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Carta 25: Al jefe de redacción del Observer.

El 16 de enero de 1938, el Observer había publicado una carta, firmada «Habit», en la que se preguntaba si los hobbits le podrían haber sido sugeridos a Tolkien por lo que cuenta Julian Huxley de «los “hombrecitos peludos” vistos en África por nativos y… cuando menos por un científico». El escritor de la carta mencionaba también que una amiga «decía recordar un viejo cuento de hadas titulado “El Hobbit” que figuraba en una colección leída aproximadamente en 1904», en el que la criatura con ese nombre «era definitivamente aterradora». El escritor preguntaba si Tolkien «nos contaría algo más acerca del nombre y los orígenes de este curioso héroe de su libro… Ello ahorraría a muchos estudiantes una buena cantidad de problemas en las generaciones por venir. Y, entre paréntesis, ¿el robo de la copa del dragón por el hobbit se basa en el episodio del Beowulf) Espero que así sea, pues uno de los encantos del libro es la armonización, digna de Spenser, de las brillantes hebras de tantas ramas de la épica, la mitología y el cuento de hadas Victoriano». La réplica de Tolkien, aunque no estaba pensada para la publicación, apareció en el Observer el 10 de febrero de 1938:

Señor:
No es preciso que se me persuada: soy tan susceptible como un dragón a los elogios, y de buen grado exhibiría mi chaleco de diamantes y aun comentaría sus fuentes, pues el Habit [Hábito] (más inquisitivo que el Hobbit) no sólo profesa admirarlo sino que pregunta también de dónde lo he sacado. Pero ¿no sería ello más bien injusto con los estudiantes investigadores? Ahorrarles trabajo es robarles la excusa de su existencia.
Sin embargo, respecto de la pregunta principal del Habit, no hay peligro: no recuerdo nada del nombre y los orígenes del héroe. Podría hacer conjeturas, por supuesto, pero ellas no tendrían más autoridad que las de los futuros investigadores; dejo el juego para ellos.
Nací en África y he leído varios libros sobre su exploración. Desde 1896, aproximadamente, he leído aún más libros de cuentos de hadas de la especie genuina. Por tanto, ambos hechos, sacados a relucir por el Habit, parecerían ser significativos.
Pero ¿lo son? No tengo ningún recuerdo de vigilia de pigmeos peludos (sea en libros o a la luz de la luna); tampoco de ningún Hobbit aterrador impreso en 1904. Sospecho que los dos hobbits son homófonos accidentales, y me alegra que no sean (como parecería) sinónimos. Y sostengo que mi hobbit no vivió en África y no era peludo, salvo alrededor de los pies. Tampoco se parecía a un conejo [rabbit]. Era un próspero y joven soltero bien alimentado, con medios económicos que le permitían la independencia. Llamarlo «sucio conejo» era una vulgaridad propia de trolls, como «hijo de rata» era un ejemplo de la malicia de los enanos: insultos deliberados dirigidos a su estatura y a sus pies, que lo ofendían profundamente. Sus pies, revestidos convenientemente y calzados por la naturaleza, eran tan elegantes como los dedos de sus manos, largos y sensibles.
En cuanto al resto del cuento, es, como lo sugiere el Habit, una amalgama (previamente digerida) de épica, mitología y cuentos de hadas, aunque no de autoría victoriana, regla a la que George Macdonald es la principal excepción. El Beowulf se cuenta entre mis más preciadas fuentes; aunque no lo recordaba conscientemente cuando lo escribía; el episodio del robo surgió naturalmente (casi de manera inevitable) de las circunstancias. Es difícil encontrar otro modo de proseguir la historia. Supongo que el autor del Beowulf diría lo mismo.
Mi cuento no se basa conscientemente en ningún otro libro, salvo uno, y ése no está publicado: el «Silmarillion», una historia de los Elfos, a la cual se hacen frecuentes alusiones. En realidad no había pensado en los futuros investigadores; y como hay un único manuscrito, por el momento parece poco probable que esta referencia resultara de alguna utilidad.
Pero estas cuestiones son meros preliminares. Ahora que se me hizo ver que las aventuras del Señor Bolsón son tema de futura investigación, me doy cuenta de que será necesario mucho trabajo. Se plantea la cuestión de la nomenclatura. Los nombres de los enanos y el del mago provienen del Eider Edda. Los nombres de los hobbits, de Fuentes Obvias propias de su especie. La lista completa de sus familias más ricas es: Bolsón, Boffin, Bolger, Ciñatiesa, Brandigamo, Madriguera, Redondo, Cavada, Corneta, Ganapié, Sacovilla y Tuk. El dragón lleva por nombre -un pseudónimo- el pasado del verbo germánico primitivo Smugan, “pasar apretadamente por un agujero”: una insidiosa broma filológica. El resto de los nombres pertenecen al Mundo Antiguo y Élfico, y no han sido modernizados…”
“(…)La lengua de los hobbits se parecía notablemente al inglés, como era de esperar: sólo vivían en las fronteras del Páramo y en general no tenían conciencia de ello. Sus apellidos son en su mayoría tan conocidos y justamente respetados en esta isla como lo eran en Hobbiton y Delagua…”TheHobbitCharacterGrid1

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