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Hoy traigo un fragmento de la introducción del libro “VEN, SE MI LUZ.” – LAS CARTAS PRIVADAS DE LA «SANTA DE CALCUTA». Merece la pena leer el libro.madre teresa1

“Si alguna vez llego a ser santa
—seguramente seré una santa de la «oscuridad».
Estaré continuamente ausente del Cielo
—para encender la luz de aquellos que en la tierra están en la oscuridad.”
MADRE TERESA DE CALCUTA

[…]
La misma Madre Teresa era muy consciente de las insólitas circunstancias de su llamada y de la manera extraordinaria en la que se le pedía que las viviera. Insistía siempre en que se destruyeran todos los documentos que revelaban la inspiración de la fundación de las Misioneras de la Caridad, por temor de que se le diera a ella una preeminencia que creía que se le debía dar solamente a Dios.

“El Padre [Van Exem] también tiene muchas cartas que le escribí en relación con la obra cuando todavía era religiosa de Loreto.—Ahora que el proyecto de Jesús confiado a nosotras está en las Constituciones—esas cartas no son necesarias. Podría tenerlas por favor—ya que eran la expresión misma de mi alma en esos días. Me gustaría quemar todos los papeles que revelan algo de mí.—Excelencia por favor le pido, le ruego que me conceda este deseo—quiero que el secreto de Dios conmigo quede entre nosotros—el mundo no sabe y quiero que continúe así.—Cualquier carta—relativa a la Sociedad(*), usted tiene muchas—nunca he contado—ni siquiera en confesión —cómo comenzó la Congregación.—Usted y el Padre [Van Exem] lo saben—esto es suficiente. Yo era Su pequeño instrumento—ahora que Su voluntad es conocida a través de las Constituciones—todas esas cartas son inútiles.”

(*) Con esta palabra se refiere a la Congregación de las Misioneras de la Caridad.

Al cabo de un año, en 1957, monseñor Périer no había accedido todavía a su petición, ella encontró otra oportunidad para reiterar su súplica. Esta segunda petición tampoco fue aceptada. A medida que pasaba el tiempo y aumentaba el interés por su trabajo, surgió la posibilidad de que ella y la obra fueran objeto de artículos y libros. Esto resultó ser otra prueba para ella. Otra vez temió que monseñor Périer y el padre Van Exem, su director espiritual desde 1944, pudieran hacer públicos los documentos:

“Fui esta mañana pero Usted no estaba. Tengo que hacerle una petición muy grande.—Nunca le he pedido nada personalmente.—Oí por Monsignor E. Barber que el Cardenal Spellman quiere escribir sobre mí y la obra. Monseñor Morrow va a venir a solicitarle todos los documentos.— A Usted y al Padre Van Exem les he confiado mis más profundos pensamientos—-mi amor a Jesús— y Su tierno amor hacia mí—por favor, no le dé nada de 1946. Quiero que la obra permanezca sólo de Él. Cuando se conozca el comienzo, la gente pensará más en mí-—menos en Jesús. Por favor, en el nombre de María, no le diga ni entregue nada. Sé que quieren ayudar a la Congregación económicamente—yo no quiero dinero— mi confianza en Dios es ciega—sé que Él nunca me va a fallar. En estos pocos años lakhs (*) de rupias han pasado por mis manos.—No sé cómo llegaron. Estoy perfectamente feliz y agradecida a Dios por lo que da— yo en cambio sería y permanecería pobre con Jesús y Sus pobres.—Prefiero mendigar y luchar con poco—Déjele que escriba sobre «la obra» y sobre nuestra pobre gente que sufre—que me ayude a pagar la escolarización de nuestros pobres niños y a dar a los inteligentes una oportunidad en la vida.
El Rvdo. Padre Martindale, S. J., quiere escribir tambien y envió recado a través del Capitán Cheshire—he dicho que no.—Sólo soy Su instrumento—por qué tanto sobre mí—cuando la obra es toda de Él. No me la atribuyo. Me fue dada […]” (Madre Teresa al arzobispo Périer, 30 de marzo de 1957.)

(*) Un lakh equivale a 100.000 rupias.

Tres años más tarde, tuvo todavía otra ocasión para pedir que se destruyeran los documentos. El arzobispo de Calcuta, para obtener el reconocimiento pontificio de las Misioneras de la Caridad, tenía que presentar una petición formal al Papa, describiendo la historia y el trabajo de la Congregación bajo su cuidado. Este nuevo examen la preocupaba:

“Excelencia,
Ahora que usted está examinando el archivo de nuestra Congregación—le suplico que destruya cualquier carta que yo le haya escrito—y no esté relacionada con la Congregación.— «La Llamada» fue un delicado don de Dios hacia mí—indigna—No sé por qué me recogió a mí—supongo que igual que la gente que nosotros recogemos— porque son los más indeseados. Desde el primer día hasta hoy—esta nueva vocación mía ha sido un prolongado «Sí» a Dios—sin mirar siquiera el costo.—Mi convicción de que «la obra es Suya»—es más que la realidad.—Nunca he dudado. Sólo me duele cuando la gente me llama fundadora porque sé con certeza que Él lo pidió—«¿Harás esto por Mí?» Todo era Suyo—Yo sólo tenía que entregarme a Su plan—a Su voluntad—Hoy Su obra ha crecido porque es Él, y no yo, quien lo hace a través de mí. Estoy tan convencida de esto—que daría mi vida gustosamente para demostrarlo.” (Madre Teresa al arzobispo Périer, 18 de diciembre de 1960.)

A pesar de ello, monseñor Périer y sus sucesores en el cargo estaban convencidos de que los documentos deberían sobrevivir, aunque Madre Teresa se las arregló para destruir una gran parte de ellos. Del mismo modo, el padre Van Exem luchó durante años contra la insistencia de Madre Teresa para que se destruyeran. Intentó persuadirla de que los guardara en beneficio de las futuras generaciones de sus seguidoras. En 1981 le escribió, «Un último punto para mí ha sido una gran sorpresa: no sé lo que ocurrió con los documentos que guardó el P. Henry. Cuando fui a la iglesia de Santa Teresa el año pasado, no pude encontrar nada de nada. ¿Dónde están ahora los documentos? En mi caso estoy seguro de que no quiero que ocurra esto». Finalmente cedió. El padre Van Exem, poco antes de su muerte en 1993, describió los detalles a monseñor Henry D’Souza, arzobispo de Calcuta en ese momento:

“Excelencia,
Le devuelvo agradecido los documentos que me envió antes de marchar hacia Hong Kong. En relación con el cuaderno de Madre Teresa añado lo siguiente: La propia Madre lo escribió. Aparentemente es un diario pero no lo es. Seguramente una parte fue escrita poco tiempo después de los acontecimientos. No sé si Madre tenía algunas notas. Es probable, puesto que tiene muchas fechas. En algunos lugares he añadido el mes y el año. En los inicios de la Congregación, Madre, tras contestar las cartas que recibía, solía dármelas para que yo se las guardara. Después de un tiempo—pudo haber sido en Creek Lañe—quiso quemar todas las cartas que yo había recibido de ella. Tenía yo entonces dos baúles de cartas, un baúl de cartas de benefactores, y otro de distinta correspondencia. Me negué a darle permiso para destruir las cartas y le dije que debería pedirlo a monseñor Périer, superior general de las M. C. [Misioneras de la Caridad]. Madre fue a monseñor Périer, quien le dijo: «Madre, escriba la historia de la Congregación y el padre Van Exem le dará todas las cartas». Madre comenzó a escribir este libro con fecha 21 de diciembre de 1948 y hasta el 11 de junio de 1949. Por las tardes estaba tan cansada que no pudo continuar la historia por mucho tiempo. Cuando monseñor Dyer sustituyó a monseñor Périer, Madre recurrió a él para obtener el mismo permiso. Él le preguntó qué había decidido monseñor Périer y le dijo que así lo hiciera. Luego vino monseñor Albert Vincent que le dio una negativa rotunda. En 1969 monseñor Picachy vino a Calcuta y Madre me dijo que no mencionara nada sobre sus cartas. Ella sabía lo que diría. En la década de los setenta y en la de los ochenta, continuó insistiendo en que se destruyeran las cartas. Madre fue elegida superiora general de una congregación pontificia desde 1965 y no había gerencia de ningún arzobispo. Entonces le envié los baúles de cartas a Madre pero en una larga carta le explicaba que algunas de las cartas no le pertenecían a ella sino a la Congregación. Yo me quedé con el cuaderno de Madre hasta que se lo envié a Su Excelencia. Hoy le devuelvo los documentos que recibí de usted.” (Padre Celeste Van Exem, S. J., al arzobispo H. D’Souza,12 de marzo de 1993.)

Aunque el conocimiento de su inspiración permaneció como el privilegio del padre Van Exem y de monseñor Périer, con el paso de los años algunos sacerdotes conocieron la oscuridad espiritual de Madre Teresa. Ella revelaba su estado interior sólo porque sentía que Dios le urgía a que lo hiciera. No importaban sus propias preferencias personales; a Él no se podía negar. Estos sacerdotes demostraron ser valiosos ayudantes—verdaderos «Simones de Cirene» en este «camino de la Cruz».
Los destinatarios de estas cartas fueron los primeros en darse cuenta de que la oscuridad era un elemento esencial de su vocación, y previeron que dar a conocer su experiencia ofrecería un testimonio precioso de la santidad de Madre Teresa y ayudaría a continuar su misión más allá de su vida. El padre Neuner explicaba:

“Contra su petición explícita de que se quemaran estas páginas después de haberlas leído, sentí que tenía que conservarlas puesto que revelaban un aspecto de su vida, la verdadera profundidad de su vocación, de la que nadie parecía ser consciente. Todos vieron su valiente lucha para establecer su obra, su evidente amor por los pobres y los que sufren, y el cuidado de sus Hermanas; pero la oscuridad espiritual seguía siendo su secreto. Parecía jovial en su vida diaria, incansable en su trabajo. Su agonía interior no debilitaría sus actividades. Con su inspirado liderazgo guió a sus hermanas, fundó nuevos centros, se hizo famosa, pero por dentro tenía un vacío total. Estas páginas revelan el cimiento sobre el que se levantó su misión. Sería importante para sus Hermanas y para otros muchos, saber que su obra tenía su raíz en el misterio de la misión de Jesús, en unión con Aquel que, a punto de morir en la cruz, se sintió abandonado por su Padre.”

En algunas de las cartas y notas sobre su oscuridad interior, Madre Teresa había escrito «asunto de conciencia ». Para Madre Teresa, cada palabra que escribía sobre su oscuridad interior (ya lo indicara o no) entraba en esta categoría. Uno de los sacerdotes que sabía de su oscuridad arrojó luz sobre las razones para preservar y revelar estos documentos:

“¿Objetaría todavía Madre, ahora que ya no está con nosotros en la tierra, que estas cartas hayan sido preservadas por el cardenal Picachy y que ahora, tras la muerte de los dos, hayan salido a la luz? Ahora, sin duda, ella ha entendido que pertenece a la Iglesia. Es enseñanza tradicional de la Iglesia que el carisma místico de los amigos cercanos de Dios tiene un significado para el bien de toda la Iglesia, y no para ellos mismos. Mucha gente que atraviesa por pruebas semejantes podría sacar de estas cartas ánimo y esperanza. Probablemente haya muchas más personas de éstas de las que pensamos—aunque en grados diversos de intensidad [de pruebas].(Padre Albert Huart, S. J., «Mother Teresa: Joy in the Night»: Review for Religious 60, n.° 5 (septiembre-octubre 2001) p. 501.)

En cuanto a la expresión de Madre Teresa «Parte de mi Confesión», debe entenderse que lo que ella quería decir no era parte del sacramento de la reconciliación. Uno no puede hacer una confesión sacramental escribiendo los propios pecados en un pedazo de papel y enviándoselo a un sacerdote. Los sacerdotes que recibían sus cartas la entendían bien: había escrito lo que no era capaz de decir cuando se encontraba con ellos durante la dirección espiritual. Era su modo de indicar que el asunto era confidencial; para ella significaba lo mismo que «asunto de conciencia».
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