quién soy yo?“

Después bajó la mirada hacia el papel y continuó escribiendo.

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INFORME: “Darayld’y83/Enthur’t29-H33”

• Neast Lasulash Goishpol (5.195 d.C. – 5.290 d.C.): Comercial de una empresa de diseño y producción de robots de alta gama.
• Swiec Lasulash Irin (5.163 d.C. – 5.261 d.C.): Padre de Neast. Editor de libros. Jubilado.
• Hiana Goishpol Tantia (5.165 d.C. – 5.267 d.C.): Madre de Neast.
• Shiro: Robot secundario. De aspecto humano que parece un atleta. Escritor. Filósofo.
• Slaul: Robot mayordomo de la casa de Swiec e Hiana.
• Suln: Robot chófer.
• Aona: Robot cocinero.
• Lorf: Robot jardinero.
• Inat: Robot encargado de las reparaciones de la casa.

Las Tres Leyes:

• 1ª ley: Un robot no puede causar daño a un ser humano ni, por omisión, permitir que un ser humano sufra daños.
• 2ª ley: Un robot debe obedecer las órdenes dadas por los seres humanos, salvo cuando tales órdenes entren en conflicto con la Primera Ley.
• 3ª ley: Un robot ha de proteger su existencia, siempre que dicha protección no entre en conflicto con la Primera o la Segunda Ley.

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N. del A.:
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https://observandoelparaiso.wordpress.com/hipotesis-relatos/

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