Entre 1907 y 1915, John Bauer (Jönköping, 4 de junio de 1882- lago Vättern, 20 de noviembre de 1918, Suecia) ilustró el “Bland tomtar och troll”, es decir, “Entre elfos y trolls”, un libro publicado anualmente por Navidad, que era una colección de cuentos de hadas escrita por varios autores suecos. […] Donde dice “elfos” también podría decir “gnomos“. Vamos, que no piensen en los chavales de orejas puntiagudas de la factoría Tolkien, sino más bien en una criatura pequeña y mágica, tal como los que ayudan a Santa Claus a empaquetar regalos, o roban las tartas de manzana del alféizar de la ventana de la cocina.

Una de las ilustraciones más populares de John Bauer es la de la “Princesa Tuvstarr”, personaje de “El cuento del alce Skutt y la pequeña princesa Tuvstarr”, de Helge Kjellin, que figuraba en el “Bland Tomtar och Troll” de 1913.

• “Permaneció junto al lago, buscando su corazón“

Princesa Tuvstarr de John Bauer

En el cuento, la princesa Tuvstarr sale del palacio a dar una vueltecilla. Encuentra hadas, trolls y al magnífico alce Skutt, pero pierde su corazón (que es, como pasa tantas veces en los cuentos, un pendiente). No tengo el cuento delante (porque mi cartero no es precisamente Miguel Strogoff), pero creo que esta escena corresponde al momento en que Tuvstarr busca su corazón en las aguas del pantano. Al quitarse la ropa y dejar su pasado en el bosque, pierde sus recuerdos y se mira en las negras aguas, intentando recordar quién era. Después, se transforma en flor: Tuvstarr es el nombre sueco de la planta Carex cespitosa. Si los Amigos Lectores ven un claro parecido con el mito de Narciso, es por eso que […] los cuentos de hadas son universales. Hay varias versiones de esta ilustración, en color y en grises, pero en todas destaca la blancura y la inocencia de la pequeña Tuvstarr contra la oscuridad del bosque.

Fuente: http://www.lectorconstante.com/2007/07/02/comprame-uno-con-dibujos/

“El alce Skutt y la pequeña princesa Tuvstarr”, de Helge Kjellin:

“El sol brilla como el oro sobre la pradera del palacio de sueño. Es verano y la pradera florece con miles de perfumadas flores. Allí, entre las flores, está sentada una niña pequeña, rubia e inocente, peinando su largo pelo dorado. ¡Ah, el pelo pasa entre sus pequeños dedos como chorros de rayos dorados del sol veraniego! Junto a ella, entre la hierba, ha dejado su corona de oro.
La niña es la pequeña princesa del Palacio del Sueño, y hoy ha salido a escondidas del grande y espléndido salón donde están sentados en sillas doradas su padre rey y su madre reina, con el cetro y el orbe en la mano, símbolo del gobierno que ejercen sobre sus ciudadanos. Le apetece estar sola y libre y se va hacia la florida pradera. Allí ha tenido siempre su lugar de juego más querido.
La princesa, pequeña y delgada, es una niña todavía. Permanece sentada con un blanco vestido de sedas y muselina tan fino como la gasa.
Todos la llaman Tuvstarr. Con sus dedos pequeños y delgados desenreda su pelo dorado por el sol y sonríe mirando los brillantes mechones. Y cuando un alce pasa de largo, bramando, ella levanta la cabeza.
-¿Y tú, quién eres?
-Yo soy Skutt Patas Largas – contesta el alce-, ¿Y a ti cómo te llaman?
-Me llaman princesa Tuvstarr, ¿sabes?
Diciendo esto recoge la corona del suelo y se la enseña.
El alce se para y mira la princesa un rato bajando un poco la cabeza.
-Eres muy bonita, pequeña.
Tuvstarr se levanta, se acerca con cuidado y apoya su cabeza en su tembloroso morro, acariciándolo con cuidado.
-Qué grande y espléndido eres. ¡Pero si tú también tienes una corona! ¡Llévame contigo! ¡Déjame sentarme detrás de tu cuello y llévame a ver el mundo!
El alce duda un poco.
-Pequeña niña, el mundo es frío y grande, y tú eres tan pequeña… El mundo está lleno de maldad y malicia, y podría hacerte daño.
-¡Qué va! soy joven y llena de vida, tengo calor suficiente para todos. Soy pequeña y buena, y quiero dar mi bondad.
-Princesa Tuvstarr, el bosque es oscuro y el camino es peligroso.
-¡Pero si tú estás conmigo! Tú eres grande y fuerte, y puedes defendernos a los dos.
Entonces el alce mueve de un lado a otro su cabeza agitando sus grandes cuernos. Hay como fuego en sus ojos. Tuvstarr aplaude, aplaude con sus pequeñas manos.
-¡Bien, bien! Pero eres demasiado alto para mí, si te agachas me podré subir.
El alce se echa obediente, y Tuvstarr se coloca sobre él sujetándose con fuerza.
-Yo ya estoy lista. Ahora puedes enseñarme el mundo.
Él se levanta lentamente, con miedo de hacer un movimiento brusco y tirar a la pequeña.
-Agárrate fuerte a mis cuernos.
Luego sale andando con grandes pasos. Tuvstarr no recuerda haberlo pasado nunca tan bien. Ve tantas cosas bonitas y nuevas… Nunca antes había estado fuera de la pradera del Palacio del sueño. Y ahora pasan por colinas y montañas, valles y llanuras.
-¿A dónde me llevas ahora?- dice Tuvstarr.
-A Skogmossebo- contesta Skutt-, porque soy de allí. Allí no nos molestará nadie. Pero todavía nos queda un buen trecho.
Se acerca la noche y Tuvstarr empieza a sentirse cansada y hambrienta.
-¿Ya te has arrepentido?- se burla el alce-. Ahora es demasiado tarde para volver. Pero estate tranquila. En las aguas pantanosas hay muchas y maravillosas frutas que puedes coger. Y allí en medio tengo mi hogar.
Siguieron andando un poco más, y al rato apareció un claro en el bosque. Tuvstarr vio delante de sí una zona pantanosa grande, de varios kilómetros de largo, donde el musgo crecía frondoso en pequeños lugares.
-Aquí nos quedamos- dice Skitt, agachándose mientras Tuvstarr se baja-. Y ahora cenaremos tranquilamente.
Tuvstarr olvida que tenía sueño y salta con ligereza de un pequeño montículo a otro como le acaba de enseñar Skutt, y recoge en pequeños cucuruchos, hechos de hojas, grandes y sabrosas frutas, las come con gusto, invitando al mismo tiempo a Skutt Patas Largas.
-No, ahora tenemos que darnos prisa para llegar a mi casa antes de que oscurezca demasiado- dice Skutt, y Tuvstarr se sube otra vez a su gran lomo.
Skutt camina con seguridad por el pantano y no necesita probar si los pequeños setos aguantan su peso o no. Es evidente que ha nacido aquí.
-¿Quiénes son los que bailan allí, a lo lejos?- pregunta Tuvstarr.
-Son ninfas. ¡Pero ten cuidado con ellas! Parecen nobles y buenas pero no son de fiar. Y recuerda lo que te digo: no les contestes, agárrate con fuerza a mis cuernos y no les hagas caso.
Tuvstarr promete que sí.
Pero ya les han visto las ninfas. Se acercan como flotando en el aire, bailando, serpenteando arriba y abajo delante del alce y haciendo gestos burlones a Tuvstarr. Ella piensa en todo lo que Skutt acaba de decir y se siente inquieta y se coge con más fuerza a sus cuernos.
-¿Quién eres tú, quién eres tú?
Cientos de preguntas susurran a su alrededor, y ella siente como si tuviera numerosas bocas de frío aliento cerca de sí. Pero no contesta.
Entonces se animan aún más las pequeñas y frágiles ninfas de blancos velos e intentan tirar de su vestido y su pelo largo y rubio, pero no logran agarrarlo del todo. Skutt se limita a resoplar y a correr.
De repente, Tuvstarr tiene la sensación de que se afloja su corona y teme perderla. ¡Qué dirían su padre el rey y su madre la reina, que se la han regalado! Por eso, olvida lo que le había dicho Skutt y deja escapar un grito, suelta una de sus manos y se la lleva a la cabeza. Deberías haber visto lo que pasa a continuación.
Las ninfas han ejercido ya su poder sobre ella, aunque no totalmente, ya que todavía se sujeta con la otra mano a los cuernos del alce, y con risitas burlonas y alegres le arrancan la dorada corona y desaparecen flotando en el aire.
-¡Oh, mi corona!-lloriquea Tuvstarr.
-¿Por qué no me obedeciste?- le reprocha Skutt-. Ahora te aguantas. Quizá no vuelvas a ver tu corona, y estate contenta de que no haya sido peor.
Skutt sigue andando, y Tuvstarr puede distinguir de pronto un pequeño grupo de árboles que forman una isla en el centro de la ciénaga.
-Allí está mi casa- dice Skutt -, y allí vamos a dormir.
Llegan en seguida. Se trata de un pequeño cerro que se eleva sobre el terreno pantanoso que lo rodea y en su interior, entre pinos y abetos, está todo seco y resulta agradable.
Tuvstarr da un beso de buenas noches a su querido amigo Skutt, se quita su vestido, lo cuelga cuidadosamente en una rama y se echa sobre el suelo quedándose dormida, mientras el alce con sus patas largas permanece de pie junto a ella para protegerla. Ya es casi de noche y comienzan a brillar algunas estrellas.
A la mañana siguiente, Tuvstarr se despierta temprano, porque Skutt le roza la frente con el morro. Se levanta y estira su cuerpo a la luz amarillenta de la mañana, luego recoge rocío en sus manos y bebe. Tiene un pequeño corazón de oro en una cadena alrededor del cuello, y brilla como el fuego a la luz del sol.
-Hoy quiero ir totalmente desnuda- exclama-, pongo mi vestido delante de mí, tú me pones en tu lomo y me enseñas más el mundo.
El alce hace lo que ella quiere. No le puede negar nada. Ha estado despierto toda la noche contemplando a la extraña, blanca y pequeña niña, y al llegar la mañana tenía lágrimas en los ojos. No sabe por qué, pero siente como si estuviera empezando el otoño de nuevo, y le invade un deseo interno de pasar por luchas y peligros, así como unas enormes ganas de no andar más solo.
De repente, sale corriendo en dirección al bosque. Le cuesta a Tuvstarr seguir sujetándose. Las ramas la golpean con fuerza en la cara y en el cuerpo y su pequeño corazón de oro salta de arriba abajo. ¡Así de rápido va!
Pero Skutt se tranquiliza poco a poco y afloja la velocidad. Ahora están pasando por un bosque grande y extraño. Los abetos tienen ramas largas y pesadas, las raíces se enroscan como serpientes en el suelo y a lo largo del camino hay grandes piedras cubiertas de sombrío musgo. Nunca antes había visto Tuvstarr cosas tan extrañas.
-¿Qué es eso que se mueve en el interior del bosque? Parece algo así como una larga melena con un par de blancos brazos saludando.
-Pues sí, es la ninfa del bosque- dice Skutt-. Háblale con amabilidad, pero no se te ocurra contestar a ninguna pregunta que te haga y, por Dios, no sueltes mis cuernos.
No. Tuvstarr tendría mucho cuidado.
Ahora se acerca la ninfa del bosque como flotando en el aire. No se deja ver bien del todo, siempre se esconde un poco detrás de un árbol y desde allí, mira con curiosidad, diríase que como al acecho.
Tuvstarr apenas se atreve a mirar hacia allí, aunque si llega a ver que la ninfa tiene ojos verdes y fríos y una boca roja como la sangre.
La ninfa del bosque se mueve con rapidez de un árbol a otro siguiendo al alce mientras este corre. Conoce a Skutt desde hace tiempo, pero eso pequeño y blanco de pelo dorado que el animal lleva sobre su espalda no sabe bien lo que es. Tiene que averiguar lo que es aquello.
-¿Cómo te llamas?- grita de repente.
-¡Me llamo Tuvstarr, la princesa del Palacio del sueño! -contesta tímidamente la pequeña, teniendo mucho cuidado en no preguntar su nombre a la ninfa, aunque ya lo conocía.
-¿Qué es eso que llevas delante de ti?- dice otra vez la ninfa del bosque.
-Pues es mi mejor vestido- contesta Tuvstarr con un poco más de confianza.
-Oh, déjame verlo- pide la ninfa del bosque.
Por supuesto que le permite verlo, y Tuvstarr suelta su mano de los cuernos y le enseña su vestido. Pero no debería haber hecho eso, porque la ninfa coge la prenda y desaparece rápidamente por el bosque.
-¿Por qué tenias que soltar la mano?- murmuró Skutt-. Si hubieras soltado la otra mano también, hubieras tenido que acompañarla y entonces es muy posible que no hubieras regresado con vida.
-¡Sí, pero mi vestido, mi vestido!- sollozó Tuvstarr-
Sin embargo, a pesar de su tristeza, poco a poco fue olvidando el vestido. También aquel día transcurre, y Tuvstarr pasa la noche durmiendo debajo de un abeto, mientras que Skutt se queda inmóvil a su lado vigilándola.
Cuando ella se despierta al día siguiente el alce no está.
-¡Skutt, Skutt Patas Largas! ¿Dónde estás?- exclama asustada, mientras se apresura a levantarse.
Sí, observa, allí sale jadeando de entre unos matorrales. Ha estado en lo alto del monte mirando, olfateando hacia el oeste. ¿Qué olfateaba? Bueno, no puedo precisarlo, pero su piel está sudorosa y su cuerpo tembloroso.
Da la sensación de que tiene prisa en marcharse de allí y, por tanto, él mismo ofrece su espalda a Tuvstarr y ella sube. Rápidamente se ponen en marcha hacia el oeste. ¡Hacia el oeste! El alce apenas oye lo que Tuvstarr le está gritando. Por lo menos no le contesta. Él se siente como si tuviera fiebre en el cuerpo. Y corre velozmente como si estuviera poseído por la rabia.
-¿A dónde me llevas?- dice Tuvstarr.
-Al pequeño lago- contesta-. Hay un lago dentro del bosque. Suelo ir allí cuando se acerca el otoño. Creo que nunca un ser humano ha estado allí, pero tú lo vas a conocer.
De repente se separan los árboles, el agua brilla, un agua marrón mezclada con tonos verdes y dorados.
-¡Sujétate fuerte- dice Skutt-, porque el fondo guarda muchos peligros y ten cuidado con tu corazón de oro!
-Sí, qué agua más extraña- contesta Tuvstarr, mientras se asoma para ver mejor; pero entonces, al inclinarse, se le resbala por la cabeza la cadena del corazón de oro y se cae al lago desapareciendo en sus profundidades.
-¡Oh, mi corazón, mi corazón de oro que me regaló mi madre cuando nací! Oh, ¿qué puedo hacer?
Ella está inconsolable. No quita la vista de las profundidades del lago y quiere buscar su corazón entre el traicionero musgo.
-¡Ven – dice Skutt-, esto es muy peligroso para ti! Sé cómo puede terminar esto. Primero sería la memoria, luego la razón.
Pero Tuvstarr se quiere quedar allí. Tiene que recuperar su corazón.
-Márchate tú, querido amigo, deja que me quede aquí sola, yo encontraré el corazón.
Cuando el alce se agacha, ella abraza su cabeza agradecida, le besa amablemente y le acaricia lentamente. Luego se aleja, pequeña, frágil y desnuda, y se sienta en un montoncito de musgo.
El alce se queda aún un buen rato mirando pensativo a la pequeña, hasta que aprovechando un momento en el que ella parece no percatarse de su presencia, se da la vuelta y desaparece con pasos lentos e inseguros por el bosque…
Han pasado muchos años desde entonces. Todavía está Tuvstarr sentada mirando el agua, añorando su corazón. En realidad la princesa, ya no se encuentra allí, solamente queda una pequeña y blanca flor con el nombre de Tuvstarr en la orilla del pequeño lago.
De cuando en cuando el alce vuelve, se detiene y mira a la pequeña flor. Él es el único que sabe quién es la flor. Tuvstarr, la princesa. A veces, la saluda con la cabeza y sonríe, a fin de cuentas, él es un viejo amigo de ella; pero ella ya no quiere volver con él, tampoco podría hacerlo mientras dure el encanto en que se encuentra.
El encanto está allí abajo, y allí, en el fondo, muy en el fondo, hay un corazón perdido.”

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